Viajes de Gulliver/Primera parte/VII

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VII

EL AUTOR, AVISADO DE QUE INTENTABAN PROCESARLE POR DELITO DE ALTA TRAICIÓN, SE REFUGIA EN EL REINO DE BLEFUSCU.

Antes de entrar a hablar de mi partida del imperio de Lilliput, me parece esencial instruir al lector de una intriga secreta que se formó contra mí.

Estaba yo tan poco habituado a la vida cortesana, y la humildad de mi estado me había puesto tan lejos de las disposiciones necesarias para poder hacerme un diestro cortesano, que absolutamente careeía de principios. Es verdad que otros de tan inferior nacimiento han probado bien en la corte, y han arribado a los más altos empleos pero acaso serían menos delicados en esto del honor. Sea como fuere, mientras me disponía a partir para la isla de Blefuscu a cumplimentar a su emperador, un personaje muy principal, que me debía servicios muy importantes, vino a visitarme en secreto por la noche, y sin hacerse anunciar se metió hasta mi cuarto en su silla de manos. Despedidos los portadores, escondí a Su Excelencia dentro de su silla en una faltriquera de mi chupa, mientras daba orden a mi criado de que tuviese bien cerrada la puerta principal, y poniéndole después sobre una mesa, me senté al lado. Cambiados los cumplimientos de rigor y habiendo notado que aquel señor estaba triste e inquieto, le pregunté la causa, a lo que me respondió que tuviese la bondad de escucharle sobre un asunto que interesaba a mi honor y a mi vida.

—Pongo en vuestro conocimiento —me dijo— que de poco acá ha habido diferentes reuniones secretas para tratar de vuestra conducta, y que de dos días a esta parte ha tomado Su Majestad una resolución muy grave. No ignoráis que Skyresh Bolgolam galvet (o gran almirante), ha sido casi siempre vuestro capital enemigo desde que llegasteis aquí. Ignoro el origen; pero su odio se ha aumentado terriblemente después de vuestra expedición a Blefuscu. Como almirante, está envidioso de tan feliz empresa. Este, scñor, de acuerdo con Flimmap, tesorero mayor, el general Limtor Lalcon, camarero mayor, y Balmuff, el juez mayor, han formado varios artículos para procesaros como reo de lesa majestad, y responsable de otros grandes delitos.

Este exordio me arrebató de tal manera que iba a interrumpirle; pero me rogó que le escuchase en silencio, y continuó diciendo:

—Por reconocimiento a los servicios que me habéis hecho, he procurado instruirme de todo el proceso. Voy a leeros una copia de sus artículos; mas, cuidado... que es un negocio en que arriesgo mi cabeza por serviros.


«Articulos de la acusación intentada contra Quinbus
Flestrin (o el «hombre montaña»).


» Artículo primero. Por cuanto por una ley subsistente desde el reinado de Su Majestad Imperial Cabin Deffar Plune, so ordena que cualquiera persona que hiciese aguas en todo el recinto del palacio imperial, quede sujeta a las penas y castigo de crimen de lesa majestad; resulta haber incurrido en ellas el dicho Quinbus Flestrin por una profanación manifiesta de dicha ley, con el pretexto de apagar el incendio del cuarto de la cara imperial esposa de Sa Majestad, procediendo maliciosa, traidora, y diabólicamente a desocupar su vejiga dentro del recinto del mismo palacio imperial.

»Art. 2.° Que el dicho Quinbus Flestrin cuando trajo a nuestro puerto imperial la flota real de Blefuseu, se le ordenó desde luego por Su Majestad Imperial que se apoderase de todas las demás embarcaciones del citado reino de Blefuscu, y que reduciéndole en clase de provincia, que pudiese estar gobernada por un virrey de nuestro país hiciese perecer y morir, no solamente todos los gruesi-extremitas expatriados, sino también todos los naturales de aquel reino que luego al punto no detestasen la herejía gruesi-extremitense; contra lo cual el dicho Flestrin, como un traidor rebelde a su muy feliz Imperial Majestad, ha presentado an memorial para evadirse de este servicio con el frívolo pretexto de serle repugnante obligar las conciencias y oprimir la libertad de un pueblo inocente.

»Art. 3.° Que habiendo llegado poco ha ciertos embajadores de la corte de Blefuseu a pedir la paz a Su Majestad, el dicho Flestrin, como un vasallo desleal, socorrió, ayudó, consoló y regaló a los dichos embajadores, con pleno conocimiento de que eran ministros de un príncipe que acababa de ser enemigo declarado de Su Majestad Imperial con guerra abierta.

»Art. 4.° Que el dicho Qumbus Flestrin, contra la obligación de un fiel vasallo, se está preparando actualmente para pasar a la corte de Blefuscu, sin más licencias que un permiso verbal de Su Majestad Imperial; y so capa de este tal permiso se propone temeraria y pérfilamente hacer dicho viaje, socorrer, auxiliar y ayudar al rey de Blefuscu...»


—Aun hay otros artículos —añadió;— pero los más importantes están comprendidos en la relación que os he leído. En los diferentes congresos que ha habido para la determinación de la causa, es preciso confesar que Su Majestad ha manifestado su moderación, dulzura y equidad recordando a menudo vuestros servicios y mirando a disminuir los delitos. El tesorero y almirante opinan que se os debe dar una muerte cruel e ignominiosa, poniendo fuego a vuestro alojamiento de noche; el general queria esperaros con veinte mil hombres armados de flechas emponzoñadas para hacer tiro a vuestro rostro y manos. También se ha pensado dar una orden secreta a varios de vuestros criados para que impregnasen vuestras camisas de un jugo venenoso que os haría despedazar vuestras mismas carnes hasta morir en los tormentos más excesivos. El general ha aprobado este medio de suerte que, por algún tiempo, la pluralidad de votos ha estado en contra vuestra; pero SLE Majestad, resuelto a salvaros la vida, ha ganado la anuencia del camarero mayor. Durante estas conferencias, Redresal, primer secretario de Estado, encargado de los negocios reservados, recibió orden del emperador para dar su voto; también se ha conformado con el de Su Majestad, y ciertamente ha correspondido a la estimación que le profesáis. El reconoce que los delitos son grandes; pero que, no obstante, merecen alguna indulgencia. Ha dicho que, siendo pública la amistad que os une, puede haber algunos que le crean apasionado en vuestro favor; mas, con todo, quería dar su dictamen con franqueza, obedeciendo el real precepto: que si Su Majestad, en consideración a vuestros servicios, y según la dulzura de su espíritu, quería salvaros la vida, contentándose con que os saquen los ojos, juzgaba con sumisión que esto bastaba a satisfacer en algún modo la justicia, y que todo el mundo aplaudiría su imperial cleuencia, como también el procedimiento equitativo y generoso de los que tienen el honor de ser sus consejeros. Que la pérdida de los ojos no perjudica la fuerza corporal, con la que quedabais en aptitud de poder servir todavía a Su Majestad. Que la ceguedad contribuye a aumentar el valor, porque oculta los peligros, y, recogiéndose el espíritu, queda mejor dispuesto para discernir la verdad. Que el mismo cuidado que teníais en defender la vista era el principal motivo que os había detenido en apoderaros de la flota enemiga; y que bastaba que vieseis por los ojus de los demás, pues que hay príncipes muy poderosos que no suelen ver de otra manera. Esta proposición desagradó extremadamente a toda la asamblea: el almirante Bolgolam, todo sofocado, se levantó y, transportado de furor, dijo que se admiraba mucho de que el secretario tuviese atrevimiento de opinar por la conservación de la vida de un traidor; que los servicios que os atribuían eran con arreglo a las verda- deras máximas de Estado, unos delitos enormes; que quien había sido capaz de apagar de un golpe un incendio tan grande regando con aguas inmundas el palacio de Su Majestad (lo cual no podía recordar sin horror), podrís con el mismo arbitrio, cuando se le autojase mundar el palacio y toda la capital, teniendo a prevención alguna bomba disforme; y que el mismo poder con que habíais arrastrado la flota enemiga serviría para volverla otro día al mismo puerto con el menor motivo de desabrimiento que tuvieseis de nosotros. Que él tenía razones muy fuertes para pensar que en el fondo de vuestro corazón erais gruesi-extremita; y porque la traición principia en el corazón antes de mostrarse en las acciones, desde luego os declaraba formalmente traidor y rebelde, consinticudo en que se debía sin más dilaciones quitaros la vida. El tesorero fué del mismo parecer. Ifizo ver el extremado apuro que padecía el real erario por el gasto de vuestro sustento, que dentro de poco tiempo sería insoportable; que la sentencia propuesta por el secretario, lejos de ser un remedio contra este mal, le aumentaría según todas las apariencias, como se evidencia del común uso de sacar los ojos a ciertas aves para que coman nás y engorden prontamente; que su Saera Majestad, y su Consejo, que eran vuestros jueces, estaban en sus conciencias bien ciertos de vuestro delito, y que esta prueba era más que suficiente para condenaros al suplicio, sin recurso a otras formalidades prevenidas por el riguroso sentido literal de la ley. Pero Su Majestad Imperial, absolutamente resuelto a salvaros la vida, dijo, respirando benignidad, que pues juzgaba el Consejo por castigo demasiado pequeño la pérdida de los ojos, podía agregarse a él algún otro. Entonces vuestro amigo el secretario, pidiendo con sumisión que le escuchasen para responder al reparo puesto por el tesorero en orden al exorbitante gasto que Su Majestad sufría por manteneros, expuso que nadie mejor que Su Excelencia, pues era el único interventor en las rentas imperiales, podía remediar fácilmente aquel daño disminuyendo vuestra ración poco a poco que por este medio, faltándoos el preciso alimento, os enflaqueceríais, y extenuado perderíais el apetito, y muy presto la vida también. Así es que, por la buena amistad del secretario, se ha podido resolver favorablemente vuestro caso están dadas órdenes muy estrechas para que no se trascienda el designio de que lentamente os vaya consumiendo el hambre. La sentencia de sacaros los ojos está registrada en la secretaría de cámara del Consejo, sin más oposición que la del almirante Bolgolam. Dentro de tres días se pasará orden al secretario para que venga a vuestro alojamiento y os haga saber en persona los artículos de la acusación, como también la gran clemencia y gracia de Su Majestad y su Consejo, conformándose con la sola pena de que perdáis los ojos, a la cual no duda que os someteréis con toda la humildad y reconocimiento correspondiente. Después vendrán veinte cirujanos del emperador a hacer la operación con unas saetas muy agudas, que os penetrarán en las pupilas estando acostado sobre el suelo. Ahora vos sabréis tomar la más oportuna determinación que os dicte la prudencia. Yo me retiro con la misma reserva que he venido para evitar sospechas.

Despidióso Su Excelencia dejándome sumergido en un mar de inquietudes. Era costumbre introducida por este príncipe y su ministro (bien distinto de lo que me informaron se usaba en los primeros tiempos) que después que la corte había deliberado un suplicio para satisfacer el resentimiento del soberano o la malicia de un privado, el emperador arengaba en Consejo pleno, acerca de su dulzura y elemencia, como cualidades reconocidas por todos. Muy pronto se publicó por todo el imperio la peroración de mi causa; pero nada inspiró tanto horror al pueblo como estos elogios de la clemencia de Su Majestail, porque habían observado que cuanto más se ponderaba, tanto más injusto y cruel solía ser el suplicio. Por lo que a mí toca, debo confesar que, como ni mi nacimiento ni mi educación, me destinaban a cortesano, entendia tan poco de esta política, que no me atrevía a decidir si la sentencia pronunciada contra mí era suave o rigurosa, justa o injusta: ni quise malgastar {el tiempo en pedir que se permitiera defenderme, pareciéndone que sería lo mismo verme condenado sin ser oído, pues habiendo conocido otros muchos procesos semejantes, siempre había visto determinarlos por los informes dados a los jucces, y a la voluntad de acusadores acreditados y poderosos.

Tentado estuve de hacer resistencia, que al fin, hallándome en libertad, todas las fuerzas del Imperio no me igualaban, y hubiera podido muy fácilmente destruir y arruinar a pedradas la capital: pero detesté luego al punto este pensamiento con horror, acordándome del juramento que había prestado a Su Majestad, de las mercedes que había recibido de su benignidad, y finalmente de la alta dignidad de nardac que me había conferido. Además, que no se me babía pegado tanto el espíritu de autoridad que pudiese persuadirme de que los rigores de Su Majestad me exoneraban de las obligaciones que le debía.

Ultimamente tomé una determinación que, según las apariencias, será censurada de algunas personas con justicia; pues yo confieso que fué grande mi temeridad y mal modo de proceder, queriendo conservar los ojos, la libertad y la vida contra las órdenes de la corte. Si yo hubiera conocido entonces el carácter del príncipe y su ministerio de Estado, como después he tenido ocasión de observarlo, y su sistema de tratar a los acusados menos criminales que yo, sin duda me hubiera sometido a una pena tan dulce. Pero, arrebatado por el ardor de la juventud, y estando ya autorizado por Su Majestad Imperial para presentarme al rey de Blefuseu, no me descuidé en escribir a mi amigo el secretario antes de expirar el término de los tres días, dándole parte de mi resolución de partir en la misma hora para Blefuscu, en virtud del permiso que había obtenido, y sin aguardar respuesta eché a andar hacia la costa de la isla, donde estaba la flota. Me apoderé de un grueso navío de guerra, até un cable á la proa, y levantando anclas después de haber puesto en él ini vestido y calzado, con un cobertor, que era mi equipaje, unas veces a vado y otras a nado, fui tirando hasta el puerto real de Blefuseu, donde me esperaba el pueblo hacia largo rato. Destinaron dos guías para conducirme a la capital, que tiene el mismo nombre: los llevé en mis manos hasta llegar a cien locsas de las puertas, y allí los puse en el suelo para que fuesen a dar aviso de mi arribo a uno de los secretarios de Estado, mientras aguardaba en el mismo sitio las órdenes de Su Majestad. Al cabo de una hora, recibí la respuesta de que salía con toda la casa real a recibiruc. Entonces me adelanté cincuenta toesas más, hasta encontrarlos. El rey y su comitiva se apcaron de sus caballos, y la reina y sus damas dejaron los coches, sin manifestar temor de mi presencia. Para besar las manos a Sus Majestades, me tendí en tierra, y así bice mi arenga de que iba a cumplir mi promesa con lidel emperador, mi señor, por conseguir el honor de ver a un príncipe tan poderoso y ofrecerle todos los servicios que estuviesen en mi mano y no fuesen incompatibles con la obligación que me ligaba a mi soberano, pero sin hacer mención de mi desgracia.

No quiero fastidiar al lector con el pormenor circunstanciado de ti recibimiento en la corte, que fué cual correspondía a la generosidad de un príncipe tan grande; ni de las incomodidades que pasé por falta de cama y alojamiento, viéndome precisado a acostarme en el suelo envuelto en el cobertor que por fortuna llevaba.