Vergara : 30

Vergara
Capítulo XXX
 de Benito Pérez Galdós


Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados hombres a Logroño, y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al General para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana siguiente empleó D. Fernando en la tarea de volver de aquel estado rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a Doña Jacinta, que le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le aguardaban, y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró para que leyera. Así lo hizo, primero repasando los plieguecillos con avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas junto a la persona que más amaba en el mundo.

Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al jefe político interino de Logroño, D. Joaquín Berrueta, a quien debía el General su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y D. Leopoldo O'Donnell. Nunca estuvo D. Baldomero tan impaciente porque la comida acabase pronto: saltaba en su asiento; miraba con inquietud el traer y llevar de platos. Por fin, escaldándose vivo con el café, que tomó muy caliente, se levantó y dijo: «¡Qué calor hace aquí! Venga usted, D. Fernando». En el próximo billar, donde se cruzaron con el criado que traía el braserillo para encender los cigarros, dieron lumbre a los suyos, y por una escalerilla de piedra que en dicha pieza existía bajaron al jardín, como de treinta varas en cuadro, poblado de corpulentos árboles con una fuente en el centro. Paseándose en la parte más asoleada, dio cuenta Calpena de su segunda entrevista con Maroto, y ello fue motivo para que el de Luchana montara en cólera y dijese: «Toda esa componenda de reyes y príncipes es una farsa. Lo mismo le importan a él las ventajas que puede obtener la familia de D. Carlos que la carabina de Ambrosio... Lo que quiere es confundirme, acabarme la paciencia... Pero ya, vera quién es Baldomero Espartero».

Pedida venia por D. Fernando para exponer el juicio que había formado de la situación psicológica del caudillo faccioso en el momento de la entrevista, trazó la figura moral e intelectual completa, tal y como él la había visto. La cara de Espartero revelaba su conformidad con el retrato, en que veía una obra maestra de observación penetrante. «Es usted -le dijo cariñoso-, un gran conocedor del corazón humano, y podía dedicarse a escribir Historia. Me trae usted un Maroto vivo con el pensamiento pintado en la cara. Es cierto, sí... este es el hombre. Se ha ensoberbecido con el golpe de Estella; pretende ahora tener un chiripón a mi costa, y si lo consiguiera podría dictar a su gusto la paz, esa paz con fueros de un lado, y de otro la caterva de Príncipes consortes y de Reinas viudas... Dejémosle en esa ilusión, para que el trastazo que le voy a dar le coja en el Limbo... ¡Pobre Maroto!... En fin, vámonos arriba. Esta noche venga usted a cenar, y seguiremos charlando.

De lo que hablaron en la cena, pudo colegir D. Fernando que el ejército del Norte se ponía en marcha. Dadas las órdenes aquella noche, oyose de madrugada el trompeteo de la caballería. Los jefes que mandaban tropas acantonadas en los pueblos a lo largo del Ebro, entre Logroño y Miranda, salieron también. Hablando con Espartero, Calpena se aventuró a decirle: «Mi General, por la dirección de las tropas, el traslado será en el ala izquierda y líneas de Balmaseda, plan felicísimo para mí si me permite acompañarle».

-No le permito, sino que le mando venir conmigo. Falta la mejor parte de la misión, caballero D. Fernando, la más delicada y difícil. En premio de sus buenos servicios, le llevo a ver a su madre. No crea usted que la sorprenderá... Ya lo sabe... ya le espera. Tienen las mujeres una policía y un espionaje que vale un mundo. Si quiere usted adelantarse, váyase con Ribero, que llegará antes que yo.

Gozoso replicó el caballero que, a pesar de su vivísimo afán de llegar pronto, prefería seguir al Cuartel General. Despidiose de Doña Jacinta y de Vicentita con vivos afectos, así como de todas las personas con quienes había hecho amistad en la casa. Sentía un inmenso regocijo, y se creyó compensado de tantos afanes y sufrimientos con las alegrías de aquella marcha en dirección de sus amores. Medina de Pomar, Villarcayo, se le presentaban luminosos, como estrellas refulgentes marcando la meta de su destino, y hacia la derecha del sendero distinguían también un resplandor lejano sobre las lomas de la Rioja alavesa. Alguna luz brillaba constante, inextinguible, del lado de La Guardia.

No habían llegado aún a Fuenmayor, cuando topó con su amigo Ibero, que de la brigada de Zurbano había pasado a la división de Alcalá, con adelanto considerable en su carrera, pues era ya primer comandante con grado de teniente coronel, y mandaba el segundo batallón de Luchana.

En cuanto se vieron, concertaron el ir juntos en las marchas. Ibero se manifestó a D. Fernando muy orgulloso de sus éxitos recientes, y al compás de los adelantos de jerarquía iba creciendo su entusiasmo por la Libertad y el Progreso, ideales hermosos, que exigían el sacrificio de cuanto existe en el hombre, menos el honor. Tan penetrado se hallaba el valiente Ibero de estas ideas, que no vaciló en confiar a su amigo la repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían derramado su sangre por Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso, inmoral; hacer concesiones al retroceso era reconocerle como un Estado. Transigir con él era una declaración de impotencia. No, no mil veces: los soldados de la Libertad debían perecer antes que terminar la campaña por otro medio que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era forzoso descuajar el carlismo, y abrasar toda semilla, para que ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos que a la sazón poseía la Libertad, debía emprenderse la extinción completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el despotismo asiático, la superstición y la barbarie. «Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar más de Pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo, ni de estas antiguallas odiosas. Como así no se acabe, como sólo nos contentemos con cortar al monstruo una de sus cabezas, y luego le demos de comer por las bocas que le queden, no conseguiremos nada, y la Libertad morirá con vilipendio, amigo mío. Esto pienso, esto aseguro, y mientras viva pensaré lo propio, a fe de Santiago Ibero».

No dejaron de producir efecto en el ánimo y en la inteligencia de D. Fernando las razones de su amigo. Pero se apresuró a rebatirlas con suavidad, haciéndole ver que el carlismo era una fuerza social, difícil de destruir. La fatalidad había traído a esta pobre Nación a un dualismo que sería manantial inagotable de desdichas por larguísimo tiempo. La idea absolutista, la intransigencia religiosa hallábanse tan hondamente incrustadas en los cerebros y en los corazones de una gran parte de los hijos de España, que era ceguedad creer que podrían ser extirpadas de un tirón. Dios había sido poco benigno con España, poniéndola en manos del mayor monstruo de la historia, Fernando VII, que sobre ser déspota sin talento, no supo establecer con firme base la sucesión a la Corona. La herencia de este hombre funesto había de ser insufrible carga para la Nación; su testamento ponía los pelos de punta. Dejaba a su país un semillero de guerras, discordancias irreductibles entre los españoles, un Estado siempre débil, una Monarquía fundada en la conveniencia antes que en el amor de los pueblos, una religión formulista, una paz armada, métodos de gobierno con carácter provisional, como si nunca se supieran las necesidades que habían de traer el día de mañana. ¿Era conveniente la transacción, aun siendo mala cosa? Sí, porque con ella, si España no mejoraba, al menos viviría, y los pueblos rehúsan la muerte aún más que las personas. Si no fueron estas las razones que a las de su amigo opuso Calpena, debieron de ser muy parecidas. Una y otra vez, en el curso de la marcha, hablaron del mismo asunto, abominando el uno de los arreglos, y defendiéndolos el otro como el médico que aplica los calmantes en un incurable mal.

A los cuatro días de la salida de Logroño, llegaban a las tierras altas de Burgos, y Calpena, con permiso del General, se dirigió a Medina, donde tuvo la inefable dicha de abrazar a su madre y a los Maltaras, que en aquella villa y en el palacio de la Condesa habían buscado refugio. Todo habría sido venturas para el caballero sin la pena de ver a la niña mayor atacada de la pícara dolencia pulmonar constitutiva en los hijos de Valvanera, y a uno de los pequeños enflaquecido y transparentado como si la tierra le reclamase. Para colmo de infortunio, el insigne D. Beltrán, perdido de la vista, había caído en gran tristeza y abatimiento, que agriaba su carácter y le despojaba de las amenidades que embellecían su trato. No se conformaba el buen aristócrata con aquel bajón impuesto por su naturaleza ya gastada y caduca; protestaba, quería suplir las fuerzas corporales con energías de concepto y alardes de temeridad, y D. Fernando agotaba su ingenio para producir en él una dulce componenda entre la esperanza y la resignación. En cambio, encontró a D. Pedro bastante fuerte, sin nuevas amenazas de la dolencia que le postró en Vitoria, muy bien adaptado a la cómoda existencia de capellán palatino. La Condesa gozaba, según dijo, de una salud perfecta, como nunca la disfrutó, y se animaba grandemente viendo su casa tan bien poblada de amigos cariñosos. Todo lo regía y gobernaba con actividad casera, cuidando de que sus numerosos huéspedes estuviesen contentos y los enfermos atendidos como en su propia casa. Con ella se franqueó el hijo en secretas conversaciones, refiriéndole sus embajadas, y comentando los dos el probable giro de aquel negocio, según lo que resultara de la campaña emprendida. El último esfuerzo de Marte traería la paz, dando este nombre a un armisticio de algunos años o lustros. Los que vivieran mucho verían extrañas cosas. Y como ante todo ansiaba ver D. Fernando la grande empresa de Espartero y su gente ante las líneas de Ramales, una vez consagrados tres días a las más puras satisfacciones de su espíritu, abandonó las ociosas alegrías junto a su madre, para meterse en el fiero trajín de la guerra.


Capítulo XXX