Un siglo en una noche

Un siglo en una noche
de Joaquín Díaz Garcés


¿Quién no conoce en Chile ese tipo de hacendado solterón que pasa casi todo el año en la soledad de las viejas casas del fundo para sacar a la tierra, en permanente lucha, el dinero con que siempre sueña fundar un hogar para la vejez? Son de esos hombres que no aceptando a la mujer joven y hermosa como compañera, la quieren legar sus achaques y dolencias de la edad como a enfermeras.

El señor X, a quien no nombramos porque vive y es aún hombre de trabajo, posee cerca de Los Andes un regular fundo que explotaba y explota todavía a la antigua. Desparramar el trigo en agosto, salir un poco a caballo y esperar la cosecha haciéndose los peores proyectos sobre su resultado, en eso consistía hasta hace poco el «abrumador» trabajo del campo, como le han llamado con cierta ironía los oficinistas de Santiago que se queman las cejas alineando numeritos litografiados y haciendo sumas y divisiones a granel.

El señor X había heredado, como tantos otros, el fundo, y había sacado de él alrededor de diez cosechas, lo que quería decir que no era hombre de escasos recursos. Su padre, agricultor de los viejos, huaso ladino, entendido en las tareas agrícolas, conocía bien el negocio; y había comprado el fundo a la sucesión de un señor que había desaparecido allí de una manera bien misteriosa.

Por eso la casa vieja, metida en un grupo de olmos viejos y derrengados, al final de la consabida alameda y al lado de los legendarios corrales, tenía historia, o mejor dicho «historias», porque al decir de los inquilinos, por allí penaba el antiguo patrón.

En los aleros disparejos, húmedos, musgosos, «achiguados», anidaban algunas familias de palomas, cuya aristocracia se remontaba a muchos años de la fecha y cuyos vólidos, aleteos y murmullos turbaban el silencio de aquel vasto patio donde permanecía muda y solemne la trilladora Ramson, las carretas inclinadas sobre los pértigos, y el caballo del patrón, ensillado permanentemente, y espantándose las moscas con la cola, debajo de un nogal.

La casa era como todas las de su tiempo: un cañón de piezas al fondo y dos más haciendo ángulo recto con los extremos de aquél; las piezas bajas, con ventanas anchas y pesadas, rejas de hierro forjado a martillo, abiertas hacia el frente y el fondo, largos corredores con ladrillos húmedos y desiguales, y pilares de madera redondos sobre bases de piedra blanca...

El mobiliario lo componían los viejos sofás Imperio de caoba y crin, los sillones de baqueta, y las sillas que hoy persiguen los anticuarios en todas partes; y en cada rincón un rifle viejo, institución tradicional de las casas de campo, revelaba allí que también al señor X se le había ocurrido que le pudieran asaltar por el frente o el fondo de la casa.

Aquella noche, noche de invierno algo brumosa y seguramente bastante fría, estaba el señor X sentado a la mesa, sólo, teniendo por delante un diario del día anterior, nuevo para él, y engullendo lentamente unas costillas de cordero que expedían el más excelente y apetitoso olor. ¡Qué aburridas aquellas horas! Todos los días lo mismo. Ignacio, el sirviente fiel, un ex sargento del Atacama, le servía los platos, unos tras otros, en un silencio imperturbable: se bebía después la inevitable tacita de café, se retiraba al escritorio a recorrer los diarios o arrojándose en una poltrona se entretenía en soñar, siguiendo el humo de su cigarro, con la linda mujercita que podría haber tenido a su lado si esas malditas prevenciones contra el matrimonio, concebidas desde la Universidad, no le hubieran retraído de casarse.

Aquel día la comida había demorado más. Los diarios venían palpitantes con una agitación política; una crisis de ésas que traen cambiado de decoración y en que se siente la voz del director de escena y se ve la maquinaria. De manera que la lectura de esos chispeantes y candentes editoriales, le había hecho alargar más que nunca la sobremesa.

Un golpecito seco, distinto, seguido de un carraspeo al otro lado de la ventana, le sacó de la interesante abstracción, para hacerle dirigir la vista hacia ese punto y decir, como tenía costumbre cuando le golpeaba todas las noches don Simón, el administrador, para pedir órdenes- «¡Empuje la puerta!».

Tres pasos firmes, seguros, pero sin sonido de espuelas, como habrían sido los de don Simón, recorrieron el espacio que separaba la ventana de la puerta, y antes que el señor X e Ignacio hubieran podido fijar en ello la atención, moviéndose suavemente el cerrojo abrióse una hoja y dio paso a un hombre al cual ninguno de los dos conocía. Hizo éste una ligera venia, contestó con otra el caballero, y mientras aquél no hallaba dónde colocar su sombrero de paño negro ni sentarse él mismo, el señor X le preguntó tranquilamente qué asunto le traía hasta allí.

-Si no fuera importuno, señor, respondió, yo le suplicaría me oyera dos palabras sobre un negocio, enteramente privado...

-¿Le molesta a usted la presencia del mozo? -preguntó visiblemente inquieto el dueño de casa.

-Si usted fuera tan bondadoso que me oyera a solas...

Antes de que una seña de su patrón se lo hubiera dado a entender, Ignacio había salido sin hacer ruido, librando así al recién llegado de un inútil testigo.

-El negocio que me trae aquí y a tales horas, -continuó diciendo éste con cierta seguridad en la voz- va a parecer a usted, señor, a primera vista ridículo. Pero una vez que yo le convenza de lo serio y honrado de mi propósito, no tendrá usted inconveniente en aceptarlo. Se trata de un entierro...

-Siéntese usted aquí -interrumpió el señor X, pensando ya más serenamente que el hombre que tenía por delante podía ser un impostor- y acompáñeme con una tacita de café.

Y sin esperar contestación, llamó a Ignacio, que apareció llevando una bandeja de madera negra con unos pajarracos chinos dorados a fuego y en ella una cafetera y dos tazas de loza dibujadas con colores chillones.

De esta manera quería el señor X darse tiempo para reflexionar y tener más advertido a Ignacio. Porque... ¡qué diablos! Un hombre solo en un caserón abandonado, con fama de rico, podría ser buena presa para cualquier desalmado.

De un sorbo se bebió la taza de café el advenedizo, dejándose observar por la mirada rapaz del señor X su físico desleído, que no decía nada, ni nada revelaba. Porque si es cierto que hay rostros delatores y expresivos, no es menos cierto que los hay opacos y completamente mudos.

Por otra parte, el hombre aquel deseaba continuar su frase interrumpida, y así apenas vio al señor X encender su cigarro y apoyarse en el respaldo de la silla en actitud de oírle, siguió adelante.

-Como le decía, señor, se trata de un entierro. Usted creerá probablemente en entierros.

-Poquísimo, caballero.

-Es natural; generalmente los entierros son pretextos para estafas, burlas y engaños. El entierro de que yo vengo a hablarle es algo serio, real, exacto, que le probaré hasta la evidencia. Tuve yo un tío que fue minero, y sin embargo murió bastante pobre, postrado por una tisis que lo fue acabando lentamente. Había sido hombre de negocios y de negocios enredados; no teníamos mucha fe en su honradez. Pero antes de morir llamó a mi padre y a mí, y nos dijo que él conocía el sitio seguro, fijo, de un entierro, hecho entre él y un compañero de negocios. Nos entregó unos planos y nos dejó el convencimiento de que aquello era una cosa seria y digna de crédito. Ahora bien, ¿estaría usted dispuesto a ayudarme, señor X?... Iríamos a partir de utilidades.

-Pero, vea usted, señor, ¿dónde están las pruebas? ¿dónde está ese entierro? Usted no exigiría que le crea bajo su palabra.

-Si yo le mostrara a usted un plano de esta casa, y el sitio donde debe hallarse el entierro, ¿usted me creería?

-Tal vez, casi, casi con seguridad.

-Bueno...

El advenedizo llevó rápidamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta, removió pausadamente algunos papeles, sacó uno algo ajado y amarillento, lo desdobló, apartando otro que estaba allí junto, y abriendo el primero lo puso ante los asombrados ojos del señor X que pudieron ver allí perfectamente clasificadas las piezas, los pasillos, las puertas, toda la casa con sus detalles más mínimos...

-¿Y dónde está aquí el entierro? -preguntó ya con intensa curiosidad.

-Usted me permitirá, señor, que -Usted me permitirá, señor, ques..., yo no le conozco. Antes de mostrarle otro plano, yo exijo que usted me facilite esta misma noche el acceso a la pieza señalada y los dos nos pongamos a la obra.

-¿Y por qué ha de ser esta misma noche? -preguntó con energía el señor X...

-Porque habiéndole ya revelado a usted que aquí hay un entierro, usted podría pretender rastrearlo para sí y dejarme a mí a un lado.

Aquello parecía sincero, razonable. El señor X titubeó un momento; pero no quería dar muestras de temor, y sin embargo, todo aquello era raro, extraño, sumamente peligroso.

-Venga el otro plano -exclamó de pronto-, acepto bajo mi palabra de honor las condiciones -mientras recordaba con cierta tranquilidad que llevaba el revólver cargado en el bolsillo del pantalón...

Al instante el hombre repitió su operación de rastreo de papeles y sacó el otro que había vuelto a guardar. Era el mismo plano, pero en una de las piezas más apartadas una crucecita roja llevaba la vista a un letrero con tinta del mismo color, que decía: «aquí está la tinaja».

Un momento se fijaron sus ojos en esos caracteres rojos, letra fina, cuidada... ¡La tinaja! ¿Estaría llena de onzas? ¿Sería aquello verdad? ¿Qué le había metido a aceptar aquel loco y aventurado negocio que podría ser una celada infame? Tuvo miedo, emoción; un sudor frío le corrió por todo el cuerpo, y cuando levantó la vista del plano que lo hipnotizaba con el letrerito rojo, vio que los ojos incoloros del advenedizo le miraban fijos, inmóviles, brillantes como los del gato.

Era necesario que no le viera dudar, y haciendo de tripas corazón, como se dice vulgarmente, devolvió el papel y contestó con la más tranquila entonación:

-Estoy a sus órdenes, caballero.

-Es necesario un chuzo y una pala, y apartar a los criados para que no se den cuenta de qué se trata.

-Lo mejor será que lo vamos a sacar nosotros mismos. Yo tengo la llave de la bodega.

Tomó el señor X una vela que estaba sobre la mesa y salió del cuarto, teniendo siempre cuidado de echar a su compañero por delante. Llegaron por el corredor a un portón ancho de dos hojas con grosero y tosco candado fue quitado sin dificultad, separándose cerrojo, y abriéndose un lado con el crujido inevitable de los goznes mohosos. Allí estaba el coche, el coche de la hacienda, un viejo carruaje de trompa, que inclinaba su techo lustroso como un lomo de barata; los arneses colgaban de algunos ganchos en la pared enlucida, y en todos los rincones se amontonaban chuzos de varios tamaños, palas, azadones, arados, cultivadoras y echonas gastadas y mohosas. Era el arsenal de la hacienda donde venían los peones todas las mañanas a recibir la herramienta necesaria para trabajar todo el día bajo el sol abrasador.

El advenedizo se dirigió tranquilamente a un rincón, escogió una barreta, se acercó al otro extremo donde tomó una pala, cuyo filo examinó un instante, y esperó al señor X que intencionalmente se quedaba atrás para tenerlo siempre ante su vista.

Salieron, cerróse de nuevo el candado, y volvieron a tomar corredor, entrando por la puerta entreabierta y llena de luz por donde habían salido.

-Ignacio -llamó el señor X, afectando la mayor tranquilidad en la voz-, puedes retirarte.

Pero al mismo tiempo le daba una mirada bien significativa, que quería decir:

-Quédate, no te acuestes, vigila.

El sirviente entendió perfectamente que allí pasaba algo a mal, extraño en la vida de esa casa tranquila, y vio internarse en cañón de piezas con visible inquietud a su patrón, con una vela una mano, llevando por delante al individuo con el chuzo y la pala al hombro.

¿Dónde irán? ¿Qué significaba eso?

-Aquí es -dijeron los dos al llegar a la última pieza del corredor.

-Y este es el rincón preciso en que está la tinaja -agregó el desconocido, dejando caer el chuzo sobre un ladrillo que se trizó en varias direcciones.

La pieza era grande, húmeda, helada. El pavimento de ladrillos viejos estaba muy deteriorado dejando ver en varias partes las manchas negruzcas de la humedad. Dos o tres baratas negras subían por los guardapolvos, con su marcha torpe, indecisa, y una mosca grande y verde volaba trasnochada, zumbando de un modo siniestro alrededor de la vela.

Quedó ésta en el hueco de una ventana; comenzó el desconocido a sacarse la blusa para poder manejar mejor el chuzo; y el señor X se inclinó sobre la pared para poder examinar desde allí todos los movimientos de su compañero.

Sentía un visible malestar; un sentimiento extraño, nuevo, le llenaba enteramente. Cierto ardor en las sienes y unas punzadas neurálgicas le comenzaban a molestar. Sus ojos se encontraban a menudo con los del desconocido, que lucían de una manera extraordinaria. Eran exactamente los ojos de un gato, algo vidriosos, iluminados por dentro, centelleantes e inquietos. ¿Por qué esos ojos que un poco antes eran opacos, esmerilados, por decirlo así, habían tomado ese fulgor? ¿Era que se acercaba el momento de poner en práctica la celada? ¿Cuál podía ser ésa? ¿Vendrían ya acercándose los compañeros que debían asesinar a don Simón y a Ignacio? ¿Se serviría ese desconocido del chuzo para matarle?

Y sin darse bien cuenta de lo que hacía, se apretaba contra la pared para sentir sobre su cintura el contacto del revólver y encontrar en ello seguridad.

Entre tanto, el compañero había dado ya unos cinco golpes vigorosos que habían hecho saltar los ladrillos en un espacio de un metro cuadrado, más o menos. Éstos, partidos o molidos, quedaron amontonados en un rincón. Ahora los golpes del chuzo eran sordos, caían sobre una tierra apretada y traposa, que se deshacía en costras.

¿Por qué el hombre del chuzo le volvía a mirar con esos ojos de gato? ¿Qué quería hacer? El silencio era inmenso, ese silencio de las noches de campo; el mugido de una vaca allá lejos, en la soledad de los potreros, ladridos lejanos de los perros de los inquilinos y uno que otro gemido agudo del Nerón, el perro de la casa, que al sentirse amarrado de un tronco lloraba con su aullido prolongado y lastimero.

Los golpes del chuzo seguían, la tierra saltaba, el sudor bañaba la frente del desconocido. Pero el señor X no se ofreció a seguir: él pensaba que inclinado sobre el suelo, con las manos ocupadas en tomar la herramienta, podía recibir fácilmente una puñalada, sin tener tiempo para defenderse.

¡Qué horas aquéllas! Dejemos hablar al señor X que contaba después este trance, temblando todavía.

«Los golpes del chuzo caían sobre algo fofo y suelto, y, sin embargo, unido y compacto. Me pareció que evidentemente ese suelo podía haber sido removido después de enladrillado todo el piso. Ya no tuve dudas de que en pocos instantes más vería aparecer un extremo de la tinaja, empolvada... Y entonces un nuevo temor, una nueva sospecha hizo correr sobre mi cuerpo un calofrío que me estremeció. La codicia que comenzaba a sentir yo, ¿no la sentiría con mayor fuerza ese hombre que estaba allí, sacando algo que en realidad le pertenecía? Con un solo golpe podía hacerse dueño de toda esa tinaja y reparar el error de haber cedido la mitad de su tesoro. Los ojos de mi compañero ya no brillaban, ardían, giraban dentro de sus órbitas, estaban algo inflamados por el insomnio y adquirían por momentos una inquietud siniestra. Los golpes del chuzo seguían cambiando de sonido y revelaban claramente la existencia de algún objeto duro ya no distante...

Hubo un momento en que una desesperación nerviosa me asaltó. La vela se extinguía ya: la llamita volteaba a todos lados lamiendo el borde de la palmatoria. Los ojos del hombre me seguían mirando de cuando en cuando, hasta que ya la llama de la vela se apagó por completo. Siguió entonces un momento del más absoluto silencio, el chuzo no golpeaba, no podía ver lo que hacía mi compañero, pero sí sentía cerca de mí su respiración fatigosa... ¿Venía a matarme? Instintivamente eché mano a mi revólver y esperé cualquier movimiento para tomar una actitud enérgica.

Aseguro que jamás he tenido sufrimiento moral más espantoso. Esperé así, sin respirar.

-Encendamos otra vela, -dijo el hombre con voz aparentemente tranquila.

Me acerqué entonces a la ventana y encendí otra vela que había traído de repuesto, esperando por momentos que un paso de mi compañero me revelara que había llegado el momento de la lucha...

Era ya la media noche, y volvió a reinar ese silencio religioso de la noche: mugidos, ladridos... El chuzo volvió a golpear con verdadera fiebre la tierra, y ya comenzaba a sentirse duro el suelo de nuevo, cuando sorprendí en mi compañero una mirada diabólica en que se veía concentrada una gran codicia y un destello de desconfianza.

Detuvo los barretazos, me miró fijamente y comenzó a hablar:

-Dígame, señor, la mitad del entierro le pertenece, ¿ah?

-Usted sabrá, amigo. De eso habíamos hablado.

-¿Y si en vez de dinero hubiera objetos de plata u oro?

-¿Qué inconveniente habría en dividirlo?

Volvió el hombre a trabajar, pero menudearon sus miradas; parecía que ahora espiaba una ocasión en que me viera distraído.

De repente el barretazo fue aclarando el sonido de su choque hasta que por último pareció haber tocado en una piedra.

-¡La tinaja! -gritamos los dos con una voz sorda.

Era la voz de la codicia que salía de las almas; nuestras miradas se cruzaron y esa vez las del advenedizo tenían un nuevo destello, el fulgor de la ira...

¡Oh, qué fatiga tan grande la de mi alma! Se siguió cavando a los lados, y la tinaja iba apareciendo en su curva de greda opaca, algo rosada, llena de polvo. Era evidentemente una de esas grandes pipas de barro cocido, que quedan todavía en los graneros y bodegas viejas y de cuyo fondo que resuena a los ruidos exteriores parecen salir las voces de los vendimiadores de antaño.

Sentí entonces un impulso satánico, deseos de arrojarme sobre mi compañero y matarlo. Y si yo sentía esos deseos, yo que jamás había soñado con hacer mal a nadie, ¿qué podría pensar aquel desconocido, que tenía ya su tesoro a la vista?».


Cerca del amanecer, cuando la segunda vela parecía apagarse y por las rendijas de la ventana se filtraba una luz triste, melancólica, escasa, el compañero soltó la barreta y dijo al señor X:

-Es menester levantar la tinaja.

Se inclinó éste con más temor que nunca sobre el borde de la excavación y pensó que quién sabe si ése era el último momento de su vida. Recordó su niñez, su vida entera, sus deudas con Dios, con los hombres, y haciendo un esfuerzo sobrehumano cogió la tinaja del borde, hizo un ademán poderoso para levantarla, pero nada se movió.

La emoción era inmensa, ya imposible de sobrellevar. Esa tinaja tan pesada ¿estaba llena de oro? ¿Eran ya los dos inmensamente ricos? ¿Saldrían de allí con dinero o sería uno víctima de la codicia del otro?

-¡Una idea! -exclamó de pronto el señor X- ¿Por qué no se rompe la tinaja con la barreta?

Un barretazo formidable cayó sobre un costado de la tinaja, otro más fuerte todavía la triza haciendo un ruido como si fuera la protesta de esos avaros que quisieran esconder ese oro que no podían tragarse en la tumba.

Un tercer barretazo partió medio a medio el tosco y gigantesco vaso de greda. Las mitades se desprendieron con la lentitud de una separación dolorosa y cayeron pesadamente sobre los muros de la excavación.

Un grito sordo se les escapó a los dos, medio ahogado, en las gargantas secas y ardientes.

Dentro había un cadáver, que todavía conservaba sobre el cráneo algunos pelos negros y lacios y sobre las costillas y caderas algunos jirones cenicientos...

Se miraron mudos, pálidos, aturdidos esos dos hombres. La vela se apagó, y en medio de la sombra los ojos de gato del desconocido lanzaron una mirada indecisa, interrogadora, llena de zozobras.

Y entonces una luz cayó sobre esas dos almas, haciendo desaparecer la codicia, la desconfianza; y reconstituyendo la escena pasada allí en años anteriores, creyeron ver a esos dos hombres que vaciaron el oro de la tinaja y en que el más fuerte encerró al más débil para gozar a solas del dinero.

Y mientras el desconocido pensaba con mortal ansiedad que su padre era el único poseedor del secreto, el propietario del fundo recordaba el misterioso desaparecimiento de su antecesor.

Y las miradas de esos dos hombres que hasta entonces se habían cruzado como dos hojas de un puñal, se encontraron ahora llenas de indecible angustia y se perdonaron.

Una larga faja de luz amarillenta, la primera del día, cayó al fondo de la lóbrega pieza...