Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo XVI

Capítulo XVI

OCTUBRE, 1846.

-Tengo una cita, -decía Marcial al día siguiente a sus amigos al empezar la obra de las Danaides: el tocador.

Fabián y Genaro que estudiaban no contestaron.

-Me fatigan tantas citas, -prosiguió Marcial-, me quitan el tiempo.

El mismo silencio.

-No digo, -añadió Marcial después de haber vuelto la cara para asegurarse de que sus callados amigos no dormían-, no digo, ni es decir por eso que no me gustan las aventuras; soy hombre capaz de llevar de frente veinte intrigas, en buenhora lo diga, porque si no con el partido que tengo...

El mismo silencio.

-Pero la de esta mañana, -prosiguió Marcial después de una pausa, en la que se confirmó en que el partido que tenía no hacía desplegar los labios a sus amigos-, se la cedería a cualquiera de vosotros, porque me ha dado ahora por guardarle consecuencia a Reina.

Aumento de silencio.

-Señores, -exclamó Marcial-, ¿estamos por ventura, en la trapa?

-¡Ojalá! -dijo Genaro.

-No sería malo, -repuso Marcial-, pues que así no se hubiese pronunciado ese impertinente ojalá. Sépaste, aprendiz diplomático, que los Maquiavelos pierden un ciento por ciento con ser boqui-frescos. Taillerand que lo entendía, ha dicho que el pensamiento sirve para ocultar la palabra...

-No ha dicho tal, -exclamó Fabián-, ha dicho lo contrario, que la palabra...

-Calla, calla, manso río, y cuájate como el Neva en Enero; te mueres por enmendarme la plana, debo saber mejor que tú lo que ha dicho Taillerand, que no era poeta para que lo sepas tú de memoria. Vamos al caso, ¿a cuál de vosotros cedo una cita?

-Tengo bastante con las de mis libros, -dijo Fabián.

-No suplo en citas, ausencias y enfermedades, -añadió Genaro.

Se restableció el anterior silencio.

-¿Y no me preguntáis, -dijo al cabo de un rato Marcial, sacándose con primor una raya la más perfecta en su género-, quién es la citadora?

-Apuesto, -respondió Genaro-, que es la hermana de aquel escribano que tiene la dentadura a la desbandada, la nariz en línea diagonal, tez que nunca pierde y cuerpo que nunca medra.

-Ya sabéis -repuso Marcial con voz grave-, que me formalizo, me incomodo, me siento y me pico con esa broma vieja, antigua y caduca; broma que se funda en un principio falso, inexacto e incierto; broma que carece a un tiempo de verdad, de gracia y de actualidad, y que tú, Genaro, zorra sutil, sacaste de tu cabeza, foco de arcanos incoherentes y de utopías anti-platónicas.

-¡Oh! Marcial, -exclamó Fabián-, ese párrafo te coloca en el apogeo de gran maestro de pleonasmos y retumbancias. Te sopla la musa finchada; brillas como la Vía láctea. Pero dime, ¿tiene más actualidad la sospecha que sea esa cita de tu costurera, que te llama D. Jastial, y se queja de que arrancas todas las trabillas más que se cuesan con hilo a carreto?

-Viajáis por los países bajos, amigos, mientras la verdad que allí no hallaréis, está en las elevadas regiones de cumbresaltas.

-Danos tu norte, -dijo Fabián.

-No puede ser.

-Vamos; hombre, si estás rabiando por decirlo.

-Y vosotros por saberlo.

-Lo uno y lo otro.

-¿Lo queréis saber, he?

-Sí, abre tu corazón y tu boca.

-¿Lo queréis saber?

-Sí, hombre, sí, no seas pesado en tu vida, que la pesadez es el octavo pecado mortal.

-¿Conque lo queréis saber?

-¡Dale, qué tostón! Sí, sí.

-Pues no lo sabréis.

Dijo Marcial esto con tal valentía, que hasta la mano que tenía el batidor se resintió, y como electrizado dio un tajo que hizo variar de rumbo a la raya, que vino vía recta a topar con la oreja.

-¿A qué esa pretensión a misterio, si yo lo sé? -dijo Genaro sin dejar de escribir.

-¿Qué tú lo sabes? -exclamó Marcial-, hasta ahí podían llegar tus pretensiones a sábelo todo; pues hijo mío, en tus cálculos yerras, te equivocas, te engañas y te alucinas.

-Una persona hay, Marcial, que te celebra siempre, -dijo Genaro inventando cuanto iba diciendo.

-Ya, eso es natural, -respondió naturalmente Marcial-, estirándose la tirilla ante su espejo.

-Dice, -añadió con imperturbable seriedad Genaro-, que eres el mejor mozo que pasea las calles de Sevilla.

-Nada precisas ni a nadie descubres con lo que vas diciendo, -repuso Marcial-, puesto que esas cosas muchas hay que las pueden haber dicho.

-La que las ha pronunciado, -dijo Genaro-, es la persona que anoche te dijo a media voz que fueses hoy allá a las doce; la hermosa Marquesa de Alocaz, que por lo visto no es tan insensible como se le supone, porque esta cita, después de los encomios que hace de ti, me huele a que has conquistado a la par la lechuga y el lechuguino. Feliz mortal que, cual las pirámides, ves pasar ante ti las generaciones rindiéndote homenaje. Aun hemos de ver una hija de Reina adorarte.

-Pues mira, Genaro, si fuese así, a fe de hidalgo que lo sentiría, -dijo Marcial-, que se creía con una candidez asombrosa cuanto lisonjeaba su amor propio.

-¿Por qué, aventajado joven?

-Porque es de suponer que como la caridad bien ordenada empieza por sí mismo, se opusiese a mis relaciones con su hija. Pero tú tienes oídos de ético y lengua de cotorra, con más, ojos, de lince, falaz Genaro, zorra sutil, otra vez oye, ve y calla, impón silencio a tu voz, pon un candado a tus labios y una mordaza a tu boca, y observa prudencia, recato, silencio y decoro. Sírvante los hijos de Noé de norma, de ejemplo, de estímulo y de modelo.

Diciendo esto salió Marcial magistralmente del cuarto después de darse el último estirón al chaleco.

-El demonio es ese Genaro, iba pensando al bajar la escalera, todo lo sabe y ha descubierto que tiene mi tía capricho por mí. ¡Quién lo hubiese creído! ¡Una mujer que tiene la fama de una Numancia! ¡Pero al fin qué mortal, qué criatura de carne y hueso está exenta de las debilidades humanas! No se debe ser demasiado severo, rigoroso, rígido y exigente, con esas pobres hijas de Eva. Sobre todo, no debe serio el agraciado, favorecido, beneficiado y honrado. ¿Cómo salir de este lance de amor y fortuna, puesto que estoy decidido por la hija? ¿Cómo hacer entrar en razón a esta Fedra? No todo es flores en la juventud por más que lo repitan cantando los poetas y llorando los viejos.

Entró Marcial en casa de la Marquesa, con un aire que se parecía en lo grave y digno al del casto José, en lo arrogante y satisfecho al del hombre que sabe es apreciado y querido.

Cuando se hubo sentado, la Marquesa se levantó y cerró la puerta.

-¡Ciertos son los toros! -pensó Marcial estirándose el chaleco.

La Marquesa se sentó enseguida en el sofá y le dijo:

-Acércate, Marcial, que no quiero hablar recio.

-Estas perfectas viudas, -pensó Marcial-, no se andan con aquí la puse.

-Marcial, -dijo la Marquesa con tono seco e incisivo-; por ventura, ¿te has figurado tú que mi casa es un café o un casino?

Marcial cayó de las nubes y quedó aplastado en la humilde tierra como una rana, levantó los ojos y miró a su tía, que tenía los suyos clavados en él, amenazantes como dos bocas de pistola.

-Señora, -dijo-, ¿por qué me dice Vd. eso?

-¿Y lo preguntas? -repuso ésta encendida de cólera-, pues qué ¿no hay más que introducir en mi casa al primero que se te antoja?

-Señora, -contestó Marcial-, si lo decís por el que introduje anoche, ese es...

-¿Quién?

-Un excelente muchacho.

-Un pelgar.

-Un doctor.

-Un harapo.

-Un poeta.

-Un arambel.

-Un escritor.

-Un guiñapo.

-Un amigo mío.

-Un pendón.

-Un chico que sabe.

-¿El qué?

-Leyes.

-Pues mira que la recomendación... ¿pero quién es?

-El hijo de un alcalde, -respondió gravemente Marcial.

-Eres un niño atrevido y aturdido, -repuso la Marquesa-, que sabes poco de mundo y de sociedad y que tienes que aprender; ¡pues está bien que con una marcialidad ridícula y sin encomendarte a Dios ni al diablo me comprometas a tus parientes y amigos! Hazme el favor de aquí en adelante de abstenerte de formarme la tertulia, que sin ti lo sé yo hacer. No trato, sobrino imberbe, de que se diga que en la tertulia de la marquesa de Alocaz, alternan bullangueros de malo nota, calaverillas de mala especie, de pésimo concepto en la universidad, lechuguinos de arrabal sin maneras ni educación, con fama de petardistas, sin otra recomendación que ser hijo de un herrador.

Marcial se quedó algo sorprendido al oír a su tía, pero enseguida dijo con el imperturbable aplomo conque formaba axiomas:

-Tía, el herrar forma parte de las nobles artes.

-No me meto en disputas ni discusiones contigo, -repuso la Marquesa-, sólo te digo que eres dueño de escoger a quien gustes por amigos, así como yo lo soy de elegir mi sociedad.

-¿Es posible, tía, -exclamó Marcial, a quien no derrotaba nadie fácilmente-; es posible que aun deis importancia a esas antiguallas de mal gusto y proscritas por el buen sentido, que aun penséis en pergaminos y jerarquías? Todos somos iguales como los corderitos; el hombre no merece por la eventualidad de su nacimiento, sino por su mérito personal, sus prendas, sus virtudes y sus cualidades.

-Haces bien, -respondió la Marquesa-, en atacar los pergaminos, pues aunque por tu padre, mi primo, eres muy caballero y de lo más encopetado, por tu madre... ¿qué sé yo?... Siempre oí decir que tu padre casó mal y descendió de clase.

-¡Señora! -exclamó Marcial furioso-, poniéndose en pie de un brinco. ¡Señora! ¿Qué decís? ¡Pues si mi madre es más señora aun, que mi padre caballero! ¡Pues si mi madre es de la cepa! ¡Pues si mi madre es prima del duque de Balbaina, y tiene opción a ese ducado y a una grandeza! ¡Mi madre! ¡Vea Vd.!

-Lo sé, lo sé, -dijo la Marquesa soltando una alegre y burlona carcajada-; quería al decirte esto, sólo ver la práctica de tus teorías, hijo mío: anda con Dios; campana hueca, te puedes ir, no te detengo, sé más mirado en lo sucesivo.

Marcial entró furioso en su casa.

-Me vuelvo exaltado, -exclamó tirando el sombrero.

-No es para menos, -dijo el taimado de Genaro.

-¡Vana, intolerante! Aristócrata del año de la enanita, con ideas pergaminosas, máximas rancias y sentencias apolilladas!

-¿Quién, tu apasionada?

-¡Qué apasionada ni que niño muerto! No he tenido que plagiar a José hijo de Jacob, nieto de Abraham. Tu perspicacia, hijo mío esta vez falló y te ha dejado deslucido, desairado y desmaquiavelizado. Figuraros, si podéis, que hallé una furia, una harpía, una Euménide, una serpiente con siete cabezas; un gato montés con trescientas uñas.

-¿Y por qué estaba furiosa? -preguntó Fabián.

-Porque llevé allá a Tiburcio. ¡Vea Vd.! Ni que fuese el cólera; pero de esto ha resultado que por fin hallé lo que buscaba más que el alquimista la fabricación del oro, más que se ha buscado la piedra filosofal y las fuentes del Ganges.

-Del Nilo, -rectificó Fabián.

-Del Ganges, -sostuvo Marcial-, pero lo hallé, lo hallé.

-¿El qué?

-Un consonante a Tiburcio.

-Vamos, me alegro, -dijo Genaro-; es una prueba patente de la existencia de las compensaciones, traes a Cupido alicaído; pero en cambio a Apolo radiante, el corazón humilde, la cabeza gloriosa, el amor humillado, la amistad arrogante.

-Dinos el consonante, -añadió Fabián-, que estoy curioso de saberlo. Dejarás atrás a Quevedo con su famoso ego te absolvo.

-Pues oíd, medias cucharas.

Lo que por ti batallo, gran Tiburcio, podría cantarlo solo Quinto Curcio.

Genaro y Fabián se echaron a reír, pero Marcial prosiguió sin atenderles, ni salir de su gravedad: en fin, el resultado es que he tocado un bajón, y me he desprestigiado con la madre, lo que ofrezco en las aras de la amistad. Anda con Dios, tal día hará un año, con tal que marche mi plan con la hija. Es Reina arisquilla, un tanto desabrida, cuando se le habla de amores; pero eso me gusta, las mujeres se deben hacer valer, no deben nunca decir sí, sino al altar, y eso porque sin este requisito no es válido el matrimonio.

-Dices bien, Marcial, -opinó Genaro-. El sí, es el suave viento sur que afloja; el no, el tirante viento norte que entona.

-Tan recio puede ser que hiele, -observó Fabián-: no estoy por los tónicos.

-¿Sabes, Marcial, -le dijo Genaro-, que tu plan con Reina, como tú dices, estoy para mí que lo has entorpecido?

-¿Cómo? ¿De qué modo? -preguntó alarmado Marcial.

-Con haber llevado allá a Tiburcio, -respondió Genaro-, que me parece haber causado en la hija una impresión muy distinta que en la madre.

-¡Qué! ¡Qué tontería! No es posible.

-Sí lo es, Marcial. Tú no sabes aun los caprichos de las mujeres.

-No hables disparates. ¡Vea Vd., Tiburcio más feo!

-¿Y qué? Si dice Reina que tiene cierto colorido romántico.

-¡Romántico! ¡Vaya una idea! Ridículo y original eso sí.

-Dice Reina que le gusta lo original. Dice también que su aire sombrío, su extremada delgadez, lo bien que pronuncia el castellano, le hacen gracia: lo ha llamado Antony.

-¿Qué me dices? -exclamó aterrado Marcial-. ¡Antony! ¡Dónde fue a dar! ¡Sí, sí podrá ser! es posible, es dable, es factible, es probable. Las extravagancias de las mujeres no están escritas, impresas, calificadas ni definidas. El móvil y las fuentes de sus caprichos son desconocidas como las del Ganges. Calla, calla, Fabián, es el Ganges y no el Nilo, por más que te empeñes. Por hacer buenos versos no es uno buen geógrafo, ni orador, ni hombre de estado; y si no ahí tienes a Lamartine, el primer poeta moderno, mírate en ese espejo, y calla, calla por amor de Dios, que me sueles desconcertar en los momentos críticos de desenvolver un pensamiento. Porque te llamo manso Dauro, quieres saber más de ríos que nadie. El que tiene las fuentes desconocidas es el Ganges, el Ganges y tres más. Ahora, no vuelvas a salir con el Nilo, sino cuando se trate de inundaciones o de cocodrilos, que es por lo que descuella y no por fuentes desconocidas. Sus fuentes las descubrió Mungo Park en el cabo de Buena Esperanza; de ellas beben los cafres, los hotentotes, y el rey de los mosquitos.

-¡El rey de los mosquitos que está en América! -exclamó Fabián soltando una carcajada-, ¡qué batiburrillo, Marcial!

-Lo sé, -contestó éste-, pero como en todas partes [196] hay mosquitos, no les faltará a los del Cabo ni rey que los mande, ni Papa que los excomulgue, ¿estás, métome en todo? Pero tú, Genaro, zorra sutil, que sabes más que las culebras, ¿por qué no me quitaste de la cabeza el llevar allá ese culebrón tu abuelo?

-Pero Marcial, ¿acaso me dijiste que lo ibas a llevar? -dijo Genaro-, ¿acaso tomas tú en tu vida consejo de nadie?

-Según sean estos. Ahora caigo, en que cuando me acerqué a ellos, estaban en gran conversación: oí a esa Reina indigna de serlo, decirle que había escasez de sujetos disponibles, a lo que contestó ese patán de altas miras, que no era ese el mal, sino que estaba en que los que nada valían se anteponían a los que valían, claro está, ya lo veo, que esto aludía a ella, a él y a mí. ¡Pues está bueno! Yo les seguiré los pasos; a mí no se me engaña. ¡Pues no podía ir a herrar asnos como él! ¡Querer competir conmigo! ¡Al diablo no se le ocurre otra! Si fuera con uno de vosotros, sería ridículo, pero conmigo es una arrogancia piramidal, un atrevimiento fenomenal, una osadía portentosa, una pifia pasmosa y una torpeza colosal.