Bug-Jargal (Alcalá Galiano tr.)/Capítulo XXXV

XXXV

Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me tenía helado de espanto. El vengador de la humanidad había presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados pajecillos:

—Traedme más tabaco.

Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo acababa de ponerles ante los ojos.

Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados ojos.

Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en mi asesino.

—Vamos, amigo, estoy satisfecho de ti—le dijo Biassou.

Y luego miróme y añadió:

—Por ahora te excuso de acabar con el otro. Anda, que te declaro por buen hermano y te confiero el empleo de verdugo de mis ejércitos.

A estas palabras del general salió un negro de entre filas, y, tras hacer a Biassou tres humildes reverencias, prosiguió diciendo en su jerigonza lo que traduciré para que mejor se entienda:

—¿Y a mí, mi general?

—Vamos, ¿qué pretendes tú decir?—preguntó Biassou.

—¿No haréis nada por mí, mi general?—dijo el negro—. Ahí se le da un ascenso a ese perro blanco, que asesina para darse por nuestro, ¿y no lo ha de haber para mí también, que soy un negro bueno?

Tan inesperada súplica puso a Biassou en aprieto. Bajóse hacia Rigaud, y el caudillo de las catervas de los Cayos le dijo en francés:

—No se puede acceder a su demanda, y conviene buscar algún medio de eludirla.

—¿Conque pretendes un ascenso?—contestó entonces Biassou volviéndose hacia el negro bueno—. Con mucho gusto lo haré si me dices el grado que apeteces.

—Quiero ser oficial.

—¡Oficial!—replicó el generalísimo—. Vamos, dime cuáles son tus méritos para pretender las charreteras.

—Yo—repuso el negro con ahinco—fuí el que incendió el ingenio de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he matado a mi amo M. Noé y a su madre...

—Pasa por alto tu hoja de servicios—le dijo Rigaud, que encubría en su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.

—Muchos más pudiera alegar—replicó el negro con orgullo—; pero éstos juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la categoría de oficial y llevar al hombro una charretera de oro como aquellos compañeros.

Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió al negro con suma gravedad estas palabras:

—Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el latín?

El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:

—Mi general...

—Eso te pregunto—repuso Biassou sin demora—. ¿Sabes el latín?

—El... latín...—repitió el negro estupefacto.

—¡Sí, sí, sí, el latín! ¿Sabes el latín?—prosiguió el astuto caudillo.

Y desplegando un estandarte en que estaba inscrito el versículo del salmo In exitu Israel de Ægypto, añadió:

—Explícame lo que significan estas palabras.

El negro, en el colmo de su asombro, quedábase inmóvil y mudo, restregándose maquinalmente las manos por sus calzoncillos y volviendo atónito la vista, ya de la bandera al general y ya del general a la bandera.

—Vamos, ¿acabarás de responder?—díjole con impaciencia Biassou.

El negro, rascándose la cabeza, abrió y volvió a cerrar repetidas veces los labios, y dejó al cabo salir estas palabras confusas:

—No entiendo, mi general.

El semblante de Biassou cobró de súbito el aspecto de indignación e ira.

—¿Cómo es eso—exclamó—, tunante desvergonzado? ¿Tienes el atrevimiento de querer ascender a oficial y no sabes latín?

—Pero, mi general...—tartamudeó el negro, trémulo todo y confuso.

—Cállate—replicó Biassou, cuyos ímpetus de cólera aparentaban ir en aumento—. No sé por qué no te mando fusilar ahora mismo en justo castigo de tu presunción. ¿Qué te parece, Rigaud, de este donoso oficial, que ni siquiera sabe latín? Escúchame, menguado; ya que no comprendes lo que está escrito en esa bandera, voy a darte la explicación: In exitu, ningún soldado; Israel, como no sepa latín; de Ægypto, puede llegar a oficial. ¿No es así, señor capellán?

El obí hizo un gesto afirmativo, y Biassou continuó:

—Ese hermano, a quien acabo de nombrar verdugo del ejército y de quien abrigas tantos celos, sabe el latín de corrido—entonces se volvió hacia el recién acuñado verdugo—. Dinos, amigo, si no es esto exacto. Para probarle a ese burro que sabes más que él, tradúcele lo que quiere decir Dominus vobiscum.

El desgraciado, saliendo al sonido de aquella terrible voz de la tétrica distracción en que estaba sumergido, alzó la cabeza, y aunque tenía aún el ánimo todo conmovido con la imagen del cobarde asesinato que acababa de cometer, la intensidad misma del terror le movió a obediencia. Había algo de extraño en el modo con que aquel hombre procuraba, entre sus ideas de espanto y remordimiento, traer a la memoria los estudios de su juventud, así como en la manera lúgubre que tuvo de proferir esta pueril explicación:

Dominus vobiscum... quiere decir... El Señor sea con vosotros.

Et cum spiritu tuo—añadió solemnemente el misterioso obí.

Amén—respondió Biassou.

Y luego, volviendo a sus ademanes airados y mezclando con su cólera fingida algunas frases sueltas de pésimo latín—por el estilo del médico a palos—para convencer al concurso de su ciencia, le gritó al negro ambicioso:

—Vuelve a entrar en las filas y ponte a la cola de tu compañía. Sursum corda! No sueñes otra vez en elevarte al rango de tus jefes que saben latín; orate, fratres, o te mandaré ahorcar. Bonus, bona, bonum.

El negro, maravillado y atemorizado a un tiempo mismo, volvió a meterse entre filas cubierto de vergüenza y con la cabeza baja, en medio de la rechifla general de sus compañeros, indignados al ver tan mal fundadas pretensiones y fija la vista con admiración en su docto generalísimo.

Había cierto aire burlesco en tal escena, la que acabó de inspirarme alto concepto de la habilidad de Biassou. El medio ridículo que había empleado con tan cabal éxito[1] para desconcertar las ambiciones particulares, siempre tan exageradas entre una turba de rebeldes, me dió la medida, tanto de la estupidez de los negros cuanto de la astucia de su caudillo.


  1. Más adelante se valió Toussaint-Louverture de igual recurso, obteniendo idéntico ventajoso resultado.—N. del A.