Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo XV

Capítulo XV

OCTUBRE 1846.

Paseaban los amigos extremeños por el Duque, cuando vieron descollar por cima del apiñado gentío una cabeza pequeña con una cara de filo, dotada de una nariz larga, ojos pequeños, negros, melancólicos y distraídos, aunque de cuando en cuando lanzaban una penetrante, desconfiada y hostil mirada, como el apagado volcán entre su opaco y monótono humo echa a veces una llamarada. Vestía con pésimo gusto chaleco y pantalón de tremendos cuadros y furiosos colores, y un gabán blancuzco, que parecía un traje talar. Un sombrero húngaro, republicano o a la Montalbán, de igual color, que cubría su jefe, como llaman con razón los franceses a sus cabezas, hacía aparecer más morena su cara. Unos grandes bigotes que parecían colgar de las narices, acababan de poner un sello de actualidad ridícula a ese personaje.

Era este nuestro amigo Tiburcio, el que después de un año de residencia en Madrid, se volvía no como se fue, sino con los bolsillos vacíos, habiéndose gastado allá el importe hasta del último olivo, sacrificado en las aras de la noble ambición, y que acababa de comerse en Sevilla un pedazo de vallado, recalcando el modo de pronunciar castellano de la s, ll y z, que había aprendido en Madrid, con un aire capaz de confundir a los andaluces. Apenas lo vio Marcial, cuando separándose de sus amigos, le fue al encuentro.

-¡Oh! Invicto demagogo, -le gritó-; me alegro hallaros, quiero presentaros a mis amigos.

-Me honráis, -respondió en voz grave Tiburcio-, que a pesar de sus doctrinas se moría por las gentes de fuste.

Pero los amigos, siguiendo su paseo y el objeto que los preocupaba, habían desaparecido entre las gentes.

Siguieron, pues, Marcial y Tiburcio paseando, y a la primera vuelta se hallaron frente a frente con Reina. Marcial la saludó, pero esta hubo de no verlo, porque no le devolvió el saludo.

-Señor, -decía Tiburcio-, la humanidad necesita regenerarse.

-Las mejoras brotan, -respondía Marcial-, al vivificante calor del sol, y no a la abrasadora llama del incendio, y así mi amigo... Reina, aunque no quieras estoy a tus pies.

-Agur, Marcial, -respondió ésta, pero al notar la extraña figura de Tiburcio, clavó en él su mirada firme, y volviéndose hacia Flora-, ¡Jesús, qué facha! -dijo-: ¿de qué baratillo habrá sacado Marcial esa baratija curiosa? -Y se echó a reír.

-¿Lo veish? -dijo Tiburcio furioso-, veis si son insolentes y orgullosas vuestras aristócratas.

-¿Por qué se ha reído mirándoos? Lo mismo hubiese hecho con el Buti Bamba más encopetado si se presentase con vuestra facha. Mi amigo, Reina, esa prima mía, es la burla increada como vos sois la oposición ídem. No es en ella orgullo, es su corriente, su impulso, su montaña rusa, es la espina de esa rosa: ¡si la hace hasta de mí!... ¿Queréis conocerla? ¿Queréis que os lleve allá? -añadió Marcial con marcialidad.

Era esta oferta demasiado grata a Tiburcio, para que no se apresurase a acogerla.

-Sólo os advierto, -observó Marcial-, que no salgáis allá con alguna de esas vuestras máximas, cataclismos morales, principios antirreligiosos que levantarían la tertulia en peso. Eso allá no pasa, amigo. Se destierra como los perros en misa. Por lo demás, la Marquesa es mi tía, y lleva en palmas a los que yo presento en su casa.

Los amigos para hacer hora se fueron a beber a la nevería, pero los helados no entibiaron el fuego de las discusiones políticas.

Entretanto se iban reuniendo los tertulianos en casa de la Marquesa. Aunque ya el otoño enviaba de precursores sus noches largas y húmedas, el verano había dejado tan arraigado su calor que aun se conservaban las puertas y ventanas abiertas de par en par. Lágrimas estaba sentada cerca del balcón, y quedaba en la sombra que proyectaban las puertas. Genaro estaba sentado a su lado.

Frente de ellos, pero fuera de la sombra, y como dorada por la brillante luz de los reverberos, se hallaba Reina, cerca de la cual estaban sentadas Flora y otras muchachas, rodeadas de un grupo de hombres entre los que estaba Fabián. Genaro había tomado el abanico de Lágrimas y jugaba con él.

Esta costumbre de tomar los pretendientes en sus manos el abanico de sus pretendidas, sea dicho de paso, es la más mal entendida y la que menos está en sus intereses. Si bien demuestra un deseo afectuoso de poseer, aunque sea momentáneamente, algo que pertenezca a la que se ama, y denota un galante placer en tener en sus manos lo que las suyas tocaron, tiene esto varios fatales resultados. El primero, sobre todo, si son los usurpadores de los que manejan la espada, es que no saben manejar el abanico; y así, o le rompen o le dan mal cierro, y tened entendido que un abanico con mal cierro, es lo que una espada sin puño o una pluma con las puntas abiertas, como un cinco romano. Si bien no dudamos existan heroínas que sacrifiquen noblemente el buen cierro de su abanico a un joven de mérito y elegante, hay otras hijas de Eva que no llegan a esa altura, y que siguen con tristes ojos y angustiado espíritu las poco hábiles evoluciones de que es mártir su caro compañero, lo que las distrae, apura y despoetiza evidentemente la situación. Pero hay aun más; arrebatando a sus duchas su propiedad, les quitan lo que llaman los franceses su contenance, esto es, su continente, el manejo, el aire del cuerpo y de la persona, que halla un punto de apoyo en el abanico. Condena, en particular a las tímidas, a la inmovilidad, y sus manos a una inacostumbrada inacción que las fatiga, dejando a estas caídas e inertes como lo haría la ausencia de la brisa a dos blancas grímpolas. Un pequeño movimiento de impaciencia, tenedlo por seguro, sigue a cada rapto de abanico, si no tan furioso como el de los sabinos contra los romanos, pero que con él tiene cierta analogía. Aconsejámoste, pues, lector, en tus intereses, que si propendes a este acto de vandalismo amoroso, te enmiendes y abstengas de él. Tú conocerás en el curso de tu vida las ventajas, y algún día dirás: bendito sea Fernán Caballero, a quien no conozco sino para servirlo.

Tenía, pues, Lágrimas cruzadas sus manitas sobre sus rodillas una encima de otra, como en un jazmín se cruzan dos de sus florecitas. Echaba de menos su abanico, no por otra cosa sino por ocupar sus manos, pues en su dejadez y desprendimiento americano, no la fatigaba el calor, ni se cuidaba de sus alhajas. Callaba la suave niña y miraba al cielo.

-Siempre estáis triste, -dijo Genaro-, y no participáis de las bromas de los demás.

-Es verdad, -respondió Lágrimas-, no sé reír.

-Yo tampoco soy amigo de la risa, es esta un sonido discordante al corazón; lo hace ligero y frío.

-¡Oh, no! -dijo Lágrimas-, la risa es un bello don de Dios, como lo es un día de sol, y la envidio, porque vidas hay sin risa y sin sol, y que están envueltas en tristeza cual ahora lo está el cielo de nubes como en una blanca mortaja.

Lágrimas bajó la cabeza y se puso a meditar con esa tristeza que comunica la noche aun a la clara luna.

Siguió un rato de silencio, porque Genaro aplicó su finísimo oído y toda su atención a lo que en voz baja hablaban Flora y Reina, creyendo, sin equivocarse, haber oído su nombre.

-Genaro está muerto y penado por Lágrimas, eso salta a los ojos, -decía Flora.

-Hace bien, -respondió Reina-, porque ella es una bendita, una paloma sin hiel; un poco pesada es, pero como él lo es un mucho, no le chocará lo poco en ella

-¡Genaro pesado! -exclamó Flora-, solo a ti que tienes los gustos más remontados que panderos, se le ocurre eso; no hay uno solo a quien no halles faltas que poner. Vea Vd. ¡Genaro pesado! ¡Pues si tiene la sangre más ligera que un pájaro!

-Lo disimula.

-No digo que no, porque tiene más debajo que encima de tierra; pero ¿sabes lo que el rector ha dicho a mi padre? Que es el muchacho más vivo, más despierto y más aplicado de la universidad.

-Hija mía, -dijo Reina-, yo no juzgo por las opiniones de nadie, pero menos aun por la de padres graves.

Este aparte terminó con una carcajada que esta frase de Reina hizo pegar a Flora.

Con las repentinas mutaciones del equinoccio, el cielo había cambiado de aspecto.

-Ved, -dijo Genaro a Lágrimas-, el cielo parece resucitar y haber desgarrado su mortaja que va desapareciendo hecha girones. Debéis imitar al cielo, Lágrimas, y sacar vuestra vida de esa mortaja de tristeza, porque la vida es bella a los diez y seis años.

-No hacen la vida bella el más o menos número de años, -respondió Lágrimas-, sino el más o menos contento y alegría, ¿Es alegre la noche aunque empieza ahora?

-Sí lo es; y mirad sus estrellas, cual os sonríen como para animaros.

-Las veo al través de la diáfana blancura de esos celajes, como ojos tristes al través de lágrimas. Todo es triste, Genaro, ora álzese, ora bájese la vista.

-Si amaseis, Lágrimas, no os parecería triste la vida.

-¿Da alegría el amor? -preguntó la suave niña.

-Da la felicidad que es aun preferible, -contestó Genaro.

-Lo dudo.

-Convenceos de ello.

-¿Y si no me convenzo?

-Volveréis a vuestra indiferencia.

-¿Y si fuese la indiferencia como el paraíso, que no se pudiese volver a él después de abandonarlo?

-No es un paraíso la indiferencia, Lágrimas, es un desierto.

Atravesaba en este momento Marcial el estrado, seguido de Tiburcio que presentaba a su tía. Marcial se ocupaba tanto de sí, que no había otro que notase menos lo que pasaba alrededor suyo. Así no observó el efecto que su entrada triunfal causaba en el grupo burlonísimo de las muchachas.

-¿Qué arco iris en pie nos trae Marcial, ese gran primo mío? -dijo Reina.

-Oid, Fabián, -preguntó Flora-; ¿es ese chorizo de Extremadura?

-Puede echar plantas Marcial con sus descubrimientos, -prosiguió Reina-. ¿Si habrá hecho ese en el Gabinete de historia natural?

-No, -dijo Flora-, es una creación fantástica, como dice Fabián que lo es el vampiro: y las demás se pusieron a clasificarlo diciendo:

-Es un habitante de la luna.

-Ese habrá venido entre los palos de Segura.

-Ese ha crecido a la sombra.

-¿No veis que es un porta bigotes?

-Es un facha.

-Es un cursi.

-¿Pero Fabián, debéis saberlo, quién es ese fenómeno? -preguntó Reina,

-Es el inmediato a una alcaldía, -respondió éste-.

-¿Y cómo se llama?

-Tiburcio Cívico.

-¡Jesús que nombre! -dijo Flora-, si me lo hubiesen dado, lo devolvía aunque me quedase sin ninguno.

-El nombre es poco armonioso, así es, que Marcial que le quería hacer unos versos, como hace a todos sus amigos, se devana los sesos inútilmente para hallarle un consonante. Reina, os ha dado ya Marcial los que os ha compuesto, ¿los sabéis?

-Por sabidos.

-Os los diré, que los sé de memoria.

-Ni por pienso.

-Fabián, Fabián, -exclamó Flora-; eso seria una alta traición, ¡indigna de un socio del Liceo! Si la hicieseis, en mi vida os volvía a decir, ni ponchu.

De repente se levantó Genaro, y llamando a Fabián aparte, le dijo:

-Mira, si quieres que nos divirtamos, persuádelo a Reina, tú que tienes confianza con ella, a que reciba con agrado a ese estafermo, y nos darán un sainete entre Marcial y él.

Genaro se volvió enseguida junto a Lágrimas, y le dijo:

-¡Cuán ligeras y frívolas deben pareceros las personas que no saben sino reír!

-No por cierto, Genaro. Hay actividad y vida en la alegría; es ella la robustez del alma, así como la tristeza es su debilidad; así en mí es debida a males físicos y morales.

-¡Interesa tanto, Lágrimas!

-Oh no, no, fastidia a todos menos a las madres en el convento, a quienes compadece.

-¿Qué os dijo Genaro? -preguntaba entretanto Reina a Fabián.

-Que os persuadiese que acogieseis con agrado al íntimo de Marcial para hacer rabiar a su patrocinador.

-Podéisle decir a ese patrón araña, que si se quiere divertir que compre una monita.

Acercáronse entonces Marcial y Tiburcio, tan desigualmente dotados en anchuras.

Después de los primeros cumplidos, -dijo Reina a Tiburcio:

-¿Sois madrileño?

-No señora, soy de Villamar.

-¿Y dónde está Villamar?

-Prima, ¿quieres que te enseñe la geografía? -dijo Marcial.

-No quiero aprender nada que acabe en ia, -respondió Reina.

-No esh eshtraño, no shepáis donde eshtá shituado un pueblo tan deshconocido que lo ha omitido en su diccionario, el sehñor Madozzz.

-Lo que será un borrón eterno para su obra, -opinó Marcial-. Si Madoz me hubiese consultado a mí, no hubiese sucedido eso.

-Flora, -decía Fabián a la alegre joven que llevaba los lazos rosa como su divisa-: ¿es posible que me tengáis hace seis meses de rodillas, ofreciéndoos mi corazón, y que cual si fuese un vaso de ajenjo no os podáis determinar a tomarlo?

-Vamos, lo tomaré; y sin hacer mohines para que no criéis rodilleras; pero en calidad de reintegro.

-Bien, con tal que deis premios.

-No, nada de premios, ni apremios.

-¿Ni siquiera un suspiro?

-¡Un suspiro! ¡Qué horror! En punto a suspiros no me gustan más que los de Pepe el confitero.

-¡Válgame Dios, Flora, siempre habéis de reís y hacer reír!

-Siempre hasta post multa secula.

-Trae la vida sus días nublados, Flora.

-Por eso gocemos del sol mientras dure.

-Reina, -decía entretanto Marcial-, ¿te gustan los versos?

-Los detesto, -respondió ésta.

-Es que Cívico los hace muy buenos, a la par que oposición.

-¡Jesús, Jesús! Más vale que se limite a hacer oposición. Pero ya que tanto te ha dado por la poesía, ¿por qué no le haces unos versos a Lágrimas a ver si le alegran un poco y le hacen reír?

-No hago mal tercio a mis amigos, Reina, eso no.

-¿A qué amigo se lo harías?

-Toma, a Genaro, ¿ignoras acaso que la quiere?

-¿Lo ha dicho él? -preguntó ansiosa Reina.

-No, él no dice en su vida nada; pero está a la vista.

Reina se mordió los labios de despecho.

Fuera aparte del mérito poco común y distinguido de Genaro, Reina, vana, fría y desdeñosa, se había prendado del único hombre que marcadamente no le rendía homenaje, aunque estaba lejos de darse cuenta a sí misma de este sentimiento; al contrario, tomaba el despecho que le causaba la marcada indiferencia que por ella demostraba Genaro, por un sentimiento antipático hacia su persona.

Por su lado, Genaro, como altivo y astuto, había sabido hábilmente adoptar el medio de hacerse valer y distinguir por aquella a quien debían empalagar los obsequios y rendimientos, siendo esta la mujer que llenaba su alma, conmovía su corazón, lisonjeaba su amor propio, satisfacía su ambición, colmaba sus planes de felicidad, y en una palabra, realizaba su ideal. Lágrimas era para él lo que decíamos del abanico, una ocupación, un punto de apoyo, un continente, de la que se ocupaba exteriormente, digamos, mientras toda su atención la llenaba Reina.

-¿Fue Vd. a Madrid a divertirse? -preguntó Reina a Tiburcio que no soltaba el sombrero; lucía una sortija de oro, cuyo origen no era de California, por cima del guante, y estaba más serio y grave que un entierro.

-En parte, -respondió éste con fatuidad-, en parte llevado por la noble ambición de todo buen patriota de shervir shu paish.

-Hizo Vd. bien, que hay allá gran escasez de sujetos disponibles.

-¡Ah! No eshtá ahí el mal, eshtá en que losh que nada valen se anteponen a losh que valen.

-¿Y no obtuvo Vd. nada?

-¡¡Nada!!

Entretanto las otras muchachas decían a Flora:

-Dime, Flora, ¿qué es eso de vampiro que dijiste antes?

-Vampiro, -contestó la interrogada-, es un hombre alto, seco, pálido, triste, que padece de una sed particular que no estanca como nosotras en las claras fuentes ni en las frescas alcarrazas, sino en los cementerios en donde desentierra los muertos y se bebe su sangre.

No es ponderable el efecto que hizo esa tremenda creación de las tétricas fantasías del Norte, sobre la florida y alegre imaginación de las niñas andaluzas.

-¡Qué espanto! -exclamó la una-, ese es un delirio de calentura maligna.

-Eso lo inventó un loco furioso, -dijo otra.

-¡Flora! ¿Cómo puedes ni repetir eso? Se me ha levantado el estómago, tengo náuseas, -opinó la tercera.

-Esas invenciones se debían prohibir, -aseguró otra.

-No lo harán, porque acá se lo digamos; así sosegarse, -dijo Flora-; ¡al orden! Como en las cortes se dice. Allá en el Norte no cesan de hablar contra los toros, y mientras más hablan y escriben, más garrochazos, más estocadas, más agonías, sangre y porrazos por acá. Conque así, no gastéis tanta elocuencia en balde, y convenceos de que el hombre es una fiera concebida por la mujer, como una horrorosa oruga por una mariposa, y de que sólo por eso anda en dos pies.

-¡Válgame Dios, Flora! -dijo Fabián-, ¿y qué serían las mujeres sin los hombres?

-Mejores, -contestó esta.

-¿Qué me querrá tu madre, -dijo Marcial antes de írse, a Reina-, que me ha dicho que me llegue acá mañana a las doce?

-Ha sabido que has jugado, -respondió Reina-, y está muy escandalizada; puede que sea para echarte una peluca.

Marcial se puso tan ancho como si le hubiesen hecho el mayor cumplido, y dijo:

-¿Qué quieres, Reina? ¡Los pocos años!

-Los pocos años no disculpan ciertas cosas, Marcial.

-Las mujeres se mueren por las malas cabezas.

-¿Dónde has sacado semejante absurdo, Marcial? Eso podrá suceder con alguna que otra loca, y que tenga tan malas propensiones como ellos; pero en mujeres delicadas, sensatas y de buenos principios, no hallarás jamás sino la repulsa que merecen los excesos y los vicios, los que dejan manchas que no se borran. Si crees otra cosa, te equivocas, Marcial.

-Yo no me equivoco nunca, Reina.

-Ese si que es un privilegio exclusivo, -exclamó Reina soltando una carcajada.

-Así tuviese el de agradarte, témpano inderretible.

-Pues ese, amigo, nequáquam.