Usuario:Sio2/Pruebas/orlando

I Diré de Orlando en este mismo trino
cosa no dicha nunca en prosa o rima,
pues loco y en furor de amor devino
hombre que antes gozó por sabio estima;
si de esa que me trae casi en tal tino
que el poco ingenio a ras a ras me lima,
me es concedido verso limpio y neto
que me baste a cumplir cuanto hoy prometo.

II Os plegue, hercúlea prole generosa,
adorno y esplendor del siglo nuestro,
Hipólito, aceptar esto que osa
y daros sólo alcanza un siervo vuestro.
Lo que os debo, señor, puedo con prosa
pagar en parte en obra que aquí os muestro:
nadie diga de mí cuán poco abono
que, cuanto os puedo dar, todo eso os dono.

III Entre guerreros sentiréis de fama,
que yo me apresto a celebrar cumplido,
del Rogelio que fue de vuestra rama
ilustre y de vos cepo distinguido.
De su valor, sus gestos y su dama
podréis sentir, si me prestáis oído
y un poco vuestro oficio alto se posa,
de suerte que en mis versos se reposa.

IV Orlando, que gran tiempo enamorado
fue de Angélica bella y hecho reo,
y en India, en Media, en Tartaria dejado
había por ella tanto y buen trofeo,
con ella había a Poniente regresado
donde a los pies del alto Pirineo
con la gente alemana y la francesa
don Carlos sostenía santa empresa;

V por hacer que Agramante y que Marsilio
lamentasen la fiera y loca saña
de haber traído el uno a tal concilio
cuanto apto era en África a campaña,
y haber armado el otro por su auxilio
contra el reino francés la esclava España.
Llegó, pues, a propósito al suceso,
mas presto se dolió de su regreso;

VI porque le fue su dama arrebatada:
¡cómo a menudo el juicio humano yerra!
La que de Esperia a la oriental contrada
había amparado con tan larga guerra,
ahora entre sus amigos, sin espada,
se la arrebatan en su misma tierra.
El sabio emperador, que hacer pavesa
quiso la brasa atroz, hizo la presa,

VII Era trabada poco antes disputa
entre Reinaldo paladín y Orlando,
pues ambos de belleza así absoluta
tenían el corazón ardiente y blando.
Carlos, que aquella lid por mal reputa,
pues de los dos malogra ayuda y mando,
esta doncella, que la causa era,
dejó en custodia al duque de Baviera;

VIII en premio prometiéndola al que de estos
en ese asalto, en esa gran jornada
matase mayor número de opuestos
e hiciese obra más digna por su espada.
Salieron del revés sus presupuestos,
que en fuga huyó la gente bautizada,
y con muchos fue el duque aprisionado
y de ello el pabellón abandonado.

IX Del cual (pues se alojaba allí quien era
del vencedor el galardón previsto),
antes de esto, salió la dama fuera
y huyó con un caballo que halló listo,
previendo que aquel día adversa fuera
la instable Suerte con la fe de Cristo.
Entró en un bosque, y en la estrecha vía
caballero topó que a pie venía.

X Calado el yelmo, la coraza puesta,
la espada al lado, y a su brazo escudo,
más ligero corría por la floresta
que al lienzo el niño va medio desnudo.
Tímida pastorcilla el pie tan presta
jamás volver ante la sierpe pudo,
como Angélica el caballo volver trata,
cuando del héroe que a pie va se cata.

XI Era el infante el paladín gallardo,
señor de Montalbán y de Aimón hijo,
al que hurtado le fue el corcel Bayardo
por caso que ahora es narrar prolijo.
Al verla, aunque de lejos, no fue tardo
en conocer que quien cabalga el guijo
es esa cuya faz divina y leda
lo prende en la amorosa red y enreda.

XII La dama vuelve el palafrén en esta
y por la selva en frenesí se arroja;
ni ya en rala ni en densa floresta
la via más segura y franca antoja;
mas, pálida, temblando y descompuesta
deja al caballo que la senda escoja.
De un lado a otro por la selva fiera
tanto vagó, que vino a una ribera.

XIII En la ribera Ferraú a destiempo
halla de polvo lleno y sudoroso.
De la batalla lo apartó ha ya tiempo
deseo de beber y hacer reposo;
mas resta, a su pesar, del contratiempo
de ver que por beber avaricioso
cayó el yelmo en el río por descuido
y aún de él rescatarlo no ha podido.

XIV Todo lo fuerte que gritar podía,
gritaba la doncella conturbada.
Salta, al sentir la voz, de la alegría
el árabe, y veloz le echa mirada;
y al punto ve a la hermana de Argalía,
que, aunque es del miedo pálida y turbada
y ha ya tiempo que nada sabe de ella,
cree sin duda a quien ve Angélica bella.

XV Y, porque era cortés y asaz parece
no menos que los dos primos él arda,
toda merced de que es capaz le ofrece
y, aun sin el yelmo, a dar favor no tarda;
toma el arma y furioso comparece
donde de él poco el franco se acobarda.
Otras veces se habían no ya tratado,
mas ya en las armas visto y ya probado.

XVI Trabaron, pues, una crüel batalla,
los dos a pie con su tizona fiera:
no ya el arnés, no ya la fina malla,
el yunque tales golpes no sufriera.
Y, en tanto uno con otro así se halla,
mejor será que el palafrén refiera,
que cuanto el bruto a cabalgar alcanza
al bosque y la campaña ella lo lanza.

XVII Después de fatigarse un tiempo en vano
tratando uno que el otro alfombre el prado
(pues no era menos con el arma en mano
éste que aquel o aquel que éste avezado),
fue allí primero el paladín cristiano
quien hizo al español signo obligado
de ése al que porque el pecho abrasa el fuego,
todo en él arde y no encuentra sosiego.

XVIII «Te crees --dijo-- que a mí tu espada ofenda
y aun de esto has de salirte tú ofendido:
si obras así porque la luz tremenda
de un nuevo sol el pecho te ha encendido,
¿qué ganas con tenerme en la contienda?
Por más que o me hayas muerto o reducido,
no será tuya la gentil doncella,
si, mientras nos cansamos, huye ella.

XIX Tanto mejor será, pues tú la quieres,
que atajes su camino y hagas vano,
y que a hacerla esperar no más esperes,
antes que más se aleje de este llano.
Entonces, cuando a ella aquí tuvieres,
probemos de quién es espada en mano.
Después de tanto afán, no sé otra maña
que más nos favorece y menos daña.»

XX No disgustó al pagano la propuesta:
así aplazaron ambos hacer saldo;
y tanto el odio e ira así se arresta,
tal fianza y tregua nace y tal respaldo;
que el pagano al partirse a la floresta
no deja a pie marchar al buen Reinaldo;
antes le ruega que en la grupa salga
y allá adonde va Angélica cabalga.

XXI ¡Dichosa edad la de esos caballeros!
Rivales eran y en la fe reñidos,
y, aunque se sienten de los golpes fieros
por todo el cuerpo rotos y molidos,
por selvas intrincadas y senderos
juntos van sin sospecha o resentidos.
De cuatro espuelas prieto el bruto viene
donde un camino en dos sendas deviene.

XXII Y, como no sabían si era una
u otra la que sigue la doncella
(porque las dos sin diferencia alguna
mostraban el tener reciente huella),
fïaron al albur de la fortuna:
Reinaldo a ésta, el sarraceno a aquélla.
Vagó el moro la selva diligente
y nueva vez se halló ante la corriente.

XXIII De nuevo se topó con la ribera
aquella en que perdió el yelmo en lo hondo.
Pues que la dama recobrar no espera,
para al menos no estar del yelmo mondo,
por esa parte en que caído era
desciende a la humedad del negro fondo;
mas tan oculto entre la arena yace
que ímprobo juzga el que otra vez lo abrace.

XXIV Con un gran ramo de árbol desbrozado,
con el que improvisó pértiga larga,
sin que un sólo rincón deje olvidado
contra el fondo del río bate y carga.
Mientras de modo tal, terco y airado,
tanto el restar su inquisión alarga,
ve en la mitad del agua un caballero
hasta el pecho surgir, de aspecto fiero.

XXV Era, excepto cabeza, todo armado,
pues un yelmo mostró en la diestra mano,
el mismo yelmo aquel que rebuscado
había largamente el moro en vano.
Habló a Ferraú de ira abrasado
diciendo: «¡Ah, fementido tú, marrano!
¿por qué en buscar el yelmo así porfías
que ha tiempo a mí restituir debías?

XXVI »Recuerda, perro, cuando muerte diste
de Angélica al hermano (que soy ése),
que luego de las armas prometiste
tirar tras poco el yelmo, aunque te pese.
Si hoy la Fortuna a lo que no quisiste
dar cumplimento cumple y le da cese,
no te turbes, mas si turbarte quieres,
hazlo de que de fe mentida eres.

XXVII »Y, si aún deseas tener un yelmo fino,
otro con más honor gana y recobra;
así uno cala Orlando paladino,
Reinaldo otro, y quizás de mejor obra;
fue aquel de Almonte, y este de Mambrino.
Cualquiera de esos dos por fuerza cobra
y éste, que prometiste a mí dejarme,
harás bien en por fin ahora entregarme.»

XXVIII Al surgir de improviso de allí el muerto,
el pelo se erizó al de Berbería,
el gesto demudó pálido y yerto,
se heló la voz que pronunciar quería.
Oyendo reprocharle al que ya muerto
había allí (pues se nombró Argalía)
la fe que no cumplió nunca ni tarde,
de ira y vergüenza fuera y dentro arde.

XXIX No habiendo tiempo de pensar excusa,
y conociendo bien que habla a derecho,
decir palabra o responder rehúsa;
mas la vergüenza le traspasa el pecho,
y jura por la vida de Lanfusa
de no calar más yelmo en marcial hecho,
si no es el que una vez en Aspramonte
quitó de encima Orlando al fiero Almonte.

XXX Y observó mejor este juramento
que nunca antes el otro llevó a cima.
Se parte, pues, de allí tan malcontento,
que muchos días después se roe y lima.
Sólo es a hallar al paladín atento,
acá o allá, donde encontrarlo estima.
Otra ventura el buen Reinaldo tuvo
después que la otra senda de andar hubo.

XXXI A poco ve Reinaldo de ágil salto
correr Bayardo presuroso y fuerte.
«¡Para, Bayardo mío! ¡So! ¡Haz alto!
que mucho me atormenta el no tenerte»
Pero sordo el corcel sin sobresalto
corre siempre veloz de aquella suerte.
Va atrás Reinaldo, y de ira se destruye;
mas vamos tras Angélica, que huye.

XXXII Huye entre la espantosa selva oscura,
por yermos y por páramos salvajes.
El mover de las ramas y verdura,
que oye de encinas, olmos y follajes,
del súbito temor le hace insegura
topar raros e insólitos parajes;
pues toda sombra cierta o contrahecha
cree ser Reinaldo que su espalda acecha.

XXXIII Como tímida gama o cabritilla
que en la frondura del natal vedado
ve que su madre el cruel leopardo pilla
y le abre el cuello, el pecho o el costado;
temblando del pavor que la amartilla,
así de selva en selva huye el soldado.
Por cada rama que pasando toca
cree del depredador sentir la boca.

XXXIV Vagó sin rumbo sin saber adónde
todo aquel día y la mitad siguiente,
y en un pequeño bosque al fin se esconde
que mueve el aura fresca levemente.
Un río, que el rumor de ésta responde,
la hierba siempre trae tierna y reciente,
y convida a escuchar con dulce acento,
roto entre algún peñasco, el curso lento.

XXXV Allí, creyendo estarse fugitiva
y lejos de Reinaldo muy segura,
del duro paso y la calor estiva
un poco al menos reposar procura.
Desmonta entre las flores, y a la riva
deja trotar sin brida la montura,
que yerra entorno a aquella clara vena,
de pasto y fresca hierba rica y llena.

XXXVI No lejos ve un arbusto que florece
de verde espino y coloradas rosas,
que al reflejo del agua le parece
que abrigan las encinas allí umbrosas;
tan espacioso en la mitad que ofrece
refugio entre las sombras deleitosas,
y tan de hoja y de rama prieta y mista,
que no entra el sol en él, ni humana vista.

XXXVII Dentro la tierna hierba ofrece cama
que invita a reposar al que allí resta.
Acude al centro allí la bella dama
y allí presa del sueño se recuesta.
Mas no por mucho está, que tras la rama
rumor siente que el sueño le molesta:
se alza con tiento, y junto a la ribera
ve un caballero armado llegar fuera.

XXXVIII Apenas si es o no enemigo entiende:
miedo, esperanza el pecho le amartilla;
y de aquella aventura el fin atiende,
sin que un suspiro exhale a aquella orilla.
El caballero junto al río desciende
a posar sobre un brazo la mejilla;
y tanto algún recuerdo absorto evoca,
que hecho parece de insensible roca.

XXXIX Más de un hora pensoso en aquel voto
estuvo el caballero así doliente;
luego empezó con tan triste alboroto
a lamentarse allí tan blandamente
que habría de piedad un mármol roto,
una tigre crüel vuelto clemente.
Gemía así que parecía hecho
arroyo el rostro y Mongibelo el pecho:

XL «Amor, pues tú eres quien me hiela y arde
y siempre causa que me roe y lima,
¿qué puedo hacer, pues que llegué ya tarde
y el fruto otro cogió que el alma estima?
Apenas probé un bien del que haga alarde
y aquel otro tomó su pulpa opima.
Si para el fruto ni la flor me eliges,
¿por qué por ella, Amor, aún me afliges?

XLI »Semejante es la virgen a la rosa
que en su jardín guardada por la espina,
mientras sola y segura allí reposa
rebaño ni pastor se le avecina;
el aura suave, el alba bulliciosa,
la tierra, el agua a su favor se inclina;
mozos y damas, del amor rehenes,
la ansían y ornan de ella pecho y sienes.

XLII »Mas no es apenas del natal talluelo
cortada y de la gruesa cepa verde,
cuando cuanto gozó de hombre y de cielo,
favor, gracia y belleza, todo pierde.
La virgen que la flor (que con más celo
que propia vida es bien que en proteger dé)
a uno da, la estimación de antes
pierde en el ser de los demás amantes.

XLIII »Sea a todos vil, y amada la insensata
de aquel al hizo don de tanta copia.
¡Ah Fortuna crüel, Fortuna ingrata!
El otro triunfa y muero yo de inopia.
¿Podrá ser, pues, que no me sea más grata?
¿Podré dejar al fin mi vida propia?
¡Antes los días falten que aun hospedo,
que viva más, si amarla ya no puedo!»

XLIV Si alguno me pregunta quién vertía
un río sobre el río semejante,
diré que él es el rey de Circasía,
aquel de amor cuitado Sacripante.
Aun diré más: que de su pena impía
es causa única y sola el ser amante;
y, como amante es él de la doncella,
bien conocido al punto fue de ella.

XLV Allá donde el sol cae, por su ganancia,
había venido del Extremo Oriente;
pues supo, cuando hizo en India estancia,
que a Orlando acompañaba ella a Poniente.
Supo después que Carlomagno en Francia
la había hecho apartar de la otra gente
por darla de los dos al Par que el moro
más estragase bajo el Lirio de Oro.

XLVI Luchó en el campo, y supo allí de aquella
crüel derrota que sufrió el rey Carlos;
indicios procuró de la doncella,
y no pudo en ningún rincón hallarlos.
Esta es la causa, pues, de su querella,
de daños que ahora oís manifestarlos,
del lamentarse y murmurar discurso
que harían de pena al sol parar el curso.

XLVII Mientras el triste así se aflige y queja,
haciendo de sus ojos viva fuente,
y así ésta dice y mucha a ésta pareja,
que poco importa al caso que ahora cuente;
propicia entonces su fortuna deja
el que a oídos de Angélica se avente;
y apenas en un hora en caso para
que en mil años o nunca conquistara.

XLVIII Con gran solicitud la bella dama
al llanto, a la palabra, al modo atiende
de aquel que por su amor lloroso brama,
y no el primero es del que esto entiende;
mas fría como el mármol a su llama
a tenerle piedad no condesciende,
como esa que el amor siempre aborrezca
y juzga que ninguno la merezca.

XLIX Mas sola hallarse entre maleza tanta
le hace pensar que como guía lo admita;
que a quien le llega el agua a la garganta
es porfïado si merced no grita.
Si ahora la ocasión pierde o espanta,
no hallará escolta luego así exquisita;
pues ya hizo prueba aquel rey Sacripante
de ser rendido sobre todo amante.

L Pero no traza del ardor tamaño
que lo consume sofocar la llama,
y compensarlo del pasado daño
con el placer que espera más quien ama;
mas de alguna ficción, de algún engaño
darle esperanzas falsas urde y trama,
mientras que a aquel propósito la ayude,
antes que al uso antiguo vuelva y mude.

LI Y fuera del arbusto en que aguardaba
hace improvisamente de sí muestra,
como fuera de selva o umbrosa cava
Diana en escena o Citerea se muestra.
«La paz contigo sea --hablando acaba--;
contigo salve Dios la fama nuestra,
y, fuera de razón, jamás permita
que tan falsa opinión de mí se emita.»

LII Jamás con sobresalto o gozo tanto
vio a hijo la madre que sin más noticia
se había ya desecho en tierno llanto,
viendo sin él volverse la milicia;
como con cuanto gozo allí, con cuanto
sobresalto su talle, su caricia,
su ademán y su angélico semblante
vio el sarraceno aparecer delante.

LIII Del dulce afecto y del amor movido
hasta su dama y diosa hizo carrera,
y ella lo tuvo de su cuello asido,
cosa que en el Catay quizás no hiciera.
Al patrio reino, a su nativo nido,
teniendo a él, el ánimo acelera;
y así se aviva en ella la esperanza
de ver presto el Catay de su crianza.

LIV Ella cuenta le da puntüalmente
desde el día en que por ella movió el paso
para pedir su auxilio en Orïente
al rey de Sericana, el rey Gradaso;
y cómo Orlando la guardó valiente
de muerte, deshonor y fiero caso;
y así su virginal flor se mantiene,
como del vientre de la madre viene.

LV Quizás era verdad, mas no creíble
para quien fuese de razón provisto;
mas fácilmente lo creyó él posible
según lo tiene Amor al yerro listo.
Amor lo que se ve hace invisible
y hace lo invisible Amor ser visto.
Creída fue, que suele dar el triste
crédito a cuanto Amor le adorna y viste.

LVI «Si supo mal el paladín de Anglante
aprovechar el tiempo ayer propicio,
llore el daño; pues nunca en adelante
Fortuna le dará igual beneficio
--así dijo entre dientes Sacripante--;
mas yo no imitaré su desperdicio
dejando ahora correr la hoy oportuna
por luego andar llorando otra fortuna.

LVII Yo tomaré la fresca y tierna rosa
que tal vez fuera de sazón se afea.
Sé bien que a la mujer no hay otra cosa
que más suave y más plácida le sea,
aunque de ello se muestre desdeñosa,
o a veces triste y pálida se vea.
No dejaré por falso asco o tapujo,
de hacer trazo y color en mi dibujo.»

LVIII Así se dijo; y, mientras averigua
por donde empiece, escucha conturbado
tal ruido de la selva allí contigua
que muy a su pesar deja el cuidado,
se cala el yelmo (porque usanza antigua
tenía de venirse siempre armado),
llega al corcel, la brida otra vez coge
monta en la silla y su lanzón recoge.

LIX Ve un caballero andar por la verdura,
hombre gallardo de apostura fiera,
cándida como nieve es su armadura,
blanco penacho adorna su cimera.
El sarraceno que de aquel censura
que ahora importuno con veloz carrera
le hurte deleite y dicha así golosa,
con faz lo mira impía y desdeñosa.

LX Lo reta, ya de cerca, a la batalla,
que alzarlo del arzón ya se promete.
Y el otro que no es menos que él en talla
y bien puede ponerlo en algún brete,
a medias la bravata altiva acalla,
aguija y el lanzón en ristre mete.
Vuelve atrás Sacripante incontinente
y corren a trabarse frente a frente.

LXI Dos toros o leones por trabajo
de amor jamás se embisten así crudos,
como estos dos corrieron a destajo
pasándose igualmente los escudos.
El choque hizo temblar de arriba a abajo
ya herbosos valles, ya montes desnudos;
y o le es a ambos el peto de provecho
o se atraviesan de otro modo el pecho.

LXII No hicieron los caballos arrequive,
antes van como arietes a encontrarse:
de allí a poco el del moro ya no vive,
que había entre los buenos de contarse;
también cayó el del otro, mas revive
tan pronto el aguijón siente clavarse.
Quedó el muerto tendido sobre el llano
con todo el peso encima del pagano.

LXIII Aquel sobre el corcel, que restó erecto
y al otro vio con el caballo en tierra,
juzgando ya enojoso el desafecto,
no procuró continuar la guerra;
sino por donde ve el camino recto
corriendo a rienda suelta otra vez yerra;
y, antes que el infiel del trance salga,
ya a milla o poco menos de él cabalga.

LXIV Como con pasmo atónito el labriego
se alza después del rayo un negro día,
allá donde el altísimo füego
tendido ante un buey muerto lo tenía,
y mira sin su gala verde luego
el pino que de lejos ver solía;
así se alzó el infiel viendo aquel paso,
Angélica presente al duro caso.

LXV Suspira no ya de que en la caída
pie o brazo se haya roto o dislocado,
mas por vergüenza sola, que en su vida
nunca así tuvo el rostro colorado;
y aún más porque su dama, a la que cuida,
fue luego quien le echó el corcel a un lado.
Mudo restara, pienso, de su mengua,
si no le da otra vez ella la lengua.

LXVI «Quiá, mi señor, no os pese, si os ultraja,
--lo consoló--, que no es la culpa vuestra;
sino del bruto que reposo y paja
pedía más que justa, según muestra.
No, pues, su gloria aquel guerrero alhaja,
antes que ha sido el perdedor demuestra.
Así a mi parecer lo considero,
pues fue el que abandonó el campo primero.»

LXVII Mientras ella lo alivia del mohíno,
con cuerno al cuello y el zurrón a un flanco
galopando llegó sobre un rocino
un mensajero del cansancio blanco;
y al topar al pagano en su camino
le preguntó si con escudo blanco
y con blanco penacho en la cabeza
vio un guerrero pasar por la maleza.

LXVIII «Aquí me ves ---gimió-- de él abatido.
y ha poco que de aquí partió y se aleja;
hazme su nombre al menos conocido,
porque conozca aquel que a pie me deja.»
El otro respondió: «De aquel que ha sido
yo cuenta te daré sin más conseja:
sabe que a lo que debes tu querella
es al valor de una gentil doncella.

LXIX Gallarda es, y bella y exquisita;
no más te encubro su famoso nombre:
fue Bradamante aquella que te quita
cuanto en el mundo tengas de renombre.»
Y dicho tal, soltando el freno, en cuita
dejó al infiel no muy contento hombre,
sin saber qué decir o hacer de esto,
todo abrasado de vergüenza el gesto.

LXX Después que un rato el caso sucedido
anduvo meditando, y finalmente
se halló de una mujer simple abatido,
que cuanto más lo piensa, más lo siente;
montó el otro corcel mudo y corrido,
y sin decir palabra, mansamente
a Angélica montó, y aplazó todo
a más propicio tiempo y acomodo.

LXXI No anduvieron dos millas, y ensordece
al bosque que los ciñe y cierra, un ruido,
con estrépito y rumor tal que parece
que tiemble cuanto el monte ha producido;
y al poco un gran corcel luego aparece
de rico avío y oro guarnecido,
que arroyo y matas salta, y lleva a tierra
árbol, arbusto y cuanto el paso cierra.

LXXII «Si el intrincado bosque y aire oscuro
--ella dijo-- la vista no suspende,
Bayardo es el que entre el verde muro
con tal rumor la estrecha senda hiende.
Él es: lo sé reconocer seguro.
¡Y qué bien nuestro apuro y cuita entiende!
Ve un rocín solo para dos escaso
y viene a dar reparación al caso.»

LXXIII Se apea el pagano y al corcel se vuelve,
pensando con la mano asir el freno;
y el corcel por respuesta se revuelve,
girando presto, como es presto el trueno;
pero no acierta con la coz que vuelve:
¡ay, pobre de él, si llega a dar de pleno!
que tal fuerza en las coces tiene arrecho,
que hubiera un monte de metal deshecho.

LXXIV Se acerca entonces manso a la doncella
con humilde semblante y gesto humano,
como ante el amo el can brincado huella,
que estuvo un tiempo del hogar lejano.
Bayardo guarda aún memoria de ella,
pues lo nutrió en Albraca de su mano,
cuando era amado de ella en dispar trato
Reinaldo, allá cruel, cruel e ingrato.

LXXV La brida toma con la izquierda mano,
con la otra acariciándolo lo aquieta;
y aquel corcel, que tiene ingenio humano,
como cordero a ella se sujeta.
En tanto se aprovecha el circasiano:
monta el corcel, lo aguija y lo sujeta.
Ella en el aliviado rocín pronta
deja la grupa, y en la silla monta.

LXXVI Mas volviendo los ojos, luego mira
soldado a pie que ha tiempo que rehuye.
Toda se enciende de despecho e ira,
cuando el hijo de Aimón siente e intuye.
Más que a su vida él la ama y admira,
más que grulla al halcón ella lo huye.
Un tiempo él a ella odió más que a la muerte,
y ella a él amó; mas han trocado suerte.

LXXVII La causa de ello es una y otra fuente,
cuyo licor diverso efecto inflama;
en las Ardenas ambas, frente a frente:
quien de una bebe, incontinente ama;
quien la otra prueba, más amor no siente
volviendo hielo su primera llama.
Probó Reinaldo una, y se destruye;
Angélica la otra, y lo odia y huye.

LXXVIII Aquel licor de mezcla venenosa,
que muda en odio la amorosa llama,
convierte ante Reinaldo en desdeñosa
la vista hermosa de la bella dama;
y con triste semblante y voz tremosa
suplica a Sacripante y ruega y brama
que aquel guerrero que allí ve no atienda,
mas que con ella a par la fuga emprenda.

LXXIX «¿Tan poco en vos estoy acreditado
--dijo el infiel--, tanto me halláis fantoche,
que me juzgáis inútil y menguado
para que os valga y al francés desmoche?
¿Habéis de la memoria ya borrado
del asedio de Albraca aquella noche
que en favor vuestro fui, solo y desnudo,
contra Agricán y todo el campo, escudo?»

LXXX Ella no responde y se atenaza
viendo hasta ellos que Reinaldo viene,
que al infiel ya de lejos amenaza,
como ve que Bayardo al freno tiene
y conoce de Angélica la traza
que en incendio amoroso lo sostiene.
Lo que entre estos soberbios dos sucede,
quiero que para el otro canto quede.