El día del juicio (Iom-Kipur)

El día del juicio


IOM—KIPUR[1]
(DE LA VIDA UKRANIANA)

I

Oye lo que te voy a decir: sal de tu casa en una noche clara, o más bien sal de tu aldea, sube a lo alto de una colina y contempla el cielo y la tierra. Mira cómo la luna pasea por el cielo, cómo brillan las estrellas, cómo suben de la tierra las nubecillas leves y se van a lo desconocido, semejantes a viajeros rezagados, por los caminos misteriosos. El bosque, adormecido, presta oído a los milagros que se realizan en su seno; el riachuelo corre con un leve murmullo, y cuenta cuentos a los árboles que se reflejan en sus aguas. Contemto pla todo y dime si hay milagros que sean imposibles en esta casa de Dios que se llama mundo.

En el mundo todo es posible. Así, pues, en mi amigo el molinero de Novokamenka se realizó un milagro. Es toda una historia. Si todavía no la habéis oído, os la quiero contar; pero no me pidáis mi palabra de honor sobre la verdad de los hechos. ¡Eso no! Por más que yo le oí referir esta historia al molinero mismo, no estoy seguro de que sea verdadera. Así y todo, voy a contárosla.

Una noche, después de los oficios en la iglesia de Novokamenka, el molinero entró en su molino, que distaba de la iglesia unas tres verstas.

Estaba de mal humor, sin saber él mismo por qué. En la iglesia todo había ido admirablemente, y nuestro molinero, que tenía una magnífica voz, había cantado las plegarias con tanto celo que la gente había quedado sorprendida. "¡Qué garganta!—decían con gran respeto—. Pronuncia las palabras tan de prisa que no se le puede entender nada. Es como un coche que rueda sobre el pavimento a toda velocidad..." El molinero, que todo esto escuchaba, se complacía en trabajar lɔ mejor posible para el Dios santo. Era su cantar tan fuerte y tan largo, que al final tenía la garganta seca y los ojos enrojecidos.

Después de los oficios, el "pope" invitó al molinero a su casa y le ofreció te; además, la mujer del "pope" puso sobre la mesa una garrafa llena de "vodka", que retiró casi vacía. Y cuando el molinero volvía a su casa, la luna caminaba ya sobre los campos, reflejándose en el pequeño y rapidísimo río Kamenka.

Algunos aldeanos estaban ya recogidos; otros estaban sentados aún a la mesa; los había también que andaban fuera de casa, admirando la clara noche de otoño. Los viejos permanecían en los umbrales; los jóvenes, algo apartados, en la sombra negra de las tapias y de los jardines de cerezos, donde no se les podía ver; sólo se oían, aquí y allá, voces tenues, una risa ahogada; a veces, hasta el beso de una pareja juvenil. ¡Dios mío, qué cosas pueden pasar a la sombra de los cerezos, en una noche clara y dulce!

El molinero no veía a nadie; pero todos veían al molinero, porque iba por en medio de la calle, a la claridad de la luna. A veces le decían:

— Buenas noches, señor molinero! ¿Viene usted, probablemente, de casa del "pope"?

Todo el mundo lo sabía, sin preguntarlo; pero al molinero le gustaba mucho contestar a todas aquellas preguntas, no sin orgullo:

¡Ah, sí! ¡El "pope" me ha entretenido lindamente!

Y, lleno de soberbia, seguía su camino.

Otros no querían que el molinero les viera, y se callaban cuando pasaba junto a ellos. Pero el molinero no era de los que pasan sin ver a sus deudores. De nada les servía esconderse y callarse como si tuvieran la boca llena de agua; el molinero los abordaba con estas palabras:

¡Buenas noches! Os reconozco bien. Podéis esconderos todo lo que queráis, pero procuradme para mañana el dinero que me debéis. No espero ya más, os lo aseguro.

Y seguía su camino, y su sombra corría tras él.

Era tan negra, que el molinero, que sabía leer y gustaba de pensar cosas elevadas, se decía:

—¡Es extraño: mi chaqueta es blanca como la harina, y mi sombra es negra como el hollín!

Pronto llegó a la taberna del judío Iankel (1), que estaba sobre una colina. Aunque el sábado, día festivo de los israelitas, tocaba ya a su fin, ni Iankel ni sus hijos estaban allí; sólo se veía a su mozo, Iarko, que les reemplazaba siempre lo3 sábados y días de fiesta. Iarko encendía las bujías y recibía el dinero de los clientes, porque, como todo el mundo sabe, los judíos son muy religiosos y su religión les prohibe durante sus fiestas percibir dinero y encender ias bujías. Todo esto lo hacia por ellos Iarko, un viejo soldado, en tanto que Iankel, la mujer o les hijos vigilaban sus movimientos para que no cayera, por casualidad, alguna moneda en los bolsillos del mozo. "¡Qué ladinos son estos judíos—pensaba el molinero—.

Saben contentar a su Dios y, al mismo tiempo, no se dejan engañar. Además son muy inteligentes, mucho más inteligentes que nosotros!" Se detuvo ante la puerta de la taberna, cerca de la cual se veían numerosas huellas de clientes que (1) Jacob.

iban allí desde la mañana hasta la noche, y llamó:

—Iankel! ¡Eh, Iankel! ¿Estás ahí?

—No está aquí, ya lo ve usted—respondió Iarko.

—¿Dónde, entonces?

— Naturalmente, en la ciudad! ¿Es que no sabe usted qué día es el de hoy?

—¿Qué día es?

—¡Iom—Kipur!

"¡Vaya una explicación!", pensó el molinero, que no comprendió nada.

Hay que decir que Iarko era un hombre letrado y orgulloso. Gustaba de demostrar su erudición, sobre todo ante el molinero. Hasta sabía cantar en la iglesia; pero su voz era un poco acatarrada, y le era difícil rivalizar con el otro; en cambio, le superaba en todas las demás cosas. Por cada palabra que decía el molinero, Iarko encontraba una docena. Cuando el molinero dccía “no lo sé", Iarko respondía "pues yo sí lo sé". En fin, un hombre de mal carácter...

Esta vez ocurrió lo de siempre: para confundir al molinero había pronunciado una palabra muy rara. El pobre molinero empezó a rascarse la cabeza.

—Parece ser que ni siquiera sabe usted qué fiesta es ésa—preguntó con maldad Iarko.

—Yo no estoy obligado a conocer todas las fiestas judías!—respondió el molinero. Yo no estoy a su servicio...

—Se equivoca usted al decir "todas las fiestas”.

Esta es muy particular. No viene más que una vez al año. Le diré aún más: ningún pueblo, en el mundo entero, tiene una fiesta semejante.

—¿Qué me dice usted?

—Ha oído usted hablar de Japun?

—¿Cómo?

Ahora lo comprendía. ¡Qué bruto era! ¡No haberlo entendido antes! ¡Ya estaba al cabo del asunto!

Miró por la ventana al interior. Sobre el piso se había esparcido paja y hierba; en los candelabros, dobles y triples, ardían pequeñas bujías. Se ofa un ligero rumor, que parecía el zumbido de varias abejas gigantescas. Eran la joven con quien se había casado Iankel, después de la muerte de su primera mujer, y varios niños judíos que, con los ojos cerrados, murmuraban en tono muy bajo plegarias, de las que no se podía entender una sola palabra. Pero en aquellas plegarias había algo extraño: le parecía al molinero que en el interior de aquellos judíos se encontraba algún otro que lloraba, suplicaba... no sabía quién ni por qué. En todo caso, no por lo concerniente a la taberna, al dinero y demás cosas del mismo género.

El molinero, al oír la plegaria, se entristeció. Le daban lástima aquellas gentes. Cambiando una mirada con Iarko, le preguntó:

—Rezan. Con que, ¿Iankel está en la ciudad?

—Sí.

Pero es una tontería! Puede suceder que Japun, el diablo judío, atrape precisamente a Iankel.

T 15 —En eso tiene usted razón. Yo, por ejemplo, y eso que he tomado parte en la guerra contra los infieles y he sido condecorado con una medalla, no iría en esas condiciones a la ciudad. Me habría quedado en casa, y el Japun no hubiera podido llevarme.

—Pero, ¿por qué? ¿Es que no puede venir a la casa lo mismo?

—No me comprende usted? Se lo voy a explicar. Pongamos que usted va a comprar una gorra; ¿dónde iría usted?

—A una sombrerería, naturalmente.

—¿Y por qué?

—Toma! Porque allí hay todas las gorras que uno quiera.

—Pues bien; hoy, en la sinagoga, hay también todos los judíos que uno quiera. Gritan y lloran tan fuerte, que se les oye de un extremo a otro de la ciudad. Naturalmente, Japun, que tiene que llevarse un judío, sería tonto buscándole en los campos, en los bosques y en las aldeas. No tiene a su disposición más que un solo día al año y no va a perder el tiempo, tanto más cuanto que en ciertas aldeas no hay ni un solo judío...

—Apenas habrá una que otra.

—Pero así y todo, las hay. En fin, en la Sinagoga, Japun tiene mucho y bueno donde elegir.

Ambos callaron. El molinero temía que Iarko se pusiera de nuevo a decirle cosas incomprensibles, y estaba malhumorado. Por las ventanas seguía oyéndose el zumbido de los judíos.

A lo mejor, todo eso es fábula—dijo el molinero por hacer rabiar a Iarko—. La gente dice a veces tonterías. Cualquiera inventa una mentira y los demás la tomau en serio.

Estas palabras produjeron muy mal efecto en Iarko.

1 1 —Sin embargo, no soy yo el que ha inventado eso. Ni yo, ni mi padre, ni mi abuelo. Todos los cristianos lo saben.

—Sí; pero... ¿lo ha visto usted con sus propios ojos?

Cuando estaba de mal humor, el molinero llegaba a afirmar que no creía ni siquiera en el diablo, mientras no se lo enseñaran vivo.

—Sí; contésteme usted—insistió—. ¿Lo ha visto usted con sus propios ojos? Y si usted no lo ha visto, lo mejor es no hablar más de ello.

Iarko estaba un poco apurado y hasta tuvo un momento de vacilación. Pero no era hombre que capitulara.

—No—dijo—; no lo he visto, lo confieso francamente; pero, dígame, señor molinero, ¿ha visto usted alguna vez Kiev?

—No, nunca; también se lo confieso francamente.

—Y sin embargo, Kiev existe, a pesar de que usted no lo ha visto nunca.

El molinero estaba vencido.

"Es verdad—pensaba—. Kiev existe, aunque yo no lo haya visto nunca. Probablemente, habrá que creer en la gente cuando afirma algo." Y dijo:

—Admitamos que tenga usted razón. Pero ¿a quién le ha oído usted contar eso?

—¿A quién? Y usted, ¿a quién le ha oído hablar de Kiev?

— Diablo! ¡Tiene usted una lengua!... Es una navaja.

—Porque tengo razón. Una vez que todo el mundo lo dice, hay que creer en ello. Si no fuera verdad, las personas serias no lo hubieran dicho. Sólo los mentirosos cuentan patrañas...

—Ta, ta, ta!... Basta, hombre. ¡Una máquina parlante! Ya veo que he quedado mal. Quizá tengas razón. Pero, ¿cómo puede saber la gente lo que pasa hoy en la Sinagoga?

—Toma, pues porque sucede todos los años.

Si esas cosas no pasaran, no se hablaría de ellas.

Dios mío, qué hombre! Pero, en fin, ¿qué es lo que pasa?

—Pero, ¿es que ni siquiera sabe usted lo que pasa en la Sinagoga este día?

—Si lo supiera no te lo preguntaría. He oído a la gente hablar de cierto Japun; pero, en realidad, no sé de la misa la media.

—¡Pues por ahí debía usted haber empezado!

Bien; ya que no lo sabe usted, voy a contárselo, porque, ya ve usted, yo he visto algo de eso, no soy como usted. He vivido largos años en la ciudad, he servido muchas veces en casas de judíos...

—¿Y eso no es pecado?

—¿Servir en casas de judíos? Para los paisa—

EL DIA nos, sí; pero no para los soldados. A los soldados se les suelen dar permisos especiales.

—Eso ya es otra cosa.

Tras estos preliminares, Iarko contó al molinero toda la verdad sobre el Japun, que se lleva cada año un judío. He aquí lo que le contó:

Japun es un diablo judío. Se parece en todo al diablo cristiano; como él, es negro, tiene cuernos y alas; pero sus cabellos caen en largos bucles sobre las orejas, según costumbre de los judíos religiosos, y se toca con el mismo gorrito negro con que se cubren los judíos cuando rezan. Evita encontrarse con los cristianos; en cuanto ve a un cristiano cualquiera, aunque sea a media noche, escapa como un perro miedoso. Pero ejerce su poder sobre los judíos; todos los años se tiene que llevar al judío que elija.

El día designado para esta elección es precisamente el de Iom—Kipur. Mucho antes de que comience el día, los judíos rezan, lloran, desgarran sus vestiduras y hasta se ponen ceniza en la cabeza. Antes de que caiga la noche, se bañan todos en el río o en el estanque, y en cuanto se pone el sol, se dirigen a la Sinagoga. Hasta muy entrada la noche se están oyendo allí sus gritos de dolor; gritan todos a la vez, cerrando los ojos de espanto.

Pues bien, cuando el cielo se ensombrece y aparece en él la primera estrella, Japun sale y empieza a volar por encima de la Sinagoga. Golpea las ventanas con sus alas y elige la víctiD 19 ma. Pero lo más terrible sucede a media noche.

Los judíos son presa de un pánico loco. Encienden expresamente todas las bujías para no tener tanto miedo, caen por tierra y gritan como si les mataran. Y precisamente en ese momento, cuando todos están echados en el suelo y llorandu, Japun, como un enorme cuervo, penetra en la Sinagoga. Los judíos perciben el frío de sus alas, y la víctima que ha elegido siente cómo se clavan en su espalda las garras de Japun. Sólo de contarlo, le corre a uno un escalofrío por el cuerpo; ¡puede usted figurarse lo que sentirá el pobre judío! Desde luego, grita' con todas sus fuerzas; peró como todos gritan enloquecidos, su voz no se distingue. Acaso alguno de los que se hallan a su lado oyen sus gritos de terror; pero no pueden hacer nada: son felices, porque la elección del Japun no ha recaído sobre ellos.

Iarko mismo había oído muchas veces el sonido de un cuerno en la Sinagoga. ¡Tan doloroso, tan lastimero! Era el guarda de la Sinagoga, que dirigía al pobre judío la despedida de sus correligionarios. Después, todos se ponían sus botas porque en la Sinagoga no llevan más que babuchas—y, sin hablarse, se iban cada uno a su casa.

Iarko había visto también cómo se paraban, en pequeños grupos, a la luz de la luna, y murmurando plegarias, se ponían de puntillas y miraban al cielo. La Sinagoga permanecía desierta:

en el vestíbulo quedaba sólo un par de botas esperando que su propietario las calzara. ¡En vano esperaban! Durante este tiempo, Japun se lleva al pobre judío, por encima de los campos, de los bosques, de las montañas y de los barrancos. Agita sus alas y procura no ser visto por ningún cristiano. Va muy contento si la noche es negra y el cielo está cubierto de nubes. Pero si la noche es clara y serena, como hoy, el diablo trabaja frecuentemente en balde.

—¿Por qué?—preguntó el molinero.

—Verá usted; porque basta que un cristiano cualquiera, aun el más simple y menos inteligente, grite a Japun: "¡déjale, que es mío!", para que el diablo suelte inmediatamente al judío. Usted mismo podría hacer esta experiencia. En cuanto se le grita: "¡déjale, que es mío!", el diablo arroja su presa y se va volando como un gavilán herido, triste y melancólico.

El judío cae al suelo. Si la caída no es de muy alto, o si cae en un pantano, puede salir con vida; si no, está perdido; ni para el diablo ni para sí mismo.

—Lo que son las cosas!—dijo el molinero mirando con temor al cielo, donde brillaba la luna en todo su esplendor. El cielo estaba claro; solamente entre la luna y el bosque, que se veía sobre el horizonte, volaba rápida una pequeña nube. El molinero quedó muy sorprendido; a pesar de que no hacía viento y las hojas de los árboles no se movían, la nubecilla corría muy de prisa, como un pájaro, en dirección de la ciudad.

.

—Mire el cielo—dijo a Iarko—. ¿Ve usted?

El otro salió de la taberna, y apoyándose contra la puerta, alzó los ojos.

—Bueno, ¿qué es lo que ve usted? Una nubecilla de las más ordinarias...

—Pero, ¿acaso hay viento?

—Toma! ¡Tiene usted razón, caramba! Vuela con dirección a la ciudad.

Ambos examinaron el cielo, rascándose la cabeza.

A través de las ventanas se seguía oyendo el zumbido de las voces y se veían rostros amarillos y lacios, ojos cerrados, labios que susurraban algo. Los pequeños judíos lloraban con lágrimas ardientes, y de nuevo le pareció al molinero que otro lloraba dentro de ellos.

—Ya es hora de marcharse!—dijo el molinero por fin. Quería devolver a Iankel el dinero que le debo.

—Pues bien; yo puedo recibirlo. Hoy soy yo el que le sustituye—dijo Iarko.

Pero el molinero hizo como que no le oía; la suma era demasiado importante para confiarla a un simple soldado retirado que había estado toda su vida corriendo por el mundo.

—¡Hasta la vista!—dijo.

— Hasta la vista! En cuanto al dinero, yo no tengo inconveniente en recibirlo.

—No se moleste usted; se lo devolveré al mismo lankel.

—Como usted quiera; pero yo podría también recibirlo; eso no es ninguna molestia... De todos modos, ya es hora de cerrar la taberna; probablemente, a no ser usted, ya no habrá un perro que venga por aquí.

Se rascó la espalda, apoyándose contra el quicio de la puerta, silbó burlonamente, mirando al molinero que se alejaba, y cerró la puerta, en la que estaban pintados una botella, un bocal y una copa.

El molinero descendió de la colina y echó a andar por la calle, con su chaqueta blanca; la sombra negra le seguía sin cesar. Ahora ya no pensaba en esta sombra, sino en otra cosa muy distinta...

II

Apenas hubo andado unos veinte metros, oyó un ruido ligero, detrás de un seto verde. Se diría que dos pájaros revoloteaban entre los árboles.

Pero no eran pájaros: era una pareja amorosa, asustada por la aproximación del molinero. El joven parecía mucho más animoso que su amada; alejándose un poco hacia la sombra, la abrazó con fuerza, y siguió hablando en voz baja. A los pocos pasos, el molinero pudo oír algo que no le fué muy grato: un sonoro beso.

—Podías haber esperado un poco—dijo, dirigiéndose al joven desconocido y acercándose al seto. Vas a despertar a toda la aldea con tus besos.

1 1 1 1 1 Y tú no tienes que meterte en lo que no te importa!—respondió el otro—. ¡Vete, o voy a besarte a ti con un buen garrote! Así aprenderás a no importunar a la gente.

¡Está bien, está bien!—dijo, el molinero ale jándose—. Cualquiera diría que está ocupado en algo importante. ¿Es que está permitido besar tan fuerte? Da gana de hacer lo mismo. ¡Qué canallas, los jóvenes del día!...

Se detuvo un instante, reflexionó, rascándose la cabeza, y luego, separándose un poco del camino, escaló el seto, y atravesando un huerto, se dirigió hacia la casita que se veía a lo lejos, en medio de un grupo de álamos, y que pertenecía a una viuda. La casita era pequeñísima, baja y en declive.

La ventana era tan minúscula, que hubiera costado trabajo verla si no hiciera tanta claridad. Pero ahora la casita brillaba al resplandor de la luna, la paja de su techumbre parecía de oro y la ventana semejaba un ojo medio cerrado. No se veía fuego. Probablemente, la viuda y su hija no tenían nada que cenar; no valía la pena de encender lumbre.

El molinero esperó un instante; luego dió dos golpes en la ventana y se apartó un poco. En seguida, los dos brazos de una muchacha se enlazaron a su cuello y sintió entre los bigotes como una quemadura: tan ardiente fué el beso que recibió.

¡Si no os han besado nunca así, no vale la pena de que os lo cuente; no lo comprenderíais jamás!

Y si una muchacha os ha besado, lo sabéis ya sin necesidad de que os lo refiera.

—Felipín mío! ¡Querido!—exclamó la muchacha, acariciando al molinero—. ¡Al fin has venido!

¡Te esperaba con tanta impaciencia!... Creía que iba a secarme como una hierba al sol.

"A Dios gracias, no te has secado todavía!"se dijo el molinero, estrechando el talle redondito de la muchacha.

. —Dime, ¿cuándo vamos a casarnos?—preguntó ella, con las manos en los hombros del molinero y mirándole con sus ardientes ojos negros.

Estas palabras gustaron al molinero menos que los besos. "Ahora me va a importunar con el matrimonio!"—pensó. Luego, recobrando su valor y procurando evitar la mirada de la joven, dijo:

—¡Qué prisa tienes, mi querida Galia! Querrías ya que nos casáramos. Olvidas que yo soy molinero y que quizá muy pronto seré el más rico de la aldea, mientras que tú no eres más que la hija de una pobre viuda.

La joven se estremeció, como si la hubiera mordido una serpiente, y dejando al molinero, se llevó las manos al corazón.

Y yo que creí!... ¡Oh, qué desgraciada soy!

¿Por qué has llamado entonces a la ventana, cobarde?

—No comprendes? Es que tu madre me debe dinero. No tengo yo la culpa de que en vez de ella hayas salido tú y te hayas puesto a besarme..

I Y cuando una muchacha le besa a uno... ¡Diablo!

Yo soy un hombre como los demás.

Y quiso abrazarla de nuevo; pero cuando su mano tocó el talle de la muchacha, ésta se estremeció de cólera.

—Abajo las manos!—gritó con tanta indignación que el molinero retrocedió—. No soy un billete de banco para que me consideres como propiedad tuya. Si me vuelves a tocar, vas a pescar algo que te hará renunciar para siempre a tus galanterías.

El molinero se quedó confuso.

—¡Ah, qué soberbia te has vuelto! Y, sin embargo, yo no soy un judío para que me insultes de esa manera.

Eres peor que un judío! No te contentas con que mi madre te pague los intereses; quieres también que te los pague yo. ¡Vete, cobarde!

—¡Oh, qué carácter!—suspiró el molinero, protegiéndose el rostro con las manos, por temor a los golpes—. Es difícil, para un hombre razonable como yo, hablar contigo. Ve a llamar a tu madre.

Pero la vieja estaba allí ya y saludaba muy rendida al molinero. Esto le agradó más que las palabras de la hija. Adoptó una actitud altiva, y su sombra negra, sobre la pared, tenía la cabeza tan erguida, que la gorra parecía a punto de caérsele.

—¿Sabes a lo que he venido, vieja?—dijo.

Cómo no saberlo!—gimió la vieja—. A buscar mi dinero...

1 —Tu dinero? No, vieja; es el mío el que vengo a buscar. A Dios gracias, yo no soy un bandido para venir de noche a coger el dinero que no me pertenece.

— Naturalmente que no te pertenece!—dijo la muchacha con ira, acercándose amenazadora al molinero.

Pero está loca!—dijo éste retrocediendo—.

¡No he visto jamás una muchacha semejante, a fe mía! No ya en la aldea, pero ni en todo el distrito hay otra tan loca. Has reflexionado tus palabras? Si tuviera aquí otros testigos que tu madre, me quejaría ante el juez de ese insulto.

¡Ten cuidado, chiquilla!

—¿Acaso no es verdad lo que te acabo de decir?

—Claro que no es verdad, puesto que tu madre no me ha pagado todavía la deuda.

—Mientes como un cochino perro! Cuando eras todavía ayudante del molinero, prometiste casarte conmigo y no reclamar jamás el dinero que nos habías prestado. Pero desde que te hiciste molinero, lo reclamas, a pesar de que se te ha pagado ya todo.

—Pero te olvidas de la harina.

—Bien, ¿cuánto es lo que se te debe por la harina?

—Tres rublos! Más barato no la encontrarías en ninguna parte, aunque te ofrecieras tú misma por añadidura.

!

Pero, ¿no se te han pagado ya esos tres rublos?

¡Dios mío, qué lengua de muchacha!... ¡Como la de Iarko! ¿Y los intereses?

Ella no contestó. Esto les pasa muchas veces a las jóvenes: después de haber hablado mucho, se paran de repente, como un molino cuando el viento cesa. En vez de responder, se echó a llorar, con lágrimas ardientes, y se secaba los ojos con las mangas de su blanca camisa.

—Ya estamos con cuentos!—dijo el molinero un tanto confuso, pero contento—. No me gusta echarme sobre la gente sin razón. No valía la pena insultarme para llorar después.

— Cállate, cobarde!

—Pero tú también podrías tener la lengua.

—Sí, calla, hija mía—dijo la vieja suspirando.

Tenía miedo de que el molinero montara en cólera; probablemente, no le podía pagar los intereses.

No, no me he de callar!—dijo la otra. El viento había empezado a soplar de nuevo y las aspas del molino se ponían en movimiento otra vez—.¡No me he de callar! ¡Voy a escupirle a la cara, para que no se vuelva a atrever a comprometerme, a llamar a la ventana y a abrazarme!

¡Di, cobarde, di por qué llamaste a la ventana, o te saco esos ojos villanos, sin tener en cuenta que eres el señor molinero en persona y el más rico de la aldea! Antes no eras tan orgulloso; me llamabas tu novia y me hacías declaraciones de

1

I

1 amor... ¡Y ahora te has vuelto tan altivo! El orgullo te ha hecho perder la cabeza...

—¡Pero, cállate hija mía! ¡No olvides que eres una pobre huérfana!—suplicó la vieja. Y usted, señor molinero, perdónela. Es demasiado joven para pesar sus palabras. El corazón joven y el espíritu joven hacen siempre tonterías. Con la edad se hará más razonable.

—Me da lo mismo—respondió el otro. No me interesa; soy superior a esas niñerías. Dame lo que me debes y ni siquiera miraré más vuestra casa.

—Pero si no tengo dinero. Espere un poco. Mi hija y yo vamos a ganar algo, y entonces lo devolveré todo. ¡Ah, qué desgraciada soy! Yo te quería como a un hijo, creía que ibas a ser mi yerno... Nunca se me ocurrió la idea de que vendrías a reclamarme los intereses. ¡Si, al menos, pudiera casar a mi hija! Pero desde que te conoció, no quiere oír hablar de otros jóvenes; ¡tan enamorada estaba de ti! "¡Quiero mejor morirme que casarme con otro!"—dice—. También tengo yo algo de culpa; no he hecho bien en dejaros estar juntos hasta el amanecer... ¡Ay, esta pobre cabeza mía!

—Todo eso no me resuelve nada—dijo el molinero. Tú, vieja, debes comprenderlo: un hombre rico, como yo, tiene muchos gastos. Por otra parte, yo pago mis deudas; por ejemplo, al judío Iankel. Es necesario que se me pague a mí también...

Ten paciencia, espera un mes...

El molinero se rascó la cabeza y reflexionó.

Le daba un poco de lástima de la vieja; por otra parte, la joven estaba allí muy cerca.

—Más valdría que me le pagaras todo en seguida—dijo—. De otro modo, tendrás que pagar nuevos intereses.

—Mucho lo siento pero hoy no tengo nada.

—Pues bien, pagarás un poco más después. Yo no soy un judío, pero... cada cual defiende sus bienes. Otro te hubiera hecho pagar veinte copecas de intereses; yo no te aumento más que diez.

Esperaré todavía un mes; pero luego, si no me das el dinero, presentaré una demanda contra ti.

Y sin saludar se alejó, dirigiéndose a su casa sin mirar siquiera atrás, donde quedaba la muchacha, cuya camisa blanca se destacaba en la sombra cual una estrella en el cielo obscuro. No vió cómo lloraban sus bellos ojos negros, cómo se retorcían hacia él sus manos; no oyó los suspiros que alzaban el pecho de su antigua novia.

—No llores!—decía la madre a su hija. ¡No llores, hija de mi alma! Tenemos que resignarnos...

—¡Ay, mamá!—gemía la otra. ¡Si al menos me hubiera usted dejado escupirle a la cara! ¡Hubiera sido un gran consuelo para mí!

III

Esta escena puso de muy mal humor al molinero.

"Las cosas no están bien arregladas en este mundo pensaba—. Uno tiene siempre enemigos, sin saber por qué." Ahora, la muchacha le había arrojado y le había llamado judío. “¡Anda, anda!

Si yo fuera judío tuviera dinero, hubiera arreglado mi vida de otra manera. ¿Qué vida es la mía, al presente? Trabajo todo el día en mi molino, duermo poco; muchas veces, ni tiempo tengo de comer como es debido, he de vigilar mi molino por todas partes para que no se pare y no me ocurra ningún contratiempo. Además, tengo que vigilar también al obrero; jamás puede uno fiarse de él; en cuanto ve que no estoy allí, corre inmediatamente detrás de las mozas... No, verdaderamente, la vida que llevo es una vida de perros.

Verdad es que desde la muerte de mi tío say algo, y hasta tengo un poco de dinero, pero... no es eso lo que hace feliz a un hombre. Por un miserable rublo se te insulta, se te maldice. Y luego es muy difícil rivalizar con el judío; éste amontona mucho más dinero. Un cristiano no amontonará tanto jamás. ¡Ah, si el diablo se llevara a Iankel!

Todo cambiaría. Todos los campesinos que necesitaran dinero para comprar cualquier cosa o para pagar la contribución, tendrían forzosamente que dirigirse a mí. Hasta podría entonces abrir una taberna, ¿por qué no? ¡Pase todo el mundo, la entrada es libre! En cuanto al molino, podría poner allí a otro, o bien venderle de una vez. ¡Qué diablo! En el molino, no había más remedio que trabajar, y a él le gustaba que los demás trabajaran para él. Lo mejor es negociar con el dinero: un copec pare otro. Sólo un idiota puede no comprenderlo. Una pareja de puercos produce en un año casi tanto como un rebaño de ovejas; lo mismo pasa con el dinero. Basta sembrarlo entre la gente estúpida, que es como las ovejas en los prados; después, no hay más que vigilarlo bien recogerlo a tiempo; cada copec y cada rublo habrán producido diez..." Pensando así, el molinero subió la colina desde la que se descendía al río. Se oía ya el dulce rumor del agua. Detrás del molinero dormía, entre jardines, la aldea. Se veía la pequeña casita de la viuda, guarecida bajo los altos álamos.

—¡No tan bruto!—se dijo en alta voz—. Sería estúpido casarse con la hija de la viuda. No es nui igual. Verdad es que sus besos son dulces como la miel... ¡Ah, qué dulces son! No, las cosas están muy mal ordenadas aquí abajo. ¿Por qué no tendrá una pequeña dote además de su belleza? Por ejemplo, como la que da a su hija Motria la rica Makogonenka...

Lanzó la última mirada a la casita, cuando se oyó una campanada en la aldea. Se diría que del campanario se había destacado algo que volaba ruidosamente sobre les campos.

Anda, ya es media noche!—dijo el molinero.

Y, bostezando, empezó a descender la colina.

Seguía pensando en su rebaño. Le parecía ver sus rublos que, como seres vivos, circulaban de mano en mano y se multiplicaban sin cesar. Hasta tuvo una risita de satisfacción. "La gente que tiene mi dinero, no comprende que trabaja, no para sí, sino para mí. A su tiempo, como el propietario del rebaño, recogerá y lo encerraré en mi arca." Estos pensamientos eran agradables. Pero el recuerdo del judío Ianke! le puso nuevamente de mal humor. Pensaba con amargura que Iankel se había apoderado de casi todo el pasto, de manera que los rublos del molinero no tenían apenas dónde pacer. Los campos estaban devastados ya por las cabras del judío, y no quedaba casi nada para los corderillos del molinero.

—¡Al diablo con él!—pensó, repitiendo de nuevo que las cosas están muy mal arregladas en este mundo. El judío Iankel le obsesionaba hasta el fondo del alma; esos malditos judíos fastidian mucho a los cristianos en los negocios...

De pronto se detuvo en medio de la colina, donde se oía ya más distintamente el ruido del agua, y se dió una palmada en la frente.

¡A fe mía, sería magnífico! ¡Sería admirable!

¿Y por qué no? Hoy es precisamente "Iom—Kipur"la fiesta judía. Y muy bien pudiera el diablo elegir a lankel... Pero no, ¡hay tantos judíos en la Sinagoga! Además, Iankel es viejo, flaco, huesoso..nada hay en él que no pueda tentar al diablo. ¡Ah!

1 .

¡El molinero no tendría esa suerte! Japun se llevaría a cualquier otro judío, pero no a Iankel...

Luego, durante algunos instantes, el molinero tuvo remordimientos de conciencia.

"¡Ay, Felipe!—se decía a sí mismo, a modo de reproche. Un buen cristiano no debiera tener nunca tales pensamientos. Por otra parte, Iankel tiene hijos, y si desaparece habrá que pagarles el dinero que se le deba a su padre. Y luego, es un pecado querer el mal ajeno. Tanto más, cuanto que Iankel no te ha hecho daño. Verdad es que hay personas que tienen sus razones para quejarse de Iankel. Pero ¿es que él, Felipe, obra mejor?..." Tras estos pensamientos, que le mordían como perritos, venían otros no tan desagradables.

"Y, sin embargo, es un judío que no se puede comparar con un cristiano. Es cierto que yo cobro interés lo mismo exactamente que él; pero creo que les será más agradable pagárselo a un buen cristiano, como yo, que no a un judío, como Iankel." En este momento la campana de la aldea sonó por última vez. Probablemente, el viejo sacristán, dormido, tiraba de la cadena en los momentos en que se despertaba, y por eso las doce campanadas de las doce tardaron tanto tiempo en sonar. La última campanada fué tan fuerte, que el molinero sintió un estremecimiento; vibró largo rato por encima de la aldea, del río, de los campos lejanos.

4 "A esta hora todo el mundo está ya durmiendo —pensó el molinero—. Todo el mundo está en la

EL DIA cama. A no ser los judíos, que, reunidos en la Sinagoga, rezan y lloran, y yo, que sigo aquí con mis negros pensamientos." Todo le parecía extraño a su alrededor. Al ofr el eco de la campana, antojósele que algo invisible corría y gemía por el camino.

Al fin se encontró ante la puerta de su molino.

—Gavrilo!—gritó a su ayudante.

Pero nadie respondió.

¡Bien lo sabía yo!—se dijo—. Ese maldito Gavrilo está ahora en la aldea cortejando a las mozas.

Salió al centro de la presa, iluminada por la luna. Asombróse de que hubiera bastante espacio en el río para la luna, las estrellas, el cielo todo, como también para la nubecilla obscura que corría rápida hacia la ciudad.

Pero estaba demasiado cansado para reflexionar ´ mucho, y, abriendo la puerta, entró en su casa para meterse en la cama.

IV

—¡Vaya una canción! ¡Voy a tener que levantarme!—dijo el molinero, mirando por la ventana.

Se levantó de la cama.

—Sí; no me engaño; es la misma nubecilla que vi volar en dirección a la ciudad. Ahora está de vuelta. Yo y Iarko nos habíamos sorprendido de que corriera sin viento. Ahora tampoco hay viento, y, sin embargo... ¡anda, anda! ¡Esto se pone interesante!

Salió descalzo, se llegó a la presa y empezó a rascarse el pecho y la espalda. La nubecilla se acercaba directamente a él. Pero ahora no era ya tan ligera ni volaba en línea recta como antes; se diría que temblaba, y tan pronto se elevaba, tan pronto descendía, como un pájaro herido.

Cuando pasó bajo la luna, el molinero comprendió todo lo que pasaba: en el disco luminoso de la luna se destacaron claramente dos alas, bajo las cuales se veía distintamente una figura humana, encogida, con una larga barba trémula.

—¡Es él, el diablo!—se dijo el molinero—. Se lleva un judío. ¿ Qué hacer ahora? Si le grito "¡déjale, que es mío!", el pobre judío, al caer desde tan alto, se aplastará contra la tierra o se ahogará en el río.

Pero en este momento notó que la situación cambiaba: el diablo, con su carga, vaciló y empezó a descender poco a poco. "Probablemente ha elegido una pieza demasiado pesada—pensó el molinero—.

Ahora, quizá, podré salvar al judío; por lo menos, es un hombre y no un diablo. Basta gritar muy alto y..." Pero, en vez de gritar, echó a correr a toda prisa y se escondió en el espeso matorral que estaba a la orilla del río, reflejándose en el agua.

Aquello era obscuro como un túnel cerrado, y el molinero tenía la seguridad de que no le vería nadie. Temblaba de miedo todo su cuerpo, como el molino en marcha. Pero al mismo tiempo tenía curiosidad por ver lo que iba a pasar.

El diablo tan pronto descendía como se elevaba por encima del bosque; pero se veía bien que sus fuerzas se agotaban. Por dos veces, llegó a tocar el agua, en la que se formaron círculos; pero inmediatamente el diablo hacía un esfuerzo y se elevaba con su presa, como una gaviota que acaba de atrapar un gran pez. Las fuerzas le faltaban visiblemente, cada vez más. Al fin, después de describir anchos círculos en el aire, cayó rápidamente en medio de la presa y se tendió sobre ella como un cadáver. El judío, medio muerto, extenuado, yacía a su lado.

Es necesario decir que nuestro molinero había reconocido en seguida a aquel judío. Y para no ocultaros la verdad, es necesario deciros también que había quedado muy contento al reconocer en él a su acreedor Iankel de Novo—Kamenka.

—Alabado sea Dios!—pensó gozoso. El Japun se ha llevado esta vez a Iankel en persona.

¡Esto se pone interesante! Lo que me parece es que yo no tengo por qué meterme en este negocio:

cuando dos perros se pelean, el tercero no tiene nada que hacer allí. Decididamente, no tengo por qué mezclarme en esto. Como si no estuviera aquí.

No se me puede pedir que yo vele por el judío...

Al mismo tiempo tuvo un pensamiento de júbilo:

—¡Ahora voy a ser yo el amo de la aldea!

!

I

|

V

37 El diablo y el judío permanecieron mucho tiempo sobre la presa sin moverse. La luna, que se había puesto roja, descendió más y se detuvo sobre el bosque, como si también ella esperara a ver en qué acababa todo aquello. Un gallo cantó en la aldea; se oyó el ladrido aislado de un perro; pero ni los demás gallos ni los demás perros les respondieron; aún estaba lejos el alba, probablemente.

El molinero temblaba de frío, y al mismo tiempo tuvo la idea de que todo aquello no era más que un sueño; ahora se había puesto la presa muy obscura y no se podía ver nada. Pero cuando el gallo cantó, lo que había sobre la presa comenzó a moverse. Iankel levantó la cabeza, tocada con un bonetillo negro; se incorporó e intentó evadirse.

—¡Eh, tú! ¡Cógelo, que se escapa!—iba a gritar el molinero; pero precisamente en aquel momento vió que el diablo retenía al judío por los faldones de su largo levitón.

—Espera un poco!—dijo el diablo—. No hay que tener tanta prisa. Yo no he descansado todavía como es debido y tú quieres continuar el camino ya. Eres tan pesado, que me canso mucho de llevarte. Un poco más, y me hubiera muerto...

—Pues bien; puede usted descansar cuanto quiera. Yo iré a pie hasta mi taberna...

El diablo se estremeció, indignado.

¡Cómo! ¡Yo no soy tu cochero para conducirte desde la Sinagoga a casa! No me gusta esa clase de bromas.

—Yo no me atrevería jamás a bromear con usted—respondió Iankel, haciendo como que no comprendía las intenciones del diablo—. Le doy las gracias por haberme conducido hasta aqui; pero ya no quiero molestarle más: me iré a pie, solo. Está muy cerca de aquí y no quisiera que usted se tomara ese trabajo.

El diablo estaba lleno de ira. Empezó a agitarse como un pollo cuando le cortan la cabeza; luego tiró a Iankel de un aletazo, y de nuevo se oyó su pesada respiración.

—¡Bien hecho!—pensó el molinero—. ¡Bien sé ya que es un gran pecado alabar al diablo; pero éste sabe su oficio: no abandonará su presa!

Iankel se puso a gritar con todas sus fuerzas, y el diablo no le podía imponer silencio: es bien sabido que los judíos saben gritar hasta el último suspiro. "Pero esto de nada le servirá—se dijo el molinero, echando una mirada al molino desierto. El ayudante estará ahora pelando la pava con las mozas o se habrá echado en cualquier parte del jardín, borracho, sin sentido." Sólo una rana respondió a los gritos lastimeros de Iankel, y un buey mugió varias veces, turbando la calma de la noche. La luna, como si estuviera convencida ya de que todo había acabado, se oculto detrás del bosque. El molino, el río, la presa,

1 quedaron envueltos en sombras. Una niebla blanquecina se alzó.

El diablo, jugueteando tranquilamente con sus alas, se cruzó las manos sobre la nuca y se echó a reír.

—Puedes gritar todo lo que quieras—dijo—. El molino está desierto.

—Usted no lo sabe—dijo lankel severamente.

Y siguió gritando, esta vez dirigiéndose al molinero.

—¡Señor molinero! ¡Ah, señor molinero! ¡Usted tiene un corazón de oro! Se lo suplico, salga por un instante. Nada más que un momentito, y diga tres palabras, nada más que tres palabritas. Por esto le perdonaré a usted la mitad de su deuda.

"No tendrás ni un solo copec!"—pensó el molinero.

Iankel, luego, cesó de gritar y, bajando la cabeza, se echó a llorar.

Así pasó un rato. La luna había desaparecido completamente, y sus últimos destellos se extinguieron sobre las copas de los árboles. Lo mismo en la tierra que en el cielo, todo estaba dormido en un sueño profundo. No se oía ningún ruido.

Sólo el judío lloraba suavemente.

—¡Ah, mi pobre mujer! ¡Ah, mis pobres hijos!

El diablo se sentó. A pesar de la obscuridad que envolvía la presa, el molinero podía distinguir sus cuernos, parecidos a los de un iecerrillo; se destacaban en la niebla blanquecina. by "El diablo judío no se diferencia en nada del diablo cristiano!"—se dijo el molinero, que sintió un pequeño escalofrío.

En este momento notó que Iankel daba con el codo al diablo.

—¿Qué tienes tú que tocarme?—preguntó el otro.

—Tsss!... Voy a decirle a usted una cosa.

—¿Qué?

—Dígame, por favor, ¿por qué tiene usted necesariamente que llevarse a un pobre judío? Haría usted mejor en llevarse a un buen cristiano.

Aquí, por ejemplo, muy cerca, vive un excelente molinero.

El diablo lanzó un profundo suspiro. Quizá él mismo estaba ya aburrido de permanecer allí sin hacer nada y, por distraerse, entabló conversación con el judío. Levantando un poco su bonete negro, se puso a rascarse con sus garras la cabeza, muy fuerte, como un gato que ve escapársele una rata.

—¡Ah, Iankel!—dijo—. Tú no conoces nuestro oficio: de ninguna manera puedo tocar a los cristianos.

—Y, sin embargo, no es tan difícil como parece. Sobre todo para un diablo como usted; en la Sinagoga me cogió usted de una manera artística.

El diablo tuvo una risita de satisfacción.

—Sí, es verdad; sé agarrar bien a los judíos. Pero vosotros no sois difíciles de coger. Y sabes por qué? .

—¿Por qué?

—Porque sois un pueblo vicioso. No hay otro pueblo tan, vicioso como el vuestro.

—De veras? Me sorprende usted, señor diablo. Tiene usted pruebas?

( El diablo volvió la cabeza hacia Iankel, y se puso a contar con los dedos.

—Vosotros hacéis pagar intereses. ¡Una!

—Una!—repitió Iankel doblando también un dedo de la mano izquierda.

—Os alimentáis con la sangre y el sudor de los demás. ¡Dos!

—¡Dos!

—Envenenáis a la gente con el alcohol. ¡Tres!

—¡Tres!

—Mezcláis el "vodka" con agua. ¡Cuatro!

—Pues bien, cuatro. ¿Y qué más?

—¿No te basta eso? ¿Te parece que todavía es poco?

—No, no digo eso, pero... Así y todo, insisto en que usted podría hacer mejor negocio con los cristianos. ¿Cree usted, quizá, que el molinero no se hace pagar interés, que no se alimenta con la sangre y el sudor de los demás?

—¡Haces mal en calumniar de esa manera al molinero! Es cristiano, y los cristianos, según su religión, deben ser buenos hasta para con nosotros, los judíos. No, Iankel; un cristiano es inaccesible para mí.

¡Dios mío, qué equivocado está usted!—exclanió animosamente el judío—. Oiga bien lo que voy a decirle.

Se levantó, el diablo también, y estuvieron así en pie, el uno frente al otro. El judío murmuró algo al oído del diablo, señalándole con el dedo el matorral donde estaba escondido el molinero, y dijo:

—Allí tiene usted uno!

Mientes! ¡Eso no es posible!—exclamó el diablo lanzando una mirada de espanto en la dirección indicada.

—No, no miento. Lo sé mejor que usted.

Luego murmuró otra cosa.

—¡Y dos!

Después de una corta pausa y un nuevo murmullo, añadió:

—Y tres! ¡Todo esto es muy verdad, palabra de judío honrado!

El diablo, perplejo, meneó la cabeza.

—No es posible!

—Pues bien, ¿quiere usted apostarse algo? Si le he dicho la verdad, usted me dejará libre dentro de un año, pagándome los perjuicios que me haya causado.

—¡Acepto! ¡Ah! Si fuera verdad, sería magnífico. Entonces no habría yo perdido el tiempo.

Le aseguro a usted que hará un buen negocio.

En este momento, el mismo gallo cantó de nuevo en la aldea. Tampoco los otros gallos respondieron esta vez; pero Japun estaba visiblemente turbado.

—Me estás contando cuentos—dijo—, y por causa tuya voy a llegar tarde. Prefiero un judío flaco en mi mano a un cristiano gordo en perspectiva.

Pronto, en marcha!

Extendió sus alas, se levantó algunos metros por encima de la presa, y se arrojó de nuevo, como un gavilán, sobre el pobre Iankel, hundiéndole las garras en la espalda.

El pobre viejo se puso a gemir, extendiendo las manos hacia su taberna.

¡Oh, mi querida mujer! ¡Oh, mis pobres hijos! ¡Señor molinero, tenga usted piedad de mí!

No tiene usted que decir más que tres palabras para salvarme. Veo bien que está usted escondido en el matorral. ¡Tenga usted piedad de un pobre judío, que tiene también un alma, como los cristianos!

Gritaba de tal modo que desgarraba el corazón.

Hasta el molinero sentía su corazón oprimido, como si alguien se lo apretara con la mano. El diablo se mantenía siempre muy bajo, sobre la presa, apretando entre sus patas al judío, que se agitaba. Diríase que no tenía fuerzas para subir más alto.

El molinero lo miraba lleno de impaciencia.

"¡Qué bruto es ese diablo!—pensaba—. ¡No hace más que atormentar inútilmente a lankel y perder el tiempo! El alba se acerca, y, una vez pasada la noche, no podrá ya..." Pero apenas había tenido este pensamiento cuando el diablo, lanzando una formidable carcajada, se elevó rápidamente por encima de la presa. El molinero, levantándose, alzó la cabeza y siguió con la mirada. Al cabo de un minuto, el diablo parecía pequeñito como un cuervo, luego como un gorrién, luego como una mosca; al fin, desapareció del todo.

Y entonces el molinero experimentó un miedo loco. Sus rodillas temblaban, sus dientes rechinaban, sus cabellos se erizaban en la cabeza. Perdió casi el conocimiento, y no se acordaba bien de lo que pasó después.

VI

—¡Tan, tan, tan!

Alguien llamaba a la puerta del molino.

—Tan, tan, tan, tan, tan!

Los golpes redoblaban con más fuerza. Parecía que temblaba todo el molino. El molinero pensó con horror que acaso fuera el diablo quien llamaba: no en balde el judío le había murmurado algo al oído.

Y metió la cabeza debajo de la almohada.

Tan, tan, tan! ¡Eh, patrón, ábrame la puerta!

Era el obrero Gavrilo; pero el molinero no tenía confianza, y estaba seguro de que era el diablo, que imitaba la voz de su ayudante.

— No abriré!

1 I —Pero, ¿por qué, si soy yo?

—¿Gavrilo?

—¡Pues, naturalmente!

—Júralo en nombre de Dios!

45 —Pero, veamos...

—¡Júralo, te digo!

—Pues bien, le juro a usted que soy yo. ¡Es una idea chusca esa de creer que no soy yo. ¡No comprendo lo que le pasa a usted!

Pero el molinero tenía todavía sus dudas. Subió al piso superior y miró por la ventanilla que estaba sobre la puerta.

En efecto, cerca de la puerta estaba Gavrilo de pie. El molinero respiró con alegría, bajó y abrió la puerta.

Cuando Gavrilo vió a su patrón, retrocedió estupefacto.

—Pero, ¿qué tiene usted?

—¿Cómo?

—¡Está usted blanco como la harina!

—¿Por qué camino has venido? ¿Por la orilla del río?

—Si.

—No has mirado hacia arriba?

—Quizá; no me acuerdo.

Y no has visto a nadie?

—Pero ¿qué es lo que iba a ver?

—¡Ah, qué bruto eres! Pues al que acaba de llevarse al judío Iankel.

—Pero, ¿quién diablos podía llevársele?

—¿Que quién? Pues, naturalmente, el diablo judío 'Japun! Es que no sabes que hoy es la gran fiesta israelita?

Gavrilo examinó atentamente al molinero y le preguntó a su vez:

—¿No ha estado usted, por casualidad, en la aldea?

—Sí, allí he estado, —No ha estado usted en la taberna?

—Sí.

—No ha bebido usted "vodka"?

—No; ¡eres verdaderamente un idiota! He bebido "vodka" en casa del "pore"; pero eso no me ha impedido ver por mis propios ojos al diablo con el judío... Aquí mismo, sobre la presa...

—¿Dónde?

—Aquí, te digo. En medio, precisamente.

—¿Y después?

—Después...

El molinero silbó y señaló el cielo con la mano.

Gavrilo miró la presa, luego el cielo, y se rascó la cabeza.

—Eso sí que ha estado bueno! ¿Y qué vamos a hacer ahora? No nos podemos quedar sin un judío.

—¿Y qué falta te hacía aquí un judío?

—No digáis eso, patrón. El judío nos hará mucha falta... Sin él, esto no marchará...

—No, verdaderamente—, eres demasiado bruto. No se puede contar contigo...

—No vale la pena de decirme esas cosas. Yo no me las doy de muy inteligente; pero sé dis.

47 tinguir bien el trigo de la cebada. Sé que para trabajar hay que ir al molino, y para beber, a la taberna. Ahora, usted que se cree tan inteligente, dígame: después de la desaparición del judío, ¿quién tendrá la taberna?

—¿Quién?

—Sí, sí, ¿quién?

—No podría ser yo?

—¡¿Usted?!

Gavrilo fijó nuevamente en el molinero la mirada, con los ojos muy abiertos de sorpresa, meneó la cabeza, chasqueó la lengua y dijo:

—Eso ya es otra cosa!

Hasta este momento, el molinero no se había dado cuenta de que a su obrero le costaba gran trabajo tenerse en pie, y que se veían en su rostro señales de golpes recibidos en alguna riña.

Era tal aquel rostro, a decir verdad, que cualquiera, al verlo, sintiera deseos irresistibles de escupirle. A pesar de eso, era Gavrilo muy aficionado a las mujeres, y cuando las fastidiaba demasiado, los mozos de la aldea le pegaban como a un perro. Lo más raro es que las mujeres no siempre le rechazaban.

Después de una pequeña pausa, el molinero dijo:

—Oye, hijo mío: hoy te vas a acostar conmigo. Cuando un hombre ha visto lo que he visto yo, tiene un poco de miedo.

—Como usted quiera.

Algunos minutos después, Gavrilo, acostado, roncaba a todo roncar. En este arte era un verdadero virtuoso. Roncaba de tal modo que era imposible dormir con él bajo el mismo techo.

—Eh, Gavrilo!—le gritó el molinero.

—¿Qué hay? Si usted no duerme, no por eso ha de despertar a los demás.

—Di, ¿es que te han pegado otra vez?

—Pongamos que sí, ¿y qué más?

—¿Dónde?

—¡Qué curioso es usted! En la aldea vecina, en Kodna.

—¡Toma! Y ¿qué fuiste a buscar allí?

—Demasiado lo sabe usted.

—Me parece que no andamos mal de mozas en nuestra aldea, y no vale la pena de irlas a buscar a otra parte.

Aquí, en Novokamenka? ¡Anda allá! Ya estoy harto de nuestras mozas; me fastidian.

—¿Y la hija de la viuda?

—¿Y qué?

—¿Es que también has cortejado a esa?

— Ya lo creo que sí!

El molinero se estremeció.

— Mientes, canalla!

—Yo no miento nunca. Dejo eso para los otros, más inteligentes que yo.

Bostezó y dijo con voz soñolienta:

—Se acuerda usted de aquella vez que tuve un ojo hinchado toda una semana?

—Sí, ¿y qué?

—Fué precisamente esa maldita rubia, la hija de la viuda, la que me pegó. Ahora, comprende usted?... No soy tan bruto que vaya a abordarla otra vez...

El molinero lanzó un suspiro de consuelo; esto era otra cosa.

—Gavrilo!

Pero el otro dormía ya.

—¡ Gavrilo!

—Pero, ¿qué es lo que hay? ¡Vaya una idea chusca, no dejar dormir a la gente de bien!

—¿Quieres casarte?

—Bien quisiera; pero para eso me hacen falta botas nuevas; con éstas que tengo no me puedo casar...

—Sí, ya comprendo. Pues bien, voy a comprårtelas, y también un cinturón, y un "schapka".

—Bueno, así ya cambia. Pero voy a decirle a usted una cosa que me parece puesta en razón.

—¿Qué?

—Oye usted a los gallos cantar en la aldea?

Era muy verdad. De todos lados se oían los cantos de los gallos. "Ki, ki, ri, kí!", se llamaban unos a otros, despertando a las buenas gentes.

En el molino había ya más claridad: era el alba.

El molinero bostezó.

¡Ahora, estarán ya lejos el diablo y el judío! ¡Adiós, Iankel, no te volveremos a ver! De todas maneras, es bien extraño lo que ha pasado aquí. Si lo cuento, no me lo creerán. Dirán que soy un mentiroso. No; vale más no hablar de ello.

Además, yo no tengo la culpa de que haya des—

EL DIA "aparecido el judío. No tengo ninguna responsabilidad, y lo. mejor es no mezclarme en esa cuestión.

Yo no he visto nada, y no tengo que hacer. más que callarme. Los que hablan son los tontos. Las gentes razonables, callan. El silencio es oro.

Habiendo tranquilizado así su conciencia, se puso a reflexionar sobre las consecuencias probables de la desaparición de Iankel.

—Ahora, soy yo quien va a reemplazarle. ¡Toda la aldea es mía!

Y con estas ideas, se quedó, al fin, dormido.

"

VII

Muy temprano, cuando la hierba brillaba todavía con el rocío nocturno, el molinero se vistió y se dirigió a la aldea.

Cuando llegó, todo el mundo estaba ya en movimiento. La aldea parecía un hormiguero; todo el mundo comentaba con ardor la noticia sensacional.

—¡No lo sabe usted? El judío Iankel ha desaparecido. No ha quedado de él más que las botas.

Sólo de esto se hablaba aquella mañana en Novo—kamenka.

La viuda de Iankel, que, en lugar de su marido, había recibido un par de botas, perdió completamente la cabeza. Además, Iankel, que no esperaba que el diablo le eligiera precisamente a él, se había llevado consigo todo el dinero y todos los contratos. No admitía el desgraciado que, entre tantos judíos, él fuera a ser la víctima.

— Siempre pasa lo mismo!—decían los campesinos. El hombre no sabe jamás lo que le puede suceder el día de mañana, Se estacionaron largo rato en grupos delante de la taberna, donde la mujer de. Iankel y sus.hijos lloraban desesperadamente, arrancándose los cabellos. A pesar de la lástima que inspiraban estos desgraciados, cada cual pensaba con alegría que ya no tenía obligación de pagar lo que debía a Jankel, puesto que éste se había llevado todos los documentos. A decir verdad, había muy pocos que tuvieran remordimientos de conciencia y que se dijeran que lo justo sería pagar la deuda a la viuda de Iankel. Para mayor exactitud, ninguno. La viuda no recibió ni un solo copec.

Naturalmente, el molinero tampoco pagó nada.

La pobre viuda lloraba, suplicaba a los campesinos, de rodillas, que pagaran por lo menos una parte de su deuda, aunque sólo fuera diez copecas por cada rublo que debieran, para que ella y sus hijos pudieran ir a la ciudad y buscar allí dónde ganarse el pan. Pero todas sus súplicas fueron vanas.

Algunos campesinos estaban muy emocionados, y daban con el codo a sus vecinos, diciéndoles en voz muy baja:

—¡Vamos, amigo mío! ¡Tenga usted piedad de la pobre viuda! Me parece que usted le debe algo. Por lo menos, podría usted darle una parte de la deuda.

Pero el otro replicaba:

—Yo? Yo no le debo. absolutamente nada.

Precisamente el día antes de la partida de Iankel, se lo pagué todo, hasta el último copec. No tengo ganas de pagar dos veces. En cuanto a usted, es otra cosa: estoy seguro de que usted le debía algo, efectivamente.

—Se engaña usted. Algunos días antes de salir para la ciudad, Iankel vino a mi casa e insistió en que le pagara mi deuda porque tenía necesidad de dinero. No me pude negar y se lo pagué todo.

El molinero, al oír estas conversaciones, sentía cierto malestar. ¡Qué malvadas eran estas gentes! Ni siquiera tenían temor de Dios. Había que desconfiar de ellas, porque carecían de honor y de conciencia. Unos verdaderos canallas! El, el molinero, no se dejaría engañar. No podrían abusar de su bondad, no; él, más bien, sería quien les haría danzar. No era tan tonto, no.

Unicamente la pobre viuda, la madre de Galia, llevó a la judía dos docenas de huevos y unos inetros de tela.

—Esto es para pagar una parte de mi deuda—dijo—. Lo que falta, te lo daré después, te lo juro. Por ahora, no tengo más que darte.

El molinero se marchó indignado.

—Maldita mujer! Ayer nu me quiso pagar lo que me debía, y ha encontrado algo, sin en bar—

!

T !

go, para una cochina judía! ¡Prefiere los judíos a un buen cristiano como yo! ¡Espérate, vieja, que ya te arreglaré yo las cuentas!

La viuda de Jankel vendió por nada todo su mobiliario y el poco de "vodka" que le quedaba, del que más de la mitad se llevó a escondidas el obrero Iarko; luego cogió a sus hijos y se fué a pie en dirección de la ciudad. Dos de los niños eran demasiado pequeños para andar, y tenía que llevarlos en brazos; el tercero iba agarrado a su falda, y los otros dos, más crecidos, la seguían llorando.

Viendo esto, los campesinos sentían remordimientos de conciencia. Algunos pensaban que, al menos, debieran haber prestado un caballo a la familia de Iankel. Pero nadie se atrevió a hacerlo; todos se decían que, si prestaban su raballo, los tomarían por deudores de Iankel.

El molinero seguía con la mirada a sus convecinos y estaba indignado de su conducta. "Si algún día me arruinará yo también—se decía—, darán pruebas de la misma ingratitud para conmigo." Así, pues, la desgraciada viuda de Iankel se marchó con sus hijos a la ciudad, y nadie volvió a saber de ella. Tal vez encontró algún modo de ganarse el pan, tal vez toda la familia se murió de hambre. ¡Todo es posible en este mundo! Pero era de esperar que los correligionarios de la viuda la ayudaran: los judíos son el primer pueblo en eso de ayudarse unos a otros.

T I Cuando la judía hubo abandonado el pueblo, se presentó una cuestión de carácter gravísimo:

¿quién se iba a quedar ahorá al frente de la ta' berma? Porque, a pesar de la desaparición de Iankel, la taberna seguía allí, sobre la colina, con la garrafa, la jarra y la copa pintadas en la puerta. Iarko estaba allí, en el umbral de la taberna, fumando su pipa y esperando a que Dios le enviara un nuevo amo.

Una noche, cuando los aldeanos, reunidos ante la taberna vacía hablaban de su probable tabernero futuro, el "pope" de la aldea se acercó y, saludando en voz muy baja a la asamblea, se puso a predicar que renunciaran para siempre a la taberna: se podría tomar por unanimidad la decisión de prescindir del "vodka", y el resultado seria el bienestar general, la tranquilidad y la mejora de las costumbres.

Los viejos y las mujeres estaban completamente de acuerdo con el cura, pero el molinero quedó muy descontento de sus palabras. "IY yo que le creía amigo mío!", pensaba. Y dijo al cura con voz llena de ironía enconada:

—Quizá tenga usted razón, padre, insistiendo sobre el cierre de la taberna, porque eso le será provechoso: el arzobispo le recompensará por su celo, y en cuanto al "vodka" que usted necesite, se lo traerán de la ciudad. Pero los campesinos, ¿qué van a hacer? ¿Dónde van a encontrar su "vodka"'?...

Los campesinos sonrieron maliciosamente al oír estas palabras. El. "pope", no sabiendo qué contestar, se encasquetó el sombrero y se fué, muy contrariado.

Estaba.claro como la luz del día que el molinero había decidido substituir al judío Iankel..

Empezó a trabajar inmediatamente en este sentido. Se las arregló de tal forma, que los campesinos no hallaron nada que oponer a su proyecto de reemplazar Iankel en la taberna; en cuanto a las autoridades locales y las del distrito, supo el moliņero, por medio.de fina diploma—:

cia, ganar sus simpatías. Por fin, el negocio quedó hecho.

Terminados todos los trámites, fué a visitar la taberna. Allí, en el umbral, estaba Iarko, fumando su pipa. El molinero le hizo una señal con la cabeza, y el otro, a pesar de que era muy orgulloso, corrió en seguida a su encuentro.

—Bien, ¿qué es lo que dices ?—preguntó el molinero.

Yo no tengo nada que decirle. Prefiero esperar a que sea usted mismo el que me diga a mí algo.

} —No eres tan bruto, como creía.

Iarko no respondió nada, aunque hubiera podido encontrar palabras mordaces. Con su gorra en la mano, escuchó respetuosamente las instrucciones del nuevo amo.

—¡A sus órdenes, patrón!—dijo.

En una palabra: que el molinero se había convertido en el propietario de la taberna.

Iankel había encontrado un digno sustituto; su sucesor entendía los negocios todavía mejor que él. Hacía circular su dinero entre los campesinos, como corderos en las praderías; pero en el momento preciso lo reunía de nuevo en sus arcas con los intereses. Iankel no existía ya, y nadie perturbaba al molinero en sus empresas.

Para decir la verdad, los habitantes de Novokamenka vertían no pocas lágrimas a causa del molinero; se lloraban quizá más que a causa de Iankel, aunque esto no os lo podría decir con toda certeza. Además, ¿quién puede medir los sufri mientos humanos? ¿Quién puede contar las lágrimas? Nadie puede medirlas ni contarlas, ni aun los mismos que sufren y lloran...

VIII

Me es muy desagradable referiros estas cosas de mi amigo el molinero Felipe; pero no hay otro remedio: una vez comenzada la historia, hay que terminarla.

Pues bien, oíd lo que os voy a decir. Había una gran diferencia entre el viejo Iankel y el molinero. El judío necesitaba los rublos que se encontraban en los bolsillos de los aldeanos. Cuando tenía conocimiento de que alguien tenía un rublo, perdía la serenidad del alma, no podía dormir y buscaba los medios de apoderarse de aquel rublo.

Si lo lograba, se ponía muy contento, y toda su familia se regocijaba con él.

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1 Pero el molinero era otra cosa. No se conten· taba con apoderarse del rublo escondido en el bolsillo del prójimo. Iankel no era orgulloso y se inclinaba ante cualquiera; pero el molinero tenía una actitud altiva para todo el mundo, parecía un pavo real, y exigía que los campesinos se inclinaran muy profundamente ante él. Cuando Iankel tenía algún asunto con las autoridades locales, les hablaba humildemente y pagaba con timidez los favores del jefe de Policía; pero el molinero trataba a la Policía de igual a igual, y entraba en la administración comunal como en su casa. Si ocurría, a veces, que alguien golpeaba en la cara a Iankel, éste no hacía más que protestar débilmente; pero con el molinero había que tener mucho cuidado: no solamente nadie se atrevía a tocarle, sino que él mismo maltrataba con frecuencia a sus clientes y les ensangrentaba a veces la cara.

Sí, señor; esto era lo que pasaba; nuestro molinero tomaba los cuartos y exigía al mismo tiempo respeto, y los campesinos se inclinaban ante él más profundamente que ante el "icono". Pero ni el dinero ni los honores le hacían completamen— te feliz. Tenía siempre aire de disgusto, parecía enfadado, como si un perro le estuviera mordiendo en el corazón.

"Las cosas están muy mal arregladas en este mundo—pensaba—. Ni con el dinero es el hombre siempre feliz." Una vez le preguntó Iarko:

Digame, patrón, ¿por qué está usted tan triste, que no paréce sino que le han vertido un tonelde aguas sucias en la cara? Yo creo que ahora debiera estar usted completamente satisfecho...

—Ni yo mismo sé la razón... Quizá haría bien en časarme...

—Y¿por qué no? Yo le doy mi bendición.

¡Eso no es tan fácil como parece! He reflexionado mucho y no puedo encontrar una solución. Para decirte la verdad, cuando yo no era más que ayudante del molinero cortejé a la hija de la viuda..., a Galia... Sin duda la conoces... Pero cuando me hice molinero, la abandoné. Ahora, como comprenderás, con el capital que tengo, no puedo casarme con una muchacha que no tiene más que su belleza...

—Naturalmente, eso sería para usted una mala elección. Ahora, con la posición que usted tiene, no hay más remedio que casarse con Motria, la hija de nuestro ricacho Makogon.

—En eso tienes razón. Ya comprendo yo mismo que no puedo hacer otra cosa; todo el mundo dice que el dinero de Makogon debe juntarse con el mío. Pero... esa muchacha no me gusta: es gorda y. deforme como un haz de paja... Cuando la miro, me parece que me tiran de la nariz y me vuelven la cabeza. No es como Galia, tan bella, tan menudita... No, verdaderamente, las cosas están muy mal arregladas en este mundo! Uno quiere a una muchacha, y el dinero se encuentra precisamente en casa de otra... Esa Motria me disgusta, y cuando pienso que tendrá que ser mi mujer...

Iarko puso a un lado su pipa apagada, escupić enérgicamente y dijo:

—Sí, la situación no es brillante. Es muy difícil encontrar una solución en este caso; pero tengo una idea..., y a fe mía, no es muy mala... Voy a darle un consejo que usted me agradecerá, de seguro. Hasta creo que, en recompensa, me va a dar usted las botas que Opanas le dejó en prenda...

—Si tu idea es verdaderamente buena, puedes contar con ellas. ¡Tendrás las botas! Siempre que la idea sea buena...

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¡Era diabólicamente ingeniosa la idea de aquel canalla de soldado retirado! Si se realizaba, el molinero se convertiría. al cabo del tiempo, en más diablo que todos los diablos del infierno.

—Oigame usted bien—continuó Iarko—. Son ustedes tres, ¿no es eso? Un hombre y dos muchachas. La desgracia es que usted no se puede casar con las dos a la vez, porque usted no es turco.

—Eso es verdad, desgraciadamente, suspiró el molinero.

—Pues bien, puesto que usted es rico y Motria también es rica, el problema es muy sencillo:

haga usted una proposición a Motria.

—Eso lo sabía, sin que me lo dijeras. La cuestión no es esa; ¿qué hago con la otra, con Galia? Eso es lo importante del problema.

Veamos...; pero déjeme usted acabar. ¿O es que tiene usted su propia solución? Entonces me callo..

—No te enfades. Te escucho.

—Le haría usted perder la paciencia al más santo. ¡No me gusta que se me interrumpa! Una vez que he empezado, quiero decirlo todo. Es precisamente de Galia de quien iba a hablar. Dígame: ¿le ama a usted?

—¿ Quién?

—Galia.

Ya lo creo que me ha amado!

—Y qué era usted entonces?

—Entonces, no.era más que ayudante del molinero.

—Pues bien, esto es tan sencillo que un niño lo puede comprender: puesto que Galia amaba a un ayudante de molinero, se debe casar con un ayudante de molinero.

El patrón abrió unos ojos espantados; no comprendía nada, tenía la cabeza envuelta en una espesa niebla.

—¡Pero estás loco! Puesto que yo no soy ya ayudante del molinero, sino el molinero en persona...

—Eso no importa; ¿no tiene usted a su servicio otro ayudante de molinero ?

—Gavrilo?

—¡Claro que sí!

— Entonces lo que propones es que Gavrilo se case con Galia?...

—Precisamente.

—¿Es ese tu plan? Bien, pues que Gavrilo te regale las botas, que yo, por mi parte, te declaro que no le permitiré. Primero le rompo las piernas a tu Gavrilo, ya lo sabes.

—¡ Dios mío, qué pronto se enciende usted! Hasta se podría cocer un huevo en su cuerpo. ¡Pero déjeme usted acabar!

—Después de esa necedad que has inventado, no espero nada bueno.

—Dios mío, qué hombre! Verá usted...

Iarko puso a un lado la pipa, miró maliciosamente al patrón y chasqueó la lengua de tal modo que el otro se sintió más a gusto.

—Dice usted, pues, que amó a Galia, a pesar de que era pobre.

—Ya lo creo!

61 —Pues bien, nadie le impide amarla cuando sea la mujer de su ayudante. Ese era mi plan.

Los tres habitarán en el molino, y las cosas se arreglarán perfectamente. ¿Comprende usted ahora que no es una tontería lo que yo le propongo?.

¡Oh, usted no me conoce aún! ¡Yo tengo a veces ideas! Sobre todo, no olvide usted que me ha prometido las botas.

—¿Y si se echa a perder tu plan?

—¿Por qué se va a echar a perder?

—¿Qué sé yo? El viejo Makogon puede negarme la mano de su hija.

—Esté usted tranquilo: he hablado ya con él.

—De veras?

1 ¡Claro que sí! Le encontré cuando volvía de la ciudad.. Después de algunos preliminares, le dije:

"Nuestro molinero y su hija de usted harían una buena pareja." —¿Y él?

—“No—me respondió—, no es bastante rico para casarse con mi hija. Sería demasiado honor para él." —Y tú ¿qué es lo que le respo stė?

—Yo le dije: "Probablemente usted no sabe todavía que el diablo se llevó a nuestro judío lankel." —Y entonces, ¿qué dijo?

—Entonces el viejo Makogon dijo: "Sí, eso es verdad; la situación cambia. Si no hay judío en la aldea,, tu molinero puede ser algo..." —Pues bien, pongamos que Makogon consiente en darme su hija; todavía queda otra cuestión:

¿querrá Galia tomar por marido a mi ayudante?

—Cuando se vea expulsada con su madre de su casa se pondrá muy contenta de poder vivir en el molino.

—Eso es verdad...

Y el molinero, perplejo, se rascó la cabeza.

IX

Pasaron los días, las semanas y los meses.

Pasó el otoño y llegó el invierno; después vinieron la primavera y el verano, y tras ellos un nuevo otoño.

Una hermosa noche, el molinero se encontraba a la puerta de su taberna. A. su lado, apoyado en ...el quicio de la puerta, estaba larko. La luna, la misma luna que habían visto hacía un año, brillaba en medio del cielo. El riachuclo, iluminado; el camino, blanco; las sombras, negras; todo estaba como el año pasado.

El molinero rumiaba sus recuerdos.

—¡Oye, Iarko!

—¿Qué?

¿Qué día es hoy?

—Lunes.

53 —Y la otra vez, ¿no te acuerdas? ¿No era un sábado?

¡Dics tiene tantos sábados! No puede uno acordarse de todos.

—Era la fiesta judía... El. día del Juicio.

¡Ah, estaba usted pensando en eso! Sí, era sábado.

Y este año, ¿en qué día cae la fiesta?

—No podría decirlo. En los alrededores no hay un solo judío; así es que no lo puedo saber.

—Mira al cielo; está muy sereno... Lo mismo que el año pasado.

.:

El molinero miró con temor por la ventana de la antigua casa de Iankel, como si esperara ver otra vez a su mujer y a sus hijos rezando y llorando. Pero no vió ni oyó nada; se había acabado Iankel y su familia. Probablemente, nada quedaba ya del pobre judío, a quien se llevara el diablo; su viuda y sus huérfanos vagabundeaban por cualquier parte, en el vasto mundo, y su casa estaba vacía y negra como una tumba.

El alma del molinero estaba tan vacía y tan negra como aquella casa abandonada. "Yo no quise salvar al judío—pensaba—; no hice nada por socorrer a su familia, y ahora intento algo deshonesto con la hija de la viuda”...

Creo que es muy feo eso que vamos a hacer con Galia—dijo.

—Como usted quiera. Hay personas a quienes no les gusta la miel. Usted es probablemente una de ellas...

—No, yo no soy de esos; pero así y todo...

No formuló su pensamiento y prefirió cortar la conversación.

¡Hasta la vista, Iarko!

—¡Hasta la vista!

Cuando el molinero descendía la colina, oyó un silbido tras él. Era Iarko que, de esa manera, se burlaba de sus remordimientos de conciencia. El molinero se sintió disgustado: todo era lo mismo que el año pasado...

—¿Qué es eso de silbar?—preguntó con voz amenazadora.

—¡Vaya por Dios!—respondió Iarko—. ¿Ya no se permite ni silbar? Yo he estado al servicio de un oficial que no me prohibió nunca silbar...

"Verdad es se dijo el molinero—, es libre de silbar. Pero... ¡qué tontería!: todos estos pequeños detalles me recuerdan la memorable noche del año pasado." 1 ↓ Continuó andando. Pasó por delante del seto que separaba el camino de los jardines, oyó como el ruido de dos pájaros enormes, y distinguió una pareja amorosa a la sombra de los árboles. Sus besos eran tan fuertes, que podían despertar a la aldea entera. ¡Lo mismo que el año pasado! El molinero sintió deseos de dirigir un reproche al amante; pero tuvo miedo de recibir la misma reprimenda que el año pasado, recibió.

Finalmente se acercó al jardín que rodeaba la casita donde vivía la viuda con su hija Galia. Estaba iluminada por la luna, cuya luz acariciaba las copas de los álamos delante de la puerta. El molinero tuvo un momento de vacilación: temía ser recibido por Galia lo mismo que el año pasado. El consejo de Iarko era muy práctico; pero su realización tropezaba con dificultades enormes...

Sobre todo, con Galia, que era muy orgullosa y no gustaba de aquellas cosas. En fin, después de todo, había que decidirse. ¡Sea lo que sea!

Se acercó a la ventana y dió algunos golpes.

En el marco de la ventana apareció el rostro fino y los ojos negros de Galia.

1 —Mamá querida!—gritó—. ¡Es otra vez ese maldito molinero, que viene a fastidiarnos! Aquí está, escondido detrás de la ventana.

"Esta vez—se dijo el molinero—no sale jubilosa a mi encuentro, ni me echa los brazos al cuello, ni me besa en los labiós. Y, ¡sin embargo, fué aquello tan dulce la otra vez!"...

Tenía razón; Galia salió; pero no corrió ha—

EL DIA 5 cia él, sino que se detuvo lejos, y cruzando los brazos sobre el pecho, preguntó:

—¿A qué vienes a llamar otra vez a la ventana?

Sintió un deseo casi irresistible de cogerla en sus brazos y llenar de besos su preciosa cara; pero no se atrevió por temor a un buen par de bofetadas. Acumulando todo su valor, respondió:

—Creo que tengo derecho a llamar a vuestra ventana; me debéis más de lo que vale la casa.

Jamás me podréis pagar vuestra deuda.

—Si sabes ya que no podremos pagarte, no hay por qué venir por la noche a molestar a la gente.

No tienes corazón; estás empujando a mi pobre madre al sepulcro.

—Yo? No tengo esa intención. Si tú no fueras tan mala, Galia, yo podría procurar a tu madre una vejez tranquila.

—Todo eso es mentira!

—Mentira ? ¡Ay, Galia! ¡Yo no puedo vivir sin tu amor!

—¡Embustero, anda! Eso no te impide solicitar la mano de la hija del viejo Makogon.

—No es de eso de lo que se trata. Lo esencial es que yo no puedo vivir sin ti. Te lo juro ante Dios. Ahora bien... Verás... Tengo un plan...

Escúchame bien, si eres verdaderamente inteligente. Escúchame con tus oídos y respóndeme con tu lengua; pero no con tus manos, como tienes por costumbre. No me gusta que se responda a mis razones con puñetazos...

¡Qué principio más extraño!—dijo Galia—.

Bueno; veamos eso que vas a decir. Pero ¡ten cuidado, no vengas otra vez con necedades! Te vas a ganar algo!

—No, no diré necedades, déjame hablar...

¡Diablo! ¡Quisiera acordarme de lo que decía Iarko!...

—¿Iarko? ¿Qué tiene que ver larko con nuestras cosas?

—Pero, mujer, cállate, que si no, no me desenredare nunca. Di, ¿me has amado?

—Ya lo creo! De otro modo no hubiera besado una cara tan fea.

—Bien, ¿y qué era yo entonces? El ayudante del molinero, ¿no es eso?

—Sí. Después, por mi desgracia, te hiciste molinero. Más valiera que te hubieras quedado toda la vida de ayudante del molinero.

—Vamos, no hables demasiado, que voy a perder el hilo. No tienes más que responder a mis preguntas. Bien: tú amaste a un ayudante de molinero; ahora bien, debes casarte con un ayudante de molinero y vivir en el molino. En cuanto a mí, puesto que nos amamos, seguiremos amándonos, aun cuando yo esté casado con Motria. Esto está claro, ¿no?

Tan estupefacta quedó Galia por lo que acab ba de oír, que se frotó los ojos, creyendo que aquello era un sueño.

—Pero, vamos hombre!... ¿Qué es lo que me dices? O soy tan tonta que no entiendo 0 da .

68 eres tú el que desvarías. ¿Cómo me voy a casar con un ayudante de molinero, siendo tú molinero ya? ¿Y cómo puedes tú casarte conmigo, puesto que solicitas la mano de Motria? ¡Haz en seguida la señal de la cruz, para que Dios te perdone esas herejías.

Tú no me has comprendido! Mi ayudante Gavrilo..., ya le conoces..., sería feliz casándose contigo... Luego, tú vivirías en el molino, yo también y... ¿comprendes? Verdad es que Gavrilo no es muy inteligente; pero eso no tiene importancia; al contrario, convendrá más para nuestro negocio...

. A Sólo entonces comprendió Galia el proyecto del molinero en toda su integridad. Y levantando las manos, gritó:

— Mamá! ¡Si supieras lo que me propone! ¡Es inaudito! ¡Quiere convertirse en turco y tener dos mujeres a la vez! ¡Trae un palo, que le voy a romper los huesos! Mientras tanto, le voy a arreglar las cuentas con las manos...

Y se lanzó, furiosa y amenazadora, sobre el molinero. Este retrocedió algunos pasos. Luego, sintiéndose en relativa seguridad, dijo:

—Si te pones así, bien está! ¡Fuera de la casa!

. Mañana será mía, porque me debéis más de lo que vale. ¡Vete a la calle, con tu madre!

Y Galia le respondió:

—Mientras tanto, largo de aquí, maldito turco! ¡O te voy a adornar con mis uñas esa cochina cara, de modo que Motria no te va a conocer!

"Imposible hablar razonablemente con esta muchacha"— '—se dijo el molinero.

Y escupiendo con cólera en el suelo, escaló el seto a toda prisa y se alejó furioso. Cuando estaba ya en lo alto de la colina, se volvió hacia la casa de Galia y enseñó el puño.

Se oía el ruido dulce del riachuelo que corría al pie de la colina.

Algunos minutos después, el aire tranquilo fué turbado por los sonidos lentos y monótonos de la campana; el campanario de la aldea anunciaba la media noche.

X

El molinero se acercó a su molino, iluminado por la luna, como el bosque próximo. El rocío brillaba en miles de chispas. De tiempo en tiempo, un pájaro nocturno cantaba lúgubre, y su canto hacía estremecerse al molinero. Todo esto despertaba en él recuerdos desagradables y tenía miedo de quedarse solo.

—Gavrilo!—gritó.

No respondió nadie. Sólo el pájaro nocturno lanzó de nuevo su lúgubre grito.

"¡ Maldito Gavrilo!—pensó el molinero—. ¡Estará pelando la pava con las mozas en cualquier parte! Es incorregible..." No quería acostarse solo aquella noche. En vez de entrar en el molino, se puso a mirar en dirección de la ciudad. La noche era muy clara y serena. Una niebla blancuzca se levantaba sobre el riachuelo que surcaba el valle, y desaparecía detrás del bosque. No se veía en el cielo ni una sola nube.

El molinero miró el riachuelo y se sorprendió nuevamente de hallar espacio en él para la luna, las estrellas y el cielo entero. En el fondo del agua notó como una mosca que volara por encima de las estrellas. Miró más de cerca, y vió que, poco a poco, la mosca se hacía tan grande como un gorrión, luego como un cuervo, luego como un águila.

—Diablo!¿Qué será eso?—se dijo extrañado.

Y, del río, alzando los ojos al cielo, quedó como clavado en el sitio, con la boca abierta: algo se dirigía, por los caminos del aire, directamente hacia el molino.

"Debe ser Japun, el diablo judío que va a la ciudad a buscar una nueva presa. Pero esta vez lleva retraso: ¡son ya las doce, y todavía está en camino!" Así estaba el molinero, fija la mirada en el cielo. La forma vaga que volaba por el aire se fué haciendo cada vez mayor, y descendía con un zumbido muy fuerte: se diría que había allí un enjambre de abejas.

—Parece que el diablo se dispone nuevamente a hacer una paradita en mi presa!—se dijo el molinero. Se está acostumbrando; tendré que tomar mis medidas; no quiero esas cosas en mi casa. El año que viene pondré una cruz sobre la presa. ¡No, amigo, esto no es un parador!... ¡Y hace mucho ruido! ¿Qué será eso? Lo más prudente será esconderse en el matorral y seguirle con la mirada..." Apenas se había escondido en el matorral, cuando vió, lleno de terror, al diablo, volando por encima del tejado del molino. Entre las garras llevaba algo... Apostaría a que no adivináis lo que llevaba entre las garras...

¡El judío Iankel! ¡Sí, aquel mismo Iankel, que se había llevado hacía un año, estaba allí de nuevo! El diablo tenía cogido al judío por la espalda, y Iankel apretaba entre sus manos un gran bulto envuelto en una sábana. Ambos se insultaban en alta voz, como una docena de judíos disputando en el mercado.

El diablo cayó sobre la presa, como una piedra. Si Iankel no hubiera llevado el fardo, moría aplastado. Luego se levantaron los dos y empezaron a disputar.

—Qué cochino!—gritaba Iankel—. Ya podía usted haber bajado con un poco más de suavidad.

Había que pensar que llevaba usted un hombre vivo, y poner cuidado...

¡Sí, un hombre, y además, un bulto de propina; que el diablo os lleve a los dos!

—No comprendo en qué le puede molestar mi pequeño bulto. No era usted, sino yo, quien lo traía en las manos.

— Un pequeño bulto? Una montaña, dirás!

Estoy completamente extenuado. Además, eso no se había estipulado en nuestro contrato.

Pero es muy natural; no se emprende un viaje tan largo sin equipaje. Cuando usted toma un viajero, toma también su equipaje; ningún hombre razonable partiría sin equipaje. Veo que le gustaría a usted engañar al pobre Iankel.

—¿Engañar a un zorro viejo como tú? ¡Eso no es fácil, a fe mía! Quisiera ver al que tenga la suerte de engañarte. Maldigo el día en que te conocí.

—Pues si usted cree que yo estoy encantado de haberle conocido a usted, se equivoca usted. No tengo ninguna consideración para usted. ¡Un pobre diablo de tres al cuarto! Pero, vamos a otra cosa. Dígame usted qué era lo convenido entre nosotros. Lo ha olvidado usted, quizá? Bien; le voy a refrescar la memoria: nosotros hicimos una apuesta. ¿Cómo? ¿Acaso negará usted que hicimos una apuesta? ¡Sería el colmo!

—Pero si no lo niego! ¡No tenía la intención de negarlo! Sí; hicimos una apuesta.

¡Ya lo creo! Aquí mismo, en este sitio. En eso estamos de acuerdo. ¿Quizá ha olvidado usted el objeto de nuestra apuesta? Voy a recordárselo.

Afirmaba usted que los judíos se hacen pagar intereses; que envenenan a los campesinos con alcohol; que, aun teniendo piedad de los suyos, son implacables con los cristianos. Sí; usted afirmaba todo eso, y yo le respondí: "Allí, en el matorral, está el molinero. Si tuviera piedad de mí, le hubiera gritado a usted: "Déjele, señor diablo, que tiene mujer e hijos." Pero no lo hará, le dije yo.

¡Una!

"Eso es mucha verdad. ¡Ha adivinado ese maldito judío!"—pensó el molinero en su escondite.

—Pues bien, una—confirmó el diablo.

—Después—prosiguió el judío—le dije a usted:

"Verá cómo cuando yo no esté ya aquí, el molinero tomará la taberna y mezclará el “vodka" con agua; en cuanto a los intereses, quizá los perciba mayores que yo." ¡Dos!

—Dos—confirmó el diablo, mientras el molinero se rascaba la cabeza y pensaba: "¿Cómo podrá adivinarlo todo?" —Después—continuó Iankel—le dije a usted:

"Es verdad que todo el mundo desea que el diablo se lleve a los judíos; pero si hubiera habido judíos aquí, hubieran hecho todo lo posible por salvarme de sus garras de usted; en cambio, al molinero, le aseguro a usted que sus propios correligionarios desearán de todo corazón que el diablo se lo lleve para siempre." ¡Y tres!

—Bien, tres, no lo niego.

—¡Es que sería lo mismo que usted quisiera negarlo. No sería usted entonces un buen diablo judío... Pero, a otra cosa. Dígame, dígame, ¿en qué consistía la apuesta?

—Yo he cumplido todas mis obligaciones. Te he dejado vivo durante un año: ¡Una! Te he traído aquí: ¡Dos!

El diablo se paró.

Espero la cláusula tres—dijo el judío.

La tres? Pues bien, si ganas la apuesta, debo dejarte enteramente libre.

Pero se olvida usted de los perjuicios! ¿Es que no va usted a pagarme los perjuicios que me ha causado?

—¡Vamos a ver! No has sufrido perjuicios; te hemos permitido hacer tu comercio entre nosotros durante todo este año. En la tierra no hubieras ganado tanto dinero en tres años. Te llevé descalzo, vestido de harapos, sin ningún equipaje, y vuelves con un gran fardo. ¡Anda, que has ganado bonitamente entre nosotros, y no tienes de qué quejarte!

—Y usted no tiene por qué echarme en cara los pequeños beneficios que entre vosotros he sacado.

Eso ha sido suerte mía. Y luego, ¿ha hecho usted la cuenta de lo que he ganado allí? ¿Cómo lo puede usted saber? Quizá haya ganado una bagatela, mientras que aquí, en la tierra, he perdido un año entero.

—¡Qué charlatán!—gritó el diablo.

—Yo, yo soy charlatán? ¡Eso sí que no! ¡Es usted, señor diablo, quien es charlatán, canalla, impostor, cochino!...

Comenzaron a disputar de una manera tan violenta, que ya no se podía entender nada. Los dos agitaban las manos, sacudían sus bonetes negros y parecían dos gallos dispuestos a atacarse.

Al fin, el diablo gritó:

—Después de todo, todavía no se sabe quién de los dos ha ganado la apuesta. Es verdad que el

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molinero no tuvo piedad de ti; pero en cuanto a las otras cosas, hay que probarlas, preguntar a la gente... Quizá le calumnias al afirmar que se ha hecho dueño de la taberna...

"Y aun de dos tabernas!"'—se dijo el molinero, rascándose la cabeza malhumorado—. No debiera haberme dado tanta prisa: hubiera sido mejor esperar un año, y entonces Iankel hubiera perdido su apuesta. Ahora veo que esto se pone malo para mí.

Lanzó una mirada a su molino... ¡Si pudiera escaparse en dirección de la aldea! Pero, en este instante, del lado del bosque, detrás de la presa, se oyeron pasos. Alguien se acercaba balbuceando algo.

Iankel cogió su fardo, se lo echó al hombro y corrió al matorral a todo escape. El molinero apenas si tuvo tiempo para ocultarse detrás de un grueso árbol. Un minuto después el judío y el diablo estaban allí ya. Al otro lado apareció Gavrilo. Su chaqueta desgarrada le colgaba de un hombro solamente, su gorra iba mal ajustada, sus piernas éstaban en pleno desacuerdo: cuando una quería ir hacia la derecha, la otra tomaba el camino de la izquierda. Estaba visiblemente borracho y se tambaleaba tanto, que muchas veces parecía a punto de caer. Avanzaba lentamente, luchando sin cesar contra obstáculos invisibles.

El diablo, viendo que el buen hombre estaba como una uva, se presentó ante él en su aspecto natural: no hay por qué andarse con precauciones con las personas ebrias.

—Buenas noches—le dijo; parece que usted ha bebido algo, eh? ¿Cómo es que tiene usted un aire tan miserable y de ropa se halla en tan deplorable estado?

En este momento el molinero se dió cuenta por primera vez de que su obrero Gavrilo estaba verdaderamente muy mal trajeado. La causa era muy sencilla: todo lo que Gavrilo ganaba en el molino, se lo gastaba en la taberna; en vez de pagarle su trabajo en dinero, el molinero se lo pagaba en "vodka".

Gavrilo se acercó al diablo hasta chocar con él, y, adoptando una posición más firme, dijo:

—¡Alto! ¡Qué canallas de piernas! ¡No me quieren obedecer!... ¡A mí no me gustan estas bromas!... ¡Alto os digo!... Y tú, buen hombre, ¿ quién eres?

—¿Yo?—respondió el otro. Soy el diablo, con su permiso.

—¿El diablo? Me parece que te burlas... En fin, quizá sea verdad. Sí, sí... Te pareces verdaderamente al diablo; esos cuernos, esa cola... Pero ¿por qué tus cabellos caen en bucles por encima de las orejas?

—Porque soy un diablo judío, con su permiso.

—¡Toma, toma! ¡Ahora ya estoy al tanto!...

Di, entonces, ¿no fuiste tú quien el año pasado se llevó al judío Iankel?

—Sí, yo mismo!

! T Pues ya comprendo... ¿Y qué vienes a hacer aquí? ¿Quieres llevarte a alguien? ¿A mí, quizá? ¡No, viejo; eso sería un mal negocio, porque empezaré a gritar; palabra de honor! ¡Y tengo buena garganta, ya lo sabes!...

—No tienes por qué gritar—le tranquilizó el diablo. No tengo necesidad de ti; no eres tú quien me interesa.

—Entonces, ¿vienes, quizá, por el molinero?

Puedo llamarle, si quieres... Pero, no; si te llevas al molinero, ¿quién tendrá la taberna?

—Entonces, ¿el molinero tiene una taberna?

— Una? ¡Tiene dos! Una en la aldea y otra en el camino.

—Y por eso es por lo que no querías que me lo llevara?

—No, a mí no me da lástima del molinero. O, mejor dicho, el molinero no es hombre de quien se pueda tener lástima. Cree que soy un bestia. No digo que yo sea muy inteligente, eso no. Hay muchos más inteligentes que yo. Pero, a pesar de todo, tengo bastante buen sentido para echar los buenos bocados en mi propia boca y no en la ajena. Y si algún día escojo mujer, la escogeré para mí, y no para otro. ¿Es verdad lo que digo?

—Perfectamente; pero no comprendo por qué me dices todas esas cosas.

—No comprendes nada, porque esto no te importa a ti; pero a mí sí me importa, y comprendo muy bien por qué el molinero me quiere casar.

¡Oh, lo sé muy bien, muy bien, a pesar de no ser inteligente en extremo! La otra vez, cuando Su Señoría Diabólica se llevó al judío, le dije yo al molinero: "¿Quién venderá ahora el "vodka"?" Y él me respondió: "Qué bestia eres! ¿Crees tú que no podría yo sustituir a Iankel?” Así, pues, si usted se lleva al molinero, estoy seguro de que su plaza no quedará vacante: otro vendrá a vender "vodka"... Sí, señor diablo, así es. Y ahora, ¿sabe usted lo que le voy a decir? Estoy terriblemente cansado, y quisiera irme a acostar... Haga usted lo que usted quiera. Si usted tiene absolutamente necesidad de llevarse al molinero, cójale, me es igual; pero yo me voy a acostar, porque, ya lo ve usted..., no estoy bien del todo...., eso es...

Gavrilo se acercó con mucho trabajo a la puerta del molino, y, entrando dentro, cayó por tierra y se durmió inmediatamente. Se oían sus ronquidos formidables.

Iankel, que estaba —Parece que tienes razón en lo que concierne al molinero... Dame un traje usado cualquiera...

Te lo devolveré en seguida. Además, te lo pagaré.

Iankel, después de haber deshecho su fardo, se puso a buscar unos viejos calzones para el diablo. En este momento, detrás del río, por el camino que conducía al bosque, apareció una pareja de bueyes uncida a una carreta. Los bueyes andaban lentamente, como si tuvieran sueño; la carreta apenas hacía ruido, y en ella iba echado un campesino llamado Opanas. Iba sin chaqueta,

El diablo dijo, riendo, oculto en el matorral:

rin "schapka" (1) y sin botas, y cantaba en alta voz.

Opanas era un hombre de buen corazón; pero le gustaba demasiado el "vodka". Cada vez que pasaba con sus bueyes por delante de la taberna, Iarko, al verle, le invitaba a entrar.

—No quieres tomar una copita? Eso no te hará perder mucho tiempo.

Opanas no podía negarse y tomaba unas cuantas copitas.

Luego, cuando iba ya fuera de la aldea, por el camino, cerca de la otra taberna, le esperaba el molinero.

—No vas a tomar una copita, Opanas? En eso no tardas.

Opanas tomaba unas cuantas copitas más. Después, en vez de seguir su camino, se volvía a casa con la cabeza pesada y los bolsillos vacíos.

Sí; era un buen hombre; pero malgastaba su vida entre dos tabernas; tal era, probablemente, su sino. Pero aceptaba aquel sino con muy buen humor, y ni en los más tristes momentos de su vida dejaba de cantar. Esta vez iba también cantando una canción que él mismo había inventado:

"Mis bueyes van andando lentamente y yo no puedo andar.

Mi chaqueta, mis botas y mi gorra en la taberna están, pues el "vodka" que tiene el molinero es bueno por demás..." Gorro de piel.

(1) .

De pronto vió al diablo, de pie sobre la presa, por la que tenía que pasar.

—Eh, abajo!—gritó—. ¿Quién es ese que está en medio de la presa cortándome el paso? ¡Vete, o bajo del carro y vas a ver cómo se corta el paso a la gente de bien!

—Párate un momento nada más—dijo el diablo con voz dulce—. Quisiera hablarte un poco.

—Un poco? Bueno, habla, pero pronto, porque tengo prisa; si me retraso, se va a cerrar la taberna de la aldea y no me abrirán. Te escucho, buen mozo, por más que ni siquiera sé como te llamas.

—Dime. ¿A qué taberna te referías en esa canción tan bonita que venías cantando?

—Te ha gustado? Me alegro. A la taberna del molinero, que vive aquí, en el molino. Ya lo creo que es bonita mi canción; pero me parece que nuestra conversación se ha acabado. Déjame pasar... ¿Qué, sigues ahí?

—Sí.

—Y qué, ¿esto no se va a acabar nunca?

—Un minuto... Según tu canción, el "vodka" del molinero es muy bueno.

—En cuanto a eso... ¡No, viejo, te equivocas de medio a medio! Antes de juzgar, hay que escuchar mi canción hasta el fin. Mira cómo acaba:

"...pues el "vodka" que tiene el molinero es bueno por demás, porque tiene mezclada el agua pura tan sólo por mitad." ¿Qué ?, ¿has comprendido ahora? ¿Qué más quieres? No tengo ya más que decirte. Déjame pasar. No quieres? Bueno, entonces voy a bajar ahora mismo y trabarás conocimiento con mi látigo.

—Ya me voy, amigo! Un poco de paciencia.

Dime: ¿qué pensarías tú si el diablo se llevara al molinero, como se llevó al judío Iankel el año pasado?

—Eso me es igual. No lo lloraría. Por otra parte, estoy seguro de que un día el diablo se ha de llevar al molinero. Es fatal... Pero con eso no adelanto nada; necesito que me dejes pasar. ¿Me oyes? ¿O quieres absolutamente que te dé una buena lección de cortesía?

— Dios mío, y de qué mal humor estás! Bien, bien, puedes seguir tu camino.

—¿Ya está el paso libre?

—Si.

—Me alegro. ¡Hasta la vista!

Los bueyes echaron de nuevo a andar. Opanas reanudó su copla:

· "Los bueyes van andando lentamente y yo no puedo andar...

Ya me bebí las ruedas de mi carro, y el carro mismo he de beberme ya..." Pronto dejó de oirse el ruido de la carreta y la copla de Opanas.

Apenas se había extinguido la canción, cuando EL DIA A el diablo y Iankel oyeron otra que venía del lado opuesto del río. Eran voces femeninas que cantaban, primero lejos, luego más cerca. Probablemente espigadoras que volvían de los campos a la aldea.

El diablo se lanzó hacia el judío, escondido en el matorral.

—Pronto, dame un traje cualquiera!

Iankel le dió uno muy usado. El diablo, después de examinarle, tiró la ropa al suelo.

—Vamos a ver, ¿qué es lo que me das? Con eso parecería un mendigo. Déjame, yo mismo elegiré.

Cogió el fardo, lo registró y halló lo que necesitaba. Después de plegar sus alas, se puso unos largos pantalones azules, una chaqueta, un cinturón, cubrió sus cuernos con un gorro de piel, calzó sus pies con un par de botas. Ahora tenía el aspecto de un buen mozo, conquistador de muchachas. Lo único que no consiguió ocultar fué su larga cola, que se veía agitarse por encima de las botas.

Terminado su disfraz, adoptó una actitud galante y se puso en pie sobre la presa.

La canción seguía acerrándose. Los sones alegres se cernían jubilosamente por encima del bosque, iluminado por la luna. Eran tan potentes que podían despertar a todos los habitantes de los alrededores. De pronto, como por ensalmo, la canción se interrumpió; las jóvenes, al salir del bosque, vieron al diablo frente a ellas. Lanzaron .83 gritos de espanto al ver a aquel galán desconocido.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó una.

—Debe ser el molinero—respondió otra.

—No; no se le parece.

—¿Será quizá Gavrilo?

—No; está demasiado bien vestido.

—Eh, tú!, ¿quién eres?—gritó al diablo una viuda joven, más valiente que las demás.

El diablo saludó con mucha galantería; luego se acercó a ellas, muy cortés.

—¡No temáis nada, hermosas mías!—dijo—.

Soy un buen hombre, y no os haré ningún daño.

Las jóvenes y las muchachas se daban unas a otras con el codo; avanzaron tímidamente por la presa, y pronto rodearon al diablo por todos lados. A los pocos instantes no quedaba ya nada de su timidez. Examinaban con curiosidad, sin comedimiento al diablo, cambiando risas y exclamaciones; algunas, hasta le daban con el codo.. El diablo no se sentía muy a gusto.

El molinero, que observaba esta escena desde su escondite, estaba muy contento de ver al diablo en aquella situación embarazosa.

¡Así, así, ricas mías!—pensaba—. Apuradle de tal modo que tenga que escapar. Entoncesquizá me deje tranquilo. Si no, estoy perdido.

Pero una de las mujeres llamó al orden a sus compañeras.

—¡Vamos, dejad en paz al pobre muchacho!

Miradle: está confuso. v no sabe dónde meter la cabeza... Y tú, joven, ¿quieres decirnos a quién esperas aquí?

—Al molinero.

—Es amigo tuyo, pues?

"¡Dios nos guarde de tales amigos!"—pensó el molinero, que lo oía todo.

—No somos grandes amigos—respondió el diablo; pero tengo que arreglar unas cuentas con él.

—Hace mucho tiempo que no le ves?

—¡Oh, sí! Bastante tiempo.

—Entonces, ahora no le conocerás ya. Hubo una época en que era un buen muchacho; pero ahora se ha hecho tan orgulloso, que hay que ponerse de puntillas para mirarle.

—¿De veras?

—Todo el mundo te dirá lo mismo. ¿No es así, amigas?

—Sí, sí, es verdad, es verdad!—gritaron las mujeres.

Pero no gritéis así!—dijo el diablo—. Me vais a dejar sordo... Decidme ahora, ¿desde cuándo y por qué ha cambiado tanto?

—Desde que se ha hecho un ricachón!

— Desde que comenzó a prestar dinero y a cobrar grandes intereses!

—i Desde que tiene dos tabernas!

—¡Mi marido, Opanas, está completamente en su poder, y no conoce más camino que el de la taberna!

—Nuestros padres también!... ¡Todos no ha| 1 cen más que beber "vodka"! Por culpa de ese maldito molinero, han vendido ya todo lo que había en casa.

Y las mujeres empezaron a gritar, a llorar y a maldecir al molinero. Este, al oír las maldiciones, tenía ideas muy negras; ¡decididamente no hubiera elegido por abogados a aquellas mujeres!

El diablo, por el contrario, parecía muy contento y se frotaba las manos.

—Pues todo eso no es nada!—gritó una de las mujeres—. ¿Ha oído usted lo que ha hecho el molinero con la pobre Galia, la hija de la viuda?

El molinero escupió en tierra con indignación.

"¡Qué charlatanas son las mujeres! Cuentan hasta lo que no se les pregunta. ¿Y cómo podían ellas saber lo que había pasado entre él y Galia aquella misma noche, en la aldea, si habían estado trabajando todo el día en los campos? ¡Qué criaturas!¿Cómo puede tolerarlas Dios sobre la tierra?" —Tengo curiosidad por saber lo que ha hecho mi amigo con la hija de la viuda—dijo el diablo.

Y las mujeres se apresuraron a satisfacer su curiosidad. Se lo contaron todo, con los detalles más insignificantes.

El diablo meneó la cabeza.

—Ah, qué villanía! ¡Es abominable eso que me contáis! Creo que ni el antiguo tabernero, el judío Iankel, hubiera hecho villanías semejantes.

—¿Iankel? ¡Jamás se le hubiera ocurrido!

Oh, no, jamás!

Veo—dijo entonces el diablo—que vosotras, hermosas mías, no queréis mucho a mi amigo el molinero.

—Que le quiera el diablo! ¡Nosotras le detestamos!

—Sí, ya veo que no tenéis sentimientos muy tiernos para con él.

— Así reviente!

—¡Así le den todas las enfermedades!

—Que le lleve el diablo, como se llevó a Iankel.

Las otras mujeres se echaron a reír.

—Sí, bien lo merece! ¡Es mucho peor que el judío!

—Iankel, al menos, no tocaba a las mujeres, y se contentaba con su judía, mientras que el molinero es un marrano sin vergüenza.

El diablo estaba cada vez más contento.

—Bien, os doy gracias por esos informes. Dispensadme por haberos entretenido. Ahora podéis seguir vuestro camino.

Y no pudiendo ya contener su alegría, lanzó una carcajada formidable. Hasta los peces y las ranas fueron presas de terror, en el fondo del río, al oír aquella risa; el agua tranquila se agitó, como sacudida por el huracán. Las mujeres se asustaron tanto, que escaparon a todo correr, como una bandada de gorriones que hubiera visto al gavilán. Se diría que el viento las había barrido de la presa.

El molinero sintió un escalofrío. Miró al cami.87 no que conducía a la aldea, y pensó que lo más prudente sería echar a correr, como habían hecho las mujeres.

Pero precisamente en aquel instante vió acercarse a su dependiente, Iarko, y lanzó un suspiro de alegría "Iarko es mi hombre—se dijo—. Este no me traicionará y sabrá defenderme. ¡Si el diablo le pregunta, sufrirá una gran decepción!"...

XI

Iarko iba descalzo, con una camisa roja y la gorra hecha jirones. Llevaba en la mano las botas de Opanas que le había prometido el molinero.

"Toma, ya ha cogido las botas!—pensó el molinero. ¡Qué pronto va a lo suyo! Pero eso no importa; cuento mucho con él. Vamos a ver qué le dice el diablo de mí." Habiendo visto una figura humana sobre la presa, Iarko tuvo la idea de que podía ser algún ladrón que le quisiera quitar las botas. Y deteniéndose a pocos pasos del diablo, dijo:

—¡Eh, vete de ahí! Si me quieres robar las botas, no lo conseguirás. Eso no, viejo; no serán para ti. ¡No hay que pensar en ello!

—Vamos a ver, buen amigo; yo no necesito tus botas. Las mías son mejores que las tuyas.

—Entonces, ¿qué haces ahí a estas horas de la noche?

Quiero hacerte una pregunta.

―A mí; vaya una idea! ¿Quieres proponerme alguna adivinanza? Pero ¿cómo sabes tú que yo sé mejor que nadie descifrar las adivinanzas?

—Me lo ha dicho la gente.

Entonces larko dejó las botas en el suelo, y, sacando su pipa, empezó lentamente a llenarla de tabaco. Sacó una cerilla, encendió la pipa y dijo:

—Bueno, te escucho: ¿qué adivinanza me vas a proponer?

—No es precisamente una adivinanza... Sólo quisiera saber quién es el mejor hombre de la aldea.

—¡Soy yo!

—De veras? ¿Y no hay otros mejores?

—¿Que yo? No. Puesto que pides mi opinión, te la digo. Sí; yo soy aquí el mejor, y no me cambiaría por nadie.

—Tienes mucha razón. Y el molinero, ¿qué tal persona es?

—El molinero?

Iarko lanzó de su boca una nube de humo, que podía casi eclipsar la luna, y miró con desconfianza al diablo.

—Dígame, ¿no es usted un agente del fisco?

—¡En modo alguno!

—¿Es usted, quizá, de la Policía?

—¡Que no! Me extraña que siendo tan inteligente no sepas distinguir un hombre de bien de un agente de Policía.

— ¿Yo? ¡Cómo se engaña usted! Al primer gol1 pe de vista comprendí con quién me las tenía que entender. Si le he preguntado a usted eso fué por asegurarme por completo. Bueno, ¿quiere usted saber mi opinión sobre el molinero?

—¡Eso es!

—Que es así, así; ni demasiado alto ni demasiado bajo. De mediana estatura.

—Pero no es eso lo que me interesa.

—Entonces, ¿quiere usted saber si ronca cuando duerme?

—Bien veo que te gusta bromear; pero yo no puedo perder el tiempo. Respóndeme claramente:

el molinero, ¿es buena o mala persona?

Iarko lanzó de nuevo una nube de humo de su pipa, y dijo:

—¡Dios mío, qué prisa tiene usted! ¡Quiere usted comer sin masticar!

El diablo hizo un gesto de impaciencia. El mo—linero estaba muy contento de Iarko.

"¡Vaya una lengua! ¡Como una navaja! ¡Y que va a afeitar bonitamente al diablo!"—pensó.

—Sí; quiere usted comer sin masticar—repitió Iarko. Quiere usted que le diga claramente si ruestro molinero es bueno o malo. Eso es muy difícil de contestar. Para mí, todo hombre es bueno. He visto algo, créame usted. Tengo experiencia. Si cree usted que soy tonto, está usted muy equivocado.

"Bravo!—pensaba el molinero oyéndole—..

Apostaría que en media hora ha hecho perder la paciencia al diablo. Iarko posee un arte especial.

para decir cosas incomprensibles. Habla con abundancia; ni el mismo diablo se podría desenredar de la maraña de sus palabras"...

En efecto, el diablo estaba embrollado, y se rascaba la cabeza con violencia.

—Espera, buen amigo. Vamos de prisa, y no avanzamos un paso. Probablemente, hemos tomado un mal camino.

—Para mí todos los caminos son buenos.

—Entendido; pero... te pregunto solamente si el molinero es bueno o malo, y no me quieres responder con claridad.

—Bien; ahora permite que le pregunte yo a mi vez: el agua, ¿es buena o mala?

—El agua? ¿Por qué no ha de ser buena?

—Pero, pudiendo beber sidra, usted no querría agua, ¿no es eso?

—Quizá.

—Y cuando hay cerveza en la mesa ¿usted no querrá sidra?

—Es posible.

—Y si le ofrecen a usted un vaso de "vodka" lo preferirá a la cerveza, ¿no es eso?

—Quizá tengas razón.

—Ya lo creo que tengo razón!

El diablo estaba ya cubierto de sudor, y su cola empezaba a agitarse, levantando polvo.

Iarko cogió sus botas y quiso seguir su camino; pero el diablo, en este momento, tuvo una idea. Retrocedió algunos pasos y dijo:

—Bien; puesto que no quieres responder a mi

T pregunta, puedes irte; yo voy a esperar aquí. Quizá tenga la suerte de encontrar al viejo soldado Iarko.

Iarko se paró en seco.

—¿Para qué necesita a Iarko?

—Porque me han dicho que es un hombre muy inteligente, que puede responder a cualquier pregunta que se le haga. Llegué a pensar que eras tú mismo; pero veo que me había engañado; contigo no hay manera de encontrar el buen camino.

Entonces el soldado puso de nuevo sus botas en el suelo.

—Pues bien; vuélvame a preguntar.

—No vale la pena.

—Pruebe usted, sin embargo.

—Bueno; ya que insistes, dime: ¿quién era mejor, el judío Iankel o el molinero?

—Por ahí se debía haber empezado. No me gusta la gente que quiere atravesar un río, no por el puente, sino a lo largo. En lugar de andar un kilómetro por el camino recto, andan diez buscando las vueltas. En cuanto a su pregunta, voy a responder punto por punto. En primer lugar, el judío Iankel tenía una sola taberna, mientras que el molinero tiene dos.

"Las cosas empiezan a ponerse mal—pensó el molinero. Iarko hubiera hecho mejor en no hablar." Pero Iarko prosiguió:

—Cuando yo trabajaba con Iankel no tenía buenas botas, mientras que ahora... Mire usted estas botas.

—¿Dónde las has cogido?

—Dónde? Para eso hay que conocer nuestro cficio. Cuando se saca agua de un pozo con dos cubos, el uno está lleno, el otro está vacío. Lo mismo pasa en nuestra taberna: cuando yo no tenía botas, Opanas las tenía. Ahora, las botas de Opanas son mías, y él va descalzo. Lo que pierde un tonto lo gana un listo. ¿Ha comprendido usted?

—No del todo; pero empiezo a comprender. Me parece que poco a poco nos vamos acercando al buen camino.

—Eso es! Escúcheme bien, y ya verá usted.

Para mí, si Iankel era sidra, el molinero es cerveza; pero si usted me ofrece un buen vaso de "vodka", renunciaré a la misma cerveza.

El diablo, contento, se puso a menear la cola de tal modo, que Iarko se dió cuenta de ello. Lanzó una nube de humo a la cara del diablo, y, como por casualidad, puso sus pies en la punta de la cola. El diablo dió un respingo y empezó a aullar de dolor, como un perro apaleado. Los dos se quedaron espantados, y con los ojos muy abiertos se miraron el uno al otro durante más de un minuto, sin pronunciar una sola palabra.

Por fin, Iarko silbó de un modo significativo, y dijo:

—¡Toma, toma! ¡Vaya un negocio chusco!

—Sí, ya lo ves!

Con quién he venido a tratar!

—A tus órdenes!

—Entonces, ¿fué usted quién el año pasado?...

— Perfectamente!

—¿Y ahora viene usted a buscar al molinero?

—Quizá sí...

Iarko reflexionó un instante, con la pipa en la boca, y dijo:

—Pues bien, cójale usted. Yo no he de llorarlo.

No perderé gran cosa. Cuando se haya usted llevado al molinero, yo me sentaré a la puerta de la taberna y esperaré que venga un nuevo amo.

El diablo lanzó otra carcajada formidable. Iarko cogió sus botas y se alejó con paso rápido.

Cuando pasó cerca del molinero, éste le oyó gruñir:

—¡Esto sí que está bueno! Después de haberse llevado a uno, viene ahora a llevarse al otro. A mí no me importa eso. Cuando el diablo se llevó al judío, su sucesor fué el molinero; cuando el diablo se lleve al molinero, quizá sea yo mismo el sucesor. El dinero de la taberna está en mi casa.

¿Por qué no he de ser yo el tabernero? Me convertiría entonces en un personaje importante, como el molinero. Pero yo no seré tan tonto como él, y no pasaré jamás de noche por la presa.

Y Iarko subió a la colina.

El molinero miró a su alrededor. No había nadie que viniera en su auxilio. Hasta la luna se había escondido y no iluminaba el camino. Se oía el canto de la rana y los gritos de un pájaro nocturno. No se veía más que un pedazo de luna, por encima del bosque, como si no quisiera irse del todo hasta ver lo que le pasaba al molinero. Al fin se decidió, y se ocultó completamente.

El diablo se estuvo largo rato sobre la presa, riendo a carcajadas y apretándose los ijares.

Aquella risa diabólica hacía temblar el viejo molino, despertaba a las fieras del bosque y a los peces del río. Las liebres y los conejos, espantados, huían por entre los árboles en todas las direcciones; el agua se agitaba, como sacudida por la tempestad; la niebla blanquecina se levantó sobre el río, envolviéndolo todo.

El judío aprovechó aquel momento; volvió silenciosamente a la presa, cogió los vestidos que le echó el diablo y los metió en el fardo. Ya no pensaba en el cobro de los perjuicios. Estaba tan lleno de miedo, que sólo pensó en una cosa: escapar lo más pronto posible. Al minuto corría ya a todo correr, con su fardo a cuestas, en dirección de ciudad.

El molinero quiso también volver a su casa, al molino; se encerraría allí y despertaría a Gavrilo. Pero apenas salió de su escondite, el diablo se puso delante de él. El molinero echó a correr. Tuvo tiempo de llegar al molino, y, sofocado, abrió la puerta. Un minuto después se encerraba en el molino, encendía bujías y, tirándose al suelo, se echaba a llorar y a gritar, lo mismo que los judíos de la Sinagoga.

Pero el diablo no tenía intención de abandonar su presa. Como un gavilán sobre un pollo, voló por encima del molino, mirando por las ventanas y golpeándolas con sus alas. Buscaba por dónde penetrar en la casa.

De pronto..., ¡pam! Algo cayó sobre el piso, desde lo alto. Se diría que un gran gato había saltado desde el techo. Era el diablo, que había penetrado en el molino por la chimenea. Inmediatamente se arrojó sobre el molinero, y le clavó las garras en la espalda.

"Ya no hay remedio!—pensó el molinero—.

¡Hay que resignarse!" Un instante después sintió que el diablo se lo llevaba por la chimenea, y luego, cuando abrió los ojos, vió que el techo de su molino había que— dado muy abajo. El molino mismo se hacía cada vez más pequeño, así como la presa, el río, los árboles y el bosque. Cuando lanzó la última mirada sobre el río, vió que se reflejaban en él las estrellas y él mismo entre las garras del diablo; primero parecían los dos un águila, luego un cuervo, luego un gorrión y, finalmente, una mosca.

—¡Ya estoy arriba!—pensó el molinero. Toda tu riqueza, las dos tabernas, los bolsillos llenos, ¡todo se lo lleva el diablo! ¡Si al menos hubiera allá abajo algún cristiano que gritara: "¡Déjale, que es mío!" Pero no había nadie. Un poco más lejos distinguió trabajosamente la figura minúscula del judío Iankel, que subía la colina, dirigiéndose hacia la aldea. También reconoció a Iarko, que, con la cabeza muy levantada, miraba al cielo. Este no haría nada por salvar a su amo, tanto más cuanto que tenía todo el dinero de la taberna. Luego distinguió los grupos de mujeres, que, a toda velocidad, huían del diablo; habían adelantado ya a Opanas, que cantaba echado en su carreta. Este sí podría haber salvado al molinero, si no hubiera estado tan borracho. No, no había nadie que gritara: "¡Déjale, que es mío!" Allá estaba la aldea. El molinero reconoció su taberna, las casas dormidas, los jardines. Allí, los altos álamos que rodeaban la casita donde vivía Galia con su madre.

Las dos mujeres, sentadas en el umbral de la casa, lloraban. ¿Por qué lloraban? ¡Ah, sí! Fra porque al otro día las iba a arrojar de su casa; la vieja le debía dinero.

El molinero se compadeció de las pobres mujeres. Bien hubiera querido hacerse perdonar el mal que les causaba. Con todas sus fuerzas gritó:

—¡No llores, mi pobre Galia! ¡Os perdono la deuda y los intereses! Soy más desgraciado que vosotras; el diablo me lleva como se lleva la araña a la mosca...

¿Hay en el mundo algo más sensible que el corazón de una joven? El molinero gritaba desde una gran altura, y ningún otro hubiera oído jamás su voz; pero Galia la oyó. Levantó al cielo sus ojos llenos de lágrimas y miró.

—¡Adiós, bellos ojos negros!—pensó el molinero. ¡Ya no os volveré a ver más!

De pronto oyó que la muchacha, apretándose el pecho con las dos manos, gritaba con todas sus fuerzas:

—¡Déjale, diablo maldito! ¡Es mío!

El diablo sintió en la cabeza como un bastorazo. Espantado, turbado, soltó al molinero, que empezó a caer desde arriba; el diablo, no queriendo abandonar su presa, la seguía, y de vez en cuando la cogía de nuevo con sus garras; pero Galia volvía a gritar:

—¡ Déjale, es mío!

Y con los dientes apretados de rabia, el diablo soltaba al molinero. Esto ocurrió por tres veces seguidas. Finalmente se encontraron ya a muy poca altura. Abajo se veía un ancho pantano que se extendía entre la aldea y el molino. El molinero cayó rígido en el pantano, haciendo un ruido que despertó a las ranas, a los pájaros y a toda clase de animales.

Cuando volvió en sí dió un salto y se lanzó con todas sus fuerzas, brincando por encima de su obrero dormido y casi forzando la puerta, hacia la aldea. Mientras corría, gritaba continuamente, por miedo de que el diablo le volviera a coger.

Pronto estuvo ya cerca de la casa de Galia. De un brinco atravesó seto del jardín, abrió la puerta de la casita y se plantó, sofocado por la emoción y la fatiga, en medio de la habitación.

¡Al fin, ya estoy aquí!

EL DIA

XII

Figuraos la sorpresa de Galia y de su madre cuando vieron al molinero en aquel estado y a aquella hora. Casi estaba el sol a punto de salir; todavía no habían ido las vacas a pastar, y él, sin gorra, descalzo, con los cabellos en desorden, estaba allí, en casa de una muchacha que no tenía ni padre ni hermano. ¡Esto era escandaloso y comprometedor! Pero se diría que el molinero lo encontraba todo muy natural, y repetía jubi losamente:

—¡Al fin, ya estoy aquí!

La viuda estaba tan asustada que no encontraba palabra que decir. Galia, que había saltado del lecho en camisa, se puso rápidamente su falda y se lanzó furiosa hacia el molinero.

—¿Qué es ésto, mal hombre? Probablemente estás borracho, te equivocas de casa y caes en la nuestra en vez de ir a la tuya.

El molinero la miró con ternura, y por toda explicación, le dijo:

—Puedes pegarme todo lo que quieras!

Ella le dió un golpe.

—¡Más!—pidió él.

Le golpeó por segunda vez.

—Eso está bien. ¡Más!

Y recibió un tercer golpe. Pero al ver que sus golpes no producían efecto, y que el molinero seguía contemplándola con tiernas miradas, se echó a llorar.

¡Ah, qué desgraciada soy! ¡No hay nadie que me defienda! ¡Qué canalla de hombre! ¡No se contenta con engañarme, con querer convertirse en turco y tener dos mujeres a la vez, sino que viene ahora a comprometerme ante toda la aldea! ¡Y no se mueve ni siquiera cuando le pego! ¡Yo no sé ya qué hacer con este hombre pervertido!

El molinero, contento y alegre, preguntó:

—Di, me vas a pegar más? Espero. Si has acabado me sentaré en el banco, porque estoy cansado.

La joven se disponía ya a darle nuevamente algunos buenos golpes; pero la madre comprendió que algo le había pasado al molinero y detuvo a Galia.

—¡Espera, hija mía! Antes de pegar a un hombre, lo mejor es preguntarle qué le pasa. ¿No ves que no está en sus cabales?

Y, dirigiéndose al molinero, le hizo una pregunta clara:

—Di, ¿de dónde vienes a estas horas a casa de unas mujeres inofensivas? ¿Por qué diablos estás tan contento y repites "al fin ya estoy aquí"?

El molinero, en vez de responder, se frotó los ojos y preguntó a su vez:

—Dime, madrecita, ¿estoy aquí verdaderamente, o esto no es más que un sueño? ¿He caído del cielo, o vengo de mi molino? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estuve por última vez en vuestra casa, una noche o un año?

—¡Pero estás loco! ¡Haz en seguida la señal de la cruz! ¿Qué es eso que balbuceas? Se diría, verdaderamente, que estás soñando.

—Ni yo mismo lo sé; quizá esto no sea, verdaderamente, más que un sueño...

Se sentó en un banco, cerca de la ventana, y vió de pronto al judío Iankel que avanzaba por el camino hacia la aldea, con un gran fardo al hombro.

El molinero se estremeció, y, señalando al judío, preguntó a las mujeres:

—¿Quién es aquél que avanza por allí?

—Toma! Es nuestro Iankel.

Y qué es lo que lleva al hombro?

—Un gran fardo. Vuelve de la ciudad.

—Pues ya lo veis, todo esto no ha sido un sueño, sino la realidad. Vuelve el judío. Acabo de verle, hace un momento, cerca de mi molino...

—Pues no hay nada de extraño en eso.

—¡Cómo que no hay nada de extraño! ¿O es que no sabéis, quizá, que el año pasado se lo llevó Japun, el diablo judío?

Y el molinero se puso a contar todo lo que le había pasado. Las dos mujeres le escuchaban con una extrañeza creciente, los ojos muy abiertos.

Poco a poco, los aldeanos comenzaron a reunirse delante de las ventanas, y cambiaban sus impresiones en alta voz.

—¡Qué pícaro es ese molinero !—decían—. Antes de salir el sol se encuentra ya en esta casa.

Sería curioso saber por quién viene, si por la vieja o por la hija.

En una palabra; que la pobre Galia era el ob

  1. jeto de escandalosas murmuraciones. El molinero comprendió que no le era permitido comprometer hasta ese punto a una joven. Lo único que podía hacer era casarse con ella. Y lo hizo. Además, la seguía amando apasionadamente, sobre todo desde que lo libró de las garras del diablo. Y no tuvo razón ninguna para quejarse de su matrimonio.

Ahora viven los dos en el molino, y tienen hijos. En cuanto a la taberna, el molinero no quiere pensar en ella, ni explota la miseria de los pobres campesinos prestándoles dinero con crecidos intereses. Y cuando oye a la gente decir que sería bueno echar de la aldea al judío Iankel, se opone enérgicamente.

—¿Y la taberna?—pregunta—. ¿Quién se quedaría entonces con la taberna?

—Siempre se encontraría alguno.

—Quizá usted mismo pudiera ser el sucesor de Iankel.

—¿Por qué no?

El molinero, a guisa de respuesta, lanza un silbido irónico.

Esto es lo que le sucedió al molinero. Su historia es tan maravillosa, que hasta el presente nadie sabe en la aldea si tuvo lugar o no. No se puede admitir que el molinero la inventara desde e!

principio hasta el fin; era un hombre serio, incapaz de semejante cosa. Por otra parte, los aldeanos tenían el testimonio de Gavrilo, que continúa habitando en el molino; no obstante confesar que aquella noche tenía una borrachera enorme, recuerda, sin embargo, que el molinero le abrió la puerta, y que su rostro estaba mortalmente pálido. Era verdad también que Iankel volvió de la ciudad al amanecer, antes de salir el sol, con un gran fardo al hombro, y que Opanas, igualmente, había vuelto a su casa borracho y descalzo.

Por tanto, todo aquello no era un sueño del molinero.

Pero, al mismo tiempo, no se podía admitir que en el curso de estos acontecimientos hubiera transcurrido un año entero, puesto que el molinero había ido, espantado y descalzo, a casa de Galia, al día siguiente de la escena tempestuosa que tuvo con las dos mujeres.

Yo creo que lo mejor será no romperse la cabeza para descifrar el enigma. Es posible que todo esto haya sucedido en realidad, como también es probable que no sea más que un sueño del molinero; ello no tiene mucha importancia. Pero oíd lo que os voy a decir: si tenéis algún amigo que posea un molino o dos tabernas, y que, sin dejar de fulminar anatemas contra los judíos, explote vergonzosamente a los pobres y les robe su último copec, leedle esta historia. Os garantizo que le causará una impresión profunda. Quizá no abandone su oficio; pero estoy seguro que os ofrecerá una copita de "vodka", sin mezclarla esta vez con agua.

Naturalmente, habrá personas que, al oír esta

| historia, os llenarán de insultos. A esas les diría yo:

—Podéis enfadaros cuanto queráis, pero tened cuidado, no vaya a ocurriros lo que al molinero.

Porque, sabedlo, después de esta aventura los habitantes de Novokamenka han visto varias veces al diablo volando por encima de la aldea, en busca de una nueva presa. Así, pues, tened cuidado, buena gente, de no probar sus garras ¡Todo es posible en este mundo!...

  1. Diez días después del Año Nuevo israelita, que se festeja en los principios del otoño, los judíos celebran el "Iom—Kipur". La población cristiana de la localidad llama a esta fiesta "El día del juicio". Según una leyenda, el diablo judío, "Japun" (el que arrebata), se lleva ese día un judío de la Sinagoga. Esta creencia está fundada, probablemente, en el carácter emocionante y expresivo de los ritos que se efectúan ese día en las pequeñas localidades de la Rusia del oeste.