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¡Mañana!
de Godofredo Daireaux



Día más, día menos, ¿qué importa?, ¿qué es un día en la vida? Y don Pedro, suavemente amodorrado por esa idea, antes de decidirse a emprender cualquier trabajo, dejaba pasar los días, sin darse cuenta de que al caer, sin ruido, uno encima del otro, pronto forman la semana, y que fenece el mes, sin que se sepa cómo.

La sarna había cundido en su majada, de un modo feroz: y si la dejaba seguir así, sin atajarla con vigor, casi no iba a tener lana y perdería también muchas ovejas; y resolvió empezar una cura seria. Hoy, era tarde ya; había que aprontarlo todo: preparar el remedio, alistar botellas y recipientes, componer algunos lienzos del corral, muchas cosas; ¡mañana!, pues, empezaría; y soltó la majada.

No tenía puntas en la casa, y tuvo don Pedro que ir a la pulpería, a comprar un paquete. En la pulpería, no faltaron conocidos con quienes conversar, y cuando acordó, era ya casi de noche y tuvo que postergar para el día siguiente la compostura de los lienzos. ¡Bah!, un día más o menos, ¡hambre!, lo mismo es, y curaremos pasado mañana.

El día señalado para empezar el trabajo, llovió: fuerza mayor; el día siguiente, los chiqueros estaban hechos un fangal, y no se podía trabajar; se dejó, pues; y como el otro día era un sábado, francamente, no valía la pena de empezar la cura, para interrumpirla el domingo. No se sabe bien lo que ocurrió el lunes, pero algo ha de haber habido, ese día, que imposibilitó el trabajo para el martes, y probablemente para el resto de la semana, o del mes; lo cierto es que llegó la esquila, y que la majada se encontraba en un estado lamentable.

Dio muy poca lana, y fea, tanto que don Pedro tuvo que pensar en deshacerse de una punta de vacas, para pagar el arrendamiento. Un día que platicaba con su vecino y amigo don Próspero, que lo había venido a visitar, tomando mate sobre mate, hablando interminablemente de las dificultades de la vida, llegó un conocido, quien le dio aviso que en una estancia vecina, querían comprar vacas, y que le vendría a él de perilla, la ocasión.

-¡Caramba! -dijo don Pedro-, ya lo creo; mañana mismo, voy allá.

Y fue, efectivamente, el día siguiente. Lo que sí, se halló con que su vecino y amigo don Próspero, que también, sin haberlo dejado entender, tenía vacas para vender, no había sido lerdo, y había ido derechito, al salir de su casa, el día anterior, a ofrecer las de él, y que había cerrado trato; y renegó don Pedro con los amigos que traicionan y se aprovechan, sin dejarle a uno el tiempo de darse vuelta.

Al volver a su casa, encontró un aviso de que hubiera de pagar, en todo el mes, la contribución directa por una casita que tenía en el pueblo, y como, al retirarse, su señora le preguntaba cuándo pensaba ir, le dijo:

-Mañana, si Dios quiere.

-¡Y la Virgen! -agregó piadosamente la señora.

Y es de creer que ni Dios quiso, ni la Virgen, ni tampoco don Pedro, pues pasó el mes, y cuando éste acordó y fue, tuvo que pagar con multa.

Lo bueno es que, apurado para ir a pagar, ya que no era tiempo, había aplazado al día siguiente el campear unos animales recién aquerenciados que se le habían mandado mudar; y en vano los buscó, pues tan lejos estaban ya, que, a la vuelta del pueblo, ni noticias pudo conseguir de ellos.

¡Ah!, ¡don Pedro!, con su eterno ¡mañana!, palabra enervadora, que sólo para cuando llama la muerte debería servir. ¿No ve que hablar de mañana es casi renunciar a vivir?, ¿quién sabe lo que, antes que llegue mañana, nos ha de suceder? Sólo el día de hoy vale para el hombre; mañana no encierra más que enigmas; dejemos que los resuelvan los que, mañana, estén de pie.

-Tiene razón, señor; tiene razón; pero, ¿qué quiere?, hago como el Gobierno con esos campos donde estamos. Van como quince años que han plantado estaquitas, para marcar los canales que se deben hacer para evitar las inundaciones, y desde entonces, todos los días, dicen: «mañana», y nunca empiezan a hacerlos.

-¡Sí! y ¿sabe lo que representa este perpetuo mañana? La pérdida, desde muchos años, de lo que habrían producido los treinta millones de ovejas que, en esta parte anegadiza, podrían caber, a más de las pocas que en ella viven mal, si estuviera canalizada...

-Don Pedro, el jagüel está sin agua -vino a avisar un peón.

-Bueno -contestó-; mañana...

-¡Don Pedro!

-¡Caramba!, señor, es cierto... Hoy mismo lo vamos a cavar.


M42


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros: