Una precursora

Nota: Ensayo publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).
UNA PRECURSORA



La fama de Rosalía Castro se funda en dos libros: Cantares gallegos y Follas novas. En ellos, la dulce habla regional de suavísimas inflexiones, con sus giros llenos de encanto, con sus diminutivos mimosos, es intérprete de una poesía honda, llena de amor, que se traduce en nostalgias, o de piedad, que, a las veces, llega a convertirse en odio. Los Cantares son el alma de Galicia, tierra verde, jugosa y húmeda, mozas de clara hermosura y de maravillosa perfección corporal, mozos rudos, con una rudeza ribeteada de malicias; vida penosa de trabajo, escasez constante, usura, emigración. Las Follas novas son el alma de Rosalía, depurada y sublimada entre todas las espinas de la aflicción, terreno fecundo que produce sin cesar flores de esperanza arrancadas de pronto por una mueca de escepticismo, por un grito de desesperación; alma lírica y sonora que vibra según la impresión del momento.

El lirismo, cualidad excelsa de los poetas grandes, de los que saben expresar directamente su alma, es cualidad predominante en Rosalía Castro. El elemento anecdótico no entra para nada en sus poesías, o, por mejor decir, todas ellas son anécdotas espirituales.

Esta misma fuerza de profundo subjetivismo tiene otro libro suyo, menos conocido, y de él quiero hablar. Es el que encierra sus versos castellanos, uno de los más singulares de nuestra poesía. Se titula En las orillas del Sar, y se publicó en 1884. Del mismo año son algunos Pequeños poemas, de Campoamor; la Pesca, de Núñez de Arce, que ya había dado lo mejor de su ingenio; a la sazón Ferrari le pisaba los talones en Pedro Abelardo, también publicado entonces; Manuel, del Palacio y José Velarde estaban en pleno florecimiento; Zorrilla rimaba deliciosamente composiciones de circunstancias. El libro de Rosalía era otra cosa. Cuando todos declamaban o cantaban, ella se atrevía sencillamente a hablar. Cuando todos cincelaban el verso, ella dejaba a los suyos un no sé qué de flojo y espontáneo, que fué como embalsamarlos para que conservaran más tiempo la poesía. Cuando todos se ceñían al endecasílabo y al octosílabo, con los otros versos que desde siempre se les combinaban, y a lo más empleaban el alejandrino zorrillesco, rico de acentuación, rotundo y sacudido, ella adoptaba metros inusitados y combinaciones nuevas.

De suspirillos germánicos hubiera calificado Núñez de Arce la mayor parte de las composiciones castellanas de Rosalía, sin perjuicio de admirar sus similares gallegas; porque en éstas, al hacer literaria un habla popular, todo estaba permitido, al paso que en las otras había reglas sagradas que observar.

De absurda y desgraciada debió calificarse entonces la suplantación del heptasílabo por el octosílabo en combinación con el verso de once sílabas, contra lo que era uso:

Todo lo ves, y todos los mortales
Cuantos en el mundo habitan,
En busca del alivio de sus males,
Tu blanca luz solicitan.
Unos para consuelo de dolores;
Otros tras de ensueños de oro
Que con vagos y tibios resplandores
Vierte tu rayo incoloro.
Y otros, en fin, para gustar contigo
Esas venturas robadas,
Que huyen del sol, acusador testigo,
Pero no de tus miradas.

Y el mismo octosílabo, combinándose en muchas composiciones del libro, también contra lo corriente, con el verso de diez, que sólo se empleaba con el de seis y el de doce sílabas:

A través del follaje perenne
Que oir deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.

Y no son sólo estas combinaciones llenas de armonía nueva lo que hoy nos asombra en el libro de Rosalía Castro. En él aparecen metros enteramente nuevos entonces: el verso de nueve sílabas, como hemistiquio de uno de diez y ocho, de esta manera:

Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,
Tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.
Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,
Cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.
Mas aun sin alas, cree o sueña que cruza el aire, los espacios,
Y aun entre el lodo se ve limpio cual de la nieve el copo blanco.

El de diez y seis, formado por dos hemistiquios de a ocho, verso que sólo se personaliza por la regularidad de los acentos, úsalo Rosalía tal como lo emplean nuestros poetas de hoy:

¡Pensamientos de alas negras! Huid, huid azorados,
Como bandada de cuervos por la tormenta acosados,
O como abejas salvajes en quien el fuego hizo presa;
Dejad que amanezca el día de resplandores benditos,
En cuya luz se presienten los placeres infinitos...
¡Y huid con vuestra perenne sombra que en el alma pesa!

¡Pensamientos de alas blancas! Ni gimamos ni roguemos
Como un tiempo, y en los mundos luminosos penetremos,
En donde nunca resuena la débil voz del caído,
En donde el dorado sueño para en realidad segura,
Y de la humana flaqueza sobre la inmensa amargura
Y sobre el amor que mata sus alas tiende el olvido.

Y, sobre todo, el verso alejandrino, reconquistado y llevado a punto de flexibilidad por los poetas modernos de España, quitándole las ligaduras con que lo domeñó el maravilloso Zorrilla, y haciéndole apto, no sólo para el alto vuelo ditirámbico, sino para toda sensación y todo matiz, el verso alejandrino triunfa en Rosalía Castro, que casi siempre lo asonanta, en toda su íntima y humana amplitud. Leed estas estancias, que pueden compararse por la técnica y aun por el pensamiento a algunas de Rubén Darío en Cantos de vida y esperanza; que pueden competir con las mismas Stances, de Juan Moreas, creación de las más puras y perfectas en la poesía francesa contemporánea:

De la vida entre el múltiple conjunto de los seres,
No, no busquéis la imagen de la eterna belleza,
Ni en el contento y harto seno de los placeres,
Ni del dolor acerbo en la dura aspereza.
Ya es átomo impalpable o inmensidad que asombra;
Aspiración celeste, revelación callada;
La comprende el espíritu y el labio no la nombra,
Y en sus hondos abismos la mente se anonada.
Esta imagen de la eterna belleza es la que buscó

siempre, la que vislumbró a ratos la excelsa Rosalía. Su poética, por lo mismo que es toda interior, por lo mismo que huye de toda pompa y exuberancia, porque es vestidura de un sentimiento y no llamativo dizfraz de un inerte maniquí, parece haber formulado mucho antes de que Verlaine fuera conocido {Jadis et Naguère es también de 1884) aquel precepto del Arte poética verleniana:

Prends l'éloquence et tords-lui son cou!

Y al abandonar el arte amplio de orquestación sonora y algo hueca, haber adivinado, traduciéndolo en suaves melodías rotas, en acordes extraños y personalísimos, el otro principio:

De la musique avant toute chose.

Música es lo que hay, ante todo, en los versos de Rosalía Castro. Su vaguedad, su imprecisión, que les ha hecho sufrir el dictado de nebulosos y germanizados, proviene de ahí. Síntesis profundas de sentimiento son las composiciones de En las orillas del Sar. Al ensueño o al dolor de cada uno se adaptan fácilmente, como un andante de Beethoven o un trozo de Schumann.

Su parentesco con Bécquer y con Heine no se puede negar. Es de la misma familia poética; como lo son también Julio Laforgue y Verlaine, el Verlaine de la Bonne Chanson y de Romances sans paroles. Pero la poetisa gallega, que es más varonil que Bécquer, tiene dignamente un lugar propio. Carece de ironía, aunque a veces llegue al sarcasmo; y hay en ella menos ternura que pasión. Espíritu apasionado debió ser el suyo, extremado en amores y en odios; de su choque con las dificultades y las tormentas del vivir saltaron, como espuma, las composiciones de sus Follas novas y las que llenan su libro castellano.

Hay que dar a Rosalía, entre nuestros poetas, un lugar eminente. Hay que reconocer que nadie como ella fundió su espíritu en el crisol de la estrofa, y que de la abundancia de su inspiración nacieron sus extraordinarias adivinaciones métricas. Y los poetas de hoy, los que van dejando de llamarse modernistas, los que quieren decir cosas del alma en versos que sólo obedezcan a una ley interior de armonía, formulada por cada uno en cada caso, han de ver una precursora en la mujer extraordinaria que escribió, sin preocupaciones, dejando libres a su inspiración y a su técnica, el libro titulado En las orillas del Sar.

ENRIQUE DÍEZ-CANEDO.
Madrid, 1908.