Vergara : 33

Vergara
Capítulo XXXIII
 de Benito Pérez Galdós


Dirigiose a la cómoda en que estaba el candilón, el cual, dicho sea por respeto a la puntualidad histórica, había dejado extinguir una de sus dos mechas, manteniendo encendida la otra por puro compromiso, al parecer, pues bien se le conocían las ganas de dormirse en la obscuridad. D. Fernando miró al General, que revolvía papeles en el cajón primero de la cómoda, y tras él veía también mal alumbradas por la luz dormilona las pobrecitas ánimas del Purgatorio, sus cuerpos desnudos entre llamas rojizas. ¡Con qué gusto las habría sacado de aquel martirio, extrayendo al propio tiempo al pobre General, que en las llamas de su ansiedad e irresolución ardía!

«Verá usted -dijo D. Rafael, hallando lo que buscaba y volviendo el rostro hacia el mensajero de su rival-: aquí tengo una carta interesantísima. No haré con usted misterio de su contenido ni de la persona que la firma: es un amigo íntimo de Simón de la Torre y mío. En ella se me propone una entrevista con el Comodoro Lord John Hay, el cual tiene instrucciones de su Gobierno para proponer a Espartero y a mí fórmulas de paz».

-Debo decir a usted que a mi jefe no le gusta que los extranjeros medien en este asunto. Notaría usted que el coronel Wilde no pronunció una palabra de condiciones de arreglo. También debo decirle, General, que a Espartero no le supo bien que usted cambiara comunicaciones con el mariscal Soult sobre este negocio. Es muy delicada la intervención extranjera, así en la guerra como en la paz, porque casi siempre los poderosos que nos prestan servicio tan eminente lo cobran después con una pesada injerencia política y diplomática.

-Es verdad; pero yo no puedo negar al Comodoro la entrevista que me propone. Sólo que no sé dónde ni cómo celebrarla. Bien podría servirme de pretexto la orden que a León ha dado Espartero de quemar las mieses de Navarra. Esto es una violación del tratado de Elliot.


-¿Ha contestado usted a La Torre que acepta la entrevista?

-No, porque de nadie me fío ya. No me determino a enviar una carta de tanta gravedad por mano de carlista: la traición y el espionaje tienden aquí sus redes que es un primor.

-¿Y no hay un hombre leal que establezca la comunicación verbalmente?

-No le hay, o al menos yo no le veo junto a mí -replicó Maroto con la desconfianza pintada en su inquieto mirar.

-Permítame usted que le diga, mi General, que en el recelo y suspicacia que me manifiesta veo una enfermedad del ánimo, efecto de su singularísima situación entre la guerra apostólica y la paz nacional; veo el delirio persecutorio, que usted logrará vencer mirando con más serenidad cosas y personas.

-Puede que tenga usted razón... Déjeme seguir: Simón de la Torre y yo estamos de acuerdo; el amigo que nos comunica es un joven bilbaíno muy simpático, que ha servido con Córdova y con Espartero...

-¡Oh, qué luz, mi General!... ¿Es acaso Pedro Pascual Uhagón?

-¿Amigo de usted, por ventura?

-Sí señor... Yo sabía que andaba por aquí; me constaba su amistad con Simón de la Torre... En fin, ¿quiere usted que yo me vea con Uhagón?... ¿Dónde está?

-Muy cerca de aquí: en Amurrio.

-Pues allá me voy. ¿Debo decirle que está usted dispuesto a celebrar la entrevista con el Comodoro?

-Justo; ¿pero dónde nos encontramos, Señor?... ¿Debemos reunirnos por casualidad, o por reclamo del inglés, para tratar de la cuestión de las mieses incendiadas?

-Deje usted a mi cuidado el determinar la entrevista de una manera lógica, en forma que le ponga a usted a cubierto de toda sospecha.

-Si así lo hiciere, me prestaría un servicio inmenso en las actuales circunstancias...

-¿Con que en Amurrio? Cuente usted con que mañana comemos juntos Pedro Pascual y yo; cuente con que un día de estos se verá usted sorprendido por Lord John, y obligado aparentemente a conferenciar con él... Y cuente con que las proposiciones del inglés diferirán poco de las de Espartero...

-Pero la sanción de una potencia extranjera, amigo mío, es alivio grande de la responsabilidad...

-Convenido. Luego veremos el grado de desinterés de la gestión inglesa... En fin, mi General, viva la paz, aunque viva con su Pepita...

-Eso, eso -dijo Maroto, riendo por primera vez en la conferencia de aquella lúgubre noche-, que viva con su Pepita. Y ahora...

-Sí: debo retirarme.

-Que no se le olvide felicitar a Espartero por su ducado.

-Lo agradecerá mucho.


-Sí, sí: los dichosos agradecen los plácemes de los tristes -dijo D. Rafael sin ocultar su pena inmensa-. Con que buenas noches. No tengo vino superior con que obsequiarle.

-Ya beberemos pronto a la salud de España pacificada. No me detengo. Querrá usted dormir; yo también.

-Yo no duermo.

-Descansar, por lo menos.

-Tampoco.

-Ya vendrán para todos el descanso y la tranquilidad.

-Dios lo quiera.

-¡Ánimo, sinceridad, patriotismo! Adiós, mi General.

-Adiós. Le deseo lo que yo no he tenido nunca: buena suerte.

-La tendremos... ¿Qué hace falta? El corazón siempre por delante.

-¡Ay!... Eso se dice, eso se intenta... pero no siempre el corazón se pone donde quiere, donde debe... Adiós.

Salió Calpena de la triste casona; palpando paredes se encaminó a su alojamiento, y lo primero que hizo fue dar órdenes para partir de madrugada. El coronel Wilde y el Brigadier Campillo dormían profundamente; procuró hacer lo propio, y al romper el día trotaban los seis desandando el camino que habían traído. Las diez serían cuando las avanzadas del ejército liberal les indicaban la proximidad de Amurrio. Dijo D. Fernando a sus compañeros que si no querían esperarle en aquel pueblo, donde una diligencia importante le detendría, siguieran a Orduña. Divididas las voluntades, el Brigadier determinó encaminarse sin demora al Cuartel Real, y Wilde se quedó, pues no había para él compañía más grata que la del caballero español. No vaciló este en ponerle en autos del asunto que motivaba su detención en Amurrio: uno y otro, cada cual en su esfera, trabajaban por la paz, y solían comunicarse una parte de sus secretos. La primera diligencia fue tomar lenguas del paradero de Uhagón, también del inglés amigo, y sin grandes molestias dieron con él en la casa de Zárate, donde estaba en gran parola, inter pocula, con Ibero y otros oficiales, entreteniendo los ocios con historias picantes y libaciones de chacolí. En el mismo hospedaje se metieron Calpena y Wilde, formando alegre compañía, y al poco tiempo de sociedad, ya se habían trazado los conspiradores de la paz el plan más acertado para llevar adelante las vistas entre el Comodoro y el General de D. Carlos. Por desgracia, Lord John se hallaba por aquellos días en Bayona; Pedro Pascual tenía que trasladarse a Bilbao, buscar embarcación que le llevase a Francia, y volver luego con el Comodoro. Convinieron en que Wilde le acompañaría en la expedición marítima, mientras a Orduña pasaba D. Fernando para dar cuenta al General. Algunos días retuvo el Duque de la Victoria a su amigo, no sólo porque descansase, sino por creer que en el estado de las negociaciones convenía dar largas a Maroto, para que su turbado ánimo, con la tremenda crisis del carlismo, viniese a mayor decaimiento y desorden más grande. La primera comisión que D. Baldomero dio a su fiel servidor después de aquel descanso fue llevar a Maroto las cartas de los emigrados apostólicos, que interceptadas por el Gobierno fueron impresas en la Gaceta de Madrid. Por ellas se veía que el partido intransigente, a quien el Rey con fingida corrección había separado de su gracia, se mantenía con este en inteligencia clandestina. Por miedo a Maroto, había decretado D. Carlos el destierro de los clérigos Echevarría y Lárraga, de Marco del Pont y Arias Teijeiro; pero no tardaron estos en ponerse de nuevo al habla con su señor, tendiéndose desde la frontera a la Corte un hilo de conspiración que no fue el paso menos interesante de aquella tragicomedia.

Volvió, pues, D. Fernando al Cuartel de Maroto, acompañado de Ibero en calidad de parlamentario militar para un nuevo canje, y halló muy desconcertado del entendimiento al General sin ventura, variando de opiniones y actitudes a cada instante, pasando bruscamente del ardiente furor al desmayo mujeril. Ya tenía conocimiento, cuando el mensajero le mostró la Gaceta, de los tratos que sostenían los emigrados con el Rey absoluto, y a este propósito le hizo Calpena, con seguro conocimiento de la humanidad, estas profundas observaciones: «Vea usted, mi General, cómo se reproducen en la historia los mismos efectos cuando las causas no varían, y cómo se repiten los hechos cuando las personas no cambian. En D. Carlos tiene usted la imagen viva de su hermano Fernando VII: son los mismos perros con el mismo Toisón de Oro al cuello, y perdóneseme la comparación. Diferentes parecían uno y otro hermano, y son el mismo sujeto repetido en el tiempo, desmintiendo a la muerte. Si discrepan en cualidades secundarias, en lo principal son idénticos, y proceden de igual manera. La situación en que el estadillo carlista se encuentra es la misma del Estado español en aquellos famosos años del 20 al 23. La pesadumbre y la barbarie del absolutismo han traído una revolución, y esa revolución, esa protesta contra el régimen tiránico y clerical, Maroto a pesar suyo la representa. Por una serie de circunstancias, la fuerza ha venido a estar en manos de usted. El Rey no supo serlo absolutista, no sabe serlo tampoco liberal, y doy este nombre al partido marotista o de transacción, para establecer un término relativo que facilite mi argumento. Liberal es usted, aunque no quiera confesarlo; liberales son Simón de la Torre, Zaratiegui y aun el mismo Elío, por extraño que parezca. Digamos que han admitido un átomo de la idea liberal: en ese átomo está todo lo sustancial del principio. Pues bien: D. Carlos ha venido a ser prisionero de usted; tiembla de miedo viéndose sometido a la fuerza que odia; aparenta ceder; aun dice marchemos y yo el primero... Por intimación de usted, separa de su lado a su camarilla; destierra muy contra su voluntad a los que cree sostenedores de su soberanía absoluta; pero continúa entendiéndose con ellos, dándoles ánimos para que conspiren, adquieran fuerza y vengan a libertarle. ¿Duda usted esto? ¿Cree la pintura recargada y violenta? Su silencio y su mirada me dicen que no. Pero si aún duda, pronto ha de ver cuán fundado es este juicio mío. ¿Recuerda usted la sublevación de los voluntarios realistas? ¿Recuerda las partidas levantadas por clérigos y frailes salteadores? Pues pronto hemos de verlas reproducidas. El bando apostólico, apoderándose de los soldados que usted manda, levantará la bandera del absolutismo neto y rabioso contra la transacción que este ejército representa. Harán creer a los pueblos que usted secuestra al Rey, que tiene embargado su real ánimo... Y por fin, y esto es lo más triste, esa bandería furibunda vencerá por lógica ley al partido de la moderación, y Maroto será tratado no como un hombre que mira por el bien de su patria, no como un General que sirve intereses superiores a los de una persona, sino como un vulgar ambicioso, y le impondrán pena infamante. Por muy extraño que parezca, será usted, en su papel político y en su fin desastroso, muy semejante al infortunado Riego. Le llevarán a la horca en un serón arrastrado por un burro... y...

-Cállese usted... -dijo Maroto apretando los puños y despidiendo lumbre por los ojos-, que si algo hay de verdad en el paralelo que hace, no puedo admitir mi semejanza con Riego.

-Ya lo veremos.

-Yo sabré morir con dignidad.

-No lo dudo. Pero es lástima que usted muera, pudiendo vivir con honor y hasta con gloria, facilitando la obra de la paz.

Poco más hablaron; Maroto se volvió muy taciturno, sumergiéndose en sus melancolías. Luchaba fieramente ¡infeliz hombre!, con el turbio, revuelto oleaje de su destino, más embravecido cuanto más en él pataleaba.


Capítulo XXXIII