Una historia de locos:1

Una historia de locos
de José Zorrilla
II


Al Señor D. Miguel Lafuente Alcántara autor de LA HISTORIA DEL REINO DE GRANADA

¿Qué es de mí, me preguntas, caro amigo?
¿Por qué, dejando nuestro alegre suelo,
bajo el cielo de Francia busco abrigo?
Nuevas de mí con cariñoso anhelo
me pides… ¡ay de mí! yo de mí mismo
tres años ha que se las pido al cielo.
Tres años ha que en brazos de la suerte
llevar me dejo, y por el mundo vago
como átomo perdido, y voy inerte
sin pedirme razón de lo que hago.

Me acusas de indolencia, de egoísmo,
de ingratitud, de olvido…, y en el nombre
de tu amistad reclamas el derecho
de descender de mi sombrío pecho
hasta el callado y tenebroso abismo.

Tienes razón, Miguel: tu noble mano,
que disipa la niebla en que la Historia
envuelve de los tiempos el arcano;
tu mano varonil que, asiendo un día
de la verdad la luminosa tea,
se dignó conducirme
por el morisco espléndido recinto
de la Alhambra encantada,
y a través del florido laberinto
de los cármenes frescos de Granada,
tiene derecho a descorrer ahora
las tinieblas de un alma, en la que un día
luz derramó tu ciencia indagadora:
luz como la del sol, fecundadora,
de mi fe germen, de mi numen guía.

Mas hácesme a la par tantas preguntas,
tan precisas, tan íntimas, que creo
no poder contestar a todas juntas,
por más que lo procure mi deseo.
Quieres saber dó estoy, en qué me empleo;
por qué abandono nuestra dulce España;
si riqueza o placer, duelo o hastío
me obligan a vagar por tierra extraña;
si, ahogado para siempre el canto mío,
no alzaré ya mi voz al son del río
que los vergeles de la Alhambra baña.
Quieres saber si espléndida fortuna
de mis hogares para bien me aleja,
o si anuda mi féretro a mi cuna
misteriosa desgracia o importuno
afán que mudo en mi pesar me deja.
Quieres, Miguel, que, si por caso alguno
favorable o fatal, la vida mía
cambia y empieza para mí otra era,
antes de sepultar uno por uno
los dulces sueños en que ayer vivía,
antes de que me lance en la carrera
de mi segunda edad, te dé siquiera
un hilo conductor que sea guía
del laberinto de mi edad primera.
Quieres, en fin, el pliegue más espeso,
el rincón más recóndito y profundo
ver de mi corazón y mi memoria,
y de tu tierno afán en el exceso
conocer de mi espíritu la historia,
con intención tal vez de darla al mundo.

Mas yo no tengo historia. Sepultado
en mi cámara siempre y circuído
de fantásticos seres, he vivido
de sus sombras no más acompañado,
con ajenas historias divertido,
y a cuidados ajenos entregado.
He sentido pesares y amarguras:
mas ¿quién hay, si nació, que no las sienta?
He corrido peligros y aventuras:
mas en época tal ¿quién no las cuenta?
Tú crees que una razón desconocida
a la halagüeña sociedad esquivo
me hizo y huraño, que a enterrarme en vida
me obligó acaso roedor hastío,
que me hizo aborrecer las diversiones
de un mundo para mí sin ilusiones,
como hoy se dice, y por el cual, mancebo
siendo y social y juguetón y activo,
viví, torvo poeta del Erebo,
ocupado en forjar obras horrendas
que, en nueva forma y en estilo nuevo,
dieron al mundo en páginas tremendas
sangrientos dramas, bárbaras leyendas,
narraciones de impíos sacrilegios,
visiones y nefandos sortilegios,
cosas que el vulgo vil halló estupendas.
Dícesme que sospechas algún caso
siniestro en mi niñez acontecido,
sólo de mi familia conocido;
alguna herida en el honor acaso,
resentimiento de amor propio herido,
un odio o un amor sin esperanza
de conseguir jamás perdón u olvido,
recompensa o venganza,
que me tuvo del mundo retraído:
mas en verdad te digo que te engañas,
que sueñas lo que no es, amigo mío;
no hay en mi vida fábulas extrañas,
ni mis costumbres con el mundo hurañas
menos son hijas de precoz hastío.
Yo no soy de esos mozos mentecatos
de ilusiones perdidas y alma seca,
que nacieron ayer, y ya insensatos
decrépitos se creen; en mí no trueca
la romántica moda las edades:
y aunque no vigorosa, sino enteca
por mi constitución y cualidades
físicas, y a pesar del siglo necio
que palpa semejantes vaciedades,
mi juventud es juventud: es recio
mi corazón y joven todavía
y no me cansa la existencia. Aprecio
la esencia que el Señor puso en la mía,
al sentir que en mi pecho y en mi mente
un alma no se encierra inerte y fría,
que el bien no goza y el placer no siente.
La soledad, Miguel, en que he vivido
hija no más de la costumbre ha sido;
y, libre del poder de otro misterio,
mi carácter no más ha sucumbido
de la costumbre al poderoso imperio.
Dícesme que al leer de mi poema
los cantos que te envié, te ha sorprendido
el entrañable e infantil cariño,
la adoración con que hablo de Granada,
que no es al cabo la ciudad amada
donde nací y pasé mi edad de niño.
Tienes razón, Miguel; defecto es ese
de mi obra miserable, que revela
algo de misterioso, aunque me pese
tal confesión; pero en verdad te digo
que no me pertenece ese secreto.
Es una historia ajena a la que abrigo
presta mi corazón, y que conmigo
va siempre como mágico amuleto,
cuyo poder al cielo me hace amigo.
Yo te la contaré más adelante,
de tu curiosidad pues es objeto,
y a mi vida volvamos un instante.
No, no hay en ella nada que acreciente
su valor para el vulgo, ni un ambiente
dramático la envuelve bajo el velo
del misterio que crees. Breve y sencilla,
aunque cual breve triste, es solamente
la de un oscuro hidalgo de Castilla
que, último de su raza, en otro suelo
busca otro nuevo hogar, busca otra gente
a orillas de otro mar, bajo otro cielo
do su pasado mal no halle presente.
No voy en pos de recompensa alguna,
ni de fortuna en pos más venturosa:
yo no busqué jamás a la fortuna.
¿Amiga al fin me buscará? Lo ignoro.
Yo he visto a esa inconquistable diosa
seguirme pertinaz desde la cuna;
me ha ofrecido mil veces amor, oro,
aplauso, gloria, vanidad, decoro,
todo…, y la he dicho desdeñoso:«Pasa:
nada te pido; tu favor no imploro.»
¿Por qué? He aquí la historia de mi casa:
la historia que tú crees maravillosa.
Óyela, y sal de tu ilusión.
                           —Un día,
de mi paterno hogar ante la brasa
mustia, que chispa a chispa se extinguía
de la desgracia al soplo, reunidos
los solos cuatro seres bien unidos
de mi familia estábamos. Mi madre,
alma llena de amor y de ternura,
para quien todo el mundo se encerraba
en mi profundo amor y el de mi padre.
Débil mujer, mas tipo de hermosura
meridional, de raza verdadera
española: ojos negros, tersa frente,
boca fresca de enana dentadura,
suave acento, sonrisa cariñosa,
tez pálida, morena y trasparente,
aguileña nariz, breve cintura,
casta y noble expresión, marcha ligera,
pequeñísimos pies, corta estatura,
y coronada, en fin, de fabulosa
negra, riza y sedosa cabellera,
que envolvía sus hombros abundosa,
y la medía, en pie, la talla entera.
Frente de ella, mi padre, magistrado
recto, conocedor de los secretos
del turbulento y anterior reinado,
que de expirar entonces acababa
con la vida de un rey y que dejaba
los españoles ánimos inquietos,
en sombrío silencio meditaba.
A su lado un severo sacerdote,
hermano de mi madre, amontonaba
los extraviados palos del manojo
que ardía en el hogar: y en medio de ellos
su silencio y tristeza con enojo
viendo y con inquietud, yo, casi niño,
la moribunda llama contemplaba,
teniendo asida con filial cariño
la mano que mi madre me alargaba.
Era una triste y dolorosa escena
cuya acción en palabras todavía
ningún actor interpretado había;
pero la angustia de que estaba llena,
de los cuatro en la faz se traslucía.
Era noviembre; el sol en el ocaso
doraba con sus rayos postrimeros
el cielo de Castilla, frío y raso;
el viento del otoño, de sus galas
despojando la olmeda, cual plumeros
de militares cascos, sacudía
con furia de los árboles las copas;
y de su soplo ronco entre las alas,
que el hielo del invierno nos traía,
la tempestad política venía.

En la empedrada calle oyóse a poco
el trote de un caballo:
sonoro el eco del herrado callo
de aquel bridón que estrepitoso llega
resonó en el portal de nuestra casa,
y su crujiente son, último y lento,
retumbó por la cóncava bodega
expirando en el último aposento.
Cual por impulso eléctrico impelidos,
todos cuatro a la par abandonamos
nuestro abrigado asiento,
y a la escalera y al balcón, movidos
por el interno afán, nos asomamos.
Mi padre, en cuyo pecho tuvo asilo
el valor más sin tacha (¡todavía
me parece que le oigo y que le veo!),
con voz serena y corazón tranquilo
dijo: «No os azoréis; es mi correo.»
Era, en efecto, el nuestro que venía
de la ciudad cercana. Rompió el sobre
de las cartas mi padre: leyó en calma
las nuevas de la corte que le envía
un amigo leal, mientras el alma
de mi angustiada madre,
que por leer también se la aproxima,
con afanosa incertidumbre lucha;
y al fin, vuelto al hermano que le escucha,
dijo: «Ya está la tempestad encima.»

Aquella noche y antes que la luna
en el cielo brillara, previnimos
nuestros viejos caballos, y oportuna
la ocasión escogiendo en que la gente
se reunía a comentar las nuevas
recibidas, del pueblo nos salimos,
y a comenzar las dolorosas pruebas
de una guerra civil nos dispusimos.
La nueva aurora nos halló muy lejos
de nuestro extinto hogar, y otras extrañas
riberas y el favor de amigos viejos
nos dieron un abrigo en sus cabañas,
entre los enebrales y los tejos
de sus desiertas y ásperas montañas.
Después…, de nuestro siglo las tormentas
que hasta su oculta soledad llegaron,
los padres y los hijos dividieron,
y al mundo divididos nos lanzaron,
como átomos de polvo que arrebata
el huracán, cuyos gigantes brazos
el torbellino asolador desata;
como restos de nave sumergida
que entre las ondas de la mar se anegan,
que en el naufragio errantes se desunen,
y que, aunque todas a la playa llegan,
nunca más en la playa se reúnen.

Transcurrieron diez años;
en ellos…, ¿quién ignora los prolijos
duelos y los amargos desengaños
que apuramos los padres y los hijos
en nuestra inquieta y desacorde España?
Tres veces en los cuatro postrimeros
metió la impía muerte su guadaña
en mi paterno hogar, y en él su saña
tres veces encendiendo sus flameros,
alumbró tres cadáveres. Mi madre
fué la primera que cayó a los filos
de su hierro fatal: luego su hermano,
que oyó su confesión: después mi padre,
por los pesares y la edad anciano.
¡Gérmenes de mi ser, dormid tranquilos
y velad por mi mísera fortuna
en esta patria del dolor humano,
hasta que a vuestro polvo me reúna
el Dios que nos sacó del polvo vano!

Sólo restan, Miguel, breves renglones.
A su fe y su pendón leal mi padre
se arruinó en la política contienda:
yo, por salvar su honor, vendí mi hacienda…
¡Dios la dé un dueño que mejor la cuadre!
Oré al umbral de su mansión mortuaria,
de su triple ataúd guardé la llave,
y abandoné un país do su memoria
poseía no más. Tal es mi historia.
¡A Dios el porvenir, que es quien le sabe!