Una mata de helecho: 08

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



VII.

En cuanto á Juan de Silvela, no habia aprendido sino una palabra en árabe, la cual pronunciaba siempre que veia á Moraima. Aquella palabra era: Ilahya, que viene á equivaler á divina, aunque en algarabía, esto es, en la lengua franca que los Cristianos usaban para entenderse con los Musulmanes, decían Lela, que valia señora. Ambos significados los juntaba, sin duda, el Cristiano, cuando del corazón le acudian á los labios, no sólo en presencia de Moraima, pero aun con sólo acordarse de ella. No habrá dejado de parecer sobremanera extraño el nombre de familia de los huéspedes del herido. Breves palabras aclararán el caso. Los Bereberes y Árabes conquistadores eran muy pocos para poblar por sí solos á España; y, desde luego, en interés propio, dejaron á los Cristianos en posesión de las tierras que labraban, con tal de pagar tributo, que en las tierras llanas y meridionales llegaba á la tercera parte de los productos, siendo menor en las del Norte, por respeto al carácter indómito de los moradores. Fué propiedad del Estado el Khoms, ó el quinto de tierras y casas, conservando el resto sus antiguos propietarios.

Sabido es cuánto muda de manos la propiedad más sólidamente establecida; pero habiendo ido convirtiéndose al Islamismo gran número de familias cristianas, les fué hacedero conservar la propiedad, trasmitiéndose de tal suerte de generacion en generacion la sangre española, que, aun en la propia capital del Reino Granadino, era imposible hallar familia que no tuviese por parte de sus abuelos gran mezcla de sangre cristiana.

Del propio nombre Lope, hubo una dinastía árabe en Zaragoza, que conservó el patronímico; todo lo cual hará comprender al lector que, en efecto, los Beni-Lope de Málaga eran de origen español. Pero, aunque presumían de él, y fué lo primero que dijo Yusef al Cristiano, apenas éste se halló en estado de comprenderle, no por eso dejaba la familia de permanecer, siglos hacía, fuertemente apegada á la ley de Mahoma; y tanto, que, no sin lágrimas, pensaba la anciana Fátima en que los Cristianos pudiesen reconquistar el territorio granadino. Para entónces, Yusef decía, que, si Allah negaba á los creyentes la tierra de Málaga, él, después de guerrear hasta lo último, se embarcaría con su madre y hermana para la costa de África. Ni era mucho que tal sucediese, cuando la Alpujarra, la guerrera, asi llamada por los Árabes, á causa de la resistencia que su población, siempre de origen español, habia hecho á la conquista, fué después el último baluarte de la gente musulmana.

Pocas, tal vez ninguna familia de tierra de Málaga, había conservado la tradicion, como los Beni-Lope. En cuanto á Yusef, era moreno y de ojos negros, como su madre Fátima.

Moraima, en cambio, mostraba en el rostro la noble sangre del último Lope cristiano. Era de mediana estatura, tan bien proporcionada y esbelta, que parecía más bien alta. Su ademan, ántes que la timidez de la paloma, que en las Moras se advierte, recordaba la gracia y gallardía del cisne. La marlota, con que remplazaba la saya de las Cristianas, y la balmalafa, que hacía veces de manto, parecían gracioso disfraz, y no verdadero traje de la hija de Godos y Españoles.

Y aun si en ello pudiera haber duda, bastaba, para desvanecerla, el divino rostro de Moraima. Era su óvalo levemente ensanchado hacia los pómulos, carácter distinto y aun opuesto al del rostro árabe; los ojos, azules y de mirar dulce y blando, no apasionado ó fiero; la purísima linea griega de la nariz, sólo cedia en belleza á la boca más graciosa y admirablemente modelada, que imaginó para la hermosura de la mujer el Autor de lo creado. Rubios y ensortijados cabellos ornaban la frente y sienes de Moraima, mientras el pudor de la inocencia iluminaba, digámoslo, su tez de rosa y azahar.

«Lel-la... no... ángel, serafín bajado del cielo, sois, Moraima,» exclamó el Cristiano al abrir los ojos y ver que la hermosa inclinaba el rostro hácia él, por si dormia.

Vividos rayos de esplendente lumbre envia el sol á los picos de la sierra de Mijas, cuando aún permanece la roja esfera allende las aguas, para las márgenes del Guadalhorce: así encendió el rubor las mejillas de Moraima