Una excursión: Capítulo 42

Una excursión a los indios ranqueles
Capítulo 42
 de Lucio V. Mansilla


Preparativos para la marcha a las tierras de Baigorrita. Camargo debía acompañarme. Motivos de mi excursión a Quenque. Coliqueo. Recuerdo odioso de él. Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles. En lo que consistía mi diplomacia. En viaje rumbo al sud. Confidencia de un espía. El espionaje en Leubucó. Poitaua. El algarrobo. Pasión de los indios por el tabaco. Cómo hacen sus pipas. Pitralauquen. Baño y comida. Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.


Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos de la marcha para las tierras de Baigorrita.

Le anticipé un chasqui, de acuerdo con Mariano Rosas, y a las dos de la tarde mandé arrimar las tropillas.

Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos a caballo y todos estaban con ganas de sacudir la pereza.

Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca, a ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, a pesar de sus protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianza. Mi viaje lo preocupaba. No comprendía que debiendo verlo a Baigorrita en la junta que se celebraría a los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus tolderías.

La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su imaginación.

Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir a todos mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento de mi lado por nada ni para nada.

Debía ser mi sombra.

Mi excursión a Quenque tenía, sin embargo, la explicación más plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos a bautizar mi futuro ahijado, y al mismo tiempo, a conocer más el desierto, penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.

Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se borra de la memoria de los indios.

La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas de Urquiza.

Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: "Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicionó a sus hermanos".

Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino que peleó e hizo correr sangre, para venirse a Junín junto con el Regimiento 7º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.

Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para que nos ayudaran a exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano Rosas.

Así fue que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de ello y le di las gracias.

Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar a toda costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la fiscalización de mi astuto agregado.

Eran las dos y media de la tarde cuando nos movimos de Leubucó, alegres y contentos, felices y esperanzados, lo mismo que al salir del fuerte Sarmiento.

¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la Pampa, que yo no he cruzado nunca sus vastas llanuras sin sentir palpitar mi corazón gozoso!

Mentiría si dijese que al oír retemblar la tierra bajo los cascos de mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las ciudades, donde la existencia se consume en medio de tan variados placeres.

Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad a estas calles encajonadas, a este hormigueo de gente atareada, a estos horizontes circunscritos que no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno.

Hacía un día hermoso.

Ibamos despacio. Las cabalgaduras habían sufrido bastante, extrañando la temperatura, el pasto y el agua; debía pensar no tanto en la vuelta a Leubucó, como en la vuelta a mi frontera. Saliendo de Leubucó, rumbo al sud, se entra en un arenal pesado, se cruzan algunos pequeños médanos y a poco andar se entra en el monte. A la salida de éste se encuentra la primera aguada, una lagunita con jagüeles, bordada de espadañas y de riente vegetación en sus orillas. El terreno es bajo y húmedo.

Son como dos leguas de camino que fatigan los caballos como cuatro. Descansamos un rato. Nadie nos apuraba. Allí me hizo Camargo su primer conferencia. Como hombre de mundo, estaba convencido de mi buena fe y comprendía que no siendo honroso el papel que debía hacer a mi lado, convenía ponerme en autos para que me explicase su actitud, de la que no podía prescindir, porque a su vez él debía ser espiado por alguien, aunque no pudiera decir por quién.

El espionaje recíproco está a la orden del día en la corte de Leubucó.

Varias veces, hablando allí con personas allegadas a Mariano Rosas sobre asuntos que no eran graves, pero que podían prestarse a conjeturas y malas interpretaciones, me dijeron aquéllas:

-Hable despacio, señor, mire que ése que está ahí nos escucha.

¿Quién era?

Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allí haciéndose el distraído; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que acurrucado se calentaba al sol, y a quien yo le había dirigido la palabra sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y hablaba bien el castellano.

De esta práctica odiosa nacen mil chismes e intriguillas, que mantienen a todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose cordialmente en realidad.

Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa a su alrededor y lejos de él.

Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espían a los demás y se espían entre sí.

El cristiano o el indio más cuitado en apariencia, es su confidente, conoce sus secretos.

De ahí venían en parte la influencia, los fueros y el favor de que disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él una repulsión instintiva.

Refrescadas las cabalgaduras siguió la marcha.

El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de monte, y en lontananza, hacia el sudoeste, las alturas de Poitaua, que quiere decir: lugar desde donde se divisa , o atalaya.

Las brisas frescas de la tarde comenzaban a sentirse, galopamos un rato y entramos en el monte.

Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más. Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer patai pisándola sola, y pisándola con maíz tostado una comida agradable y nutritiva.

Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus marchas la chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es un alimento, y un entretenimiento que reemplaza al cigarro. A propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.

Prefieren el negro del Brasil a cualquier otro. Los Pampas azuleros hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco, una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el mismo efecto del opio, es fuertísima.

Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por persona mal educada quien no supiera hacerlo.

Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de cigarrillo y en pipa.

Este último modo es el que les gusta más.

No hay indio que no tenga su cachimbito.

Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.

Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los lados un agujerito, en el que colocan un dedal, con otro agujerito que coincide con el taladro.

El que quiera hacer una pipa a lo indio, ya tiene la instrucción. Recomiendo esta clase de pipas a los aficionados al tabaco fuerte; en ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son iguales.

Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse. Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra del mismo modo. A la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y quedan profundamente dormidos.

Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos a parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada Pitralauquen , lo que quiere decir laguna de los flamencos . Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.

El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie a tierra.

La lagunita, que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.

Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.

Campamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas, organizando la ronda, no fueran a darnos un malón, se buscó leña y no tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón. Los franciscanos se habían molido un poco.

Su pensamiento dominante era descansar, en tanto hacían un buen asado. Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas. Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyo nido saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.

Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que a una vara de distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.

Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no estoy trascordado, ofrecí contar su vida.

Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha rectamente a donde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor. Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que vio una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél a las tolderías de los ranqueles, formando parte de una caravana de comerciantes y se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la vida y se quedó agregado a la tribu de Ramón. En Chile su padre había sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho a su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado a mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad. Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está vinculado a él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad. Habla el castellano a la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. Nunquita , me ha sucedido perderme por allicito yendo solito es como él dirá. El araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes que he visto. Ser lenguaraz es un arte difícil; porque los indios carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente, y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo, esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede ser vertida literalmente, porque las ideas morales que implican conciencia y honor no las tienen los indios. Un buen lenguaraz, según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha de tener palabra, o si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene que se retrae de ir a los malones . Al contrario, va en la punta, y por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre blanco, hijo de cristianos, bautizado en Los Angeles, que podía ganar su vida honradamente llevara la existencia de un salteador.

Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más o menos lo que queda consignado en el párrafo anterior, terminábamos de comer.

Estaba helando.

Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los frailes a mi lado -los cuidaba como a las niñas de mis ojos-, y traté de dormir.

La creación estaba en calma, el silencio del desierto no era interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, o por el graznido de las aves de la laguna.

La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de mustias estrellas.


Capítulo 42