El percance de don Iñigo

Nota: Se respeta la ortografía original de la época

El percance de Don Iñigo

A Enrique Rodriguez Larreta.


Ochenta hidalgos de cabello rojo
En sus mulas soberbias, adornadas
Con lujosos arneses, van marchando
Ricamente vestidos: en las plantas
Puntiagudos zapatos; en los hombros
Jubón de fina seda; plumas blancas
En los birretes, y collares de oro
De tres vueltas en torno á la garganta ;
Pequeñas fustas en la mano, y lindas
Escarcelas flotantes y bordadas.
Sólo, Ruy Díaz de Vivar, altivo,
En su fuerte caballo de batalla
Enjaezado de hierro, lleva estoque
Ceñido á la cintura, y lleva lanza,

Y desde el cuello á los riñones luce
Flexible y varonil cota de malla,
Y sobre el casco brillador suspende
Capucha densa que la luz apaga.

La avispa vuela en torno, la langosta
Salta en las secas yerbas, la plateada
Voz de las campanillas repercute
En medio de las rudas carcajadas
De todos los alegres caballeros.
A la vez, todos ríen, todos hablan,
Contando sus audaces aventuras,
Raptos de amor, empresas arriesgadas,
Irrupciones nocturnas y querellas,
Pillerías sin fin, golpes de gracia;
Mientras inmóvil y á la vez sombrio,
Ruy Díaz de Vivar, no dice nada.

Así, al través de pedregosos campos,
Como fue convenido, todos marchan
Por llegar hasta el rey que se aproxima
Rodeado de sus gentes feudatarias,
Y su alférez mayor, y sus notarios
Que el juramento escuchen y de alianza
Testimonio levanten; y trescientos

Escogidos soldados de su guardia.
Al mediodía, don Hernando llega
Por el camino donde el polvo abrasa;
Quítase el guante de la diestra mano
Ni se descubre, ni tampoco baja;
En su mula sentado, el homenaje
Espera; cada cual un beso estampa
En la real diestra; desdeñoso y lento,
Ruy Díaz, no desciende hasta el monarca.

Al punto, Iñigo López, estandarte
De Castilla, heredero de una raza
Pendenciera y audaz, cuyos abuelos
Lucharon con Tarik en las montañas,—
De su claro linaje envanecido,
Viendo un orgullo tal, tembló de rabia;
Sobre el arzón erguido, rudamente
Dirigese á Vivar, con voces ásperas,
Con gesto adusto y la pupila ardiente
Más que el carbón de la encendida fragua.

— Abajo, don Rüy, que es vuestro turno!
Gran Dios! Este mozuelo en petulancia
Cree no poder hacer, lo que hace todo
Rico hombre de pendón, espada y maza,

Con vasallos, honores y derechos?
Se imagina el retoño de mesnada,
Por ventura no existe alguna cuerda
Que doble la cerviz que así levanta?
Abajo! en vuestra loca altanería
Con cínico baldón, muerte villana
Diste al conde Lozano, el valeroso,
De Castilla sostén y nuestra raza.
Qué sois, muro ó judío? Por lo menos
Y, sin duda, traidor. Vuestra arrogancia
Es digna del desdén y del olvido.
Id, si no por la Virgen, por el Papa,
Como Iñigo me llamo, de las piernas
Os conduzco, arrastrando hasta el monarca.
Don Iñigo habló así. De un solo golpe
Don Ruy, le abrió los sesos con su espada.
El otro desplomóse, y con la sangre
Bañó su mula y el camino. Estallan
Gritos de: Ola!-Jesús!—Sobre él carguemos!
— Alerta! — Herid! Herid! — Alto las dagas!
— Por Dios! cránco y birrete le ha partido
Hasta los dientes! — Sus! al lobo! En guardia!

— Santiago! dijo el Rey, si el puño es firme,
No hay duda que la hoja es bien templada!

El caso me contrista. Iñigo López,
Mala suerte alcanzó, por su desgracia.
Don Ruy, guarda tu estoque; el diablo mismo
Con Mahoma, á feroz no te igualaran.
— Ved lo que al atrevido le acontece,
Dijo don Ruy: su lengua era muy larga...

Después, sin inquietarse que le sigan
Ó le censuren, rumbo á Calatrava,
El buen Cid Campeador y sus fidalgos,
Vuelven bridas, y rápidos se marchan.