Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo I

Capítulo I

OCTUBRE, 1837.


Hélas, sur mon froid monument, l'eau du ciel tomb tristement, mais de vos yeux pas une larme. CASIMIRO DE LAVIGNE.


Su alma era como el cristal, la empañaba un soplo, la traspasaba un rayo de sol, un choque la hubiese quebrado: almas de ángeles que tienen su mayor mérito en ignorar lo que valen; que no lloran sobre él, sino sobre el dolor, que es herencia común. EL AUTOR.




«¡Dios! ¡Ten piedad de nosotros!». Tal era el grito que con débil y exhausta voz repetía una infeliz mujer, que yacía moribunda en el ahogado camarote de una fragata, que en el golfo de las Yeguas corría una horrorosa tempestad.

Era de ver cuál el barco, que en el océano parecía lo que un grano de arena en los desiertos de África, era el juguete, de las olas. Ya empujaban su costado y lo doblaban a punto que parecía que rendido en la lucha, caía de una vez para no volver a levantarse; ya le abrían un abismo en que se hundía precipitado por su propio peso; ya pasaban por cima de él olas espumosas, como una garra con blancas uñas que alargase la mar para asir su presa: ya reventaban azotando sus costados, pareciendo decirle en sus bramidos; ¿no eres peña, y resistes? El barco luchaba cediendo, pero sin desmayar, imagen de la perseverancia que padece sin desalentarse... y camina!

Habíanse recogido todas las velas, y los masteleros con sus vergas, y las innumerables cuerdas que de ellos pendían, se alzaban como mujeres, que con el cabello suelto y los brazos abiertos, pidiesen al cielo misericordia. Pasaban y repasaban por éste negras nubes, frunciendo el ceño, respondiendo con truenos al mar, que rugiendo se empinaba como para desafiarlas o arrebatar al cielo sus estrellas. Sobre cubierta se notaba un asombroso fenómeno: el horizonte, que es en el mar la senda, la esperanza, la libertad... había desaparecido. El barco estaba preso entre sombrías murallas de agua de una altura espantosa, que unas a otras se lo arrojaban como un volante.

-¡Dios tenga misericordia de nosotros! -repetía la infeliz- y nadie respondía a esa tenue y angustiada voz. Nadie respondía porque en aquel estrecho camarote solo se hallaba una negra, que con el miedo y las ansias del mareo, se había dejado caer en el suelo, en el que yacía como una masa inerte, y una niña de seis años que dormía acostada a los pies de la cama de su madre.

-¡Jesús! -decía la infeliz-: ¡morir así! Sin un sacerdote que auxilie y anime mi espíritu, que traiga a la muerte como una libertadora amiga bajo sus auspicios... sin un médico que alivie en algo mis padecimientos. ¡Oh! El reo a quien ajustician es más feliz que yo! Hácenle dulces sus últimos pasos a la muerte; arrulla su último sueño una inmensa simpatía! ¡Dios mío! ¡Sola... sola! Ni una mirada de compasión, ni un adiós! ¡Y esta hija mía que va a perecer al lado del cadáver de su madre, en este seguro naufragio! ¡Duerme, ángel mío, duerme!... Tú que no sabes aun lo que es el peligro, la angustia, la orfandad, la agonía, la muerte, ninguno de los horrores de la vida! ¡Madre mía de las Lágrimas, cuyo nombre lleva, salvadla de este naufragio... amparadla en su orfandad!

Espantosa se dejó oír en este momento la voz del trueno; una fuerte sacudida que recibió el barco, hizo crujir sus entrañas, como si hiciese un jadeante esfuerzo para no sucumbir. Silbó la ráfaga entre las cuerdas y jarcias, cual si cada una de estas fuese una serpiente.

-Roque, Roque, -gimió la infeliz-, ¡que me muero!

Entró entonces en el camarote un hombre alto, seco, de estructura huesosa; tenía la fisonomía vulgar, el sello ordinario e inequivocable que parece la naturaleza crear a propósito para el hombre soez enriquecido. En su cara descarnada eran salientes y angulosas sus quijadas, y su frente, que sombreaba a la par de unas cejas espesas, unos ojos redondos y pardos, desviados como dos enemigos. Su boca grande apretaba entre sus labios delgados, por un constante hábito, un puro, cuyo continuado uso había tostado los bordes de unos dientes cortos y anchos. Su tez era de ese moreno subido, sucio y bilioso que imprime el sol de los trópicos con los males físicos que origina a los europeos, y que inocula la fiebre del oro con el ansia y desasosiego que trae consigo.

-¿Qué quieres, mujer? -dijo al entrar-, ¿crees que con este temporal nadie pueda atender a nada? ¡Calla, con mil de a caballo! Si quieres algo ¿por qué no llamas a este animal! -Añadió dando un puntapié a la negra, que no se movió.

-¡Es que me estoy muriendo, Roque!

-No serás la sola; que creo vamos a perecer todos, por vida del... ¡maldito sea!...

-¡Calla, calla, Roque! No eches maldiciones a dos pasos de la muerte: pero oye mis últimas palabras. Roque, siempre fuiste áspero y duro para conmigo, me sacaste de mi país y me embarcaste contra mi voluntad, y tan enferma ya, que los médicos te anunciaron que no resistiría la travesía: ¡todo te lo perdono, Roque!... ¡Si me prometes amar, cuidar y hacer la vida dulce a mi pobre niña, a tu hija, si Dios os salva!

-¡Droga con la tonta esta! -repuso D. Roque-, ¡y los momentos que busca para echarme un sermón sin paño, y recomendarme a mi propia hija!

-¡Es que son los últimos de que puedo disponer, Roque, pues me estoy muriendo!

-¡Sí, como siempre! Pero si tú puedes disponer de ellos, yo no, que el capitán me está llamando, porque todos tenemos que dar a la bomba.

Diciendo esto subió D. Roque dando trancadas por la escalera.

Su infeliz mujer le oyó alejarse; vio a la negra que seguía inerte; miró a su hija que seguía durmiendo; que la inocencia, cual la santidad de un Dios hombre, duerme tranquela entre las borrascas. Quiso la moribunda solevantarse para exhalar su alma en un beso y una bendición sobre la cabeza de su hija, pero no pudo, y el pequeño movimiento que hizo le produjo un vahído con grandes congojas, en que con redoblada fuerza sonaban en sus oídos los horribles mugidos de la mar y los agudos bramidos del viento.

-¡Madre mía de las Lágrimas! -murmuró en un momento de despejó que siguió e hizo intervalo en su agonía-: ¡Madre mía, todo mi consuelo y refugio! Tú serás la mediadora de tu devota para con el Todopoderoso, que por ti se unió a nosotros. A Dios rogamos, y en tus manos clementes ponemos las oraciones. ¡Señor, salvad a mi hija y tened piedad de mí! Todo cuanto he sufrido, lo perdono; y ofrezco cuanto perdono y cuanto padezco... por la salvación de mi hija y la de mi alma!

De allí a un momento se sintió tal balance, que la niña despertó, y oyó entre sueños a su madre que murmuraba:

Abrázome con los clavos y me reclino en la Cruz, para que siempre me ampares, dulce REDENTOR JESÚS.

La niña, a quien desde que supo articular sonidos, su madre había enseñado esa santa oración, repitió entre sueños:

Para que siempre me ampares, Dulce REDENTOR JESÚS.

Y ambas se durmieron; pero la una... ¡para no volver a despertar!

A ambas amparó Jesús según se lo había pedido, pues algunas horas después la tempestad había calmado un poco. Bajaron el capitán y pasajeros a la cámara, para tomar algún alimento, pues había veinte y cuatro horas que nadie había pensado en alimentarse. Encendieron y llevaron luces a los camarotes. En el que ocupaba la señora, hallaron a la negra que seguía inerte, a la niña que seguía dormida; y más inerte que aquella y más dormida que ésta, a la señora, que era un cadáver frío ya, como cuanto la rodeaba.

-¡Dios nos asista! -gritó el camarero al entrar con el farol-, ¡la señora ha muerto!

-¿Que ha muerto? -exclamó el capitán arrojándose al camarote, palideciendo aquel rostro de valiente marino que el huracán dejaba impasible, que el peligro no alteraba, ante aquel suave, silencioso y abandonado cadáver.

-Más ha muerto de miedo y de aprensión que otra cosa, -dijo D. Roque que había seguido al capitán-. ¡Viajar con mujeres!... A esto se expone uno. Poco me ha hecho pasar en gracia de Dios en la travesía con sus melindres y sus quejumbres: y ahora corona la obra. ¡Si se le metió en la cabeza que no había de pisar la tierra de España!

Esta fue la oración fúnebre que hizo a la pobre mártir, aquel que al fuego lento de durezas y despotismo, la mató; porque ese hombre al casarse con ella, suave criolla habanera, dulce, flexible y criada con mimo, como las cañas de su ingenio, la miró y contó solo como un gravamen o censo anejo a los cien mil duros que la dio en dote su padre, un rico mercader de la Habana.

Al oír el ruido que hicieron los que entraron, la niña se había despertado, y se sentó sobre la cama; la negra se había puesto en pie y ambas fijaban sus ojos en el pálido cadáver, la una con el asombro de la estupidez, la otra con el espanto de la falta de comprensión. De repente la negra se puso a gemir y a gritar:

-¡Mi ama! ¡Ay mi ama, mi ama!

-Calla, bestia, -le dijo D. Roque-, ¿no hay estruendo bastante con el de la tempestad? Si te vuelvo a oír, a fe de Roque que te haga callar. Capitán, añadió, ya esto no tiene remedio, ni aquí hay nada que hacer; bajemos el entrepuente para ver si se han mojado mis cajones de cigarros. ¡Quinientos cajones! Que representan un capital de quinientos mil reales. ¡Droga! ¡Si se han averiado, hice un viaje a China!

Colgó el camarero el farol en el techo del camarote, y todos salieron, menos la negra y la niña que se sentaron sobre una cama frente a aquella en que yacía el cadáver. La negra, después de llorar con muchas lágrimas, como lloran los niños, y como se lloran las primeras penas de la vida, se quedó dormida como aquellos. Pero la niña derecha e inmóvil con sus grandes ojos negros desmesuradamente abiertos, los fijaba sin pestañear en el cadáver de su madre, el que por efecto de las vueltas que daba el farol, movido por los balances del barco, tan pronto aparecía plenamente alumbrado, y como salir de las sombras e ir al encuentro de su hija; tan pronto ocultarse en ellas, como en lo pasado, como en el olvido, como en el misterio. -¡Madre!, ¡madre! -decía de cuando en cuando la niña con queda y temerosa voz... y su madre no respondía-. No me responde, -pensaba la niña-, ¡¡¡y no duerme!!!

Esto pensaba porque el cadáver, mecido por los violentos balances del barco, tan pronto se volvía hacia su hija como para mirarla con sus apagados ojos que nadie había cerrado, tan pronto iba a pegar violentamente contra las tablas del opuesto lado. Era este un horrible cuadro de muerte y abandono en una lúgubre noche de tempestad, en que era juguete de las olas el cadáver de aquella desgraciada, a quien su triste destino negaba hasta el tranquilo y santo rincón de tierra en el que descansan los muertos, que consagran las oraciones y custodian el respeto y los recuerdos.

La niña no se daba cuenta de lo que pasaba; no sabia lo que era muerte, ni lo que era peligro; y no obstante un instintivo horror le hacía asombrarse de cuanto la rodeaba y estremecerse de los gemidos del viento, de los bufidos del mar, y del hosco silencio que guardaba su madre. Así, sin ideas para definir, ni voces para expresar lo que por ella pasaba, como suele suceder a los niños a quienes Dios dio en compensación madres que los adivinan, la pobre niña fue absorbiendo en su alma una sensación de horror y de angustia que habían de impregnarla para siempre en su tinte lúgubre y de su impresión tétrica: Sonaban en su alma como vagos y confusos recuerdos, las palabras que había oído a su madre cuando se había embarcado.

Había dicho la infeliz al acostarse en aquel lecho:

-¡Sí, sí! Éste será mi féretro: ¡aquí yaceré triste y abandonada, sin un cirio que dé decoro al cadáver y sufragio al alma! ¡A Dios, pues, para siempre, mi suave país, verde y rico como la esperanza! Te dejo por la exhausta y caduca Europa, caída en infancia, cubierta de ruinas y llena de recuerdos, que son las ruinas del corazón. ¡A Dios mis árboles altos y frondosos, que no taló aun la mano de los hombres! ¡A Dios mis puros ríos, cuyos cristales no enturbian ni esclavizan aun las construcciones de la invadiente industria! ¡A Dios mis espesos manglos, que crecéis fuertes y serenos en la amargura de las aguas del mar!... No he podido imitaros... y sucumbo en la amargura en que vejeta mi existencia.

Esto recordaba la niña como si oyese a lo lejos los sonidos apagados de un solemne réquiem, que melancólicamente decía algo grave y triste que ella no comprendía. Pero al día siguiente liaron y cosieron a su madre en una sábana, ataron a sus pies una bala de cañón... ¡y su madre no despertaba!... Y la subieron a cubierta, y la callada niña siguió a su madre sin que nadie pensase en impedirlo, y entonces, delante de la callada niña, su madre fue... echada al mar. Pero en ese instante la angustia y el horror que presagiaban y no comprendían, comprendieron.

La niña dio un grito desesperado, y se abalanzó a tirarse al mar tras de su madre.

El capitán tuvo la suerte de poder asirla por el vestido, y la bajó a la cámara, presa de una espantosa alferecía.

-¡Estamos bien, -dijo D. Roque-, se acaba con la una, y se empieza con la otra!

La niña seguía muy enferma cuando llegaron Cádiz, donde pensaba fijarse su padre D. Roque la Piedra. Los facultativos consultados declararon que siendo el temperamento de Cádiz notoriamente conocido como nocivo a afecciones de pecho, se debía alejar de allí a la niña, que con una constitución débil, un sistema nervioso fuertemente atacado, y un principio de asma, estaba en el mayor peligro de volverse ética.

Parecía natural que con este motivo, D. Roque, dueño y árbitro de sus acciones, hubiese pensado en otro punto para establecerse.

Pero no fue así. Cádiz convenía a sus miras de especulación, y por tanto se contentó con escribir a otro americano (voz genérica aplicada en Andalucía a los que vienen de allá cuando no son hijos de la provincia) establecido en Sevilla, que era compadre y compinche suyo, para que viniese a Cádiz y se llevase a su hija a Sevilla, en donde entraría en un convento para ser allí criada bajo el cuidado e inmediata inspección del dicho su compadre y compinche.