Una excursión: Capítulo 68

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 68
 de Lucio V. Mansilla


Otra vez en la Verde. Ultimos ofrecimientos de Mariano Rosas. Más o menos todo el mundo es como Leubucó. Augurios de la naturaleza. Presentimientos. Resuelvo separarme de mis compañeros. Impresiones. ¡Adiós! Un fantasma. Laguna del Bagual. Encuentro nocturno. Un cielo al revés. Agustinillo . Miseria del hombre.


El lector conoce ya la Verde, en cuya hoya profunda y circular mana fresca, abundante y límpida el agua dulce, y donde todos los que entran o salen, por los caminos del Cuero y del Bagual, se detienen para abrevar sus cabalgaduras y guarecerse durante algunas horas bajo el tupido ramaje de los algarrobos, o de los chañares y espinillos, que hermosean el plano inclinado que en abruptas caídas conduce hasta el borde de la laguna, cubierto de verdes juncos, de amarillentas espadañas y filosas totoras de semicilíndricas hojas, entre las cuales los sapos y las ranas celebran escondidos, en eterno y monótono coro, la paz inalterable de aquellas regiones solitarias y calladas...

Allí hay sombra, fresca gramilla y perfumado trébol, durante las horas en que el sol vibra implacable sus rayos sobre la tierra; refugio durante las noches tempestuosas en que las aguas se desploman a torrentes del cielo, leña siempre para encender el alegre fogón.

Yo coronaba con mi gente las crestas arenosas del médano, al mismo tiempo que en una dirección que formaba con la mía un ángulo recto, aparecía un pequeño grupo de jinetes viniendo de Leubucó.

Debe ser, dije para mis adentros, la contestación del capitán Rivadavia, y picando mi caballo, descendí rápidamente por la cuesta, recibiendo pocos instantes después una carta suya, pues, en efecto, los que venían eran mensajeros de aquel fiel y valiente servidor. Mariano Rosas había escuchado mi reclamo diplomático, y a fuer de hombre versado en los negocios públicos, me ofrecía, en cumplimiento del Tratado de Paz, perseguir, aprehender y castigar a los que según mis noticias, habían andado maloqueando por San Luis, mientras yo tenía mis conferencias a campo raso con los notables de Baigorrita, de Mariano y de Ramón.

Promesas no ayudan a pagar; pero sirven siempre para salir del paso, y los indios, incansables cuando se trata de pedir, no se andan con escrúpulos cuando se trata de prometer.

Más o menos el mundo anda así en todas partes, los individuos, lo mismo que las naciones, encuentran todos los días en el arsenal de las perfidias humanas, pretextos y razones para faltar a la fe pública empeñada; y las muchedumbres en uno y otro hemisferio, se dejan llevar constantemente de las narices por los ambiciosos que las engañan y alucinan para explotarlas y dominarlas.

Ayer era Napoleón III erigido en campeón de las nacionalidades, triunfador en Magenta y Solferino, en nombre de la Federación Italiana; hoy es Bismarck en nombre del Germanismo al grito de la galofobia; mañana será otro Pedro el Grande en nombre del Panslavismo, valiéndose de la turbulencia moscovita, de la ignorancia de los siervos y del fanatismo religioso.

En América hemos tenido a Rosas, a Monagas, a López.

Todos ellos supieron encontrar la palabra misteriosa y magnética para fascinar al pueblo.

La libertad y la fraternidad universal siguen mientras tanto siendo una bella utopía, una santa aspiración del alma, y de hegemonía en hegemonía, dominados hoy por los unos, mañana por los otros, el hombre individual y el hombre colectivo caminan por rumbos distintos quién sabe dónde...

La perfección y la perfectibilidad parecen ser dos grandes quimeras. Rodamos a la ventura, y la mentira es la única verdad de que estamos en posesión.

Parece que Dios hubiera querido ponerle una gran barrera a la conciencia humana, para detenerla siempre que se atreve a penetrar en los tenebrosos limbos del mundo moral.

El sol se ponía majestuosamente, el horizonte estaba limpio y despejado; terso el cielo azul; sólo una que otra nube esmaltada con los colores del arco iris y suspendida a inmensas alturas, se descubría en la gigantesca bóveda; soplaba una brisa ricamente oxigenada, blanda y fresca; las espadañas se columpiaban graciosamente sobre su tallo flexible reflejándose en las claras aguas de la laguna hasta humedecer en ellas sus albos penachos, como voluptuosas náyades de bella y blanca faz que al borde de la fuente empaparan las puntas de sus sueltos cabellos, mirándose distraídas y enamoradas de sí mismas en el espejo líquido y sereno.

El cielo y la tierra con sus indicios seguros, auguraban una noche apacible y un día hermoso como el que acababa de transcurrir. Convenía, pues, aprovechar los pocos momentos de luz que quedaban. No sé qué vago y falso presentimiento oprimía angustiosamente mi pecho.

¿Era que iba a separarme de mis compañeros, de los que en aquella extraña peregrinación habían compartido conmigo todas las privaciones, todas las fatigas, todos los azares de que nos vimos rodeados, y que unas veces dominé con la paciencia, otras con la audacia y el desprecio de la vida?

¿O que habiendo pasado el peligro la imaginación se abismaba en sí misma, absorta en la contemplación de sus propios fantasmas?.

¿No os ha sucedido alguna vez después de uno de esos trances heroicos, en que se ve de cerca la muerte con ánimo sereno, sentir algo como un estremecimiento, y tener miedo de lo que ha pasado?

¿No os ha sucedido alguna vez luchar brazo a brazo con la muerte, vencer y experimentar en seguida, después que la crisis ha pasado completamente, un sacudimiento nervioso, que es como si un eco interior os dijese: Parece imposible?

¿No habéis corrido alguna vez a salvar un objeto querido al borde del precipicio, salvarle instintivamente y mirándole sano y salvo, algo como un desvanecimiento de cabeza, no os ha hecho comprender que la existencia es un bien supremo, a pesar de las espinas que nos hincan y lastiman en las asperezas de la jornada?

¿No habéis estado alguna vez horas enteras a la cabecera de un doliente amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y recién entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el ser y el no ser?

Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en aquel momento de lo que habían sido antes, en ese mismo lugar, cuando resuelto a todo, sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos. En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.

Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban a sus nidos lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras, después de haberse refrescado, chapaleaban el agua de la orilla de la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas de pasto y relinchaban mirando en dirección al norte, con las orejas tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de dirección, cuando llamando a los buenos franciscanos y a mis oficiales les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.

El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre a disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas. Cuántas veces a causa de eso no pasan por seres sin corazón los que se hallan sujetos a las terribles leyes de la obediencia pasiva, a esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias, como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, hacen al soldado tanto más grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime.

Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño, encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías. Nadie replicó, todos corrieron a disponer lo referente a la marcha nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente separarse de mí; no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une a los hombres, sea cual fuere su posición respectiva, sino por ese amor a lo desconocido y esa inclinación genial al combate y a la lucha, propia de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no se consume monótonamente en la molicie y los placeres.

Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos grupos determinados.

Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos, en fin, repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias veces la misma cosa, monté a caballo y eché a andar seguido de los cuatro compañeros que componían mi grupo.

El de Lemlenyi me precedía.

Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin dificultad a la cresta del médano, por la gran rastrillada del norte.

Una vez allí, volvimos a decirnos adiós.

Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez más: ¡Cuidado con galopar!, le hice comprender a mi caballo con una presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire de marcha más vivo.

El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el efecto de un precursor seguro.

Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo a otro, como si los animales se dijeran: ¿Por qué nos han separado?

Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las nubes de polvo, hicieron invisibles a los que trotaban sin interrupción al norte, a fin de poder hacer su primera parada en Loncouaca, aguada abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los animales.

Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros, varias veces mirarían atrás a ver si nos descubrían.

¡Valientes compañeros! Réstame aún decir, antes de perderlos de vista del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte Sarmiento.

Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; a pesar de su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez durante el trayecto: ¿Por qué no galopamos un poquito? Mis oficiales contestaban: Primero, porque la orden es que la marcha se haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.

El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.

Los oficiales le decían, por hacerlo rabiar un poco -cosa a la que creo no se opone la Orden de Nuestro R. P. San Francisco:- También era superior el moro que maltrató usted la vez pasada.

Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con la teoría que he desarrollado en mi carta anterior, a propósito de las hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto a la vista de la Verde.

Las sombras de la noche iban envolviendo poco a poco el espacio, los accidentes del terreno desaparecían entre las tinieblas, flotábamos en un piélago obscuro como el de la primera noche del Génesis -como dicen en la tierra-, estaba toldado, las estrellas no podían enviarnos su luz a través de los opacos nubarrones que a manera de inmensa sábana mortuoria, se habían extendido por el cielo.

Hacía algunas horas que trotábamos y galopábamos, Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecía a corta distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, a la orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, íbase haciendo cada vez más perceptible.

Era que íbamos a llegar a la laguna del Bagual.

El fantasma ése era un médano cubierto de arbustos, el ruido peculiar, el cuchicheo nocturno de las aves, que murmuran sus inocentes amores, salvándose del inclemente rocío entre las pajas. La laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico, como lo es por el otro la Verde: se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el agua por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la forma común de los abrevaderos pampeanos, la de una honda taza.

Cuando el desertor o el bandido que se refugia entre los indios, sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la partida que le persigue, llega a la laguna del Bagual, recién se tiende tranquilo a dormir el sueño inquieto del fugitivo.

Saliendo de las tolderías sucede lo contrario; allí se detiene el malón organizado, grande o chico, el indio gaucho que, solo o acompañado, sale a trabajar de su cuenta y riesgo, el cautivo que huye con riesgo de la vida.

Una vez en los médanos del Bagual, el que entra ya no mira para atrás, el que sale sólo mira adelante.

El Bagual es un verdadero Rubicón, no tanto por la distancia que hay de allí a las tolderías, cuanto por su posición topográfica.

Es que por el el camino del Bagual, entrando o saliendo, jamás se carece de agua, de esa agua que es el más formidable amigo del caminante, y de su valiente caballo, en el desierto de las pampas argentinas.

Al sud, avanzando hacia las tolderías, Ranquileo y el Médano Colorado ofrecen seguras aguadas y pasto, quedando sobre el mismo camino.

Era temprano aún, había galopado bien, y no teniendo por qué apurarme, seguí la marcha a ver si llegaba a Agustinillo antes de salir la luna.

Galopábamos cruzando las sendas tortuosas de un monte espeso, cuando distinguimos cinco bultos a derecha e izquierda del camino.

-¿Qué es eso? -le pregunté a Camilo.

-Son caballos -me contestó.

-Pues arriemos con ellos -agregué.

Y esto diciendo formamos un ala y arrebatamos del campo los cinco animales, incorporándolos a las tropillas.

¿A quién pertenecían?..

Aquella noche comprendí la tendencia irresistible de nuestros gauchos, a apropiarse lo que encuentran en su camino, murmurando interiormente el aforismo de Prudhon: "La propiedad es un robo".

Mora dijo:

-Han de ser de los indios.

Yo contesté:

-El que roba a un ladrón tiene cien días de perdón.

Contentos con el hallazgo nos reíamos a carcajadas, resonando nuestros ecos por la espesura...

De repente oyéronse unos silbidos, que llamando mi atención, me hicieron recogerle las riendas al caballo y cambiar el aire de la marcha.

Los silbidos seguían saliendo de diferentes direcciones.

-Han de ser indios -me dijo Mora.

-¿Qué indios? -le pregunté.

-Los de la Jarilla.

-¿Y por qué silban?

-Nos han de haber sentido y no saben lo que es.

Mora me inspiraba confianza, hice alto; pero temiendo una celada, me dispuse a la lucha, haciendo que mis cuatro compañeros echaran pie a tierra.

Si son más que nosotros, me dije, a pie a tierra somos más fuertes, y si no vienen con mala intención, se acercarán a reconocernos. Efectivamente, apenas nos desmontamos, aparecieron siete indios armados de lanzas.

La luna asomaba en aquel mismo momento como un filete de plata luminoso, por entre un montón de nubes.

-Hábleles en la lengua -le dije a Mora.

Mora obedeció dirigiéndoles algunas palabras.

Los indios avanzaron cautelosamente soslayando los caballos.

Camilo Arias con ese instinto admirable que tenía dijo:

-Están con miedo.

-Háblales otra vez -le dije a Mora.

Obedeció éste, habló nuevamente, y los indios se acercaron al tranco con las lanzas enristradas, haciendo alto a unos veinte metros.

-¿Con permiso de quién pasando? -dijeron.

-¿Con permiso de quién andando por acá? -les contesté.

-¿Este quién siendo? -repusieron.

- -Coronel Mansilla, peñi -agregué.

Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron a nosotros confiadamente.

Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos los cinco caballos que les acabábamos de robar, pues eran de ellos, les dimos algunos tragos de anís, toda la yerba, azúcar y cigarros que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dio su poncho viendo que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós, separándonos como los mejores amigos del mundo.

-¿Qué indios son éstos? -le pregunté a Mora.

-Son indios de la Jarilla -me contestó.

-¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara, quién sería?

-Ese es Ancañao.

Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna del Tala de los Puntanos, donde tomó e hirió malamente a un cabo del Regimiento 7º de Caballería, que llevaba comunicaciones para el Río Cuarto.

En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes que se oponían a que brillara con todo su esplendor, derramó su luz sobre la blanca sabana de un vasto salitral, de cuya superficie refulgente y plateada se alzaron innumerables luces, como si la tierra estuviera sembrada de brillantes y zafiros. Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el efecto de un cielo al revés.

Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban aún impresas en el suelo cristalino.

Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.

Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla a ninguna preparación previa.

Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, campados al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.

Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.

¡Imposible dormir!

Mi mente, predispuesta a la meditación, no se dejaba subyugar por la materia.

Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y la belleza suprema.

En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo de goces, que sólo pueden apreciar como es debido los que, habiendo anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y dolores lo que se proponían.

¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?

Platón, lo ha dicho hablando de lo Bello:

"El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la forma humana".

¡Pues, como el sabio, felicitémonos de que la verdad sea tan saludable, y de abrigar la esperanza de descubrir algún día la substancia efectiva de todo, para que todo no sea símbolo y sueño!


Capítulo 68