Alejandro Dumas hijo: 02

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España


II.

Pero, loado sea Dios, yo que no he sido, ni soy, ni, espero ser en modo ni en país alguno, de esa especie de victimas de la fatalidad opulenta; yo, humilde planta exótica en aquel vergel social; yo, mero curioso que habia logrado asistir á aquella fiesta para dar pasto á la curiosidad filosófico-española que, sea dicho en verdad, lo mismo me llevaba á Palais-Royal que al Faubourg Saint-Germain; yo, átomo de arena en el fondo de aquel Océano de grandezas ostensibles y de pequeneces latentes; yo, que habia consentido, con tal de estudiar de cerca aquella especial fase de la moderna Babilonia, hasta en ceñir mis liberales piernas con el malhadado pantalón collant, pidiendo encarecidamente al más agudo vértice del triángulo isósceles de mis rodillas, que no cometiera alguna imprudencia anatómica; yo no tenia ningún género de motivos para fastidiarme allí. Por el contrario, los tenia, y muy justos y muy poderosos, para estar complacido, distraído, divertido, encantado. Aquello era, en efecto, la realización de uno de mis ardientes deseos parisienses. Aquella era la Corte de Napoleón III, cuyo conjunto se ofrecía á mis ojos como una escena nueva y magnifica. Con la ayuda de un excelente amigo, mi introductor y mi cicerone, lo que hasta entonces sólo me hablan brindado libros y periódicos, es decir, el conocimiento de las más encopetadas ilustraciones de la política, del ejército, de la nobleza y de la familia imperial, se me ofrecía personalmente con la más cómoda de las facilidades. Allí estaba el coronado prisionero de Ham, el hijo de Hortensia, el heredero del guerrero del siglo, el que hace diez y seis años da al pueblo francés orden y prosperidad, sin exigirle otra cosa que el olvido de una libertad que ya, sin embargo, parece empezar á agitar de nuevo las entrañas de la gran nación; sentado en su sillón regio, alzada la espaciosa frente y los inteligentes ojos á la techumbre, como si siguiera hasta ella el caprichoso vuelo de las armonías, ó como si pidiera al espacio la idea con que le sea dable resolver los arduos problemas de su situación y de su responsabilidad; con su encerado bigote y su arqueado brazo izquierdo cuya mano apoya habitualmente en la cadera; con su varonil busto, en fin, que parece exigirle que esté siempre sentado ó á caballo, para no descubrir la antiestética desigualdad del resto de su persona. Allí estaba la española Emperatriz, cuya inmutable belleza parece haber arrebatado su secreto á una juventud eterna. Allí estaban los miembros de la familia Bonaparte, entre los cuales descollaban el Principe Napoleón, verdadera imagen, en lo físico, del titánico prisionero de Santa Elena, y cuyas turbulencias de opinión y de carácter dan frecuentemente tanto que pensar á su augusto primo; y la Princesa Matilde, de fresco, interesante aspecto á pesar de sus cuarenta y tantos años. Allí estaban los Príncipes Murat, y entre ellos la jóven Princesa Ana, con su imponderable, septentrional hermosura; con sus profusos, dorados cabellos, su torneado, artístico talle, sus azules, misteriosos ojos. Allí estaban los altos empleados de Palacio, Vaillant, el Gran Mariscal de la casa; Lepic, el Superintendente; Bassano, el Gran-Chambelan; Conti, el Secretario particular del Soberano; el ilustre Auber, Director de la Imperial Capilla de Música; Bure, Tesorero; Conneau, primer Médico; Fleury, Gran Escudero; Moskowa, Montero mayor (veneur); Cambacéres, Gran Maestro de ceremonias; los Ministros Baroche, Mustier, Valette, Roquette, presididos por el vice-emperador Rouher, el orador famoso; Persigny, del Consejo privado; Troplong, Presidente del Senado; Schneider, que lo es del Cuerpo legislativo; Vuitry, del Consejo de Estado; Rouland, Gobernador del Banco de Francia; Fremy, del célebre Crédit Foncier; el Prefecto del Sena, el autor del nuevo Paris, el demoledor insaciable, el arquitecto olímpico Haussmann; allí los primeros soldados del segundo Imperio, los Niel, los Canrobert, los Forey, los Baraguey d'Hilliers (entre ellos recuerdo que se hallaba también aquella noche luciendo el gran Cordón de la Legión de Honor, nuestro inolvidable Duque de Tetuan, sin pensar ¡ay! que la muerte habia de arrebatar con él en breve tanta gloria y tanta esperanza á su ausente patria); allí oradores parlamentarios, como Ollivier; potentados de la alta banca como uno de los Rostchild; periodistas tan autorizados como Lagueronniére; reinas de la elegancia mujeril, como las Walewski, las Morny, las Montebello; allí, en fin, embajadores, títulos, jurisconsultos, escritores, hombres de ciencia, militares, funcionarios y notabilidades du Monde, de los más públicamente conocidos. El cuadro, pues, para cuya detallada descripción necesitaría un volumen, era completo, como el éxito de mi curiosidad.



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