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Morir... Dormir...-¿Dormir?-¡Soñar acaso

SHAKESPEARE


Despierta, corazón, esta es la hora:
ya tu plegaria vespertina espera
la pobre compañera
que a sombras del ciprés dormida mora.
Despierta, sí, despierta: ya incolora
se angosta en las regiones del vacío
la franja del crepúsculo sombrío,
semejante a la franja de la aurora.
Mas no: ¡cuán diferente!
Ese sol esplendente,
que los cielos recorre paso a paso,
¡Qué alegre se levanta en el oriente!
y ¡qué triste se oculta en ocaso!
Sonriendo, la aurora
mece la cuna del naciente día;
el crepúsculo llora
sobre el lecho mortal de su agonía
despierta, corazón: ¡esta es la hora!

¡Hora solemne y grave!
su nido busca silenciosa el ave
por el bosque vecino,
y en la torre lejana
la trémula campana
lanza el triste lamento vespertino;
desde el cielo profundo,
desplegando sus negros pabellones
en fúnebres crespones
va la noche cayendo sobre el mundo;
al hálito invernal de Guadarrama,
la niebla, de los valles desprendida,
por los desnudos arboles tendida
cuelga su blanco tul de rama en rama;
y, con rumor de lúgubre misterio,
tan vago que las auras no lo advierten,
sobre mi frente su tristeza vierten
el sauce y el ciprés del cementerio
Ellos, de mi dolor graves testigos,
ya por suyo me cuentan y me miran:
sus secretos me dicen como amigos; sus
sentimientos de piedad me inspiran;
y tienen uno y otro por tan cierto
ser mi propia mansión la sepultura,
que, cuando en medio de la noche oscura
salgo, dejando mi lugar desierto,
se admira el sauce, y el ciprés murmura:
«¿Adónde vas, adónde, pobre muerto!»

Aquí el alma se eleva y se contrista
pensando en esta vida transitoria.
¿Qué es el hombre? ¡Ay de mí! ¡Frágil arista!
¡Mentira su saber! ¡Humo su gloria!
¡Nada en él que a la muerte al fin resista!
«¡Quitado de la vista,
pronto se va también de la memoria!»
Ni amor ni gratitud le prestan nido:
bien lo dice este osario
sobre cuyo recinto solitario
tiende sus alas el traidor olvido.
La yerba borra lo que fue sendero;
y estas desiertas soledades cubre
(¡miserable sudario postrimero!),
ya con su nieve enero,
ya, con sus hojas pálidas octubre.
Abismo en cuyo fondo no medido
ni penetra la luz ni el viento zumba,
si es más honda que el báratro la tumba,
más hondo que la tumba es el olvido.
¡Vanidad! ¡Vanidad! ¡Mísera suerte
de todo humano bien! Gloria riqueza,
poder, talento, juventud, belleza...
¿Qué hay seguro en la vida, qué? -¡La muerte!

¿Y más allá?-¡La sombra inexplorada!
¡La negra inmensidad desconocida!
¡El misterio! Con ola desmayada
llega a la tumba el mar de nuestra vida.
Mas, lo que al hombre espera
detrás de aquel estrecho tenebroso
¿es puerto de reposo,
o es nueva mar sin fondo y sin ribera?
Citando un cadáver miro,
mudo de horror, ni aliento ni respiro.
¡Ay! aquella tensión inmoble y fría
¿es inercia? ¿es dolor? ¿es sueño? ¿es calma?...
¡Problema que a la ciencia desafía!
¡Oh eternidad sombría!
¡Oh abismo de los vértigos del alma!
«¡Morir! ¡Dormir! -¿Dormir?- ¡Soñar, acaso!»
¡Y esa es la duda que nos turba el pecho
ante el último paso
que lleva oh tumba, a tu recinto estrecho!
¡Duda espantosa que la mente enerva!
¿Es materia no más, materia inerte,
lo que de nuestro ser al fin conserva
en sus garras fatídicas la muerte?
¡Espíritu!... ¡Materia!... ¡Unión oscura
que en vano el sabio deslindar procura!
¿A qué esa dualidad mal definida
con que el hombre duplica su miseria?
Para explicar la vida,
el espíritu, basta, o la materia.
¿Pero cuál? -Cuando enfoca vuestro lente,
oh sabios, el anverso y el reverso
de la cuestión, ¿qué queda al fin patente?
¿Es mi mente porción del universo,
o el universo engendro de mi mente?
¡Problema tremebundo,
que a todo pensador arruga el ceño!
Yo, cuando en duda tal el juicio empreño,
aquí, de la conciencia en lo profundo,
mejor concibo el mundo como un sueño,
que el alma como un átomo del mundo!

Mas en rigor, ¿qué añade a mi ventura
ser espíritu o ser materia impura?
Esto que piensa, en mí (sea cual sea:
almo soplo divino
que ingrávido los orbes señorea,
o átomo miserable que, sin tino,
en ciego torbellino,
del mundo, con los átomos guerrea),
ello es que existe y siente;
y, obra de Dios o aborto de sí mismo,
siempre ha de hallar presente,
oh eternidad, tu inevitable abismo.
Triste verdad, pero verdad notoria.
Dilema que no admite dilatoria:
si existe Dios, existe la justicia;
y la inicua malicia
y la virtud constante y meritoria
han de encontrar eterno
el premio en las delicias de la gloria
o el castigo en las penas del infierno.
Si Dios no existe como fuerza externa,
si Él no sacó los mundos de la nada,
la materia es eterna:
porque eterna ha de ser siendo increada.
Mas, si en ella el espíritu no anida,
si ella sola se rige y se gobierna,
ella ha de ser quien sufre dolorida;
¡y, eterno el mundo y el dolor eterno,
siempre hallará la mente confundida,
a falta de las penas del infierno,
el espantoso infierno de la vida!

¡Una vida tras otra!-¡Horrenda suerte!
¡Perdurable agonía!-
¡En pos de las tinieblas de la muerte,
surge el lívido albor de un nuevo día!
¡Eterno, inexcusable cataclismo!
¡Tras un abismo, un monte!...
¡Tras un monte, un abismo!...
¡Y un horizonte en pos de otro horizonte!...
¡Y otro!... ¡y otro después!... -¡Siempre lo mismo!
¡Funesto aborto del sepulcro inerte,
cada breve existencia consumida
termina en las congojas de otra muerte,
germen de los tormentos de otra vida!
¡Batalla eterna, misteriosa y muda!
Sobre este helado suelo que ahora, insano,
de su verdor el ábrego desnuda,
poderoso y lozano
su agreste pompa tenderá el verano.
Con inconsciente amor, la madre tierra
que los yertos despojos
de cuanto ha sido, en su regazo encierra,
fecundizada por los rayos rojos
del sol primaveral, trocará en germen
de vida y de vigor la podredumbre
de esas reliquias que ateridas duermen.
Por la voraz raíz arrebatados,
en ciega muchedumbre,
los átomos que hoy yacen disgregados
veranse a influjo de la etérea lumbre
en savia exuberante transformados.
De ella tomando aromas y colores,
la verde rama cubrirán las flores.
Y la flor, convertida en dulce fruto,
al hombre avaro rendirá tributo:
tributo que a las fuentes de la vida
dando nuevo caudal con nuevos dones,
nuevas generaciones
te traerá, ¡Humanidad nunca extinguida!
¡Oh fosa! en tus arcanos,
que las tinieblas de la muerte enlutan,
voraces los gusanos
la podredumbre humana se disputan;
y los hombres, inquieta muchedumbre
que pulula espantosa,
otros gusanos son, que en otra fosa
devoran otra horrible podredumbre.
¡Festín abominable!
Los seres a los seres devorando,
con furor insaciable
van el suplicio eterno renovando.
Así, en lucha jamás interrumpida,
la muerte se alimenta de la vida,
la vida se alimenta de la muerte,
y -¡oh pavoroso arcano!-
el ser humano en polvo se convierte,
y el polvo se convierte en ser humano!

Y si, por dura ley reconocida,
es la vida función de la materia,
y el dolor consecuencia de la vida,
¿qué esperanza de paz, segura y seria,
nos das, oh eternidad nunca eludida?
En vano, consternado, miro al cielo.
El trémulo fulgor de las estrellas
no me asegura el bien que, loco anhelo:
¡la ley universal columbro en ellas!
Si tiendo la mirada con recelo
por la estrellada bóveda serena,
o la convierto a la región oscura
donde el hombre, amarrado a su cadena,
la frente inclina con dolor al suelo,
desde el astro que vívido fulgura
en la celeste altura,
hasta la leve titilante gota
que refringe su luz como un topacio,
la vida universal llena el espacio,
la vida universal el tiempo agota.
Ante la inmensidad todo es la mismo:
y, en ciego perdurable cataclismo,
siempre de angustias y dolor fecundos,
átomos son los mundos,
y mundos son los átomos.-¡Abismo!
La nebulosa apenas percibida,
de millones de soles niebla densa,
es menuda molécula perdida
del negro espacio en la extensión inmensa;
y la azucena que entreabrió a la aurora
la copa tembladora
de sus pétalos cándidos y tersos,
lleva por gala, entre el follaje umbrío,
millones de millones de universos
en cada limpia gota de rocío!
Y, con giro incesante,
de la nítida gota en lo profundo,
cada invisible mundo
siglos de siglos vive en cada instante.
La importancia del tiempo es a medida
de cada ser al universo adscrito;
en cada ser que puebla lo infinito
es diferente el ritmo de la vida;
interminable cielo es en el uno
lo que, en el otro, indivisible instante:
¡para llenar un año de Neptuno,
un siglo de la Tierra no es bastante!
¡Confusión! Nada es grande ni pequeño.
A veces contemplado de hito en hito,
se desvanece el mundo como un sueño;
y a veces, cuando atónito medito,
de un lado y otro, más fatal, más fosca,
su inmensa curva enrosca
la siniestra espiral de lo infinito.
No me habléis de esas fúlgidas esferas
que mansiones del bien finge la mente:
su paz, su dicha, su tranquilo ambiente,
quimeras son no más, ¡vanas quimeras!
Porque deslumbre su esplendor mis ojos,
¿esas pobres lumbreras
han de ser realidad de mis antojos?
¡Ilusión! Esta vil tierra mezquina
donde reina la muerte,
donde el dolor domina,
donde el débil es víctima del fuerte,
donde el hombre, juguete de la suerte,
falso en su fe, mudable en sus consejos,
vive propenso al mal, y al bien reacio,
¡esta tierra también, vista de lejos,
es un astro en las sombras del espacio
Una en esencia, en formas diferente,
la gran Naturaleza, conmovida
por su fuerza inmanente,
con giro permanente
y en cadena jamás interrumpida,
todo lo crea y todo lo destruye,
y, deshecho, otra vez lo reconstruye
con apariencia nunca repetida.
Y, en esta fuente que perenne fluye,
morir es renacer a nueva vida,
que a una pena otra pena sustituye.

Y, si vivo a tortura condenado,
¿qué alivio dan a mi tormento duro
el ciego olvido del dolor pasado,
ni la ciega ignorancia del futuro!
De mi anterior y venidera historia
nada el inquieto pensamiento alcanza:
¡por un lado se ofusca la memoria!
¡por otro se confunde la esperanza!
Aun en esta fugaz vida presente,
las huellas de pesares y venturas,
del tiempo con la rápida corriente
se borran de la mente
cual labor en arenas inseguras:
con más causa imprevistas u olvidadas,
las dichas y amarguras
de existencias pasadas y futuras
en profundo misterio están veladas;
y, entre densas tinieblas apiñadas,
esta vida de angustias y de tedio
es un instante conocido, en medio
de dos eternidades ignoradas.
Pero, aunque nada mi conciencia sabe
de ese ayer, ya remoto, ya vecino,
¿es mi carga presente menos grave
ni menos escabroso mi camino?
Por contener un vino y otro vino
¿guarda de todos la fragancia el vaso?
¿O, de los vientos combatido, acaso
recuerda el mastelero de la nave,
cuando surca veloz las verdes ondas,
el canto melancólico del ave
que ayer el nido cobijó en sus frondas?
Pálido, torvo, sin valor, sin tino,
por los resquicios del eterno muro
que oculta lo pasado y lo futuro,
se asoma inquieto el hombre a su destino,
como a un abismo oscuro.
Entre las sombras avanzando el cuello,
nada ve, nada alcanza. Mas, si escucha,
lamentos oye de lejana lucha,
¡clamores que le erizan el cabello!
¡Vive en tinieblas, ánimo impaciente!
mas lo que no consiente
negaciones ni dudas, lo seguro
es, el dolor presente,
recuerdo y vaticinio permanente
del pasado dolor y del futuro.
Cada átomo del mundo es un cautivo,
cada estrella del cielo una espelunca.
Si a veces me pregunto pensativo,
cuándo el tormento cesará en que vivo,
cada astro es una voz que dice: «¡Nunca»
¡Oh armonía del mundo,
del eterno dolor eterno grito!
¡Oh manantial del ser, negro y profundo!
¡Oh trabajo infecundo:
«verter lo inagotable en lo infinito!»

¿Y es esta la ventura
que a mi angustia mortal brinda el ateo?
Cuando en el libro de la vida leo,
siempre te encuentro, eternidad oscura;
y, al descifrar la página futura,
creo en el mal cuando en el bien no creo.
¡Triste materialismo,
tu esperanza más clara y más segura
es caer de un abismo en otro abismo!
Si justiciero existe un Dios eterno,
infierno puede haber, puede haber gloria;
mas si es lo eterno la mundana escoria,
y es su ley el dolor, ¡todo es infierno!
¿Dónde la nada está? ¿Dónde se encierra
la perdurable paz que ansié demente?
Eterna la materia, eternamente
al ser mantiene con el ser en guerra.
¡Sin la imagen de Dios omnipotente,
el infinito material aterra!

Mas, de improviso, en niebla tan sombría
la luz de la esperanza reverbera;
su faro enciende la conciencia austera;
y al puro rayo que su llama envía,
la impiedad vocinglera
calla con estupor, como quien viera
en la alta noche despuntar el día.
En vano a la evidencia me resisto,
cuando yo propio el argumento ofrezco
contra el error en que tenaz insisto:
aborreciendo el padecer, padezco;
aborreciendo la existencia, existo:
y ¿aún recuso el poder de otro más fuerte
que, providente acaso, acaso ciego,
insensible a la queja y sordo al ruego,
dispone de mi suerte?
Si de mí mi destino dependiera,
si muerte fuera, para mí la muerte,
¿cuándo lo que padezco padeciera?
Existe Dios; existe, y en Él creo.
No es mentida ilusión de mi deseo:
¡cuánto más iracundo
cierro los ojos a la luz del mundo,
mejor su faz en mi conciencia veo!
Los que juzgan inútil su existencia,
por más que en la impiedad ciegos se gocen,
para fundar su ciencia,
sujeto a ley el mundo reconocen.-
¿ley sin legislador?-¡Sueño! ¡Demencia!

Pero ese Dios potente y soberano
¿es de venturas perennal venero?
¿Es de miserias manantial insano?
Vengativo, clemente o justiciero,
¿qué es para el hombre, en fin?¿Padre o tirano?
Cuando a veces sus obras considero,
(mal que a mi fe y a mi esperanza cuadre),
aunque a sus pies postrado le venero,
por tirano le tengo, y no por padre.
Si todo es obra de su fuerte diestra,
si en todo brilla su saber profundo,
¿quién lanzó a las tinieblas de este mundo
tanta cosa siniestra?
¿Quién puso al tiburón la triple fila
de sus dientes voraces?
¿Quién en secreto afila
las garras de las fieras montaraces?
¿Quién erizó la zarza punzadora
que el pie desnudo del mendigo araña?
¿Quién la naciente espiga bienhechora
en los brazos ahogó de la cizaña?
¿Quién a los ojos del insomne búho
dio la atracción que al pájaro fascina?
¿Quién dirige de noche el triste dúo
del lince y de la loba en la neblina?
¿Quién el veneno destiló en el plomo
de su cóncavo diente a la culebra?
¿Quién la virtud, cual frágil vidrio quiebra?
¿Qué juez firmó, sellándolas con plomo,
las sentencias que el báratro celebra,
y su pluma infernal limpió en el lomo
del tigre, del leopardo y de la cebra?
Si es Dios creador, y bueno, y soberano,
¿de dónde nace el mal? -¡Horrible arcano!

¡Nadie examina sin pavor, Dios mío,
misterio tan tremendo y tan profundo!
Mas ¡no! cuando en tu luz el alma inundo,
yo, a despecho del mal en Ti confío.
El mal no es obra tuya: es el vacío
que, donde faltas Tú, queda en el mundo!
Si el mundo, como Tú, fuera perfecto,
su esencia con tu esencia fundiría,
y tus obras quedaran sin efecto:
El mundo que tu mano formó un día,
sólo puede existir siendo imperfecto.
La imperfección, que es ley de su existencia,
a todas horas, por doquier trasluce:
sólo forzando su bastarda esencia,
tu sabia providencia,
de los senos del mal, el bien produce.
Si tu ardiente mirada no ilumina
la cúpula del cielo,
la oscuridad sus ámbitos domina,
y, entre los pliegues del nocturno velo,
hacia la nada la creación camina;
si de tu aliento bienhechor carece
la selva enmarañada,
de efluvios deletéreos impregnada
la brisa nuestras fuerzas entumece,
y la flor de la adelfa nos ofrece
su purpurina copa envenenada;
si tu mano las rocas no encadena,
los altos montes desquiciados crujen;
y si tu augusta voz no los refrena,
el león y el volcán furiosos rugen.

Y es bien, Señor, es bien que así suceda:
sin el terror que en la conciencia queda
tras los azares de la humana vida,
¿quién habrá que atajar el vuelo puedo pueda
de la soberbia, que en el alma anida
como el ave nocturna en la arboleda?
¡Oh! cuando de mi juicio temerario
me aparta la razón, a luz más clara
tu rigor considero necesario:
si tu mano severa,
cuando yerro, mi error no castigara,
¿en qué tu omnipotencia conociera?
Desde el primer sollozo de la cuna,
sed de placer, ardiente, nos devora:
cuanto el mundo en sus senos atesora
pedimos por tributo a la fortuna;
y cuanto bien gozamos
bajo la esfera de la blanca luna
obra de nuestro mérito juzgamos.
Desvanecido por la dicha el hombre,
aunque los ojos torne a lo infinito,
no ve, Señor, tu sacrosanto nombre
con viva luz en el zenit escrito:
sus turbios ojos la soberbia empaña,
cual polvo por el viento arrebatado;
pero al fin te descubre, consternado,
si ardiente el llanto sus pupilas baña.
El dolor es la espina punzadora
que nos hace bajar la vista al suelo;
pero, en las sombras del humano duelo,
él es también la mano redentora
que nos indica el cielo.
El dolor nos advierte
que encima de esa bóveda estrellada
hay un Dios justo y fuerte,
árbitro de la vida y de la muerte,
Señor del universo y de la nada.
No son dos dioses, no, como allá un día
Persia ciega creía;
Persia, que cuando el cielo contemplaba,
dos poderes contrarios descubría:
uno que las estrellas inflamaba,
otro que las estrellas extinguía.
Sola una mano el universo mueve.
El aire que la nieve
cuaja en las altas cimas del Moncayo
es el mismo en que mayo
tibia la esencia de sus flores bebe:
así también, sin ira ni desmayo,
la diestra que los mundos equilibra
es la misma que el rayo
sobre la frente de los mundos vibra.
Justo a un tiempo y clemente,
Dios la piedad con el rigor hermana:
su cólera, volcán incandescente,
confunde a veces la soberbia humana
con hórrido aluvión de lava hirviente;
¡pero, a su pie, la fuente
del eterno perdón perenne mana!

Atribulado espíritu, ¡despierta!
si a Dios acudes, la esplendente puerta,
límite de los ámbitos del cielo,
jamás cerrada encontrará tu anhelo:
¡abierta está de par en par abierta!
La puerta del abismo...
esa no la abre Dios: ¡la abres tú mismo!
¿Ni qué otro abismo que tu mente oscura?
Como arrastra el forzado su cadena,
sujeta al pie, colgada a la cintura,
oh conciencia, en tu lóbrega clausura,
cada crimen arrastra en pos su pena.
No esperes, criminal, con ansia vana
esquivar el fatídico escarmiento:
si a veces duerme la justicia humana,
tremenda la justicia soberana
suscita el velador remordimiento.
¡En vano, en vano intentarás la huida!
¡Seguro, inevitable es el castigo;
que, de ti propio acusador testigo,
mientras dura tu vida,
donde quiera que vayas, va contigo!
En público y a solas,
¡oh miserable criminal perverso!
ya cuando ruge el huracán adverso,
ya cuando braman las revueltas olas,
temes por enemigo al universo;
y en el silencio de la noche, cuando
vas por la oscura selva caminando
si alzas la vista al estrellado cielo,
hondo pavor a tu conciencia inspiran
esos ojos sin rostro que te miran
entre las sombras del nocturno velo.
Como entra en lo profundo
de la cloaca vil precipitado
fuliginoso cieno nauseabundo
por la lluvia del cielo arrebatado,
así, en negro aluvión, de horror preñado,
la nocturna tiniebla que a deshora
con los rayos del sol barre la aurora
se sume en la conciencia del malvado.
Espantosa caverna
donde, a manera de nocturnas aves,
tristes anidan las congojas graves,
su alma vive bañada en noche eterna.

Mas si se vuelve a Dios con fe segura,
Dios en ella sus dones multiplica,
y en luz la anega, y calma su amargura,
y al fuego del dolor la purifica.
El dolor-¡oh misterio!-
el dolor no es el mal: ¡es el cauterio
que a nuestra corrupción el Cielo aplica!

Corazón miserable, nunca dudes
de la bondad divina en tu impaciencia.
Con santa competencia
brillan en Dios potentes dos virtudes:
exentas de flaqueza y de sevicia,
siempre ante la divina Omnipotencia
resiste a la clemencia la justicia;
mas vence a la justicia la clemencia.
¿Por quién tornas a Dios? ¿por quién? -Su Esencia
de toda perfección norma segura,
su bondad evidencia:
inmenso es su poder; su inteligencia
más que la luz fulgura:
y marchita se agosta en su presencia
toda humana hermosura.
A sus altos decretos
el tiempo y el espacio están sujetos.
Todo a sus santas leyes obedece:
desde el astro que inmóvil resplandece
en la cúpula azul del firmamento.
hasta el bólido raudo que parece
gallardete de luz tendido al viento.
Todo a su augusto imperio se sujeta:
hasta el vago cometa
que del cielo se pierde en lo profundo,
o junto al sol tremola
tendida al éter la candente cola
augurando catástrofes al mundo,
en su órbita encerrado le venera:
y, si de ella se aparta vagabundo,
Dios, con su marlo que en la sombra oculta,
lo ataja en la mitad de su carrera,
lo prende por la ardiente cabellera,
y en los negros espacios lo sepulta.
Para tu voluntad, todo es posible.
Para su comprensión, todo es pequeño;
que, del ser y el no ser, árbitro y dueño;
Él torna en realidad lo inconcebible,
y lo evidente, en sueño.-
¡Triste oprobio de humanas vanidades!
De unas a otras edades,
sombras ayer, mañana resplandores,
las antiguas verdades son errores,
los antiguos errores son verdades.
Sólo es segura, oh Dios, tu inteligencia:
ciega y muda ante Ti, borra la ciencia
la página que ha escrito.
En tu mente se anega lo infinito:
La eternidad se encoge en tu presencia.
Tu hermosura pregona el firmamento:
ante tu dulce aliento,
efluvio pestilente
despiden los fragantes cinamomos;
y los rayos del sol resplandeciente,
ante los rayos de tu excelsa frente
dicen temblando:-¡Oh Dios! ¡tinieblas somos!

Y a esa Esencia divina,
que en sí la plenitud del bien encierra,
¿puede faltar, oh amor, tu peregrina
lumbrera, que ilumina
los ámbitos del cielo y de la tierra?
¡Oh dulce ley forzosa!
¿qué es el amor, qué es el amor, Dios mío,
sino el lujo del ser en quien rebosa
vida, fuerza, valor y poderío?
¡Fuerza! ¡amor! ¡dos palabras
que un solo bien acordes significan!
Tú, amor, con tu poder el mundo labras;
tus alientos los orbes vivifican:
por tu saeta herido,
su trino el ruiseñor alza en la olmeda;
por ti el águila enreda
sobre el alto peñón su tosco nido;
por ti el lirio campestre
segrega el dulce aroma de su estambre;
por ti zumba el enjambre
que agota el zumo al romeral silvestre;
a tu hálito fecundo,
se inunda en lluvia de placer el mundo:
despide la violeta su fragancia,
rebosa la colmena, su tesoro
la vid nudosa en el lagar escancia,
y la granada espiga, en letras de oro,
repite por los campos:-«¡Abundancia!»
¡Oh amor, oh amor, tu diestra omnipotente
los astros a los astros eslabona!
Tú ciñes con tus manos a la ¡rente
de la noche su espléndida corona:
sin tu tierno latido
que conmueve los átomos, perdido
el dulce efluvio que entre sí se envían,
como el diamante en el crisol fundido
los astros a la nada volverían.

Tú, más casto, más puro
a más sublime condición nos llevas
si el alma humana, misterioso, elevas
mostrándole en el cielo el bien futuro:
tú solitario habitas
el oscuro rincón de las ermitas
perdidas en los páramos desiertos;
tú en el retiro y la oración marchitas
las frentes de los santos cenobitas
que ruegan por los vivos y los muertos.
¡Oh universo, hervidero de la vida,
fuente perenne que a torrentes manas,
tú, en unión por el cielo bendecida,
fuerza y amor hermanas!
Por más que el hombre su sentido tuerza,
fuerza y amor en Dios corno en el hombre,
un bien expresan con distinto nombre
y fuerza es el amor, y amor la fuerza.

Y, siendo Dios la Fuerza Omnipotente
que el mundo esparce, como esparce el prisma
los colores del sol resplandeciente,
¿no ha de ser el Amor su Esencia misma?
Señor, que en tu infinito poderío
el universo riges con tu dedo,
sólo de tu piedad duda el impío:
¡no cabe en Ti, Dios mío
la cobarde crueldad hija del miedo!
Mal tu poder comprende
quien teme que piadoso lo desdores:
¡el hombre cuyo pecho el odio enciende,
es quien tu gloria ofende
consagrando en tus aras sus rencores!

¡Alienta corazón! La Omnipotencia
no puede ser cruel: el Fuerte es Bueno,
y no hay bondad cumplida sin clemencia.
Señor, si al hombre que, de dudas lleno,
doblando la rodilla
bajo tu potestad la frente humilla,
rechazarás airado de tu seno;
si con juicio sereno
condenaras su flaca inteligencia
por no alcanzar misterios de tu esencia;
si, de piedad y compasión ajeno,
descargaras en él tu airada mano,
y en su error te ensañarás vengativo,
yo mísero mortal, yo vil gusano,
yo, que más generoso te concibo,
fuera mejor que Tú, ¡Dios soberano!
¡No! mi mente turbada
podrá errar si tu Esencia considera;
mi inteligencia dudará ofuscada,
pero mi corazón seguro espera.
Y es tan viva esta fe, que si del cielo
viera hundirse la bóveda estrellada
y los mundos volver en corvo vuelo
a los lóbregos senos de la nada, -
del negro espacio en la región vacía,
transido de pavor, mudo de espanto,
¡Dios clemente, Dios santo,
yo en tu inmensa bondad esperaría!
¡Oh! cuando el alma hiere
la luz que en tu mirada centellea,
no hay un átomo en mí que en Ti no crea,
no hay un átomo en mí que en Ti no espere;
y, ciego con los vívidos destellos,
que ofuscan mí turbada fantasía,
a expresarte mi amor no alcanzaría
si lenguas se tornaran mis cabellos.

Este férvido amor que a Dios se lanza
buscando lo perfecto en lo absoluto,
esta firme esperanza
que robustecen el dolor y el luto,
esta fe poderosa
que ilumina las sombras del misterio,
hablan al corazón en cada fosa
de tu recinto, ¡oh mudo cementerio!
Por eso, con la mente oscurecida,
pero con la conciencia despejada:
cansado de la vida,
pero a vivir el alma resignada;
fiel a Dios y a la esposa
que en ti cayó desde mis brazos yerta
y en tu seno esperándome reposa,
¡oh muda tumba solitaria y fría
donde ni un eco mi clamor despierta,
yo, al espirar la luz de cada día,
sin miedo y con amor llamo a tu puerta!