Vergara : 31

Vergara
Capítulo XXXI
 de Benito Pérez Galdós


Cerca de Agüera encontró D. Fernando al coronel inglés Wilde, a quien había conocido en Logroño. Comisionado por el Gobierno de su país para estudiar la guerra, habíala seguido en todos sus accidentes desde Peñacerrada, compartiendo las fatigas y aun los peligros de nuestros soldados. Era persona muy simpática, instruida, de finísimo trato, y habiéndose propuesto con tenacidad sajona dominar la lengua de Castilla, andaba ya muy cerca de conseguirlo sin perder su nativo acento. Con él iba un capitán de la misma nación, que no había podido vencer aún, por el corto tiempo que llevaba en España, las dificultades elementales de nuestro idioma, y lo destrozaba graciosamente sin miedo al disparate, ávido de aprender, como se aprenden todas las cosas: errando. Ingleses y españoles celebraban la ocasión que les unía, y se concertaron para presenciar juntos las peripecias de la campaña de Occidente, como decía Wilde. Formando un cuerpecillo militar de siete hombres (con el criado de Calpena y los ordenanzas que el General había puesto al servicio de los extranjeros), se colaron en el teatro de la guerra, y su primer paso fue aproximarse a D. Leopoldo O'Donnell, que había sucedido a Van-Halen en el cargo de Jefe de Estado Mayor. Causaba espanto ver las posiciones ocupadas por los carlistas en los montes que rodean a Ramales y Guardamino; imposible parecía que de tales alturas pudiera ser desalojado un enemigo intrépido, que con tiempo supo plantarse allí, al amparo de rocas ingentes. Allí el arte militar semejaba al instinto guerrero de las bestias feroces. Hablando los ingleses con O' Donnell, que por la pinta y la seriedad flemática parecía más inglés que ellos, dijéronle: «¿Pero están ustedes seguros de poder ganar esos picachos, si en ellos los lobos tendrán que mirar dónde ponen la pata?».

-No estamos seguros de llegar arriba, coronel -replicó D. Leopoldo con la sonrisa que ponía en sus labios, así para los dichos triviales como para los que precedían a los grandes hechos-; pero subiremos hasta donde humanamente se pueda. Mis soldados no miden los caminos con la vista, sino con los pies, y no se hacen cargo de los peligros sino después de estar en ellos.

-Los que hemos visto la subida de Banderas -indicó D. Fernando-, estamos curados de asombro.

-Lloverán piedras seguramente -quiso decir el capitán inglés mezclando de un modo pintoresco las hablas española y británica-. La ventaja del enemigo es que no necesita gastar pólvora ni proyectiles.

-Eso lo veremos -dijo D. Leopoldo-. Señores, con Dios. No puedo entretenerme.

-General, a sus órdenes. ¡Gloria a Dios en las alturas!

-Y paz en la tierra, etcétera... ¿La paz dónde está?

-Donde menos se piensa... aquí.

Siguieron faldeando el cerro, y a cada paso encontraban fuerzas acantonadas. Se había dispuesto que la división del General Castañeda con las tropas de O'Donnell disputara a los carlistas las alturas del Moro y el Mazo, empresa que parecía fabulosa. Toda la tarde de aquel día la empleó la partidilla hispano-inglesa en enterarse de las posiciones del ejército constitucional: Ribero, con la Guardia, hallábase en la loma de Ubal, en observación de Maroto, que ocupaba el valle de Carranza. A Espartero no pudieron verle; pero se aproximaron a sus avanzadas en el camino de Ramales a Lanestosa. Pasaron la noche en la falda de Ubal, entre oficiales del 3.º de la Guardia, y al amanecer del día siguiente, 27 de Abril, salieron en la dirección que se les indicó como más conveniente para encontrar a O'Donnell; pero no lograron su propósito, pues el que Wilde llamaba el gran irlandés habíase remontado en la vertiente de la peña del Moro hasta una altura en que era muy difícil alcanzarle ya. El tiroteo que desde las ocho empezó por diferentes puntos obligoles a buscar algún abrigo: procuraron guarecerse de las balas, ya que no podían hacerlo de la lluvia de piedras. En una y otra eminencia, el Moro y el Mazo, el vigoroso ataque subiendo era un prodigio de agilidad y serena bravura. La roca erizada de picos, ofreciendo a cada paso accidentes difíciles de franquear, cortaduras, grietas, cresterías inabordables, centuplicaba las fuerzas absolutistas y disminuía las liberales. Pero lo inverosímil se hizo verdadero poco después del mediodía. Castor Andéchaga y Simón de la Torre no supieron sacar partido de sus admirables posiciones, y se las dejaron quitar, cumpliendo con una resistencia formal de dos horas. ¿Qué fue? ¿Cansancio, escepticismo, deseos de acelerar el desenlace que preveían y deseaban? Aun admitida esta causa del desfallecimiento de los facciosos, siempre era grande el mérito de los soldados de Isabel, que treparon por aquella escalera de piedras cortantes, con un precipicio en cada peldaño.

Faltaba un hueso muy duro que roer, pues los demonios de la facción habían fortificado una cueva que dominaba el camino entre Lanestosa y Ramales. Una pieza de a cuatro, que disparaban con metralla, era el monstruo de aquella caverna, apostado en su boca.


Allí no escapaban hombres ni ratas. Alentado D. Baldomero por la toma de las alturas del Moro y el Mazo, decidió apoderarse de la cueva, y embocando hacia ella ocho piezas de artillería, que fueron como otros tantos perros que atacaron al monstruo, y soltándole además de lo más granado de la tercera división, hizo polvo al guardián formidable. Día bien aprovechado fue aquel: Espartero debió marcarlo con piedra blanca, pues entre sol y sol, peleándose con las montañas más que con los hombres, disputó y obtuvo los baluartes que convertían en gigantes a sus poseedores. Con esto les hizo pigmeos, y él adquiría una talla que le igualó a la que había sido enemiga y era ya su aliada, la Naturaleza.

No pudieron los ingleses, con su agregado español, presenciar el ataque a la cueva, porque cuando llegaron al Cuartel General ya estaba todo concluido; pero lo oyeron relatar a Echagüe, capitán de Guías del General, y a un oficial de artillería, Osma, ambos partícipes de la gloria de aquella jornada. Al anochecer acompañaron a los vencedores a la cima de Ubal, donde Espartero mandó construir un reducto, cuyos trabajos se emprendieron sin dilación, alardeando todos de incansable actividad. Favorecíales una noche espléndida, que en aquellas alturas, dominando valles y montes, era de una majestad y belleza incomparables. En amenas pláticas la pasó D. Fernando con sus amigos Echagüe y Dulce, pronosticando glorias y venturas, brillantes acciones de guerra, precursoras de una dichosa paz. Al día siguiente bajó con los ingleses a Bolaiz, visitaron la famosa cueva, hicieron alto en todos los puntos donde encontraban oficiales conocidos, aquí Gándara, allí Linaje y Urbina. En Los Valles ofrecieron sus respetos al General Jefe, a quien hallaron contento, en estado de excelente salud, disponiéndose a embestir y ganar los fuertes de Ramales y Guardamino, con lo cual les aventaría (era su expresión habitual), obligándoles a replegarse a las guaridas de Vizcaya y Guipúzcoa.

A su amigo Ibero le encontró Calpena un tanto melancólico por no haber entrado en fuego en los combates del 27. Era de los que cuando no pelean, viendo pelear a sus compañeros, se juzgan ofendidos y hasta cierto punto despojados de lo que les pertenece. Hablando de esto y de las próximas luchas, las conversaciones venían a parar en cálculos diversos sobre lo que haría Maroto con sus veinticuatro batallones apostados en el valle de Carranza. ¿Aceptaría el reto de su grande enemigo? En la previsión de que se presentase por Gibaja, reforzó Espartero el extremo de su ala izquierda, tomando posiciones y fortificándolas bajo el fuego de las guerrillas enemigas.

En los primeros días de Marzo rompieron fuego las baterías contra Ramales, y avanzaron los batallones. No fue todo a pedir de boca, que algunos cuerpos retrocedieron, aunque sin desorden, y lo que se ganaba en una hora en otra se perdía. Pero a media tarde, los defensores del fuerte, viéndose amenazados por diferentes puntos y desmontada la artillería, se retiraron precipitadamente a Guardamino, situación más áspera, más defendida de la Naturaleza, y allí se encastillaron con la seguridad de que el hueso era de los que no podían roer los liberales sin dejarse en ellos los dientes. Ya se vería esto.

En efecto: no era blando el hueso, y dos días estuvo Espartero bregando con él sin obtener grandes ventajas. Pero el día 11, cargado ya el hombre de perder soldados, y movido de su valor impaciente, que no admitía largas dilaciones para satisfacer su anhelo, dispuso un ataque simultáneo contra todos los puntos en que presentaba el enemigo mayor resistencia, y con sus intrépidos Guías, el 2.º de Luchana y la escolta, dio una de esas cargas que hacen memoria en los fastos militares. El mismo peligro corría D. Baldomero que el último de sus soldados, pues el avance fue a la desfilada, bajo el fuego mortífero de los fuertes y de las trincheras abiertas por los carlistas en montes altísimos, que en algunos pasos ofrecían una verticalidad aterradora. Electrizados por la presencia y la actitud arrogante del Caudillo, los soldados avanzaban husmeando la victoria, gozándola antes de obtenerla. Algunos caían, es verdad; pero los más andaban bien derechos. En lo mejor de la marcha, vio Espartero que una compañía bajaba en retirada; pero con unas cuantas voces, que si en otra ocasión podían ser innobles, en aquella eran la más gallarda de las imprecaciones poéticas, les obligó a volver caras. Adelante todo el mundo, sin miedo a la muerte; que allí no había que pensar en cosas tristes, sino en la grande alegría de arrojar al enemigo al otro lado de los montes, a la corriente del Cadagua... Adelante, pues, y vengan balas. Llegaron a un punto en que la desigualdad del terreno no permitía funcionar a la caballería. Los individuos de la escolta pidieron permiso para desmontarse y acometer a pie los parapetos desde donde los facciosos les abrasaban a tiros. Fue concedido el permiso, que Espartero no negaba nunca para los actos de temeridad loca. Los jinetes sin caballos no pudieron tomar a la primera embestida los parapetos; pero su ejemplo enardeció a los menos decididos, su locura se comunicó a los más sensatos, y a la segunda embestida los carlistas abandonaron la indomable almena natural en que peleaban. En tanto, Linaje les daba un fuerte achuchón por la parte de Gibaja, y viéndose amenazados por el flanco, se retiraron de todo el monte, quedando Guardamino entregado a su propia fuerza. Mas era por naturaleza tan robusto, que a la intimación de Espartero para que se rindiese, contestó con un no redondo y procaz.

Era ya cuestión de tiempo y paciencia el someter a tan fiero gigante, emplazando en las alturas toda la artillería de que Espartero podía disponer, y haciendo polvo con cañoneo constante la armadura de roca que el coloso vestía. Incansables, comenzaron por la noche la operación de subir las piezas; pero al amanecer del 12, hallándose el general en una ermita desmantelada donde pasó la noche, sin otro alimento que un pedazo de pan y un chorizo que llevaba en sus pistoleras, por cama la dura peña, por descanso la impaciencia ansiosa, recibió un parlamentario de Maroto con las condiciones para rendir el fuerte. Proponía que la brava guarnición de Guardamino, prisionera de guerra, fuese canjeada por igual número de liberales que los carlistas tenían en sus depósitos. Invocaba Maroto la humanidad, y por humanidad accedió D. Baldomero a lo que su rival le pedía. Todo el día duró el ir y venir de parlamentarios desde Carranza a la ermita, porque el Gobernador del fuerte no quiso rendirse sin que su General se lo ordenase directamente; pero al fin ello se arregló, y las comunicaciones mediadas entre ambos caudillos fueron afectuosas por todo extremo. Entregose, pues, Guardamino con su artillería, municiones, pertrechos y víveres. Los rendidos fueron inmediatamente enviados al cuartel de Maroto, que no tardó en pagar la carne facciosa con igual peso y medida de carne liberal. Alardearon uno y otro de hidalguía y generosidad. La victoria de Espartero fue de las más grandes que obtuvo en su gloriosa vida. En la elocuente orden del día que dio a las tropas les dijo: «El enemigo no quiso aceptar vuestro reto para una batalla general. Encastillado en sus formidables posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia».


Capítulo XXXI