Apuntes para la historia de Marruecos/XI

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XI


A

L CABO VOLVIÓ á reconstituirse el imperio mauritano, bajo el gobierno de los xerifes. Dio fundamento á esta dinastía el fanatismo religioso, que ha movido allí cuantas hayan acontecido desde la irrupción de los árabes; los principios fueron pequeños, y como suele suceder, no dejaban esperar tales resultas. Corrían los primeros años del siglo xvi, cuando comenzó á tener nombre en Numidia un Mohammed-ben-Ahmed, que por nombre se hacía llamar el xerife Huseini, y decía ser sucesor de Mahoma[1]. De su origen nada se sabe de seguro, aunque hay quien le haga descendiente de aquel otro xerife que dio muerte al postrer soberano de los benimerines. Lo que de cierto se dice es que era hombre muy astuto y leído en las Ciencias naturales, y sobre todo, gran mágico. Tenía tres hijos: Abdelquebir, Ahmed y Mohammed ó Mahomad, y después de comunicarles sus artes, mandólos ir á la Meca, porque ganasen reputación de santidad y doctrina. Los cuales, de vuelta al Mogreb-Alacsa, solían entrar en las ciudades voceando, y diciendo solamente: ¡Alá! ¡Alá!, y no querían comer sino lo que les daban de limosna. Con esto maravillados los moradores, iban detrás de ellos en grandes turbas y los veneraban por santos. Así anduvieron por varias partes hasta llegar los dos menores á Fez, donde el uno de ellos, haciendo oposición á cierta cátedra de aquellas escuelas, la ganó, y el otro fué recibido con gran contento por preceptor y ayo de los hijos del príncipe Mohammed, segundo de los del linaje de Beni-Watas. Largo tiempo se mantuvieron allí, extendiendo su fama y ganando prosélitos y discípulos, sin dejar de comunicarse con el viejo xerife y el mayor hermano, que le asistía; los cuales, sin salir de Numidia, llevaban el hilo de la trama y acechaban la ocasión oportuna de obrar. Dióla sobrada la escasa previsión del rey de Fez; porque habiendo puesto en los hijos del xerife gran confianza, les dio libertad para traer atabal y bandera, y predicar la guerra santa contra cristianos. Luego comenzaron á formar escuadrones de á pie y de á caballo; armáronlos, adiestráronlos, y los pusieron en aparato de guerra. Lo que faltaba era ocasión de ejercitarlos en ella y de ganar, con la militar honra, más fama de santidad y mayor estimación del pueblo. Logróseles aún esta ocasión, y fácilmente. Ya hemos dicho que desde el tiempo de la caída de los benimerines el Mogreb-Alacsa estaba en completa anarquía; poseyendo los Beni-Watases de Fez ciertos territorios, otros más extendidos los monarcas portugueses, no pocos los señores de Marruecos, y algunos los xeques de Sus, Suljimesa y demás provincias del imperio. Pues los hijos del xerife, llegándose al inadvertido Mohamed-Watas, le ofrecieron ir á sujetar á aquellos rebeldes, y castigarlos por el tributo que la mayor parte pagaban á los portugueses, arrojando luego á éstos de las importantes plazas y anchos territorios que poseían, con tal que los nombrase á ellos por sus alcaides de guerra y los abasteciese de armas y otros menesteres; y aun en esto consintió de buena voluntad el de Fez, que fué poner el imperio en mano de los astutos hermanos. Marcharon primero á la provincia de Sus, siguiéndoles numerosa hueste, que cada día se acrecentaba con los celosos muslimes que la fama de su virtud atraía, y vencieron á los primeros xeques que osaron ponerles resistencia. Avisaron luego al padre y al mayor hermano, los cuales acudieron al punto, tomando el primero el gobierno de la guerra; impusieron por tributo el diezmo de los frutos, y rigurosamente lo cobraban de los pueblos que recorrían; allegaron tesoros, juntaron el miedo de sus armas al amor de su nombre, ganaron unas fortalezas, levantaron otras, hicieron grandes correrías y rebatos en tierra de cristianos, y de esta suerte se contaron al poco tiempo por tan poderosos, que no temieron ya declarar sus altos intentos y el punto á donde se encaminaban sus empresas. Comenzaron por destronar al xeque ó soberano de Marruecos, que no menos imprevisor que el de Fez se mostrara. Con capa de religión, y fingiéndose grandes amigos suyos, lograron introducirse en la ciudad, y después que hubieron ganado allí parciales, apostando en las cercanías gente armada que los socorriese en todo trance, le atosigaron un día al volver de la caza con ciertos panecillos por ellos mismos aderezados: así cuenta el suceso nuestro Mármol Carvajal, aunque no falta quien lo refiere de diverso modo[2]. Muerto el xeque, se alzaron sus parciales de dentro de la plaza, llegaron los que fuera aguardaban, y tomando la Alcazaba y demás fortalezas, fueron proclamados los xerifes por señores de Marruecos.

Alarmóse, como era natural, el de Fez con tales nuevas; pero los astutos xerifes le contestaron enviándole cuantiosos regalos y ofreciéndole que le pagarían el propio tributo que de los antiguos xeques recibía. Mas ello era ganar tiempo y apercibirse á nuevas empresas, puesto que no tardaron en negarle todo tributo y obediencia. En esto, muerto el primer xerife y el mayor de sus hijos, aquél por la edad tan larga, y éste en un combate contra el portugués Lope Barriga, capitán del campo de Saffi y hombre de los más temidos que hubo en África, quedaron sólo en el ganado imperio los otros dos xerifes, llamándose rey de Sus el menor, y rey el mayor de Marruecos y Tarudante. No pudo sufrir más el Beni-Watas Ahmed ó Hamet, que había sido discípulo del menor xerife; y aunque esta consideración le mantuvo algún tiempo en respeto, rompiendo al fin por todo, como quien tan amenazada veía su corona, marchó contra los usurpadores al frente de copioso ejército. Encerróse el mayor xerife dentro de Marruecos, viniendo luego el menor en su socorro, y allí los cercó el de Fez, peleándose bravamente por ambas partes con rebatos y asaltos. Mas como aconteciese por aquellos días un levantamiento en Fez, promovido por uno de sus hermanos, llamado Muley Mesaud ó Mesud, que pretendía el imperio, Hamet hubo de volver allá precipitadamente, levantando el cerco. Su presencia restableció al punto la paz en Fez, y juntando nueva y más poderosa hueste, volvió contra los xerifes. Ya en esta ocasión no quisieron los belicosos hermanos aguardarle en reparos, sino que saliéndole al paso, sentaron su campo orillas del río Guadelabid, en cierto lugar llamado Bab-Cuba. Allí se dio una grande y porfiada batalla, donde el poder de Fez fué destruido, y los xerifes alcanzaron con la victoria riquísimos despojos y fama de invencibles. Peleó bravamente en esta jornada por los de Fez el destronado rey Boabdil, á quien llamaban en África el Zogoibi, que quiere decir tanto como desdichado, y peleando murió como bueno; triste fortuna la de aquel hombre, que vino á morir en defensa de reino ajeno, cuando no lo había osado defendiendo el suyo propio. Tras estos sucesos, viéndose ya sin freno ni temor, los xerifes señorearon casi todas las provincias del Mogreb-Alacsa, rindiendo aun Tafilete. Y revolviéndose luego sobre los portugueses, abandonados por sus auxiliares moros, reducidos ya á sus propias fuerzas, y dedicados enteramente en tiempo de D. Juan III á las cosas de las Indias, cobraron á Aguer ó Santa Cruz, una de las más importantes plazas que poseyeron los cristianos en África; y dieron tales embestidas y asaltos á otras, como Saffi y Azanor, que al fin hubieron de ser abandonadas por sus presidios y moradores. Mancha indeleble, según el historiador Faria y Souza, para el rey D. Juan III, aunque sus ministros se disculpaban con la dificultad de sustentar tanto imperio.

Llegados á tal punto de grandeza, nació de repente la discordia y ardió la guerra entre los xerifes. Habían pactado los dos hermanos, en tiempo del padre, que el uno sucedería al otro, y muertos ellos, entraría á gobernar el imperio el mayor de los hijos varones que quedasen; y el menor xerife, que era quien tenía el mayor hijo, reclamó del hermano que en vida se aviniese á declararlo por su heredero. Pero el xerife mayor, no sólo no lo consintió, sino que aún se resistía á mirar á su hermano como rey, no queriendo que sonara sino por su visir ó lugarteniente, y exigiendo de él que le diese mucha parte de los despojos que había ganado en la guerra, por juzgarse señor de todas las cosas del imperio. Era el menor xerife más astuto y sabio que el otro, y viéndole tan sin razón, determinó proceder con gran moderación en el caso, á fin de traer á sí el amor y respeto de los muslimes. Hablóse largo de avenencia, pero en vano; y llevadas las cosas á punto de guerra, hubo entre los hermanos dos recias batallas, ganadas entrambas por el menor, quedando prisionero en la segunda el mayor xerife, y Marruecos en poder del vencedor. Desterrados el xerife mayor y su primogénito Muley-Cidan, príncipe esforzado que había servido bien á su padre en aquella guerra, quedó el xerife Mahomad por único señor del imperio, y antes que por ambicioso, tenido de todos por justo; tanto pudo su hipocresía. Luego determinó éste acabar con los Beni-Watases de Fez, so color de vengar la afrenta que le habían hecho con favorecer á su hermano, pero con designio de desapoderar al infeliz discípulo del resto miserable de su grandeza. Juntó el de Fez todas las fuerzas que pudo para oponérsele, descollando entre los más valerosos de su campo un cierto Buazon, deudo suyo, y denominado rey de Vélez, cuya fama fué luego grande, como veremos. La batalla se dio al pasar un vado del río de los Negros, y con poquísima pérdida de ambas partes, quedó vencedor el xerife y desbaratados y fugitivos los contrarios. Buazon, después de hacer cuanto de un buen capitán podía esperarse, logró recogerse en Fez con los restos del ejército; pero Admed Beni-Watas y su hijo Abu-Beer, según Mármol, cayeron en poder del xerife, herido el primero y harto cansado de la pelea. Notable entrevista aquella de maestro y discípulo tras tantos años y tan diversos trances de fortuna. Cuéntase que así como se halló el xerife delante del otro, le dijo estas palabras: «Hamet-Watas, la ira de Dios ha caído sobre ti, y Él ha permitido esta tu prisión por lo mucho que le has ofendido en consentir tantos pecados públicos al pueblo de Fez, donde con más razón que en otro cabo había de ser venerado Alá y nuestro Mahoma. Mas ten buen ánimo, y no creas que porque quisiste favorecer á mi hermano y sus hijos contra mí te he de hacer mal. En poder estás de hombre mahometano y no de cristianos, donde pudieras tener menos esperanza de tu salud; y si tú eres cuerdo, no dudes de volver á tu reino.» Y el desventurado Watas, alzando la cabeza como mejor pudo, puesto que estuviese grandemente fatigado de las heridas, le respondió de esta suerte: «Lo que está escrito en la frente de los hombres se ha de cumplir. No son todas veces los reyes parte para desarraigar de su pueblo los miserables usos en que están endurecidos por larga costumbre, ni debieras tener esa por bastante causa para tomar las armas contra mí, que no se hallará haberte hecho injuria; antes, en tiempo en que la fortuna no se os había mostrado tan favorable á ti y á tu hermano, os hice todo buen tratamiento en Fez, y no pedísteis cosa que no os fuese concedida por mi padre y por mí. Quizá fué escrito juicio de Dios, habiendo de venir á este tiempo, en que pudiesen aprovechar los muchos y grandes beneficios que habéis recibido de nuestra casa, los cuales, plegué á Alá sean parte para aplacar tu sana, puesto que resentimiento de mí no debieras tener; que yo te ayudara á ti como á él, si en tales infelicidades te viera.» Mientras esto pasaba en el campo, entrando Buazon en Fez, hubo de combatir las pretensiones injustas de un hermano del rey preso, que juzgaba pertenecerle el trono, alzando en él á Muley-el-Cacerir, hijo y legítimo sucesor; mas con tal condición, que siempre que su padre viviese, volviera á dejarle el reino sin contienda. Hecho esto, apercibieron los de dentro las cosas de la defensa; y recibiendo cartas del xerife, donde decía que si le entregaban á Mequinez, pondría en libertad al rey preso, primero lo resistieron y obligaron al contrario á volverse con el cautivo á su corte; pero al fin vinieron en ello, y entregada aquella plaza, tornó á ocupar Amed-al-Watas el trono de Fez. Mas no fué por mucho tiempo, porque el xerife, así que cobró fuerzas y se apercibió de más soldados y armas, volvió sobre Fez y la tuvo cercada dos años, poniéndola en gran aprieto y carestía, hasta que al fin, por tratos con los ciudadanos, entró una noche en la nueva Fez, y los de la ciudad vieja hubieron de rendirse al día siguiente. Amed-al-Watas y su hijo Muley-el-Caserir, cayeron en manos del vencedor, quien los tuvo aherrojados por algún tiempo, hasta que á la postre, enojado porque Buazon hubiese vencido y matado en pelea á un hijo suyo, mandó degollarlos á entrambos; desapiadada acción, que los cielos castigaron como merecía. Buazon en tanto andaba libre y dando harto que hacer con sus armas al mortal enemigo de su casa. Habíase salido de Fez pocos días antes de la rendición, viendo que la debilidad y torpeza de los de adentro iban á franquear las puertas al sitiador, donde sin culpa suya padecería como los otros. Pasó al pronto á sus Estados de Vélez de la Gomera, y desde allí pidió auxilio á España, ofreciendo devolver la fortaleza del Peñón, que habíamos perdido por locura ó simplicidad de su gobernador Villalobos, asesinado por unos moros que pretendían ser hechiceros, y que él admitió confiadamente en su compañía, con lo cual la escasa guarnición se rindió á los moros. Traslucieron los vecinos de Vélez el intento de su señor Buazon, y fué tanta su ira, que el aventurero caudillo tuvo que huir, refugiándose en España. Presentóse acá al archiduque Maximiliano, y no logrando nada de él, fué aún á verse en Alemania con el emperador Carlos V; y sin alcanzar mejor éxito, se vino á Portugal, cuyo rey le dio algunas naves y un escuadrón de quinientos portugueses. Con tales fuerzas volvió Buazon á Vélez, y comenzó á allegar parciales y formar ejército con que embestir al xerife. Pero en esto acertó á pasar por allí Salah-Arrais ó Sala-Arraez, famoso turco que gobernaba en Argel y andaba pirateando con sus naves por el Mediterráneo, el cual, como viese delante de Vélez naves de cristianos, embistió con ellas y las tomó, degollando al mayor número de los nuestros y cautivando á los otros. Buazon, que esto vio desde la playa, metióse en un ligero esquife, y llegando á la capitana de los turcos, pidió y rogó por la vida de los cristianos, explicándole una vez y otra al capitán pirata que no eran venidos en son de guerra contra los muslimes, sino para ayudarle á él en sus justos propósitos. Mas nada pudo recabar de aquellos feroces enemigos del nombre cristiano; antes bien, afeándole Sala-Arraez el buscar tales alianzas, se dio á la vela con el despojo y cautivos. Buazon, lleno de noble desesperación, dispersó la hueste que tenía reunida, abandonó las cosas de su Estado, allegó el mayor tesoro que pudo, y caminó hacia Argel á procurar el rescate de los cautivos cristianos. Tanto hizo, que maravillado y compadecido Sala-Arraez, no solamente dio libertad á los cautivos, sino que le ofreció ponerle en el reino de los Beni-Watases y vengarle del xerife. Reunióse en Argel numeroso campo para la empresa, y Buazon y Sala-Arraez marcharon con él hacia Fez, rompieron en batalla al xerife, y se apoderaron de la ciudad. No bien logrado esto, Sala-Arraez iba á cumplir su promesa, cuando conjurados algunos de los émulos de Buazon, y calumniándole largamente, alcanzaron del turco que á él lo pusiese en prisiones y nombrase en su lugar por rey de Fez al príncipe Abú-Becr, hijo de Ahmed Watas, que había logrado escapar al degüello de los de su familia. Hubo en Fez el nuevo con este motivo grandísimo alboroto, porque todos querían por rey á Buazon, y tanto pudo la ira en los ciudadanos, que arremetiendo furiosamente á los turcos, pareció que era llegado el día de su ruina en aquel lugar donde como tan amigos habían entrado. Traspasaron los turcos el prisionero Buazon á Fez el viejo, y enseñábanlo desde allí á los sublevados para que viesen que ningún mal le habían hecho; pero éstos, cada vez más embravecidos, gritaban: «¿Para qué nos lo muestras? ¿Es espejo? Dánosle puesto en libertad.» Y hubo al fin que soltarlo, y Sala-Arraez, mal de su grado, le proclamó por rey de Fez. Mas, hondamente ofendido el turco de tales hechos, escribió al xerife diciéndole que bien podía venir cuando quisiese sobre Buazon, porque él no había de ayudarle en cosa alguna; y alzando su campo se volvió á Argel. No se dejó esperar el xerife, y acudiendo con grueso ejército contra el adversario, hubo entre los dos larga y porfiadísima batalla, que sin duda ganaran los de Fez á no haber la desdicha de que Buazon muriese en ella, ó bien llevado de su natural valor á lo recio de la pelea, ó bien asesinado por un confidente del xerife que traidoramente se había deslizado entre los suyos, como sienten otros. Después de esta victoria Mohamed entró en Fez, y no hubo más quien pudiera disputarle el imperio.

En medio de tales revueltas no habían estado ociosos el mayor xerife y sus hijos. Muley-Cidan, el primogénito, estuvo en Fez ayudando á Ahmed-al-Watas contra su tío, cuando éste tenía puesto cerco á la plaza. Más tarde, cuando vino Buazon con ayuda de los turcos á recobrar sus Estados, se alzó el xerife Ahmed en Tafilete, y movió guerra por aquellos contornos á su hermano. Rindióle éste al fin, y mandando matar á Muley-Cidan y otros de sus hijos mayores, á él con los demás le envió á Marruecos. Horrible condición era la de aquel xerife; tal, que con ser el hermano cruel, dejó mejor fama. Su codicia desenfrenada provocó la discordia; vencido la primera vez, faltó á la fe prometida, y desde el retiro que el vencedor le concediera generosamente, uníase con sus mortales enemigos para acabar con él. Fué tan tirano, que sus vasallos desearon mucho y prestaron fácil obediencia á Mohamed el xerife, por salir de su poder; y aun los vecinos de Tafilete y de otros pueblos donde residió durante su destierro, se levantaron contra él, debiendo á los respetos del hermano que no le quitasen la vida. Mohamed era por su parte más hipócrita y no tan riguroso, y poseía mucho mayor inteligencia y valor; hombre verdaderamente notable, y que á reinar en otra nación fuera de los más famosos del mundo. Ambos hermanos alcanzaron tan larga vida, que llenaron casi el espacio de un siglo con su nombre y sus sucesos; y el uno y el otro se llevaron pocos días en la muerte, que fué tan desgraciada como los hechos del mejor y del peor merecían. Mohamed fué asesinado por los turcos de su guardia, capitaneados por un traidor, que para tal propósito había venido desde Argel y ganado su compañía; y al saberse la muerte de éste, temiendo Alí-Becr, alcaide de Marruecos y hombre muy adicto á la familia del menor xerife, que el otro levantase alborotos y pretendiese de nuevo el trono, le mandó decapitar con todos sus hijos.

Años antes de morir estos xerifes, dispuso el rey don Felipe II la recuperación del Peñón de la Gomera, que era nido otra vez de piratas berberiscos. Ya en 1525, recién perdida la fortaleza, intentó en vano el marqués de Mondéjar sorprenderla. No más afortunado ahora don Sancho de Leiva, llegó á la costa africana, y desembarcando tres mil hombres de su armada, marchó por sierras ásperas á la ciudad de Vélez de la Gomera; y rompiendo á los moros que se opusieron, entró en ella y la saqueó, quemando la casa que allí tenía el famoso Sala-Arraez, la mezquita y un bajel que allí se labraba. Pero en tanto los moros se reunieron en buen número, y acometiendo á la gente desmandada, mataron á muchos, y persuadieron á D. Sancho de la imposibilidad de continuar con tan poca gente tan grande empresa, de modo que, con las tinieblas de la noche, reembarcó sus tropas y dio la vela para Málaga. Entonces mandó el Rey Católico que D. García de Toledo, duque de Fernandina, reuniese la armada del Mediterráneo y repitiese el ataque. D. García, con ciento treinta velas de guerra y transporte y trece mil infantes de desembarco, los nueve mil veteranos de Italia y los otros bisoños, hizo nuevo desembarco enfrente del Peñón, y no lejos de la ciudad de Vélez. Hallóse ésta desierta, y no llegaron á mil los moros que parecieron por el campo. En seguida se plantó por la parte de tierra una batería de diez y ocho cañones, que Juan Andrea Doria envió de la armada, y además la artillería de campaña, dirigiendo estas operaciones el famoso Chapín Viteli. Con esto y el fuego de la armada, la guarnición se aterró y abrió las puertas de la pequeña fortaleza. Por este tiempo, y gobernando en Melilla Pedro Venegas de Córdoba, soldado de mucho valor, los rifeños asaltaron dos veces aquella plaza, persuadidos de las pláticas de un morabito que les prometía el triunfo por arte de magia, y les aseguraba que no sufrirían daño de las armas cristianas. Pedro Venegas los dejó entrar las dos veces por el foso hasta los rebellines, y cargando luego sobre ellos, hizo horrible carnicería y muchos cautivos[3]. A la sazón Melilla pertenecía ya al Rey Católico, por cesión que le hicieron los duques de Medinasidonia, que la conquistaron. Pedro Venegas de Córdoba, su gobernador por muchos años, reinando D. Felipe II, lo mismo que D. Alonso de Urrea, que antes había sido alcaide de aquella plaza, pelearon frecuentemente á campo raso con los moros de las cercanías, y siempre con buena fortuna. No se empleó contra los marroquíes la gran potencia de Felipe II sino en estas ocasiones, y en la fácil jornada que hizo el famoso marqués de Santa Cruz á Tetuán, corriendo el año de 1564. Al cabo de los noventa años que estuvo deshabitada aquella ciudad de resultas de la invasión de la armada de Castilla, fué reedificada, como queda dicho, por los moros fugitivos de Granada. Era su caudillo un cierto Almandari que había pasado allá con el destronado Abú-Abdallah ó Boabdil, el cual suplicó al rey de Fez que le dejase fortalecer y poblar de nuevo aquella ciudad, ofreciendo que desde allí haría guerra con su gente á los cristianos de Ceuta. Por lo pronto edificó un castillo con su cava, y allí se recogían él y cuatrocientos guerreros granadinos, de vuelta de sus expediciones al campo de Ceuta y aun al de Tánger. No tardó en armar también fustas en el río, con las cuales comenzó á azotar la costa de España. Luis del Mármol afirma que llegó á juntar este Almandari hasta tres mil cautivos cristianos, con los cuales reedificó los muros de Tetuán y la ciudad misma. Muerto él, sus sucesores se destrozaron en contiendas, favorecidas por la anarquía general del imperio, y dieron lugar á que desde Ceuta los afligiese extremadamente D. Pedro de Meneses, según queda atrás referido. Pero alentados de nuevo con la flojedad de los portugueses, redoblaron sus hostilidades á punto que, de orden del rey don Felipe, fué allá D. Alvaro con doce galeras y cegó en pocas horas la barra del río, echando en ella varias chalupas y dos bergantines cargados de peñascos de Gibraltar. Cuando acudieron los moros de Tetuán, ya era tarde, y hubo una corta refriega sin consecuencia.

Tras de los dos viejos xerifes, ocupó en tanto el imperio Abdallah, hijo primogénito del xerife Mohamed, y quedó asentada por algún tiempo la nueva dinastía. Duró diez y siete años el reinado de este príncipe, que no ofrece en su vida cosa notable, si no son sus crueldades, porque, entre otras cosas, mandó matar á todos sus sobrinos, á fin de asegurarse en el trono, de modo que sus mismos hermanos tuvieron que ausentarse del Mogreb por no ser víctimas de sus celos. Sitió á Mazagán, que poseían los portugueses; mas hubo de retirarse sin efecto. Su hijo Mohamed, dicho el Negro, que le sucedió, ni más humano ni más valeroso que él, fué derrotado en tres batallas por su tío Abdemelic, á quien ayudaban los turcos, y que llevaba consigo gran número de moros andaluces, de los expelidos por su rebelión de España, gente valerosa y veterana. Mohamed, vencido, se vino á Portugal y pidió ayuda al rey D. Sebastián, mozo de altos alientos y muy valeroso de su persona; pero, como vamos á ver ahora, un tanto imprevisor y arrebatado.

Nació en el ánimo de D. Sebastián la idea de conquistar con aquella ocasión á Marruecos, y despreciando las súplicas de paz de Abdemelic, y desoyendo los consejos generosos del rey D. Felipe de España y las observaciones del duque de Alba, que, como tan prudente, procuró con buenos términos apartarle de su propósito, pasó al África. El ejército, aunque fuese bueno, no era bastante para tamaña empresa. Componíanle, según Faria y Souza, diez y ocho mil combatientes, tres mil castellanos aventureros, otros tantos tudescos, novecientos italianos, y portugueses el resto. La gente extranjera era veterana en su mayor parte, y los hidalgos y caballería portuguesa podían ponerse en parangón con los mejores soldados del mundo; pero su infantería, según afirma el historiador Cabrera[4], dignísimo de crédito en todas las cosas de aquel tiempo, era en la mayor parte advenediza, «menestrales, cabreros y labradores, alistados por fuerza». Antes de desembarcar en África, recibió D. Sebastián nueva embajada de Abdelmelic, rogándole que desistiese de ayudar á su rival, y dejase en paz sus dominios, contribuyendo no poco á esta moderación del africano Gaspar Corzo, que estaba en Fez por el Rey Católico. Tomó tierra al fin D. Sebastián en la plaza portuguesa de Arcila, con intento de atacar á Larache, cuatro leguas distante, y se completó el ejército con la gente de frontera, en las fortalezas portuguesas, que fué de gran provecho por su valor en aquella desgraciada campaña. Estaba tan desvanecido el rey, que Cristóbal de Tavora, uno de sus mayores privados, escribió á un amigo «que los encomendase á Dios, que se hallaban en el más infeliz estado de la vida, pues el rey no admitía consejos». Era Abdelmelic, ó el Moluco, que así le llaman nuestros historiadores, quien más derecho tenía al trono, según el pacto de los xerifes, por el cual debían suceder todos los hijos de un rey antes que sus nietos[5], hombre de ingenio además, y gran soldado. Refugiado en Orán, había mantenido con el Rey Católico inteligencias y amistad, que no se interrumpió nunca. Cansado, sin embargo, de esperar auxilios de él para ocupar su trono, se acogió al amparo de los turcos, y hallóse con ellos en varias batallas navales, y en la toma de la Goleta á los españoles. Tal era el enemigo con quien el inexperto D. Sebastián iba á medir sus fuerzas. Detúvose el ejército, sin causa, porque nada esperaba ya, diez y ocho días en Arcila, y al fin marchó tierra adentro en cortas jornadas. Los prácticos querían ir arrimados al mar y apoyados en la armada, representando la falta de vituallas y de experiencia en los soldados; mas no los oyó el rey. Entretanto Abdelmelic había reunido sus fuerzas, que eran superiores á las de los portugueses, aunque no llegasen, como estos aseguran, á ochenta mil hombres sólo de caballería. Estaba el campo cristiano cerca de Alcazarquivir, entre el río Mucacen, que ya había pasado, y el río Lucus. No era posible fortificarse y esperar el ataque, porque sólo llevaban víveres para cinco días; ni retirarse con la artillería delante de un enemigo tan superior, sobre todo en caballos, y los más expertos del ejército aconsejaron que se peleara en el trance en que ya estaban. Eran estos, sin duda, don Alonso de Aguilar, que mandaba el tercio castellano; el capitán Francisco Aldana, que se presentó en el camino al rey con una carta del duque de Alba; los capitanes alemanes é italianos y el mismo xerife Negro, y ninguno de ellos fué oído para disponer la marcha y la batalla. Los capitanes portugueses, valerosísimos, eran todos bisoños, y el rey creía que bastaba para vencer el ardiente valor que lo animaba. Desaprovechóse la ocasión que ofreció la falta de Abdelmelic, que ó envenenado, como dicen unos, ó atacado de enfermedad natural, como otros cuentan, apenas dispuso las cosas para la batalla, comenzó á agonizar en su litera, y allí murió cuando más empeñada se hallaba. Entró en ésta el ejército moro formado en una ancha media luna, para envolver á los portugueses por ambas alas; y el ejército portugués en estrecha y confusa disposición, sin plan ni confianza. Vaciló, pues, la victoria algún tanto, pero al fin se decidió por los infieles, á pesar del valor de los soldados extranjeros y de los hidalgos portugueses, que heroicamente pelearon y murieron, porque, como dice Cabrera, «era infamia donde su rey quedaba muerto, quedar caballero vivo que pudiera referir la pérdida». Fué muerto D. Sebastián al terminarse la batalla, y cuando ya estaba prisionero; murió D. Alonso de Aguilar, murió el valeroso capitán Aldana, murieron casi todos los caudillos portugueses y extranjeros, y el xerife Negro se ahogó en la fuga. El general de la armada, aunque oyó el fuego, nada pudo hacer sino recoger los pocos fugitivos que llegaron hasta la costa. Así acabo aquella infeliz jornada, más largamente descrita, por la importancia que tiene su memoria, de lo que en estos Apuntes se ha acostumbrado hasta ahora[6].

Sucedió á Abdelmelic su hermano Muley Ahmed, general de la caballería, en el mismo campo de batalla. El primer cuidado del nuevo príncipe fué pasar á Fez, y tomar triunfalmente posesión del trono, llevando el pellejo de su sobrino el Negro embutido en paja. Es singular que este rey, lo mismo que su hermano, que debían sus triunfos en la mayor parte á la hueste de moriscos españoles que los servía, jamás quisiesen guerrear con Felipe II, que los había vencido y expulsado, y que implorasen su amistad constantemente; sin duda tenían formada alta idea de su poder y de su fortuna. Dio Muley Ahmed libertad á D. Juan de Silva, embajador español que acompañaba á D. Sebastián, y envió el cuerpo de éste á Ceuta. Luego en Fez llamó y mandó matar á algunos de los principales alcaides que conspiraban contra su persona; fiando las mayores cosas del gobierno, lo mismo que su hermano el Moluco, de un renegado portugués, á quien llaman Reduan Elche nuestros historiadores. Desde Fez se fué á Marruecos, y allí recibió con mucho amor al valeroso Pedro Venegas de Córdoba, embajador entonces del Católico, el cual medió poderosamente para que se diera libertad á muchos prisioneros, entre otros al duque de Barcelos, heredero de los duques de Braganza, rivales del mismo Felipe II, y más de su nieto, á quien arrancaron por fin la corona portuguesa. Tuvo mucho influjo Pedro Venegas en Marruecos, y Muley Ahmed se avino á tratar bien á los cautivos cristianos, porque prefería á la alianza de los turcos, sus antiguos amigos, la del Rey Católico, y contaba con el furor de los cristianos cautivos para defenderse de las insurrecciones de sus propios vasallos. Prudente y animoso Muley Ahmed, extendió en África su dominio hasta los desiertos de Sahara, conquistando en varias campañas á Tegmarin, Tuat, Tumbctu, Gago y Kukia, con otros puntos de la Nigricia, y llegó á las lindes mismas de Guinea. Hay quien, considerando estas cosas, señale su reinado como la edad de oro del imperio de Marruecos. No le faltó oposición, sin embargo. Un hermano del xerife Negro, llamado Muley el Nazer, refugiado en España desde la batalla de Alcázar, desembarcó en Melilla, é internándose en las montañas, juntó crecida hueste, con la cual osó marchar sobre Fez. A la vista de aquella ciudad se dio una batalla, que duró un día entero, entre Muley el Nazer y Muley-Xeque, hijo del xerife reinante; pero al fin, siendo oportunamente reforzado este último, derrotó al primero, y le obligó á refugiarse de nuevo en las montañas, donde fué muerto por sus capitanes[7]. Tenía repartido el gobierno Muley Ahmed con sus tres hijos, mandando Muley-Xeque en la provincia de Fez; Abú-Fers, en la de Sus, y Muley Cidan, en la de Tedla, mientras él permanecía en Marruecos. Según refiere el docto Fr. Marcos de Guadalajara[8], por los años de 1598 tuvo allí conocimiento Muley Ahmed de que un ministro, llamado Mustafá, andaba pervirtiendo á su hijo primogénito Muley-Xeque, príncipe algo vicioso y poco inclinado á las cosas públicas, por lo cual se dejaba llevar fácilmente de la voluntad ajena. Conoció el sagaz monarca que convenía al reposo de sus Estados deshacerse de aquel ministro mal intencionado, y envió á Fez dos alcaides de su confianza, uno de ellos el de los moriscos andaluces, para apoderarse de su persona. Entonces Muley-Xeque, despechado, lo mandó decapitar en su presencia, y envió en rehenes al rey su padre, para que no desconfiase de su conducta, á su madre Lela Zora y á sus propios hijos. Pero el padre, no contento con eso, le llamó á Marruecos; y él, dándole aparentes excusas, se previno de gente y otras cosas necesarias para la guerra. Muley Ahmed, al saber esto, se puso en camino para Fez en compañía de Muley Cidan, dando en el ínterin á Abú-Fers el gobierno de Marruecos. Salió á las puertas de Fez Muley-Xeque con banderas desplegadas para resistir á su padre; pero al divisar los escuadrones de éste, se puso en vergonzosa fuga, encerrándose con pocos soldados en una devota ermita, no muy lejana. Allí le alcanzó uno de los alcaides de confianza de Ahmed, y á viva fuerza lo prendió y lo remitió con una leve herida á su padre. Este, indignado por lo pronto, aunque humano, lo mandó encerrar en un baño de Mequinez, donde estuvo preso diez meses, bajo la custodia de trescientos moriscos andaluces y un alcaide de la misma nación. Era muy humano Muley Ahmed, y viendo que había habido exageración en lo que de sus propósitos se le dijo, ó llevado de su cariño, que es lo más cierto, envió por él al cabo, y le perdonó, diciendo delante de su corte y de su ejército al estrecharlo en sus brazos: «He aquí vuestro rey.» De esta suerte desvaneció el rumor que había de que pensaba desheredarlo. Lejos de enternecerse Muley-Xeque con estas demostraciones, se negó á entrar en Fez mientras el padre «no hiciese justicia de los que habían sido causa de su discordia». Ahmed, afligido, le mandó volver á su encierro de Mequinez; pero de allí á poco Muley Cidan, que pensaba suceder al padre, desconfiando de su fortaleza, y temiendo que volviera á reconciliarse con el hermano mayor, le dio de regalo un plato de higos emponzoñados, que le causaron la muerte. Así acabó, corriendo el año de 1603, aquel buen príncipe, que gracias á sus conquistas tuvo más tesoros que ninguno de sus predecesores; se cuenta que había siempre á las puertas de su alcázar millares de hombres empleados en batir moneda; todo era fiestas y placeres, todo regocijo en su reinado. Los desconocidos soberanos del África central le pagaban tributo, y él mantenía embajadas y comunicaciones con muchos reinos de Europa. Era muy amigo de las ciencias, y en especial de la astronomía. En todos conceptos, en fin, Muley-Ahmed merecía gobernar una nación más culta.



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  1. Sigo en los hechos y aun en algunas frases á Luis del Mármol Carvajal, en su obra ya varias veces citada, cuyo título es Primera parte de la descripción general de África, con todos los sucesos de guerras que ha habido entre los infieles y el pueblo cristiano, y entre ellos mismos desde que Mahoma inventó su secta hasta el año del Señor mil y quinientos y setenta y uno. Primero y segundo volumen.
  2. Véase Diego de Torres: Relación del origen y sucesos de los xerifes, y del estado de los reinos de Fez y Marruecos y Tarudante, y los demás que tienen ocupados, 1885.
  3. Don Felipe el Prudente, por D. Lorenzo Vander Hammen y León.
  4. Cabrera: D. Felipe II, rey de España, lib. xii.
  5. Herrera, lib. i de la Historia general, cap. xxii.
  6. La más exacta relación de esta batalla es la de Franchi Conestaggio, en la historia Dell'unione del regno di Portogallo, etc. Herrera copia de allí casi todas sus noticias. Se atribuye esta obra á D. Juan de Silva, embajador español herido en la batalla. El Epitome de la vida y hechos de D. Sebastián, etc., de Juan de Baena Parada, que también he consultado, no ofrece curiosidad ninguna.
  7. Véase la cuarta parte, lib. iv, cap. x, de la Historia pontifical.
  8. Lib. v, cap. vii, de la quinta parte de la Historia pontifical.