Una excursión: Capítulo 45

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 45
 de Lucio V. Mansilla


Dos desconocidos. El cuarterón. El mayor Colchao y su hijo. Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia. Provocaciones de Caiomuta. Gualicho redondo. Contradicciones del cuarterón. Juan de Dios San Martín. Dudas sobre la fidelidad conyugal. Picando tabaco. Retrato de Baigorrita. Un espía de Calfucurá.


En el fogón no había nadie.

Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no estaba el sol.

Buscaba a quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja de barba.

Fui, pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.

Hablaban con los dos desconocidos.

Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el caso riéndome a carcajadas.

Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.

Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos con quienes hablaban ustedes?

-No sabemos -contestaron unos.

-Tratábamos de averiguarlo -los franciscanos.

-Vamos a ver -repuse.

Me dirigí a ellos. Todos me siguieron.

-¿Cómo te llamas? -le pregunté al primero que había visto.

Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.

Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros redondos, sin brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha, erizada, de cabellos duros y parados como las espinas del puercoespín, y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.

Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis.

Llevaba un aro de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se los había arrancado con pinzas, a lo indio, de manera que en los poros irritados, se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración, a su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen escarificado con finísimas agujas y tinta china.

Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en calcárea roca.

No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.

Volví a interrogarle.

Siguió callado, bajó la vista, la fijó en la tierra e hizo un ademán con los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé, qué le importa a usted.

-Tú has de ser algún bellaco -le dije.

No contestó.

Entonces, dirigiéndome al más joven:

-Y tú, ¿quién eres? -le pregunté.

Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba afeitado a lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría diez y ocho años.

-Soy hijo del mayor Colchao -me contestó.

-¿Hijo del mayor Colchao? -repuse con extrañeza.

Una cautiva que se había llegado a nosotros, me dijo:

-Es mi marido.

-¿Tu marido?

-Sí, señor.

-¿Cómo es eso?

-El cacique me ha casado con él.

Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto a consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los ranqueles al Río Quinto cuando los derroté en los Pozos Cavados, cerca de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era muy bueno y que ahora era feliz.

-Vea, señor -me decía-, cómo castigaba el indio.

Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices.

-Así -añadía con mezclada expresión de candor y crueldad-, yo rogaba a Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo envuelto con el humor y...

Me dio asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía.

Era esbelta y graciosa.

A fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, preguntándole:

-¿Y quién es Colchao?

-Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res que le carneamos.

Yo lo había tomado por un indio.

Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él. Hacía de capataz suyo.

-¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao? -volví a preguntarle.

-Sí, señor, -repitió.

-¿Y, dónde vives tú?, -le pregunté a aquél.

-En la toldería del capitanejo Estanislao.

-¿Cerca de aquí?

-No, señor.

-¿Qué distancia hay?

-Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los indios).

-¿Y a ese hombre le conoces?, -le pregunté, señalándole al cuarterón.

-Sí, señor.

-¿Desde cuándo?

-Hace tres días.

-¿Tres días no más?

-Sí, señor.

-¿Cómo, así?

-Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.

-¿De dónde venías?

-Del toldo de Estanislao.

-¿En qué rumbo queda?

-Aquí (señalando el sudeste).

-¿En qué venía?

-A caballo.

-¿Con cuántos caballos?

-En el montado.

-¿Y de dónde venía?

-De lo de Calfucurá.

-¿Qué, por ahí va el camino?

-Por ahí.

-¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao a lo de Calfucurá?

-Dos días y medio.

-¿Y habla castellano ese hombre?

-Sí señor.

Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al otro, le dije:

-¿Conque te estabas haciendo el zonzo?

No contestó.

-Hablá, imbécil, -le dije.

-Tengo vergüenza, -me contestó.

-Has de ser algún bandido -repuse- y dándole las espaldas, les dije en voz baja a mis ayudantes:

-Averígüenle la vida.

Iba a retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.

-¿De dónde eres?

-De Patagones.

-¡Ah! -dijo mi ayudante Rodriguez-, a mí me has dicho hace un rato que chileno.

-Y a mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.

-Sí, ha de ser algún pícaro, -les contesté.

Y esto diciendo, me dirigí al toldo de mi compadre.

Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.

Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.

Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que era de mi gente.

Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante hombre.

Le observé a mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un rotoso como ése.

Se encogió de hombros, y le ordenó a San Martín que averiguase quién era, de dónde venía, qué quería.

San Martín salió.

Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.

Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.

Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos saber. Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario, su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo estuvo en el Río Cuarto.

Es un roto chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo: que sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un tratado de geografía.

Como su cara hay muchas. No tiene nada notable. Es blanco y de sangre pura. Según él, está entre los indios por rescatar algunos parientes mendocinos. Será o no verdad. Yo sólo sé que estando en el Río Cuarto, entre varias cautivas que me mandó Mariano Rosas, que entregué al padre Burela, venía una de unos diez y siete años, que se decía prima suya y que le estaba muy agradecida.

Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de catorce años, que había sido ya querida de mi compadre, quien se la había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se la acabara de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis ayudantes con infantil desenfado, y su dueño no se curaba de ello.

El derecho de vida o muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero hay que reconocer que entre los indios nadie se mata por celos. Algo más; hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.

Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido a traer, se me ocurre preguntar: la virtud de la fidelidad conyugal que no puede ser convencional sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más segura, entre los ranqueles o entre los cristianos?

Me guardo bien de contestar.

Prefiero esperar a San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo, sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos conocerán bien a los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus proyectos futuros, teniendo a su lado secretarios, lenguaraces, amigos íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.

Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas aciagas, ¿y qué sabemos de él?

Que nos roban.

Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe, no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio que costando menos sangre puede conciliar el hecho con el derecho ? ¿Y por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar: ¡Fratricidas!

San Martín volvió diciendo que el desconocido venía de las tolderías de Calfucurá.

Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.

-¿Y cómo es -le pregunté- que ustedes no se fijan en los que vienen y están una porción de días en sus casas?

-Aquí viene el que quiere, compadre -me contestó.

-¿Y si vienen a espiar?

-¿Y qué van a espiar?

-Pero lo que ustedes hacen.

-Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.

Le hice una seña a San Martín, salí del toldo y me siguió.

Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.

San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó. Al separarse de mí, el padre Marcos vino a decirme que aquél me pedía una camisa y unos calzoncillos, yerba, tabaco y papel.

Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.

Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y un calzoncillo, y todo lo demás que pedía el desconocido. Hizo una junta: a éste le pidió una cosa, a aquél otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel, y volvió al punto con la contribución.

Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fue muy contento, llevándoselo todo a su protegido. Me senté a descansar en un diván que con caronas y ponchos me improvisaron los soldados.

Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que, con acento de embriaguez preguntaba:

-¿Dónde está ese coronel Mansilla?

Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.

-Ahí -le contestaron.

Un jinete indio se me presentó, pisándome casi, con las patas del caballo.

Le reconocí en el acto; era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré con afectado desprecio y no le dije nada.

-Vos, coronel Mansilla-, gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las espuelas al caballo, rayándolo y levantando una nube de polvo que me envolvió.

Creí que iba a atropellarme.

Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.

-Vos, coronel Mansilla- volvió a gritarme.

-Sí- le contesté secamente.

-¡Ahhhh! -hizo.

Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo de unos grandes montones de leña.

-¿Vos amigo indio?-, me dijo.

-Sí, le contesté-, y avancé para darle la mano.

Me rechazó, diciendo:

-Yo dando mano amigo no más.

-Yo soy tu amigo.

-¿Por qué entonces midiendo tierra, gualicho redondo?

Gualicho redondo, era mi aguja de marear óptica, de la que me había servido infinidad de veces, en la travesía del Río Quinto a Leubucó.

-Eso no es para medir la tierra-, le contesté.

-Vos engañando-, repuso.

-Yo no miento.

-¿Y entonces qué haciendo gualicho redondo?

-Era para saber el rumbo, dónde quedaba el norte.

-¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?

-Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho a dónde voy.

-¡Winca! ¡winca!- murmuró. Y en voz alta y volviendo a rayar el caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó:

-¡Engañando!

Llegaron varios indios, hablaron a un mismo tiempo y rodeándome, me dijeron:

-Dando camisa.

-No tengo -contesté secamente.

Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo, balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:

-Vos rico, dando, pues, pobre indio.

-Yo no doy nada a quien no es mi amigo-, le contesté, frunciendo el ceño y apostrofándole de bárbaro. Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis ayudantes y mis asistentes y me rodearon.

-¡Winca!, ¡winca!-, bramó el indio.

Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo que decía Baigorrita que no le hiciera caso a su hermano, que me fuera a su toldo. Y de su cuenta agregó: "Ese indio, señor, tiene muy malas entrañas".

Me pareció desdoroso abandonar el campo.

Le contesté a mi compadre que no tuviese cuidado.

Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y vociferando insultos contra Baigorrita, a quien tachaba de ladrón, y diciéndoles a los otros que le siguieran, se lanzó a toda brida, por unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera. Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre; pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me acerqué a ellos.

-Y al fin, ¿de dónde eres? -le pregunté-, ¿de Chile, de Patagones o de Bahía Blanca?

No me contestó.

-¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar? -agregué.

-Yo no he pedido nada -contestó por primera vez con acento porteño.

-Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado -le dije.

-Ahí está- murmuró con desprecio.

Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.

Seguía picando tabaco.

Me hizo señas de que tomara asiento.

Me senté.

Trajeron puchero.

Comí.

A mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.

Me ofreció un bocado.

Acepté.

El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué procurando no hacer gestos y lo tragué.

El bofe era pasable; pero prefiero no volver a probarlo en mi vida. Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra. Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel picador de tabaco , imperturbable, especie de patriarca.

Manuel Baigorria, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años. Se llama así porque su padrino de bautismo fue el gaucho puntano de ese nombre, que en tiempos del cacique Pichún, de quien era muy amigo, vivió en Tierra Adentro. Su madre fue una señora cautiva del Morro. Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes; su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y cierta inclinación a las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas de una melancolía genial.

Con otro tipo mi compadre sería un árabe.

Es muy aficionado a las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.

Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su caballo.

Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo de ir al Morro a visitar sus parientes.

Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos. Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad. Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen ciegamente ayudándole a perpetrar todas sus maldades. Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se presentó San Martín.

Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.

Hasta luego, le dije a Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco, me contestó ¡adió! (Los indios, como los negros, no pronuncian generalmente las eses finales), y fui a ver qué me quería San Martín.

En cuanto me acerqué a él, me dijo:

-Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.

-¿Y tras de qué anda?

-Viene a ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas indiadas contra aquéllas.

-¿Y se lo has dicho a Baigorrita ahora lo que hablaste con él?

-No, señor.

-Avísaselo, pues.

San Martín obedeció.

Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su sabiduría.

La noticia de mi arribo a las tolderías de los ranqueles, le había sido trasmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de aliado por simpatía de raza.

Su contestación había sido, que la paz convenía, que no trepidase en sellarla y cumplirla.

Al mismo tiempo habla enviado un emisario secreto.

¿Hombres de Estado cultos habrían procedido de otra manera?

¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?

Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu, Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Metternich, en Europa, que nos da la norma en todo, lo dirás.


Capítulo 45