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Vuelta al pago
de Godofredo Daireaux



En 1880, una vez asegurada la conquista de toda la Pampa, con miles de leguas libres de indios y desiertas, no había pretexto ya, para un joven sano, guapo y de atávico resabio de andariego, de quedar, toda la vida, encerrado entre sus cañadones nativos, de los derrames del Gualichú, sin ir a conocer mundo. Así lo entendió Antonio Mesquita, y con la venia paterna, se fue a buscar fortuna por aquellos campos recién abiertos a la población y al trabajo, del Azul al Río Negro. Con su tropilla por delante, armado de un recado completo y de buenas huascas, de un sombrero nuevo y de una muda de ropa, se fue, como tantos otros, a cincuenta, a cien leguas y más, conchabándose de peón de campo, trabajando por día en los rodeos, de mensual, a veces, buscando quién le diera alguna majada a interés o cualquier otra colocación ventajosa. Y se quedó así, muchos años, ganándose regularmente la vida, hasta que habiendo sabido que el viejo estaba muy enfermo, pidió licencia al patrón con quien entonces trabajaba, y se fue a hacer un viaje a la querencia vieja.

Cerca de quince años habían pasado desde que había salido de ella; ¡quince años!, todo un trozo de vida; y galopaba, tragándose las leguas, y pensando en lo que iba a encontrar por sus pagos. ¡Cuántos cambios iba a ver!, no lo iban a conocer, por cierto, lampiño que era, cuando se fue; barbudo, ahora, como cabrón. ¡Qué cosa!, y cómo pasa el tiempo, ¡quince años!, y le parecía ayer. Más sueño parece, a veces, el recuerdo de lo que realmente ha sido que la frágil esperanza de lo que quizá nunca será.

De vez en cuando, había tenido noticias de la familia; sus hermanos y hermanas se habían desparramado, casi todos, por estos mundos de Dios. Sabía que ninguno había hecho fortuna, pero si pocos eran los que tenían hacienda, todos, por lo menos, tenían hijos, y bastantes.

Los padres, ellos, habían quedado acompañados por dos o tres de esas familias, así brotadas, y no les había faltado ayuda. Por lo que era de él, venía tan pobre como se había ido, con sus caballos, su recado y su lazo por todo haber, lo mismo que al salir, sin haber juntado un peso ni formado familia, y sin haberse acordado siquiera, en quince años, de venir una vez a visitar el rancho paterno.

Iba galopando, cuando su caballo, dando un paso en falso, casi rodó en un charco, y lo salpicó todo.

-Me desconocen los cañadones -dijo, y vio que ya había dejado atrás la región arenosa de la Pampa, para entrar en la que, a cada paso, le iba a hacer acordar los risueños momentos de la niñez y de la juventud.

El invierno había sido llovedor, y el sol todavía no tenía bastante fuerza para haber secado los cañadones; así mismo, empezaba a bajar el agua, dejando marcado lo que había sido su orilla, con una orla de resaca, y asomaban, en el suelo empapado, las puntitas verdes del pasto nuevo que tan bien hace purgar las ovejas y apesta los corderos.

¡Ah! ¡Gualichú bien nombrado!, que no pierde ocasión de salir de su cauce para desparramarse en la llanura, cambiando la verde pradera en cenagoso criadero de plagas.

Iba Antonio Mesquita, acercándose a la querencia, pisando agua, chapaleando con regocijo íntimo -¡hacía tanto tiempo que sólo andaba por campos arenosos!- entre los duraznillales de triste follaje gris y ralo. De la tropilla que arreaba, sólo la yegua madrina y dos caballos eran de los que había llevado, al salir del lado de sus padres, y pocos relinchos cambiaron con las manadas del pago, por series, en su mayor parte, desconocidas; así sucede, que las vueltas, después de muy largas ausencias, despiertan siempre más curiosidad que cariño entre los que así se vuelven a ver, y que, por poco, parece intruso el que llega.

Pocos montes nuevos habían surgido; se comprende: ¿quién va a poblar en esos campos anegadizos? Una que otra zanja insignificante, perdida entre esta masa de agua, indicaba, por lo impetuoso de su corriente, las ganas que tienen de ser desagotados, y lo que podría producir el espíritu de asociación, con alguna iniciativa inteligente, en vez de la ruina, hija de la dejadez y de la mezquindad de gobiernos y particulares.

Los chajaes bulliciosos, de elegante cabecita copetuda y de cuerpo abultado; las garzas y las cigüeñas, imponentes, en su andar acompasado; los patos de mil clases, los gansos y los majestuosos cisnes, reinaban tranquilos en ese dominio que sólo les disputaban los mosquitos insoportables. No eran, pensó Antonio, los mismos reyes que cuando él se había ido, pero eran de la misma dinastía.

Algunos cambios, asimismo, pudo notar el viajero; las majadas que, cuando se fue, eran todas merinas, se habían vuelto Lincoln; en muchas partes, se ordeñaba vacas por centenares; en las lomas, había mucha tierra arada y por todas partes, parvas grandes de alfalfa. Se cruzó, en el camino, con unos gauchos que arreaban una tropilla y, junto con ellos, pasó un puente; ¡un puente, qué lujo!, y fijándose en los gauchos aquellos, notó que a pesar de llevar el lazo en el anca, no tenían ya el garbo peculiar de la raza; algo, en la facha, como de gringo tenían, y más bien que jinetes, eran hombres a caballo. ¡Y cómo no!, si ya no lidia más esa gente que con hacienda mansa.

Cuando llegó al rancho paterno, le ladraron fuerte los perros, como a cualquier forastero; muchos niños había, que tampoco sabían quién era, antes de darle la bendición de bienvenida. El viejo había muerto, y, dos días antes, lo habían llevado; la casa toda y sus habitantes estaban sumidos en profundo luto, y Antonio también se vistió de negro.

Pero a los pocos días, se sintió demás en ese hogar que le era como ajeno, y poco tardó en despedirse y en armar viaje, otra vez, para los campos de afuera, donde el horizonte le parecía más despejado y la vida menos oprimida.


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Nota de WSEditar

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