Alfredo: 40

Alfredo de Joaquín Francisco Pacheco


6.ªEditar

RICARDO, ALFREDO.


RICARDO.- Acercaos, Alfredo... Acercaos a vuestro padre...

ALFREDO.- (¡Mi padre!)

RICARDO.- Acercaos..., ¿no tenéis nada que decirme?

ALFREDO.- ¡Yo!

RICARDO.- Sí, vos, Alfredo... ¿No tenéis nada que decir a vuestro padre?... Un padre siempre está pronto para escuchar a su hijo...

ALFREDO.- (¡Qué martirio!)

RICARDO.- ¿No me respondéis?

ALFREDO.- ¿Qué he de responderos, Señor?... Yo..., nada tengo que deciros.

RICARDO.- (¡Qué diferencia!..., ¡y ella no es mi sangre!)... ¡Pues bien!..., supuesto que nada tenéis que decirme..., yo tengo que deciros a vos... ¿Sabéis, Alfredo, que soy vuestro padre?..., ¿sabéis que tengo derecho para pediros cuenta de vuestra conducta?

ALFREDO.- Lo sé, Señor.

RICARDO.- ¡Lo sabéis! Y ¿sabéis también que esa conducta ha sido la más criminal, la más escandalosa?, ¿que habéis derramado a manos llenas el deshonor sobre vuestro padre?, ¿que habéis asombrado a la Sicilia?, ¿que habéis llegado a ser la execración de la Cristiandad?, ¿que vuestro nombre será la palabra de baldón y de oprobio para todas las jeneraciones venideras?, ¿que el infierno mismo es estremecería, si bajaseis a él cubierto de tan detestables crímenes?... ¿Calláis?... Sí: callad..., pero lo sabéis: no podéis ignorarlo... Y si la voz de vuestra conciencia se ha estinguido absolutamente en vuestro corazón..., mi voz, la voz tremenda de un padre, se levanta todavía más terrible para recordároslo, para tronar sobre vuestra cabeza, y resonar incesantemente en vuestros oídos. (Truenos).

ALFREDO.- (¡Yo no puedo más!)

RICARDO.- Tu padre..., sí..., que en medio de las más lisonjeras esperanzas se acercaba a Sicilia, creyendo encontrar en los brazos de un hijo la felicidad que había huido de su seno...! Tu padre..., que había escuchado otras veces en la Palestina los elojios de tu virtud, y se había gozado de ella, como de la corona más preciosa que pudiera el cielo concederle!... ¡Ah!, todo ha volado como un sueño, como una ilusión!... Su virtud se ha convertido en horrores, su obediencia en rebeldía... Yo le he abierto los brazos, los brazos de un padre que siempre perdona..., ¡él ha separado su rostro, y me ha rechazado sin piedad!

ALFREDO.- ¡Padre!, ¡padre!... ¡Y bien!..., ved aquí mi pecho..., empuñad ese acero que pende a vuestro lado..., partidme con él el corazón... Vengad, vengad, Señor, vuestros ultrajes..., vengad los crímenes que están acumulados sobre mi cabeza..., vengad la sangre que esta mano derramó, y cuya mancha no puede borrarse de mi frente... Yo soy el oprobio de vuestro nombre, el baldón de mi patria, la execración del mundo..., vos lo habéis dicho... ¡Pues bien!, un golpe sólo; y se borra ese oprobio, fenece ese baldón, y ¡Alfredo descenderá al eterno descanso!... ¡Mi muerte!, ¡mi muerte sola!...

RICARDO.- ¡Tu muerte!, ¡tu muerte, hijo del dolor!... Y ¡la pides a tu padre!... ¡Ay!, él ansiaba por otorgarte su perdón, y tú le pides la muerte!... ¡Desdichado!

ALFREDO.- ¡Mi perdón!, ¡imposible!... El cielo mismo no puede perdonar los crímenes que me abruman...

(Truenos).

RICARDO.- ¡Silencio, sacrílego!..., ¡que tu labio no pronuncie semejante blasfemia!..., ¿sabes que con ella destrozas todavía más el corazón de tu padre?

ALFREDO.- ¡Mi perdón!... ¿Sería posible?..., ¿pudierais vos perdonar....?

RICARDO.- Alfredo..., es necesario concluir una escena tan dolorosa... Yo había esperado más de tus antiguas virtudes... Me engañaba... Es necesario que partas inmediatamente del castillo..., que salgas muy en breve de toda la Sicilia... ¡Hijo desnaturalizado!, has cubierto de duelo y desolación a quien te ha dado la existencia..., a quien hubiera perdido la suya por tu felicidad... Por mi honor, por ti mismo , no puedo consentir en que parezcas de nuevo a mi presencia... Marcha..., marcha lejos de estos lugares..., y pide a los cielos que te acompañe su bendición, ya que no puede acompañarte la mía.


(Truenos).