IX


El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado á la pericia de Sangonera.

Antes de amanecer, al clavar el puesto, el prudente burgués tuvo que implorar el auxilio de algunos barqueros, que rieron mucho viendo el nuevo oficio del vagabundo.

Con la presteza de la costumbre clavaron tres estacas en el fondo fangoso de la Albufera y colocaron, apoyado en ellas, el enorme tanque que había de servir de refugio al cazador. Después rodearon de cañas el puesto para engañar á las aves y que se acercaran confiadas, creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua. Para ayudar á este engaño, en torno del puesto flotaban los bots: unas cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho que, con las ondulaciones del lago, movíanse á flor de agua. De lejos causaban la impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de las cañas.

Sangonera, satisfecho de haberse librado de todo trabajo, invitó al amo á ocupar el puesto. Él se alejaría en el barquito á cierta distancia para no espantar la caza, y cuando llevase muertas varias fúlicas, no tenía más que gritar, é iría á recogerlas sobre el agua.

--¡Vaya!... ¡bòna sòrt, don Joaquín!

El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de ser útil, que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por las torpezas anteriores. Estaba bien: él le llamaría tan pronto como tumbase un pájaro. Para no aburrirse durante la espera, podía ir dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones. La señora le había pertrechado con tanta abundancia como si fuese á dar la vuelta al mundo.

Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados, á más de abundantes panes, una cesta de fruta y una gran bota de vino. El hocico de Sangonera tembló de emoción viendo confiado á su prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche anterior. No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se trataba el parroquiano. ¡Gracias, don Joaquín! Ya que era tan bueno y le invitaba á mojar, se permitiría alguna ligera sucaeta para entretener el tiempo. Una mojadita nada más.

Y alejándose del puesto, se situó al alcance de la voz del cazador, encogiéndose después en el fondo del barquito.

Había amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera, agrandados por el eco del lago. Apenas si se veían sobre el cielo gris las bandas de pájaros, que levantaban el vuelo espantados por el estruendo de las descargas. Bastaba que en su veloz aleteo descendiesen un poco, buscando el agua, para que inmediatamente una nube de plomo cayese sobre ellos.

Al quedar don Joaquín solo en su puesto, no pudo evitar una emoción semejante al miedo. Se veía aislado en medio de la Albufera, dentro de un pesado cubo, sin otro sostén que unas estacas, y temía moverse, con la sospecha de que todo aquel catafalco acuático viniera abajo, sepultándolo en el fango. El agua, con suaves ondulaciones, venía á chocar en el borde de madera, á la altura de la barba del cazador, y su continuo chap-chap le causaba escalofríos. Si aquello se hundía, pensaba don Joaquín, por pronto que llegase el barquero ya estaría en el fondo con todo el peso de la escopeta, los cartuchos y aquellas botas enormes, que le causaban insoportable picazón, hundidas en la paja de arroz de que estaba atiborrado el cubo. Le ardían las piernas, mientras sus manos estaban ateridas por el fresco del amanecer y el frío glacial de la escopeta. ¿Y esto era divertirse?... Comenzaba á encontrar pocos lances á un placer tan costoso.

¿Y los pájaros? ¿Dónde estaban aquellas aves que sus amigos cazaban á docenas? Hubo un momento en que se revolvió impetuosamente en su asiento giratorio, llevándose á la cara la escopeta con trémula emoción. ¡Ya estaban allí!... Nadaban descuidadamente en torno del puesto. Mientras él reflexionaba, casi adormecido por el fresco del amanecer, habían llegado á docenas huyendo de los lejanos escopetazos y nadaban junto á él con la confianza del que encuentra un buen refugio. No tenía más que tirar á ciegas... ¡caza segura! Pero al ir á hacer fuego, reconoció los bots, toda la banda de pájaros de corcho que había olvidado por la falta de costumbre, y bajó la escopeta, mirando en torno, con el temor de encontrar en la soledad los ojos burlones de sus amigos.

Volvió á esperar. ¿Contra qué demonios tiraban aquellos cazadores cuyas escopetas no cesaban de conmover la calma del lago?... Poco después de salir el sol, don Joaquín pudo disparar por fin su arma virgen. Pasaron tres pájaros casi á flor de agua. El novel cazador hizo fuego temblando. Le parecían aquellas aves enormes, monstruosas, verdaderas águilas agigantadas por la emoción. El primer tiro sirvió para que avivasen aún más el vuelo, pero inmediatamente partió el segundo, y una fúlica, plegando las alas, cayó después de varias volteretas, quedando inmóvil sobre el agua.

Don Joaquín se levantó con tal ímpetu, que hizo temblar el puesto. En aquel instante se consideraba superior á todos los hombres: admirábase á sí mismo, adivinando en él una fiereza de héroe que nunca había sospechado.

--¡Sangonera!... ¡barquero!--gritó con voz trémula de emoción--. ¡Una!... ¡ya’n tenim una!

Le contestó un gruñido casi ininteligible: una boca llena, atascada, que apenas abría paso á las palabras... ¡Estaba bien! Ya iría á recogerlas cuando fuesen más.

El cazador, satisfecho de su hazaña, volvió á ocultarse tras la cortina de carrizos, seguro de que se bastaba él solo para acabar con los pájaros del lago. Toda la mañana la pasó disparando, sintiendo cada vez con más intensidad la embriaguez de la pólvora, el placer de la destrucción. Tiraba y tiraba sin fijarse en distancias, saludando con la escopeta á todos los pájaros que pasaban ante su vista, aunque volasen cerca de las nubes. ¡Cristo! ¡Sí que era divertido aquello! Y en estas descargas á ciegas, alguna vez tocaba su plomo á infelices pájaros, que caían por obra de la fatalidad víctimas de una mano torpe, después de haber escapado ilesos de los cazadores más hábiles.

Mientras tanto, Sangonera permanecía invisible en el fondo de la barca. ¡Qué día, redeu! El arzobispo de Valencia no estaría mejor en su palacio que él en el barquito, sentado sobre la paja, con una pataca de pan en la mano y oprimiendo un puchero entre las piernas. ¡Que no le hablasen á él de las abundancias de casa de Cañamèl! ¡Miseria y presunción que únicamente podían deslumbrar á los pobres! ¡Los señores de la ciudad eran los que se trataban bien!...

Había comenzado por pasar revista á los tres pucheros, cuidadosamente tapados con gruesas telas amarradas á la boca. ¿Cuál sería el primero?... Escogió á la ventura, y abriendo uno se dilató su hocico voluptuosamente con el perfume del bacalao con tomate. Aquello era guisar. El bacalao estaba deshecho entre la pasta roja del tomate, tan suave, tan apetitoso, que al tragar Sangonera el primer bocado creyó que le bajaba por la garganta un néctar más dulce que el líquido de las vinajeras que tanto le tentaba en sus tiempos de sacristán. ¡Con aquello se quedaba! No había por qué pasar adelante. Quiso respetar el misterio de los otros dos pucheros; no desvanecer las ilusiones que despertaban sus bocas cerradas, tras las cuales presentía grandes sorpresas. ¡Ahora á lo que estábamos! Y metiendo entre sus piernas el oloroso puchero, comenzó á tragar con sabia calma, como quien tiene todo el día por delante y sabe que no puede faltarle ocupación. Mojaba lentamente, pero con tal pericia, que al introducir en el perol su mano armada de un pedazo de pan, bajaba considerablemente el nivel. El enorme bocado ocupaba su boca, hinchándole los carrillos. Trabajaban las mandíbulas con la fuerza y la regularidad de una rueda de molino, y mientras tanto, sus ojos fijos en el puchero exploraban las profundidades, calculando los viajes que aún tendría que realizar la mano para trasladarlo todo á su boca.

De vez en cuando arrancábase de esta contemplación. ¡Cristo! El hombre honrado y trabajador no debe olvidar sus obligaciones en medio del placer. Miraba fuera de la barca, y al ver aproximarse los pájaros lanzaba su aviso:

--¡Don Joaquín! ¡Per la part del Palmar!... ¡Don Joaquín! ¡Per la part del Saler!

Después de avisar al cazador por dónde venían las aves, sentíase fatigado de tanto trabajo y daba un fuerte tentón á la bota de vino, reanudando el mudo diálogo con el puchero.

Llevaba el amo derribadas unas tres fòches, cuando Sangonera dejó á un lado el perol casi vacío. En el fondo, adheridas á las paredes de barro, quedaban unas cuantas hilachas. El vagabundo sintió el llamamiento de su conciencia. ¿Qué iba á quedar para el amo si se lo comía todo? Debía contentarse con una mojadita nada más. Y guardando el puchero bajo la proa, cuidadosamente tapado, su curiosidad le impulsó á abrir el segundo.

¡Redeu, qué sorpresa! Lomo de cerdo, longanizas, embutido del mejor; todo frío, pero con un tufillo de grasa que conmovió al vagabundo. ¡Cuánto tiempo que su estómago, habituado á la carne blanca é insípida de las anguilas, no había sentido el peso de las cosas buenas que se fabrican tierra adentro!... Sangonera se reprochó como una falta de respeto al amo despreciar el segundo puchero. Sería tanto como manifestar que él, hambriento vagabundo, no se enternecía ante las buenas cosas que guisaban en casa de don Joaquín. Por una mojada más ó menos no iba á enfadarse el cazador.

Y otra vez volvió á acomodarse en el fondo de la barca, con las piernas cruzadas y el puchero entre ellas. Sangonera se estremecía voluptuosamente al tragar los bocados: cerraba los ojos para apreciar mejor su lento descenso al estómago. ¡Qué día, Señor, qué gran día!... Parecíale que mascaba por primera vez en toda la mañana. Ahora miraba con desprecio el primer puchero, metido bajo la proa. Aquel guiso era bueno como entretenimiento, para engañar el estómago y divertir las mandíbulas. Lo bueno era esto; las morcillas, la longaniza, el lomo apetitoso que se deshacía entre los dientes, dejando tal sabor, que la boca buscaba otro pedazo, y otro después, sin tener nunca bastante.

Al ver la facilidad con que se vaciaba el segundo puchero, Sangonera sentía afán por servir al amo, cumpliendo minuciosamente sus obligaciones, y siempre con las mandíbulas ocupadas, miraba á todos lados, lanzando unos gritos que parecían mugidos:

--¡Per la part del Saler!... ¡Per la part del Palmar!

Para que no se formase un tapón en su garganta, apenas si dejaba quieta la bota. Bebía y bebía de aquel vino, mucho mejor que el de Neleta; y el rojo líquido parecía excitar su apetito, abriendo nuevas simas en el estómago sin fondo. Sus ojos brillaban con el fuego de una embriaguez feliz; su cara, en fuerza de colorearse, tomaba un tinte violáceo, y los eructos ruidosos le conmovían de pies á cabeza. Con sonrisa placentera se golpeaba el hinchado vientre.

--¡Eh! ¿qué tal? ¿cóm va això?--preguntaba á su estómago, como si fuese un amigo, dándole palmadas.

Y su embriaguez era más dulce que nunca: una embriaguez de hombre bien comido que bebe en plena digestión: no la borrachera triste y lóbrega que le acometía en su miseria cuando arrojaba copas y copas en el estómago vacío, encontrando en las riberas del lago gentes que le convidaban siempre á beber, pero nadie que le ofreciera un pedazo de pan.

Sumíase en su borrachera sonriente, sin dejar por esto de comer. La Albufera la veía de color de rosa. El cielo, de un azul luminoso, parecía rasgarse con una sonrisa igual á aquella que le acarició una noche en el camino de la Dehesa. Únicamente veía negro, con la lobreguez de una tumba vacía, el puchero que guardaba entre las piernas. Se lo había comido todo. Ni restos quedaban del embutido.

Quedó como aterrado un momento por su voracidad. Pero después su apetito le dió risa, y para pasar la amargura de la falta, empinó la bota largo rato.

Reía á carcajadas pensando en lo que dirían en el Palmar al conocer su hazaña, y con el deseo de completarla, probando todos los víveres de don Joaquín, destapó el tercer puchero.

¡Rediel! Dos capones atascados entre las paredes de barro, con la piel dorada y chorreando grasa: dos adorables criaturas del Señor, sin cabeza, con los muslos unidos al cuerpo por varias vueltas de tostado bramante y la pechuga saliente y blanca como la de una señorita. ¡Si no metía mano á aquello no era hombre! ¡Aunque don Joaquín le soltase un escopetazo!... ¡Cuánto tiempo que no probaba tales golosinas! No había comido carne desde la época en que servía de perro á Tonet y cazaban por bravura en la Dehesa. Pero pensando en la carne estoposa y áspera de los pájaros del lago, aumentábase el placer con que devoraba las blancas fibras de los capones, la piel dorada, que crujía entre sus dientes mientras chorreaba la grasa por la comisura de sus labios.

Comía como un autómata, con la voluntad tenaz de tragar y tragar, mirando ansiosamente lo que quedaba en el fondo del puchero, como si estuviera empeñado en una apuesta.

De vez en cuando sentía arrebatos infantiles: deseos de ebrio, de alborotar y hacer jugarretas. Cogía manzanas del cesto de la fruta y las arrojaba contra los pájaros que volaban lejos, como si pudiera alcanzarlos.

Sentía hacia don Joaquín una gran ternura por la felicidad que le había proporcionado; deseaba tenerle cerca para abrazarlo; le hablaba de tú con tranquila insolencia, y sin que se viera un ave en el horizonte, bramaba con mugido interminable:

--¡Chimo! ¡Chimo!... ¡Tira... que t’entren!

En vano se revolvía el cazador mirando á todas partes. No se veía un pájaro. ¿Qué quería aquel loco? Lo que debía hacer era aproximarse para recoger las fúlicas muertas que flotaban en torno del puesto. Pero Sangonera volvía á encogerse en la barca sin obedecer el mandato. ¡Tiempo quedaba! ¡Ya iría después! ¡Que matase mucho era su deseo!... En su afán de probarlo todo, destapaba ahora las botellas, gustando tan pronto el ron como la absenta pura, mientras la Albufera comenzaba á obscurecerse para él en pleno sol y sus piernas parecían clavarse en las tablas de la barca sin fuerzas para moverse.

Á mediodía, don Joaquín, hambriento y deseoso de salir de aquel cubo que le obligaba á permanecer inmóvil, llamó al barquero. En vano sonaba su voz en el silencio.

--¡Sangonera!... ¡Sangonera!

El vagabundo, con la cabeza por encima de la borda, le miraba fijamente, repitiendo que iba en seguida: pero continuaba inmóvil, como si no lo llamasen á él. Cuando el cazador, rojo de tanto gritar, le amenazaba con un escopetazo, hizo un esfuerzo, se puso en pie tambaleando, buscó la percha por toda la barca teniéndola junto á sus manos, y por fin comenzó á aproximarse lentamente.

Al saltar don Joaquín al barquito pudo estirar sus piernas, entumecidas por tantas horas de espera. El barquero, por su mandato, comenzó á recoger los pájaros muertos; pero lo hacía á tientas, como si no los viese, echando el cuerpo fuera con tanto ímpetu, que varias veces hubiese caído al agua á no sostenerlo el amo.

--¡Malaít!--exclamaba el cazador--. ¿Es que estás borracho?

Pronto tuvo la explicación examinando sus provisiones ante la mirada estúpida de Sangonera. ¡Los pucheros vacíos; la bota arrugada y mustia; las botellas abiertas; de pan sólo algunos mendrugos, y la cesta de la fruta podía volcarse sobre el lago sin miedo á que cayera nada!

Don Joaquín sintió deseos de levantar la culata de su escopeta sobre el barquero, pero pasado este impulso, quedóse contemplándolo con asombro. ¿Aquel destrozo lo había hecho él solo?... ¡Vaya un modo de dar mojaditas que tenía el bigardo! ¿Dónde se había metido tanta cosa?... ¿Podía caber en estómago humano?...

Pero Sangonera, oyendo al enfurecido cazador, que lo llamaba pillo y sinvergüenza, sólo sabía contestar con voz quejumbrosa:

--¡Ay don Joaquín!... ¡Estic mal! ¡Molt mal!...

Sí que se sentía mal. No había más que ver su cara amarillenta, sus ojos que en vano pugnaban por abrirse, sus piernas que no podían sostenerse erguidas.

Enfurecido el cazador, iba á golpear á Sangonera, cuando éste se desplomó en el fondo del barquito, clavándose las uñas en la faja como si quisiera abrirse el vientre. Encorvábase hecho una pelota, con dolorosas convulsiones que crispaban su cara, dando á los ojos una vidriosa opacidad.

Gemía y al mismo tiempo arqueábase con profundas convulsiones, pugnando por arrojar del cuerpo el prodigioso atracón, que parecía asfixiarle con su peso.

El cazador no sabía qué hacer, y otra vez encontraba enojoso su viaje á la Albufera. Tras media hora de juramentos, cuando ya se creía condenado á coger la percha y emprender por sí mismo la marcha hacia el Saler, se apiadaron de sus gritos unos labradores de los que cazaban sueltos por el lago.

Reconocieron á Sangonera y adivinaron su mal. Era un atracón de muerte: aquel vagabundo debía acabar así.

Movidos por esa fraternidad de las gentes del campo, que les impulsa á prestar ayuda hasta á los más humildes, cargaron á Sangonera en su barca para llevarlo al Palmar, mientras uno de ellos se quedaba con el cazador, satisfecho de servirle de barquero á cambio de disparar su escopeta.

Á media tarde vieron las mujeres del Palmar caer al vagabundo en la orilla del canal, con la inercia de un fardo.

--¡Pillo!... ¡Alguna borrachera!--gritaban todas.

Pero los buenos hombres que hacían la caridad de llevarlo en alto como un muerto hasta su mísera barraca movían la cabeza tristemente. No era sólo embriaguez, y si el vago escapaba de aquélla, bien podía decirse que su carne era de perro. Relataban aquel atragantamiento portentoso que le ponía á morir, y las gentes del Palmar reían asombradas, sin ocultar al mismo tiempo su satisfacción, contentas de que uno de los suyos demostrase tan inmenso estómago.

¡Pobre Sangonera! La noticia de su enfermedad circuló por todo el pueblo, y las mujeres fueron en grupos hasta la puerta de la barraca, asomándose á este antro, del que todos huían antes. Sangonera, tendido en la paja, con los ojos vidriosos fijos en el techo y la cara de color de cera, se estremecía, rugiendo de dolor, como si le desgarraran las entrañas. Expelía en torno de él nauseabundos arroyos de líquidos y alimentos á medio masticar.

--¿Cóm estás, Sangonera?--preguntaban desde la puerta.

Y el enfermo contestaba con un gruñido doloroso, cambiando de posición para volver la espalda, molestado por el desfile de todo el pueblo.

Otras mujeres, más animosas, entraban, arrodillándose junto á él, y le tentaban el abdomen, queriendo saber dónde le dolía. Discutían entre ellas sobre los medicamentos más apropiados, recordando los que habían surtido efecto en sus familias. Después buscaban á ciertas viejas acreditadas por sus remedios, que gozaban mayor respeto que el pobre médico del Palmar. Llegaban unas con cataplasmas de hierbas guardadas misteriosamente en sus barracas; presentábanse otras con un puchero de agua caliente, queriendo que el enfermo se lo tragase de golpe. La opinión de todas era unánime. El infeliz tenía parada la comida en la boca del estómago y había que hacer que arrancase... ¡Señor, qué lástima de hombre! Su padre muerto de una borrachera y él estirando la pata de un atracón. ¡Qué familia!

Nada revelaba á Sangonera la gravedad de su estado como esta solicitud de las mujeres. Se miraba en la conmiseración general como en un espejo y adivinaba el peligro al verse atendido por las mismas que el día anterior se burlaban de él, riñendo á los maridos y á los hijos cuando los encontraban en su compañía.

--¡Pobret! ¡Pobret!--murmuraban todas.

Y con esa valentía de que sólo es capaz la mujer ante la desgracia, le rodeaban, saltando sobre los residuos hediondos que salían á borbotones de su boca. Ellas sabían lo que era aquello: tenía un nudo en las tripas; y con caricias maternales le decidían á que abriese sus mandíbulas, apretadas por la crispación, haciéndole tragar toda clase de líquidos milagrosos, que al poco rato devolvía á los pies de las enfermeras.

Al cerrar la noche lo abandonaron. Habían de guisar la cena en sus casas, y el enfermo quedó solo en el fondo de la choza, inmóvil bajo la luz rojiza de un candil que las mujeres colgaron de una grieta. Los perros del pueblo asomaban á la puerta sus hocicos y consideraban largamente con sus ojos profundos al enfermo, alejándose después con lúgubre aullido.

Durante la noche fueron los hombres los que visitaron la barraca. En la taberna de Cañamèl se hablaba del suceso, y los barqueros, asombrados de la hazaña de Sangonera, querían verle por última vez.

Se asomaban á la puerta con paso vacilante, pues los más de ellos estaban ebrios después de haber comido con los cazadores.

--Sangonera... ¡Fill meu! ¿Cóm estás?

Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de inmundicias en que se revolvía el enfermo. Algunos, más animosos, llegaban hasta él para bromear con brutal ironía, invitándolo á beber la última copa en casa de Cañamèl; pero el enfermo sólo contestaba con un ligero mugido y cerraba los ojos, sumiéndose de nuevo en su sopor, cortado por vómitos y estremecimientos. Á media noche el vagabundo quedó abandonado.

Tonet no quiso ver á su antiguo compañero. Había vuelto á la taberna, después de un largo sueño en la barca; sueño profundo, embrutecedor, rasgado á trechos por rojas pesadillas y arrullado por las descargas de los cazadores, que rodaban en su cerebro como truenos interminables.

Al entrar se sorprendió viendo á Neleta sentada ante los toneles, con una palidez de cera, pero sin la menor inquietud en sus ojos, como si hubiese pasado la noche tranquilamente. Tonet se asombraba ante la fuerza de ánimo de su amante.

Cambiaron una mirada profunda de inteligencia, como miserables que se sienten unidos con nueva fuerza por la complicidad.

Después de larga pausa, ella se atrevió á preguntarle. Quería saber cómo había cumplido su encargo. Y él contestó, con la cabeza inclinada y los ojos bajos, cual si todo el pueblo le contemplase... Sí; lo había dejado en lugar seguro. Nadie podría descubrirlo.

Tras estas palabras, cambiadas con rapidez, los dos quedaron silenciosos, pensativos: ella tras el mostrador, él sentado en la puerta, de espaldas á Neleta, evitando verla. Parecían anonadados, como si gravitase sobre ellos un peso inmenso. Temían hablarse, pues el eco de su voz parecía avivar los recuerdos de la noche anterior.

Habían salido de la situación difícil: ya no corrían ningún peligro. La animosa Neleta se asombraba de la facilidad con que todo se había resuelto. Débil y enferma, encontraba ánimos para permanecer en su sitio; nadie podía sospechar lo ocurrido durante la noche, y sin embargo, los amantes se sentían súbitamente alejados. Algo se había roto para siempre entre los dos. El vacío que dejaba al desaparecer aquel pequeñuelo apenas visto se agrandaba inmensamente, aislando á los dos miserables. Pensaban que en adelante no tendrían más aproximación que la mirada que cruzasen recordando su antiguo crimen. Y en Tonet aún era más grande la inquietud al recordar que ella desconocía la verdadera suerte del pequeño.

Al llegar la noche se llenó la taberna de barqueros y cazadores que volvían á sus tierras de la Ribera, mostrando los manojos de pájaros muertos, ensartados por el pico. ¡Gran tirada! Todos bebían, comentando la suerte de determinados cazadores y la brutal hazaña de Sangonera. Tonet iba de grupo en grupo, con el deseo de distraerse, discutiendo y bebiendo en todos los corrillos. Su propósito de olvidar por medio de la embriaguez le hacía beber y beber con forzada alegría, y los amigos celebraban el buen humor del Cubano. Nunca le habían visto tan alegre.

El tío Paloma entró en la taberna y sus ojillos escudriñadores se fijaron en Neleta.

--¡Reina!... ¡Qué blanca! ¿Es que estás mala?...

Neleta habló vagamente de una jaqueca que no la había dejado dormir, mientras el viejo guiñaba sus ojos maliciosamente, uniendo la mala noche á la fuga inexplicable de su nieto. Después se encaró con éste. Le había puesto en ridículo ante aquel señor de Valencia. Su conducta no era digna de un barquero de la Albufera. Con menos motivo había dado de bofetadas á más de uno en sus buenos tiempos. Sólo á un perdido como él podía ocurrírsele convertir en barquero á Sangonera, que había reventado de hartura apenas lo dejaron solo.

Tonet se excusó. Tiempo le quedaba de servir á aquel señor. Dentro de dos semanas sería la fiesta de Santa Catalina, y Tonet se prestaba á ser su barquero. El tío Paloma, aplacando su cólera ante las explicaciones del nieto, dijo que ya había invitado á don Joaquín á una cacería en los carrizales del Palmar. Vendría á la semana siguiente, y él y Tonet serían sus barqueros. Había que contentar á la gente de Valencia, para que la Albufera tuviera siempre buenos aficionados. Si no, ¿qué sería de la gente del lago?

Aquella noche se emborrachó Tonet, y en vez de subir á la habitación de Neleta se quedó roncando junto al hogar. Ninguno de los dos se buscó; parecían huir uno del otro, encontrando cierto alivio en su aislamiento. Temblaban de verse juntos en la habitación. Temían que resucitase el recuerdo de aquel ser que había pasado entre los dos como el lamento de una vida inmediatamente sofocada.

Al día siguiente Tonet volvió á embriagarse. No quería verse á solas con su razón: necesitaba embrutecerla con el alcohol para conservarla muda y dormida.

Llegaban á la taberna nuevas noticias sobre el estado de Sangonera. Se moría sin remedio. Los hombres habían vuelto á sus faenas y las mujeres que entraban en la barraca del vagabundo reconocían la impotencia de sus remedios. Las más viejas explicaban la enfermedad á su modo. Se le había podrido el tapón de alimentos que cerraba la boca de su estómago. No había más que ver cómo se le hinchaba el vientre.

Llegó el médico de Sollana en una de sus visitas semanales, y lo llevaron á la barraca de Sangonera. El jornalero de la ciencia movió la cabeza negativamente. Nada quedaba que hacer. Era una apendicitis mortal: la consecuencia de un abuso extraordinario que llenaba de asombro al médico. Y por el pueblo repetían lo de la apendicitis, recreándose las mujeres en pronunciar una palabra tan extraña para ellas.

El vicario don Miguel creyó llegado el momento de entrar en la barraca de aquel renegado. Nadie como él sabía despachar á la gente con prontitud y franqueza.

--¡Che!--dijo desde la puerta--. ¿Tú eres cristiá?

Sangonera hizo un gesto de asombro. ¿Que si era cristiano? Y como escandalizado por la pregunta, miró al techo de su barraca, acariciando con arrobamiento y esperanza el pedazo de cielo azul que se veía por los desgarrones de la cubierta.

¡Bueno, pues; entre hombres fuera mentiras! continuó el vicario. Debía confesarse, porque iba á morir... Ni más ni menos. Aquel cura de escopeta no usaba rodeos con sus feligreses.

Por los ojos del vagabundo pasó una expresión de terror. Su existencia, llena de miserias, se le apareció con todo el encanto de la libertad sin límites. Vió el lago con sus aguas resplandecientes; la Dehesa rumorosa, con sus espesuras perfumadas, llena de flores silvestres, y hasta el mostrador de Cañamèl, ante el cual soñaba, contemplando la vida de color de rosa al través de los vasos... ¡Y todo aquello iba á abandonarlo!... De sus ojos vidriosos comenzaron á rodar lágrimas. No había remedio: le llegaba la hora de morir. Contemplaría en otro mundo mejor la sonrisa celestial, de inmensa misericordia, que una noche le acarició junto al lago.

Y con repentina tranquilidad, entre náuseas y crispamientos, confesó en voz baja al sacerdote sus raterías contra los pescadores, tan innumerables que no podía recordarlas más que en masa. Junto con sus pecados revelaba sus esperanzas: su fe en Cristo, que vendría nuevamente á salvar á los pobres; su encuentro misterioso de cierta noche en la orilla del lago. Pero el vicario le interrumpía con rudeza:

--Sangonera, menos romansos. ¡Tú delires!... La veritat... digues la veritat.

La verdad ya la había dicho. Todos sus pecados consistían en huir del trabajo, por creer que era contrario á los mandatos del Señor. Una vez se había resignado á ser como los demás, á prestar sus brazos á los hombres, poniéndose en contacto con la riqueza y sus comodidades, y ¡ay! pagaba esta inconsecuencia con la vida.

Todas las mujeres del Palmar se mostraron enternecidas por el final del vagabundo. Había vivido como un hereje después de su fuga de la iglesia, pero moría como un cristiano. Su enfermedad no le permitía recibir al Señor, y el vicario le administró el último sacramento, manchándose la sotana con sus vómitos.

Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban por abnegación á amortajar á todos los que morían en el pueblo. En la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y asombro de la agonía de Sangonera. Desde el día anterior no eran alimentos lo que arrojaba su boca. Era algo peor: y las vecinas, apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado de inmundicias.

Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada de oreja á oreja por las últimas convulsiones.

Las mujeres más ricas del Palmar, que frecuentaban el presbiterio, sentían tierna conmiseración por aquel infeliz que se había reconciliado con el Señor después de una vida de perro. Quisieron que emprendiese dignamente el último viaje, y marcharon á Valencia para los preparativos del entierro, gastando una cantidad que jamás había visto Sangonera en vida.

Lo vistieron con un hábito religioso, dentro de un ataúd blanco con galones de plata, y el vecindario desfiló ante el cadáver del vagabundo.

Sus antiguos compañeros se frotaban los ojos enrojecidos por el alcohol, conteniendo la risa que les causaba ver á su amigote tan limpio, en una caja de soltero y vestido de fraile. Hasta su muerte parecía cosa de broma. ¡Adiós, Sangonera!... ¡Ya no se vaciarían los mornells antes de la llegada de sus dueños; ya no se adornaría con las flores de los ribazos como un pagano ebrio! Había vivido libre y feliz, sin las fatigas del trabajo, y hasta en el trance de la muerte sabía marchar al otro mundo con aparato de rico, á costa de los demás.

Á media noche metieron el féretro en el carro de las anguilas, entre los cestones de la pesca, y el sacristán del Palmar, con otros tres amigos, condujo el cadáver al cementerio, deteniéndose en todas las tabernas del camino.

Tonet no se dió exacta cuenta de la muerte de su compañero. Vivía entre tinieblas, siempre bebiendo, y la embriaguez causaba en él un mutismo profundo. El miedo contenía su verbosidad, temiendo hablar demasiado.

--¡Sangonera ha mòrt! ¡El teu compañero!--le decían en la taberna.

Él contestaba con gruñidos, bebiendo y dormitando, mientras los parroquianos atribuían su silencio á la pena por la muerte del camarada.

Neleta, blanca y triste, como si á todas horas pasase y repasase un fantasma ante sus ojos, pretendía evitar que su amante bebiera.

--Tonet, no begues--decía con dulzura.

Y se asustaba ante el gesto de rebelión, de sorda cólera con que la contestaba el borracho. Adivinaba que su imperio sobre aquella voluntad se había desvanecido. Algunas veces veía brillar en sus ojos un odio naciente, una animosidad de esclavo resuelto á chocar con el antiguo opresor, aniquilándolo.

No prestaba atención á Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier rincón, y allí permanecía como muerto, mientras la Centella, con el dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.

Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la embriaguez comenzaba á desvanecerse, sentía una inquietud penosa. Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del terror. Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.

Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento, todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos muchos años desde aquella noche pasada en el lago; la última de su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que atravesaba á tientas, con el cerebro obscurecido por el alcohol. El recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre de la embriaguez. Solamente borracho podía tolerar este recuerdo, viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación duele menos perdida en las brumas del pasado.

Su abuelo vino á sorprenderle en este embrutecimiento. El tío Paloma aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su palabra? Neleta le instó á que aceptase. Estaba enfermo, le convenía distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El Cubano se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su entusiasmo de cazador volvió á renacer. ¿Iba á vivir siempre lejos del lago?

Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnífica escopeta del difunto Cañamèl; y ocupado en esto bebió menos. La Centella saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.

Á la mañana siguiente se presentó el tío Paloma, trayendo en el barquito á don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.

El viejo estaba impaciente y daba prisa á su nieto. Sólo quería detenerse el tiempo preciso para que el señor tomase un bocado, y en seguida á los carrizales. Había que aprovechar la mañana.

Al poco rato partieron: Tonet delante, llevando la Centella en su barquito como un mascarón de proa, y á continuación la barca del tío Paloma, donde don Joaquín examinaba con asombro la escopeta del viejo, aquella arma famosa llena de remiendos, de la que tantas proezas se contaban en el lago.

Los dos barquitos salieron á la Albufera. Tonet, viendo que su abuelo perchaba hacia la izquierda, quiso saber dónde iban. El viejo se asombró de la pregunta. Iban al Bolodró, la mata más grande de las inmediatas al pueblo. Allí abundaban más que en otros puntos los gallos de cañar y las pollas de agua. Tonet quería ir lejos; á las matas del centro del lago. Y entre los dos barqueros comenzó una empeñada discusión. Pero el viejo acabó por imponerse, y Tonet tuvo que seguirle de mala voluntad, moviendo sus hombros como resignado.

Los dos barquitos entraron en un callejón de agua entre los altos carrizos. La anea crecía á manojos entre los senills; las cañas se confundían con los juncos, y las plantas trepadoras, con sus campanillas blancas y azules, se enredaban en esta selva acuática formando guirnaldas. La confusa maraña de raíces daba una apariencia de solidez á los macizos de cañas. En el callejón, el agua mostraba en su fondo extrañas vegetaciones que subían hasta la superficie, no sabiéndose en ciertos momentos si navegaban los barquitos ó se arrastraban sobre campos verdosos cubiertos por un débil cristal.

El silencio de la mañana era profundo en este rincón de la Albufera, que aún parecía más salvaje á la luz del sol: de vez en cuando un chillido de pájaro en la espesura; un ruido de burbujas en el agua, delatando la presencia de bichos ocultos entre las viscosidades del fondo.

Don Joaquín preparaba la escopeta, esperando que pasasen los pájaros de un lado á otro del espeso carrizal.

--Tonet, dona una vòlta--ordenó el viejo.

Y el Cubano salió con su barquito á toda percha para rodar en torno de la mata, sacudiendo las cañas á fin de que, asustados los pájaros, se trasladasen de una punta á otra del carrizal.

Tardó más de diez minutos en dar la vuelta al cañar. Cuando volvió al lado de su abuelo ya disparaba don Joaquín contra los pájaros que, inquietos y asustados, cambiaban de guarida, pasando por el espacio descubierto.

Asomábanse las pollas á aquel callejón desprovisto de cañas, que dejaba su paso al descubierto. Dudaban un momento en arriesgarse, pero por fin, unas volando y las otras á nado, pasaban la vía de agua, y en el mismo momento alcanzábalas el disparo del cazador.

En este espacio angosto el tiro era seguro, y don Joaquín gozaba las satisfacciones de un gran tirador, viendo la facilidad con que abatía las piezas. La Centella se arrojaba del barquito, alcanzaba á nado los pájaros, todavía vivos, y los traía con expresión triunfante hasta las manos del cazador. La escopeta del tío Paloma no estaba inactiva. El viejo tenía empeño en halagar al parroquiano, adulándole á tiros, como era su costumbre. Cuando veía un pájaro próximo á escapar, disparaba, haciendo creer al burgués que era él quien lo había derribado.

Pasó á nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don Joaquín y el tío Paloma, desapareció en el carrizal.

--¡Va ferida!--gritó el viejo barquero.

El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las cañas, sin que pudiesen recogerla...

--¡Búscala, Sentella!... ¡Búscala!--gritó Tonet á su perra.

Centella se arrojó de la barca, lanzándose en el carrizal con gran estrépito de las cañas, que se abrían á su paso.

Tonet sonreía, seguro del éxito: la perra traería el pájaro. Pero el abuelo mostraba cierta incredulidad. Aquellas aves las herían en una punta de la Albufera, y como ganasen el cañar, iban á morir al extremo opuesto. Además, la perra era una antigualla como él. En otros tiempos, cuando la compró Cañamèl, valía cualquier cosa, pero ahora no había que confiar en su olfato. Tonet, despreciando las opiniones de su abuelo, se limitaba á repetir:

--¡Ya vorá vosté!... ¡Ya vorá vosté!

Se oía el chapoteo de la perra en el fango del carrizal, tan pronto inmediato como lejano, y los hombres seguían en el silencio de la mañana sus interminables evoluciones, guiándose por el chasquido de las cañas y el rumor de la maleza rompiéndose ante el empuje de la vigorosa bestia. Después de algunos minutos de espera la vieron salir del carrizal, con aspecto desalentado y los ojos tristes, sin llevar nada en la boca.

El viejo barquero sonreía triunfante. ¿Qué decía él?... Pero Tonet, creyéndose en ridículo, apostrofaba á la perra, amenazándola con el puño para que no se aproximara á la barca.

--¡Búscala!... ¡Búscala!--volvió á ordenar con imperio al pobre animal.

Y otra vez se metió entre los carrizos, moviendo la cola con expresión de desconfianza.

Ella encontraría el pájaro. Lo afirmaba Tonet, que la había hecho realizar trabajos más difíciles. De nuevo sonó el chapoteo del animal en la selva acuática. Iba de una parte á otra con indecisión, cambiando á cada momento de pista, sin confianza en sus desordenadas carreras, sin osar mostrarse vencida, pues tan pronto como tornaba hacia las barcas, asomando su cabeza entre las cañas, veía el puño del amo y oía el ¡búscala! que equivalía á una amenaza.

Varias veces volvió á husmear la pista, y al fin se alejó tanto en sus invisibles carreras, que los cazadores dejaron de oir el ruido de sus patas.

Un ladrido lejano, repetido varias veces, hizo sonreír á Tonet. ¿Qué tal? Su vieja compañera podría tardar, pero nada se le escapaba.

La perra seguía ladrando lejos, muy lejos, con expresión desesperada, pero sin aproximarse. El Cubano silbó.

--¡Aquí, Sentella, aquí!...

Comenzó á oirse su chapoteo cada vez más próximo. Se acercaba tronchando cañas, abatiendo hierbas, con gran estrépito de agua removida. Por fin apareció con un objeto en la boca, nadando penosamente.

--¡Aquí, Sentella, aquí!...--seguía gritando Tonet.

Pasó junto á la barca del abuelo, y el cazador se llevó la mano á los ojos, como si le hiriese un relámpago.

--¡Mare de Deu!--gimió aterrado, mientras la escopeta se le iba de las manos.

Tonet se irguió, con la mirada loca, estremecido de pies á cabeza, como si el aire faltase de pronto en sus pulmones. Vió junto á la borda de su barca un lío de trapos, y en él algo lívido y gelatinoso erizado de sanguijuelas: una cabecita hinchada, deforme, negruzca, con las cuencas vacías y colgando de una de ellas el globo de un ojo: todo tan repugnante, tan hediondo, que parecía entenebrecer repentinamente el agua y el espacio, haciendo que en pleno sol cayese la noche sobre el lago.

Levantó la percha con ambas manos, y fué tan tremendo el golpe, que el cráneo de la perra crujió como si se rompiese, y el pobre animal, dando un aullido, se hundió con su presa en las aguas arremolinadas.

Después miró con ojos extraviados á su abuelo, que no adivinaba lo ocurrido, al pobre don Joaquín, que parecía anonadado por el terror, y perchando instintivamente, salió disparado cual una flecha por la vía de agua, como si se incorporase el fantasma del remordimiento, adormecido durante una semana, y corriera tras él, rasgándole la espalda con sus uñas implacables.