Un cuento de amores: 6

​Capítulo V de Un cuento de amores
escrito en colaboración de D. José Heriberto García de Quevedo​
 de José Zorrilla


Despedida

Una hora después, y hallándose
en el cuarto en que la cena
les sirvieron por la noche,
del almuerzo en sobremesa,
despidiéndose el mancebo
del viejo y de su hija bella,
de este modo habían trabado
la conversación postrera.

EL VIEJO
¡Ea, pues! Yo no he sabido
perder la costumbre añeja
de marino, y aun celebro
un viaje o amistad nueva
con un generoso brindis:
en la amistad cuando empieza,
y en los viajes, como es justo,
a la ida y a la vuelta.
Conque así, llegad el vaso
y vaciemos la botella
última de tostadillo
que dió de sí la bodega.

EL FORASTERO
Por mí, buen anciano, os juro
de buena fe, que quisiera
que la amistad que hoy trabamos
fuera entre los dos eterna.

EL VIEJO
Nada puede ser eterno
sobre la faz de la tierra:
pero contad con la mía
mientras dure mi existencia.

EL FORASTERO
Dios os la guarde, señor,
hasta que cumplidos sean
cuantos votos hayáis hecho
sobre la edad venidera.

EL VIEJO
Sólo uno, si no le logro,
amargará mi hora extrema,
que es dejar la hija que tengo
niña, sin estado y huérfana.

EL FORASTERO
Señor, no le cumple a un mozo
que tan pocos años cuenta,
por mucho que le disculpe
su poder o su nobleza,
en ocasión semejante
hacer semejante oferta;
mas dispensad si me atrevo
a prometeros, que mientras
respire don Pedro Téllez
y tener con honra sepa
un techo que le cobije
y un doblón que le mantenga,
no faltará a vuestra hija,
si otras mejores no encuentra,
ni casa en que viva honrada,
ni espada que la defienda.

EL VIEJO
¡Que os tome Dios vuestra noble
generosidad en cuenta,
don Pedro Téllez! Y ahora
que la ocasión se me rueda,
a unas palabras de anoche
pláceme daros respuesta.

DON PEDRO
Decid.

EL VIEJO
      Creo que dijisteis
que simpatía secreta
vuestra alma hacia mí atraía;
y yo de la mía en prueba
quiero que sepáis que tengo
tal fe en la hidalguía vuestra,
que a pesar de ser tan joven
puede ser que no eligiera
otro que a vos, a mi muerte,
para encomendarle de ella.

DON PEDRO
Predilección tan honrosa
no sé cómo os agradezca;
mas es la elección muy pronta
y acaso no esté bien hecha.

EL VIEJO
¡Oh! quien vivió tanto tiempo
como yo, tiene experiencia
de que rostros y apellidos
abonan a quien los lleva.
Pero noto que hemos hecho
la conversación muy seria,
y hemos pasado los límites
acaso de la prudencia.
De todos modos, mancebo,
servido habrá mi franqueza,
para que hayáis comprendido
lo que mi alma os aprecia.

DON PEDRO
Y al menos habrá la mía
servido de daros muestra
de lo mucho que desde hoy
vuestra sangre me interesa.
Y ya que, como habéis dicho,
satisfecho en esta aldea
vivís con vuestra hija hermosa
y con vuestra escasa hacienda,
permitid que os deje al menos,
para que os traiga en mi ausencia
a la vuestra mi memoria,
de mi amistad una prenda.

EL VIEJO
Para acordarme de vos,
basta con vuestra presencia
haber visto tan honradas
nuestra casa y nuestra mesa;
y por lo que a prendas toca
me hacéis dar en la sospecha
de que vais nuestro hospedaje
a pagar de esa manera.

DON PEDRO
¡No, por Dios! Díjeos el nombre
de mi casa solariega,
díjeos quién soy y que gozo
de favor y de opulencia,
y ofrecido os he el desquite
de este hospedaje, en adversa
ocasión, si así os pluguiere:
mi paga pues ha sido esa.

EL VIEJO
¡Oh, de ese modo explicándolo!

DON PEDRO
No dudo de que os convenza.

EL VIEJO
Efugios son cortesanos…

DON PEDRO
Lo serán, muy norabuena,
mas como tienden a hacer
nuestra amistad más estrecha,
dejadlos pasar en gracia
del buen intento que llevan.
Tanto más, cuanto que en vos
no empleándose la prenda
que os quiero dejar aquí,
si no en vuestra hija, es fuerza
que no voluntaria dádiva
sino tributo parezca,
que en aras de la hermosura
nada os doy, todo es ofrenda.
Y por fin, como algún día
decís que acaso suceda
que sin vos (y a Dios no plazca)
a ampararse de mí venga:
no es demás que para entonces
pueda tener manifiesta
una prenda que reclame
mi obligación y mi deuda.

EL VIEJO
Tanta es vuestra cortesía,
caballero, al ofrecerla,
que vendrá a dar la repulsa
en desatención grosera.

DON PEDRO
Con este permiso, pues,
tendedme, niña modesta,
la hermosa mano en que os deje
este anillo, cuya piedra
no encontrará quien la tase
de hoy en vuestra mano puesta;
no por lo que vale en sí,
sino por estar en ella.

Y así diciendo don Pedro,
tomóle una a la doncella,
entre sus dedos torneados
el rico anillo poniéndola.
Tiñó en carmín encendido
las mejillas de azucenas
Flor-del-Alba: quiso el viejo
impedir que puesta fuera
la sortija; mas fué tarde,
pues lo hizo con tal presteza
don Pedro, que fué antes casi
el darla que el ofrecerla.

EL VIEJO
Mas tales prendas en manos
de una labradora sientan;
ni es justo que las acepte
quien no puede en recompensa
dar otra a aquel de quien viene.

DON PEDRO
Mas será a mi ver ofensa
que ella rehuse aceptarla
por prestaros obediencia.

EL VIEJO
Si a ofensa habéis de tomarlo,
a elección de Flor se queda.

FLOR-DEL-ALBA
Yo siempre la llevaré
en vuestra memoria puesta:
mas tiene razón mi padre,
pues ha de ver con vergüenza
que no pude yo pagárosla
con otra que digna fuera
de la que me dais.

DON PEDRO
             Excusa
buscado habéis bien pequeña.
El más mínimo favor
de una hermosura, no hay prenda
que pague en su valor justo:
y si del favor en muestra
me dais una florecilla
cultivada en vuestra huerta
por vos, un clavel temprano,
una extraviada violeta,
un jazmín, o una hoja sola
de un tiesto o enredadera,
que tengáis, como otras suelen,
de vuestro cuarto en la reja,
yo me daré por pagado,
y aun me atrevo a hacer apuesta
de que antes perderéis vos
la sortija, que yo pierda
de la flor que me dais verde,
las caídas hojas secas.

Y aquí el mancebo galán,
reparando la severa
faz del viejo, y el rubor
de la muchacha, a la escena
puso fin, diciendo a tiempo
de dirigirse a la puerta:
«Mas ya basta, avanza el día,
y de este sitio me alejan
necesidad y deber,
que en mi viaje al par me empeñan.
Y un cuarto de hora después,
partiéndose de la aldea
de Villaldemiro, el mozo
daba al palacio la vuelta,
para tomar el sendero
que por el soto atraviesa;
cuando al ir del edificio
rodeando por la cerca,
cayó un ramo de jazmines
ante él, y sobre su senda.
Recogió al potro la brida
y levantó la cabeza;
mas cuando vió la ventana,
sintió cerrar sus vidrieras.
Bajóse a tomar las flores,
tornó a cabalgar, y mientras
se alejaba a lentos pasos,
fija la vista en la reja
misteriosa, oyó una voz
que entonaba detrás de ella
la canción que oyó de noche
diez horas hacía apenas.
Al generoso bridón
volvió a refrenar las riendas,
y permaneció escuchando
la lejana cantinela,
en meditación profunda,
su imaginación inquieta
con los lances de la noche
y del día, andando a vueltas.
Cruzó sin duda su mente
luminosa alguna idea
que a decisión repentina
le impelió; pues las espuelas
aplicando al potro, a escape
le hizo cruzar la pradera,
y desapareció perdiéndose
del soto entre la arboleda.