Lágrimas
de Fernán Caballero
Prólogo

¿Conque he de escribir un prólogo para Lágrimas?

-Lo que se ofrece se debe.

Es verdad; pero no me siento con fuerzas para hablar de Lágrimas.

-¿No le agrada a Vd. mi novela?

La creo una joya de filigrana y oro, un estudio acabado del corazón, un cuadro admirable de la vida social; lo más bello, lo más perfecto, lo más delicado que ha salido de la pluma de usted.

-Muchas gracias.

¡Qué coincidencia! La colección empieza con La gaviota, y nos presenta la mujer grosera, abandonada a sus instintos, no corregidos por la religión, ni modificados por la sociedad, ni suavizados por la buena educación, y concluye con Lágrimas tipo de la mujer modesta y humilde, nacida para sentir y para llorar... Villamar es el pueblecito que conocen los lectores en el primer tomo, y vuelven a Villamar en el último encontrando aun a muchos de los antiguos amigos que recuerdan al instante, y a quienes saludan con placer.

-Falta el bueno de Stein.

Es cierto; pero allí nos lleva Vd. a la pobre Lágrimas, esa hija de los trópicos, esa violeta que exhala siempre su perfume aunque la pise la más grosera planta. ¿Quién no ha encontrado a su paso por el mundo a esos sujetos que Vd. nos pinta al daguerrotipo? ¿Quién no ha visto al grosero ricachón D. Roque la Piedra, y al avaro quejumbroso D. Jeremías? El buen sentido habla por boca de la Alcaldesa, a D. Perfecto Cívico lo encontramos en cada lugarón, y su hijo ¡ojalá fuese un ente ideal y no abundase tanto en nuestro país!... Lo que sí va escaseando es la finura, la cortesía, el buen tono de la Marquesa de Alocaz y de sus amables tertulianos.

-De modo que Vd. va a escribir el prólogo...

Yo haría mejor un juicio crítico en que demostrase la índole, el carácter, el mérito de sus escritos; en que hiciese ver el raro acierto con que Vd. describe, con que Vd. narra, con que Vd. presenta las personas y las cosas; el fin moral, la sensibilidad, la ternura de su corazón; y sobre todo el gran servicio que está Vd. prestando a la actual sociedad descreída pintando con tan vivos colores los portentos de la fe, las maravillas de la virtud... Pero un prólogo...

-Los han hecho otros buenos amigos...

Los buenos amigos de Vd. se complacen, o mejor dicho, nos complacemos en el buen éxito de sus obras y aplaudimos sus triunfos literarios. ¿Pero necesitaron de estos prólogos para hacerse tan populares en España? ¿Para haber sido traducidas en Francia? Y por cierto que son muy raras las obras que alcanzan este honor, más apreciable puesto que las novelas de Vd., sus cuadros de costumbres tienen un tinte local que se perderá necesariamente en otros países. Yo comprendo las obras de Vd. de otro modo. ¿Quiere Vd. pasar por literato!...

- Dios me libre: no señor. ¡Yo literato! «No soy la rosa; pero, como dice Bulwer, estuve a su lado y me impregné de su olor. No soy erudito, soy solamente culto. En cuanto escribo no hay arte, ni saber, ni estudio, es instintivo: tal vez expreso, como Vd. habrá notado, un pensamiento de culta esfera sin cuidar del lenguaje. Procuro, sí, poetizar la verdad, ennoblecer nuestra pobre naturaleza. Los prólogos son ofrenda de la amistad, engarce de brillantes que rodea un mal retrato»: los agradezco de todo corazón.

Lo creo así, y además son muy bellos. Pero un autor se debe al público, y este no quiere leer lo que nosotros escribimos; quiere leer lo que Vd. escribe. Las novelas de Vd...

Perdone Vd.: yo las llamo novelas, cuadros, relaciones; «pero no me he propuesto escribir novelas. He tratado de dar una idea verdadera, exacta, genuina, de España y de su sociedad; describir la vida interior de nuestro pueblo, sus creencias, sus sentimientos, sus dichos agudos. La parte que podría llamarse novela solo sirve de marco a este vasto cuadro que me he propuesto bosquejar.»

Y que dibuja Vd. a grandes rasgos, con una verdad, con una profundidad de miras, con una intención filosófica.

-«Mr. de Lavigné, el traductor francés de mis cuadros populares me escribió: no traduzco vuestras novelas por la invención, sino por la intención... Mi intención supera mucho a la de hacer novelas... Es la rehabilitación de cuanto con grosera y atrevida planta ha hollado el nunca bien ponderado siglo XIX. Rehabilitación de lo santo, de lo religioso, de las prácticas religiosas y su alto y tierno significado; de las costumbres españolas puras y rancias; del carácter y modo de sentir nacional, de los lazos de la sociedad y de la familia, del freno en todo, y sobre todo en esas ridículas pasiones que se afectan sin sentirse (porque afortunadamente una gran pasión es rara); las virtudes modestas como la de Lágrimas preferibles a las que se pavonean y se ostentan.»

Pero Vd., Fernán, pinta en beau, busca Vd. lo bueno, nos presenta Vd. la sociedad tal vez mejor que es... y nunca un dicho satírico, nada que hiera y se destaque de la dulce armonía del cuadro.

-«Estoy persuadido que todas las más hermosas sátiras, género tan universal y en que han sobresalido tanto ingenios superiores, no han servido de nada; ni han hecho germinar ningún buen sentimiento, y sí solo el malhadado desprecio del hombre hacia el hombre. Muy al contrario las referencias de lo bueno y de lo noble despiertan en nosotros sentimientos análogos, los ponen en circulación, los inoculan....»

Por eso las novelas de Vd. son dechados de moral, en tiempo en que otros novelistas se encargan de la destrucción de la sociedad degradando la familia. Por eso mereció Vd. que la autoridad eclesiástica aprobase sus escritos como escuela práctica de virtud, y que más bien que buenos libros deben ser considerados como buenas acciones.

-Vd. me alaba demasiado.

No, Fernán: nadie ha pintado con tanto acierto la vida íntima, las escenas del hogar doméstico, las costumbres populares. Nadie ha comprendido tan bien como Vd. el mérito de acciones que pasan desapercibidas, la razón de ciertas prácticas, la filosofía de ciertos dichos vulgares. Cuando nos pinta Vd. una escena terrible, ¡qué más terrible que sus descripciones!... La paz doméstica, la felicidad conyugal tienen en su pluma un intérprete digno. ¡Y cómo describe Vd. la dulzura, el candor de los niños, sus juegos y sus gracias infantiles! En medio de estas escenas viene a sorprendernos un pensamiento de alta esfera, lleno de filosofía de profunda moral y del puro espíritu del Evangelio. Y ese pensamiento es tan natural y se deduce tan lógicamente, y estaba tan cerca de nosotros, y nosotros ¡ciegos!, no lo veíamos... Pero Vd. lo descubrió con su vista de águila y del caos brotó la luz y de la piedra árida saltó un raudal...

-Como se conoce que es Vd. mi amigo. ¿Y era Vd. el que no quería escribir un prólogo? ¿Qué más prólogo que este?

Pues bien... imprímalo Vd.

ANTONIO CAVANILLES.