​La visión de Tundal​ de Marcos de Ratisbona
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Para la venerable y devotamente consagrada al señor G., abadesa por la gracia de Dios, de parte de Marco, su devoto siervo, que ojalá le pueda prestar un servicio tan válido como dispuesto está a cumplirlo.

Aunque muchos han recibido la llamada, pocos son los elegidos: para demostrar confianza en algo dudoso, no es un gran argumento afirmar que lo que muchos alaban es digno de alabanza. En efecto, dado que, como afirma el profeta, el género humano es, desde sus inicios, proclive a pecar, consideramos que debe obedecerse a quien destaca sobre los demás por su buen juicio y honra, a la que nadie ha criticado nunca, protegida por las florecillas de su buen renombre, de quien se podría decir, como decía el apóstol, “olemos bien para dios”. Por esto mismo, sagrada virgen y señora G., no podemos negarnos en modo alguno a vuestra pequeña petición, llena de cariño, muy devota y de buena intención, aunque apenas podamos compararla a las dignas bendiciones de vuestra presencia. Tal y como afirma un sabio ortodoxo, “el amor otorga las fuerzas que la inexperiencia deniega”: nosotros, siguiendo sus pasos y, al mismo tiempo, confiando en vuestras santas oraciones, vamos a dejar de lado nuestras reservas y no nos avergonzaremos de mostraros nuestras carencias. Lo mejor para una víctima es la obediencia, especialmente si depende de quienes son superiores: nosotros confiamos que vuestra prudencia pueda apiadarse antes que burlarse de nuestra ignorancia.

En efecto, vuestra inteligencia disfrutó con la misteriosa visión que le fue mostrada a Tundal[1], un irlandés, aunque haya sido traducida por nuestra inexperta pluma de la lengua bárbara al latín y que enviamos a transcribir para vuestra atención. Ciertamente, aunque breve, es una obra útil; sin embargo, yo, casi un ignorante, pobre en conocimientos del latín, no me arrepiento (pues Dios ama al donante gustoso) de haberos ofrecido este material, hasta donde mi pequeño ingenio ha sido capaz de replicar – aunque os pido que, si en algún lugar mi traducción fuera demasiado verbosa, vuestra pulida erudición no sienta pudor de corregirla y reforjarla adecuadamente. Aceptad, así pues, junto con mis devotas plegarias, este breve regalito de estilo simple y lengua inculta; si vierais algo menos que correcto, imputádselo a nuestra inexperiencia; si algo agrada a vuestra inteligencia, atribuidlo a la gracia divina y vuestras oraciones. No despreciéis una buena y certera materia prima, aunque hayáis percibido que la forma de expresión no sea la adecuada: la pluma es mía, pero la obra es de Cristo. Recordad, oh sabia y afortunada señora, el proverbio: “si no toleras los defectos de tu amigo, hazlos tuyos.” Vos, que gustosamente toleráis a los ignorantes aunque seáis una sabia, soportad también aquí esta ración de mi ignorancia.

Hemos escrito fielmente para vos lo que el propio Tundal nos relató que había visto. Esta visión fue vista en el año 1149 desde la encarnación de Cristo, que coincide con el segundo año de la expedición de Conrado [2], rey del Sacro Imperio Romano, a Jerusalén y con el cuarto año del apostolado del papa Eugenio III, en el que volvió de Francia a Roma. También en ese mismo año Malaquías de Down, obispo y enviado de los irlandeses, que alumbró con su vida y sus enseñanzas a la Iglesia de Occidente en su totalidad, murió en Clairvaux mientras iba de camino a Roma (su biografía, repleta de milagros, la escribió en una obra muy triste Bernardo, abad de Clairvaux, y en su momento, si Dios lo concede, hablaremos de él). Asimismo, en este mismo año, Nemias, obispo de Cluny, hombre ilustre por sus conocimientos, linaje y santidad, un venerable y consagrado anciano de 95 años, abandonó en su propia cátedra de obispo la laboriosa lucha de esta vida para pasar al gozo de la vida eterna; también diremos algo de su vida y obra, ya que sabemos que deseáis leer las vidas ejemplares de los santos para vuestra propia formación. Con todo, dado que no es nuestro propósito componer tragedias, vamos a iniciarnos en la obrilla que nos hemos propuesto acometer con la ayuda de Dios.

Empieza la visión de un caballero irlandés, escrita para la formación de muchos.

Introducción Editar

Irlanda es una isla ubicada en los límites del océano occidental, alejada del Sur y cercana al Norte. Destaca por sus lagos y ríos, está repleta de bosques y es muy fértil en cosechas y muy rica en leche, miel y todo tipo de pesca y caza; carece de vides pero es rica en vino; no se conocen allí ni serpientes ni ranas ni sapos ni ningún animal venenoso, hasta tal punto que se reconoce que su madera, cuero, cuernos y polvo vencen a cualquier veneno. Es muy ilustre por sus santos varones y mujeres, y sanguinaria y famosa por sus armas.

Tiene cerca hacia el sur a Inglaterra; hacia el este, están los escoceses y también los britanos, a los que algunos denominan galeses; hacia el norte quedan los catos y las Orcadas; opuesta a ella, hacia el sur, quedan los hispanos. Esta isla tiene 34 ciudades importantes, cuyos obispos están subordinados a dos metropolitanos. Armagh es la capital del norte, mientras que en el sur descolla Cashel, en la que nació un noble llamado Tundal, cuya crueldad (o, mejor dicho en lo que importa, la piedad de Dios) dio materia a esta nuestra obrita. Así pues, el susodicho hombre era un joven de reconocido linaje, alegre rostro, cuidada apariencia, esmerada alimentación, buena vestimenta, ánimo generoso, nada despreciable instrucción militar, hábil, amable y agradable. En verdad, dado que puedo decirlo sin ningún dolor, cuanta más confianza tenía en su belleza física y su fortaleza, tanto menos cuidado dedicaba a su alma para su eterna salvación: tal y como él mismo suele confesar entre lágrimas muy a menudo, le resultaba muy pesado si alguien le intentaba comentar algo, aun breve, sobre la salvación de su alma. Ignoraba a la Iglesia de Dios y no quería ni siquiera ver a los pobres de Cristo; todo lo que tenía lo repartía sin mesura entre bufones y bromistas por afán de una gloria vacía. Pero cuando a la divina misericordia le pareció oportuno poner coto a tantos males, se lo llevó consigo en el momento que quiso. Como muchísimos habitantes de la ciudad de Cork, que estuvieron allí presentes, pueden atestiguar, yació durante tres días y tres noches muerto, un periodo en el que aprendió a amar todo lo que antes ofendía con sus maneras, pues su actual vida atestigua todos los sufrimientos que padeció. Soportó muchísimos tipos de tormentos, increíbles e intolerables, cuyo orden y nombres, que aprendimos de la propia boca del que los vio y sufrió, no nos pesará escribiroslos para aumento de vuestra devoción.

Este, pues, aunque tenía amistad con muchos de sus compañeros, tenía un amigo que le debía tres caballos por la deuda de un canje; esperó el tiempo pactado y, una vez concluido, se reunió con su amigo. Bien acogido, después de pasar tres noches con él, empezó a tratar de este asunto; cuando su amigo le respondió que no disponía de lo que le había pedido, se enfadó mucho y se preparó para volverse por donde había venido. El deudor, sin embargo, que deseaba apaciguar a su amigo, le suplicó que accediera a comer algo con él antes de marcharse. Como no podía negarse a los ruegos de su amigo, se volvió a sentar y, tras dejar en el suelo el hacha que llevaba en la mano, empezó a comer con su amigo. Con todo, la piedad de Dios evitó su apetito, pues no sé en qué momento (pero muy pronto) sintió como un golpe y no podía acercar la mano que tenía extendida a su cara. Entonces empezó a chillar de forma temible y le encomendó su hacha, que había dejado en el suelo, a su mujer, con estas palabras: “Vigila mi hacha, pues me estoy muriendo”. Y entonces, al menos en apariencia, el cuerpo se derrumbó inmediatamente exánime, como si antes no hubiera tenido ninguna vida. Aparecieron los signos de la muerte: los cabellos se encanecieron, la frente se endureció, los ojos pierden la reacción, la nariz de afila, los labios palidecen, el mentón se hunde y todos los miembros del cuerpo se vuelven rígidos. Entran los siervos, se retira la comida, se lamentan los escuderos, llora el anfitrión, se extiende el cuerpo, se hacen sonar las campanas, acuden los sacerdotes, se sorprende el pueblo y toda la ciudad queda conmocionada por la rápida muerte de un buen caballero. No nos demoremos más: desde la décima hora del miércoles hasta la misma hora del sábado yació muerto, sin mostrar ningún signo de vida, a excepción de un ligero calor en la parte izquierda del pecho que podían sentir los que se habían esforzado en palpar su cuerpo con esmero; por este motivo, no querían enterrar su cuerpo, porque sentían ese calor en esa pequeña parte de su cuerpo. Pero después de esto, en presencia del clero y del pueblo que se había reunido para su entierro, recuperó el aliento y empezó a respirar muy flojo casi durante una hora. Todos se asombran, incluso los sabios, y empiezan a decir: “¿Es el alma, que se va y no vuelve?” Entonces aquel observa a quienes le rodean con mirada débil y, cuando le preguntan si deseaba comulgar, asiente: le traen el cuerpo de Cristo y, tras consumirlo junto con el vino, empieza a alabar a Dios en una acción de gracias: “Oh Dios, es mayor tu misericordia que mi maldad, aunque sea muy grande. ¡Cuántos sufrimientos, muchos y terribles, me enseñaste! Me convertiste, me diste la vida y me devolviste de nuevo del inframundo [3] a la tierra!” Una vez que dijo estas palabras, bajo testamento repartió y regaló todo lo que tenía a los pobres, mientras que él mismo decidió asumir la señal de la Cruz salvadora[4] y juró que dejaría completamente en el pasado su anterior vida. Después, nos contó así todo lo que había visto o sufrido:

La salida del alma Editar

Cuando, empezó a relatar, el alma abandonó mi cuerpo y supo que había muerto, consciente de las acusaciones que iba a recibir, empezó a sentir miedo y no sabía qué hacer. En efecto, tenía miedo, pero no sabía de qué. Quería volver a su cuerpo, pero no podía entrar; quería también irse fuera, pero por todas partes sentía terror; así revoloteaba la desgraciadísima alma, sabedora de las acusaciones que iba a recibir pero sin confiar en nadie, ni siquiera en la misericordia de Dios. Así estuvo mucho tiempo, llorando y lamentándose, temblorosa; no sabía qué debía hacer y al final vio que venía hacia ella tan gran cantidad de inmundos espíritus[5] que no solo llenaron toda la casa y el patio donde se hallaba el cadáver, sino también todas las calles y plazas de la ciudad: no había lugar que no estuviera repleto.

Cuando rodearon a la desdichada alma, se esforzaron no por consolarla sino por entristecerla más: “Cantémosle” decían “a esta desdichada el necesario cántico de muerte, porque es hija de la muerte y alimento de un fuego inextinguible, amiga de las tinieblas, enemiga de la luz.” Se giraron todos a mirarla: rechinaban los dientes, se arañaban sus repulsivas mejillas con sus propias uñas embargadas por una furia desmesurada y, mientras, le decían: “Aquí tienes, desdichada, el pueblo que elegiste, con el que arderás en tu descenso a las profundidades del inframundo. Tú, que alimentabas los escándalos, que amabas la discordia, ¿por qué no te muestras soberbia? ¿Por qué no te acuestas con la mujer de otro? ¿Por qué no te entregas a la lujuria? ¿Dónde está tu vanidad, tu vana alegría? ¿Dónde están tus desmedidas carcajadas? ¿Dónde está tu fortaleza, de la que te servías para injuriar a muchísimos? ¿Por qué no nos miras ahora como antes solías? ¿No haces señas con los pies, no señalas con el dedo, no maquinas en tu malvado corazón algún mal[6]?” Ante estas palabras y otras similares, la desgraciadísima alma no pudo sino lamentarse, mientras esperaba una inminente muerte a manos de todos los espíritus que la rodeaban. Pero el piadoso y misericordioso Señor, que no desea la muerte de ningún pecador, al único al que le compete ofrecer una cura tras la muerte, el que todo lo dispone bien de acuerdo a su oculto arbitrio, moderó incluso esa desgracia según su voluntad.

Del ángel que llegó para encontrarse con el alma Editar

Envió, en efecto, a uno de sus ángeles para que se encontrara con ella. No dejó de mirarlo mientras se acercaba desde lejos como la estrella más brillante, esperando que él le pudiera dar algún consejo. Una vez que se acercó, la llamó por mi nombre y le dijo: “Hola, Tundal, ¿cómo estás?” La pobre alma, viendo a aquel hermoso joven (era de una belleza mayor que la de los hijos de los hombres) y oyendo de sus labios su propio nombre, le habló así entre lágrimas a causa del miedo que sentía y, al mismo tiempo, de la alegría:

–Ay, mi señor, padre mío, los dolores del inframundo me han rodeado[7], me han atenazado con el lazo de la muerte.

–Me acabas de llamar señor y padre –respondió el ángel–, pero siempre me tuviste a tu lado en toda ocasión y nunca me juzgaste digno de tal nombre.

–Mi señor –respondió mi alma–, ¿dónde y cuándo te he visto? ¿Cuándo he oído tu más que dulce voz?

–Yo siempre te seguí –le dijo en respuesta el ángel–. desde tu nacimiento, dondequiera que fueras, y nunca querías hacer caso de mis consejos.

Entonces, alargó su mano para señalar a uno de los espíritus inmundos, aquel cuyas palabras eran las más ofensivas de todos.

–Aquí tienes a aquel cuyos consejos obedecías, mientras que rechazabas de plano mis deseos. Pero como Dios siempre juzga con misericordia, tú tampoco carecerás de su inmerecida misericordia. Estate segura y alegre, porque sufrirás solo un poco de los muchos males que sufrirías si no viniera en tu ayuda la misericordia de nuestro Salvador. Sígueme y guarda en tu memoria todo lo que te enseñe, porque deberás volver de nuevo a tu cuerpo.


Entonces, aquella alma que estaba aterrorizada más allá de toda mesura se acercó más a él, abandonando el cuerpo sobre el que había estado quieta antes. Los demonios, que habían oído esta conversación y que veían que no podrían infligirle los males con los que antes le habían amenazado, alzaron sus rostros hacia el cielo y exclamaron: “¡Qué injusto y despiadado es Dios, pues mata a quien desea y revive a quien desea: no retribuye, como prometió, lo que cada uno merece según sus obras. Libera almas que no deberían liberarse y condena a las que no deberían condenarse.” Tras decir esto, se alzaron unos contra otros, se hirieron a golpes de cualquier forma que pudieron y se alejaron con gran tristeza e indignación, dejando atrás un potente hedor.

–Sígueme –le dijo al alma el ángel, que iba por delante.

–Ay, señor mío –respondió el alma–, si te adelantas, esos me agarrarán por detrás y me entregarán a los fuegos sempiternos.

–No tengas miedo de ellos –dijo–, son muchos más los que están con nosotros que ellos. Si Dios está con nosotros, ¿quién puede oponérsenos? Caerán mil a un lado, diez mil al otro, si bien no se acercará ninguno a ti. Pero, con todo, verás con tus propios ojos los castigos de los pecadores, deberás examinarlos y, ciertamente, sufrirás unos pocos de los muchos castigos que merecerías.

Tras estas palabras, marcharon.

El primer castigo de los asesinos Editar

Avanzando durante un largo tiempo sin tener ninguna luz más allá del resplandor del ángel, al final llegaron a un valle muy terrible y tenebroso, encapotado por la bruma de la muerte. Era muy profundo, repleto de carbones en llamas, y estaba cubierto por una gruesa plancha de metal que parecía medir seis codos[8], más caliente que los propios carbones. La pestilencia del valle superaba a todos los sufrimientos que, hasta ahora, había padecido el alma. Hasta esa plancha descendía una multitud de desdichadísimas almas y allí se quemaban hasta que, como la manteca caliente en una sartén, se volvían líquidas y, lo que es peor, se escurrían a través de la plancha como se tamiza la cera en un paño y caían hasta los carbones en llamas, donde de nuevo se renovaba su sufrimiento.

Cuando vio estos sufrimientos, el alma, totalmente aterrorizada, le dijo al ángel:

–Ay, señor mío, por favor, ¿me podrías decir qué males cometieron esas almas como para considerarlas merecedoras de tales tormentos?

–Esos son los homicidas, parricidas y fratricidas. Ese es el primer castigo para los asesinos y los cómplices de asesinatos; después, como verás, se les lleva a otros castigos mayores.

–¿Lo sufriré yo? –preguntó.

–Lo merecerías, pero no lo padecerás ahora. Aunque no seas un parricida, matricida o fratricida, igualmente has matado, aunque ahora no se te devolverá el mal que cometiste. Sin embargo, en un futuro, cuando vuelvas a tu cuerpo, ten cuidado de no merecer tales castigos, u otros peores. Sigamos –añadió–, todavía nos queda un largo camino.


El castigo de los mentirosos y de los pérfidos Editar

Siguieron avanzando y llegaron a un monte de un tamaño sorprendente, totalmente desolado y que provocaba un gran terror. Este monte ofrecía a los caminantes un pequeñísimo camino; a un lado, había un tenebroso fuego que olía a podredumbre, a azufre, mientras que en el otro lado reinaba un horrible viento, acompañado de gélida nieve y granizo. Este monte, repleto de verdugos, estaba preparado por todas partes para afligir a las almas, de tal manera que ningún camino le parecía seguro al viajero. Los verdugos portaban unas horcas de hierro en llamas y unos tridentes muy afilados, con los que mataban a las almas que deseaban cruzar y las arrastraban a su castigo. Durante un largo tiempo, las dejaban pagar sus penas envueltas en los fuegos de azufre; después, con esas herramientas las arrojaban a la parte nevada y, al revés, del granizo las echaban a las llamas.

Cuando vio a estos sufrimientos, mi alma, repleta de miedo, le preguntó al ángel que le precedía:

–Mi señor, por favor, respóndeme: ¿cómo voy a poder tomar ese camino que veo repleto de trampas y engaños dispuestos para mi muerte?

–No temas, sígueme o adelántame.

Y entonces el ángel siguió caminando y ella lo seguía, como antes.

El valle de los soberbios y su castigo Editar

Avanzando rápido por el temor, llegaron a un valle muy profundo y tenebroso, con un fuerte olor a podredumbre: el alma no podía divisar cuál era su profundidad, pero bien podía oír el ruido del río de azufre y los chillidos de la multitud de almas sufrientes en el fondo. Se elevaba desde el fondo, del azufre y de los cadáveres, una fétida humareda cuya pestilencia superaba a todos los castigos que había visto hasta entonces. Un larguísimo tablón se extendía de una vertiente a otra a modo de puente sobre el valle: medía mil pasos de largo, pero solo uno de ancho. Este puente no lo podía cruzar más que un elegido: vio cómo todos caían, a excepción de un sacerdote que fue capaz de cruzarlo sin percances. Era un sacerdote extranjero, que portaba una hoja de palma y una capa de peregrino, y caminaba sin miedo delante de todos.

Entonces, el alma, que había visto el estrecho tránsito y la sempiterna muerte que esperaba abajo, le preguntó al ángel:

–Ay, pobre de mí, ¿quién me librará de este mortal camino[9]?

–No temas –le respondió el ángel mirándola sonriente–: de esta te librarás, pero después ya padecerás otras. Y, mientras iba por delante, la tomó de la mano y la llevó al otro lado del puente ilesa. Después de cruzar ese malvado camino, como se sentía segura, le dijo alegre al ángel:

–Por favor, mi señor, me podrías decir para qué almas son esos castigos que acabamos de ver?

–Ese horroroso valle es el lugar de castigo para los soberbios, mientras que la montaña de podredumbre y azufre es para los mentirosos. Sigamos –añadió–, hasta que lleguemos a un lugar que no tiene comparación con estos.

Los avaros y su castigo Editar

Siguieron avanzando, el ángel delante y el alma detrás, por un largo, tortuoso y muy difícil camino; mientras avanzaban a duras penas y entre tinieblas, vio una bestia de un increíble tamaño, que provocaba un terror insoportable. Era de tal tamaño que superaba a cualquier montaña que hubiera visto antes; sus ojos parecían colinas en llamas, su boca estaba completamente abierta y parecía que cupieran dentro 9000 hombres armados. Tenía dos seres de aspecto contrahecho, con las cabezas torcidas, que residían en su boca; uno de ellos tenía su cabeza en los dientes superiores de la bestia y sus pies en los inferiores; el otro, al revés, tenía su cabeza en los dientes inferiores y sus pies en los superiores. Eran como una especie de columnas en su boca, que dividían la boca en tres puertas, por así decirlo, y una llama imperecedera brotaba de su interior, dividida por aquellas tres puertas, contra la que obligaban a entrar a las almas que iban a ser condenadas. Un hedor sin parangón salía de la boca, pero también se oían los llantos y lamentos de una multitud de almas que llegaban desde el vientre hasta la boca (no era sorprendente, ya que dentro había muchos miles de hombres y mujeres que lamentaban sus funestos tormentos). Ante la boca había también una multitud de espíritus inmundos que obligaban a las almas a entrar pero, antes de entrar, las hostigaban con todo tipo de látigos y azotes.

El alma, que estuvo mirando este horrible y temible espectáculo por largo tiempo, desfalleció de miedo y de temor y con voz quejumbrosa preguntó al ángel:

–Ay, ay, señor mío, ¿es que se te oculta lo que yo veo? ¿Por qué te estás acercando a eso?

–No podemos recorrer nuestro camino de ninguna otra forma –respondió el ángel–, a no ser que nos acerquemos más a este tormento, que nadie puede evitar salvo los elegidos. Esa bestia se llama Aqueronte[10], y devora a los avaros. Las escrituras la mencionan: «Absorberá el río y no se sorprenderá, está seguro por más que fluya el Jordán en su boca[11].» Los hombres que aparecen en su boca y entre sus dientes en sentidos opuestos, son gigantes y tan leales a su grupo como nadie jamás se ha visto. Conoces sus nombres, son Fergusio y Conalo[12].

–Ay, mi señor –le dijo el alma–, esto me conmueve: si, como tú dices, fueron tan fieles a su grupo, ¿por qué el Señor los ha considerado dignos de tales castigos?

–Todo eso –dijo–, que hasta ahora has visto, aunque sean graves castigos, no son tan grandes como los que podrás ver antes de volver.


Y mientras decía esto, se acercó más y más, por delante del alma, y acabó plantado delante de la bestia; el alma, aun sin querer, lo seguía. En cuanto estuvieron ante la bestia, el ángel desapareció y la pobre alma quedó sola. Los demonios, en cuanto la vieron sola, se acercaron a ella como perros rabiosos y, azotándola, la arrastraron hasta el vientre de la bestia. La clase y cantidad de tormentos que allí soportó, aunque se los callara, los podía adivinar fácilmente cualquiera que quisiera verlo por cómo cambiaron sus costumbres, y el color del rostro al recordarlos. Como debemos buscar la brevedad, no podemos escribir todo lo que oímos; sin embargo, para no parezca que somos negligentes con nuestro relato, queremos citar unos pocos de los muchos tormentos que sufrió para la formación de los lectores. Allí padeció los fieros ataques de perros, osos, leones, serpientes y de otros innumerables y desconocidos animales; también los golpes de los demonios, el ardor del fuego, la aspereza del frío, el hedor del azufre, la ceguera, el flujo de lágrimas ardientes, multitud de castigos y rechinar de dientes. Tras descubrir estas y otras penas similares, ¿qué otra cosa podía hacer esta pobre alma más que acusarse a sí misma por su pasado y arañarse sus propias mejillas de tristeza y desesperación?

Aunque la desdichada alma conocía su juicio y temía que sufriría un eterno suplicio por sus obras, sin saber cómo había salido, sentía que estaba fuera de la bestia. Entonces, estuvo yaciendo sin fuerzas en el suelo por largo tiempo, hasta que abrió los ojos y vio a su lado a aquel espíritu de luz que antes la precedía. Con gran alegría, aunque muy afligida, le dijo al ángel:

–Tú, que eres mi única esperanza, el inmerecido solaz que el Señor me ha concedido, la luz de mis ojos y mi apoyo para soportar mi desdicha y calamidad, ¿por qué me quisiste abandonar? ¿Qué le podré devolver yo, pobre de mí, al Señor por todo lo que me ha concedido? Si él me hizo alguna vez algún favor, además de enviarte a mi encuentro, ¿cómo le podré dar las gracias de una forma digna para él?

–Como tú misma habías dicho al principio, sabes que es mayor la misericordia divina que tu maldad. Solo él recompensará a cada uno según sus obras y méritos, pero también juzgará a cada uno en su final. Por esto mismo, como ya te dije antes, es necesario que reces para que, en lo que esté en tu mano, no vuelvas a merecer algo así. Vayamos hacia los castigos que están ante nosotros.


El castigo de los ladrones y los robos Editar

El alma deseaba con todas sus fuerzas seguir al ángel; se levantó a duras penas, intentaba fortalecer sus débiles pasos pero no era capaz: estaba muy afectada. Sin embargo, el ángel la tocó y le dio fuerzas; tomando la delantera, la convenció con su potente caminar para que siguiera el camino que antes le había señalado. Mientras marchaban, vieron muy a lo lejos un gran lago, con unas aguas tan agitadas que sus olas no permitían ver el cielo. Había allí también una grandísima multitud de terribles bestias, que no pedían otra cosa con sus bramidos más que devorar almas. A un lado había un puente muy angosto y largo, de una longitud de casi dos millas, igual que ancho era el lago; sin embargo, medía un solo palmo de ancho (era un puente más largo y estrecho que el que habíamos descrito antes). Las tablas de madera del puente estaban tachonadas de clavos de hierro afiladísimos que atravesaban los pies de todos los que intentaban cruzar, de tal forma que nadie, si pisaba un clavo, podía quedar ileso. Además, todas las bestias se reunían cerca del puente, de donde tomaban su alimento, es decir, las almas que no podían cruzar. Había bestias que eran tan grandes que sería muy correcto compararlas con grandes torres. De las bocas de las bestias salía fuego, tanto que cualquiera que lo viera pensaría que el propio lago estaba hirviendo.

También veía a un alma llorando mucho, acusándose de muchos crímenes. Iba muy cargada con muchos manojos de trigo y la obligaban a cruzar el puente; aunque le dolían muchísimo las heridas de los clavos de hierro en las plantas de los pies, todavía tenía más miedo de caer en el lago en llamas: cuanto más miraba las fauces abiertas de los monstruos, más miedo tenía. El alma, entonces, mientras veía el tremendo castigo que sufría aquella otra alma, le preguntó al ángel:

–Mi señor, por favor, me gustaría saber por qué se obliga a aquella a alma a cruzar el puente tan cargada, ya que es un castigo especial con respecto al resto de almas.

–Es un castigo es particularmente adecuado para ti y todos los que, como tú, cometisteis algún robo, ya fuera grande o pequeño. Pero este castigo no lo sufren por igual quienes robaron poco que quienes robaron mucho, a no ser que ese poco fuera sacrílego.

–¿Por qué –preguntó el alma– mencionas el sacrilegio?

–Quien roba algo sagrado o de un lugar sagrado, es considerado reo de sacrilegio; además, a quienes delinquen bajo el hábito religioso, a no ser que enmienden con una penitencia, se les considera reos de un delito mayor. Apresurémosnos –añadió–, porque tenemos que cruzar este puente.

–Tú, gracias al poder divino, podrás cruzar pero, creo, no serás capaz de llevarme contigo.

–Yo no cruzaré contigo –le respondió el ángel–, sino que cruzarás por ti sola; además, no podrás cruzar sin peso, sino que es necesario que lleves una vaca salvaje y que me la traigas ilesa al otro lado del puente.

–Pobre de mí –se lamentó con amargura el alma y le preguntó al ángel–, ¿por qué me creó Dios para padecer tanto? ¿Cómo podré llevar la vaca al otro lado cuando yo mismo, en tal peligro, ni siquiera puedo quedarme de pie sin la ayuda de la divina misericordia?

–Recuerda que –le respondió el ángel– , cuando tenías cuerpo, le robaste a tu padrino una vaca.

–¿Pero no le devolví, señor, la vaca de la que hablas a su propietario?

–Se la devolviste, pero cuando no pudiste esconderla. Por esto no sufrirás el castigo completo, porque es menos malo el deseo que la acción, aunque ambos son malos a ojos del Señor –Tras decir esto, el ángel volvió a mirar al alma y le señaló la vaca salvaje–. Ahí tienes la vaca que tienes que traer al otro lado.


El alma, cuando vio que no podía evitar el merecido castigo, empezó a llorar por su condena y trató de azuzar la vaca con toda clase de amenazas; mientras tanto, las bestias del lago se acercaban bramando al puente y esperaban la comida que veían dispuesta ante el puente. Aunque el alma inició su camino varias veces, la vaca no quería seguirle. ¿Por qué alargar más el relato? Cuando el alma se levantaba, la vaca se tumbaba; cuando la vaca se alzaba, el alma enseguida caía al suelo y así ambas estaban una y otra vez cayendo y levantándose por turnos, hasta que llegaron a mitad del puente. Cuando llegaron a ese punto, vieron que venía en su sentido el hombre que cargaba los manojos. Como se suele decir, aunque de forma distinta, “cuando vuelvan, vendrán trayendo manojos sin alegría”[13], aunque las Escrituras también nos avisan sobre ellos: “Pobres de vosotros, que ahora reís, porque más adelante lloraréis y os lamentaréis.[14]” Así se encontraron los dos, llorando y lamentándose, y no como la misericordia y la verdad ni como la justicia y la paz, que se muestran su cariño al encontrarse. El alma que venía con los manojos le pedía a la otra que no ocupase todo el puente; por el contrario, la otra le suplicaba, de todas las formas posibles, que no le impidiera el paso por el camino que con tanto esfuerzo había completado ya. Pero ni la una ni la otra podían, no digo volver, sino siquiera girarse a mirar atrás. Así, se quedaron de pie con gran dolor y las plantas de sus pies empaparon de sangre el puente. Así estuvieron mucho tiempo, lamentando el castigo por sus crímenes y, aunque no sabían cómo, tenían claro que una debería atravesar a la otra. La primera, mientras intentaba cruzar, vio al ángel que había dejado atrás, el cual le habló dulcemente:

–Buen camino; no te preocupes más por la vaca, porque ya has cumplido tu deuda –Pero cuando el alma le enseñó los pies y se quejó de que ya no podía seguir avanzando, le respondió–. Debes recordar qué veloces eran tus pies para derramar sangre: ahora merecerías que cada paso que dieras te provocase dolor y sufrimiento, si no viniera en tu ayuda la omnipotente misericordia divina –Y mientras decía esto, la curó con un toque y siguió adelante.

–¿A dónde vamos ahora? –preguntó el alma.

–Hay un torturador muy siniestro que está esperando nuestra llegada. Se llama Fristino y no podemos ignorar su hospitalidad. Aunque su casa siempre está repleta de huéspedes, el anfitrión nunca deja de desear más huéspedes que torturar.

El castigo de los glotones y lujuriosos Editar

Mientras iban por aquellos lugares tenebrosos y secos, se les apareció una casa con la puerta abierta. La casa en sí, por lo que veían, era de un tamaño enorme, como un escarpado monte de gran altura, pero redonda, como un horno en el que se suelen cocer los panes en el suelo. También salía una llama de dentro que calcinaba a todas las almas que alcanzaba hasta mil pasos de distancia. Pero aquella alma, que había sufrido en sus propias carnes un tormento similar, no podía de ninguna manera acercarse más. Le decía al ángel que la guiaba:

–¿Qué voy a hacer, pobre de mí? ¿Nos acercamos a las puertas de la muerte? ¿Quién me librará?

–De esta llama exterior te librarás –le respondió el ángel–, pero en la casa debes entrar.


Y mientras se acercaban, vieron a unos matarifes de pie ante las puertas, en medio de las llamas, con hachas, simples y dobles, cuchillos y varas, con dolabras, punzones y hoces, todos afiladísimos, y con palas y azadas y otras herramientas con las que podían despellejar, degollar, despedazar o matar, y a sus manos una multitud de almas que soportaban todo cuanto acabamos de comentar. Cuando el alma vio estos castigos, que eran mucho mayores que cuantos había visto antes, le dijo al ángel:

–Por favor, mi señor, te lo suplico: libérame solo de este suplicio y después entrégame a todos los que nos encontremos después de esto.

–Ese es un suplicio mayor que todos los que has visto hasta ahora –dijo entonces el ángel–, pero todavía verás uno que supera a todos los demás tipos de tormentos, mayor que todo lo que hayas visto o pensado. Adéntrate en este suplicio, que dentro hay perros rabiosos esperando tu llegada.


El alma, con todo el cuerpo temblando temblando y casi desmayada por la angustia, rezó, de todas las formas que supo, para evitar este castigo, pero no consiguió lo que quería. Los demonios, sin embargo, al ver el alma que les habían entregado, la rodearon, a grandes voces la injuriaron y con las herramientas antes mencionadas la despedazaron en pequeños trozos y la entregaron, destrozada, a los fuegos. ¿Qué puedo contar de lo que había en el interior de la casa de Fristino? En efecto, desde muy lejos se podía sentir el luto y la tristeza, el dolor, los gemidos y el rechinar de dientes y un fuego lento, pero en el interior se escondía un vasto incendio: siempre existe una inagotable ansia de comida y no puede saciarse la enormidad de la gula[15]. También se les atormentaba con los máximos dolores en sus partes privadas, pero además parecían tenerlas infectadas de podredumbre, heridas y repletas de gusanos – tanto de hombres como de mujeres, no solo seglares sino también (y cosa que no puedo decir sin un grave dolor) de religiosos con su hábito; en sus cuerpos se introducían terribles bestias, de tal manera que el suplicio llegaba por todas partes y agotaba la capacidad de resistirse a tal dolor: ningún sexo, ningún estamento estaba protegido de esta flagelación. Además, el amor me obliga a decir algo que me da miedo reconocer: que entre la multitud de hombres y mujeres condenados, también se veía el hábito de algún monje y, en efecto, a los que profesaban la mayor santidad también se les aplicaban los mayores castigos.

El alma no volvió en sí hasta que no soportó estos y otros tormentos similares durante mucho tiempo, pero reconocía que era culpable y merecedora de tales tormentos. En todo caso, cuando Dios lo consideró oportuno, como ya dijimos antes, el alma se vio libre, sin saber por qué orden, de estos sufrimientos. Se quedó sentada, en la tinieblas, a la sombra de la muerte, pero no llevaba mucho tiempo sentada cuando se acercó una luz, el espíritu de su vida, que había sido su guía hasta aquí. El alma, repleta tanto de amargura como de tristeza, le reprochó al ángel:

–¿Por qué, señor, he sufrido tantos tormentos, y de tal calibre?¿Y por qué los sabios han dicho «La tierra está repleta de la misericordia del Señor»?¿Dónde está esa misericordia y piedad?

–¡Ay, hija mía –le respondió el ángel–, a cuánta gente de pocas luces esta sentencia ha engañado! Dios, aunque es misericordioso, es sobre todo justo. La justicia retribuye a cada uno según sus méritos, mientras que la misericordia perdona la mayor parte de los delitos merecedores de castigo. Tú justamente vas a sufrir estos padecimientos de acuerdo a lo que demandan tus actos, pero después le darás las gracias a Dios cuando veas qué tormentos te ha perdonado por su misericordia.

Es más, si Dios ignorase todos los males, ¿por qué un hombre sería justo? Si no temiera los castigos, ¿por qué obedecería un pecador? ¿Y qué necesidad tendrían quienes confesan sus pecados de hacer la penitencia, si no temieran a Dios? Así pues, Dios, que todo lo ha dispuesto bien, ha templado la justicia con su misericordia y la misericordia con la justicia, de modo que ninguna existe sin la otra. Si bien en el mundo terrenal la misericordia divina perdona a los pecadores que no cumplen con su penitencia, aquí sufren los castigos adecuados a sus acciones, según lo dicte la justicia divina; por otro lado, aunque a los justos se les prive con justicia de la vida terrenal que viven con su cuerpo por el paso del tiempo, en cuanto abandonan sus cuerpos Dios los recompensa por misericordia con beneficios que nunca perderán, en compañía de los ángeles. En esto su misericordia es mayor que su justicia, porque ninguna buena obra queda sin recompensa, pero es él quien perdona muchas malas acciones. Nadie está libre de pecado, ni siquiera el bebé que ha vivido una noche, pero muchos se libran del castigo, tanto que incluso no los toca ni la sombra de la muerte.

–Mi señor, por favor –preguntó el alma, que ya había recuperado sus fuerzas, sobre un aspecto del discurso de consolación–, ya que has hablado de los justos que no merecen adentrarse en las puertas de la muerte, ¿por qué se les lleva al inframundo?

–Si te conmueve por qué se lleva a los justos, que no sufren estos castigos, a verlos, es porque así pueden ver los tormentos de los que la gracia divina les ha librado y así se enardecen las alabanzas y amor que sienten por su creador. Y, al contrario, a las almas de los pecadores que se consideran dignas de sufrir una eternidad de castigos, primero se las lleva a contemplar la gloria de los santos, de tal manera que, cuando lleguen a sus castigos, recuerden los premios y la gloria a la que voluntariamente renunciaron y sientan aún más su castigo. No hay ningún castigo tan grave como ser privado del contacto con la divina majestad y los santos ángeles. Por esto mismo aquel sacerdote al que viste cruzar el puente sin problemas, pasaba por todos aquellos suplicios, para que tras ver esos castigos ardiera con mayor fuerza su amor por aquel que lo llamó a la gloria. Pues se ha visto que es un siervo fiel y prudente, y así se le otorgará como premio la vida que Dios prometió a aquellos que le complacen[16]. Puesto que todavía no hemos visto todos los males –añadió–, te vendrá bien que nos acerquemos a ver todo lo que todavía no hemos visto.

–Si después hemos de llegar a la gloria, adelántate y llévame lo antes posible por favor.

El castigo a los que, vestidos y ordenados como religiosos, fornican o se contaminan sin mesura con cualquier clase de vicio. Editar

Y así, con el ángel como guía, vieron a una bestia muy distinta de todas las que habían visto: tenía dos patas y dos alas, un cuello larguísimo y un rostro de hierro (al igual que sus uñas, también de hierro), por cuya boca brotaba una llama sin fin. Esta bestia estaba sentada sobre un estanque congelado y devoraba a todas las almas que podía encontrar, que en su vientre, tras muchos tormentos, eran reducidas a la nada para después parirlas sobre el hielo del estanque congelado, donde se renovaba de nuevo su tormento. En efecto, todas las almas que llegaban al estanque se quedaban embarazadas y esperaban preñadas el tiempo necesario hasta llegar al parto, pero la descendencia que habían concebido les devoraba las entrañas, como hacen las serpientes. Así la prole ganaba fuerzas mientras las almas yacían, desdichadas, en las fétidas olas congeladas de aquel mar muerto; cuando llegaba el momento de parir, sus gritos y aullidos llenaban el inframundo mientras parían aquellas serpientes.

Como decía, parían no solo las mujeres sino también los hombres, pero no por aquellos órganos que la naturaleza decidió que eran los adecuados para tal afán, sino que les surgían por los brazos, el torso y por todos los miembros. Las bestias que acababan de nacer tenían unas cabezas de hierro envueltas en llamas y un rostro muy afilado con el que laceraban el cuerpo por donde salían. En sus colas había muchos aguijones que parecían anzuelos girados del revés con los que perforaban los cuerpos al salir. Las bestias, pues, cuando querían salir, no podían arrastrar sus colas, así que no dejaban de retorcer sus cabezas de hierro envueltas en llamas contra esos cuerpos hasta que consumían los nervios y los secos huesos. El silbido estridente del hielo que las cubría, los aullidos de las almas que soportaban estos castigos y los bramidos de las bestias que salían de los cuerpos... todos estos sonidos se unían y llegaban hasta el cielo, hasta tal punto que incluso los propios demonios, si hubieran tenido una chispa de piedad, podrían haberse sentido movidos a una merecida compasión.

De todos los cuerpos, de todos los miembros, incluso de los dedos, brotaban las cabezas de diversas bestias, que mordían los cuerpos hasta llegar los nervios y los huesos. Tenían además unas ágiles lenguas, a la manera de una serpiente, que consumían todas las entrañas y arterias, hasta llegar a los pulmones. Incluso las propias partes pudendas de los hombres y mujeres estaban repletos de forma similar de serpientes, que se esforzaban por rasgar el bajo vientre y extraer las vísceras.

–Dime, por favor –dijo el alma–, qué males han cometido estas almas, para que se les depare este castigo incomparable, a mi parecer, a todos los que había visto hasta ahora.

–Antes te comenté –respondió– que los que se encomiendan a la profesión de santidad reciben unos castigos más duros si se apartan de su camino; por contra, si no son culpables de tales castigos, consiguen una mayor gloria. Esos son los castigos de los monjes, canónigos, monjas y del resto de órdenes eclesiásticas, quienes, a pesar de la tonsura o del hábito, se conoce que engañaron a Dios. Por esto diversos castigos consumen sus miembros, ya que no los apartaron de lo prohibido; afilaban sus lenguas como serpientes[17], por lo que sufren sus aguijonazos en llamas; incluso sus partes pudendas, que no apartaron de las uniones provocadas por la prohibida lujuria, producen (o en ellas se introducen) unas fieras bestias por su montón de castigos. Pero ya hemos hablado bastante de ellos –añadió–. Aunque ese castigo está específicamente destinado a los que dicen ser religiosos y no lo son, también aquellos que mancillan sus cuerpos con una desmesurada lujuria lo sufren. Así pues, tú no podrás evitarlo, porque cuando tenías tu cuerpo, no tuviste temor de echarte a perder.

Y después de decir esto, se acercaron los demonios y con todas sus fuerzas tomaron al alma y se la entregaron a la bestia para que la devorase. Con todo, lo que el alma sufrió en el interior de la bestia o en el fétido estanque no es necesario que lo repitamos, ya que lo hemos explicado antes. Y así, cuando después de los mencionados tormentos el alma estaba sufriendo el parto de las serpientes, el piadoso espíritu se le acercó y la consoló con dulces palabras:

–He venido –dijo–, mi queridísima amiga; no sufrirás este castigo por más tiempo.


La curó con el contacto de su mano y le ordenó que le siguiera por el resto del camino; después de caminar un buen rato el alma desconocía a dónde iban, puesto que, a excepción del propio brillo del ángel, no tenían ninguna luz. Atravesaban terribles lugares, en muchos aspectos más horrendos que los anteriores; iban por un camino estrecho, que descendía siempre como si procediera de la cima de un altísimo monte y, cuanto más bajaban, menos esperaba el alma volver a la vida.

El castigo de quienes acumulan pecado sobre pecado Editar

–Por favor –suplicó–, después de haber visto tantos males antes y como no es posible no digo ver sino siquiera imaginar unos peores, ¿podrías decirme a dónde nos lleva ese camino, lejos de aquellos castigos, con un descenso tan largo?

–Este camino –respondió el ángel–, nos lleva a la muerte.

–Si esta vía es tan estrecha y ardua y no hemos visto a nadie aparte de nosotros, ¿por qué el evangelista dice que el camino que lleva a la perdición es amplio y espacioso y en él caben muchos[18]?

–El evangelista no se refería a este camino en concreto, sino a una vida terrenal colmada de actos inmorales y desvergonzados, pues ese tipo de vida es el que te trae a este camino.

Y así siguieron caminando con mucho esfuerzo hasta que llegaron a un valle, donde vieron los talleres de muchos artesanos y donde se oían los más fuertes lamentos.

–Escuchas –preguntó el alma–, mi señor, lo que yo oigo?

–Lo oigo, sé lo que es.

–¿Qué clase de castigo es este?

–Este verdugo se llama Vulcano, por cuya astucia muchos se hundieron y, mientras se hundían, él mismo los castigaba.

–¿Y acaso, mi señor, debo padecer este tormento?

–Sí.


Tras esta afirmación, el alma siguió llorando al ángel que le precedía. Se acercaron a su encuentro los verdugos con tenazas en llamas y, sin decir nada al ángel, tomaron al alma que le seguía y la llevaron a un horno repleto de ascuas para arrojarla a su interior. Después, accionando el fuelle, sometían a examen a aquella multitud de almas, como suele hacerse con el hierro, hasta que allí ardían y desaparecía su forma. Cuando se volvían tan líquidas que no parecían más que agua, las atravesaban con unos tridentes de hierro, las depositaban sobre unos yunques y las golpeaban con los martillos hasta que de 20, 30 o hasta 100 almas conseguían una sola masa... y, lo que es peor, así no morían, sino que deseaban la muerte pero no la podían alcanzar. Los verdugos les contestaban:

–¿No tenéis suficiente?

–¡Arrojadnos a nosotras –decían las almas de otro horno,– y ojalá así sea suficiente!


Entonces las tomaban con las tenazas de hierro y, antes de que tocasen el suelo, las arrojaban de nuevo al fuego, unas junto a las otras, y así de aquí para allá iban moviendo a las almas, que por todas partes padecían el sufrimiento y los golpes, hasta que las llamas del fuego convertían sus pieles, carnes, tendones y huesos cenizas. Cuando el alma ya había pasado un largo tiempo en este castigo, se acercó su espíritu defensor y, tomándola, tal y como acostumbraba, de entre las cenizas, le empezó a decir:

–¿Qué tal estás? ¿Alguna vez fue tan seductora la dulce carne como para soportar tantos y tales tormentos por ella?


El alma no podía responderle, ya que no tenía fuerzas para hablar después de tal tortura. Así pues, el ángel del Señor, al verla tan afectada, la consoló con las siguientes dulces palabras:

–Toma fuerza en que es el Señor el que te está llevando al inframundo y te sacará de él. Serás fuerte, porque, aunque ya has sufrido algunos males, son mucho mayores aquellos de los que te librarás, si tal es la voluntad de nuestro redentor. Él no desea la muerte de los pecadores, sino que cambien su conducta y vivan. Todos los que has visto esperan el juicio de dios, pero los que todavía están en las profundidades del inframundo ya han recibido ese juicio –Y tomándola como acostumbraba la reconfortó y le ordenó que continuara su camino.

El descenso a los inframundo Editar

Mientras iban avanzando y hablando, de repente se apoderaron del alma un horror y frío insoportable y un tenebroso y insólito hedor, sin parangón con los anteriores; también le entraron tal sufrimiento y angustia, que le parecía que los cimientos de la tierra parecían temblar todos a la vez. El alma se sintió obligada a preguntar al ángel:

–Mi señor, ay, ¿por qué no puedo ni siquiera mantenerme de pie como de normal? Me siento tan sobrecogida que ni siquiera tengo aliento para hablar.


Y mientras esperaba la respuesta del ángel, el gran temor que sentía le impedía moverse y, cuando apartó los ojos un momento del ángel, ya no pudo volver a verlo. Entonces, al ver que estaba mucho más abajo que el resto de pecadores y que su luz y solaz la había abandonada, ¿qué otra cosa podía hacer sino perder la esperanza en la misericordia del Señor? Como decía Salomón, no había sabiduría ni conocimiento en las profundidades a las que ella se acercaba, y no tenía ninguna idea porque carecía de la ayuda de Dios. Así pues, tras esperar un rato sola entre tantos peligros, escuchó los gritos y aullidos de una multitud tan asombrosos y un estruendo de truenos tan horripilante que ni nuestra pequeñez podría imaginarlo ni su lengua, según él reconocía, era capaz de describirlo.

Las profundidades del inframundo Editar

Empezó, por tanto, a mirar a su alrededor, por si de alguna forma podía ver de dónde venían todos estos ruidos, y vio una fosa cuadrangular, similar a un aljibe. Este pozo emitía una pútrida columna de llamas y humo, una columna que se elevaba hasta los cielos. En el mismo fuego de la columna había una multitud de almas y de demonios, que ascendían con las llamas igual que la ceniza y, cuando desaparecía el humo, volvían a caer con los demonios en las profundidades del horno. El alma, cuando vio semejante situación, quería volver atrás, pero no tenía fuerzas para levantar los pies del suelo. Luego, intentó varias veces hacerlo, espoleada por el temor, y al ver que no podía conseguir lo que quería, ardió de ira contra sí misma y, mientras se arañaba las mejillas, exclamaba:

–¡Ay de mí! ¿Por qué no he muerto? ¿Por qué, desgraciada de mí, no quise confiar en las Sagradas Escrituras? ¿Qué locura me engañó?


Los demonios que habían ascendido con las llamas, al escuchar estas palabras, enseguida la rodearon con las herramientas que usaban para arrastrar a las almas a los tormentos; la rodearon como si fueran abejas, envueltos en llamas como fuego en las espinas[19], y a una sola voz le decían:

–Desdichada alma, merecedora de castigos y torturas, ¿de dónde has venido? Ignorante, todavía no has conocido el castigo: ahora verás el tormento digno de tus obras, del que no podrás escapar ni morir, sino que siempre vivirás en él, ardiendo en el sufrimiento. No podrás ver o encontrar ningún consuelo, ningún refugio, ninguna luz; ya no podrás esperar ninguna ayuda, ninguna misericordia, puesto que has llegado a las puertas de la muerte y sin mayor demora estarás en las profundidades del inframundo. Quien te trajo aquí, te engañó: que intente liberarte, si puede, de nuestras manos, pero no lo volverás a ver. Sufre, miserable, sufre, llora, grita y aúlla: te lamentarás con los que se lamentan, llorarás con los que lloran y para siempre arderás con los que arden. No hay nadie que quiera o pueda liberarte de nuestras manos –y, mientras tanto, se decían unos a otros–. ¿Qué pasa, a qué esperamos? Llevémosnosla con nosotros y enseñémosle nuestra crueldad. ¡Se la daremos a Lucifer para que la devore!


Mientras blandían sus armas, la amenazaban con un muerte perpetua. Estos espíritus eran negros como carbones, pero sus ojos brillaban como lámparas de vivo fuego, sus dientes eran más blancos que la nieve, tenían unas colas parecidas a las de los escorpiones, garras de hierro muy afiladas y unas alas como buitres. Y así, mientras el alma lloraba, la zaherían con que se la iban a llevar enseguida con ellos y cantaban el cántico de la muerte, pero entonces llegó el espíritu de luz, que puso en fuga a aquellos espíritus de las tinieblas, y consoló al alma con sus habituales palabras:

–Alégrate y disfruta, hija de la luz, porque recibirás misericordia y no juicio. Verás otros castigos, pero ya no los tendrás que sufrir.

El mismísimo príncipe de las tinieblas Editar

–He venido para enseñarte el peor enemigo del género humano –Y se adelantó hasta las puertas del inframundo y le dijo–.Ven y mira. Sin embargo, tienes que saber que la luz de los que están aquí destinados brilla muy poco. Con todo, tú podrás verlos a ellos, pero ellos a ti no.

Acercándose el alma, vio las profundidades del infierno y la cantidad y las clases de los inauditos tormentos que allí vio, si tuviera cien cabezas y en cada cabeza, cien lenguas, sería incapaz de describirlos. Aun así, el propio Tundal nos contó unos pocos que, a mi juicio, es mejor no omitir. Vio al mismísimo príncipe de las tinieblas, el enemigo del género humano, el diablo, cuyo tamaño superaba a todas las bestias que hasta entonces había visto (ni la propia alma que lo vio fue capaz de comparar su tamaño con otra cosa ni nosotros, que lo escuchamos de sus propios labios nos atrevemos a estimarlo, pero no debemos desviarnos de nuestra narración). En efecto, esta bestia era negrísima, como un cuervo, y tenía forma de cuerpo humano desde los pies hasta las cabezas, con la excepción de que tenía muchas manos y una cola. Aquel horroroso monstruo tenía no menos de mil manos y cada una de ellas medía 100 codos de largo y 10 de ancho[20]; a su vez, cada mano tenía veinte dedos que medían 100 palmas de largo y 10 de ancho[21], y las uñas eran más largas que las lanzas de los soldados, todas de hierro (tanto las de las manos como las de los pies). Tenía un rostro muy alargado y ancho, y la cola era muy áspera y larga, presta para herir a las almas con unos aguijones afiladísimos.

Este horrible monstruo yacía sobre un lecho de hierro, bajo el cual había una multitud de ascuas avivadas por los fuelles que una multitud de demonios accionaba. Lo rodeaba tal cantidad de almas y demonios que nadie lo creería posible (si bien el mundo, desde sus inicios, ha dado a luz a muchísimas almas). El susodicho enemigo del género humano tenía cada miembro y cada articulación amarrado con cadenas de hierro y bronce, muy gruesas y encendidas en llamas. Mientras giraba sobre los carbones y por todas partes ardía, en un arranque de furia se giró de un lado a otro y estiró todas sus manos hacia la multitud de almas y apretó las presas que había capturado, como cuando un agricultor sediente exprime un racimo, de tal manera que ningún alma pudo escapar ilesa, pues o bien quedó partida o perdió la cabeza, los pies o las manos. Entonces también exhaló, o casi mejor suspiró, y desparramó todas las almas por todos los rincones de aquel infierno[22] y entonces brotó una fétida llama del pozo que antes describimos; luego, cuando la terrible bestia volvió a tomar aire, atrajo hacia sí todas las almas que antes había desparramado, que ahora cayeron en su boca, donde entre humo y azufre las devoró. A todas las almas que conseguían evitar sus manos las aguijoneaba con su cola y así la desgraciada bestia, cuando aguijoneaba a alguien, recibía también un castigo y, mientras atormentaba a las almas, sufría sus propios tormentos. El alma, viendo todo esto, preguntó al ángel:

–Mi señor, ¿qué nombre tiene aquella bestia?

–Aquella bestia que ves se llama Lucifer y es la primera de las criaturas de Dios, que vivía en las delicias del Paraíso. Si se le dejara libre, sería capaz de perturbar al mismo tiempo todo el cielo, la tierra y hasta el inframundo. Esa multitud que ves a su alrededor son, en parte, ángeles de las tinieblas y servidores de Satanás y, en parte, hijos de Adán, que no merecen compasión: en efecto, ellos son los que ni han esperado a recibir la compasión de Dios ni han confiado en el propio Dios y, por eso, se merecen sufrir tales castigos sin fin junto con el propio príncipe de las tinieblas, porque no quisieron corresponder con sus palabras y obras a la gloria del Señor, que les otorgó ilimitadas bondades. Son los que ya han recibido sentencia, y todavía esperan a muchos otros que con sus palabras prometen el bien pero con sus obras lo niegan. Tales castigos los sufrirán quienes niegan del todo a Cristo o actúan como quienes lo niegan, como los adúlteros, homicidas, ladrones, saqueadores, arrogantes y quienes no cumplen con las adecuadas penitencias. Primero sufren los castigos menores que antes has visto y, después, se les trae aquí, de donde nadie puede salir una vez ha entrado. Aquí sufrirán también los mandamases en la tierra, los que desean destacar no para ayudar sino para estar por encima de los demás; también los que consideran que el poder que han recibido para dirigir o corregir a sus súbditos no les ha sido concedido por Dios y, por tanto, no lo ejercen sobre ellos como debieran. Por esto las Escrituras claman: «Los poderosos sufren poderosamente los tormentos.[23]»

–Si dices que el poder les ha sido concedido por Dios –preguntó el alma–, ¿por qué sufren a causa de ese poder?

–El poder, que procede de Dios, no es malo, lo que es malo es usarlo mal.

–¿Y por qué Dios omnipotente no entrega siempre el poder a los buenos para que rectifiquen la conducta de sus súbditos y los gobiernen como deben?

–A veces se les quita el poder a los buenos, que castigaban los crímenes de sus súbditos, porque los malvados no merecen tener unos buenos líderes; a veces, para ayudar a los propios buenos, para que puedan proveer más fácilmente la salvación de sus almas.

–Quisiera saber por qué motivo se le llama a aquel monstruo el «príncipe de las tinieblas», cuando no puede defender a nadie y ni siquiera liberarse a sí mismo.

–Se le llama príncipe no por su poder sino por la primacía que tiene en las tinieblas. Aunque hayas visto muchos castigos antes, se los puede considerar como una nadería en comparación con ese eterno suplicio.

–Pienso lo mismo, sin duda: ese lago me perturba mucho más y solo soportar el hedor de ese lago se me hace mucho más pesado que sufrir todo lo que antes he padecido. Por eso te pido que, si pudiera ser, me saques rápido de aquí y no me permitas sufrir más. En este tormento veo a muchos conocidos, compañeros y notables, a los que me alegraba considerar mis amigos en mi vida y cuya compañía aquí y ahora no puedo más que aborrecer. Estoy totalmente seguro de que, si no me ayuda la divina misericordia, mis acciones me harían merecedor de un castigo no menor que el de todos ellos.

–Ven –le respondió el ángel–, afortunada alma, y reposa: ya no sufrirás más y no volverás a ver esos castigos, a no ser que de nuevo los merezcas. De aquí en adelante, hasta que lleguemos a la cárcel de los enemigos de Dios, solo contemplarás la gloria de sus amigos.

El moderado castigo de los que no son muy malos Editar

Así pues, el alma se giró y siguió al ángel que la precedía; sin avanzar demasiado, el hedor se desvaneció y la luz apareció tras destruir las tinieblas. Desapareció el temor y enseguida volvió la seguridad; la tristeza quedó en el pasado y el alma se sintió repleta de gozo y alegría. El cambio fue tan repentino que la propia alma se quedó asombrada y preguntó:

–Mi señor, por favor, dime, ¿por qué siento que he cambiado tan rápido? Antes estaba ciega y ahora veo; antes estaba triste y ahora contenta; sufrí el insoportable hedor durante todo aquel camino pero ahora no noto ningún mal olor. Antes me notaba asustadiza y sentía mucho miedo, pero ahora estoy alegre y segura.

–Bien lo has dicho –le respondió el ángel–, no te sorprendas, pues este es el cambio que provoca la diestra del altísimo. Debemos volver a nuestra zona por otro camino; ahora aprovecha para bendecir a Dios y sígueme.


Mientras avanzaban, vieron un muro muy alto; bajo el muro, desde la parte de donde habían venido, había un multitud de hombres y mujeres que soportaban la lluvia y el viento. Estaban muy tristes, sufrían hambre y sed, pero tenían luz y no se percibía hedor alguno. El alma preguntó:

–¿Quién es esta gente, que aguardan aquí en este reposo[24]?

–Estos son gente mala –respondió el ángel–, pero no mucho. Se esforzaron por comportarse con honestidad, pero no han entregado sus bienes materiales a los pobres, como deberían haber hecho, y así se considera que deben sufrir la lluvia durante algunos años; después, se les llevará al buen reposo.

Los campos de la felicidad, la fuente de la vida y el reposo de los no muy buenos Editar

Avanzando un poco más, llegaron a un puerta abierta; cuando entraron, vieron un precioso campo, fragante, tachonado de flores, brillante y muy agradable, en el que había tal multitud de almas que nadie las podría contar. Había una multitud de hombres y mujeres exultantes; allí no había noche ni se ponía el sol y estaba una fuente de agua viva. El alma, después de todas las amarguras que había soportado, se deleitó con la dulzura del hermoso campo y rompió a gritar con gran devoción:

–Bendito sea el nombre del señor de ahora en adelante, que me libró de las puertas del inframundo gracias a su gran misercordia y me introdujo en la parte destinada a los santos. Ahora sé lo muy certeras que son las palabras de las Sagradas Escrituras: «Lo que el ojo no ve ni la oreja oye ni alcanza al corazón de los hombres, eso es lo que ha dispuesto el Señor para quienes lo aman.» ¿Para qué almas se reserva este reposo y qué nombre recibe esa fuente?

–Aquí viven los que no son muy buenos –respondió el ángel–, que, aunque ya han sido liberados del inframundo, todavía no merecen la unión con los santos. Y a esta fuente que ves se la llama “la viviente”: si alguien prueba sus aguas, vivirá eternamente y nunca más volverá a tener sed.

Los reyes Donnough y Conchobar Editar

Y avanzando un poco más vieron a conocidos laicos, entre los que estaban los reyes Donnough y Conchobar[25]. Cuando los vio, el alma se sorprendió y preguntó:

–Mi señor, ¿qué es esto que veo? Esos dos hombres, en vida, fueron muy sanguinarios y enemigos mutuos: ¿por qué motivo han merecido llegado aquí y cómo se han hecho amigos?

–Antes de su muerte hicieron penitencia por su enemistad, por lo que no se les castigó por ello. El rey Conchobar padeció una larga enfermedad y prometió que, si sobrevivía, se volvería monje. El otro, después de vivir encadenado a sus posesiones durante muchos años, las repartió todas entre los pobres y por tanto su justicia se recuerda para siempre. Pero tú les contarás todo esto a los vivos.

Y se marcharon.

El rey Cormac Editar

Después de seguir un poco más, vieron una casa con unos sorprendentes adornos, cuyas paredes y estructura eran todas de plata y gemas preciosas; aunque no había puerta ni ventanas, quienes querían entrar podían entrar. Era una casa que deslumbraba tanto por dentro no ya como un sol sino como si brillaran muchos en su interior. La casa en sí era muy ancha y redonda, sin ninguna columna que la sostuviese, y todo el vestíbulo estaba pavimentado con oro y piedras preciosas. Mientras el alma, mirando a su alrededor, disfrutaba de tal construcción, vio un trono de oro, adornado con gemas, sedas y todo tipo de ornamentos, y vio al rey Cormac[26] sentado en ese mismo trono vestido con unas ropas de una calidad que ni él ni ningún rey terrenal pudo vestir nunca. Así pues, el alma, admirada, se quedó quieta de pie un rato, durante el que se presentó mucha gente ante el rey y le ofrecían uno por uno sus regalos con gran gozo; mientras estuvo mucho tiempo delante de su señor (pues este rey fue su señor, mientras ambos vivían), se le acercaron muchos sacerdotes y diáconos vestidos con total solemnidad, como si acudieran a misa, con las casullas de seda y accesorios de mucha calidad, y por todas partes adornaban el palacio con admirables adornos. Colocaban también copas, cálices de oro y plata y cajas de marfil sobre tablas y pequeños pedestales, y así el palacio quedó tan decorado que, si no hubiera una gloria mayor en el reino de Dios, con esa casa habría bastado. Así pues, todos los sirvientes que se acercaban al rey hacían la genuflexión ante el rey mientras le decían:

–Afortunado el esfuerzo de tus manos, porque te dará de comer. Eres feliz y te irá todo bien[27].

–Me pregunto –dijo el alma al ángel–, de dónde han salido todos estos sirvientes, entre los que puedo reconocer ni a uno solo de los suyos mientras yo vivía.

–Esos no forman parte de la corte que tenía en vida –respondió el ángel–, ¿acaso no escuchas cómo claman «Afortunado el esfuerzo de tus manos, porque te dará de comer. Eres feliz y te irá todo bien.»? Los que ves son todos pobres de Cristo y peregrinos, a los que el mismo rey les regaló su bienes terrenales mientras vivía, y por eso aquellos corresponden con su propio esfuerzo y para siempre la eterna merced del rey.

–Quisiera saber si mi rey ha sufrido algún tormento después de abandonar su cuerpo y llegar a su reposo.

–Los ha sufrido –dijo el ángel–, los sufre y los sufrirá. Esperemos un poco y veremos su castigo.


No tuvieron que esperar mucho: la oscuridad se hizo con el palacio, todos sus habitantes se entristecieron y el rey, perturbado, empezó a llorar, se levantó y salió. El alma lo siguió y vio a la multitud que antes había visto en el interior con las manos levantadas hacia el cielo y suplicándole con gran devoción a Dios: “Dios, señor omnipotente, según tu deseo y conocimiento, apiádate de tu siervo.” Entonces volvió su mirada y vio al propio rey en un fuego que le llegaba hasta el ombligo y vestido del ombligo para arriba con un cilicio. El alma le dijo al ángel:

–¿Durante cuánto tiempo sufre esa alma estos castigos?

–Cada día durante tres horas sufre y durante veintiuna horas reposa.

–Mi señor, ¿por qué se le considera merecedor de este castigo y no de otros?

–Sufre el fuego hasta el ombligo porque mancilló el santo sacramento del matrimonio y soporta el cilicio de ombligo para arriba porque ordenó el asesinato de un conde junto a San Patricio[28] y rompió un juramento. A excepción de estos dos crímenes, todos los demás le han sido perdonados –poco después añadió–. Subamos.

Después de avanzar un poquito, vieron un muro muy alto y muy brillante.

La gloria de los casados Editar

El muro era de plata, muy reluciente y hermoso. No parecía que hubiera ninguna puerta, pero el alma, sin saber cómo la introdujo el poder divino, entró y vio a su alrededor coros de santos que ensalzaban a Dios diciendo: “Gloria a ti, Dios padre; gloria a ti, el Hijo; gloria a ti, Espíritu Santo.” Los que cantaban, hombres y mujeres, iban vestidos con unas ropas blanquísimas y valiosísimas, y estaban bellísimos, sin ninguna mancha y arruga, alegres y felices, siempre gozosos y exultantes y sin abandonar nunca sus loas a la santa y sempiterna trinidad. Las ropas eran tan blancas como la nieve reciente cuando refleja los rayos del sol y las voces, aunque eran diversas, sonaban en armonía y hacían que la música sonara dulce como la miel. El brillo, la felicidad, el bienestar, la alegría, la belleza, la honradez, la salud, la eternidad y la unanimidad eran compartidas por todos por igual, y también el amor. ¿Y qué podría decir del olor del campo en el que se hallaban? Superaba a todos los perfumes y aromas de las especias aquel olor tan agradable y placentero. Allí no existía la noche, la tristeza estaba ausente y todos ardían de amor. Entonces el alma dijo:

–Permite, mi señor, por favor, que permanezcamos en este lugar de reposo.

–Así sea. Con todo, aunque esto te parezca lo mejor, todavía verás mayores recompensas para los santos.

–Señor, ¿para qué almas son estas recompensas?

–De aquellos esposos y esposas que no han mancillado el lecho conyugal con el ilícito adulterio y han conservado la fidelidad a la legítima unión, pero también de aquellos que gobernaron bien sus casas y entregaban sus bienes a los pobres, los peregrinos y la Iglesia de Cristo. Es para aquellos a los que el justo juez, en el juicio final, dirá: «Venid vosotros, los bendecidos por mi padre, y poseed el reino dispuesto para vosotros desde el origen del mundo. Estaba hambriento y me disteis de comer; estaba sediento y me disteis de beber; era un extraño y me acogisteis.» Mientras esperan aquella feliz recompensa y la llegada de la gloria del gran Dios, se les reconforta con tal reposo. Grandioso es el sacramento del legítimo matrimonio; quienes lo respetan con su cuerpo aquí gozarán de un reposo eterno.” Todavía tenemos que subir más y ver lo que está más alto –añadió–.

–Señor, si he alcanzado alguna gracia a tus ojos, haz que permanezca en este reposo. Si así lo deseas, preferiría no subir más sino quedarme aquí con esos afortunados, en este lugar que tanto me ha gustado. No me quejo ni me preocupo ni deseo nada mejor.

–Aunque no lo hayas merecido, igualmente verás cosas mejores que esta.

Y después de esto avanzaron sin mucho esfuerzo: parecía que no les costaba nada ascender. En todos los grupos que atravesaban, todos los que se encontraban los saludaban inclinando la cabeza, con rostro alegre y eterno gozo, llamándolos por su nombre, y además cantaban las glorias de Dios, que había liberado al alma, con las siguientes palabras: “Loado seas, Señor, rey de eterna gloria, que no deseas la muerte del pecador sino que cambie y viva, que te has dignado, gracias a tu misericordia, a sustraer esta alma de los padecimientos del inframundo y unirla a tu comunidad de santos.”


La gloria de los mártires y de los continentes Editar

Después de cruzarse con muchos grupos, apareció otro muro tan alto como el anterior, de un oro tan puro y brillante que el alma disfrutó más con esa visión, solamente con el brillo del metal, que con toda la gloria que había visto antes. Cruzaron este muro de igual manera que el anterior y se les aparecieron muchas sillas construidas con oro y todo tipo de gemas preciosas y cubiertas con sedas, níveas vestimentas y tiaras, y unos adornos que el alma nunca antes había visto o ni siquiera había podido imaginar. El rostro de cada uno de ellos resplandecía como el sol a mediodía, sus cabellos eran muy parecidos al oro y llevaban unas coronas adornadas con las mismas gemas. Tenían ante sí unos atriles de unos metales de calidad nada inferior, sobre los cuales descansaban unos libros escritos con letras de oro y cantaban aleluyas al Señor de una forma nueva y con una melodía tan dulce que el alma se olvidó de todo lo pasado en cuanto escuchó sus voces.

Así pues, nada más ver aquel cántico en grupo y aquellas sillas, el alma se quedó quieta, de pie, disfrutando de la asombrosa visión. Entonces el ángel le dijo:

–Esos son los santos, los que entregaron su cuerpo en testimonio de Dios y lavaron sus vestimentas en la sangre del Cordero[29]; aquellos son los continentes, los que pagaron por un tiempo las deudas de la carne pero después entregaron el resto de su vida en la tierra al servicio de Dios. O bien sufrieron el martirio en el nombre de Cristo o bien llevaron su vida con sobriedad, justicia y piedad a pesar de la crucifixión de sus defectos y deseos, pero todos han merecido recibir una corona triunfal. Esos son los santificados, los elegidos como amigos de Dios[30].

La gloria de los monjes y monjas Editar

Con todo, cuando el alma miró a su alrededor con curiosidad, vio una especie de campamento repleto de tiendas, muy diversas, confeccionadas con púrpura y algodón, también de oro, plata y seda, en las que sonaban en armonía cuerdas, tambores, cítaras, acompañados de platillos y otros instrumentos, tocando todo tipo de dulcísimas melodías. Entonces le preguntó al ángel:

–¿De qué almas son estas tiendas y carpas?

–Este es el reposo de los monjes y monjas, que prometieron obediencia a los gobernantes y la cumplieron con gusto. Como devotos, gozan más de la inferioridad que de la superioridad y, dejando de lado sus propios deseos, obedecen a una voluntad ajena, de tal manera que pueden decir: «Has colocado a hombres sobre nuestras cabezas, hemos cruzado el fuego y el agua y nos has llevado a nuestro consuelo[31].» Ellos son quienes conocen lo celestial mientras viven en sus cuerpos y no solo apartan sus lenguas de todo mal, sino que incluso, por mantener la taciturnidad, también las refrenan de hablar del bien; ellos pueden decirle al señor: «Hemos guardado silencio, nos hemos humillado, hemos callado incluso lo bueno y te hemos obedecido nada más oirte[32].» Estos son los que poseen estos tronos y tiendas, en los que cantan sin interrupción loas al redentor, al que concede todo lo bueno.

–Si te parece bien –le pidió el alma–, me gustaría acercame más y ver a quienes están dentro.

–Me parece bien que los veas y oigas, pero no entrarás hasta donde están. Pues ellos están en presencia de la Santa Trinidad y uno, si entra, se olvidará de todo su pasado y ya no podrá separarse nunca de la unión con los santos, a no ser que fuera una doncella que merezca unirse al coro de los ángeles.


Al acercarse, vieron dentro monjes de ambos sexos, parecidos a ángeles, cuyas voces parecían superar en dulzura y tersura al sonido de todos los instrumentos. Y, aunque todas las almas que habían visto antes en los otros lugares eran muy relucientes, el esplendor, perfume y dulcísimo son de estas superaba toda la gloria que habían visto antes. Todos los instrumentos sonaban sin que nadie los tocase, pero las voces de aquellos espíritus, que cantaban con todo rango de voces sin esfuerzo, los superaban en dulzura. No parecía que movieran los labios ni se esforzaban por tocar con las manos los instrumentos, aunque estos igualmente producían la melodía deseada. El cielo que había sobre sus cabezas era muy brillante y de él colgaban cadenas de purísimo oro unidas a varillas de platas, entretejidas de hermosísimas formas, y de estas varillas colgaban cálices y cuencos, platillos y campanillas, lirios y flámulas, todo de oro. Entre estos objetos revoloteaba una multitud de ángeles, que en su suave vuelo con sus doradas alas agitaban estas cadenas que devolvían unos dulcísimos sonidos para quien los escuchase.

Los defensores y constructores de las iglesias Editar

El ángel entonces le dijo al alma, que llevada por su deleite quería quedarse allí más tiempo, “¡Mira allá!” Al mirar vio un árbol, tremendamente grande y ancho, de hojas y flores verdísimas y repleto de todo tipo de frutos. Entre su follaje, revoloteaban muchas aves de distintos colores, cantando en armonía con sus diversas voces; bajo sus ramas, brotaban muchos lirios y rosas y todo tipo de hierbas y especias fragantes. Bajo el mismo árbol había muchos hombres y mujeres en pequeñas cabañas de oro y marfil: sin interrupción, alababan y bendecían a Dios omnipotente por todas sus bondades y dones, y cada uno de ellos portaba sobre la cabeza una corona dorada con admirables filigranas, y un cetro de oro en la mano, e iban vestidos con las mismas vestimentas que los monjes que habían visto antes. El alma se giró y le dijo al ángel:

–¿Qué árbol es aquel bajo el cual están esas almas? ¿Qué bien hicieron mientras estuvieron vivos?

–Este árbol es una imagen de la santa Iglesia y los que ves bajo sus ramas son los constructores y defensores de las santas iglesias: ellos se esforzaron por levantar y defender las iglesias y, gracias a los beneficios que otorgaron a las santas iglesias, consiguieron confraternizar con ellas y así, merced a su guía espiritual, fueron capaces de abandonar sus hábitos seglares y apartarse de los deseos carnales, los enemigos del alma. Así vivieron con sobriedad, justicia y piedad en el mundo terrenal, mientras esperaban la feliz recompensa que, como ves, no los perturba. Sigamos –añadió–.

La gloria de las doncellas y las nueve órdenes de ángeles Editar

En cuanto se marcharon, vieron un muro de una altura, belleza y brillo distinto a los demás, pues estaba bien construido con todo tipo de piedras preciosas de todos los colores y con piezas de metal entre las piedras, de tal forma que parecía que la argamasa fuera oro. Las piedras eran cristales, crisolitos, berilios, jaspes, jacintos, esmeraldas, zafiros, ónices, topacios, rubíes, crisoprasas, ametistas, turquesas y granadas. El muro, que relucía con estas y otras piedras similares, invitaba a las mentes de quienes lo veían a apreciarlo. Así pues, subieron para verlo sin problemas, porque el ojo no ha visto ni la oreja ha oído ni ha llegado al corazón de los hombres lo que Dios ha dispuesto para quienes lo aman, y en efecto en su interior vieron las nueve órdenes de los espíritus afortunados: los ángeles, arcángeles, las virtudes, los principados, las potestades, las dominaciones, los tronos, los querubines y los serafines. Oyeron unas palabras que no se pueden pronunciar, que ni el hombre puede decir ni se le pueden decir. Entonces el ángel le dijo al alma:

–Escucha, hija mía, y mira: acerca tu oído y olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y que el rey desee tu belleza[33].

¿Qué podría decir? A todos les queda claro cuánto disfrute, cuánta alegría, cuánta dignidad y qué sublimidad hay en el hecho de incorporarse a los coros de santos ángeles, observar el encomiable número de patriarcas y profetas, ver el ejército de mártires con sus blancas vestimentas, oír el nuevo canto de las doncellas, contemplar el glorioso coro de los apóstoles, merecer la compañía de los confesores y, por encima de todo, percibir a quien, clemente y piadoso, es el pan de los ángeles y la vida de todos. Desde el lugar en el que se hallaban, veían no solo toda la gloria que ya habían visto antes, sino también los castigos por las condenas que antes hemos comentado y, lo que más nos sorprendía, podían ver el orbe terrestre como si estuviera iluminado por un rayo de sol: nadie podría embotar la visión de aquel a quien le fuera concedido ver una sola vez al creador de todo. Además, para su sorpresa, mientras estaban en ese mismo lugar, eran capaces de ver a todos los que hubiera por delante y por detrás de ellos, aun sin girarse hacia ningún lado. Allí se le otorgó no solo una visión sino también un conocimiento tal que ya no necesitaba preguntar más por nada sino que ahora sabía todo lo que desease con claridad y por entero.

San Ruadán el confesor Editar

Mientras estaba allí, se acercó al alma San Ruadán el confesor[34] y saludándole con gran alegría la abrazó muy estrechamente y le dijo:

–Desde ahora y hasta el final, el Señor vigila tu entrada y tu salida en el mundo. Yo soy Ruadán, tu patrón, y quedarás vinculado a mí en tu muerte.

Y después de decir esto, se quedó a su lado, sin pronunciar ninguna palabra más.

San Patricio y los cuatro obispos Editar

El alma entonces miró a su alrededor de nuevo y vio a San Patricio, apóstol de Irlanda, con una gran compañía de obispos, entre los que el alma reconoció a cuatro: Celestino[35], arzobispo de Armagh, y Malaquías[36], que sucedió al anterior en el cargo. Este fue quien marchó a Roma en tiempos del papa Inocencio II, quien lo designó legado y arzobispo, y además repartió todos sus bienes entre los monasterios y los pobres; construyó 54 congregaciones de monjes, canónigos y monjas, a los que proveyó con todo lo necesario sin reservar nada para sí. El alma también reconoció a Cristiano, obispo de Lyon, su gemelo, un hombre de admirable continencia que se entregó voluntariamente a la pobreza, y a Nemias, sacerdote al mando de la diócesis de Cloyne, un hombre sencillo y modesto, cuyo conocimiento y castidad refulgía por encima de los demás.

Estos fueron los cuatros obispos que el alma reconoció; junto a ellos, había una silla con una decoración admirable, en el que no había nadie sentado. El alma preguntó:

–¿De quién es esta silla? ¿Por qué está vacía?

–Esta silla es de uno de nuestros hermanos –respondió Malaquías–, que todavía no ha abandonado su cuerpo pero, en cuanto lo haga, la ocupará.

Aunque el alma se sentía colmada de dicha con todo esto, se le acercó el ángel del Señor, que la guiaba, y le dijo con dulzura: La vuelta del alma al cuerpo

–¿Has visto todo esto?

–Lo he visto, mi señor, y te lo suplico: permite que me quede.

–Debes volver a tu cuerpo y guardar en tu memoria todo lo que has visto para que sirva de provecho para el prójimo.


Cuando el alma oyó que debía volver a su cuerpo, lloró mucho, con gran tristeza, y le respondió:

–Mi señor, ¿cómo de grande es el mal que he cometido para que deba abandonar tan gran gloria y volver a mi cuerpo?

–Esa gloria solo se reserva a las doncellas, que han guardado su cuerpo del contacto carnal del deseo y han preferido arder por tanta y tal gloria que revolcarse en el barrizal de la desvergüenza y el mal. Tú no quisiste creer en las palabras de las Escrituras y por tanto no puedes permanecer aquí. Vuelve, pues, a tu cuerpo, de donde has salido, y procura abstenerte de todo cuanto antes hacías. No te faltarán nuestros consejos y ayuda, sino que te acompañarán con fidelidad.


Tras decir esto, el alma se giró y, al intentar moverse, notó que se sentía lastrada por la pesadez de su cuerpo. No percibió que hubiera pasado ni siquiera un instante, sino que un momento antes estaba hablando en el cielo con el ángel y al siguiente sentía que había vuelto a su cuerpo. Débil, abrió los ojos de su cuerpo y, suspirando y sin decir nada, miró a los sacerdotes que la rodeaban; después de tomar la Eucaristía, repartió como acción de gracias todas sus posesiones entre los pobres y ordenó que cosieran el signo de la Santa Cruz sobre sus vestimentas. Poco después, nos narró todo lo que había visto, nos aconsejó que llevásemos una buena vida y se puso a predicar la palabra de Dios, que antes desconocía, con gran devoción, humildad y conocimiento.

Sin embargo, nosotros, que no somos capaces de emular su vida, nos hemos esforzado por transcribir todo cuanto nos relató para beneficio del lector. Por esto rogamos vuestra clemencia, ilustre G., con nuestro ruego más humilde y devoto, para que os acordéis de nosotros, aun indignos, en vuestras oraciones, mientras le plazca nuestra existencia a Jesucristo nuestro señor, quien, como dijimos, todo lo gobierna y que tendrá honor y gloria por los infinitos siglos de los siglos.

Amén.

Fin de la visión de un caballero llamado Tundal.

Notas Editar

  1. En el original, Tnugdalus. Este nombre aparece transcrito con múltiples variantes, como Tundal, Túndalo, Tondal...
  2. Conrado III, rey del Sacro Imperio Romano Germánico del 1138 al 1152, que participó en la Segunda Cruzada.
  3. En el original, “inferos”, que significa, literalmente, las partes de abajo de la tierra. En general, usaremos el término “inframundo” para referirnos a todo este mundo subterráneo al que irán las almas, que no es equiparable a nuestra concepción de infierno, porque a nuestro parecer es un término más neutro.
  4. Es decir, de coser sobre sus vestimentas una cruz. En general, esto se hacía para indicar que se iba a partir a las Cruzadas, aunque en el caso de Tundal adoptará una vida de predicador.
  5. Estos “espíritus inmundos” son “inmundos” (o sucios) en un sentido moral.
  6. Cita del pasaje del Antiguo Testamento, Proverbios 6.13.
  7. De nuevo, cita del Antiguo Testamento. Salmos, 17.6.
  8. Aproximadamente dos metros y medio, en medidas actuales (aunque había una gran diversidad en la longitud del codo según regiones).
  9. Sutil alusión a la 7ª carta a los romanos (Rom, 7, 24), donde Pablo exclama: ¿quién me librará de este mortal cuerpo?
  10. El Aqueronte era un río de la región del Epiro que se creían vinculado al inframundo; en esta versión, se ha convertido en un terrible monstruo.
  11. Job, 40, 23.
  12. Es posible Fergusius y Conallus (en latín) sean referencias a Fergus mac Roich y Conall Cearnach, unos conocidos personajes del Ciclo de Úlster (pagano) y fieles seguidores de Cú chulainn, el famoso semihéroe del folklore irlandés.
  13. Salmos, 125, 7. En el texto original de la Biblia, la frase es afirmativa
  14. Lucas, 6, 25.
  15. Esta última frase es un pasaje frecuentemente citado en la literatura medieval; tiene sus orígenes, al parecer, en la traducción latina de Rufino de la obra del obispo Eusebio de Cesarea.
  16. Cita de Santiago, 1, 12
  17. Esta frase recuerda al canto gregoriano Acuerunt linguas suas sicut serpentes, es decir, “aguzaron sus lenguas como serpientes”.
  18. Mateo, 7, 13.
  19. Salmos, 118, 12. La metáfora alude a las abejas que rodean a un atacante para picarlo.
  20. 40 metros de largo y 4 de ancho, aproximadamente.
  21. 20 metros de largo y 2 de ancho, aproximadamente.
  22. Aquí traducimos el original “gehenna” como infierno. El término gehenna aparece en los evangelios como opuesto al Reino de los Cielos, como un lugar en el que se castiga a las almas en un fuego inextinguible (por ejemplo, Marcos, 9, 43), que a nuestro juicio sí se asemeja mucho más a nuestra idea de infierno.
  23. Eclesiastés, 10.
  24. A partir de aquí, el autor usa la palabra “requies” (que hemos traducido como reposo, y que puede significar también descanso, solaz o paz) para referirse a la otra vida de las almas no malas, por oposición a los castigos que sufrían las almas malvadas, mientras esperan la llegada del Reino de Dios.
  25. No hemos conseguido identificar con seguridad a estos personajes. Hemos indicado la correspondencia gaélica más probable con la transcripción latina del original; así hemos relacionado el original Conchober con Conchobar y Donachus con Donnough.
  26. Tampoco hemos logrado identificar a este personaje, Cormachus en el original.
  27. Salmos, 127, 2.
  28. Dado que San Patricio vivió en el S.V, podemos suponer que con este San Patricio se refiere a la catedral de San Patricio, seguramente la de Armagh, citada como la ciudad más importante del norte de Irlanda previamente (la otra catedral de San Patricio en Irlanda está ubicada en Dublín, aunque dado que se fundó en el 1191 probablemente ni siquiera habría empezado la construcción cuando esta obra se escribió).
  29. Forma figurada de referirse a Jesús, conocido como el Cordero de Dios
  30. Como apunte, es muy interesante cómo el escritor alude a las almas de los bienhechores y malhechores como "amigos" y "enemigos" de Dios: es muy probable que detrás haya una concepción inspirada en los lazos de amistad y fidelidad típicos de las culturas feudales.
  31. Salmos, 65, 12
  32. Este pasaje combina dos pasajes de los Salmos, 38,3 y 17,45
  33. Salmos, 44, 11-12
  34. Ruadán (Ruadhán mac Fergusa Birn) es considerado como uno de los doce apóstoles de Irlanda, una importante figura religiosa en los primeros tiempos del cristianismo irlandés.
  35. También conocido como Cellach o Celso (1080 - 1129), fue el primer obispo metropolitano de Irlanda.
  36. Llamado Máel Máedóc en origen (1094 - 1148), destaca por introducir muchos ritos romanos en Irlanda y endurecer la disciplina del clero.