Abrir menú principal
El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 6
A mi hija
 de Carlos Guido y Spano

Nota: se ha conservado la ortografía original


El amor paternal es uno de los más hermosos sentimientos que pueden anidar en el espíritu humano. Y en esta exquisita composición, el ilustre poeta argentino Carlos Guido y Spano así nos lo demuestra, dedicando a su hija, sentidísimas expresiones de acendrada ternura, y proclamándola objeto principal de su vida consuelo y alegría de su noble y dilatada existencia.


A MI HIJA


TENGO en el valle de la vida un lirio:
Mi dulce hija. Placidez, candor,
Luz en la noche acerba del martirio,
Perla del mar en que se hundió mi amor.

Su nombre es armonía. Todo en ella
Gentileza, ternura, suavidad;
Destello azul de mi eclipsada estrella
Que reflejó otro mundo y otra edad.

Color de bronce antiguo es su cabello;
De las espigas en sazón, la tez;
El talle de Polimnia, erguido el cuello.
Dátil nuevo de Smirna en su esbeltez.

Su labio carmesí destila el zumo
De la fresca granada, y es su andar
Gracioso y ligero como el humo
De los perfumes suaves del altar.

Dicen sus grandes ojos inocencia;
Su frente, inspiración; y es tanto así
Que de ella emana la divina esencia
Del estro bullidor surgente en mí.

Dina y Raquel llamáranla su hermana;
La clara fuente, ninfa; el campo, flor;
Yo, de mi huerto la primer manzana,
De mi selva salvaje el ruiseñor.

Parece que su mente siempre al cielo
Levanta, y se arrobase en contemplar
Las azuladas cumbres del Carmelo
O la profunda inmensidad del mar.

A su lado el espíritu se eleva
Y se aspira el olor de la virtud;
Mi vida en ondas mansas se renueva
Remontando a la noble juventud.

Si envuelta entre sus velos la contemplo.
Me aparecen las vírgenes de Sion,
Cruzando con sus lámparas el templo.
Palpitante en los labios la oración.

Y cuando fina a recibirme avanza.
La imagino en su tierna languidez
El ángel soñador de la esperanza
Que me sonrió en la tierra alguna vez.

De sus caricias el tesoro es mío;
Ella mi lira de marfil templó,
Y con rosas fragantes del estío
Mis nevados cabellos coronó.

¡Si la viese hoy la madre! ¡Quién podría
Su júbilo, su gloria traducir!
¡Oh mi muerta adorada!... ¡Oh mi Sofía!...
¿Por qué tan sola te dejé partir?...

La que mimara infante, es virgen pura
Coronada de mirto y azahar;
Mirra escogida, incienso de la altura.
En mi zozobra oriente y luminar...

Busqué la playa y encontré el desierto;
Las arenas quemáronme los pies:
Marcho al azar de mi destino incierto,
Sin hoy y sin mañana y sin después.

Ven, hija, ven, que el templo está derruido;
Sus columnas tumbara el vendaval;
Salva el fuego sagrado allí encendido
Por un amor que se sintió inmortal.

Arca viva, tus rumbos en la sombra.
Custodio de tu dicha seguiré:
La campiña a tu paso es verde alfombra;
Contigo en claras linfas beberé.

El tronco aislado te dará su arrimo;
Aun hay murmullos en la agreste vid:
Yo el pámpano incoloro, tú el racimo.
¡Aves del cielo, céfiros, venid!

El hálito vital de tu alborada
Refresque puro, halagador mi sien.
Tú empiezas, yo termino la jornada:
¡Dios te conduzca al suspirado edén!