Tomo II Del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ( Versión para imprimir)

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 Censura
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Índice
Alonso Fernández de Avellaneda


Por comisión del señor dotor Francisco de Torme y de Liori, canónigo de la santa Iglesia de Tarragona, Oficial y Vicario General, por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Juan de Moncada, Arzobispo de Tarragona, y del Consejo de Su Majestad, he leído yo, Rafael Ortoneda, dotor en santa Teología, el libro intitulado Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, y me parece que no contiene cosa deshonesta ni prohibida, por la cual no se deba imprimir, y que es libro curioso y de entretenimiento.

Y por tanto, lo firmo de mi mano hoy, a 18 de abril del año de 1614.

El dotor Rafael Ortoneda.


Nos, el dotor Francisco de Torme y de Liori, canónigo de la santa Iglesia de Tarragona, y por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Juan de Moncada, por la gracia de Dios Arzobispo de Tarragona, y del Consejo de Su Majestad, en el espiritual y temporal, Vicario General y Oficial. Atendida la relación del dotor Rafael Ortoneda, a quien comitimos que viese y examinase este libro, que se intitula Segundo tomo de don Quijote de la Mancha, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, que no contiene cosa deshonesta ni prohibida, damos y atorgamos licencia que se pueda imprimir y vender en este Arzobispado.

Fecha de nuestra propria mano en la dicha ciudad de Tarragona, a 4 de julio, 1614.

El dotor y canónigo

Francisco de Torme y de Liori,

Vicario General y Oficial.


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Prólogo - Dedicatoria - Censura

 Dedicatoria
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Índice
Alonso Fernández de Avellaneda


Al alcalde, regidores y hidalgos de la noble villa del Argamesilla de la Mancha,

patria feliz del hidalgo caballero don Quijote, lustre de los profesores de la caballería andantesca Antigua es la costumbre de dirigirse los libros de las excelencias y hazañas de algún hombre famoso a las patrias ilustres, que como madres los criaron y sacaron a luz, y aun competir mil ciudades sobre cuál lo había de ser de un buen ingenio y grave personaje. Y como lo sea tanto el hidalgo caballero don Quijote de la Mancha (tan conocido en el mundo por sus inauditas proezas), justo es para que lo sea también esa venturosa villa que vuesas mercedes rigen, patria suya y de su fidelísimo escudero Sancho Panza, dirigirles esta segunda parte, que relata las vitorias del uno y buenos servicios del otro, no menos invidiados que verdaderos.

Reciban, pues, vuesas mercedes bajo de su manchega protección el libro y el celo de quien contra mil detracciones le ha trabajado, pues lo merece por él y por el peligro a que su autor se ha puesto, poniéndole en la plaza del vulgo, que es decir en los cuernos de un toro indómito, etc.


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Prólogo - Dedicatoria - Censura

  Prólogo
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Índice
Alonso Fernández de Avellaneda


Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas. No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron; y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos. Pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá, por lo menos, dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa; si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más estranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e inumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar.

No sólo he tomado por medio entremesar la presente comedia con las simplicidades de Sancho Panza, huyendo de ofender a nadie ni de hacer ostentación de sinónomos voluntarios, si bien supiera hacer lo segundo y mal lo primero. Sólo digo que nadie se espante de que salga de diferente autor esta segunda parte, pues no es nuevo el proseguir una historia diferentes sujetos. ¿Cuántos han hablado de los amores de Angélica y de sus sucesos? Las Arcadias, diferentes las han escrito; la Diana no es toda de una mano. Y, pues Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo, que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos, que cuando quisiera adornar sus libros con sonetos campanudos, había de ahijarlos como él dice al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, por no hallar título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del autor de quien murmura; ¡y plegue a Dios aun deje, ahora que se ha acogido a la iglesia y sagrado! Conténtese con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas: no nos canse.

Santo Tomás, en la 2, 2, q. 36, enseña que la envidia es tristeza del bien y aumento ajeno, dotrina que la tomó de san Juan Damasceno. A este vicio da por hijos san Gregorio, en el libr. 31, capít. 31, de la exposición moral que hizo a la historia del santo Job, al odio, susurración, detracción del prójimo, gozo de sus pesares y pesar de sus buenas dicha; y bien se llama este pecado invidia a non videndo, quia invidus non potest videre bona aliorum; efectos todos tan infernales como su causa, tan contrarios a los de la caridad cristiana, de quien dijo san Pablo, I Corintios, 13: Charitas patiens est, benigna est, non aemulatur, non agit perperam, non inflatur, non est ambitiosa... congaudet veritati, etc. Pero disculpan los hierros de su primera parte, en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel; y así, no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, mormuradora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcelados. En algo diferencia esta parte de la primera suya, porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia, y tan auténtica como ésta, cada cual puede echar por donde le pareciere; y más dando para ello tan dilatado campo la cáfila de los papeles que para componerla he leído, que son tantos como los que he dejado de leer.

No me murmure nadie de que se permitan impresiones de semejantes libros, pues éste no enseña a ser deshonesto, sino a no ser loco; y, permitiéndose tantas Celestinas, que ya andan madre y hija por las plazas, bien se puede permitir por los campos un don Quijote y un Sancho Panza, a quienes jamás se les conoció vicio, antes bien, buenos deseos de desagraviar huérfanas y deshacer tuertos, etc.

De Pero Fernández

Soneto
Maguer que las más altas fechorías
homes requieren doctos e sesudos,
e yo soy el menguado entre los rudos,
de buen talante escribo a más porfías.
Puesto que había una sin fin de días 5
que la fama escondía en libros mudos
los fechos más sin tino y cabezudos
que se han visto de Illescas hasta Olías,
ya vos endono, nobres leyenderos
las segundas sandeces sin medida 10
del manchego fidalgo don Quijote,
para que escarmentéis en sus aceros;
que el que correr quisiere tan al trote,
non puede haber mejor solaz de vida.


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Prólogo - Dedicatoria - Censura

 Capítulo I
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo don Quijote de la Mancha volvió a sus desvanecimientos de caballero andante, y de la venida a su lugar del Argamesilla de ciertos caballeros granadinos


El sabio Alisolán, historiador no menos moderno que verdadero, dice que siendo expelidos los moros agarenos de Aragón, de cuya nación él decendía, entre ciertos anales de historias halló escrita en arábigo la tercera salida que hizo del lugar del Argamesilla el invicto hidalgo don Quijote de la Mancha, para ir a unas justas que se hacían en la insigne ciudad de Zaragoza, y dice desta manera:

Después de haber sido llevado don Quijote por el cura y el barbero y la hermosa Dorotea a su lugar en una jaula, con Sancho Panza, su escudero, fue metido en un aposento con una muy gruesa y pesada cadena al pie, adonde, no con pequeño regalo de pistos y cosas conservativas y sustanciales, le volvieron poco a poco a su natural juicio. Y para que no volviese a los antiguos desvanecimientos de sus fabulosos libros de caballerías, pasados algunos días de su encerramiento, empezó con mucha instancia a rogar a Madalena, su sobrina, que le buscase algún buen libro en que poder entretener aquellos setecientos años que él pensaba estar en aquel duro encantamiento. La cual, por consejo del cura Pedro Pérez y de maese Nicolás, barbero, le dio un Flos sanctorum de Villegas y los Evangelios y Epístolas de todo el año en vulgar, y la Guía de pecadores de fray Luis de Granada; con la cual lición, olvidándose de las quimeras de los caballeros andantes, fue reducido dentro de seis meses a su antiguo juicio y suelto de la prisión en que estaba.

Comenzó tras esto a ir a misa con su rosario en las manos, con las Horas de Nuestra Señora, oyendo también con mucha atención los sermones; de tal manera, que ya todos los vecinos del lugar pensaban que totalmente estaba sano de su accidente y daban muchas gracias a Dios, sin osarle decir ninguno, por consejo del cura, cosa de las que por él habían pasado. Ya no le llamaban don Quijote, sino el señor Martín Quijada, que era su proprio nombre, aunque en ausencia suya tenían algunos ratos de pasatiempo con lo que dél se decía y de que se acordaron todos, como lo del rescatar o libertar los galeotes, lo de la penitencia que hizo en Sierra Morena y todo lo demás que en las primeras partes de su historia se refiere.

Sucedió, pues, en este tiempo, que, dándole a su sobrina el mes de agosto una calentura de las que los físicos llaman efímeras, que son de veinte y cuatro horas, el accidente fue tal, que, dentro dese tiempo, la sobrina Madalena murió, quedando el buen hidalgo solo y desconsolado; pero el cura le dio una harto devota vieja y buena cristiana, para que la tuviese en casa, le guisase la comida, le hiciese la cama y acudiese a lo demás del servicio de su persona, y para que, finalmente, les diese aviso a él o al barbero de todo lo que don Quijote hiciese o dijese dentro o fuera de casa, para ver si volvía a la necia porfía de su caballería andantesca.

Sucedió, pues, en este tiempo, que un día de fiesta, después de comer, que hacía un calor excesivo, vino a visitarle Sancho Panza; y, hallándole en su aposento leyendo en el Flos sanctorum, le dijo:

-¿Qué hace, señor Quijada? ¿Cómo va?

-¡Oh Sancho! -dijo don Quijote-, seas bien venido; siéntate aquí un poco, que a fe que tenía harto deseo de hablar contigo.

-¿Qué libro es ese -dijo Sancho- en que lee su mercé? ¿Es de algunas caballerías como aquellas que nosotros anduvimos tan neciamente el otro año? Lea un poco, por su vida, a ver si hay algún escudero que medrase mejor que yo; que por vida de mi sayo, que me costó la burla de la caballería más de veinte y seis reales, mi buen rucio, que me hurtó Ginesillo el buena boya, y yo me quedo tras todo eso sin ser rey ni roque, si ya estas carnestoliendas no me hacen los muchachos rey de los gallos. En fin, todo mi trabajo ha sido hasta agora en vano.

-No leo -dijo don Quijote- en libro de caballerías, que no tengo alguno; pero leo en este Flos sanctorum, que es muy bueno.

-¿Y quién fue ese Flas Sanctorum? -replicó Sancho-. Fue rey o algún gigante de aquellos que se tornaron molinos ahora un año?

-Todavía, Sancho -dijo don Quijote-, eres necio y rudo. Este libro trata de las vidas de los santos, como de san Lorenzo, que fue asado; de san Bartolomé, que fue desollado; de santa Catalina, que fue pasada por la rueda de las navajas; y así mismo, de todos los demás santos y mártires de todo el año. Siéntate, y leerte he la vida del santo que hoy, a veinte de agosto, celebra la Iglesia, que es san Bernardo.

-Par Dios -dijo Sancho-, que yo no soy amigo de saber vidas ajenas, y más de mala gana me dejaría quitar el pellejo ni asar en parrillas. Pero dígame: ¿a san Bartolomé quitáronle el pellejo y a san Lorenzo pusiéronle a asar después de muerto o acabando de vivir?

-¡Oigan qué necedad! -dijo don Quijote-. Vivo desollaron al uno y vivo asaron al otro.

-¡Oh, hideputa -dijo Sancho-, y cómo les escocería! Pardiobre, no valía yo un higo para Flas Sanctorum. Rezar de rodillas media docena de credos, vaya en hora buena; y aun ayunar, como comiese tres veces al día razonablemente, bien lo podría llevar.

-Todos los trabajos -dijo don Quijote- que padecieron los santos que te he dicho y los demás de quien trata este libro, los sufrían ellos valerosamente por amor de Dios, y así ganaron el reino de los cielos.

-A fe -dijo Sancho- que pasamos nosotros, ahora un año, hartos desafortunios para ganar el reino micónico, y nos quedamos hechos micos; pero creo que vuesa merced querrá ahora que nos volvamos santos andantes para ganar el paraíso terrenal. Mas, dejado esto aparte, lea y veamos la vida que dice de san Bernardo.

Leyóla el buen hidalgo, y a cada hoja le decía algunas cosas de buena consideración, mezclando sentencias de filósofos, por donde se descubría ser hombre de buen entendimiento y de juicio claro, si no le hubiera perdido por haberse dado sin moderación a leer libros de caballerías, que fueron la causa de todo su desvanecimiento.

Acabando don Quijote de leer la vida de san Bernardo, dijo:

-¿Qué te parece, Sancho? ¿Has leído santo que más aficionado fuese a Nuestra Señora que éste? ¿Más devoto en la oración, más tierno en las lágrimas y más humilde en obras y palabras?

-A fe -dijo Sancho- que era santo de chapa. Yo le quiero tomar por devoto de aquí adelante, por si me viere en algún trabajo, como aquel de los batanes de marras o manta de la venta, y me ayude, ya que vuesa merced no pudo saltar las bardas del corral. Pero, ¿sabe, señor Quijada, que me acuerdo que el domingo pasado llevó el hijo de Pedro Alonso, el que anda a la escuela, un libro debajo de un árbol, junto al molino, y nos estuvo leyendo más de dos horas en él? El libro es lindo a las mil maravillas y mucho mayor que ese Flas sanctorum, tras que tiene al principio un hombre armado en su caballo con una espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da en una peña un golpe tal, que la parte por medio de un terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y él le corta la cabeza. ¡Éste sí, cuerpo non de Dios, ques buen libro!

-¿Cómo se llama? -dijo don Quijote-; que si yo no me engaño, el muchacho de Pedro Alonso creo que me le hurtó ahora un año, y se ha de llamar Don Florisbián de Candaria, un caballero valerosísimo, de quien trata, y de otros valerosos, como son Almiral de Zuazia, Palmerín del Pomo, Blastrodas de la Torre y el gigante Maleorte de Bradanca, con las dos famosas encantadoras Zuldasa y Dalfadea.

-A fe que tiene razón -dijo Sancho-; que esas dos llevaron a un caballero al castillo de no sé cómo se llama.

-De Acefaros -dijo don Quijote-.

-Sí, a la fe, y que, si puedo, se le tengo de hurtar -dijo Sancho-, y traerle acá el domingo para que leamos; que, aunque no sé leer, me alegro mucho en oír aquellos terribles porrazos y cuchilladas que parten hombre y caballo.

-Pues, Sancho -dijo don Quijote-, hazme placer de traérmele; pero ha de ser de manera que no lo sepa el cura ni otra persona.

-Yo se lo prometo -dijo Sancho-; y aun esta noche, si puedo, tengo de procurar traérsele debajo de la halda de mi sayo. Y con esto, quede con Dios, que mi mujer me estará aguardando para cenar.

Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco que Sancho le trajo a la memoria de las desvanecidas caballerías. Cerró el libro y comenzó a pasearse por el aposento, haciendo en su imaginación terribles quimeras, trayendo a la fantasía todo aquello en que solía antes desvanecerse. En esto tocaron a vísperas, y él, tomando su capa y rosario, se fue a oírlas con el alcalde, que vivía junto a su casa; las cuales acabadas, se fueron los alcaldes, el cura, don Quijote y toda la demás gente de cuenta del lugar a la plaza, y, puestos en corrillo, comenzaron a tratar de lo que más les agradaba. En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaza cuatro hombres principales a caballo, con sus criados y pajes, y doce lacayos que traían doce caballos de diestro ricamente enjaezados; los cuales, vistos por los que en la plaza estaban, aguardaron un poco a ver qué sería aquello, y entonces dijo el cura, hablando con don Quijote:

-Por mi santiguada, señor Quijada, que si esta gente viniera por aquí hoy hace seis meses que a vuesa merced le pareciera una de las más estrañas y peligrosas aventuras que en sus libros de caballerías había jamás oído ni visto; y que imaginara vuesa merced que estos caballeros llevarían alguna princesa de alta guisa forzada; y que aquellos que ahora se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforán el encantador.

-Ya todo eso, señor licenciado -dijo don Quijote- es agua pasada, con la cual, como dicen, no puede moler el molino; mas lleguémonos hacia ellos a saber quién son, que si yo no me engaño, deben de ir a la Corte a negocios de importancia, pues su traje muestra ser gente principal.

Llegáronse todos a ellos y, hecha la debida cortesía, el cura, como más avisado, les dijo desta manera:

-Por cierto, señores caballeros, que nos pesa en estremo que tanta nobleza haya venido a dar cabo en un lugar tan pequeño como éste y tan desapercebido de todo regalo y buen acogimiento como vuesas mercedes merecen; porque en él no hay mesón ni posada capaz de tanta gente y caballos como aquí vienen. Mas, con todo, estos señores y yo, si de algún provecho fuéremos, y vuesas mercedes determinaren de quedar aquí esta noche, procuraremos que se les dé el mejor recado que ser pudiere.

El uno dellos, que parecía ser el más principal, le rindió las gracias, diciendo en nombre de todos:

-En estremo, señores, agradecemos esa buena voluntad que sin conocernos se nos muestra, y quedaremos obligados con muy justa razón a agradecer y tener en memoria tan buen deseo. Nosotros somos caballeros granadinos y vamos a la insigne ciudad de Zaragoza a unas justas que allí se hacen; que, teniendo noticia que es su mantenedor un valiente caballero, nos habemos dispuesto a tomar este trabajo, para ganar en ellas alguna honra, la cual, sin él, es imposible alcanzarse. Pensábamos pasar dos leguas más adelante, pero los caballos y gente viene algo fatigada; y así, nos pareció quedar aquí esta noche, aunque hayamos de dormir sobre los poyos de la iglesia, si el señor cura nos diere licencia para ello.

Uno de los alcaldes, que sabía más de segar y de uncir las mulas y bueyes de su labranza que de razones cortesanas, les dijo:

-No se les dé nada a sus mercedes, que aquí les haremos merced de alojarles esta noche, que sietecientas veces el año tenemos capitanías de otros mayores fanfarrones que ellos, y no son tan agradecidos y bien hablados como vuesas mercedes son; y a fe que nos cuesta al concejo más de noventa maravedís por año.

El cura, por atajarle que no pasase adelante con sus necedades, les dijo:

-Vuesas mercedes, mis señores, han de tener paciencia, que yo les tengo de alojar por mi mano; y ha de ser desta manera: que los dos señores alcaldes se lleven a sus casas estos dos señores caballeros con todos sus criados y caballos, y yo a vuesa merced, y el señor Quijada a esotro señor; y cada uno, conforme sus fuerzas alcanzaren, procure de regalar a su huésped. Porque, como dicen, el huésped, quienquiera que sea, merece ser honrado; y siéndolo estos señores, tanta mayor obligación tenemos de servirles, siquiera porque no se diga que, llegando a un lugar de gente tan política, aunque pequeño, se fueron a dormir, como este señor dijo lo harían, a los poyos de la iglesia.

Don Quijote dijo a aquel que por suerte le cupo, que parecía ser el más principal:

-Por cierto, señor caballero, que yo he sido muy dichoso en que vuesa merced se quiera servir de mi casa; que, aunque es pobre de lo que es necesario para acudir al perfeto servicio de un tan gran caballero, será a lo menos muy rica de voluntad, la cual podrá vuesa merced recebir sin más ceremonias.

-Por cierto, señor hidalgo -respondió el caballero-, que yo me tengo por bien afortunado en recebir merced de quien tan buenas palabras tiene, con las cuales es cierto conformarán las obras.

Tras esto, despidiéndose los unos de los otros, cada uno con su huésped, se resolvieron, al partir, en que tomasen un poco la mañana, por causa de los excesivos calores que en aquel tiempo hacía. Don Quijote se fue a su casa con el caballero que le cupo en suerte y, poniendo los caballos en un pequeño establo, mandó a su vieja ama que aderezase algunas aves y palominos, de que él tenía en casa no pequeña abundancia, para cenar toda aquella gente que consigo traía; y mandó juntamente a un muchacho llamase a Sancho Panza para que ayudase en lo que fuese menester en casa, el cual vino al punto de muy buena gana.

Entre tanto que la cena se aparejaba, comenzaron a pasearse el caballero y don Quijote por el patio, que estaba fresco; y, entre otras razones, le preguntó don Quijote la causa que le había movido a venir de tantas leguas a aquellas justas y cómo se llamaba. A lo cual respondió el caballero que se llamaba don Álvaro Tarfe, y que decendía del antiguo linaje de los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias de los reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas, que fueron cristianos después que el católico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada;

-Y ahora esta jornada por mandado de un serafín en hábito de mujer, el cual es reina de mi voluntad, objecto de mis deseos, centro de mis suspiros, archivo de mis pensamientos, paraíso de mis memorias y, finalmente, consumada gloria de la vida que poseo. Ésta, como digo, me mandó que partiese para estas justas y entrase en ellas en su nombre, y le trujese alguna de las ricas joyas y preseas que en premio se les ha de dar a los venturosos aventureros vencedores. Y voy cierto, y no poco seguro, de que no dejaré de llevársela, porque yendo ella conmigo, como va dentro de mi corazón, será el vencimiento infalible, la vitoria cierta, el premio seguro y mis trabajos alcanzarán la gloria que por tan largos días he con tan inflamado afecto deseado.

-Por cierto, señor don Álvaro Tarfe -dijo don Quijote-, que aquella señora tiene grandísima obligación a corresponder a los justos ruegos de vuesa merced por muchas razones. La primera, por el trabajo que toma vuesa merced en hacer tan largo camino en tiempo tan terrible. La segunda, por el ir por sólo su mandado, pues con él, aunque las cosas sucedan al contrario de su deseo, habrá cumplido con la obligación de fiel amante, habiendo hecho de su parte todo lo posible. Mas suplico a vuesa merced me dé cuenta desa hermosa señora, y de su edad y nombre y del de sus nobles padres.

-Menester era -respondió don Álvaro- un muy grande Calapino para declarar una de las tres cosas que vuesa merced me ha preguntado. Y, pasando por alto las dos postreras, por el respeto que debo a su calidad, sólo digo de sus años que son diez y seis, y su hermosura tanta, que a dicho de todos los que la miran, aun con ojos menos apasionados que los míos, afirman della no haber visto, no solamente en Granada, pero ni en toda la Andalucía, más hermosa criatura. Porque, fuera de las virtudes del ánimo, es sin duda blanca como el sol, las mejillas de rosas recién cortadas, los dientes de marfil, los labios de coral, el cuello de alabastro, las manos de leche y, finalmente, tiene todas las gracias perfetísimas de que puede juzgar la vista; si bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo.

-Paréceme, señor don Álvaro -replicó don Quijote-, que no deja ésa de ser alguna pequeña falta, porque una de las condiciones que ponen los curiosos para hacer a una dama hermosa es la buena disposición del cuerpo; aunque es verdad que esta falta muchas damas la remedian con un palmo de chapín valenciano; pero, quitado éste, que no en todas partes ni a todas horas se puede traer, parecen las damas, quedando en zapatillas, algo feas, porque las basquiñas y ropas de sedas y brocados, que están cortadas a la medida de la disposición que tienen sobre los chapines, les vienen largas de tal modo, que arrastran dos palmos por el suelo. Y así, no dejará esto de ser alguna pequeña imperfeción en la dama de vuesa merced.

-Antes, señor hidalgo -dijo don Álvaro-, ésa la hallo yo por una muy grande perfeción. Verdad es que Aristóteles, en el cuarto de sus Éticas, entre las cosas que ha de tener una mujer hermosa, cual él allí la describe, dice ha de ser de una disposición que tire a lo grande. Mas otros ha habido de contrario parecer, porque la naturaleza, como dicen los filósofos, mayores milagros hacen las cosas pequeñas que las grande; y cuando ella en alguna parte hubiese errado en la formación de un cuerpo pequeño, será más dificultoso de conocer el yerro que si fuese hecho en cuerpo grande. No hay piedra preciosa que no sea pequeña; y los ojos de nuestros cuerpos son las partes más pequeñas que hay en él, y son las más bellas y más hermosas. Así que, mi serafín es un milagro de naturaleza, la cual ha querido darnos a conocer por ella cómo en poco espacio puede recoger, con su maravilloso artificio, el inumerable número de gracias que puede producir; porque la hermosura, como dice Cicerón, no consiste en otra cosa que en una conveniente disposición de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros a mirar aquel cuerpo, cuyas partes entre sí mesmas con una cierta ociosidad se corresponden.

-Paréceme, señor don Álvaro -dijo don Quijote-, que vuesa merced ha satisfecho con muy sutiles razones a la objección que contra la pequeñez del cuerpo de su reina propuse. Y, porque me parece que ya la cena, por ser poca, estará aparejada, suplico a vuesa merced nos entremos a cenar; que después, sobre cena, tengo un negocio de importancia que tratar con vuesa merced, como con persona que tan bien sabe hablar en todas materias.


 Capítulo II
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena, y cómo le descubre los amores que tiene con Dulcinea del Toboso, comunicándole dos cartas ridículas; por todo lo cual, el caballero cae en la cuenta de lo que es don Quijote


Después de haber dado don Quijote razonablemente de cenar a su noble huésped, por postre de la cena, levantados ya los manteles, oyó de sus cuerdos labios las siguientes razones:

-Por cierto, señor Quijada, que estoy en estremo maravillado de que, en el tiempo que nos ha durado la cena, he visto a vuesa merced algo diferente del que le vi cuando entré en su casa; pues en la mayor parte della le he visto tan absorto y elevado en no sé qué imaginación, que apenas me ha respondido jamás a propósito, sino tan ad Ephesios, como dicen, que he venido a sospechar que algún grave cuidado le aflige y aprieta el ánimo; porque he visto quedarse a ratos con el bocado en la boca, mirando sin pestañear a los manteles, con tal suspensión que, preguntándole si era casado, me respondió: «¿Rocinante? Señor, el mejor caballo es que se ha criado en Córdoba». Y por esto digo que alguna pasión o interno cuidado atormenta a vuesa merced, porque no es posible nazca de otra causa tal efecto; y tal puede ser que, como otras muchas veces he visto en otros, pueda quitarle la vida o, a lo menos, si es vehemente, apurarle el juicio. Y así, suplico a vuesa merced se sirva comunicarme su sentimiento, porque si fuere tal la causa dél que yo con mi persona pueda remediarla, lo haré con las veras que la razón y mis obligaciones piden. Pues, así como con las lágrimas, que son sangre del corazón, el mesmo desfoga y descansa, y queda aliviado de las melancolías que le oprimen, vaporeando por el venero de los ojos, así, ni más ni menos, el dolor y aflicción, siendo comunicado, se alivian algún tanto, porque suele el que lo oye, como desapasionado, dar el consejo que es más sano y seguro al remedio de la persona afligida.

Don Quijote, entonces, le respondió:

-Agradezco, señor don Álvaro, esa buena voluntad y el deseo que muestra tener vuesa merced de hacérmela; pero es fuerza que los que profesamos el orden de caballería, y nos hemos visto en tanta multitud de peligros, ya con fieros y descomunales jayanes, ya con malendrines, sabios o magos, desencantando princesas, matando grifos y serpientes, rinocerontes y endrigos, llevados de alguna imaginación destas, como son negocios de honra, quedemos suspensos y elevados, y puestos en un honroso éxtasi, como el en que vuesa merced dice haberme visto, aunque yo no he echado de verlo. Verdad es que ninguna cosa destas, por ahora, me ha suspendido la imaginación; que ya todas han pasada por mí.

Maravillóse mucho don Álvaro Tarfe de oírle decir que había desencantado princesas y muerto gigantes, y comenzó a tenerle por hombre que le faltaba algún poco de juicio; y así, para enterarse dello, le dijo:

-¿Pues no se podrá saber qué causa por ahora aflige a vuesa merced?

-Son negocios -dijo don Quijote- que, aunque a los caballeros andantes no todas las veces es lícito decirlos, por ser vuesa merced quien es, y tan noble y discreto, y estar herido con la propia saeta con que el hijo de Venus me tiene herido a mí, le quiero descubrir mi dolor. No para que me dé remedio para él, que sólo me le puede dar aquella bella ingrata y dulcísima Dulcinea, robadora de mi voluntad, sino para que vuesa merced entienda que yo camino y he caminado por el camino real de la caballería andantesca, imitando en obras y en amores a aquellos valerosos y primitivos caballeros andantes que fueron luz y espejo de todos aquellos que, después dellos, han, por sus buenas prendas, merecido profesar el sacro orden de caballería que yo profeso, como fueron el invicto Amadís de Gaula, don Belianís de Grecia y su hijo Esplandián, Palmerín de Oliva, Tablante de Ricamonte, el Caballero del Febo y su hermano Rosicler, con otros valentísimos príncipes, aun de nuestros tiempos, a todos los cuales, ya que les he imitado en obras y haciendas, los sigo también en los amores. Así que, vuesa merced sabrá que yo estoy enamorado.

Don Álvaro, como era hombre de sutil entendimiento, luego cayó en todo lo que su huésped podía ser, pues decía haber imitado a aquellos caballeros fabulosos de los libros de caballería; y así, maravillado de su loca enfermedad, para enterarse cumplidamente della, le dijo:

-Admírome no poco, señor Quijada, que un hombre como vuesa merced, flaco y seco de cara, y que, a mi parecer, pasa ya de los cuarenta y cinco, ande enamorado; porque el amor no se alcanza sino con muchos trabajos, malas noches, peores días, mil disgustos, celos, zozobras, pendencias y peligros, que todos éstos y otros semejantes son los caminos por donde se camina al amor. Y si vuesa merced ha de pasar por ellos, no me parece tiene sujeto para sufrir dos noches malas al sereno, aguas y nieves, como yo sé por experiencia que pasan los enamorados. Mas dígame, vuesa merced, con todo: esa mujer que ama ¿es de aquí del lugar o forastera?; que gustaría en estremo, si fuese posible, verla antes que me fuese, porque, hombre de tan buen gusto como vuesa merced es, no es creíble sino que ha de haber puesto los ojos en no menos que en una Diana efesina, Policena troyana, Dido cartaginense, Lucrecia romana o Doralice granadina.

-A todas ésas -respondió don Quijote- excede en hermosura y gracia; y sólo imita en fiereza y crueldad a la inhumana Medea. Pero ya querrá Dios que con el tiempo, que todas las cosas muda, trueque su corazón diamantino y, con las nuevas que de mí y mis invencibles fazañas terná, se molifique y sujete a mis no menos importunos que justos ruegos. Así que, señor, ella se llama princesa Dulcinea del Toboso (como yo don Quijote de la Mancha); si nunca vuesa merced la ha oído nombrar; que sí habrá, siendo tan célebre por sus milagros y celestiales prendas...

Quiso reírse de muy buena gana don Álvaro cuando oyó decir la «princesa Dulcinea del Toboso», pero disimuló, porque su huésped no lo echase de ver y se enojase; y así, le dijo:

-Por cierto, señor hidalgo, o por mejor decir, señor caballero, que yo no he oído en todos los días de mi vida nombrar tal princesa, ni creo la hay en toda la Mancha, si no es que ella se llame por sobrenombre Princesa, como otras se llaman Marquesas.

-No todos saben todas las cosas -replicó don Quijote-; pero yo haré antes de mucho tiempo que su nombre sea conocido, no solamente en España, pero en los reinos y provincias más distantes del mundo. Ésta es, pues, señor, la que me eleva los pensamientos; ésta me enajena de mí mismo; por ésta he estado desterrado muchos días de mi casa y patria, haciendo en su servicio heroicas hazañas, enviándole gigantes y bravos jayanes y caballeros rendidos a sus pies. Y, con todo esto, ella se muestra a mis ruegos una leona de África y una tigre de Hircania, respondiéndome a los papeles que le envío, llenos de amor y dulzura, con el mayor desabrimiento y despego que jamás princesa a caballero andante escribió. Yo le escribo más largas arengas que las que Catilina hizo al Senado de Roma, más heroicas poesías que las de Homero o Virgilio, con más ternezas que el Petrarca escribió a su querida Laura, y con más agradables episodios que Lucano ni Ariosto pudieron escribir en su tiempo, ni en el nuestro ha hecho Lope de Vega a su Filis, Celia, Lucinda, ni a las demás que tan divinamente ha celebrado; hecho en aventuras un Amadís, en gravedad un Cévola, en sufrimiento un Perianeo de Persia, en nobleza un Eneas, en astucia un Ulises, en constancia un Belisario y en derramar sangre humana un bravo Cid Campeador. Y, por que vuesa merced, señor don Álvaro, vea ser verdad todo lo que digo, quiero sacar dos cartas que tengo allí en aquel escritorio: una que con mi escudero Sancho Panza la escribí en los días pasados, y otra que ella me envió en respuesta suya.

Levantóse para sacarlas, y don Álvaro se quedó haciendo cruces de ver la locura del huésped, y acabó de caer en la cuenta de que él estaba desvanecido con los vanos libros de caballerías, teniéndolos por muy auténticos y verdaderos. Al ruido que don Quijote hizo abriendo el escritorio, entró Sancho Panza, harto bien llena la barriga de los relieves que habían sobrado de la cena. Y, como don Quijote se asentó con las dos cartas en la mano, él se puso repantigado tras las espaldas de su silla para gustar un poco de la conversación.

-Ve aquí -dijo don Quijote- vuesa merced a Sancho Panza, mi escudero, que no me dejará mentir a lo que toca al inhumano rigor de aquella mi señora.

-Sí, a fe -dijo Sancho Panza- que Aldonza Lorenzo, alias Nogales (como así se llamaba la infanta Dulcinea del Toboso por proprio nombre, como consta de las primeras partes desta grave historia), es una grandísima... Téngaselo por dicho; porque, ¡cuerpo de San Ciruelo!, ¿ha de andar mi señor hendo tantas caballerías de día y de noche y hendo cruel penitencia en Sierra Morena, dándose de calabazadas y sin comer por una...? Mas quiero callar; allá se lo haya, con su pan se lo coma; que quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda; que una ánima sola ni canta ni llora; y cuando la perdiz canta, señal es de agua; y a falta de pan, buenas son tortas.

Pasara adelante Sancho con sus refranes si don Quijote no le mandara, imperativo modo, que callara; mas, con todo, replicó diciendo:

-Quiere saber, señor don Tarfe, lo que hizo la muy zurrada cuando la llevé esa carta que ahora mi señor quiere leer? Estábase en la caballeriza la muy puerca, porque llovía, hinchendo un serón de basura con una pala, y cuando yo le dije que le traía una carta de mi señor (¡infernal torzón le de Dios por ello!), tomó una gran palada del estiércol que estaba más hondo y más remojado y arrojómele de voleo, sin decir agua va, en estas pecadoras barbas. Yo, como por mis pecados las tengo más espesas que escobilla de barbero, estuve después más de tres días sin poder acabar de agotar la porquería que en ellas me dejó perfetamente.

Diose, oyendo esto, una palmada en la frente don Álvaro, diciendo:

-Por cierto, señor Sancho, que semejante porte que ése no le merecía la mucha discreción vuestra.

-No se espante vuesa merced -replicó Sancho-, que a fe que nos ha sucedido a mí y a mi señor, andando por amor della en las aventuras o desventuras del año pasado, darnos, pasadas de cuatro veces, muy gentiles garrotazos.

-Yo os prometo -dijo colérico don Quijote- que si me levanto, don bellaco desvergonzado, y cojo una estaca de aquel carro, que os muela las costillas y haga que se os acuerde per omnia saecula saeculorum.

-Amén -respondió Sancho.

Levantárase don Quijote a castigarle la desvergüenza, si don Álvaro no le tuviera el brazo y le hiciera volver a sentar en su silla, haciendo con el dedo señas a Sancho para que callase, con que lo hizo por entonces. Y don Quijote, abriendo la carta, dijo:

-Ve aquí vuesa merced la carta que este mozo llevó los días pasados a mi señora, y juntamente la respuesta della, para que de ambas colija vuesa merced si tengo razón de quejarme de su inaudita ingratitud.

Sobrescrito de la carta: "A la infanta Dulcinea del Toboso

Si el amor afincado, ¡oh bella ingrata!, que asaz bulle por los poros de mis venas, diera lugar a que me ensañara contra vuestra fermosura, cedo tomara venganza de la sandez con que mis cuitas os dan enojoso reproche. ¿Cuidades, dulce enemiga mía, que non atiendo con todas mis fuerzas en al que en desfacer tuertos de gente menesterosa? Maguer que muchas veces ando envuelto en sangre de jayanes, cedo el pensamiento sin polilla está además ledo y tiene remembranza que está preso por una de las más altas fembras que entre las reinas de alta guisa fallar se puede. Empero, lo que agora vos demando es que, si alguna desmesuranza he tenido, me perdonedes; que los yerros por amare, dignos son de perdonare. Esto pido de finojos ante vuestro imperial acatamiento.

Vuestro hasta el fin de la vida, «El Caballero de la Triste Figura», Don Quijote de la Mancha."

-Por Dios -dijo don Álvaro riéndose-, que es la más donosa carta que en su tiempo pudo escribir el rey don Sancho de León a la noble doña Jimena Gómez, al tiempo que, por estar ausente della el Cid, la consolaba. Pero, siendo vuesa merced tan cortesano, me espanto que escribiese esa carta ahora tan a lo del tiempo antiguo, porque ya no se usan esos vocablos en Castilla, si no es cuando se hacen comedias de los reyes y condes de aquellos siglos dorados.

-Escríbola desta suerte -dijo don Quijote- porque, ya que imito a los antiguos en la fortaleza, como son al conde Fernán González, Peranzules, Bernardo y al Cid, los quiero también imitar en las palabras.

-¿Pues para qué -replicó don Álvaro- puso vuesa merced en la firma «El Caballero de la Triste Figura»?

Sancho Panza, que había estado escuchando la carta, dijo:

-Yo se lo aconsejé, y a fe, en toda ella no va cosa más verdadera que ésa!

-Púseme el de la Triste Figura -añadió don Quijote- no por lo que este necio dice, sino porque la ausencia de mi señora Dulcinea me causaba tanta tristeza, que no me podía alegrar; de la suerte que Amadís se llamó Beltenebros, otro el Caballero de los Fuegos, otro de las Imágenes o de la Ardiente Espada.

Don Álvaro le replicó:

-Y el llamarse vuesa merced don Quijote, ¿a imitación de quién fue?

-A imitación de ninguno -dijo don Quijote-, sino, como me llamo Quijada, saqué deste nombre el de don Quijote el día que me dieron el orden de caballería. Pero oiga vuesa merced, le suplico, la respuesta que aquella enemiga de mi libertad me escribe.

Sobrescrito: "A Martín Quijada, el mentecapto:

El portador desta había de ser un hermano mío para darle la respuesta en las costillas con un gentil garrote. ¿No sabe lo que le digo, señor Quijada? Que por el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de emperatriz o reina, poniéndome nombres burlescos, como es «A la infanta manchega Dulcinea del Toboso», y otros semejantes que me suele escribir, que tengo de hacer que se le acuerde. Mi nombre proprio es Aldonza Lorenzo o Nogales, por mar y por tierra."

-Vea vuesa merced si habrá en el mundo caballero andante, por más discreto y sufrido que sea, que pueda sin morir tolerar semejantes razones.

-¡Oh, hideputa! -dijo Sancho Panza-. ¿Comigo las había de haber la relamida! A fe que la había de her peer por ingeño; que, aunque es moza forzuda, yo fío que, si la agarro, no se me escape de entre las uñas. Mi señor don Quijote es muy demasiado de blando. Si él la enviase media docena de coces dentro una carta, para que se la depositasen en la barriga, a fe que no fuera tan repostona. Sepa vuesa merced que estas mozas yo las conozco mejor que un huevo vale una blanca: si las hablan bien, dan al hombre el pescozón y pasagonzalo que le hacen saltar las lágrimas de los ojos. Sobre mí, que conmigo no se burlan, porque luego les arrojo una coz más redonda que de mula de fraile hierónimo; y más si me pongo los zapatos nuevos. ¡Mal año para la mula del preste Juan que mejor las endilgue!

Levantóse riendo don Álvaro y dijo:

-Por Dios, que si el rey de España supiese que este entretenimiento había en este lugar, que, aunque le costase un millón, procurara tenerle consigo en su casa. Señor don Quijote, ello hemos de madrugar, por lo menos una hora antes del día, por huir del sol; y así, con licencia de vuesa merced, querría tratar de acostarme.

Don Quijote dijo que su merced la tenía; y así, comenzó a desnudarse para hacerle la cama, que en el mesmo aposento estaba, y mandó a Sancho Panza que le descalzase las botas. Llegaron en esto a quererlo hacer dos pajes del mesmo don Álvaro, que habían estado oyendo la conversación desde la puerta, pero no consintió Sancho Panza que otro que él hiciese tal oficio, de que gustó en estremo don Álvaro; el cual le dijo, mientras don Quijote salió afuera por unas peras en conserva para darle:

-Tirá, hermano Sancho, bien y tened paciencia.

-Sí tendrán -respondió Sancho-, que no son bestias; y, aunque no soy don, mi padrelo era.

-¿Cómo es eso? -dijo don Álvaro-. ¡Vuestro padre tenía don!

-Sí, señor -dijo Sancho-, pero teníale a la postre.

-¿Cómo a la postre? -replicó don Álvaro- ¿Llamábase Francisco Don, Juan Don o Diego Don?

-No, señor -dijo Sancho-, sino Pedro el Remendón.

Rieron mucho del dicho los pajes y don Álvaro, que prosiguió preguntándole si era aún su padre vivo; y él respondió:

-No, señor, que más ha de diez años que murió de una de las más malas enfermedades que se puede imaginar.

-¿De qué enfermedad murió? -replicó don Álvaro.

-De sabañones -respondió Sancho.

-¡Santo Dios! -dijo don Álvaro con grandísima risa-. ¿De sabañones? El primer hombre que en los días de mi vida oí decir que muriese desa enfermedad fue vuestro padre, y así no lo creo.

-¿No puede cada uno -dijo Sancho- morir la muerte que le da gusto? Pues si mi padre quiso morir de sabañones, ¿qué se le da a vuesa merced?

En medio de la risa de don Álvaro y sus pajes, entró don Quijote y su ama, la vieja, con un plato de peras en conserva y una garrafa de buen vino blanco y dijo:

-Vuesa merced, mi señor don Álvaro, podrá comer un par destas peras y, tras ellas, tomar una vez de vino, que le dará mil vidas.

-Yo beso a vuesa merced las manos -respondió don Álvaro-, señor don Quijote, por la merced que me hace, pero no podré servirle, porque no acostumbro comer cosa alguna sobre cena, que me daña y tengo larga esperiencia en mí de la verdad del aforismo de Avicena o Galeno que dice que lo crudo sobre lo indigesto engendra enfermedad.

-Pues, por vida de la que me parió -dijo Sancho-, que, aunque ese Azucena o Galena, que su mercé dice, me dijese más latines que tiene todo el a, b, c, así dejase yo de comer, habiéndolo a mano, como de escupir. ¡Mirá qué cuerpo de san Belorge! El no comer para los castraleones, que se sustentan del aire.

-Pues, por vida de la que adoro -dijo don Álvaro tomando una pera con la punta del cuchillo-, que os habéis de comer ésta, con licencia del señor don Quijote.

-¡Ah, no! Por su vida, señor don Tarfe -respondió Sancho-, que estas cosas dulces, siendo pocas, me hacen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad me hacen grandísimo provecho.

Con todo, la comió, y tras esto se puso don Álvaro en la cama, y a los pajes les hicieron otra junto a ella, do se acostasen, como lo hicieron. En esto, dijo don Quijote a Sancho:

-Vamos, Sancho amigo, al aposento de arriba, que allí podremos dormir lo poco que de la noche queda; que no hay para qué irte ahora a tu casa, que ya tu mujer estará acostada, y también que tengo un poco que comunicar contigo esta noche sobre un negocio de importancia.

-Pardiez, señor -dijo Sancho-, que estoy yo esta noche para dar buenos consejos, porque estoy redondo como una chueca. Sólo será la falta que me dormiré luego, porque ya los bostezos menudean mucho.

Subiéronse arriba tras esto ambos a acostar; y, puestos en una misma cama, dijo don Quijote:

-Hijo Sancho, bien sabes o has leído que la ociosidad es madre y principio de todos los vicios, y que el hombre ocioso está dispuesto para pensar cualquier mal y, pensándolo, ponerlo por obra, y que el diablo de ordinario acomete y vence fácilmente a los ociosos, porque hace como el cazador, que no tira a las aves mientras que las ve andar volando, porque entonces sería la caza incierta y dificultosa, sino que aguarda a que se asienten en algún puesto, y, viéndolas ociosas, les tira y las mata. Digo esto, amigo Sancho, porque veo que ha algunos meses que estamos ociosos y no cumplimos: yo con el orden de caballería que recebí y tú con la lealtad de escudero fiel que me prometiste. Querría, pues (para que no se diga que yo he recebido en vano el talento que Dios me dio, y sea reprehendido como aquel del Evangelio, que ató el que su amo le fió en el pañizuelo y no quiso granjear con él), que volviésemos lo más presto que ser pudiese a nuestro militar ejercicio, porque en ello haremos dos cosas: la una, servicio muy grande a Dios, y la otra, provecho al mundo desterrando dél los descomunales jayanes y soberbios gigantes que hacen tuertos de sus fueros y agravios a caballeros menesterosos y a doncellas afligidas; y juntamente ganaremos honra y fama para nosotros y nuestros sucesores, conservando y aumentando la de nuestros antepasados; tras que adquiriremos mil reinos y provincias en un quita allá esas pajas, con que seremos ricos y enriqueceremos nuestra patria.

-Señor -dijo Sancho-, no tiene que meterme en el caletre esos guerreamientos, pues ya ve lo mucho que me costaron ese otro año con la pérdida de mi rucio, que buen siglo haya; tras que jamás me cumplió lo que mil veces me tenía prometido de que nos veríamos, dentro de un año, yo adelantado o rey por lo menos, mi mujer almiranta y mis hijos infantes; ninguna de las cuales cosas veo cumplidas por mí (¿oye vuesa merced o duérmese?), y mi mujer tan Mari Gutiérrez se es hoy como ahora un año; así que yo no quiero perro con cencerro. Y, fuera deso, si nuestro cura, el licenciado Pero Pérez, sabe que queremos tornar a nuestras caballerías, le tiene de meter a vuesa merced con una cadena por unos seis o siete meses en domus Getro, que dicen, como la otra vez; y así, digo que no quiero ir con vuesa merced; y déjeme dormir, por vida suya, que ya se me van pegando los ojos.

-Mira, Sancho -dijo don Quijote-, que yo no quiero que vayas como la otra vez; antes, quiero comprarte un asno en que vayas como un patriarca, mucho mejor que el otro que te hurtó Ginesillo; y, en fin, iremos ambos con mejor orden, y llevaremos dineros y provisiones y una maleta con nuestra ropa; que ya he echado de ver que es muy necesario, porque no nos suceda lo que en aquellos malditos castillos encantados nos sucedió.

-Aun desa manera -respondió Sancho-, y pagándome cada mes mi trabajo, yo iré de muy buena gana.

Oyendo su resolución, alegre don Quijote, prosiguió diciendo:

-Pues Dulcinea se me ha mostrado tan inhumana y cruel, y, lo que peor es, desagradecida a mis servicios, sorda a mis ruegos, incrédula a mis palabras y, finalmente, contraria a mis deseos, quiero probar, a imitación del Caballero del Febo, que dejó a Claridana, y otros muchos que buscaron nuevo amor, y ver si en otra hallo mejor fe y mayor correspondencia a mis fervorosos intentos, y ver juntamente... ¿Duermes, Sancho? ¡Ah, Sancho!

En esto, Sancho recordó diciendo:

-Digo, señor, que tiene razón, que esos jayanazos son grandísimos bellacos, y es muy bien que les hagamos tuertos.

-¡Por Dios -dijo don Quijote- que estás muy bien en el cuento! Estoyme yo quebrando la cabeza diciéndote lo que a ti y a mí más, después de Dios, nos importa, y tú duermes como un lirón. Lo que digo, Sancho, es..., ¿entiendes?

-¡Oh! Reniego de la puta que me parió -dijo Sancho-. Déjeme dormir con Barrabás, que yo creo bien y verdaderamente cuanto me dijere y piensa decir todos los días de su vida.

-Harto trabajo tiene un hombre -dijo don Quijote- que trata cosas de peso con salvajes como éste. Quiérole dejar dormir, que yo, mientras que no diere fin y cabo a estas honradas Justas, ganando en ellas el primero, segundo y tercero día las joyas de más importancia que hubiere, no quiero dormir, sino velar, trazando con la imaginación lo que después tengo de poner por efecto, como hace el sabio arquitecto, que, antes que comience la obra, tiene confusamente en su imaginativa todos los aposentos, patios, chapiteles y ventanas de la casa, para después sacallos perfetamente a luz.

En fin, al buen hidalgo se le pasó lo que de la noche quedaba haciendo grandísimas quimeras en su desvanecida fantasía: ya hablando con los caballeros; ya con los jueces de las justas, pidiéndoles el premio; ya, finalmente, saludando con grandísima mesura a una dama hermosísima y ricamente aderezada, a quien presentaba desdel caballo con la punta de la lanza una rica joya. Con estos y otros semejantes desvanecimientos, se quedó al cabo adormido.


 Capítulo III
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo el cura y don Quijote se despidieron de aquellos caballeros, y de lo que a él le sucedió con Sancho Panza después de ellos idos


Una hora antes que amaneciese, llegaron a la puerta de don Quijote el cura y los alcaldes a llamar, que venían a despertar al señor don Álvaro, a cuyas voces, don Quijote llamó a Sancho Panza para que les fuese a abrir, el cual despertó con harto dolor de su corazón. Entrados que fueron al aposento de don Álvaro, el cura se asentó junto a su cama y le comenzó a preguntar cómo le había ido con su huésped. A lo cual respondió contándole brevemente lo que con él y con Sancho Panza le había pasado aquella noche; y dijo que, si no fuera el plazo de las justas tan corto, se quedara allí cuatro o seis días a gustar de la buena conversación de su huésped; pero propuso de estarse allí más de espacio a la vuelta.

El cura le contó todo lo que don Quijote era y lo que con él le había acontecido el año pasado, de lo cual quedó muy maravillado; y, mudando plática, fingieron hablaban de otro, porque vieron entrar a don Quijote, con cuyos buenos días y apacible visión se levantó don Álvaro y mandó aprestar los caballos y demás recado para irse. Entretanto, los alcaldes y el cura volvieron a dar de almorzar a sus huéspedes, quedando concertados que todos volverían a casa de don Quijote para partirse desde allí juntos.

Idos ellos y vestido don Álvaro, dijo aparte a don Quijote:

-Señor mío, vuesa merced me la ha de hacer de que unas armas grabadas de Milán, que traigo aquí en un baúl grande, se me guarden con cuidado en su casa hasta la vuelta; que me parece que en Zaragoza no serán menester, pues no faltarán en ella amigos que me provean de otras que sean menos sutiles, pues éstas lo son tanto, que sólo pueden servir para la vista, y es notable el embarazo que me causa el llevarlas.

Hízolas sacar luego allí todas en diciendo esto, y eran peto, espaldar, gola, brazaletes, escarcelas y morrión. Y don Quijote, cuando las vio, se le alegró la pajarilla infinitamente y propuso luego en su entendimiento lo que había de hacer dellas; y así, le dijo:

-Por cierto, mi señor don Álvaro, que esto es lo menos en que yo pienso servir a vuesa merced, pues espero en Dios vendrá tiempo en que vuesa merced se holgará más de verme a su lado que no en el Argamesilla.

Y prosiguió preguntándole, mientras se volvían a poner en el baúl las armas, qué divisa pensaba sacar en las justas, qué libreas, qué letras o qué motes. A todo lo cual, por complacerle, le respondió don Álvaro, no entendiendo que le pasaba por la imaginación el ir a Zaragoza ni hacer lo que hizo, que adelante se dirá.

En esto, entró Sancho muy colorado, sudándole la cara y diciendo:

-Bien puede, mi señor don Tarfe, sentarse a la mesa, que ya está el almuerzo a punto.

A lo cual respondió don Álvaro:

-¿Tenéis buen apetito de almorzar, Sancho amigo?

-Ese -dijo él-, señor mío, gloria tibi, Domine, nunca me falta, y es de manera que (en salud sea mentado y vaya el diablo para ruin) no me acuerdo en todos los días de mi vida haberme levantado harto de la mesa, si no fue ahora un año, que, siendo mi tío Diego Alonso mayordomo del Rosario, me hizo a mí repartidor del pan y queso de la caridad que da la confadría, y entonces allí hube de aflojar dos agujeros el cinto.

-Dios os conserve -dijo don Álvaro- esa disposición, que sólo della y de vuestra buena condición os tengo envidia.

Almorzó don Álvaro y luego llegaron los tres caballeros con su gente y con el cura, porque ya amanecía; y, viéndolos don Álvaro, se puso al momento las espuelas y subió a caballo, tras lo cual sacó don Quijote del establo a Rocinante ensillado y enfrenado para acompañarles, y dijo, teniéndole por el freno, a don Álvaro:

-Ve aquí vuesa merced, señor don Álvaro, uno de los mejores caballos que a duras penas se podrían hallar en todo el mundo: no hay Bucéfalo, Alfana, Seyano, Babieca ni Pegaso que se le iguale.

-Por cierto -dijo don Álvaro, mirándole y sonriéndose-, que ello puede ser como vuesa merced dice, pero no lo muestra en el talle, porque es demasiado de alto y sobrado de largo, fuera de estar muy delgado. Pero debe ser la causa del estar tan flaco el ser de su naturaleza algo astrólogo o filósofo, o la larga esperiencia que tendrá de las cosas del mundo; que no deben haber pasado pocas por él, según los muchos años que descubre tener encubiertos bajo a silla; pero, como quiera que sea, él es digno de alabanza por lo que muestra ser discreto y pacífico.

En esto, salieron todos a caballo, y el cura y don Quijote les acompañaron casi un cuarto de legua del lugar. Iba el cura tratando con don Álvaro de las cosas de don Quijote, el cual se maravillaba en estremo de su estraña locura.

Despidiéronse, forzados de los ruegos de los caballeros, y, vueltos al Argamesilla, el cura se fue a su casa; y, llegando a la suya don Quijote, lo primero que hizo en apeándose fue enviar luego a llamar con su ama a Sancho Panza, con orden de que le dijese trajese consigo, cuando viniese, aquello que le había dicho le traería, que era Florisbián de Candaria, libro no menos necio que impertinente. Vino luego volando Sancho, y, cerrando el aposento por adentro y quedando en él solos él y don Quijote, sacó el libro debajo de las haldas del sayo y diósele, el cual le tomó en las manos con mucha alegría, diciendo:

-Ves aquí, Sancho, uno de los mejores y más verdaderos libros del mundo, donde hay caballeros de tan grande fama y valor, que ¡mal año para el Cid o Bernardo del Carpio que les lleguen al zapato!

Al punto, le puso sobre un escritorio y volvió de nuevo a repetir a Sancho muy por estenso todo lo que la noche pasada le había dicho y no había podido entender por estar tan dormido, concluyendo la plática con decir quería partir para Zaragoza a las justas, y que pensaba olvidar a la ingrata infanta Dulcinea del Toboso y buscar otra dama que mejor correspondiese a sus servicios; y que de allí pensaba después ir a la corte del rey de España para darse a conocer por sus fazañas.

-Y trabaré amistad -añadía el buen don Quijote- con los grandes, duques, marqueses y condes que al servicio de su real persona asisten, do veré si alguna de aquellas fermosas damas que están con la reina, enamorada de mi tallazo, en competencia de otras, muestra algunas señales de verdadero amor, ya con aparencias exteriores de la persona y vestido, ya con papeles o recados enviados al cuarto que, sin duda, el rey me dará en su real palacio, para que desta manera, siendo envidiado de muchos caballeros de los del tusón, procuren todos por varios caminos descomponerme con el rey; a los cuales, en sabiéndolo, desafío y reto, matando la mayor parte dellos; con que, vista mi gran valentía por el rey nuestro señor, es fuerza que Su Majestad Católica me alabe por uno de los mejores caballeros de Europa.

Todo esto decía él con tanto brío, levantando las cejas, con voz sonora y puesta la mano sobre la guarnición de la espada, que no se había aún quitado desde que había salido a acompañar a don Álvaro, que parecía que ya pasaba por él todo lo que iba diciendo.

-Quiero, pues, Sancho mío -proseguía luego-, que veas ahora unas armas que el sabio Alquife, mi grande amigo, esta noche me ha traído, estando yo trazando la dicha ida de Zaragoza, porque quiere que con ellas entre en las aplazadas justas y lleve el mejor precio que dieren los jueces, con inaudita fama y gloria de mi nombre y de los andantes caballeros antepasados, a quien imito y aun excedo.

Y, abriendo una arca grande, adonde las había metido, las sacó. Cuando Sancho vio las armas nuevas y tan buenas, llenas de trofeos y grabaduras milanesas, acicaladas y limpias, pensó sin duda que eran de plata, y dijo, pasmado:

-Por vida del fundador de la torre de Babilonia que si ellas fueran mías, que las había de hacer todas de reales de a ocho, destos que corren ahora, más redondos que hostias, porque solamente la plata, fuera de las imágines que tienen, vale, al menorete, a quererlas echar en la calle, más de noventa mil millones. ¡Oh, hideputa, traidoras, y cómo relucen!

Y, tomando el morrión en las manos, dijo:

-Pues el sombrero de plata, ¡es bobo! ¡Por las barbas de Pilatos, que si tuviera cuatro dedos más de falda, se le podría poner el mesmo rey; y aun juro que el día de la procesión del Rosario se le habemos de poner en la cabeza al señor cura, pues saldrá con él y con la capa de brocado por esas calles hecho un reloj. Mas dígame, señor: estas armas, ¿quién las hizo? ¿Hízolas ese sabio Esquife o naciéronse así del vientre de su madre?

-¡Oh gran necio! -dijo don Quijote-. Éstas se hicieron y forjaron junto al río Leteo, media legua de la barca de Acaronte, por las manos de Vulcano, herrero del infierno.

-¡Oh pestilencia en el herrero! -dijo Sancho-. ¡El diablo podía ir a su fragua a sacar la punta de la reja del arado! Yo apostaré que, como no me conoce, me echase una grande escudilla de aquella pez y trementina que tiene ardiendo sobre estas virginales barbas, tal que fuera harto peor de quitar y aun de sanar que la basura que me echó en ellas Aldonza Lorenzo los otros días.

Tomó en esto las armas don Quijote, diciendo:

-Quiero, amigo Sancho, que veas cómo me están; ayúdamelas a poner.

Y, diciendo y haciendo, se puso la gola, peto y espaldar; y dijo Sancho:

-Pardiez, que aquestas planchas parecen un capote, y si no fueran tan pesadas, eran lindísimas para segar, y más con estos guantes.

Lo cual dijo tomando las manoplas en la mano. Armóse don Quijote de todas piezas, y luego habló con voz entonada a Sancho desta manera:

-¿Qué te parece, Sancho? ¿Estánme bien? ¿No te admiras de mi gallardía y brava postura?

Esto decía paseándose por el aposento, haciendo piernas y continentes, pisando de carcaño y levantando más la voz y haciéndola más gruesa, grave y reposada; tras lo cual le vino luego, súbitamente, un accidente tal en la fantasía, que, metiendo con mucha presteza mano a la espada, se fue acercando con notable cólera a Sancho, diciendo:

-¡Espera, dragón maldito, sierpe de Libia, basilisco infernal! ¡Verás, por esperiencia, el valor de don Quijote, segundo san Jorge en fortaleza! ¡Verás, digo, si de un golpe solo puedo partir, no solamente a ti, sino a los diez más fieros gigantes que la nación gigantea jamás produjo!

Sancho, que le vio venir para sí tan desaforado, comenzó a correr por el aposento, y, metiéndose detrás de la cama, andaba al derredor della, huyendo de la furia de su amo, el cual decía, dando muchas cuchilladas a tuertas y derechas por el aposento, cortando muchas veces las cortinas, mantas y almohadas de la cama:

-¡Espera, jayán soberbio, que ya ha llegado la hora en que quiere la Majestad divina que pagues las malas obras que has hecho en el mundo!

Andaba, en esto, tras el pobre de Sancho al derredor de la cama, diciéndole mil palabras injuriosas y, juntamente con cada una, arrojándole una estocada o cuchillada larga, que si la cama no fuera tan ancha como era, lo pasara el pobre de Sancho harto mal; el cual le dijo:

-Señor don Quijote, por todas cuantas llagas tuvieron Job, el señor san Lázaro, el señor san Francisco y, lo que más es, Nuestro Señor Jesucristo, y por aquellas benditas saetas que sus padres tiraron al señor san Sebastián, que tenga compasión, piedad, lástima y misericordia de mi ánima pecadora.

Embravecíase más con esto don Quijote, diciendo:

-¡Oh soberbio! ¿Agora piensas con tus blandas palabras y ruegos aplacar la justa ira que contigo tengo? ¡Vuelve, vuelve las princesas y caballeros que, contra ley y razón, en este tu castillo tienes! ¡Vuelve los grandes tesoros que tienes usurpados, las doncellas que tienes encantadas y la maga encantadora, causadora de todos estos males!

-Señor, ¡pecador de mí! -decía Sancho Panza-, que yo no soy princesa ni caballero, ni esa señora maga que dice, sino el negro de Sancho Panza, su vecino y antiguo escudero, marido de la buena Mari Gutiérrez, que ya vuesa merced tiene media viuda. ¡Desventurada de la madre que me parió y de quien me metió aquí!

-Sácame aquí luego -añadía con más cólera don Quijote-, sana y salva y sin lisión ni detrimento alguno, la emperatriz que digo; que después quedará tu vil y superba persona a mi merced, dándoteme primero por vencido.

-Sí haré con todos los diablos -dijo Sancho-; ábrame la puerta y meta la espada en la vaina primero, que yo le traeré luego no solamente todas las princesas que hay en el mundo, sino al mesmo Anás y Caifás, cada y cuando su merced los quiera.

Envainó don Quijote con mucha pausa y gravedad, quedando molido y sudado de dar cuchilladas en la pobre cama, cuyas mantas y almohadas dejó hechas una criba; y lo mesmo hiciera del pobre Sancho si pudiera alcanzarle. El cual salió de detrás de la cama descolorido, ronco y lleno de lágrimas de miedo, y, hincándose de rodillas delante de don Quijote, le dijo:

-Yo me doy por vencido, señor caballero andante; su merced mande perdonarme, que yo seré bueno todo lo restante de mi vida.

Don Quijote le respondió con un verso latino que él sabía y repetía muchas veces, diciendo:

-Parcere postratis docuit nobis ira leonis.

Y tras él, le dijo:

-Soberbio jayán, aunque tu arrogancia no merecía clemencia alguna, a imitación de aquellos caballeros y príncipes antiguos, a quien imito y pienso imitar, te perdono, con presupuesto que del todo dejes las malas obras pasadas y seas de aquí adelante amparo de pobres y menesterosos, deshaciendo los tuertos y agravios que en el mundo con tanta sinrazón se hacen.

-Yo lo juro y prometo -dijo Sancho- de her todo eso que me dice, pero, digáme, en lo de deshacer esos tuertos, ¿ha de entrar también el licenciado Pedro García, beneficiado del Toboso, que es tuerto de un ojo? Porque no me quisiera meter en cosas de Nuestra Santa Madre la Iglesia.

Levantó entonces don Quijote a Sancho, diciendo:

-¿Qué te parece, amigo Sancho? Quien hace esto en un aposento, cerrado con un hombre solo como tú, mejor lo hiciera en una campaña con un ejército de hombres, por bravos que fuesen.

-Lo que me parece -dijo Sancho-, que si estas esperiencias quiere her muchas veces conmigo, que me echaré con la carga.

Don Quijote le respondió:

-¿No ves, Sancho, que todo era fingido, no más de por darte a entender mi grande esfuerzo en el combatir, destreza en el derribar y maña en el acometer?

-¡Mal haya el puto de mi linaje! -replicó Sancho-. Pues ¿por qué me arrojaba aquellas descomunales cuchilladas? Que, si no fuera porque cuando tiró una me encomendé al glorioso san Antón, me llevara medias narices, pues el aire de la espada me pasó zorriando por las orejas. Esos ensayamientos quisiera yo que vuesa merced hubiera hecho cuando aquellos pastores de marras, de aquellos dos ejércitos de ovejas, le tiraron con las hondas aquellas lágrimas de Moisén con que le derribaron la mitad de las muelas, y no conmigo. Pero, por ser la primera vez, pase, y mire lo que hace de aquí adelante, y perdone, que me voy a comer.

-Eso no, Sancho -dijo don Quijote-. Desármame y quédate a comer conmigo, para que después de comer tratemos de nuestra partida.

Aceptó fácilmente el convite Sancho, y después de comer le mandó que de casa de un zapatero le trujese dos o tres badanas grandes para hacer una fina adarga; la cual él hizo con ciertos papelones y engrudo, tan grande como una rueda de hilar cáñamo. Vendió también dos tierras y una harto buena viña, y lo hizo todo dineros para la jornada que pensaba hacer. Hizo también un buen lanzón con un hierro ancho como la mano, y compró un jumento a Sancho Panza, en el cual llevaba una maleta pequeña con algunas camisas suyas y de Sancho, y el dinero, que sería más de trecientos ducados; de suerte que Sancho con su jumento y don Quijote con Rocinante, según dice la nueva y fiel historia, hicieron su tercera y más famosa salida del Argamesilla por el fin de agosto del año que Dios sabe, sin que el cura ni el barbero ni otra persona alguna los echase en menos hasta el día siguiente de su salida.


 Capítulo IV
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, salieron tercera vez del Argamesilla, de noche, y de lo que en el camino desta tercera y famosa salida le sucedió


Tres horas antes que el rojo Apolo esparciese sus rayos sobre la tierra, salieron de su lugar el buen hidalgo don Quijote y Sancho Panza: el uno, sobre su caballo Rocinante, armado de todas piezas y el murrión puesto en la cabeza con gentil talante y postura; y Sancho, con su jumento enalbardado, con unas muy buenas alforjas encima y una maleta pequeña, en que llevaban la ropa blanca. Salidos del lugar, dijo don Quijote a Sancho:

-Ya ves, Sancho mío, cómo en nuestra salida todo se nos muestra favorable, pues, como ves, la luna resplandece y está clara; no hemos topado en lo que hasta aquí habemos andado cosa de que podamos tomar mal agüero, tras que nadie nos ha sentido al salir. En fin, hasta ahora todo nos viene a pedir de boca.

-Es verdad -dijo Sancho-, pero temo que, en echándonos menos en el lugar, han de salir en nuestra busca el cura y el barbero con otra gente, y, topándonos, a pesar nuestro nos han de volver a nuestras casas, agarrados por los cabezones o metidos en una jaula, como el año pasado; y si tal fuese, pardiez que sería peor la caída que la recaída.

-¡Oh barbero cobarde! -dijo don Quijote-. Juro, por el orden de caballería que recebí, que sólo por eso que has dicho, y por que entiendas que no puede caber temor alguno en mi corazón, estoy por volver al lugar y desafiar a singular batalla, no solamente al cura, sino a cuantos curas, vicarios, sacristanes, canónigos, arcedianos, deanes, chantres, racioneros y beneficiados tiene toda la Iglesia Romana, Griega y Latina; y a todos cuantos barberos, médicos, cirujanos y albéiteres militan debajo de la bandera de Esculapio, Galeno, Hipócrates y Avicena. ¿Es posible, Sancho, que en tan poca opinión estoy acerca de ti, y que nunca has echado de ver el valor de mi persona, las invencibles fuerzas de mi brazo, la inaudita ligereza de mis pies y el vigor intríseco de mi ánimo? Osaríate apostar (y esto es sin duda) que si me abriesen por medio y sacasen el corazón, que le hallarían como aquel de Alejandro Magno, de quien se dice que le tenía lleno de vello, señal evidentísima de su gran virtud y fortaleza. Por tanto, Sancho, de aquí adelante no pienses asombrarme, aunque me pongas delante más tigres que produce la Hircania y más leones que sustenta la África, más sierpes que habitan la Libia y más ejércitos que tuvo César, Anibal o Jerjes; y quedemos en esto por ahora, que la verdad de todo verás en aquellas famosas justas de Zaragoza donde ahora vamos. Allí verás, por vista de ojos, lo que te digo. Pero es menester, Sancho, para esto, en esta adarga que llevo (mejor que aquella de Fez que pedía el bravo moro granadino cuando a voces mandaba que le ensillasen el potro rucio del alcalde de los Vélez) poner alguna letra o divisa que denote la pasión que lleva en el corazón el caballero que la trae en su brazo; y así, quiero que, en el primer lugar que llegáremos, un pintor me pinte en ella dos hermosísimas doncellas que estén enamoradas de mi brío y el dios Cupido encima, que me esté asestando una flecha, la cual yo reciba en el adarga, riendo dél y teniéndolas en poco a ellas, con una letra que diga al derredor de la adarga

EL CABALLERO DESAMORADO,

poniendo encima esta curiosa, aunque ajena, de suerte que esté entre mí y entre Cupido y las damas:

SUS FLECHAS SACA CUPIDO

DE LAS VENAS DEL PIRÚ,

A LOS HOMBRES DANDO EL CU

Y A LAS DAMAS DANDO EL PIDO.

-¿Y qué habemos de her -dijo Sancho- nosotros con esa Cu? ¿Es alguna joya de las que habemos de traer de las justas?

-No -replicó don Quijote- que aquel Cu es un plumaje de dos relevadas plumas, que suelen ponerse algunos sobre la cabeza, a veces de oro, a veces de plata y a veces de la madera que hace diáfano encerado a las linternas, llegando unos con dichas plumas hasta el signo Aries, otros al de Capricornio y otros se fortifican en el castillo de San Cervantes.

-Pardiez -dijo Sancho-, que, ya que yo me hubiese de poner esas plumas, me las había de poner de oro o de plata.

-No te convienen a ti -dijo don Quijote- esos dijes, que tienes la mujer buena cristiana y fea.

-No importa eso -dijo Sancho-; que de noche todos los gatos son pardos y, a falta de colcha, no es mala manta.

-Dejemos eso -replicó don Quijote-, porque delante de nosotros tenemos ya uno de los mejores castillos que a duras penas se podrán hallar en todos los países altos y bajos y estados de Milán y Lombardía.

Esto dijo por una venta que un cuarto de legua lejos se divisaba. Respondió Sancho:

-En buena fe que me huelgo, porque aquello que vuesa merced llama castillo es una venta, para la cual, pues ya el sol se va poniendo, será bueno que enderecemos el camino para pasar en ella la noche muy a nuestro placer; que mañana prosiguiremos nuestro viaje.

Porfiaba don Quijote en que era castillo, y Sancho en que era venta. Acertaron en esto a pasar dos caminantes a pie, los cuales, maravillados de ver la figura de don Quijote, armado de todas piezas y con morrión, haciendo el calor que hacía, que no era poco, se detuvieron mirándole; a los cuales se llegó don Quijote diciendo:

-Valerosos caballeros, a quien algún soberbio jayán, contra todo orden de caballería, haciendo batalla con vosotros, ha quitado los caballos y alguna fermosa doncella que en vuestra compañía traíades, hija de algún príncipe o señor destos reinos, la cual había de ser casada con un hijo de un conde, que, aunque mozo, es valeroso caballero por su persona, fablad y decidme punto por punto vuestra cuita; que aquí está en vuestra presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oístes nombrar (que sí habréis, pues tan conocido es por sus fazañas), el cual os juro por las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso, causa total de mi desamor, de vos facer tan bien vengados y tan a vuestro sabor, que digáis que en buen día la fortuna os ha ofrecido en este camino quien vos desfaga el tuerto que se os ha fecho.

Los dos caminantes no supieron qué les responder, sino, mirándose el uno al otro, le dijeron:

-Señor caballero, nosotros con ningún soberbio jayán hemos peleado, ni tenemos caballos ni doncellas que se nos hayan quitado; pero si su merced habla de una batalla que habemos tenido allí debajo de aquellos árboles con cierto número de gente que nos daba harto fastidio en el cuello del jubón y pliegues de los calzones, ya hemos habido cumplida vitoria de semejante gente; y si no es que alguno se nos haya escapado por entre los bosques de los remiendos, todos los más han sido muertos por el conde de Uñate.

Antes que respondiese don Quijote, salió Sancho diciendo:

-Dígannos, señores caminantes: aquella casa que allí se ve, ¿es venta o castillo?

Replicó don Quijote:

-Majadero insensato, ¿no ves desde aquí los altos chapiteles, la famosa puente levadiza y los dos muy fieros grifos que defienden su entrada a aquellos que, contra la voluntad del castellano, pretenden entrar dentro?

Los caminantes dijeron:

-Si vuesa merced es servido, señor caballero armado, aquélla es la venta que llaman del Ahorcado desde que junto a ella ahorcaron, ahora un año, al ventero, porque mató a un huésped y le robó lo que tenía.

-Ahora, pues, andad en hora mala -dijo don Quijote-; que ello será lo que yo digo, a pesar de todo el mundo.

Los caminantes se fueron muy maravillados de la locura del caballero; y don Quijote, ya que llegaban a tiro de arcabuz de la venta, dijo a Sancho:

-Conviene mucho, Sancho, para que en todo cumplamos con el orden de caballería y vamos por el camino que la verdadera milicia enseña, que tú vayas delante y te llegues a aquel castillo como si fueses verdadera espía, y adviertas en él con mucho cuidado la anchura, altura y profundidad del foso, la disposición de las puertas y puentes levadizas, los torreones, prataformas, estradas encubiertas, diques, contradiques, trincheas, rastrillos, garitas, plazas y cuerpos de guardia que hay en el artillería que tienen los de dentro; qué bastimentos y para cuántos años; qué municiones; si tienen agua en las cisternas; y, finalmente, cuántos y qué tales son los que tan gran fortaleza defienden.

-¡Cuerpo de quien me parió! -dijo Sancho-. Esto es lo que me agota la paciencia en estas aventuras o desventuras que andamos buscando por nuestros pecados. Tenemos la venta aquí al ojo, donde podemos entrar sin embarazo ninguno y cenar con nuestros dineros muy a nuestro placer, sin tener batalla ni pendencia con nadie, y quiere vuesa merced que yo vaya a reconocer puentes y fosos y estrañas cubiertas, o como diablos llama esa letanía que ha nombrado, a donde salga el ventero, viéndome andar alrededor de la casa midiendo las paredes, con algún garrote y me muela las costillas, pensando que le voy a hurtar por los trascorrales las gallinas o otra cosa. Vamos, por vida suya, que yo salgo por fiador a todo aquello que nos puede suceder, si no es que nosotros mismos nos tomemos las pendencias con las manos.

-Bien parece, Sancho -dijo don Quijote-, que no sabes lo que a la buena espía toca de hacer. Pues, porque lo sepas, entiende que lo primero ha de ser fiel; que si es espía doble, dando aviso a una parte y a otra de lo que pasa, es muy perjudicial al ejército y digno de cualquier castigo. Lo segundo, ha de ser diligente, avisando con presteza de todo lo que ha oído y visto en los contrarios, pues por venir tarde el aviso, se suele a veces perder todo un campo. Lo tercero, ha de ser secreta, de tal manera que a persona nacida, aunque sea grande amigo o camarada, no ha de decir el secreto que trae en su pecho, si no es al proprio general en persona. Por tanto, Sancho, ve al momento y haz lo que te digo sin réplica alguna; que bien sabes y has leído que una de las cosas por donde los españoles son la nación más temida y estimada en el mundo, fuera de su valor y fortaleza, es por la prompta obediencia que tienen a sus superiores en la milicia: ésta los hace victoriosos casi en todas as ocasiones; ésta desmaya al enemigo; ésta da ánimo a los cobardes y temerosos; y, finalmente, por ésta los reyes de España han alcanzado el venir a ser señores de todo el orbe; porque, siendo obedientes los inferiores a los superiores, con buen orden y concierto, se hacen firmes y estables y dificultosamente son rompidos y desbaratados, como vemos lo son con facilidad muchas naciones por faltarles esta obediencia, que es la llave de todo suceso próspero en la guerra y en la paz.

-Ahora bien -dijo Sancho-, no quiero más replicar, pues nunca acabaríamos. Vuesa merced se venga tras mí poco a poco, que yo voy con mi jumento a her lo que me manda; y si no hay nada de lo que vuesa merced me dice, podremos quedar allí, porque a fe que me zorrían ya las tripas de pura hambre.

-Dios te dé ventura en lides -dijo don Quijote-, para que, en esta empresa que ahora vas, salgas con mucha honra y alcances por los maeses de campo o generales de algún ejército alguna ventaja honrosa para todos los días de tu vida, y mi bendición y la de Dios te alcance; y mira que no te olvides de lo que te he dicho debe hacer la buena espía.

Comenzó Sancho a arrear su asno de tal manera, que llegó brevemente a la venta; y, como vio que no había fosos, puentes ni chapiteles, como su amo decía, rióse mucho entre sí, diciendo:

-Sin duda que todos los torreones y fosos que mi amo decía que había en esta venta los debe él tener metidos en la cabeza, porque yo no veo aquí sino sólo una casa con un corralazo, y es sin duda venta, como yo dije.

Acercóse a la puerta della y preguntó al ventero si había posada. Díjole que sí; con que bajó luego de su asno y dio al ventero la maleta para que le diese cuenta della cuando se la pidiese, tras lo cual le preguntó si había qué cenar. Y, respondiéndole el ventero que había una muy buena olla de vaca, carnero y tocino, con muy lindas berzas y un conejo asado, dio dos saltos de contento en oír nombrar aquella devota olla el buen Sancho. Pidió al punto cebada y paja para su jumento, y llevóle con esta provisión a la caballeriza; y, mientras estaba ocupado en ella en dársela, llegó don Quijote cerca de la venta sobre su rocín, con la figura ya dicha. El ventero y otros cuatro o cinco que estaban con él a la puerta se maravillaron infinito de ver semejante estantigua y esperaron a ver lo que haría o diría. Llegó él, sin hablar palabra, a dos picas de la puerta, y mirando de medio lado y con grave continente a la gente que en ella estaba, pasó sin hablar palabra y dio una vuelta alrededor de toda la venta, mirándola por arriba y por abajo, y a veces midiendo con el lanzón la tierra desde la pared por defuera; y, habiendo dado la vuelta, se puso otra vez delante la puerta y, con una voz arrogante, puesto de pies sobre los estribos, comenzó a decir:

-Castellano desta fortaleza, y vosotros, caballeros que, para defenderla con todos los soldados que dentro están, atalayáis, puestos en perpetua centinela días y noches, invierno y verano, con intolerables fríos y fastidiosos calores, los enemigos que os vienen a dar asaltos y hacer salir en campaña a probar ventura, dadme luego aquí, sin réplica alguna, un escudero mío que, como falsos y alevosos, contra todo orden de caballería habéis prendido, sin hacer batalla primero con él; que yo sé por esperiencia que él es tal por su persona, que, a hacerlo, no tenía para empezar en diez de vosotros. Y, pues estoy certificado de que le prendistes como alevosos con la fuerza del encantamiento de la vieja maga que dentro tenéis o por traición, demasiado de comedimiento os hago en pedíroslo con el término que os le pido. Volvédmele, digo otra vez, al punto, sí queréis quedar con las vidas y escusar de que no os pase a todos con los filos de mi espada y deshaga este castillo sin dejar en él piedra sobre piedra. ¡Ea!, entregádmelo luego -decía, levantando la voz con más cólera- aquí sano, salvo y sin lesión alguna, juntamente con todos los caballeros, doncellas y escuderos que en vuestras escuras mazmorras con crueldad inhumana tenéis presos. Y si no, salid todos juntos, no desarmados, como ahora os veo, sino con vuestros preciados caballos, puestas vuestras corazas fuertes y vuestras blandeadoras lanzas de recio fresno, que a todos os espero aquí.

Y, con esto, tiraba a cada paso a Rocinante de las riendas hacia atrás, porque se fatigaba mucho por entrar en la venta, que también tenía picado el molino, como Sancho Panza. El ventero y los demás, maravillados de las razones de don Quijote, y viendo que, la lanza baja, les desafiaba a batalla, llamándoles gallinas y cobardes, haciendo piernas en su caballo, llegáronse a él y díjole el ventero:

-Señor caballero, aquí no hay castillo ni fortaleza, y si alguna hay, es la del vino, que es tan bravo y fuerte, que basta no solamente para derribar, sino para hacer decir mucho más de lo que vuesa merced nos ha dicho; y así, decimos y respondemos todos en mí y yo por todos, que aquí no ha venido escudero alguno de vuesa merced. Si quiere posada, entre, que le daremos buena cena y mejor cama, y aun, si fuere menester, no faltará una moza gallega que le quite los zapatos; que, aunque tiene las tetas grandes, es ya cerrada de años; y, como vuesa merced no cierre la bolsa, no haya miedo que ella cierre los brazos ni deje de recebirle en ellos.

-Por el orden de caballería que profeso -replicó don Quijote-, que si, como digo, no me dais el escudero y aquesa princesa gallega que decís, que habéis de morir la más abatida muerte que venteros andantes hayan muerto en el mundo.

Al ruido salió Sancho, diciendo:

-Señor don Quijote, bien puede entrar, que al punto que yo llegué se dieron todos por vencidos. Baje, baje, que todos son amigos y habemos echado pelillos a la mar, y nos están aguardando con una muy gentil olla de vaca, tocino, carnero, nabos y berzas, que está diciendo: «¡Cómeme, cómeme!».

Como don Quijote vio a Sancho tan alegre, le dijo:

-Dime, por Dios, Sancho amigo, si esta gente te ha hecho algún tuerto o desaguisado, que aquí estoy, como ves, a punto de pelear.

-Señor -dijo Sancho-, ninguno desta casa me ha hecho tuerto, que, como vuesa merced ve, los dos ojos me tengo sanos y buenos que saqué del vientre de mi madre; ni tampoco me han hecho desaguisado, antes tienen guisada una olla y un conejo tal, que el mismo Juan de Espera en Dios la puede comer.

-Pues toma, Sancho -dijo don Quijote-, esta adarga, y tenme del estribo mientras me apeo; que me parece ésta gente de buena condición, aunque pagana.

-¡Y cómo si es pagana! -respondió Sancho-, pues en pagando tres reales medio, seremos señores disolutos de aquella grasísima olla.

Bajó en esto del caballo, y Sancho le llevó a la caballeriza con su jumento. El ventero dijo a don Quijote que se desarmase, que en parte segura estaba, donde, pagando la cena y cama, no habría pendencia alguna; pero él no lo quiso hacer, diciendo que entre gente pagana no era menester fiarse de todos. Llegó en esto Sancho, y pudo acabar con él, a puros ruegos, se quitase el morrión; tras lo cual le puso delante una mesa pequeña con sus manteles, y dijo al ventero que trujese luego la olla y el conejo asado, lo cual fue traído en un punto; de todo lo cual cenó harto poco don Quijote, pues lo más de la cena se le fue en hacer discursos y visajes. Pero Sancho sacó de vergüenza a su amo a dos carrillos se comió todo lo que quedaba de la olla y conejo, con la ayuda de un gentil azumbre de lo de Yepes, de suerte que se puso hecho una trompa.

Alzada la mesa, llevó el ventero a don Quijote y a Sancho a un razonable aposento para acostarse; y después que Sancho le hubo desarmado, se fue a echar el segundo pienso a Rocinante y a su jumento y a llevarles a la agua. Mientras, pues, que Sancho andaba en estos bestiales ejercicios, llegó una moza gallega, que por ser muy cortés era fácil en el prometer y mucho más en el cumplir, y dijo a don Quijote:

-Buenas noches tenga vuesa merced, señor caballero, ¿manda algo en su servicio?, que, aunque negras, no tiznamos. ¿Gusta vuesa merced le quite las botas, o le limpie los zapatos, o que me quede aquí esta noche, por si algo se le ofreciere? Que, por el siglo de mi madre, que me parece haberle visto aquí otra vez, y, aunque en su cara y figura me parece a otro que yo quise harto...; pero agua pasada no muele molino. Dejóme, y dejéle, libre como el cuchillo; no soy yo mujer de todos, como otras disolutas. Doncella, pero recogida; mujer de bien y criada de un ventero honrado; y engañóme un traidor de un capitán, que me sacó de mi casa dándome palabra de casamiento; fuese a Italia y dejóme perdida, como vuesa merced vee; llevóme todas mis ropas y joyas que de casa de mi padre había sacado.

Comenzó la moza a llorar tras esto y decir:

-¡Ay de mí, ay de mí, huérfana y sola y sin remedio alguno sino del cielo! ¡Ay de mí, y si Dios deparase quien a aquel bellaco diese de puñaladas, vengándome de tantos agravios como me ha hecho!

Don Quijote, que oyó llorar aquella moza, como era compasivo de suyo, le dijo:

-Cierto, fermosa doncella, que vuestras dolorosas cuitas de tal manera han ferido mi corazón que, con ser para las lides de acero, vos me le habedes tornado de cera; y así, por el orden de caballería, os juro y prometo como verdadero caballero andante, cuyo oficio es desfacer semejantes tuertos, de no comer pan en manteles, nin con la reina folgare, nin peinarme barba o cabello, nin cortarme las uñas de los pies ni de las manos, y aun de non entrar en poblado, pasadas las justas donde agora voy a Zaragoza, fasta faceros bien vengada de aquese desleal caballero o capitán tan a vuestro sabor, que digáis que Dios vos ha topado con un verdadero desfacedor de agravios. Dadme, doncella mía, esa mano, que yo vos la doy de caballero de cumplir cuanto digo. Y mañana en ese día subid sobre vuestro preciado palafrén, puesto vuestro velo delante de vuestros ojos, sola o con vuestro enano, que yo vos seguiré; y aun podría ser, en las justas reales donde agora voy a defender con los filos de mi espada contra todo el mundo vuestra fermosura, y después faceros reina de algún estraño reino o isla, adonde seáis casada con algún príncipe poderoso. Por tanto, idos agora a acostar, y reposad en vuestro blando lecho, y fiad de mi palabra, que no puede faltar.

La disoluta mozuela, que se vio despedir de aquella manera, contra la esperanza que ella tenía de dormir con don Quijote, y que le daría tres o cuatro reales, se puso muy triste con tan resoluta respuesta tras tan prolija arenga, y así le dijo:

-Yo, por agora, señor, no puedo salir de mi casa por cierto inconveniente. Lo que a vuesa merced suplico, si alguna me piensa hacer, es se sirva de prestarme hasta mañana dos reales, que los he mucho menester, porque fregando ayer quebré dos platos de Talavera, y, si no los pago, me dará mi amo dos docenas de palos muy bien dados.

-Quien a vos os tocare -dijo don Quijote-, me tocará a mí en las niñas de los ojos, y yo solo seré bastante para desafiar a singular batalla, no solamente a ese vuestro amo que decís, sino a cuantos amos hoy gobiernan castillos y fortalezas. Andad y acostadvos sin temor, que aquí está mi brazo, que faltarvos non puede.

-Así lo tengo yo creído -dijo la moza-, y mire si me hace merced desos dos reales agora, que aquí estoy para lo que vuesa merced mandare.

Don Quijote no entendía la música de la gallega, y así le dijo:

-Señora infanta, no digo yo los dos reales que me pedís, sino docientos ducados os quiero dar luego a la hora.

La moza, que sabía que quien mucho abraza poco aprieta, y que más vale pájaro en mano que buitre volando, se llegó a él para abrazarle, por ver si por allí le podía sacar los dos reales que le había pedido; pero don Quijote se levantó, diciendo:

-Muy pocos caballeros andantes he visto ni leído que, puestos en semejantes trances cual este en que yo me veo, hayan caído en deshonestidad alguna; y así, ni yo tampoco, imitándoles a éstos, pienso caer en ella.

Comenzó tras esto a llamar a Sancho, diciendo:

-Sancho, Sancho, sube y tráeme esa maleta.

Subió Sancho (que había estado hasta entonces ocupado en una grande plática con el ventero y los huéspedes, alabándole la singular fortaleza de su señor, echando de la gloriosa, como estaba tan relleno con la olla podrida que había cenado), subiendo juntamente la maleta, y díjole don Quijote:

-Sancho, abre esa maleta y dale a esta señora infanta a buena cuenta docientos ducados desos que ahí traemos; que, en haciéndola vengada de cierto agravio que contra su voluntad le han fecho, ella te dará no solamente eso, pero muchas y muy ricas joyas que un descortés caballero, a pesar suyo, la ha robado.

Sancho, que oyó el mandato, le respondió colérico:

-¿Cómo docientos ducados? Por los huesos de mis padres, y aun de mis agüelos, los puedo yo dar como dar agora una testarada en el cielo. ¡Mírese la muy zurrada hija de otra! ¿No es ella la que denantes me dijo en la caballeriza que si quería dormir con ella, que, como le diese ocho cuartos, estaba allí para herme toda merced? Pues a fe que si la agarro por los cabellos, que ha de saltar de un brinco las escaleras.

Como la pobre gallega vio tan enojado a Sancho, le dijo:

-Hermano, vuestro señor ha mandado que me deis dos reales; que ni pido ni quiero los docientos ducados, que bien veo que este señor lo dice por hacer burla de mí.

Estaba en esto don Quijote maravillado de ver lo que Sancho decía, y así le dijo:

-Haz, Sancho, luego lo que te digo. Dale luego los docientos ducados, y si más te pidiere, dale más, que mañana iremos con ella hasta su tierra, donde seremos cumplidamente pagados.

-Ahora sus -dijo Sancho-, baje acá abajo, señora. ¡Así señora seáis de mala perra que os parió!

Y, agarrando de la maleta, bajó la moza delante dél, y diole cuatro cuartos, diciendo:

-Por las armas del gigante Golías, que si decís a mi amo que no os he dado los docientos ducados, que os tengo de hacer más tajadas que hay puntos en la albarda de mi asno.

-Señor -dijo la gallega-, deme esos cuatro cuartos, que con ellos quedo contentísima.

Sancho se los dio, diciendo:

-Y aun pagada queda la muy zurrada de lo que no ha trabajado.

Y el ventero, en esto, llamó a Sancho para que se acostase en una cama que de dos jalmas le había hecho, y Sancho lo hizo echando su maleta por cabecera, con que durmió aquella noche muy de repapo.


 Capítulo V
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De la repentina pendencia que a nuestro don Quijote se le ofreció con el huésped al salir de la venta


Llegada la mañana, Sancho echó de comer a Rocinante y a su jumento, y hizo poner a asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese de su madre, que de la virtud del ventero todo se podía presumir; y tras esto se fue a despertar a don Quijote, el cual en toda la noche no había podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado con las trazas de sus negras justas, que le sacaban de juicio, y más aquella noche, que había imaginado defender la hermosura de la gallega contra todos los caballeros estranjeros y naturales, y llevarla al reino o provincia de donde imaginaba que era reina o señora. Despertó don Quijote, despavorido a las voces que dio Sancho, diciendo:

-Date por vencido, ¡oh valiente caballero!, y confiesa la hermosura de la princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia Albana ni Dido fueran dignas si vivieran, de descalzarle su muy justo y pequeño zapato.

-Señor -dijo Sancho-, la gallega está muy contenta y bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que vuesa merced me mandó; y dice que besa a vuesa merced las manos, y que la mande, que allí está pintipintada para helle toda merced.

-Pues dile, Sancho -dijo don Quijote-, que apareje su preciado palafrén, mientras yo me visto y armo, para que partamos.

Bajó Sancho, y lo que primero hizo fue ir a ver si estaba aderezado el almuerzo. Ensilló a Rocinante y enalbardó a su jumento, poniendo a punto el adarga y lanzón de don Quijote; el cual bajó muy de espacio, con sus armas en la mano, y dijo a Sancho que le armase, porque quería partir luego. Sancho le dijo que almorzase, que después se podría armar; lo cual él no quiso hacer en ninguna manera, ni quiso tampoco sentarse a la mesa, porque dijo que no podía comer en manteles hasta acabar cierta aventura que había prometido. Y así, comió en pie cuatro bocados de pan y un poco de carnero asado, y luego subió en su caballo con gentil continente y dijo al ventero y a los demás huéspedes que allí estaban:

-Castellano y caballeros, mirad si de presente se os ofrece alguna cosa en que yo os sea de provecho; que aquí estoy prompto y aparejado para serviros.

El ventero respondió:

-Señor caballero, aquí no habemos menester cosa alguna, salvo que vuesa merced o este labrador que consigo trae me paguen la cena, cama, paja y cebada, y váyanse tras esto muy en hora buena.

-Amigo -dijo don Quijote-, yo no he visto en libro alguno que haya leído, que cuando algún castellano o señor de fortaleza merece por su buena dicha hospedar en su casa algún caballero andante, le pida dinero por la posada; pero pues vos, dejando el honroso nombre de castellano, os hacéis ventero, yo soy contento que os paguen. Mirad cuánto es lo que os debemos.

Dijo el ventero que se le debían catorce reales y cuatro cuartos.

-De vos hiciera yo esos por la desvergüenza de la cuenta -replicó don Quijote-, si me estuviera bien, pero no quiero emplear tan mal mi valor.

Y, volviéndose a Sancho, le mandó se los pagase. A la que volvió la cabeza para decírselo, vio junto al ventero a la moza gallega, que estaba con la escoba en la mano para barrer el patio, y díjola con mucha cortesía:

-Soberana señora, yo estoy dispuesto para cumplir todo aquello que la noche pasada vos he prometido, y seréis, sin duda alguna, muy presto colocada en vuestro precioso reino; que no es Justo que una infanta como vos ande así desa suerte, y tan mal vestida como estáis, y barriendo las ventas de gente tan infame como ésta es. Por tanto, subid luego en vuestro vistoso palafrén; y si acaso, por la vuelta que ha dado la enemiga Fortuna, no le tenéis, subid en este jumento de Sancho Panza, mi fiel escudero; veníos conmigo a la ciudad de Zaragoza, que allí, después de las justas, defenderé contra todo el mundo vuestra estremada fermosura, poniendo una rica tienda en medio de la plaza, y, junto a ella, un cartel; junto el cartel, un pequeño, aunque bien rico tablado, con un precioso sitial, adonde vos estéis vestida de riquísimas vestiduras, mientras yo pelearé contra muchos caballeros, que, por ganar las voluntades de sus amantes damas, vendrán allí con infinitas cifras y motes que declararán bien la pasión que traerán en sus fogosos corazones y el deseo de vencerme, aunque les será dificultosa empresa, por no decir imposible, emprender ganar la prez y honra que yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra beldad. Y así digo, señora, que, dejando todas las cosas, os vengáis luego conmigo.

El ventero y los demás huéspedes, que semejantes razones oyeron a don Quijote, le tuvieron totalmente por loco y se rieron de oír llamar a su gallega «princesa» y «infanta». Con todo, el ventero se volvió a su moza colérico, diciéndola:

-Yo os voto a tal, doña puta desvergonzada, que os tengo de hacer que se os acuerde el concierto que con este loco habéis hecho; que ya yo os entiendo. ¿Así me agradecéis el haberos sacado de la putería de Alcalá y haberos traído aquí a mi casa, donde estáis honrada, y haberos comprado esa sayuela, que me costó diez y seis reales, y los zapatos tres y medio, tras que estaba de hoy para mañana para compraros una camisa, viendo no tenéis andrajo della? Pero no me la haga yo en bacín de barbero, si no me la pagáredes todo junto; y después os tengo de enviar como vos merecéis, con un espigón (como dicen) en el rabo, a ver si hallaréis que nadie os haga el bien que yo en esta venta os he hecho. Andad ahora en hora mala, bellaca, a fregar los platos, que después nos veremos.

Y, diciendo esto, alzó la mano y diola una bofetada, con tres o cuatro coces en las costillas, de suerte que la hizo ir tropezando y medio cayendo. ¡Oh, santo Dios, y quién pudiera en esta hora notar la inflamada ira y encendida cólera que en el corazón de nuestro caballero entró! No hay áspid pisado con mayor rabia que la con que él puso mano a su espada, levantándose bien sobre los estribos, de los cuales, con voz soberbia y arrogante, dijo:

-¡Oh sandio y vil caballero, así has ferido en el rostro a una de las más fermosas fembras que a duras penas en todo el mundo se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande follonía y sandez quede sin castigo.

Arrojó en esto una terrible cuchillada al ventero, y diole con toda su fuerza sobre la cabeza, de suerte que, a no torcer un poco la mano don Quijote, lo pasara sin duda mal; pero con todo eso le descalabró muy bien. Alborotáronse todos los de la venta, y cada uno tomó las armas que más cerca de sí halló. El ventero entró en la cocina y sacó un asador de tres ganchos bien grande, y su mujer un medio chuzo de viñadero. Don Quijote volvió las riendas a Rocinante, diciendo a grandes voces:

-¡Guerra, guerra!

La venta estaba en una cuestecilla, y luego, a tiro de piedra, había un prado bien grande, en medio del cual se puso don Quijote haciendo gambetas con su caballo, la espada desnuda en la mano, porque Sancho tenía la adarga y lanzón; al cual, luego que vio todo el caldo revuelto, se le representó que había de ser segunda vez manteado, y así peleaba cuanto podía por sosegar la gente y aplacar aquella pendencia. Pero el ventero, como se sintió descalabrado, estaba hecho un león y pedía muy aprisa su escopeta; y sin duda fuera y matara con ella a don Quijote, si el cielo no le tuviera guardado para mayores trances. Estorbólo la mujer y los huéspedes con Sancho, diciendo que aquel hombre era falto de juicio, y, pues la herida era poca, que le dejase ir con todos los diablos. Con esto, se sosegó, y Sancho, escusándose que no tenía culpa de lo sucedido, se despidió dellos muy cortésmente y se fue para su amo, llevando al jumento del cabestro y la adarga y lanzón. Llegando a don Quijote, le dijo:

-¿Es posible, señor, que por una moza de soldada, peor que la de Pilatos, Anás y Caifás, que está hecha una pícara, quiere vuesa merced que nos veamos en tanta revuelta, que casi nos costara el pellejo, pues quería venir el ventero con su escopeta a tirarle? Y, a hacerlo, sobre mí que no le defendieran sus armas de plata, aunque estuvieran aforradas en terciopelo.

-¡Oh Sancho! -dijo don Quijote-, ¿cuánta gente es la que viene? ¿Viene un escuadrón volante o viene por tercios? ¿Cuánta es la artillería, corazas y morriones que traen, y cuántas compañías de flecheros? Los soldados, ¿son viejos o bisoños? ¿Están bien pagados? ¿Hay hambre o peste en el ejército? ¿Cuántos son los alemanes, tudescos, franceses, españoles, italianos y esguízaros? ¿Cómo se llaman los generales, maeses de campo, prebostes y capitanes de campaña? ¡Presto, Sancho, presto, dilo! Que importa para que, conforme a la gente, hagamos en este grande prado trincheas, fosos, contrafosos, rebellines, plataformas, bestiones, estacadas, mantas y reparos para que dentro les echemos naranjas y bombas de fuego, disparando todos a un tiempo nuestra artillería, y primero las piezas que están llenas de clavos y medias balas, porque éstas hacen grande efeto al primero ímpetu y asalto.

Respondió Sancho:

-Señor, aquí no hay peto ni salto, pecador de mí, ni hay ejércitos de turquescos, ni animales, ni borricadas, ni bestrones; bestias, sí, que lo seremos nosotros, si no nos vamos al punto. Tome su adarga y lanza, que quiero subir en mi asno; y, pues Nuestra Señora de los Dolores nos ha librado de los que nos podían causar los palos que tan bien merecidos teníamos en esta venta, huyamos della como de la ballena de Jonás, que no le faltarán a vuesa merced por esos mundos otras aventuras más fáciles de vencer que ésta.

-Calla, Sancho -dijo don Quijote-, que si me ven huir, dirán que soy un gallina cobarde.

-Pues, pardiez -replicó Sancho-, que, aunque digan que somos gallinas, capones o faisanes, que por esta vez que nos tenemos de ir. ¡Arre acá, señor jumento!

Don Quijote, que vio resuelto a Sancho, no quiso contradecirle más; antes, comenzó a caminar tras él, diciendo:

-Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no volver a la venta y retar a todos aquéllos por traidores y alevosos, pues lo son verdaderamente, dándoles después desto a todos la muerte. Porque tan vil canalla y tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra, pues quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no tuvimos ánimo para acometellos, cosa que sentiré a par de muerte se diga de mí. En fin, Sancho, nosotros habemos sido, en volvernos, grandísimos borrachos.

-¿Borrachos, señor? -respondió Sancho-. Borrachos seamos delante de Dios, que, para lo deste mundo, ello hemos hecho lo que toca a nuestras fuerzas. Por tanto, caminemos antes que entre más el sol, que deja vuesa merced bien castigados todos los de la venta.


 Capítulo VI
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De la no menos estraña que peligrosa batalla que nuestro caballero tuvo con una guarda de un melonar que él pensaba ser Roldán el Furioso


Caminaron la vía de Zaragoza el buen hidalgo don Quijote y Sancho Panza, su escudero, y anduvieron seis días sin que les sucediese en ellos cosa de notable consideración; sólo que por todos los lugares que pasaban eran en estremo notados, y en cualquiera parte daban harto que reír las simplicidades de Sancho Panza y las quimeras de don Quijote, porque se ofreció en Ariza hacer él proprio un cartel y fijarle en un poste de la plaza, diciendo que cualquier caballero natural o andante que dijese que las mujeres merecían ser amadas de los caballeros, mentía, como él solo se lo haría confesar uno a uno o diez a diez; bien que merecían ser defendidas y amparadas en sus cuitas, como lo manda el orden de caballería; pero que en lo demás, que se sirviesen los hombres dellas para la generación con el vínculo del santo matrimonio, sin más arrequives de festeos, pues desengañaban bien de cuán gran locura era lo contrario las ingratitudes de la infanta Dulcinea del Toboso. Y luego firmaba al pie del cartel: El Caballero Desamorado.

Tras éste, pasaron otros tan apacibles y más estraños cuentos en los demás lugares del camino, hasta que sucedió que, llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en un lugar que llaman Ateca, a tiro de mosquete de la tierra, yendo platicando los dos sobre lo que pensaba hacer en las justas de Zaragoza y cómo desde allí pensaba dar la vuelta a la corte del rey y dar en ella a conocer el valor de su persona, volvió la cabeza y vio, en medio de un melonar, una cabaña y, junto a ella, un hombre que la estaba guardando con un lanzón en la mano. Detúvose un poco mirándole de hito a hito, y después de haber hecho en su fantasía un desvariado discurso, dijo:

-Detente, Sancho, detente; que si yo no me engaño, ésta es una de las más estrañas y nunca vistas aventuras que en los días de tu vida hayas visto ni oído decir; porque aquel que allí ves con la lanza o venablo en la mano es sin duda el señor de Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dice en el auténtico y verdadero libro que llaman Espejo de caballerías, fue encantado por un moro y llevado a que guardase y defendiese la entrada de cierto castillo, por ser él el caballero de mayores fuerzas del universo; encantándole el moro de suerte que, por ninguna parte puede ser ferido ni muerto si no es por la planta del pie. Éste es aquel furioso Roldán que, de rabia y enojo porque un moro de Agramante, llamado Medoro, le robó Angélica la bella, se tornó loco, arrancando los árboles de raíz, y aun se dice por muy cierto (cosa que yo la creo rebién de sus fuerzas) que asió de una pierna a una yegua sobre quien iba un desdichado pastor y, volteándola sobre el brazo derecho, la arrojó de sí dos leguas; con otras cosas estrañas semejantes a ésta que allí se cuentan por muy estenso, donde las podrás tú leer. Así que, Sancho mío, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar con él la ventura; y si fuere tal la mía (que sí será, según el esfuerzo de mi persona y ligereza de mi caballo), que yo le venciere y matare, todas las glorias, victorias y buenos sucesos que tuvo serán, sin duda, míos, y a mí sólo se atribuirán todas las fazañas, vencimientos, muertes de gigantes, desquijaramientos de leones y rompimientos de ejércitos que por sola su persona hizo. Y si él echó, como se cuenta por verdad, la yegua con el pastor dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció a este que tal hacía, bien podrá arrojar a otro pastor como aquél a cuatro leguas. Con esto seré nombrado por el mundo y será temido mi nombre; y, finalmente, sabiéndolo el rey de España, me enviará a llamar y me preguntará punto por punto cómo fue la batalla, qué golpes le di, con qué ardides le derribé y con qué estratagemas le falseé las tretas para que diesen en vacío, y, finalmente, cómo le di la muerte por la planta del pie con un alfiler de a blanca. Informado Su Majestad de todo y dándote a ti por testigo ocular, seré sin duda creído, y llevando, como llevaremos, la cabeza en esas alforjas, el rey la mirará y dirá: «¡Ah Roldán, Roldán, y cómo siendo vos la cabeza de los Doce Pares de Francia habéis hallado vuestro par! ¡No os valió, oh fuerte caballero, vuestro encantamiento, ni el haber rompido de sola una cuchillada una grandísima peña! ¡Oh Roldán, Roldán, y cómo de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego y gran español don Quijote!». Así que, Sancho, no te muevas de aquí hasta que yo haya dado cabo y cima a esta dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cortándole la cabeza.

Sancho, que había estado muy atento a lo que su amo decía, le respondió diciendo:

-Señor Caballero Desamorado, lo que a mí me parece es que no hay aquí, a lo que yo entiendo, ningún señor de Argante; porque lo que yo allí veo no es sino un hombre que está con un lanzón guardando su melonar, que, como va por aquí mucha gente a Zaragoza a las fiestas, se le deben de festear por los melones. Y así, digo que mi parecer es, no obstante el de vuesa merced, que no alborotemos a quien guarda su hacienda, y guárdela muy en hora buena, que así hago yo con la mía. ¿Quién le mete a vuesa merced con Giraldo el Furioso ni en cortar la cabeza a un pobre melonero? ¿Quiere que después se sepa, y que luego salga tras nosotros la Santa Hermandad y nos ahorque y asaetee, y después eche a galeras por sietecientos años, de donde primero que salgamos ternemos canas en las pantorrillas? Señor don Quijote, ¿no sabe lo que dice el refrán? Que quien ama el peligro, mal que le pese, ha de caer en él. Delo al diablo, y vamos al lugar, que está cerca. Cenaremos muy a nuestro placer y comerán las cabalgaduras; que a fe que si a Rocinante, que va un poco cabizbajo, le preguntase dónde querría más ir, al mesón o guerrear con el melonero, que dijese que más querría medio celemín de cebada que cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo insensitiva, lo dice y se lo ruega, y yo también, en nombre della y de mi jumento, se lo suplicamos mal y caramente, razón es nos crea; y mire vuesa merced que por no haber querido muchas veces tomar mi consejo nos han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her es: yo llegaré y le compraré un par de melones para cenar, y si él dice que es Gaiteros, o Bradamonte o esotro demonio que dice, yo soy muy contento que le despanzorremos; si no, dejémosle para quien es, y vamos nosotros a nuestras justas reales.

-¡Oh Sancho, Sancho -dijo don Quijote-, y qué poco sabes de achaque de aventuras! Yo no salí de mi casa sino para ganar honra y fama, para lo cual tenemos ahora ocasión en la mano; y bien sabes que la pintaban los antiguos con copete en la frente y calva de todo el celebro, dándonos con eso a entender que, pasada ella, no hay de dónde asirla. Yo, Sancho, por todo lo que tú y todo el mundo me dijere, no he de dejar de probar esta empresa, ni de llevar, el día que entrare en Zaragoza, la cabeza deste Roldán en una lanza, con una letra debajo della que diga: VENCÍ AL VENCEDOR. Mira, pues, tú, Sancho, cuánta gloria se me seguirá desto, pues será ocasión de que en las justas todos me rindan vasallaje y se me den por vencidos, con la cual todos los precios della serán sin duda míos. Ya voy, Sancho; encomiéndame a Dios, que voy a meterme en uno de los mayores peligros que en todos los días de mi vida me he visto. Y si acaso, por ser varios los peligros de la guerra, muriere en esta batalla, llevarme has a San Pedro de Cardeña; que muerto, estando con mi espada en la mano, como el Cid, sentado en una silla, yo fío que si, como a él, algún judío, acaso por hacer burla de mí, quisiere llegarme a las barbas, que mi brazo yerto sepa meter mano y tratarle peor que el católico Campeador trató al que con él hizo lo proprio.

-¡Oh señor! -respondió Sancho-, por el arca de Noé le suplico que no me diga eso de morir, que me hace saltar de los ojos las lágrimas como el puño y se me hace el corazón añicos de oírselo, de puro tierno que soy de mío. ¡Desdichada de la madre que me parió! ¿Qué haría después el triste Sancho Panza solo, en tierra ajena, cargado de dos bestias, sí vuesa merced muriese en esta batalla?

Comenzó Sancho tras esto a llorar muy de veras y decir:

-¡Ay de mí, señor don Quijote, nunca yo le hubiera conocido por tan poco! ¿Qué harán las doncellas desaguisadas? ¿Quién hará y deshará tuertos? Perdida queda de hoy más toda la nación manchega. No habrá fruto de caballeros andantes, pues hoy acabó la flor dellos en vuesa merced. Más valiera que nos hubieran muerto ahora un año con aquellos desalmados yangüesos cuando nos molieron las costillas a garrotazos. ¡Ay, señor don Quijote, pobre de mí! ¿Y qué tengo de her solo y sin vuesa merced? ¡Ay de mí!

Don Quijote lo consoló diciendo:

-Sancho, no llores, que aún no soy muerto; antes he oído y leído de infinitos caballeros, y principalmente de Amadís de Gaula, que, habiendo estado muchas veces a pique de ser muertos, vivían después muchos años y venían a morir en sus tierras, en casa de sus padres, rodeados de hijos y mujeres. Con todo eso, estése dicho, hagas si muriere, lo que te digo.

-Yo lo prometo, señor -dijo Sancho-, si Dios le lleva para sí, de llevar a enterrar su cuerpo, no solamente a San Pedro de Cerdeña, que dice, sino que, aunque me cueste el valor del jumento, le tengo de llevar a enterrar a Constantinopla. Y, pues va determinado de matar ese melonero, arrójeme acá, antes que parta, su bendición y deme la mano para que se la bese; que la mía y la del señor San Cristóbal le caiga.

Diósela don Quijote con mucho amor, y luego comenzó a espolar a Rocinante, que de cansado ya no se podía mover. Entrando por el melonar y picando derecho hacia la cabaña donde estaba la guarda, iba dando a cada paso a la maldición a Rocinante por ver que cada mata, como era verde, le daba apetito, aunque tenía freno, de probar algunas de sus hojas o melones, fatigado de la hambre.

Cuando el melonero vio que se iba allegando más a él aquella fantasma, sin que reparase en el daño que hacía en las matas y melones, comenzóle a decir a voces que se tuviese afuera; si no, que le haría salir con todos los diablos, del melonar. No curándose don Quijote de las palabras que el hombre le decía, iba prosiguiendo su camino; y ya que estuvo dos o tres picas dél, comenzó a decirle, puesta la lanza en tierra:

-Valeroso conde Orlando, cuya fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y laureado Ariosto, y cuya figura tienen esculpida sus divinos y heroicos versos, hoy es el día, invencible caballero, en que tengo de probar contigo la fuerza de mis armas y los agudos filos de mi cortadora espada. Hoy es el día, valiente Roldán, en que no te han de valer tus encantamientos ni el ser cabeza de aquellos Doce Pares de cuya nobleza y esfuerzo la gran Francia se gloría; que por mí has de ser, si quiere la Fortuna, vencido y muerto, y llevada tu soberbia cabeza, ¡oh fuerte francés!, en esta lanza a Zaragoza. Hoy es el día en que yo gozaré de todas tus fazañas y vitorias, sin que te pueda valer el fuerte ejército de Carlomagno, ni la valentía de Reinaldos de Montalván, tu primo, ni Montesinos, ni Oliveros, ni el hechicero Malgisi con todos sus encantamientos. ¡Vente, vente para mí, que un solo español soy. No vengo como Bernardo del Carpio y el rey Marsilio de Aragón, con poderoso ejército contra tu persona; sólo vengo con mis armas y caballo contra ti, que te tuviste algún tiempo por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros solos. Responde, no estés mudo; sube sobre tu caballo o vente para mí de la manera que quisieres. Mas porque entiendo, según he leído, que el encantador que aquí te puso no te dio caballo, yo quiero bajar del mío; que no quiero hacer batalla contigo con ventaja alguna.

Y bajó en esto del caballo; y, viéndolo Sancho, comenzó a dar voces, diciendo:

-¡Arremeta, nuesamo, arremeta! Que yo estoy aquí rezando por su ayuda y he prometido una misa a las benditas ánimas y otra al señor San Antón, que guarde a vuesa merced y a Rocinante!

El melonero, que vio venir para sí a don Quijote con la lanza en la mano y cubierto con el adarga, comenzóle a decir que se tuviese afuera; si no, que le mataría a pedradas. Como don Quijote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su lanzón y puso una piedra poco mayor que un huevo en una honda, y, dando media vuelta al brazo, la despidió como de un trabuco contra don Quijote, el cual la recibió en el adarga; mas falsóla fácilmente, como era de sólo badana y papelones, y dio a nuestro caballero tan terrible golpe en el brazo izquierdo, que, a no cogelle armado con el brazalete, no fuera mucho quebrársele, aunque sintió el golpe bravísimamente. Como el melonero vio que todavía porfiaba para acercársele, puso otra piedra mayor en la honda y tiróla tan derecha y con tanta fuerza, que dio con ella a don Quijote en medio de los pechos, de suerte que, a no tener puesto el peto grabado, sin duda se la escondiera en el estómago.

Con todo, como iba tirada por buen brazo, dio con el buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala y peligrosa caída, y tal, que, con el peso de las armas y fuerza del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. El melonero, pensando que le había muerto o malparado, se fue huyendo al lugar. Sancho, que vio caído a su amo, entendiendo que de aquella pedrada había acabado don Quijote con todas las aventuras, se fue para él llevando al jumento del cabestro, lamentándose y diciendo:

-¡Oh pobre de mi señor Desamorado! ¿No se lo decía yo, que nos fuéramos muy en hora mala al lugar y no hiciéramos batalla con este melonero, que es más luterano que el gigante Golías. Pues ¿cómo se atrevió a llegarse a él sin caballo, pues sabía en Dios y en su conciencia que no le podía matar sino metiéndole una aguja o alfiler de a blanca por la planta del pie?

Llegóse en esto a su señor y preguntóle si estaba malherido. Él respondió que no, pero que aquel soberbio Roldán le había tirado una gran peña y le había derribado con ella en tierra, añadiendo:

-Dame, Sancho, la mano, pues ya he salido con muy cumplida vitoria; que, para alcanzarla, bástame que mi contrario haya huido de mí y no ha osado aguardarme; y el enemigo que huye, hacerle la puente de plata, como dicen. Dejémosle, pues, ir, que ya vendrá tiempo en que yo le busque y, a pesar suyo, acabe la batalla comenzada. Sólo me siento en este brazo izquierdo malherido, que aquel furioso Orlando me debió tirar una terrible maza que tenía en la mano, y si no me defendieran mis finas armas, entiendo que me hubiera quebrado el brazo.

-Maza -dijo Sancho-, bien sé yo que no la tenía, pero le tiró dos guijarros con la honda, que si con cualquiera dellos le diera sobre la cabeza, sobre mí que, por más que tuviera puesto en ella ese chapitel de plata, o como le llama, hubiéramos acabado con el trabajo que habemos de pasar en las justas de Zaragoza. Pero agradezca la vida que tiene a un romance que yo le recé del conde Peranzules, que es cosa muy probada para el dolor de ijada.

-Dame la mano, Sancho -dijo don Quijote-, y entrémonos un rato a descansar en aquella cabaña, y luego nos iremos, pues el lugar está cerca.

Levantóse don Quijote tras esto y quitó el freno a Rocinante, y Sancho quitó la maleta de encima de su jumento, juntamente con la albarda; metiólo todo en la cabaña, quedando Rocinante y el jumento señores absolutos del melonar, del cual cogió Sancho dos melones harto buenos, y con un mal cuchillo que traía los partió y puso encima la albarda para que comiese don Quijote; si bien él, tras solos cuatro bocados que tomó dellos, mandó a Sancho que los guardase para cenar en el mesón a la noche.

Pero, apenas había Sancho comido media docena de rebanadas, cuando el melonero vino con otros tres harto bien dispuestos mozos, trayendo cada uno una gentil estaca en la mano; y, como vieron el rocín y jumento sueltos, pisando las matas y comiendo los melones, encendidos en cólera, entraron en la cabaña, llamándolos ladrones y robadores de la hacienda ajena, acompañando estos requiebros con media docena de palos que les dieron muy bien dados, antes que se pudiesen levantar. Y a don Quijote, que por su desgracia se había quitado el morrión, le dieron tres o cuatro en la cabeza, con que le dejaron medio aturdido y aun muy bien descalabrado. Pero Sancho lo pasó peor, que, como no tenía reparo de coselete, no se le perdió garrotazo en costillas, brazos y cabeza, quedando también atordido como lo quedaba su amo. Los hombres, sin curar dellos, se llevaron al lugar, en prendas, el rocín y jumento por el daño que habían hecho.

De allí a un buen rato, vuelto Sancho en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban y que le dolían las costillas y brazos de suerte que casi no se podía levantar, comenzó a llamar a don Quijote, diciendo:

-¡Ah señor caballero andante! (andado se vea él con todos cuantos diablos hay en los infiernos), ¿parécele que quedamos buenos? ¿Es éste el triunfo con que habemos de entrar en las Justas de Zaragoza? ¿Qués de la cabeza de Roldán el encantado que hemos de llevar espetada en lanza? Los diablos le espeten en un asador, plegue a Santa Apolonia! Estoyle diciendo sietecientas veces que no nos metamos en estas batallas impertinentes, sino que vamos nuestro camino sin hacer mal a nadie, y no hay remedio. Pues tómese esos peruétanos que le han venido y aun plegue a Dios, si aquí estamos mucho, no vengan otra media docena dellos a acabar la batalla que los primeros comenzaron. Álcese, pesia a las herraduras del caballo de San Martín, y mire que tiene la cabeza llena de chinchones y le corre la sangre por la cara abajo, siendo ahora de veras el de la Triste Figura, por sus bien merecidos disparates.

Don Quijote, volviendo en sí y sosegándose un poco, comenzó a decir:

-Rey don Sancho, rey don Sancho,

no dirás que no te aviso,

que del cerco de Zamora

un traidor había salido.

-¡Mal haya el ánima de Anticristo! -dijo Sancho-. Estamos con las nuestras en los dientes, y ahora se pone muy de espacio al romance del rey don Sancho. Vámonos de aquí, por las entrañas de todo nuestro linaje, y curémonos; que estos barrabases de Gaiteros, o quien son, nos han molido más que sal, y a mí me han dejado los brazos de suerte que no los puedo levantar a la cabeza.

-¡Oh buen escudero y amigo -respondió don Quijote-, has de saber que el traidor que desta suerte me ha puesto es Bellido de Olfos, hijo de Olfos Bellido.

-¡Oh, reniego de ese Bellido o bellaco de Olfos, y aun de quien nos metió en este melonar!

-Este traidor -dijo don Quijote-, saliendo conmigo mano a mano, camino de Zamora, mientras que yo me bajé de mi caballo para proveerme detrás de unas matas, este alevoso, digo, de Bellido, me tiró un venablo a traición y me ha puesto de la suerte que ves. Por tanto, ¡oh fiel vasallo!, conviene mucho que tú subas en un poderoso caballo, llamándote don Diego Ordóñez de Lara, y que vayas a Zamora; y, en llegando junto a la muralla, verás entre dos almenas al buen viejo Arias Gonzalo, ante quien retarás a toda la ciudad, torres, cimientos, almenas, hombres, niños y mujeres, el pan que comen y el agua que beben, con todos los demás retos con que el hijo de don Bermudo retó a dicha ciudad, y matarás a los hijos de Arias Gonzalo, Pedro Arias y los demás.

-¡Cuerpo de San Quintín! -dijo Sancho-. Si vuesa merced ve cuáles nos han puesto cuatro meloneros, ¿para qué diablos quiere que vamos a Zamora a desafiar toda una ciudad tan principal como aquélla? ¿Quiere que salgan della cinco o seis millones de hombres a caballo y acaben con nuestros bienes, sin que gocemos de los premios de las reales justas de Zaragoza? Deme la mano y levántese, y iremos al lugar, que está cerca, para que nos curen y a vuesa merced le tomen esa sangre.

Levantóse don Quijote, aunque con harto trabajo, y salieron los dos fuera de la cabaña; pero cuando no vieron a Rocinante ni el jumento, fue grandísimo el sentimiento que don Quijote hizo por él; y Sancho, dando vueltas alrededor de la cabaña buscando su asno, decía llorando:

-¡Ay, asno de mi ánima!, ¿y qué pecados has hecho para que te hayan llevado de delante mis ojos? Tú eres la lumbre dellos, asno de mis entrañas, espejo en que yo me miraba. ¿Quién te me ha llevado? ¡Ay, jumento mío, que por ti solo y por tu pico podías ser rey de todos los asnos del mundo! ¿Adónde hallaré yo otro tan hombre de bien como tú? Alivio de mis trabajos, consuelo de mis tribulaciones, tú solo me entendías los pensamientos, y yo a ti, como si fuera tu proprio hermano de leche. ¡Ay, asno mío, y cómo tengo en la memoria que cuando te iba a echar de comer a la caballeriza, en viendo cerner la cebada, rebuznabas y reías con una gracia como si fueras persona; y cuando respirabas hacia dentro, dabas un gracioso silbo, respondiendo por el órgano trasero con un gamaút, que mal año para la guitarra del barbero de mi lugar que mejor música haga cuando canta el pasacalles de noche.

Don Quijote se consoló diciendo:

-Sancho, no te aflijas tanto por tu jumento, que yo he perdido el mejor caballo del mundo, pero sufro y disimulo hasta que le halle, porque le pienso buscar por toda la redondez del universo.

-¡Oh señor! -dijo Sancho-, ¿no quiere que me lamente, ¡pecador de mí!, si me dijeron en nuestro lugar que este mi asno era pariente muy cercano de aquel gran retórico asno de Balán, que buen siglo haya? Y bien se ha echado de ver en el valor que ha mostrado en esta reñida batalla que con los más soberbios meloneros del mundo habemos tenido.

-Sancho -dijo don Quijote-, para lo pasado, no hay poder alguno, según dice Aristóteles. Y así, lo que por ahora puedes hacer es tomar esta maleta debajo del brazo y llevar esta albarda a cuestas hasta el lugar, y allí nos informaremos de todo lo que nos fuere necesario para hallar nuestras bestias.

-Sea como vuesa merced mandare -dijo Sancho, tomando la maleta y diciendo a don Quijote que le echase la albarda encima.

-Mira, Sancho -replicó él-, si la podrás llevar; si no, lleva primero la maleta y luego volverás por ella.

-Sí podré -dijo Sancho-, que no es ésta la primera albarda que he llevado a cuestas en esta vida.

Púsosela encima, y, como el ataharre le viniese junto a la boca, dijo a don Quijote que se la echase tras de la cabeza, porque le olía a paja mal mascada.


 Capítulo VII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote y Sancho Panza llegaron a Ateca, y cómo un caritativo clérigo, llamado mosén Valentín, los recogió en su casa, haciéndoles todo buen acogimiento


Comenzaron a caminar don Quijote con su adarga y Sancho con su albarda, que le venía como anillo en dedo, y, en entrando por la primera calle del lugar, se les comenzó a juntar una grande multitud de muchachos, hasta que llegaron a la plaza, donde, en viendo llegar aquellas estrañas figuras, se empezaron a reír los que en ella estaban; y llegáronseles los jurados y seis o siete clérigos, y otra gente honrada que con ellos estaban. Como se vio don Quijote en la plaza cercado de tanta gente, viendo que todos se reían, comenzó a decir:

-Senado ilustre y pueblo romano invicto, cuya ciudad es y ha sido cabeza del universo, mirad si es lícito que de vuestra famosa ciudad hayan salido salteadores, los cuales vosotros jamás consentistes en vuestra clara república en los antiguos siglos, y me hayan robado a mí mi preciado caballo y a mi fiel escudero su jumento, sobre quien trae las joyas y precios que en diferentes justas y torneos he ganado o podido ganar. Por tanto, si aquel valor antiguo ha quedado en vuestros corazones de piadosos romanos, danos aquí luego lo que se nos ha robado, juntamente con los traidores, que, estando nosotros a pie y descuidados, nos han ferido de la suerte que veis. Si no, yo os reto a todos por alevosos y hijos de otros tales, y así, os aplazo a que salgáis conmigo a singular batalla, uno a uno o todos para mí solo.

Dieron todos, en oyendo estos disparates, una grandísima risada; y, llegándoseles un clérigo, que más discreto parecía, les rogó callasen, que él, poco más o menos, conocía la enfermedad de aquel hombre y le haría dar de sí con entretenimiento de todos. Y, tras esto y el universal silencio que los circunstantes le dieron, se llegó a don Quijote diciendo:

-Vuesa merced, señor caballero, sabrános decir las señas de los que le han descalabrado y hurtado ese caballo que dice; porque, dando aquí a los ilustres cónsules los malhechores, no solamente serán por ellos castigados, sino que juntamente se le volverá a vuesa merced todo lo que se hallare ser suyo.

Don Quijote le respondió:

-Al que hizo batalla conmigo dificultosa cosa será hallarlo, porque, a mi parecer, dijo que era el valeroso Orlando el Furioso o, por lo menos, el traidor de Bellido de Olfos.

Riéronse todos, pero Sancho, que estaba cargado con su albarda a cuestas, dijo:

-¿Para qué es menester andar por zorrinloquios? El que derribó a mi amo con una pedrada es un hombre que guardaba un melonar: mozo lampiño, de barba larga, con unos mostachos rehondidos, a quien Dios cohonda. Éste nos hurtó, señores, el rocín, y a mí me ha llevado el jumento; que más quisiera me hubiera llevado las orejas que veo.

Mosén Valentín, que así se llamaba el clérigo, acabó de conocer de qué pie cojeaban don Quijote y su escudero; y así, como era hombre caritativo, dijo a don Quijote:

-Vuesa merced, señor caballero, se venga conmigo, y este su mozo; que todo se hará a su gusto.

Llevólos luego a su casa, y hizo acostar a don Quijote en una harto buena cama, y llamó al barbero del lugar, que le curase los chinchones que tenía en la cabeza, aunque no eran heridas de mucho peligro. Mas, como vio don Quijote al barbero, que ya le quería curar, le dijo:

-Huelgo mucho en estremo, ¡oh maestro Elicebad!, en haber caído hoy en vuestras venturosas manos; que yo sé y he leído que vos las tenéis tales, juntamente con las medicinas y yerbas que a las heridas aplicáis, que Avicena, Averroes y Galeno pudieran venir a aprender de vos. Así que, ¡oh sabio maestro!, decidme si esas penetrantes feridas son mortales; porque aquel furioso Orlando me hirió con un terrible tronco de encina, y así, es imposible no lo sean; y, siéndolo, os juro por el orden de caballería que profeso de no consentir ser curado hasta que tome entera satisfación y venganza de quien tan a su salvo me hirió a traición, sin aguardar como caballero a que yo metiese mano a la espada.

El clérigo y el barbero, que semejantes razones oyeron decir a don Quijote, acabaron de entender que estaba loco; y, sin responderle, dijo el clérigo al barbero que le curase y no le respondiese palabra, por no darle nueva materia de hablar. Después que fue curado, mandó mosén Valentín que le dejasen reposar, lo cual se hizo así. Sancho, que había tenido la candela para curar a su amo, estaba reventando por hablar, y así, en viéndose fuera del aposento, dijo a mosén Valentín:

-Vuesa merced ha de saber que aquel Girnaldo el Furioso me dio, no sé si era con la mesma encina que dio a mí amo o con alguna barra de oro; y sí haría, pues dicen dél está encantado, y, según me duelen las costillas, sin duda me debió de dejar alguna endiablada calentura en ellas. Y es de suerte mi mal, que en todo mi cuerpo, que Dios haya, ninguna cosa me ha dejado en pie, sino es cuando mucho, alguna poquilla gana e comer; que si ésta me quitara, al diablo hubiera ya dado a todos los Roldanes, Ordoños y Claros del mundo.

Mosén Valentín, que entendió el apetito de Sancho, le hizo dar de cenar muy bien, mientras él iba a informarse de quién sería el que llevó a don Quijote el caballo y a Sancho su jumento. Y, averiguado quien les hizo el salto, dio orden en cobrar y volver a su casa a Rocinante con el jumento; al cual como vio Sancho, que estaba sentado al zaguán, se levantó de la mesa, y abrazándolo le dijo:

-¡Ay, asno de mi alma, tú seas tan bien venido como las buenas Pascuas, y dételas Dios a ti y a todas las cosas en que pusieres mano, tan buenas como me las has dado a mí con tu vuelta! Mas dime: ¿cómo te ha ido a ti en el cerco de Zamora con aquel Rodamonte, a quien rodado vea yo por el monte abajo en que Satanás tentó a Nuestro Señor Jesucristo?

Mosén Valentín, que vio a Sancho tan alegre por haber hallado su asno, le dijo:

-No se os dé nada, Sancho, que cuando vuestro asno no pareciera, yo, por lo mucho que os quiero, os diera una burra tan buena como él, y aún mejor.

-Eso no podía ser -dijo Sancho-, porque este mi jumento me sabe ya la condición y yo sé la suya, de suerte que, apenas ha comenzado a rebuznar, cuando le entiendo, y sé si pide cebada o paja, o si quiere beber o que le desalbarde para echarse en la caballeriza; y, en fin, le conozco mejor que si le pariera.

-Pues ¿cómo -dijo el clérigo-, señor Sancho, entendéis vos cuándo el jumento quiere reposar?

-Yo, señor Valentín -respondió Sancho-, entiendo la lengua asnuna muy lindamente.

Riyó el clérigo mucho de su respuesta, y mandó que le diesen muy bien recado, así a él como a su jumento y a Rocinante, pues ya don Quijote reposaba; lo cual fue hecho con mucha puntualidad. Después de cena, llegaron otros dos clérigos, amigos de mosén Valentín, a su casa, a saber cómo le iba con los huéspedes; el cual les dijo:

-Por Dios, señores, que tenemos con ellos el más lindo pasatiempo agora en esta casa que se puede imaginar; porque el principal, que es el que está en la cama, se finge en su fantasía caballero andante como aquellos antiguos Amadís o Febo, que los mentirosos libros de caballerías llaman andantes; y así, según me parece, él piensa con esta locura ir a las justas de Zaragoza y ganar en ellas muchas joyas y premios de importancia. Pero gozaremos de su conversación los días que aquí en mi casa se estuviere curando, y augmentará nuestro entretenimiento la intrínseca simplicidad deste labrador, a quien el otro llama su fiel escudero.

Tras esto, comenzaron a platicar con Sancho, y preguntáronle punto por punto de todas las cosas de don Quijote; el cual les contó todo lo que con él había pasado el otro año y los amores de Dulcinea del Toboso, y cómo se llamaba Don Quijote de la Mancha y agora el Caballero Desamorado para ir a las justas de Zaragoza; y a este compás desbuchó don Sancho todo lo que de don Quijote sabía. Pero rieron mucho con lo de los galeotes y penitencia de Sierra Morena y encerramiento de la jaula, con lo cual acabaron de entender lo que don Quijote era y la simplicidad con que Sancho le seguía, alabando sus cosas.

De suerte que estuvieron en casa de mosén Valentín casi ocho días Sancho y don Quijote, al cabo de los cuales, pareciéndole a él que estaba ya bueno y que era tiempo de ir a Zaragoza a mostrar el valor de su persona en las justas, dijo un día, después de comer, a mosén Valentín:

-A mí me parece, ¡oh buen sabio Lirgando!, pues por vuestro gran saber he sido traído y curado en este vuestro insigne castillo, sin tenerlo servido, que ya es tiempo de que con vuestra buena licencia me parta luego para Zaragoza, pues vos sabéis lo mucho que importa a mi honra y reputación. Que si la fortuna me fuere favorable (y sí será siendo vos de mi parte), yo pienso presentaros alguna de las mejores joyas que en ellas hubiere, y la habéis de recebir por me hacer merced. Sólo os suplico que no me olvidéis en las mayores necesidades, porque muchos días ha que el sabio Alquife, a cuya cuenta está el escribir mis fazañas, no lo he visto, y creo que de industria hace el dejarme solo en algunos trabajos, para que así aprenda dellos a comer el pan con corteza y me valga por mi pico, como dicen. Por tanto, yo me quiero partir luego a la hora. Y si sois servido de enviar conmigo algún recado en mi recomendación a la sabia Urganda la Desconocida, para que, si fuere herido en las justas, ella me cure, y me haréis muy grande merced en ello.

Mosén Valentín, después de haberle escuchado con mucha atención, le dijo:

-Vuesa merced, señor Quijada, se podrá ir cuando fuere servido, pero advierta que yo no soy Lirgando, ese mentiroso sabio que dice, sino un sacerdote honrado que, movido de compasión de ver la locura en que vuesa merced anda con sus quimeras y caballerías, le he recebido con fin de decirle y aconsejarle lo que le hace al caso, y advertirle a solas, de las puertas adentro de mi casa, cómo anda en pecado mortal, dejando la suya y su hacienda con aquel sobrinito que tiene, andando por esos caminos como loco, dando nota de su persona y haciendo tantos desatinos. Y advierta que alguna vez podrá hacer alguno por el cual le prenda la justicia, y, no conociendo su humor, le castigue con castigo público y pública deshonra de su linaje; o, no habiendo quien le favorezca o conozca, quizá por haber muerto alguno en la campaña, tomado de su locura, le cogerá tal vez la Hermandad, que no consiente burlas, y le ahorcará, perdiendo la vida del cuerpo y, lo que peor es, la del alma. Tras que anda escandalizando, no solamente los de su lugar, sino todos los que le ven ir desa suerte armado por los caminos. Si no, vuesa merced lo vea por el día en que entró en este pueblo cómo le seguían los muchachos por las calles, como si fuera loco, diciendo a voces: «¡Al hombre armado, muchachos, al hombre armado!». Bien sé que vuesa merced ha hecho lo que hace por imitar, como dice, a aquellos caballeros antiguos Amadís y Esplandián, con otros que los no menos fabulosos que perjudiciales libros de caballerías fingen, a los cuales vuesa merced tiene por auténticos y verdaderos, sabiendo, como es verdad, que nunca hubo en el mundo semejantes caballeros, ni hay historia española, francesa, ni italiana, a lo menos auténtica, que haga dellos mención; porque no son sino una composición ficticia, sacada a luz por gente de capricho, a fin de dar entretenimiento a personas ociosas y amigas de semejantes mentiras, de cuya lición se engendran secretamente en los ánimos malas costumbres, como de los buenos buenas. Y de aquí nace que hay tanta gente ignorante en el mundo que, viendo aquellos libros tan grandes impresos, les parece, como a vuesa merced le ha parecido, que son verdaderos, siendo, como tengo dicho, composición mentirosa. Por tanto, señor Quijada, por la pasión que Dios pasó, le ruego que vuelva sobre sí y deje esta locura en que anda, volviéndose a su tierra; y, pues me dice Sancho que vuesa merced tiene razonablemente hacienda, gástela en servicio de Dios y en hacer bien a pobres, confesando y comulgando a menudo, oyendo cada día su misa, visitando enfermos, leyendo libros devotos y conversando con gente honrada, y, sobre todo, con los clérigos de su lugar, que no le dirán otra cosa de lo que yo le digo. Y verá con esto cómo será querido y honrado, y no juzgado por hombre falto de juicio, como todos los de su lugar y los que le ven andar desa manera le tienen. Y más, que le juro por las órdenes que tengo, que iré con vuesa merced, si dello gusta, hasta dejarle en su propria casa, aunque haya de aquí a ella cuarenta leguas, y aun le haré todo el gasto por el camino, porque vea vuesa merced cómo deseo yo más su honra y el bien de su alma, que vuesa merced proprio; y deje esas vanidades de aventuras, o, por mejor decir, desventuras; que ya es hombre mayor. No digan que se vuelve a la edad de los niños, echándose a perder a sí y a este buen labrador que le sigue, que tan poco ha cerrado la mollera como vuesa merced.

Sancho, que a todo lo que mosén Valentín había dicho había estado muy atento, sentado sobre la albarda de su caro jumento, dijo:

-Por cierto, señor licenciado, que su reverencia tiene grandísima razón, y lo propio que vuesa merced le dice a mi señor, le digo yo y le ha dicho el cura de mi tierra; y no hay remedio con él, sino que habemos de ir buscando tuertos por ese mundo. El año pasado y éste jamás habemos hallado sino quien nos sacuda el polvo de las costillas, viéndonos cada día en peligro de perder el pellejo por los grandes desaforismos que mi señor hace por esos caminos, llamando a las ventas castillos, y a los hombres, a unos Gaiteros, a otros Guirnaldos, a otros Bermudos, a otros Rodamontes, y a otros diablos que se los lleven. Y es lo bueno que son o meloneros o arrieros o gente pasajera; tanto, que el otro día a una moza gallega de una venta, hecha una picarona, que me brindaba por cuatro cuartos con los que sacó del vientre de su madre, llamaba a boca llena a la infanta Galiciana, y por ella aporreó al ventero, y nos pensamos ver en un inflicto de la maldición. Y créame vuesa merced y plegue a santa Bárbara, abogada de los truenos y relámpagos, que si miento en cuanto digo, esta albarda me falte a la hora de mi muerte. Y tengo quebrada ya la cabeza de predicarle sobre estos avisos, pero no hay remedio con él, sino que quiere que aunque me pese le siga; y para ello me ha comprado este mi buen jumento y me da cada mes por mi trabajo nueve reales y de comer; y mi mujer que se lo busque, que así hago yo, pues tiene tan buenos cuartos.

Don Quijote había estado cabizbajo a todo lo que mosén Valentín y Sancho Panza habían dicho; y, como quien despierta, comenzó a decir desta manera:

-¡Afuera pereza! Mucho, señor arzobispo Turpín, me espanto de que, siendo Vuesa Señoría de aquella ilustre casa del emperador Carlos, llamado el Magno por excelencia, y pariente de los Doce Pares de la noble Francia, sea tanta su pusilanimidad y cobardía que huya de las cosas arduas y dificultosas, apartándose de los peligros, sin los cuales es imposible poderse alcanzar la verdadera honra. Nunca cosas grandes se adquirieron sin grandes dificultades y riesgos; y si yo me pongo a los presentes y venideros, sólo lo hago como magnánimo, por alcanzar honra para mí y cuantos me sucedieren. Y esto es lícito, pues quien no mira por su honra, mal mirará por la de Dios. Y así, Sancho, dame luego a la hora mis armas y caballo, y partamos para Zaragoza; que si yo supiera la cobardía y pusilanimidad que había en esta casa, nunca jamás la ocupara. Pero salgamos della al punto, porque no se nos apegue tan mala polilla.

Sancho fue luego a ensillar a Rocinante y albardar juntamente su rucio. Pero el buen clérigo, que vio tan resuelto y empedernido a don Quijote, no le quiso replicar más, antes estaba escuchando todo cuanto decía cada pieza que Sancho le ponía del arnés, que eran cosas graciosísimas, ensartando mil principios de romances viejos sin ningún orden ni concierto. Y, al subir en el caballo, dijo con gravedad:

-Ya cabalga Calaínos, Calaínos, el infante.

Y luego, volviéndose a mosén Valentín, con su lanza y adarga en la mano, le dijo con voz arrogante:

-Caballero ilustre, yo estoy muy agradecido de la merced que en este vuestro imperial alcázar se me ha hecho a mí y a mi escudero. Por tanto, mirad si yo os soy de algún provecho para haceros vengado de algún agravio que algún fiero gigante os haya hecho; que aquí está Mucio Cévola, aquel que sin pavor ni miedo, pensando matar al Porsena, que tenía cercada a Roma, puso intrépido su desnudo brazo sobre el brasero de fuego, dando muestras en el hecho de tan grande esfuerzo y valentía, cuanto las dio de corrimiento en la causa dél. Y estad cierto que os haré vengado de vuestros enemigos tan a vuestro sabor, que digáis que en buena hora me recebistes en vuestra casa.

Y, diciéndole tras esto se quedase con Dios, sin aguardar respuesta, dio de espuelas a Rocinante; y, llegan o a la plaza, en viéndole los muchachos, comenzaron a gritar:

-¡Al hombre armado, al hombre armado!

Y seguido dellos, pasó adelante a medio galope hasta que salió del lugar, dejando maravillados a todos los que le miraban.

El bueno de Sancho enalbardó su jumento y, subiendo en él, dijo:

-Señor Valentín, yo no le ofrezco a vuesa merced peleas como mi amo ha hecho, porque más sé de ser apaleado que de pelear; pero yo le agradezco mucho el servicio que nos ha hecho; por muchos años lo pueda continuar. Mi lugar se llama el Argamesilla; cuando yo esté allá, estaré aparejado para helle toda merced, y mi mujer Mari Gutiérrez sé de cierto que le besa a vuesa merced las manos en este punto.

-Sancho hermano -dijo mosén Valentín-, Dios os guarde. Y mirad que os ruego que cuando vuestro señor vuelva a su tierra, vengáis por aquí; que seréis vos y él bien recebidos, y no haya falta.

Respondió Sancho:

-Yo se lo prometo a vuesa merced; y quédese con Dios, y plegue a la señora Santa Águeda, abogada de las tetas, que viva vuesa merced tan largos años como vivió nuestro padre Abraham.

Comenzó tras esto con toda priesa a arrear su asno; y, pasando por la plaza, le cercaron les jurados y todos los que en ella estaban, por reír un poco con él; el cual, como los vio juntos, les dijo:

-Señores, mi amo va a Zaragoza a hacer unas justas y torneos reales. Si matamos alguna gruesa de aquellos gigantones o Fierablases, que dicen hay allá muchos, yo les prometo, pues nos han hecho servicio de volvernos a Rocinante y al rucio, de traelles una de aquellas ricas joyas que ganaremos y una media docena de gigantones en escabeche. Y si mi amo llegare a ser (que sí hará, según es de valiente) rey o, por lo menos, emperador, y yo tras él me viere papa o monarca de alguna iglesia, les prometemos de hellos a todos los deste lugar, cuando menos, canónigos de Toledo.

Dieron todos con el dicho de Sancho una grandísima risada, y los muchachos, que estaban detrás de todos, como vieron que los jurados y clérigos hacían burla de Sancho, el cual estaba caballero en su asno, comenzaron a silbarle y, juntamente, a tirarle con pepinos y berenjenas, de suerte que no bastaron todos los que allí estaban a detener su furia. Y así, a Sancho le fue forzoso bajar del asno y darle con el palo muy aprisa, hasta que salió del lugar y topó a don Quijote, que le estaba esperando, el cual e dijo:

-¿Qué es, Sancho? ¿Qué has hecho? ¿En qué te has detenido?

Respondió Sancho:

-¡Oh, reniego de los zancajos de la mujer de Job! ¿Cómo se vino vuesa merced y me dejó en las manos de los caldereros de Sodoma? Que le prometo, así yo me vea arzobispo de aquella ciudad que me prometió el año pasado, que me agarraron, en yéndose vuesa merced, entre seis o siete de aquellos escribas y fariseos, y me llevaron en casa del boticario, y me echaron una melecina de plomo derretido, tal, que me hace venir despidiendo perdigones calientes por la puerta falsa, sin que pueda reposar un punto.

-No se te dé nada -dijo don Quijote-, que ya vendrá tiempo en que nos hagamos bien vengados de todos los agravios que en este lugar, por no conocernos, nos han hecho. Pero ahora caminemos para Zaragoza, que es lo que importa; que allí oirás y verás maravillas.


 Capítulo VIII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo el buen hidalgo don Quijote llegó a la ciudad de Zaragoza, y de la estraña aventura que a la entrada della les sucedió con un hombre que llevaban azotando


Tan buena maña se dieron a caminar el buen don Quijote y Sancho, que a otro día, a las once, se hallaron una milla de Zaragoza. Toparon por el camino mucha gente, de pie y de a caballo, la cual venía de las justas que en ella se habían hecho; que, como don Quijote se detuvo en Ateca ocho días curándose de sus palos, se hicieron sin que él las honrase con su presencia, como deseaba; de lo cual informado en el camino de los pasajeros, estaba como desesperado. Y así, iba maldiciendo su fortuna por ello y echaba la culpa al sabio encantador, su contrario, diciendo que él había hecho por donde las justas se hubiesen hecho con tanta presteza para quitarle la honra y gloria que en ellas era forzoso ganar, dando la vitoria, a él debida, a quien él maliciosamente favorecía.

Con esto, iba tan mohíno y melancólico, que a nadie quería hablar por el camino, hasta tanto que llegó cerca de la Aljafería, adonde, como se le llegasen por verle de cerca algunas personas, con deseo de saber quién era y a qué fin entraba armado de todas piezas en la ciudad, les dijo en voz alta:

-Decidme, caballeros, ¿cuántos días ha que se acabaron las justas que en esta ciudad se han hecho, en las cuales no he merecido poderme hallar? Cosa de que estoy tan desesperado cuanto descubre mi rostro; pero la causa ha sido el estar yo ocupado en cierta aventura y encuentro que con el furioso Roldán he tenido. ¡Nunca yo con él topara! Pero no seré yo Bernardo del Carpio si, ya que no tuve ventura de hallarme en ellas, no hiciere un público desafío a todos los caballeros que en esta ciudad se hallaren enamorados, de suerte que venga por él a cobrar la honra que no he podido ganar por no haberme hallado en tan célebres fiestas; y será mañana el día dél. Y desdichado aquel que yo encontrare con mi lanza o arrebataren los filos de mi espada, que en él, por ellos, pienso quebrar la cólera y enojo con que a esta ciudad vengo. Y si hay aquí alguno de vosotros, o están algunos en este vuestro fuerte castillo que sean enamorados, yo los desafío y reto luego a la hora por cobardes y fementidos, y se lo haré confesar a voces en este llano. Y salga el justicia que dicen hay en esta ciudad con todos los jurados y caballeros della, que todos son follones y para poco, pues un solo caballero los reta, y no salen como buenos caballeros a hacer batalla conmigo solo. Y, porque sé que son tales que no tendrán atrevimiento de aguardarme en el campo, me entro luego en la ciudad, donde fijaré mis carteles por todas sus plazas y cantones, pues de miedo de mi persona y de envidia de que no llevase el premio y honras de las justas, las han hecho con tanta brevedad. ¡Salid, salid, malendrines zaragozanos, que yo vos faré confesar vuestra sandez y descortesía!

Decía esto volviendo y revolviendo acá y acullá su caballo, de suerte que todos los que le estaban mirando, siendo más de cincuenta los que se habían juntado a hacello, estaban maravillados y no sabían a qué atribuirlo. Unos decían:

-¡Voto a tal, que este hombre se ha vuelto loco y que es lunático!

Otros:

-No, sino que es algún grandísimo bellaco, y a fe que si le coge la justicia, que se le ha de acordar para todos los días de su vida.

Mientras él andaba haciendo dar saltos a Rocinante, que quisiera más medio celemín de cebada, dijo Sancho a todos los que estaban hablando de su amo:

-Señores, no tienen qué decir de mi señor, porque es uno de los mejores caballeros que se halle en todo mi lugar, y le he visto con estos ojos hacer tantas guerreaciones en la Mancha y Sierra Morena, que, sí las hubiese de contar, sería menester la pluma del gigante Golías. Ello es verdad que no todas veces nos salían las aventuras como nosotros quisiéramos, porque cuatro o cinco veces nos santiguaron las costillas con unas rajas. Mas con su pan se lo coman; que a fe que tiene jurado mi señor que, en topándolos otra vez, como los cojamos solos y dormidos, atados de pies y manos, que los hemos de quitar los pellejos y hacer dellos una adarga muy linda para mi amo.

Comenzaron todos con esto a reír, y uno dellos le preguntó que de adónde era, a lo cual respondió Sancho:

-Yo, señores, hablando con debido acatamiento de las barbas honradas, soy natural de mi lugar, que, con perdón, se llama la Argamesilla de la Mancha.

-Por Dios -dijo otro-, que entendía que vuestro lugar se llamaba otra cosa, según hablastes de cortésmente al nombralle. Pero ¿qué lugar es la Argamesilla, que yo nunca le he oído decir?

-¡Oh cuerpo de quien me comadreó al nacer! -dijo Sancho-. Un lugar es harto mejor que esta Zaragoza. Ello es verdad que no tiene tantas torres como ésta, que no hay en mi lugar más de una sola; ni tiene esta tapia grande de tierra que la cerca al derredor; pero tiene las casas, ya que no son muchas, con lindísimos corrales, que caben en cada uno dos mil cabezas de ganado. Tenemos un lindísimo herrero que aguza las rejas que es para dar mil gracias a Dios. Ahora, cuando salimos dél, trataban los alcaldes de enviarlo al Toboso, que no lo hay. En mi lugar tenemos también una iglesia que, aunque es chica, tiene muy lindo altar mayor y otro de Nuestra Señora del Rosario, con una Madre de Dios que tiene dos varas en alto, con un gran rosario alrededor, con los Padres Nuestros de oro, tan gordos como este puño. Ello es verdad que no tenemos reloj; pero a fe que ha jurado el cura que el primer año santo que venga, tenemos de her unos riquísimos órganos.

Con esto el buen Sancho quería irse a donde estaba su amo cercado de otra tanta gente; mas, asiéndole uno del brazo, le dijo:

-Amigo, decidnos cómo se llama aquel caballero, para que sepamos su nombre.

-Señores, para decilles la verdad -dijo Sancho-, él se llama don Quijote de la Mancha, y agora un año se llamaba el de la Triste Figura, cuando hizo penitencia en la Sierra Morena, como ya deben de saber por acá, y ahora se llama el Caballero Desamorado. Yo me llamo Sancho Panza, su fiel escudero, hombre de bien, según dicen los de mi pueblo, y mi mujer se llama Mari Gutiérrez, tan buena y honrada que puede, con su persona, dar satisfación a toda una comunidad.

Con esto, bajó del asno, dejando riendo a todos los que presentes estaban, y caminó para donde estaba su amo cercado de más de cien personas, y los demás dellos caballeros que habían salido a tomar el fresco, y, como habían visto tanta gente junta en corrillo y un hombre armado en medio, llegaron con los caballos a ver lo que era; a los cuales como viese don Quijote, les comenzó a decir, puesto el cuento de la lanza en tierra:

-Valerosos príncipes y caballeros griegos, cuyo nombre y cuya fama del uno hasta el otro polo, del Ártico al Antártico, del Oriente al Poniente, del Setentrión al Mediodía, del blanco alemán hasta el adusto escita, está esparcida, floreciendo en vuestro grande imperio de Grecia, no solamente aquel grande emperador Trebacio y don Belianís de Grecia, pero los dos valerosos y nunca vencidos hermanos, el Caballero del Febo y Rosicler, ya veis el porfiado cerco que sobre esta ciudad famosa de Troya por tantos años habemos tenido, y que en cuantas escaramuzas habemos trabado con estos troyanos y Héctor, mi contrario (a quien, siendo yo, como soy, Aquiles, vuestro capitán general, nunca he podido coger solo para pelear con él cuerpo a cuerpo y hacerle dar, a pesar de toda su fuerte ciudad, a Elena, con la cual se nos han alzado por fuerza)... Conviene, pues, ¡oh, valerosos héroes!, que toméis agora mi consejo (si es que deseáis salgamos con cumplida vitoria destos troyanos, acabándolos todos a fuego y a sangre, sin que dellos se escape sino el piadoso Eneas, que, por disposición de los cielos, sacando del incendio a su padre Anquises en los hombros, ha de ir con cierta gente y naves a Cartago, y de allí a Italia, a poblar aquella fértil provincia con toda aquella noble gente que llevará en su compañía), el cual es que hagamos un paladión o un caballo grande de bronce y que metamos en él todos los hombres armados que pudiéremos, y le dejemos en este campo con sólo Sinón, a quien los más conocéis, atado de pies y manos, y que nosotros finjamos retirarnos del cerco, para que ellos, saliendo de la ciudad, informados de Sinón y engañados por él con sus fingidas lágrimas, a persuasión suya, metan dentro della nuestro gran caballo, a fin de sacrificarle a sus dioses, que lo harán sin duda, rompiendo para su entrada un lienzo de la muralla; y después que todos se sosieguen, seguros saldrán a la medianoche de su preñado vientre los caballeros armados que estarán en él, y pegarán fuego a su salvo a toda la ciudad, acudiendo después nosotros de improviso, como acudiremos, a aumentar su fiero incendio, levantando los gritos al cielo al compás de las llamas, que se cebarían en torres, chapiteles, almenas y balcones, diciendo: «¡Fuego suena, fuego suena! ¡Que se nos alza Troya con Elena!».

Y con esto dio de espuelas a Rocinante, dejándolos a todos maravillados de su estraña locura. Sancho también comenzó a arrear su asno y fuese tras su amo, el cual, en entrando por la puerta del Portillo, comenzó a detener su rocín e ir la calle adelante muy poco a poco, mirando las calles y ventanas con mucha pausa. Iba Sancho detrás dél con el asno del cabestro, aguardando ver en qué mesón paraba su amo, porque Rocinante, a cada tablilla de mesón que veía, se paraba y no quería pasar; pero don Quijote lo espoleaba hasta que, a pesar suyo, le hacía ir adelante, lo cual sentía Sancho a par de muerte, porque rabiaba de cansacio y hambre.

Sucedió, pues, que yendo don Quijote la calle adelante, dando harto que decir a toda la gente que le veía ir de aquella manera, traía la justicia por ella a un hombre caballero en un asno, desnudo de la cintura arriba, con una soga al cuello, dándole docientos azotes por ladrón, al cual acompañaban tres o cuatro alguaciles y escribanos, con más de docientos muchachos detrás. Visto este espectáculo por nuestro caballero, deteniendo a Rocinante y puesto en mitad de la calle, con gentil continente, la lanza baja, comenzó a decir en alta voz desta manera:

-¡Oh, vosotros, infames y atrevidos caballeros, indignos deste nombre! Dejad luego al punto libre, sano y salvo a este caballero que injustamente, con traición, habéis prendido, usando, como villanos, inauditos estratagemas y enredos para cogerle descuidado. Porque él estaba durmiendo cerca de una clara fuente, a la sombra de unos frondosos alisos, por el dolor que le debía de causar el ausencia o el rigor de su dama, y vosotros, follones y malendrines, le quitastes sin hacer rumor su caballo, espada y lanza y las demás armas, y le habéis desnudado sus preciosas vestiduras, llevándole atado de pies y manos a vuestro fuerte castillo, para metelle con los demás caballeros y princesas que allí, sin razón, tenéis en vuestras tan obscuras cuanto húmedas mazmorras. Por tanto, dadle luego aquí sus armas y suba en su poderoso caballo, que él es tal por su persona, que en breve espacio dará cuenta de vuestra vil canalla gigantea. ¡Soltadle, soltadle presto, bellacos, o veníos todos juntos, como es vuestra costumbre, para mí solo, que yo os daré a entender a vosotros y a quien con él os envía, que todos sois infames y vil canalla!

Los que llevaban el azotado, que semejantes razones oyeron decir a un hombre armado con espada y lanza, no supieron qué le responder. Pero un escribano de los que iban a caballo, viendo que estaban detenidos en medio de la calle, y que aquel hombre no dejaba pasar adelante la ejecución de la justicia, dando de espuelas al rocín en que iba, se llegó a don Quijote y, asiéndole de la rienda a Rocinante, le dijo:

-¿Qué diablos decís, hombre de Satanás? ¡Tiraos afuera! ¿Estáis loco?

¡Oh santo Dios, y quien pudiera pintar la encendida cólera que del corazón de nuestro caballero se apoderó en este punto! El cual, haciéndose un poco atrás, arremetió con su lanzón para el pobre del escribano, de suerte que, si no se dejara caer por las ancas del rocín, sin duda le escondiera don Quijote en el estómago el hierro mohoso del lanzón; mas esto fue causa de que nuestro caballero errase el golpe. Los alguaciles y demás ministros de justicia que allí venían, viendo un caso tan no pensado, sospechando que aquel hombre era pariente del que iban azotando, y que se le quería quitar por fuerza, comenzaron a gritar:

-¡Favor a la justicia! ¡Favor a la justicia!

La gente que allí se halló, que no era poca, y algunos de a caballo que al rumor llegaron, procuraban con toda instancia de ayudar a la justicia y prender a don Quijote, el cual, viendo toda aquella gente sobre sí, con las espadas desnudas, comenzó a decir a grandes voces:

-¡Guerra, guerra; a ellos; Sanctiago, San Dionís, cierra, cierra; mueran!

Y arrojó tras las voces la lanza a un alguacil, con tal fuerza, que si no le acertara a pasar por debajo del brazo izquierdo, lo pasara harto mal. Soltó luego la adarga en tierra, y, metiendo mano a la espada, de tal manera la revolvía entre todos, con tanta braveza y cólera, que si el caballo le ayudara, que a duras penas se quería mover, según estaba cansado y muerto de hambre, pudiera ser no pasarlo tan mal como lo pasó. Pero, como la gente era mucha y la grita que todos daban siempre de «¡favor a la justicia!» allegase siempre más, las espadas que sobre don Quijote caían eran infinitas. Con lo cual y con la pereza de Rocinante, junto con el cansacio con que nuestro caballero andaba, pudieron todos en breve rato ganarle la espada; y, quitándosela de la mano, le abajaron de Rocinante y, a pesar suyo, se las ataron ambas atrás; y, agarrándole cinco o seis corchetes, le llevaron a empellones a la cárcel. El cual, viéndose llevar de aquella manera, daba voces diciendo:

-¡Oh, sabio Alquife; oh, mi Urganda astuta; ahora es tiempo que mostréis contra este falso hechicero si sois verdaderos amigos!

Y con esto hacía toda la resistencia que podía para soltarse, pero era en vano. El azotado prosiguió adelante su procesión, y a nuestro caballero, por las mismas calles que él la había empezado, le llevaron a la cárcel y le metieron los pies en un cepo, con unas esposas en las manos, habiéndole primero quitado todas sus armas.

En esto, llegando un hijo del carcelero cerca dél, para decir a un corchete que le echase una cadena al cuerpo, oyéndolo, alzó en alto las manos con las esposas y le dio con ellas al pobre mozo tan terrible golpe sobre la cabeza, que, no valiéndole el sombrero, que era nuevo, le hizo una muy buena herida; y segundara con otra si el padre del mozo, que estaba presente, no levantara el puño y le diera media docena de mojicones en la cara, haciéndole saltar la sangre por las narices y boca, dejando con esto al pobre caballero, que aun no se podía limpiar, hecho un retablo de duelos. Las cosas que decía y hacía en el cepo no habrá historiador, por diligente que sea, que baste a contarlas.

El bueno de Sancho, que se había hallado presente a todo lo pasado con su asno del cabestro, como vio llevar a su amo de aquella manera, comenzó a llorar amargamente, prosiguiendo el camino por donde le llevaban, sin decir que era su criado; maldecía su fortuna y la hora en que a don Quijote había conocido, diciendo:

-¡Oh, reniego de quien mal me quiere y de quien no se duele de mí en tan triste trance! ¿Quién demonios me mandó a mí volver con este hombre, habiendo pasado la otra vez tantos desafortunios, siendo ya apaleado, ya amanteado, y puesto otras veces a peligro de que, si me cogiera la Santa Hermandad, me pusiera en cuatro caminos para que después no pudiera ser rey ni roque? ¿Qué haré? ¡Pobre de mí!, que estoy por irme desesperado por esos mundos y por esas Indias y meterme por esos mares, entre montes y valles, comiendo aves del cielo y alimañas de la tierra, haciendo grandísima penitencia y tornándome otro fray Juan Guarismas, andando a gachas como un oso selvático, hasta tanto que un niño de setenta años me diga: «Levántate, Sancho, que ya don Quijote está fuera de la cárcel».

Con estas endechas y mesándose las espesas barbas, llegó a la puerta de la cárcel en que vio meter a su amo, y él se quedó arrimado a una pared con su asno del cabestro, hasta ver en qué paraba el negocio. Lloraba de rato en rato, particularmente cuando oía decían los que bajaban de la cárcel, a cuantos pasaban por delante della, cómo ya querían sacar a azotar al hombre armado; de quien unos decían que merecía la horca por su atrevimiento; otros le condenaban sólo, movidos de más piedad, a docientos y galeras, por el breve rato que con su buena plática detuvo la ejecución de la justicia; otros decían: «No quisiera yo estar en su pellejo, aunque ponga por escusa de su insolencia que estaba borracho o loco». Todo esto sentía Sancho a par de muerte, pero callaba como un santo.

Sucedió, pues, que los dos alguaciles, el carcelero y su hijo se fueron juntos a la justicia, ante quien acriminaron de suerte el caso, que el justicia mandó que luego, en fragante, sin más información, le sacasen a la vergüenza por las calles y le volviesen después otra vez a la cárcel, hasta saber jurídicamente la verdad del delicto. Cuando los alguaciles venían de vuelta a ejecutar la dicha repentina sentencia, acababa de volver el azotado en su asno a la puerta de la cárcel, con el acompañamiento de muchachos que los tales suelen; y, al punto que le vio, uno de los alguaciles dijo, a vista de Sancho, al verdugo:

-¡Ea!, bajad ese hombre, y no volváis el asno, porque en él habéis de subir luego a pasear por las mismas calles aquel medio loco que ha pretendido estorbar la justicia; que esto manda la mayor de la ciudad se le dé luego, como por principio de las galeras y azotes que se le esperan. Infinita fue la tristeza que en el corazón del pobre Sancho entró cuando oyó semejantes palabras al alguacil, y más cuando vio que todo se aparejaba para sacar a la vergüenza a su amo, y que toda aquella gente estaba a la puerta de la cárcel diciendo:

-Bien se merece el pobre caballero armado los azotes que le esperan, pues fue tan necio que metió mano, sin para qué, contra la justicia; y sin eso, en la misma cárcel ha descalabrado al hijo del carcelero.

Éstas y otras semejantes razones tenían a Sancho hecho loco, sin saber qué hacer ni decir; y así, no hacía otra cosa sino escuchar aquí y preguntar allí. Pero en todas partes oía malas nuevas de las cosas de su amo, al cual comenzaban ya de hecho a desherrar del cepo para sacarle a la vergüenza.


 Capítulo IX
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo don Quijote, por una estraña aventura, fue libre de la cárcel, y de la vergüenza a que estaba condenado


Estando el pobre de Sancho llorando lágrimas vivas y esperando, hecho ojos, cuándo había de ver a su señor desnudo de medio arriba y caballero en su asno para darle los docientos azotes que había oído le habían de dar de presente, pasaron siete o ocho caballeros de los principales de la ciudad por allí a caballo, y, como vieron tanta gente a la puerta de la cárcel a hora tan extraordinaria, pues eran más de las cuatro, preguntaron la ocasión de la junta; y un mancebo les contó lo que aquel hombre armado, que decían habían de bajar para azotarle por las calles, había hecho y dicho dentro y fuera de la ciudad y en la cárcel, y cómo había querido quitar un azotado a la justicia en medio de la calle, de lo cual se maravillaron; y mucho más cuando supieron que no había hombre ni mujer en toda la ciudad que le conociese.

Tras éste, llegó otro y les dijo todo lo que antes de entrar en la ciudad había dicho a una tropa de caballeros, los cuales allí nombró, con lo cual rieron mucho; pero maravilláronse de que no hubiese persona que les dijese a qué propósito iba armado con adarga y lanza. Estando en esto, quiso la suerte que Sancho se llegase a escuchar lo que allí se decía de su amo; y mirando bien a los caballeros, conoció entre ellos a don Álvaro Tarfe, el cual, aunque había seis días que las justas se habían hecho, él no se había ido, por aguardar una sortija que unos caballeros de la ciudad, de los más principales, y él tenían ordenada para el domingo siguiente.

Soltó Sancho el asno del cabestro en viéndole, y, puesto de rodillas en mitad de la calle, delante de los caballeros, con su caperuza en la mano, llorando amargamente, comenzó a decir:

-¡Ah, señor don Álvaro Tarfe! Por los Evangelios del señor San Lucas, que vuesa merced tenga compasión de mí y de mi señor don Quijote, el cual está en esta cárcel y le quieren sacar a azotar cuando menos, si señor San Antón y vuesa merced no le remedian; porque dicen que ha hecho aquí a la justicia no sé qué sin justicia y desaguisado, y por ello le quieren echar a galeras por treinta o cuarenta años.

Don Álvaro Tarfe luego conoció a Sancho Panza y sospechó todo lo que podía ser; y así, maravillado de verle, le dijo:

-¡Oh, Sancho! ¿Qué es esto? ¿Que vuestro señor es para quien se apareja todo este carruaje? Pero de su locura y vana fantasía, y de vuestra necedad, todo se puede presumir; pero no lo acabo de creer, aunque me lo afirmáis con los estremos con que me lo habéis representado.

-Él es, señor, ¡pecador de mí! -dijo Sancho-. Entre vuesa merced allá y hágale una visita de mi parte, diciendo que le beso las manos y que le advierto que, si le han de sacar en aquel asnillo que metieron ahora, que de ninguna manera suba en él, porque yo le tengo aparejado aquí el rucio, en que podrá ir como un patriarca; el cual, como ya sabe, anda llano, de tal manera, que el que va encima puede llevar una taza de vino en la mano, vacía, sin que se le derrame gota.

Don Álvaro Tarfe, riéndose de lo que el simple de Sancho le había dicho, le mandó que no se fuese de allí hasta que él volviese a salir; y, hablando con dos caballeros de aquéllos, se entró con ellos en la cárcel, donde hallaron al buen hidalgo don Quijote, que le estaban desherrando para sacarle a la vergüenza. Al cual, como vio don Álvaro tan malparado, llena de sangre la cara y manos y con unas esposas en ellas, le dijo:

-¿Qué es esto, señor Quijada? ¿Y qué aventura o desventura ha sido la presente? ¿Parécele a vuesa merced que es ahora bueno tener amigos en la Corte? Pues yo lo seré esta vez tal de vuesa merced, como verá por la esperiencia. Pero, dígame, ¿qué desgracia ha sido ésta?

Don Quijote le miró en la cara y luego le conoció, y con una risa grave le dijo:

-¡Oh, mi señor don Álvaro Tarfe! La vuesa merced sea bien venido. Maravíllome en estremo de la estraña aventura que vuesa merced ha acabado. Digame luego, por Dios, de qué suerte ha entrado en este inespugnable castillo, adonde yo, por arte de encantamiento, he sido preso con todos estos príncipes, caballeros, doncellas y escuderos que en estas duras prisiones hemos estado tan largo tiempo; de qué manera ha muerto los dos fieros gigantes que a la puerta están, levantados los brazos, con dos mazas de fino acero, para estorbar la entrada a los que, a pesar suyo, quisieren entrar dentro; cómo o de qué suerte mató aquel ferocísimo grifo que en el primer patio del castillo está, el cual, con sus rapantes garras, coge un hombre armado de todas piezas y le sube a los vientos, y allí le despedazan. Envidia tengo, sin duda, a tan soberana hazaña, pues por manos de vuesa merced todos seremos libres. Este sabio encantador, mi contrario, será cruelísimamente muerto, y la maga, su mujer, que tantos males ha causado en el mundo, ha de ser luego sin misericordia azotada con pública vergüenza.

-Sacáranle a ella a vuesa merced -dijo don Álvaro-, sin duda, si su buena Fortuna, o, por mejor decir, Dios, que dispone todas las cosas con suavidad, no hubiera ordenado mi venida. Pero, comoquiera que sea, yo he muertos todos esos gigantes que dice y dado la libertad deseada a esos caballeros que le acompañan. Pero conviene por agora, pues yo he sido su libertador, que vuesa merced, obedeciéndome, como lo pide el agradecimiento que me debe, se esté solo aquí en esta sala con esas esposas en las manos, hasta que yo ordene lo contrario, que así importa para el buen remate de mi feliz aventura.

-Mi señor don Álvaro -dijo don Quijote-, será vuesa merced obedecido en eso puntualmente; y quiero, por hacer algún nuevo servicio a vuesa merced, permitirle que de aquí adelante se acompañe conmigo: cosa que jamás pensé hacer con caballero del mundo. Pero quien ha dado cabo y cima a una tan peligrosa hazaña como ésta, juntamente merece mi amistad y compañía, porque vaya viendo en mí, como en un espejo, lo que por todos los reinos del mundo, ínsulas y penínsulas, he hecho y pienso hacer, hasta ganar el grandísimo imperio de Trapisonda y ser casado allí con una hermosa reina de Ingalaterra, y tener en ella dos hijos, habidos por muchas lágrimas, promesas y oraciones. El primero de los cuales, porque nacerá con una señal de una espada de fuego en los pelos, se llamará el de la Ardiente Espada; el otro, porque en el lado derecho tendrá otra señal parda, de color de acero, a modo de una maza, significadora de las terribles mazadas que ha de dar en este mundo, se llamará Mazimbruno de Trapisonda.

Dieron todos una gran risada; mas don Álvaro Tarfe, disimulando, los mandó salir a todos fuera y rogó a uno de los dos caballeros que con él habían entrado se quedase allí, para que ninguno hiciese mal a don Quijote, mientras él con el otro, que era deudo muy cercano del justicia mayor, iban a negociar su libertad, pues sería cosa fácil el alcanzársela, constando tan públicamente a todos de su locura.

En salir de la cárcel, subieron en sus caballos, y dijo don Álvaro a un paje suyo que llevase a Sancho Panza, pues ya le conocía, a su casa, y le diese luego en ella muy bien de comer, sin permitirle saliese della un punto hasta su vuelta. Replicó Sancho a voces:

-Mi señor don Álvaro, advierta vuesa merced que mi rucio está tan melancólico por no ver a Rocinante, su buen amigo y fiel compañero, como yo por no ver ya por esas calles a mi señor don Quijote. Y así, vuesa merced pida cuenta a los fariseos que prendieron a mi amo de dicho noble Rocinante; porque ellos se lo llevaron sin que el pobre, en la pendencia, hubiese dicho a ninguno ninguna mala palabra. Y sepa vuesa merced también nuevas, que ellos se las darán, de la insigne lanza y preciosa adarga de mi señor, que a fe que nos costó trece reales de hacerla pintar toda al olio a un pintor viejo que tenía una gran barruga en las espaldas y vivía en no sé qué calle de las de Ariza; que mi amo me daría a la landre si no le diese cuenta dello.

-Andad, Sancho -dijo don Álvaro-; comed y reposad, y descuidad de lo demás, que todo tendrá buen recado.

Fuese Sancho con el paje, tirando del cabestro a su jumento, poco a poco; y, llegados a casa, le pusieron en la caballeriza con bastante comida, y a Sancho se la dieron tan buena en cantidad cuanto él la dio graciosa con mil simplicidades a los pajes y gente de casa; a todos los cuales contó cuanto por el camino les había sucedido a él y a su amo, así con el ventero como con el melonero y en Ateca. Lo cual todo refirieron ellos después a don Álvaro, que, a estas horas, estaba con el otro caballero informando al justicia mayor de lo que era don Quijote y de cuanto le había sucedido, así con el azotado como con el carcelero y con ellos en la cárcel. El justicia mandó luego con mucho gusto a un portero fuese a la cárcel y mandase de su parte, así al carcelero como a los alguaciles, entregasen aquel preso libre y sin costas, con el caballo y todo lo demás que le habían quitado, al señor don Álvaro Tarfe, lo cual todo fue hecho así.

Llegó don Álvaro a la cárcel a la que volvían a armar a don Quijote, ya libre de las prisiones; y, a la que le entregaron la adarga, rieron mucho cuando la vieron con la letra del Caballero Desamorado y figuras de Cupido y damas. Y, aguardando que anocheciese para que no fuese visto, le hizo llevar a su posada con un paje, a caballo en Rocinante. Cenaron en ella con él los caballeros amigos de don Álvaro con mucho gusto, haciendo decir a Sancho Panza sobrecena todo lo que por el camino les había sucedido; y cuando Sancho dijo que había burlado a su amo en no haber querido dar a la gallega los docientos ducados, sino solos cuatro cuartos, se metió don Quijote en cólera, diciendo:

-¡Oh, infame, vil y de vil casta! Bien parece que no eres caballero noble, pues a una princesa como aquélla, a quien tan injustamente haces moza de venta, diste cuatro cuartos. Yo juro, por el orden de caballería que recebí, que la primera provincia, ínsula o península que gane ha de ser suya, a pesar tuyo y de cuantos villanos como tú hay en el mundo.

Maravilláronse todos aquellos caballeros de la cólera de don Quijote, y Sancho, viendo enojado a su amo, le respondió:

-¡Oh, pesia a los viejos de Santa Susana! ¿Y no conocía vuesa merced en la filomía y andrajos de aquella moza que no era infanta ni almiranta? Y más, que le juro a vuesa merced que, si no fuera por mí, se la llevara un mercadante de trapos viejos para her della papel de estraza, y la muy sucia no me lo agradece agora. Pues a fe que si no fuera porque le tuve miedo, que la hubiera hecho a mojicones que se acordara de Sancho Panza, flor de cuantos escuderos andantes ha habido en el mundo. Pero vaya en hora buena, que si una vez me dio una bofetada y dos coces en estas espaldas, buen pedazo de queso le comí que tenía escondido en el vasar.

Levantóse don Álvaro riendo de lo que Sancho Panza había dicho, y con él los demás; y dio orden que llevasen a don Quijote a un buen aposento, donde le hicieron una honrada cama, en la cual estuvo reposando y rehaciéndose dos o tres días; y a Sancho se le llevaron los pajes a su cuarto, con el cual tuvieron donosísima conversación.


 Capítulo X
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Álvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos a comer, para dar con ellos orden qué libreas habían de sacar en la sortija


Venida la mañana, entró don Álvaro Tarfe en el aposento de don Quijote, y, sentándose junto a su cama en una silla, le dijo:

-¿Cómo le va a vuesa merced, mi señor don Quijote, flor de la caballería manchega, en esta tierra? ¿Hay alguna aventura de nuevo en que los amigos podamos ayudar a vuesa merced? Porque en este reino de Aragón se ofrecen muchas y muy peligrosas cada día a los caballeros andantes; y, en los días pasados, en las justas que aquí se hicieron, vinieron de diversas provincias muchos y muy membrudos gigantes y descomunales jayanes, y hubo aquí algunos caballeros a quien dieron bien en qué entender. Y sólo faltó que vuesa merced se hallase aquí para que diera a semejante gente el castigo que por sus malas obras merecen; pero ya podrá ser que vuesa merced los tope por el mundo y les haga pagar lo de antaño y lo de hogaño.

-Mi señor don Álvaro -respondió don Quijote-, yo estoy y he estado con grandísima pena por no haberme hallado en esas reales justas, pues si en ellas me hallara, creo que ni esos gigantazos se fueran riendo, ni algunos de los caballeros llevaran las preciosas joyas que, a falta mía, llevaron. Pero yo sospecho que nondum sunt completa peccata Amorrhaeorum; quiero decir que no debe de ser cumplido aún el número de sus pecados, y que Dios querrá que, cuando lo sea, yo los castigue.

-Pues, señor don Quijote -dijo don Álvaro-, vuesa merced ha de saber que para después de mañana, que es domingo, tenemos concertada una famosa sortija entre los caballeros desta ciudad y yo, en la cual ha de haber muy ricas joyas y premios de importancia. Han de ser jueces della los mismos que lo fueron de las justas, que son tres caballeros de los más principales deste reino, un titular y dos de encomienda. Asistirán también a ellas muchas y muy hermosas infantas, princesas y camareras de peregrina belleza, volviendo en cielo las ventanas y balcones de la famosa calle del Coso, adonde podrá vuesa merced hallar a manos llenas dos mil aventuras. Todos habemos de salir en ella de librea, echando, al entrar de la calle, sus motes volantes o escritos en las tarjetas de los escudo, que contengan dichos de risa y de pasatiempo. Si vuesa merced se dispone y esfuerza para entrar en ella, yo me ofrezco de acompañarle y darle librea, para que quede con su lado participante de su buena fortuna, y para que entienda esta ciudad y reino que tengo un amigo tal y tan buen caballero, que basta por sí solo a ganar todos los precios de la sortija.

-Yo soy dello muy contento -dijo don Quijote, sentándose en la cama-, sólo porque vuesa merced vea por vista de ojos las cosas que ha oído de mi esfuerzo; que, aunque es verdad, como dice el refrán latino, que la alabanza pierde dicha por la boca del sujeto a quien se encamina, con todo, puedo y quiero decir de mí lo que digo, por ser tan público.

-Yo lo creo así -dijo don Álvaro-; pero vuesa merced se esté quedo en la cama y repose. Para que lo haga con más comodidad, aquí delante della pondremos la mesa y comeremos yo y algunos caballeros de mi cuadrilla; y sobremesa trataremos de lo que se ha de hacer, guiándonos todos en todo por el discreto voto de quien tanta experiencia tiene de semejantes juegos como vuesa merced.

Fuese don Álvaro, y quedó el buen hidalgo con la fantasía llena de quimeras; y, sin poder reposar, se levantó y comenzó a vestirse, imaginando ahincadamente en su negra sortija; y, con la vehemente imaginación, se quedó mirando al suelo sin pestañear, con las bragas a medio poner; y, de allí a un buen rato, arremetió con el brazo muy derecho hacia la pared, dando una carrera y diciendo:

-De la primera vez he llevado el anillo metido en la lanza; y así, vuesas excelencias, rectísimos jueces, me manden dar el mejor premio, pues de justicia se me debe, a pesar de la invidia de los circunstantes aventureros y miradores.

A la voz grande que dio, subieron un paje y Sancho Panza; y, entrando dentro del aposento, hallaron a don Quijote, las bragas caídas, hablando con los jueces mirando al techo. Y, como la camisa era un poco corta por delante, no dejaba de descubrir alguna fealdad; lo cual visto por Sancho Panza, le dijo:

-Cubra, señor Desamorado, ¡pecador de mí!, el etcétera, que aquí no hay jueces que le pretendan echar otra vez preso, ni dar docientos azotes, ni sacar a la vergüenza, aunque harto saca vuesa merced a ella las suyas sin para qué; que bien puede estar seguro.

Volvió la cabeza don Quijote y, alzando las bragas de espaldas para ponérselas, bajóse un poco y descubrió de la trasera lo que de la delantera había descubierto, y algo más asqueroso. Sancho, que lo vio, le dijo:

-¡Pesia a mi sayo! Señor, ¿qué hace? Que peor está que estaba. Eso es querer saludarnos con todas las inmundicias que Dios le ha dado.

Rióse mucho el paje; y don Quijote, componiéndose lo mejor que pudo, se volvió a él, diciendo:

-Digo que soy muy contento, señor caballero, que la vuestra batalla se haga de la suerte que a vos os parece, sea a pie o sea a caballo, con armas o sin ellas; que a todo me hallaréis dispuesto; que, aunque estoy seguro de la victoria, con todo, me huelgo en estremo de hacer batalla con un tan nombrado caballero, y delante de tanta gente que verán por vista de ojos el valor de persona tan desamorada como yo soy.

-Señor caballero -respondió el paje-, aquí no hay alguno que pretenda hacer batalla con vuesa merced; y si alguna habemos de hacer, ha de ser de aquí a dos horas con un gentil pavo que está aguardándonos para ser nuestro convidado a la mesa.

-Ese caballero -replicó don Quijote- que llamáis Pavo, ¿es natural deste reino o estranjero? Porque no querría, por todas las cosas del mundo, que fuese pariente ni paniaguado del señor don Álvaro.

Oyendo esto, salió de través Sancho, diciendo:

-Por vida del soguero que hizo el lazo con que se ahorcó Judas, que no lo entiende vuesa merced con todos sus libros que ha leído y latines o ledanías que ha estudiado. Baje acá abajo, y verá la cocina llena de asadores, con dos o tres ollas como medias tinajillas de las que usamos en el Toboso, tanto pastel en bote, pelota de carne y empanadas, que parece toda ella un paraíso terrenal. Y aun a fe que si me pidiese un poco de saliva en ayunas, que no se la podría dar, que tengo en el cuerpo tres de malvasía, que llaman en esta tierra, y a fe con razón, porque está mal la taza cuando está vacía della, y es mejor que el de Yepes, que vuesa merced tan bien conoce. Y este señor, porque el beber no me hiciese mal, me dio un panecillo blanco de casi dos libras y media; dos pescuezos el cocinero cojo, que no sé si eran de avestruces; y sí serían, porque yo me comía las manos tras ellos; con todo lo cual en un instante hice la cama a la bebida y refocilé el estómago. Éstas me parecen a mí, señor, que son las verdaderas aventuras, pues las topo yo en la cocina, dispensa y boticaría, o como la llaman, muy a mi gusto. Y le perdonaría a vuesa merced el salario que me da cada mes, si nos quedásemos aquí sin andar buscando meloneros que nos santigüen el espinazo. Y créame vuesa merced que esto es lo más acertado; que allí está el cocinero cojo que me adora, y todas las veces que entro a velle, que no son pocas, me hinche un gran plato de carne friática, que en her así, me la espeto como quien se sorbe un huevo; y él no hace sino reír de ver la gracia y liberalidad con que como, que es para dar mil gracias a Dios. Ello es verdad, que anoche uno destos señores pajes o pájaros, o qué son, me dijo que sorbiese una escudilla de caldo que traía en la mano, porque me daría la vida después de Dios; y yo, no cayendo en la bellaquería, la agarré con ambas manos, y por hella servicio, di tres o cuatro sorbiscones, que no debiera, porque el grandísimo... (y téngaselo por dicho) del paje, había puesto la escudilla sobre las brasas, de manera que me iba zorriando por el estómago abajo y me hizo saltar de los ojos otro tanto caldo como el que sorbí. Y el cocinero y él, y este señorete se reían que se desquijaraban. Mas a fe que no me burlen otra vez de aquella manera, porque, como quedé escarmentado denantes, me dio el cocinero una gentil rebanada de melón, y la tenté muy bien primero poco a poco por ver si estaba abrasando.

-¡Oh, gran bestia! -dijo don Quijote-, ¿y la rebanada había de abrasar? Pero ahí se echa de ver que eres goloso y que no es tu principal intento buscar la verdadera honra de los caballeros andantes, sino, como epicúreo, henchir la panza.

-Hago en eso como quien soy -dijo Sancho.

Estando en esto, sintieron que venía a comer don Álvaro con cinco o seis caballeros principales, de los que habían de salir a la sortija, a los cuales había convidado para dar orden en las libreas que cada uno había de sacar en ella, y para que gustasen de don Quijote como de única pieza. Y así, se subieron derechos a su aposento, y, hallándole medio vestido y con la figura que queda dicho, rieron mucho; pero riñóle don Álvaro porque se había levantado contra su orden, y mandóle se volviese a acostar luego, porque no comerían de otra suerte. Hízolo a puras porfías, tras lo cual se puso la mesa y trajo la comida, llamándole siempre todos ellos «soberano príncipe» a don Quijote.

Pasaron en el discurso dello graciosos cuentos, haciéndole todos estrañas preguntas de sus aventuras, a las cuales respondía él con mucha gravedad y reposo, olvidándose muchas veces de comer por contar lo que pensaba hacer en Constantinopla y Trapisonda, ya con tal infanta y ya con tal gigante, diciendo unos nombres tan estraordinarios, que con cada uno dellos daban mil arqueadas de risa los convidados. Y si no fuera por don Álvaro, que volvía siempre por don Quijote, abonando sus cosas con discreto artificio y disimulación, algunas veces se enojara muy de veras. Con todo, les decía que no era de valientes caballeros reírse sin propósito de las cosas que cada día suceden a los caballeros andantes, cual él era; y don Álvaro les dijo:

-Bien parece, señores, que vuesas mercedes son noveles, y que no conocen el valor del señor don Quijote de la Mancha como yo. Pues si no saben quién es, pregúntenselo a aquellos caballeros que llevaban azotando por las calles el otro día aquel soldado, que ellos dirán lo que hizo y dijo en su presencia y en defensa del azotado, a fin de deshacer el tuerto que le hacían, como verdadero caballero andante.

Acabóse en estas pláticas la comida, y alzáronse las mesas, y comenzaron a tratar de las libreas que cada uno tenía para la sortija y las cifras y motes que habían de llevar. Después, dijo el uno:

-Y el señor don Quijote, ¿qué librea ha de sacar? No dejemos al mejor jugador sin cartas, porque a mí me parece que la saque de verde, de color de alcacel, que es esperanza, pues él la tiene de alcanzar y ganar todos los premios de la sortija.

Otro dijo que no, sino, pues se llamaba el Caballero Desamorado, saliese de morado, con algún mote con que picase a las damas.

-Antes por ser desamorado -dijo otro caballero- ha de llevar la librea blanca, en señal de su gran castidad; que no es poco un caballero de tantas prendas estar sin amor, si ya no es que deje de amar por no haber en el mundo quien le merezca.

El último caballero replicó diciendo:

-Pues mi voto, señores, es que, pues el señor don Quijote es hombre que ha muerto y mata tantos gigantes y jayanes, haciendo viudas a sus mujeres, que salga con librea negra; que así dará a entender a todos los que con él pretendieren entrar en batalla que han de tener negra la ventura.

-¡Ahora, sus! -dijo don Álvaro-, que con licencia de vuesas mercedes tengo de dar mi parecer, y ha de ser singular, como lo es el señor don Quijote. Y así, me parece que su merced no saque librea alguna, antes, como verdadero caballero andante, es bien salga en la plaza armado de todas piezas y armas; y, por que sean proprias las que sacare, le hago donación de las que trae, que son las famosas de Milán que en el Argamesilla le dejé en guarda, pues sólo están honradas en su poder, como en el mío ociosas; y, porque están algo deslustradas del polvo del camino y de la sangre que ha derramado de diversos gigantes en diferentes batallas, daré orden se le limpien y acicalen para que salga más lucido. Por empresa, bástale la que trae en el cuerpo de su adarga; que, pues nadie la ha visto en Zaragoza y desde Ariza, donde la pintó, hasta aquí la ha traído cubierta de un cendal todo el camino por que no se le deslustrase, nueva será y bien mirada, sirviéndole de arma el lanzón proprio, que llevará con ella, su gallardo talle y la ligereza del famoso Rocinante, señas bastantes para que por ellas entiendan todos que su merced es el ilustre caballero andante que el otro día volvió públicamente por la honra de aquel honrado azotado, y quien ha hecho las aventuras del melonero, con las demás que muchos ignoran.

Dijeron todos que era muy acertado lo que el señor don Álvaro había pensado, y a don Quijote le pareció de perlas; y así dijo:

-Lo que el señor don Álvaro ha dicho es verdaderamente lo que importa, porque suele suceder, en semejantes fiestas, venir algún famoso gigante o descomunal jayán, rey de alguna isla estranjera, y hacer algunos descomedidos desafíos contra la honra del rey o príncipes de la ciudad; y, para abatir semejante soberbia, es bien que yo esté armado de todas piezas y armas. Y beso al señor don Álvaro mil veces las manos, por la liberalidad con que me hace merced de las que venía a restituille en esta ocasión y tierra; pero yo aseguro que con ellas haga que el traidor alevoso de cierto gigantazo, que va haciendo grandes desaguisados por el mundo, no se alabe que en este famoso reino de Aragón no hay quien se atreva a hacer singular batalla con él.

Y, saltando en un brinco de la cama, con una repentina y no pensada furia, se salió del aposento y cama a la sala, con su camisa corta como estaba, y metió mano a la espada, que tenía en el mismo aposento. Comenzó a decir a voces, sin que los circunstantes tuviesen tiempo de reconocerse ni detenerle:

-Pero aquí estoy yo, ¡oh, soberbio gigante!, contra quien no valen arrogantes palabras ni valerosas obras.

Y, dando seis o siete cuchilladas en los tapices que estaban colgados por las paredes, decía:

-¡Oh, pobre rey, si lo eres; llegado es el tiempo en que Dios está ya cansado de tus malas obras!

Los caballeros y don Álvaro, que semejante acidente vieron, se levantaron y retiraron todos a una parte, pensando que don Quijote daría también tras ellos y los tendría por jayanes de allá de aliende la ínsula Maleandrítica. Con todo, don Álvaro le asió del brazo, con notable pasión de reír, él y los demás, de ver la infernal visión del manchego, diciendo:

-¡Ea!, flor de la caballería de la Mancha, meta vuesa merced la espada en la vaina y vuélvase acostar, que el gigante ha huido por la escalera abajo, y no ha osado aguardar los filos de su cortadora espada.

-Así lo creo yo -dijo don Quijote-, que éstos y otros semejantes más temen de voces y palabras, a veces, que de obras. Yo, por amor de vuesa merced, no le he querido seguir, pero viva, que para mayor mal suyo será. Pero yo fío que él se guarde de encontrar otra vez conmigo.

Quedó con esto, como estaba tan flaco y debilitado, hijadeando de suerte que no le alcanzaba una respiración a otra; y, dejándole puesto en la cama, con orden de que no se moviese della hasta el día de la sortija, mandó don Álvaro subir a Sancho para que le hiciese compañía. Y él con los demás caballeros se despidieron dél, diciendo iban a ver a los otros sus amigos granadinos en la posada de cierto caballero principal, donde posaban, para saber dellos cómo pensaban salir a la sortija; al cual fueron de hecho, y a dar parte a mucha gente principal y de humor del estraordinario que gastaba don Quijote, y de lo que con él pensaban holgarse y dar que reír a toda la plaza el día de la sortija.


 Capítulo XI
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo don Álvaro Tarfe y otros caballeros zaragozanos y granadinos jugaron la sortija en la calle del Coso, y de lo que en ella sucedió a don Quijote


Tres días estuvo violentado en la cama, a puros ruegos y guardas, don Quijote, pues tenía siempre como tales a Sancho Panza y algunos pajes de don Álvaro y dos caballeros amigos suyos, así granadinos como de los naturales de Zaragoza, con los cuales pasaron historias donosísimas. Porque por momentos se le representaba salía a la sortija, disputaba con los jueces, reñía con gigantes forasteros y otros cien mil dislates; porque estaba rematadamente loco, y Sancho ayudaba más a todo con sus simplicidades y boberías. Sólo tenía de bueno don Quijote el recado y regalo porque se le daba bonísimo en presencia de don Álvaro, que siempre comía y cenaba con él, acompañado de diferentes caballeros cada vez.

Llegó, pues, el domingo en que los que habían de jugar la sortija, para universal pasatiempo, se aprestaron y aderezaron lo mejor que pudieron de sus ricas libreas, llevando todos solamente a la entrada del Coso unos escudos o tarjetas blancas, y en ellas escrita cada uno la letra que más a propósito venía a su pensamiento y al fin de alegrar la fiesta. Pero no quiero pasar en silencio lo que había en dos arcos triunfales que estaban costosa y curiosamente hechos a las dos bocas de la calle. El primero de la primera entrada, como venimos de la plaza, era todo de damasco azul, de color de cielo, y estaba en el medio dél, por lo alto, el invictísimo emperador Carlos Quinto, agüelo gloriosísimo de nuestro católico y gran monarca el tercero Filipo Herminigildo, armado a la romana, con una guirnalda de laurel sobre la cabeza y un bastón de general sobre la mano derecha, ocupando lo más alto del arco dos versos latinos que decían desta manera:

Frena quod imperii longo moderaris ab aevo,

Austria, non hominis, numinis exstat opus.

El pie derecho tenía puesto sobre un mundo de oro, y al derredor dél una letra, que decía:

Mandó su medio Alejandro;

mas nuestro César de veras

sus tres partes mandó enteras.

El pie izquierdo tenía sobre tres o cuatro turcos rendidos, con una letra latina que decía:

Qui oves amat, in lupos saevit.

Al pie del arco de la mano derecha, arrimado a la mesma coluna del arco, estaba, sobre una pequeña peaña, el famoso duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo, armado, con su bastón de general en la mano derecha, y al pie dél la Fama, como la pintan, con una trompa, y en ella escrito:

A solis ortu usque ad occasum.

Al pie de la otra coluna del arco, que era la izquierda, sobre otra pequeña peaña, estaba don Antonio de Leiva, armado y con bastón de general, como el duque, y tenía esta letra sobre la cabeza:

Si bien a mi rey serví,

bien también premió mi amor,

a mi don dando un señor.

El segundo arco era todo de damasco blanco bordado, y sobre lo alto dél estaba el prudentísimo rey don Felipe Segundo riquísimamente vestido, y a sus pies este famoso epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpio, familiar del Santo Oficio:

Philippo Regi, Caesari invictissimo,

omnium máximo Regum triumphatori,

orbis utriusque et maris felicissimo,

catholici Caroli successori,

totius Hispaniae principi dignissimo,

Ecclesiae Christi et fidei defensori,

Fama, praecingens tempora alma, lauro,

hoc simulacrum dedicat ex auro.

A la mano derecha estaba su cristianísimo y único fénix, don Felipe Tercero, nuestro rey y señor, vestido todo de una tela riquísima de oro, con dos versos juntos así, que en lengua latina decían:

Nulla est virtutis species quae maxime Princeps,

non colat ingenium nobilitate tuum.

A la siniestra mano estaba el invictísimo príncipe don Juan de Austria, armado de todas piezas, con el bastón de general en la mano, y puesto el pie derecho sobre la rueda de la Fortuna, y la mesma Fortuna, que con un clavo y martillo clavaba la rueda, haciéndola inmoble, y esta letra:

El merecimiento insigne

que te levantó en mi rueda,

cual clavo la tiene queda.

Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras había en los arcos, que, por evitar prolijidad y no hacer a nuestro propósito, se dejan. Sólo digo que, el día que la sortija se había de jugar, estuvo, en comiendo, la calle del Coso riquísimamente aderezada, y compuestos todos sus balcones y ventanas con brocados y tapices muy bien bordados, ocupándolos infinitos serafines, con esperanzas cada uno de recebir de la mano de su amante, de la de alguno de aquellos caballeros aventureros, la joya que ganase. Vino a la fiesta la nobleza del reino y ciudad, visorrey, justicia mayor, diputados, jurados y los demás títulos y caballeros, poniéndose cada uno en el puesto que le tocaba. Vinieron también los jueces de la sortija, muy acompañados y galanes, que, como hemos dicho, eran un titular y dos caballeros de hábito, y pusiéronse en un tablado no muy alto, curiosamente compuesto; a cuyo recibimiento comenzaron a sonar los menestriles y trompetas, y al mismo son comenzaron a entrar por la ancha calle, de dos en dos, los caballeros que habían de correr.

Los primeros fueron dos gallardos mancebos, con una mesma librea, sin diferenciar en caballos ni vestidos, que eran de raso blanco y verde, con plumas en los bonetes, de lo alto de las cuales sacó el uno una mano con un rico salero, cuya sal iba derramando sobre las mismas plumas, que daban al viento esta letra:

En mi alma el sol divino

los rayos con que me inflama,

cual sol de gracias, derrama.

El otro, que era recién casado con una dama muy hermosa, venía pintado en el escudo trayéndola él mismo de la mano, como que la escudereaba, con una letra cual la siguiente:

Della gozo, y me ha quedado,

por ser tan única y bella,

sólo el temor de perdella.

Tras éstos, salieron otros dos, entrambos vestidos de damasco azul ricamente bordado; traían esta librea porque ambos eran mozos enamorados y celosos. El uno traía en el escudo pintada una ferocísima leona vestida de piel de oveja, y él mismo venía pintado y puesto de rodillas delante della y con esta letra:

Sólo con piel de cordero

de palabras me corona;

que en las obras es leona.

El otro llevaba en campo negro el retrato de su dama, a quien él, quitada la gorra, pedía la mano, negándosela ella con desdén; causa por la cual había venido a la sortija. Y, siendo mancebo desbarbado, salió con barba blanca postiza, disfraz que dio harta suspensión a toda la gente que le conocía; pero quitábasela esta siguiente letra que traía en el escudo:

Amando tan desamado,

caducando juzgo estoy,

y así dello muestras doy.

Tras estos dos, entraron otros dos, también gallardos mozos, totalmente diferentes en las libreas, porque el uno tenía vestido de tela de plata, ricamente bordado, sobre un caballo blanco no menos ligero que el viento, trayendo en el escudo, en campo también blanco, el retrato de su dama, la cual, abajándose, daba la mano a un muerto que estaba ya con la mortaja puesta y tenía por cruz en los pechos esta letra:

Matóme su vista sola,

mas por su divina mano

nueva vida y gloria gano.

El segundo era un mancebo recién casado, rico de patrimonio, pero grandísimo gastador, y tan pródigo, que siempre andaba lleno de deudas, sin haber mercader ni oficial a quien no debiese, porque aquí pedía, acullá engañaba, aquí hacía una mohatra, allí empeñaba ya la más rica cadena de oro que tenía, ya su mejor colgadura; de suerte que, después que el padre le faltó, andaba tan empeñado, que la necesidad le obligaba a no vestir sino bayeta, atribuyéndolo al luto y sentimiento de la muerte de su padre; y, para satisfacer a la murmuración del vulgo, traía pintada en el campo negro de la adarga una beata, cubierta también de negro, más obscura que el del campo de la adarga, con esta letra:

Pues beata es la pobreza,

cúbrame la mía bien:

bayeta y vaya me den.

Tras éstos, entraron veinte o treinta caballeros, de dos en dos, con libreas también muy ricas y costosas y con letras, cifras y motes graciosísimos y de agudo ingenio, que dejo de referir por no hacer libro de versos el que sólo es corónica de los quiméricos hechos de don Quijote. Y así, de sola su entrada haremos mención. Lo cual fue en la retaguardia de todos los aventureros, al lado del señor don Álvaro Tarfe; que esta traza habían dado para su entrada los jueces. Venía don Álvaro en un buen caballo cordobés, rucio rodado, enjaezado ricamente, el vestido de tela de oro, bordado de azucenas y rosas enlazadas, y en el campo blanco de su escudo traía pintado a don Quijote con la aventura del azotado, muy al vivo, y esta letra en él:

Aquí traigo al que ha de ser,

según son sus disparates,

príncipe de los orates.

Con la letra rieron todos cuantos sabían las cosas de don Quijote, el cual venía armado de todas piezas, trayendo hasta su morrión en la cabeza. Entró con gentil continente sobre Rocinante, y en la punta del lanzón traía, con un cordel atado, un pergamino grande tendido, escrita en él con letras góticas el Ave María; y, sobre los motes y pinturas que traía en su adarga, había añadido a ellas este cuartete, en explicación del pergamino que traía pendiente de la lanza:

Soy muy más que Garcilaso,

pues quité de un turco cruel

el Ave que le honra a él.

Maravillábase mucho el vulgo de ver aquel hombre armado para jugar la sortija, sin saber a qué propósito traía aquel pergamino atado en la lanza; si bien de sólo ver su figura, flaqueza de Rocinante y grande adarga llena de pinturas y figuras de bellaquísima mano, se reían todos y le silbaban. No causaba esta admiración su vista a la gente principal, pues ya, todos los que entraban en este número sabían de don Álvaro Tarfe y demás caballeros amigos suyos, quién era don Quijote, su estraña locura y el fin para que salía a la plaza, pues era para regocijarla con alguna disparatada aventura. Y no es cosa nueva en semejantes regocijos sacar los caballeros a la plaza locos vestidos y aderezados y con humos en la cabeza, de que han de hacer suerte, tornear, justar y llevarse premios, como se ha visto algunas veces en ciudades principales y en la misma Zaragoza.

Con presupuesto, pues, de regocijar la plaza, pasaron todos aquellos caballeros delante de sus damas, haciéndoles la debida cortesía: cuál hacía hincar al enseñado caballo de rodillas delante de aquella que era señora de su libertad; cuál le hacía dar saltos y corcovos con mucha ligereza; cuál le hacía hacer caracoles, y, finalmente, todos hacían todo lo que con ellos podían para parecer bien. Sólo el de don Quijote iba pacífico y manso, el cual llegando con don Álvaro a emparejar con el balcón donde estaban los jueces, haciendo una cumplida cortesía los dos al título y a los demás, uno de ellos, que era el de mejor humor, se echó sobre el antepecho del tablado y habló a don Quijote desta manera en voz alta, con risa de los circunstantes:

-Famoso príncipe, espejo y flor de la caballería andantesca, yo y toda esta ciudad estamos en estremo agradecidos de que vuesa merced haya tenido por bien el habérnosla querido honrar con su valerosa persona. Ello es verdad que algunos destos señores caballeros están tristes, porque tienen por cosa cierta que vuesa merced les ha de ganar en esta sortija las más preciosas joyas; pero yo he determinado, aunque vuesa merced las merezca y gane todas, no darle sino solamente una de las más preciosas, para mejor poder así satisfacer a todos estos príncipes y caballeros.

Don Quijote, con mucho sosiego y gravedad, le respondió, diciendo:

-Por cierto, ilustrísimo juez, más recto que Rodamonte, espejo de los jueces, que estoy tan pesaroso en no haberme hallado en las justas pasadas, que estoy para reventar; mas la causa fue el estar ocupado en no sé qué aventuras de no pequeña importancia. Pero, ya que en ellas no pude por mi ausencia mostrar el valor que hay en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello es cosa de juguete para mis exorbitantes bríos, vuesa merced vea con sus ojos si todo lo que ha oído decir de mí y de mis cosas son tan firmes y verdaderas como las de Amadís y las de los demás caballeros antiguos, que tanta honra ganaron por el mundo. Aunque bien se echará de ver mi valor, pues ya esta mañana, al asomar por los balcones de nuestro horizonte el ardiente enamorado de la esquiva Dafnes, me coroné con el Ave de la fortaleza de Dios, que es decir de la que trajo a la Virgen el ángel san Gabriel, habiéndola quitado, como muestra la letra de mi adarga, a un desaforado turco que la traía colgando de la cola de un soberbio frisón, con quien pasó delante de mi balcón, irritando mi cristiana paciencia. Pero topó en mí otro manchego Garcilaso, con más bríos y años que el primero, que vengó tal insolencia.

Con esto, tomó el juez que hablaba con don Quijote su pergamino y adarga, y, enseñándolo todo a los otros dos jueces y demás caballeros que los acompañaban, después de haberlo mirado y bien reído, se lo volvió todo. Pasó adelante don Quijote, tomadas sus prendas, pomponeándose y mirando muy hueco a todas partes; y, llegando al cabo de la calle donde los demás que habían de jugar la sortija estaban parados, comenzaron a sonar las chirimías y trompetas en señal de que los primeros caballeros querían ya empezar a correrla.

Habían ordenado los jueces que, después de haber corrido todos la sortija, se darían cada vez cuatro joyas a los cuatro caballeros que mejor lo hubiesen hecho. Así, desta vez se las dieron a cuatro, aunque sólo el uno dellos se llevó el anillo en la lanza, que fue don Álvaro Tarfe, que quiso correr con los primeros; el cual, por orden de los jueces, dijo a don Quijote que no corriese hasta la postre, porque así convenía.

Llevaron aquellos caballeros los precios que habían ganado cada uno a su dama; y don Álvaro, que tenía el sujeto de sus pasiones en Granada, dio el suyo, que era unos guantes de ámbar ricamente bordados, a una doncella harto hermosa, hermana de un titular de aquel reino, la cual le recibió con muestras de gran cortesía y agradecimiento.

Corrieron segunda vez, y fueles dado el premio a otros cuatro, de los cuales los dos se llevaron el anillo, y éstos, como los primeros, les presentaron a sus damas; de suerte que muy pocos o ningún caballero hubo que no presentase joyas a la dama que mejor le parecía. Pues, como ya se hiciese tarde, y don Quijote diese prisa a don Álvaro que le dejase correr su lanza, si no, que, a pesar de cuantos jueces había en la Europa, correría, advertida su locura de los jueces, hicieron señas a don Álvaro para que le dejase correr dos carreras. Y así, tomándole él por la mano, le puso en medio de la calle, frontero del anillo, aguardando la seña de las trompetas, al son de las cuales partió nuestro caballero, sólo con su adarga en el brazo izquierdo, espoleando muy aprisa a Rocinante, que con toda la que él le daba, corría poco más de a medio galope. Pero fue tan desgraciado que, llegando a la sortija, echó el lanzón cosa de dos palmos más arriba della por encima de la cuerda; y, acabando la carrera, bajó muy aprisa la lanza, mirando con mucha atención si llevaba en ella el anillo. Lo cual causó notable risa en toda la gente, y más viendo que, como él no la halló en ella, comenzó con gran cólera a volver el caballo al principio de la carrera, adonde estaba don Álvaro, que le dijo con disimulación:

-Vuesa merced, señor don Quijote, dé luego al punto segunda carrera, porque el caballo no se le resfríe; que, aunque vuesa merced no llevó la sortija, el golpe ha sido estremado, pues fue por arriba no más de media vara.

Don Quijote, sin responderle palabra, volvió la rienda a Rocinante y comenzó a correr, no con poca risa de los que le miraban, yendo don Álvaro a medio galope tras él. Llegó, pues, don Quijote a la sortija segunda vez, y con la cólera y turbación que llevaba, erróla por parte de abajo otra media vara. Pero el discreto don Álvaro, viendo cuán desgraciadamente lo había hecho su compañero, puesto de pies sobre los estribos, alargó cuanto pudo la mano desde el caballo y, asiendo la sortija, y llegándose a don Quijote, con mucha sutileza se la puso en el hierro de la lanza (que lo pudo hacer sin que él lo echase de ver, por llevarla puesta sobre el hombro, desque hizo el golpe en señal de gala), y díjole:

-¡Ah, mi señor don Quijote, lustre de la Mancha, victoria, victoria!, que la sortija lleva vuesa merced en la lanza, si no me engaño.

Miró arriba don Quijote, el cual no pensaba haber topado en ella, como era la verdad, y dijo:

-Ya yo me maravillaba, señor don Álvaro, de que dos veces la hubiese errado. Pero la culpa de la primer carrera la tuvo Rocinante, que mala Pascua le dé Dios, pues que no pasó con la velocidad que yo quisiera.

-Todo se ha hecho muy bien -dijo don Álvaro-, y así, vamos a los jueces, y pídales vuesa merced la justicia que tiene.

Iba el buen hidalgo tan ancho y vanaglorioso, que no cabía en toda la calle; y, puesto delante los jueces, dijo, levantando la lanza con la sortija puesta en ella:

-Miren vuesas señorías lo que pide esta lanza y el anillo que della cuelga, y adviertan que ella mesma por sí demanda el premio que justamente se me debe.

El juez que al entrar de la plaza había hablado con él, había hecho traer a un paje dos docenas de agujetas grandes de cuero que valdrían hasta medio real, y tomándolas en la mano, llamando primero a todos los caballeros para que oyesen lo que decía a don Quijote, se las ató en el lanzón, diciéndole en voz alta:

-Yo, segundo rey Fernando, os doy con mi propria mano a vos, el invicto caballero andante, flor de la andantesca caballería, esta insigne joya, que son unas cintas traídas de la India, hechas del pellejo del ave fénix, para que las deis, pues sois caballero desamorado, a la dama que os pareciere que tiene menos amor de cuantas ocupan esos balcones. Y fuera deso, os mando, so pena de mi desgracia, que vos y don Álvaro Tarfe cenéis conmigo en mi propria casa esta noche, juntamente con un escudero vuestro, de quien sé que es fidelísimo y digno de servir a persona de vuestras prendas.

Tocaron luego las chirimías, y don Quijote, al son dellas, fue mirando a todos los balcones y ventanas, y vio en una que estaba algo baja a una honrada vieja, que debía saber más de la propriedad de la ruda y verbena que de recebir joyas; la cual estaba con dos doncellas afeitadas de las que se usan en Zaragoza. A ésta, pues, llegó nuestro caballero y, poniéndole las agujetas en el poyo de la ventana con el lanzón, la dijo en voz que todos lo pudieron oír:

-Sapientísima Urganda la Desconocida, este vuestro caballero, a quien tanto siempre vos habéis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le perdonéis el atrevimiento y recibáis estas peregrinas cintas, hechas, según estoy informado, del mismo ave fénix, y tenedlas en mucho, porque valen una ciudad.

Las dos mujeres, que semejantes razones oyeron decir a aquel hombre armado, y veían que todo el mundo se estaba riendo de verle presentar las agujetas de cuero a una vieja tal cual la que las acompañaba, que pasaba de los sesenta, corridas y medio riéndose, le dieron con la ventana en los ojos, cerrándola y entrándose dentro sin hablarle palabra.

Quedó algo corrido don Quijote del suceso; pero Sancho Panza, que desde el principio de las justas había estado con dos mozas de cocina a ver la sortija y los premios que su amo había de ganar, como vio que daba las agujetas a aquella vieja, y no las había querido recebir, antes le había cerrado la ventana, levantó la voz, diciendo:

-¡Cuerpo de quien la parió a la muy puta vieja del tiempo de Mari Castaña, mujer del gran judío y más puto viejo de los dos de Santa Susana! ¿Así ha de cerrar la ventana a uno de los mejores caballeros de todo mi lugar, y no ha de querer recebir las agujetas que le dan, y mal provecho la hagan si buena no a de ser? Pero ¿qué ha de ser quien, como mi señor dice, se llama Urganda? Y, siéndolo, mal puede merecer tales agujetas, que, según ellas son de grandes y buenas, sin duda deben de ser de perro. Pues a fe que si agarro un medio ladrillo, que yo las haga a todas que abran, aunque les pese.

Y, volviéndose a don Quijote, le dijo:

-Échelas acá vuesa merced, pues no las quieren ni merecen, que yo las guardaré, y eso nos ahorraremos; y más, que yo he menester una como el pan de la boca para mis zaragüelles que ya tengo ésta de delante llena de ñudos. Muese acá digo, ¡cuerpo non de Dios!, pues servirán para esta mejor ocasión.

Don Quijote abajó la lanza, diciendo:

-Toma, Sancho, guarda estas preciosas cintas, y mételas en nuestra maleta hasta su tiempo.

Sancho las tomó, diciendo:

-¡Miren, cuerpo de Barrabás, lo que no quiso la muy hechicera! Pues en buena fe que no me las saquen de las uñas ahora por menos de veinte maravedís, aunque no los valgan; que, por el menorete, son de liebre o trucha, o no sé de qué diablos.

Llegáronse diez o doce personas a ver las joyas de las agujetas que aquel labrador tenía en la mano; y fue el caso que, entre aquella gente que se juntó, llegó un mozo de harta poca ropa, no menos ligero de pies que sutil de manos, el cual, con suma presteza, asió de dichas agujetas y, tomando las armas del conejo, en cuatro brincos se puso fuera de la calle del Coso. Esto no lo vio don Quijote; que, a verlo, la mayor tajada del mozo fuera la oreja. Pero el bueno de Sancho Panza, que estaba seguro, a su parecer, de caso tan repentino, comenzó a dar voces, diciendo:

-¡Ténganle, señores, ténganle, pecador de mí, que me lleva hurtada la mejor joya del torneo!

Mas cuando el pobre vio las esperanzas perdidas de poderle alcanzar, comenzó a llorar amargamente, mesándose las espesas barbas, juntando una mano con otra y diciendo:

-¡Oh, desventurado de la madre que me parió! ¡Oh, día aciago para mí, pues en él he perdido unas agujetas tan preciosas y las mejores de toda la Lombardía! ¡Ay de mí! ¿Qué haré y qué cuenta daré a mi señor de la joya que me encomendó? ¿Qué escusa tendré para huir de su andantesca cólera, para que no me sacuda con ella las costillas con algún ñudoso roble? Si le digo que las he perdido, tendráme por escudero desmazalado, y si le digo que me las hurtó un pícaro, tomará tanto enojo, que desafiará luego a batalla campal, no solamente al que las hurtó, sino a cuantos pícaros se pueden hallar en toda la Picardía. ¡No vendría ya la muerte a llevarme para sí antes que pasar tan gran dolor! Yo digo que de muy buena gana me mataría si no fuera porque temo hacerme mal. ¡Alto; manos a la labor! Yo quiero ir luego al cocinero cojo de don Álvaro, y pedirle dos cuartos prestados para comprar una soga y ahorcarme con ella; que después se los tornaré doblados. Y si acaso hallo algún árbol, como sea tal que desde él pueda llegar los pies al suelo, echaré el cordel de la primera rama y aguardaré a que pase algún hombre caritativo a quien rogaré con muchas lágrimas me haga limosna y caridad de ayudarme a ahorcar por amor de Dios, que soy un pobre hombre, huérfano de padre y madre. Y así, alto, quédate con Cristo, don Quijote de la Mancha, el más valiente caballero de cuantos andantes cría el cierzo y la tramontana. Quédate en paz también, Rocinante de mi alma, y acuérdate de mí, pues yo me acordaba de ti todas las veces que te iba a echar de comer; y acuérdate también de aquel día en que, pasando descuidado por junto tu postigo trasero, diciéndote: «Amigo Rocinante, ¿cómo va?», y tú, que no sabías aún hablar romance, me respondiste con dos pares de castañetas, disparando por el puerto muladar un arcabuzazo con tanta gracia, que si no le recibiera entre hocicos y narices, no sé qué fuera de mí. Quédate, pues, rocín de mis ojos, con la bendición de todos los rocines de Ronces Valles; que si supieses la tribulación en que estoy puesto, yo fío me enviaras algún consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora sus, yo voy a contar mi desgracia, como digo, a mi amigo el cocinero, de quien espero algún remedio, pues más vale que lo que se ha de hacer temprano se haga tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda; en fin, allá darás, sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre volando que pájaro en mano.

Y, a este compás, se fue ensartando más de cuarenta refranes a despropósito.


 Capítulo XII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte V
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote y don Álvaro Tarfe fueron convidados a cenar con el juez que en la sortija les convidó, y de la estraña y jamás pensada aventura que en la sala se ofreció aquella noche a nuestro valeroso hidalgo


Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella los caballeros de dos en dos delante de toda la ciudad, desocuparon todos sus puestos, volviéndose a sus casas por venir la noche. Para hacer, pues, lo mesmo, don Álvaro asió de la mano a don Quijote, diciéndole:

-Vamos, mi señor don Quijote, a dar un par de vueltas por esas calles mientras se hace hora de acudir a cenar con el señor que vuesa merced sabe, que como juez liberalísimo nos ha convidado esta noche.

-Vamos - dijo don Quijote- donde vuesa merced mandare.

Y sin que hubiese remedio con él de que diera la adarga y lanzón a un paje, para que, como don Álvaro quería, lo llevase a su casa, se fue con todo este carruaje acompañándole. Llegaron a muy buena hora en la noble casa del huésped que los había convidado a cenar; y, tomando en el zaguán un paje suyo la lanza y adarga de don Quijote, se apearon y subieron al punto al aposento de don Carlos, que así se llamaba el juez, el cual se levantó, con otros caballeros amigos que tenía también convidados, para ir a abrazar a don Quijote, como lo hizo, diciéndole:

-Bien sea venido el señor caballero andante y con la salud que todos deseamos, como lo hacemos también que, para mayor alivio del trabajo pasado, se quite vuesa merced las armas, pues está en parte segura y entre amigos que desean servir a vuesa merced y aprender de su valor todo buen orden de milicia. Que creo lo habemos bien menester, según lo mal que los caballeros lo han hecho en la sortija; que si vuesa merced no remediara sus faltas, quedaran las fiestas harto frías.

Don Quijote le respondió:

-Señor don Carlos, yo no tengo por costumbre, en ninguna parte que vaya, sea de amigos o enemigos, quitarme las armas, por dos razones. La primera, porque trayéndolas siempre puestas se hace el hombre a ellas; que, como dicen los filósofos, ab assuetis non fit passio. Pues la costumbre, como vuesa merced sabe, convierte las cosas en naturaleza, con que ningún trabajo hay que dé pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de quién se ha de fiar, ni lo que le puede acontecer, por ser varios los sucesos de la guerra. Y me acuerdo haber leído en el auténtico libro de las hazañas de don Belianís de Grecia que yendo él y otro caballero armados de todas piezas, perdidos por un bosque, llegaron a cierto prado donde hallaron diez o doce salvajes que estaban asando un venado, los cuales, por señas, les convidaron a comer dél. Los caballeros, que llevaban no poca necesidad y hambre, viendo la humanidad que mostraban aquellos bárbaros, bajaron de sus caballos, quitándoles los frenos para que paciesen; pero ellos no se quisieron quitar las celadas, sino, levantadas un poco las viseras, sentados en las yerbas, comieron de una pierna del venado que los salvajes les pusieron delante. Y, apenas hubieron comido media docena de bocados, cuando, concertados entre sí, en lenguaje que no entendieron los forasteros, llegando pasito por detrás dos dellos con dos mazas y a un tiempo, les dieron tan fuertemente sobre las cabezas, que, a no llevar puestas las celadas, fueran, sin duda, fatal sustento de aquellos bárbaros. Con todo, cayeron en tierra aturdidos, y ellos, con grande algazara, comenzaron a desarmarlos, pero como no sabían de aquel menester, no hacían sino revolverlos por aquel prado acá y acullá; de suerte que, dándoles un poco el viento y viendo el triste estado en que sus cosas estaban, se levantaron muy ligeramente, y, metiendo mano en sus ricas espadas, comenzaron a dar tras los salvajes como en real de enemigos, sin dar revés con que no hiciesen de un salvaje dos, por estar desnudos.

Decía esto don Quijote con tanta cólera, que, metiendo él también mano en su espada, prosiguió diciendo:

-Dando aquí tajos, acullá cuchilladas, aquí partían uno hasta los pechos, allí dejaban otro en un pie como grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos.

Don Carlos le hizo envainar, riendo con aquellos caballeros de la cólera que había tomado contra los salvajes, pues parecía que los tenía delante; y, asiéndole por la mano y entrándole en otra sala, hallaron puestas las mesas para cenar; donde, volviendo la cabeza don Carlos, dijo a un paje suyo de los que allí estaban:

-Id volando a la posada del señor don Álvaro, pues ya sabéis, y llamad al escudero del señor don Quijote, Sancho Panza, diciéndole que su amo le manda se venga luego con vos, que también está convidado. Y no vengáis sin él de ninguna suerte.

Tomó el paje la capa, fue por él al momento, y, hallándolo en la cocina con el cocinero, a quien con mucha melancolía estaba contando la desgracia del hurto de las preciosas agujetas, le dijo:

-Señor Sancho, vuesa merced se venga conmigo al instante, porque el señor don Quijote le llama, viendo que mi señor don Carlos no se quiere asentar a la mesa con los convidados hasta verle a vuesa merced en la sala.

-Señor paje -respondió con mucha flema Sancho-, vuesa merced podrá decir a esos señores que les beso las manos y que no estoy en casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaza buscando un cierto negocio de importancia que se me ha perdido; pero que si Dios me alumbra con bien para que lo halle, les doy palabra de ir luego.

-Eso no -dijo el paje-; vuesa merced ha de venir conmigo, que así me lo han mandado, porque es también convidado a la cena.

-¡Hablara yo para mañana! -respondió Sancho-; que, siendo así, claro está que iré de muy rebuena gana al punto. Y a fe que me coge en tiempo que no tengo muy mala disposición, porque ha más de tres horas que no ha entrado en mi cuerpo cosa alguna, si no es un platillo de carne fiambre y un panecillo que me dio aquí el señor cocinero, que Dios guarde, con que me tornó el alma al cuerpo. Pero vamos, que no quiero hacer falta ni que me tengan por descuidado.

Fuéronse ambos en diciendo esto, despidiéndose primero del cocinero. Llegaron a la sala donde estaban ya cenando, don Carlos a la cabecera de la mesa con don Quijote a su lado, y los demás caballeros por su orden, que serían más de veinte. Llegó Sancho junto a su amo, y, quitándose la caperuza con entrambas manos, haciendo una gran reverencia, dijo:

-Buenas noches dé Dios a vuesas mercedes y los tenga en su santa gloria.

-¡Oh, Sancho -dijo don Carlos-, seáis bien venido! Pero ¿cómo decís que Dios nos tenga en su santa gloria, pues aún no somos muertos, si no es que estos caballeros lo estén de hambre, según es la cena poca? Aunque si es así, su falta suplirá mi voluntad, que es mucha.

-Mi señor -dijo Sancho-, como para mí no hay otra gloria sino cuando está la mesa puesta, téngola grande viendo sobre ésta tantos platos llenos de avestruces y carne y de pastel en botes, que no puedo tragar la saliva de contento.

Tomó don Álvaro Tarfe en esto un melón que estaba en la mesa y le dio a Sancho, diciendo:

-Probad, Sancho, este melón, y si sale bueno, yo os daré su peso de carne de la deste plato.

Dábale con él un cuchillo para que le hiciese la cala; y él dijo que no le había ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo los melones, y que así le partiría, con su licencia, como los partía en su tierra. Y, diciendo esto, le dejó caer de golpe en el suelo, y luego le levantó hecho cuatro piezas, diciendo:

-Hele aquí partido de una vez a vuesa merced, sin andar hendo rebanadicas con el cuchillo.

-A fe, Sancho -dijo don Carlos- que sois curioso y me huelgo de vuestra discreción, pues hacéis de una vez lo que otros no hicieran de ocho. Tomad, que por mí os habéis de comer este capón -esto dijo dándole uno famoso que había en un plato-, que me dicen que para hacello os ha dado Dios particular gracia.

-La Santa Trinidad se lo pague a vuesa merced -replicó Sancho-, cuando deste mundo vaya.

Tomó el capón, el cual estaba ya partido por sus junturas, y espetósele casi invisiblemente. Viendo la sutileza de sus dientes, los pajes dieron en vaciarle en la caperuza cuantos platos alcanzaban de la mesa, con lo cual se puso en breve rato Sancho hecho una trompa de París. Pero don Carlos, tomando un gran plato de albondiguillas, dijo:

-¿Atreveros heis, Sancho, a comer dos docenas de albondiguillas si estuviesen bien guisadas?

-No sé -respondió Sancho- qué cosas son alhondiguillas; alhóndigas sí que las hay en mi pueblo, pero no son esas de comer, sino el trigo que está dentro, después de amasado.

-No son sino estas pelotillas de carne -dijo don Carlos, dándole el plato, el cual tomó Sancho, y una a una, como quien come un racimo de uvas, se las metió entre pecho y espalda, con harta maravilla de los que su buena disposición veían; y, en acabando de comerlas, dijo:

-¡Oh hideputa, traidores, y qué bien me han sabido. Pardiez, que pueden ser pelotillas con que jueguen los niños del limbo. A fe que si torno a mi lugar, que en un huerto que tengo junto a mi casa he de sembrar por lo menos un celemín dellas, porque sé que no se siembran en todo el Argamesilla; y aun podrá ser, si el año se acierta, que los regidores me las pongan a ocho maravedís la libra; y si es así, no serán oídas ni vistas.

Decía esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar; y, viendo que todos se reían, dijo:

-Sólo un desconveniente hallo yo en sembrar éstas, y es que, como soy de mi naturaleza aficionado a ellas, me las comería antes que llegasen a madurar, si no es que mi mujer me pusiese algún espantajo para que no llegase a ellas, y aun Dios y ayuda que bastase.

-¿Casado sois, Sancho -dijo don Carlos-, según eso?

-Para servir a vuesa merced, con mi mujer lo soy -replicó Sancho-, la cual le besa muchas veces las manos por la merced que me hace.

Rieron todos de la respuesta, y preguntóle de nuevo don Carlos si era hermosa, a lo cual respondió:

-¡Y cómo, cuerpo de San Ciruelo, si es hermosa! Ello es verdad que, si bien me acuerdo, hará por estas yerbas que vienen cincuenta y tres años, y está un poco la cara prieta de andar al sol, con tres dientes que le faltan arriba, dos muelas abajo; mas, con todo eso, no hay Aristóteles que le llegue al zapato. Sólo tiene que, en llegando a su poder los dos o tres cuartos, luego los deposita en casa de Juan Pérez, tabernero de mi lugar, para llevarlos después de agua de cepas en un jarro grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella con la boca.

-Vuestra mujer buena bebedora -dijo don Carlos-, y vos siempre con buena disposición de comer, haréis muy buenos casados.

Y, alargando la mano tras esto a un plato grande que tenía seis pellas de manjar blanco, le dijo:

-¿Habéis dejado, Sancho, algún rincón desembarazado para comer estas seis pellas? Que, según habéis comido, no tendréis apetito dellas.

-Beso a vuesa merced las manos -dijo Sancho, alargando las suyas y tomándolas-, por la que me hace; y fíe de mí que me las comeré, siendo Dios servido y su bendita Madre.

Y, apartándose a un lado, se comió las cuatro con tanta prisa y gusto, como dieron señales dello las barbas, que quedaron no poco enjalbegadas del manjar blanco; las otras dos que dél le quedaban se las metió en el seno con intención de guardarlas para la mañana.

Acabada la cena, se sentaron todos, quitadas las mesas, por su orden alrededor de la sala, y don Álvaro Tarfe y don Quijote a la mano izquierda de don Carlos, que hizo sentar a sus pies a Sancho Panza. A la que platicaban don Álvaro con don Quijote (haciéndole decir mil dislates, por lo que en la cena había estado mudo, parte por dar lugar a que gustasen de Sancho los convidados, y parte por las quimeras que revolvía en su entendimiento sobre la venganza que sería bien tomase de la sabia Urganda, que tan en público le había desfavorecido, cerrándole la ventana sin aceptar las preciosas agujetas que le presentaba), y don Carlos con Sancho Panza, y los demás caballeros entre sí, entraron por la sala dos estremados músicos con sus instrumentos, y un mozo que traían los representantes, gallardo zapateador. Cantaron muchas y muy buenas letras y tonos los músicos, y después zapateó y volteó el mozo por estremo; y, mientras lo iba haciendo, bajó don Carlos la cabeza y preguntó a Sancho, de manera que todos lo pudieron oír, si se atrevería a dar algunas vueltas de las que aquel mozo daba. El cual respondió bostezando y haciéndose la cruz con el dedo pulgar en la boca, porque le cargaba el sueño con la mucha cena.

-Pardiobre, señor, que voltearía yo lindísimamente recostado ahora sobre dos o tres jalmas. Este diablo de hombre no debe de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; y, si está hueco por de dentro, no hay más que meterle una candela encendida por el órgano trasero y servirá de linterna.

En esto, llamó don Carlos a un paje y le habló al oído, diciendo:

-Andad y decid al secretario que ya es hora.

Hase de advertir que entre don Álvaro Tarfe, don Carlos y el mismo secretario había concierto hecho de traer aquella noche a la sala uno de los gigantes que sacan en Zaragoza el día del Corpus en la procesión, que son de más de tres varas en alto; y, con serlo tanto, con cierta invención los trae un hombre solo sobre los hombro. Pues, estando la gente, como he dicho, en la sala, en recibiendo el recado de don Carlos, el secretario entró con el gigante por un cabo della, que de propósito estaba ya sin luz; y encima de la puerta por donde entró estaba en lo alto, junto al techo, una ventana pequeña a modo de claraboya, que venía a dar en la cabeza del mismo gigante, por ser de su misma altura, y, por la cual, arrimado a ella, había, sin ser visto, de hablar el secretario, que, en sacando y poniendo en dicho puesto al que traía sobre sus hombros dicho gigante, se volvió a entrar para ponerse en dicha ventanilla.

A la vista primera que todos tuvieron del gigante, hicieron de industria como que se alborotaban, poniendo las manos sobre las guarniciones de las espadas; mas don Quijote se levantó diciendo:

-Las vuesas mercedes se sosieguen, que esto no es nada, y yo solo sé qué cosa puede ser, que destas aventuras cada día sucedían en casa de los emperadores antiguos. Siéntense todos, digo, y veremos lo que este gigante quiere, y conforme a ello se le dará la respuesta.

Todos se asentaron; y el secretario, que era un hombre muy discreto y estaba bien enseñado de lo que había de hacer, cuando vio toda la gente sosegada, comenzó a decir en voz alta:

-¿Quién de vosotros aquí es el Caballero Desamorado?

Todos callaron, y don Quijote, con una voz muy reposada, le respondió diciendo:

-Soberbio y descomunal gigante, yo soy ese por quien preguntas.

-Gracias doy -dijo el secretario, hablando desde lo alto, metida la cabeza dentro lo hueco de la del gigante- a los dioses inmortales, y principalmente al gran Marte, que lo es de las batallas, pues, al cabo de tan largo camino y de tantos trabajos, he venido a hallar en esta ciudad lo que con tanta solicitud mil días ha que ando buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, príncipes y caballeros que en este vuestro real palacio os habéis juntado, que yo soy, si nunca le oístes decir, Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre, el cual reino gané por sola mi persona, quitándosele a su legítimo señor y aplicándomele a mí, como quien mejor que él le merecía. Y, llegando en dicho mi reino a mis oídos las nuevas de las inauditas fazañas y estrañas aventuras del príncipe don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el de la Triste Figura o Desamorado, sintiendo por gran mengua mía que haya en toda la redondez de la tierra quien a mi valor y fortaleza iguale, he dejado mi reino, pasando por otros muchos estraños, a pesar de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y preguntando, con asombro y miedo de cuantos me vían, adónde o en qué reino o provincia estaría dicho caballero, que tanta fama tenía por todo el mundo. Porque, como es verdad y no lo puedo negar, por doquiera que he pasado no se trata ni se habla de otra cosa en las plazas, templos, calles, hornos, tabernas y caballerizas hoy, sino de don Quijote de la Mancha. Yo, pues, como digo, estimulado de la envidia de tantas fazañas tuyas, ¡oh gran don Quijote!, he venido a buscarte solamente para dos cosas. La primera, para hacer batalla contigo, y quitarte la cabeza y llevarla a Chipre para ponerla en la puerta de mi real palacio, haciéndome con esto señor de todas las victorias que has habido con tantos gigantes y jayanes, para que acabe el mundo de entender que yo sólo soy sin segundo y sólo quien merece ser alabado, estimado, honrado y nombrado en todos los reinos del universo por más bravo, más valiente y de mayor fama que tú y cuantos antes de ti fueron y después de ti serán. Por tanto, si te quieres escusar del trabajo de entrar conmigo en batalla, manda luego a la hora, sin escusa ninguna, darme tu cabeza para que la lleve en mi lanza, y quédate a la buena ventura. La segunda cosa a que vengo es que también he oído decir cómo tiene don Carlos, dueño deste fuerte alcázar, una hermana de quince años, de peregrina hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que juntamente con tu cabeza se me dé al punto, para que me la lleve a Chipre y la tenga por mi amiga todo el tiempo que me pareciere, pues dello le resultará sobrada honra. Y si no lo quisiere hacer, le desafío y reto a él y a todo el reino de Aragón junto, y a cuantos aragoneses, catalanes y valencianos hay en su corona, que salgan contra mí a pie o a caballo; que a la puerta deste gran palacio tengo mis fortísimas y encantadas armas, las cuales tiran de un carro seis pares de robustísimos bueyes de Palestina; porque mi lanza es una entena de un navío, mi celada iguala en grandeza al chapitel del campanario del gran templo de Santa Sofía de Constantinopla y mi escudo, una rueda de molino. Responde, pues, luego a todo, tú el Desamorado Caballero, porque estoy de prisa, y tengo mucho que hacer, y hago falta en mi reino.

Calló en esto el gigante, y todos los que la maraña sabían disimularon cuanto pudieron, aguardando a ver lo que don Quijote respondería al gigante. El cual, levantándose de su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don Carlos, diciéndole:

-Soberano emperador Trebacio de Grecia, la vuestra majestad sea servida, pues me habéis acetado en este vuestro imperio por hijo, de me dar licencia de hablar y responder por todos a esta endiablada bestia, particularmente por vos y por todo este nobilísimo reino, para que así pueda mejor después darle el castigo que sus blasfemias y sacrílegas palabras merecen.

Don Carlos, mordiéndose los labios de risa y disimulando cuanto pudo, le echó los brazos al cuello y le levantó diciendo:

-Soberano príncipe de la Mancha, esta causa no solamente es mía, sino también vuestra; pero yo he cobrado tan gran temor al gigante Bramidán de Tajayunque, que el corazón se me quiere saltar del cuerpo. Y así, digo que, si a vos os parece, será bueno, para librarnos de la universal traición que nos amenaza, concederle las dos cosas que nos pide; y es que vos le deis vuestra cabeza, que ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por fuerza que por grado, de dalle también a mi bella hermana Lucrecia; y que se vaya con todos los diablos antes que haga mayores males. Y, aunque éste es mi voto, con todo, dejo al vuestro la resolución del caso; y así, conforme a él, dadle, amado príncipe, la respuesta que os pareciere, pues será la más acertada.

Sancho, que había cobrado grandísimo temor al gigante, como oyó lo que don Carlos había dicho a su amo, le dijo, hecho ojos:

-¡Ea!, mi señor don Quijote, por los quince auxiliadores, de quienes Miguel Aguileldo, sacristán de la Argamesilla, que es muy devoto, le suplico haga lo que el señor don Carlos le dice. ¿Para qué quiere hacer batalla con este gigante, que dicen dél que parte por medio un ayunque mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por eso refieren graves autores se llama Tajayunque? Y más, que, según él dice (y lo creo, porque tan gran hombre de bien no dirá una cosa por otra), trae una rueda de molino por escudo. Délo, pues esto es así, a los satanases y despachémosle con lo que pide de una vez, y no perdamos más tiempo con él ni demos que reír al diablo.

Don Quijote le dio un puntillón terrible en las nalgas, diciendo:

-¡Oh, villano sandio y soez, harto de ajos desde la cuna! ¿Y quién te mete a ti en lo que no te va ni te viene? Y, poniéndose en medio de la sala, frontero del gigante, le dijo con voz grave desta manera:

-Soberbio gigante Bramidán de Tajayunque, con atención he escuchado tus arrogantes palabras, de las cuales entiendo tus locos y desvariados deseos; y ya hubieras llevado el pago dellas y dellos antes que desta real sala salieras, si no fuera porque guardo el debido respeto al emperador y príncipes que presentes están, y porque quiero darte el castigo merecido en pública plaza delante todo el mundo, y porque sirva de escarmiento para que otros tales como tú no se atrevan de aquí adelante a semejantes disparates y locuras. Con que, respondiendo ahora a tus demandas, digo que aceto la batalla que pides, señalando por puesto della, para mañana después de comer, la ancha plaza que en esta ciudad llaman del Pilar, por estar en ella el sacro templo y dichoso sanctuario que es felicísimo depósito del pilar divino, sobre quien la Virgen benditísima habló y consoló en vida a su sobrino y gran patrón de nuestra España, el apóstol Sanctiago. En esta plaza, pues, podrás salir con las armas que quisieres, seguro de que, si tú tienes por escudo una rueda de molino, yo tengo una adarga de Fez que no le hace ventaja la mesma rueda de la Fortuna. Y, en cambio de la cabeza que me pides, juro y prometo de no comer pan en manteles ni holgarme con la reina, y, en suma, juro todos los demás juramentos que en semejantes trances suelen jurar los verdaderos caballeros andantes, cuya lista hallarás en la historia que refiere el amargo llanto que se hizo sobre el mal logrado Valdovinos, hasta cortarte la tuya y ponerla sobre la puerta deste gran palacio del emperador mi señor y padre.

-¡Oh, dioses inmortales! -dijo el secretario con una voz gruesa y tremenda-, ¿y cómo consentís que semejantes afrentas me diga un hombre solo, sin que le haga y convierta luego mi cólera en albondiguillas? Yo juro, por el orden de secretario que recebí, de no comer pan en el suelo, ni folgar con la reina de espadas, copas, bastos ni oros, ni dormir sobre la punta de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta venganza del príncipe don Quijote de la Mancha, que los brazos que le queden colgados de los hombros, y las piernas y muslos asidos a las caderas, y la cabeza se le ande a todas partes, y la boca, a pesar de cuantos ni han nacido ni han de nacer, le ha de quedar debajo de las narices.

Aturdido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execraciones, se levantó del suelo donde estaba asentado, y, poniéndose entre don Quijote y el gigante, quitándose primero la caperuza con ambas manos, le dijo con mucha cortesía:

-¡Ah, señor Bramidán de Partejunques! No, por la pasión que Dios pasó, no le haga tanto mal a mi amo, que es hombre de bien y no quiere her batalla con vuesa merced, porque no está hecho a hacerla con semejantes Comejunques. Tráigale vuesa merced media docena de meloneros, que a fe que con ellos se entienda él lindísimamente; y, aun con todo, es menester el favor del señor San Roque, abogado de la pestilencia.

El gigante, sin hacer caso de lo que Sancho decía, sacó un guante de dos pellejos de cabrito, que traía ya hecho para aquel efeto, y dijo, arrojándole a don Quijote:

-Levanta, caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante, en señal y gaje de que mañana te espero en la plaza que dijiste, después de comer.

Y con esto, volvió las espaldas por la puerta que había entrado. Don Quijote alzó el guante, que era sin duda de tres palmos, y diósele a Sancho, diciendo:

-Toma, Sancho, guarda ese guante de Bramidán hasta mañana después de comer, que verás maravillas.

Tomóle Sancho y, santiguándose, dijo:

-¡Válgate el diablo por Balandrán de Tragajunques, o como es tu gracia, y qué terribles manos que tienes! ¡Oh, hideputa traidor, el bellaco que le esperase un bofetón! A fe, señor, que tenemos bien en qué entender con este demonio, según es de grande y despavorido; y acuérdese lleva jurado le ha de hacer como aquellas alhondiguillas que comimos esta noche. Pero vuesa merced, antes que llegue ese tiempo, hágale a él pellas de manjar blanco; que también las hemos cenado y me saben bien, y aún yo tengo dos dellas en el seno para un menester.

En esto, se levantó don Carlos de la silla, y mandando encender hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros a sus casas; y, por ser tarde, se despidió dellos y de don Quijote y de don Álvaro, que, asiéndole de la mano, se le llevó, juntamente con Sancho Panza, a su casa, a donde el buen hidalgo pasó una de las peores noches que jamás había pasado, pensando en la peligrosa batalla en que otro día había de entrar con aquel desproporcionado gigante, quél imaginaba ser verdadero rey de Chipre, como él mismo había dicho.

Aquí da fin la Quinta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


 Capítulo XIII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


Cómo don Quijote salió de Zaragoza para ir a la corte del rey católico de España a hacer la batalla con el rey de Chipre


Atormentaron tanto las trazas de la desvanecida fantasía del desamorado manchego su triste juicio y desvelado sosiego, que cuando empezaban sus ojos a tomar alguno a la madrugada, tocaron al arma de tal suerte las fantasmas de los dislates quimereados en el sentido común, que, siéndolo en todos sus miembros la alteración que, por esta causa y la que dio con ella un sueño que tuvo de que había entrado por traición en aquel castillo el soberbio Bramidán para matarle con ella más a su salvo, cogiéndolo descuidado, se levantó furiosísimo en su busca, como si realmente supiera que estaba en casa, y con la vehemente aprehensión y cólera desto iba diciendo:

-Espera, traidor, que no te valdrán trazas, estratagemas, embustes ni encantamientos para librarte de mis manos.

En esto, se puso la celada, peto y espaldar, y, tomando la adarga y lanzón, iba mirando por todas partes. Salió luego a la sala, en la cual vio claridad que salía por la puerta de un aposentillo, que, por amanecer ya y estar la ventanilla dél entreabierta, entraba la primera luz de la clara aurora por ella. Entróse, ciego de rabia, en el dicho aposento, y quiso la desgracia que era el en que dormía el triste Sancho, y, como se había acostado cansado y tarde, habíase dormido medio cubierta la cabeza, junto a la cual se había dejado el grande guante que le había él mesmo encomendado y era el gaje del desafío que el rey de Chipre, Tajayunque, había hecho con él la noche antes.

Antojósele a don Quijote, en viendo el guante, que era el compañero del que él había dado en guarda a Sancho, y que el que dormía era el mismo gigante, que, de cansado de escalar el castillo por la ventana, se había echado a reposar hasta hallar ocasión de poder ejecutar lo que pensaba a su salvo, con muerte del mismo don Quijote. Con esta quimera, pues, le dio luego con el lanzón un terrible porrazo en las costillas, diciendo:

-Así pagan los traidores y alevosos las traiciones que urden. ¡Muere, vil Tajayunque, pues lo merece hacer quien, teniendo tales enemigos como tú en mí tienes, duerme descuidado!

Despertó Sancho a las voces y golpe, medio aturdido; y, apenas se sentó en la cama para levantarse y ver quién le daba tan buenos días, cuando ya don Quijote, que había arrojado el lanzón, le dio una grande puñada en los hocicos, diciendo:

-¡No hay qué levantarte, traidor, que aquí morirás!

Empezó Sancho a vocear, saltando de la cama lo mejor que pudo, y, saliendo a la sala, decía:

-¿Qué hace, señor? ¡Que ni yo he escalado el castillo ni soy sino su escudero Sancho!

-No eres sino Bramidán, traidor -dijo don Quijote-, que bien se echa de ver en el guante con que te he hallado, compañero del que ayer me arrojaste cuando aplazaste el desafío.

Estaban los dos en camisa, porque don Quijote, con la imaginación vehemente con que se levantó, no se puso más de celada, peto y espaldar, como queda dicho, olvidándose de las partes que por mil razones piden mayor cuidado de guardarse. Sancho también salió en camisa, y no tan entera como lo era su madre el día que nació. La sala estaba algo escura, y como con esto y con la cólera no acabase don Quijote de conocer a Sancho, mas porfiaba en que le había de matar, y estaba tan terco en esto cuanto Sancho lo estaba en invocar santos en su ayuda, en vocear y pedir socorro.

Alborotóse la casa a las voces de ambos, que eran tantas, que bien se podía llamar casa de locos, pues lo eran los principales que la regocijaban; y, saliendo de sus aposentos en camisa algunos criados para apaciguar la cuestión y ver quién la movía, fue su salida echar leña al fuego, porque en viéndolos don Quijote a todos de una librea, antojósele que eran gigantes de nuevo venidos allí por arte de encantamiento para ayudar al encantado Bramidán. Y con esta quimera empezó a jugar del lanzón por todas partes, con tanto desatino, que aquí derribaba al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan a su salvo, por haber salido sin ningunas armas, que era un juicio oír los gritos y maldiciones de los heridos. Y lo peor fue que para asegurarse de ellos, cerró tras sí el aposento de Sancho y se puso con el lanzón en la puerta de los criados, diciendo:

-¡Veamos si todos juntos, oh viles malandrines, me ganaréis la famosa puente deste inexpugnable baluarte!

Levantaba Sancho las voces al cielo llamando a don Álvaro, el cual, sospechando todo lo que podía ser, abriendo las ventanas de su aposento y tomando la espada en la mano, vestido de una ropa larga de damasco, salió con chinelas a la sala, y, pasmado de las figuras que vio y del miedo y llanto de tres o cuatro pajes suyos, y de ver que don Quijote estaba echando bravatas con el guante en la mano, se puso para apaciguar aquella tragedia al lado de Sancho, diciendo:

-¡Ea, señor don Quijote, mueran los bellacos! Que aquí estamos Sancho y yo prestos para dar la vida en servicio de vuesa merced y en defensa de su honra y en venganza de sus agravios. Pero, para que lo podamos hacer todo como deseamos, refiéranos vuesa merced luego los que ha recebido y de qué gente; que, por vida de cuanto puedo jurar, juro de tomar venganza ejemplar de sus contrarios al punto.

-¿Quiénes han de ser los míos -dijo don Quijote-, sino los descomunales jayanes, insolentes gigantes que tienen por oficio ir por el mundo haciendo tuertos, forjando desaguisados, agraviando princesas, ofendiendo dueñas de honor y, finalmente, trazando otras traiciones iguales a la que contra mi persona y valor había trazado esta noche el insolente Bramidán de Tajayunque, que, por arte de encantamiento, acompañado desos malendrines que vuesa merced ahí vee, había escalado este fuerte castillo para darme muerte a traición, medroso de la que tenía por cierto le daría yo esta tarde en la plaza del Pilar si comigo salía en la aplazada batalla? Pero no se le han logrado sus intentos, que por secreto aviso del sabio Lirgando, en cuyo castillo estuve en Ateca, y por cuyas manos recebí la salud y fuerzas que las del furioso Orlando con mil desaforadas feridas me había quitado, he sabido que había escalado esta fortaleza para cogerme a su salvo y descuidado. Pero, estándolo él, mi buena diligencia le ha cogido con el hurto en las manos y con este guante, adorno de las suyas y compañero del que tiene Sancho; y por ello las mías se han dado la debida priesa y diligencia en acabar con él. Y hiciéralo presto, si vuesa merced no saliera a enfrenar mi furia en compañía de Sancho; pero debo al uno, por mercedes recibidas, y al otro, por fidelísimos servicios, toda buena correspondencia y paga.

-¡A fe que me la dio -dijo Sancho- bonísima! Tal se la dé Dios a vuesa merced y a sus huesos. ¿Qué le deben los míos, señor, para molérmelos a palos al amanecer? Que ni yo soy Bramidán ni Parteyunques; bramidos sí que los dan todos mis miembros al cielo, cansados de verse molidos, ya en castillos, ya por caminos y ya en melonares.

-Ésa es mi queja -dijo don Quijote-, hijo Sancho. ¿Ques posible que a ti te ha ahora aporreado el desaforado Bramidán? ¡Oh, perro vil, soez y de ruin ralea, que en mi fidelísimo escudero has puesto las manos! Por todos los doce signos del Zodíaco, te juro que me lo has de pagar al momento.

Iba en esto a segundar los palos en los pajes con una furia infernal, pero, bajándose por la escalera ellos y deteniéndole don Álvaro a él, hubo de dar los golpes en vacío. Y así, con esto y con la impaciencia de Sancho que se daba a treinta mil diablos de ver que su amo, después de haberle muy bien aporreado, echaba la culpa a Bramidán, vino a decir a don Álvaro con mucha humildad don Quijote:

-En trance tan preciso, negocio tan arduo, peligro tan grave y suceso tan estraño, deme vuesa merced el consejo que le pareciere será bien siga; que no saldré dél un punto.

-Más de espacio -dijo don Álvaro- se ha de hacer la consulta de tan inaudito caso. Y así, hasta el debido tiempo y hasta saber con resolución deste mal gigante y la que ha tomado acerca de si saldrá o no a la plaza, me parece debe vuesa merced recogerse en su aposento, sin mostrarse en público para más asegurarle; que en lo demás yo haré los oficios que debo en buscarle y espiarle, y lo mismo hará Sancho por su parte, que harto por contento se debe vuesa merced tener por ahora de haberle ahuyentado y obligado a que se dejase en su poder ese guante, que será perpetuo testigo, así de su cobardía como del valor dese brazo.

Parecióle bien a don Quijote el consejo, y, sin más replicar, se entró en su aposento, adonde, volviéndose a desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoria alcanzada. Cerróle la puerta don Álvaro para más asegurarle, y, estándolo de que no podía salir, llamó a los pajes, que estaban no poco desatinados de la pesada burla, y, consolándolos lo mejor que pudo con representación de que no había que hacer caso ni que quejarse de cosas de un loco, sino guardarse dél y dellas, les mandó se vistiesen para acompañarle fuera de casa los que estaban menos descalabrados para poderlo hacer. Entróse, hecho esto, en su aposento a vestirse y mandó a Sancho trujese en él su ropa de aquel en que había dormido, porque quería le hiciese compañía y le entretuviese en él mientras se vestía, pues podría hacer él allí lo proprio. Pero estaba Sancho tan medroso, que le dijo:

-Vuesa merced perdone; que, por las encías, barras y huesos de mi rucio, le juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa que tengo en él en todos los días de mi vida, aunque sepa andarme en cueros, que más valía nuestro padre Adam y lo andaba. ¡Cuerpo de mi sayo! Habiéndome sucedido dentro lo que me ha sucedido, ¿quiere vuesa merced que en entrando vuelva otra vez mi amo hecho un Roldán y me acabe de moler por el lado derecho, como lo ha hecho por el izquierdo, para igualar la sangre, pensando que otra vez ha vuelto a revestirse en mí Partejunques? ¡Bonita ha sido la burla! Yo se la daré a vuesa merced de cuatro la una que se ponga en mi lugar, en mi cama y sufra de mi amo lo que yo he sufrido. Harto hago en no salirme luego de casa y dejarle; pero no quiero perder lo que tengo ganado por mi buena lanza (o por la mala de mi amo, que mala se la dé Dios), que es el gobierno de la primera península que conquistará, que tantos días ha me tiene ofrecido.

Rióse don Álvaro infinito de su simplicidad y miedo, y, entrando él mismo en el aposento, le arrojó afuera la ropa, la cual, tomándola Sancho bajo el sobaco, se entró con don Álvaro en su aposento, siguiéndole y vistiéndose dentro con la misma sorna que lo iba haciendo don Álvaro; pero iba diciendo tantas simplicidades todo el dicho tiempo, que, aunque duró más de hora y media el detenerse ambos dentro, se le hizo un instante a don Álvaro.

Apenas se había acabado de vestir y salir del aposento, para tratar de hacerlo de casa, con fin de ir a la de don Carlos a darle cuenta de la sucedida aventura y a reír della con él, tomando ocasión para nuevos entretenimientos del desvanecimiento de don Quijote, en materia de tener ojeriza con Bramidán, cuando vio subir por la escalera de su casa al secretario de don Carlos, autor de la burla primera, que venía de parte de su amo, bien ajeno desta, a tratar con él de una ida que a la Corte se le ofrecía de repente para concluir el casamiento de su hermana con un titular de la Cámara, deudo suyo, por cartas que, para emprenderla, acababa de recebir con un proprio. Holgóse don Álvaro con la nueva, por ser de tanto gusto para su amigo, y también porque se le ofrecía la mejor compañía que podía desear para su vuelta hasta la Corte, que pensaba hacer luego; y, después de haber hablado en este negocio y de cosas concernientes a él, le dijo:

-El mayor inconveniente que hallo para efectuar mi partida es el no saber cómo desembarazarme de don Quijote, porque es imposible, yendo con él, ir con la diligencia necesaria, pues a cada paso se le ofrecerán aventuras y historias que habrá menester muchos días para reírlas y apaciguarlas, como la que ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa del mundo, con que me ha dado tanto que reír a mí como a otros que llorar.

Y, contándosela muy por estenso, se hizo cruces el secretario del disparate, y eso mismo le dio pie para decirle:

-Antes es de importancia que demos orden, si a vuesa merced le parece, que pieza tan singular y que es tan de rey, entre por nuestra industria en la Corte para regocijarla; y eso habemos de procurar todos.

-No holgaría yo poco -dijo don Álvaro- de que él allá llegase, como fuese yendo por diferente camino, y no con nosotros, sino de suerte que hiciese el viaje a su modo con Sancho, de manera que cuando llegásemos allá, o dentro de breves días, topásemos con él para darle a conocer.

-Traza se me ofrece a mí luego -dijo el secretario- para hacer se haga todo muy a nuestro gusto, y más ahora que él está con la quimera de que Bramidán se le ha escapado de miedo por los pies. Y, para efetuarla, déjeme vuesa merced disfrazar y poner en traje de negro, que con él entraré delante de todos los de casa a darle un recado como criado del mismo Bramidán, desafiándole con él, de su parte, para que dentro de cuarenta días, so pena de cobarde, se presente en la Corte a ejecutar en ella la batalla y desafío aplazado, atento que no tiene para él por siguro este lugar, donde tiene tantos amigos, padrinos y aficionados.

Pareció tan aguda la invención a don Álvaro, que, alabando por ella al secretario, le rogó se entrase luego en su aposento para hacer el disfraz de la suerte que mejor le pareciese. Hízolo así en un instante, porque halló muy a mano en él cuanto podía desear para el efeto. Disfrazado, pues, y salido a la sala, llamó don Álvaro a todos sus criados, con uno de los cuales envió a sacar de la cocina también a Sancho, que ya estaba en ella dando buenos días a sus tripas con lo que le había ofrecido el cocinero cojo, compadecido en parte de la lástima con que le había contado los palos que su amo le había dado porque, por ilusión del demonio, le había topado en su cama en figura de Bramidán. Y subido él y puesto al lado dellos, que, no sabiendo el misterio, estaban pasmados de ver aquel hombre vestido con una ropa de terciopelo negro y, debajo della, una calza de color de obra, con bonete muy aderezado de camafeos y plumas, cargado el cuello de cadenas y joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello y el rostro tiznado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus dedos de sortijas y anillos, y estaba en fin tal, que parecía un rey negro de los que pintan en los retablos de la Adoración, dijo don Álvaro:

-Ahora que hay testigos, y tan abonados, podréis, noble mensajero, decir quién sois y lo que queréis.

-Al invicto príncipe manchego don Quijote -replicó el secretario- busco, a quien traigo una importante embajada; y sé que posa en este gran palacio.

-Sí posa -añadió don Álvaro-, y en ese cuarto le podréis hablar.

Y, abriendo luego la puerta del aposento de don Quijote, le entró en él con todos los demás, diciendo:

-Aquí tiene vuesa merced, señor don Quijote, un embajador de no sé qué príncipe.

Y, dicho esto, levantó don Quijote la cabeza y, visto el negro, le preguntó qué embajada traía y de parte de quién, diciendo todo esto con voz desentonada. El secretario respondió:

-¿Eres tú, por ventura, el Caballero Desamorado?

-Ese soy yo -replicó don Quijote-. ¿Qué es lo que quieres?

-Caballero Desamorado -dijo luego con grande boato el secretario-, Bramidán de Tajayunque, rey potentísimo de Chipre y señor mío, me envía a ti, príncipe, para que te haga saber cómo se le ha ofrecido cierta aventura e ayer acá en la corte del rey de España, a la cual no puede dejar de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarte para el desafío en la plaza mayor de Europa, y donde tengas menos padrinos que tendrías en la desta ciudad. Para aquélla, pues, te desafía y reta, con plazo de que hayas de comparecer en ella armado de todas armas dentro de cuarenta días; que allí quiere probar si todas las cosas que el mundo publica y dice de ti son verdaderas, pues confirmará tu opinión el ánimo que mostrares en no faltar a tan precisa obligación y justo reto. Donde no, irá por todos los reinos y provincias del orbe publicando tu cobardía y la poca opinión que mereces por eso. Ocasión se te ofrece de augmentarla, lo que no creo que hagas, peleando con un príncipe de las fuerzas que tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo con vitoria, serán la nobleza de España testigos de cómo quedas por legítimo rey y señor, por la fuerza de tu invencible espada, del ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás hacer gobernador de Famagusta o Belgrado, que son las dos principales ciudades suyas, a un fiel escudero que me dicen tienes, llamado Sancho Panza, proprio por su buen natural y escuderil vigilancia, para regirles, pues en ellas se crían los fértiles árboles que producen las sabrosas albondiguillas y dulces pellas de manjar blanco.

Sancho, que había estado escuchando al mensajero, haciéndosele la boca agua de oír nombrar albondiguillas y manjar blanco, le dijo:

-Dígame, señor negro (¡así tales Pascuas le dé Dios como él tiene la cara!), esas dos benditas ciudades de Buen Grado y Fambre Ajusta, ¿están pasado más allá Sivilla y Barcelona o de esta otra parte hacia Roma y Constantinopla? Que daría un ojo de la cara porque nos partiésemos luego para ellas.

-Por ventura -dijo el secretario- sois vos el escudero del Caballero Desamorado?

Él entonces, poniéndose muy derecho, haciendo piernas y aderezándose los bigotes, le dijo, con voz arrogante, soñándose ya por gobernador de Chipre:

-Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese por quien preguntas, como se echa de ver en mi filosomococía.

Aquí se le agotó a don Álvaro todo el sufrimiento de disimulación que había tenido, y hubo de volver el rostro, diciendo:

-¡Oh, mi don Carlos, y qué paso te pierdes!

Disimuló cuanto pudo con todo eso la risa, y prosiguió el secretario diciendo:

-Respóndeme con brevedad, Caballero Desamorado, porque tengo de alcanzar al gigante mi señor, que va ya camino de Madrid con mucha prisa.

-Tal se la han dado mis manos -dijo don Quijote- para no ir por la posta. Pero decilde que vaya seguro de que acudiré dentro del aplazado tiempo, que las mismas manos y bríos me terné allí que he tenido aquí esta madrugada. Pero bien hace de dilatar la batalla cuarenta días, para tener siquiera esos de vida quien la ha tenido tan jugada poco ha. Id con esto en paz, y agradeced sois mensajero, y, por serlo, tenéis salvoconducto, según buenas leyes, en todas las naciones, por más contrarias que sean; que si no, sobre mí que pagárades la traición de vuestro amo y el mal tratamiento que ha hecho a mi fiel escudero cogiéndole durmiendo.

El secretario se despidió medio riendo, y, a la que llegaba a la puerta del aposento, le llamó Sancho, diciendo:

-¡Ah, señor negro!, por los palos que dice mi amo que el suyo me dio, lo cual no creo, que me diga si el gobernador de esas ciudades, que tengo de ser yo, es señor disoluto de todas esas alhondiguillas que dice.

-Sí, hermano -respondió el secretario.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; que presto iremos allá mi señor y yo con Mari Gutiérrez, que es mi mujer, como saben Dios y todo el mundo.

-Bien podéis -dijo el secretario-; que también ha de gobernar con el que rige la tierra la mujer suya a las mujeres de Chipre.

-Pardiez -dijo Sancho-, mi mujer no sabrá más gobernar que mi rucio; y más, que si yo me empiezo a entretener entre aquellas alhondiguillas, no se me acordará más de la gobernaduría que si no naciera para ello.

Fuese el secretario; y, volviéndose al aposento de don Álvaro, se desnudó y lavó, y volvió a vestir sus vestidos, sin que los criados lo echasen de ver, porque de industria su amo los había entretenido con Sancho y don Quijote, hablando de la embajada y haciendo mil disparatados discursos y trazas sobre ella, hasta que le pareció habría tenido tiempo el secretario de hacer lo que habemos dicho hizo, y de volverse a su casa y dar cuenta de todo a don Carlos, como realmente lo había ya hecho.

Desde este día, siempre daba Sancho prisa a su amo que fuesen a Chipre, y cada mañana se levantaba con esta oración, hasta que le dijo don Quijote que no podía ir allá sin matar primero en pública batalla, en la plaza de Madrid, al gran Tajayunque, rey de aquel reino. Don Álvaro se fue a ver con don Carlos y a tratar así de la partida como de los dislates de don Quijote y de la determinación con que quedaba por la embajada del negro escudero de Tajayunque; y, concertados de que se partirían ambos con los demás caballeros granadinos amigos suyos dentro de dos días, se volvió a casa a dar calor a la partida de don Quijote, para desembarazarse dél. Llegó de vuelta a casa y habló en ella a don Quijote, y aprestando su viaje con tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de valerse de la suya don Álvaro para despedirle; porque, en viéndole, le dijo don Quijote:

-No permite mi reputación, señor don Álvaro, que me detenga más un día en esta ciudad, sino que me es forzoso salir luego della y ir a los alcances de mi soberbio contrario. Vuesa merced me tenga por escusado, si con tan pocos cumplimientos agradezco las mercedes recebidas; pero viva seguro de que por ellas tendrá en mí un alquitrán de sus enemigos, un rayo de sus émulos y mil Hércules, Héctores y Aquiles en este brazo invencible, para castigar las injurias que sólo con el pensamiento le hicieren los que mal le procuraren, aunque sean los mesmos gigantes que fundaron la torre de Babilonia, si de nuevo volviesen a resucitar sólo para ello.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-Ea, Sancho, ensilla presto a Rocinante, pues te va tanto a ti en la brevedad del negocio como a mí, por la feliz gobernación que esperas.

-Sí espero -dijo Sancho-; pero también nos espera bajo una muy buena comida, y no es razón perderla ni hacer agravio de no comerla al cocinero cojo, mi grande amigo, que por mi respecto me dijo denantes la ha aderezado con la mayor elegancia y policía que pueden imaginar cuantas imágines hay en las boticas y tiendas de todos los pintores del nuevo mundo. Y a fe que por ello le he ya ofrecido llevar a Chipre y helle allá rey de los cocineros y adelantado de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos que lo fue Platón, o Plutón, o como diablos le llaman los boticarios.

Alabó mucho don Álvaro el parecer de Sancho, y así, mandó poner las mesas por su voto; que si aguardaran el de don Quijote en esta parte, jamás se tratara de comer. Hiciéronlo todos juntos con gusto luego, dándoles una muy buena comida el cocinero, que estaba prevenido de que lo hiciese, porque aguardaba don Álvaro nuevos convidados y de consideración, si bien después se le quedó con ellos don Carlos cuando fue a visitarle, porque ya les halló con él tratando de su partida, cuya nueva se iba publicando.

Acabado de comer, ensilló Sancho a Rocinante y armó a su amo, el cual, subiendo con lanza y adarga luego a caballo, se salió de casa con una presteza increíble, despedido de don Álvaro con esperanzas de verle en la Corte, adonde le había ofrecido acudir para apadrinarle sin falta en el desafío. Enalbardó también Sancho a su jumento; y, echando en sus alforjas, por mandado de don Álvaro, los relieves de pan y carne que de la mesa habían sobrado, que no eran pocos, envueltos en una toalla, se despidió con mil aleluyas, disparates y promesas de su gobernación de Chipre, de amo y criados; y, tras esto, cargó al rucio de las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreándole aprisa para ir, como él decía, en busca de su señor don Quijote y en alcance del soberbio Bramidán.


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 Capítulo XIV
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


De la repentina pendencia que tuvo Sancho Panza con un soldado que, de vuelta de Flandes, iba destrozado a Castilla en compañía de un pobre ermitaño


No pudo Sancho alcanzar a su amo, por mucha diligencia que se dio para hacello, hasta a la salida de la ciudad, donde le halló parado frontero el Aljafería, que, de corrido de la grita de los muchachos que llevaba tras sí, no se atrevió irle aguardando. Pero hízolo en dicho puesto, seguro dellos, con la compañía de un pobre soldado y venerable ermitaño, que iban a Castilla y Dios le deparó, con quienes le halló hablando. Iban ambos a pie, y empezaron a caminar viendo lo hacía don Quijote luego que llegó Sancho; el cual se maravilló de verle platicar con mucha atención con el soldado, preguntándole de dónde venía, coligiéndolo de que oyó decir al soldado venía de servir a Su Majestad en los estados de Flandes, donde le había sucedido cierta desgracia, la cual le forzó a salir del campo sin licencia, y que en los confines de los estados y del reino de Francia le habían desvalijado ciertos fragutes y quitado los papeles y dineros que traía.

-¿Cuántos eran ellos? -dijo don Quijote.

-Cuatro -respondió él-, y con bocas de fuego.

Salió Sancho, oyendo la respuesta, diciendo:

-¡Oh hideputa, traidores! ¿Y bocas de fuego traían? Yo apostaré que eran fantasmas del otro mundo, si ya no eran ánimas de purgatorio, pues que decís que echaban fuego por las bocas.

Volvió el soldado a mirar a Sancho y, como le vio con las barbas espesas, cara de bobo y rellenado en su jumento, pensando que era algún labrador zafio de las aldeas vecinas, y no criado de don Quijote, le dijo:

-¿Quién le mete al muy villano en echar su cucharada donde no le va ni le viene? Yo le voto a tal que le dé, si meto mano, más espaldarazos que cerdas de puerco espín tiene en la barba; que no debe de saber tengo yo más villanos como él apaleados que he bebido tragos de agua desde que nací.

Sancho, que oyó lo que el soldado había dicho, dando muchos palos a su asno, arremetió para él con intento de atropellarle, diciendo:

-Vos sois el puerco espín y medio celemín, y el tragador de puercos espines y medios celemines. El soldado, que no sabía de burlas, metió mano, y, sin que el ermitaño ni don Quijote lo pudiesen estorbar, le dio media docena de espaldarazos, y, asiéndole de un pie, le echó del asno abajo; y prosiguiera en darle de coces si don Quijote no se pusiera en medio; el cual, dando con el cuento del lanzón al soldado en los pechos, le dijo:

-Teneos, mucho en hora mala para vos, y tened respecto siquiera a que estoy yo presente y que este mozo es mi criado.

El soldado, reportándose, dijo:

-Perdone vuesa merced, señor caballero, que no entendí que este labrador era cosa suya.

Ya se había Sancho levantado en esto, y, con un gentil guijarro que había cogido del suelo, comenzó a decir a grandes voces:

-Quítese, mi señor don Quijote, de delante y apártese, dejándome solo con él, que yo le haré, de la primer pedrada, que se acuerde de la grandísima puta que le parió.

El ermitaño se asió dél, y no podía detenerle, según estaba de colérico. Mas ya que reportó su furia un poco, dijo:

-¡Cuerpo de mi sayo, señor don Quijote! ¿Yo no le dejo a vuesa merced en sus aventuras, sin hacerle ningún estorbo? Pues, ¿por qué, siendo así, no me deja a mí también con las que Dios me depara? ¿Cómo quiere que aprenda yo a vencer los gigantes? Y, aunque este pícaro no lo es, bien sabe vuesa merced que en la barba del ruin se enseña el barbero.

El ermitaño le dijo:

-Hermano, no haya más; por caridad, soltad la piedra.

Sancho respondió que no quería si primero aquel jayán no se daba por vencido. Llegó al soldado el ermitaño, diciéndole:

-Señor soldado, este labrador es medio tonto, como ha podido colegir de sus razones; no haya más, por amor de Dios.

-Digo, señor -dijo el soldado-, que yo quiero ser su amigo, por mandarlo su reverencia y este señor caballero.

Llegáronse todos a Sancho, y dijo el ermitaño:

-Ya este soldado se da por vencido, como vuesa merced quiere; sólo falta sean amigos y que le dé la mano.

-Quiero, pues, antes, y es mi voluntad -respondió Sancho-, ¡oh soberbio y descomunal gigante, o soldado, o lo que diablos fueres!, ya que te me has dado por vencido, que vayas a mi lugar y te presentes delante de mi noble mujer y fermosa señora, Mari Gutiérrez, gobernadora que ha de ser de Chipre y de todas sus alhondiguillas, a quien ya sin duda debes de conocer por su fama; y, puesto de rodillas delante della, le digas de mi parte cómo yo te vencí en batalla campal. Y si tienes por ahí a mano o en la faltriquera, alguna gruesa cadena de hierro, póntela al cuello para que parezcas a Ginesillo de Pasamonte y a los demás galeotes que envió mi señor Desamorado cuando Dios quiso fuese el de la Triste Figura, a Dulcinea del Toboso, llamada por su proprio nombre Aldonza Lorenzo, fija de Aldonza Nogales y de Lorenzo Corchuelo.

Y volvióse, dicho esto, a don Quijote, diciendo:

-¿Qué le parece, señor don Quijote, a vuesa merced. ¿Hanse de her desta manera las aventuras? ¿Parécele que les voy dando en el hito?

-Paréceme, Sancho -dijo don Quijote -, que el que se llega a los buenos ha de ser uno dellos, y quien anda entre leones a bramar se enseña.

-Eso sí -dijo Sancho-, pero no a rebuznar quien va entre asnos; que, de otra suerte, días ha que podría ser ya maese de capilla de semejantes monacillos, según ha tiempo que ando con ellos. Pero he aquí la mano con el diablo, tómela con mucha alegría y vanagloria, señor soldado, y seamos amigos usque ad mortuorum. Y en lo de la ida al Toboso a verse con mi mujer, yo le doy licencia para que lo deje por ahora.

Y abrazándole, sacó de las alforjas un pedazo de carnero fiambre de los relieves que traía en ellas, y se lo dio; y el soldado, con un zoquete de pan que tenía guardado en la faltriquera, refociló su debilitado estómago. Subió luego Sancho en su rucio, y comenzaron a caminar todos poco a poco; y don Quijote dijo a Sancho:

-Reflectión e estado haciendo, hijo Sancho, de lo que acabo de ver has hecho agora; y de ello colijo que con pocas aventuras destas te podrás graduar meritísimamente de caballero andante.

-¡Oh, cuerpo de Aristóteles! -dijo Sancho-, júrole por el orden de escudero andante que recebí el día que mantearon mis güesos a vista de todo el cielo y de la honestísima Mari Tormes, que si vuesa merced me dice cada día dos o tres docenas de liciones en ayunas, que está el ingenio más quillotrado de lo que tengo de her, que me obligase dentro de veinte años a salir tan buen caballero andante como le haya de Zocodover al Alcaná de la imperial ciudad de Toledo.

El soldado y ermitaño comenzaron a ir conociendo el humor de los compañeros con quien iban. Pero, al fin, don Quijote los convidó a cenar aquella noche y otras dos que anduvieron juntos, y poco a poco, hasta tanto que, cerca de Ateca, les dijo a boca de noche:

-Señores, yo y Sancho, mi fiel escudero, tenemos de ir forzosamente esta noche alojar en casa de un amigo clérigo. Vuesas mercedes se vengan con nosotros, que él es hombre de tan buenas entrañas y tan cumplido, que a todos nos hará merced de recebir y dar posada.

Como iban los dos tan flacos de bolsa, acetaron fácilmente el envite; y así, se fueron juntos para el lugar, y don Quijote preguntó, antes de llegar a él, al ermitaño cómo se llamaba; el cual le respondió que su nombre era fray Esteban, y que era natural de la ciudad de Cuenca, y por habérsele ofrecido cierto negocio, había ido forzosamente a Roma, pero que ya se volvía a su tierra, donde sería bien recebido, y podría ser ofrecerse ocasión en que le pagase en ella la merced que le hacía en este camino. El soldado le dijo luego, preguntando también de su nombre, que se llamaba Antonio de Bracamonte, natural de la ciudad de Ávila y de gente ilustre della. Tras lo cual, llegaron juntos al lugar y fuéronse derechamente en casa de mosén Valentín; y llegando a su puerta, se apeó Sancho de su asno y, entrando en el zaguán, comenzó a dar voces, diciendo:

-¡Ah, señor mosén como se llama! Aquí están sus antiguos huéspedes, que vuelven a herle toda merced y honra, como se lo rogó hiciesen cuando íbamos a las justas reales de Zaragoza.

Salió la ama a las voces con un candil en la mano; y, como conoció a Sancho, entró corriendo a su amo, diciéndole:

-Salga, señor; que aquí está nuestro amigo Sancho Panza.

Salió el clérigo con una vela en la mano; y, como vio a don Quijote y a Sancho, que ya estaban apeados, diola a la ama y fuese para don Quijote y, abrazándole, le dijo:

-Bien sea venido el espejo de la caballería andantesca con el bueno y fiel escudero suyo Sancho Panza.

Don Quijote le abrazó también diciendo:

-A mí me pareció, señor licenciado, que fuera cometer un grave delito si, pasando por este lugar, no viniera a posar y recebir merced en su casa con estos reverendo y señor soldado, que conmigo vienen haciéndome bonísima compañía.

A lo cual respondió mosén Valentín, diciendo:

-Aunque yo no conozca a estos señores sino para servirles, basta venir con vuesa merced para que les haga el servicio que pudiere.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-Pues, Sancho, ¿cómo va?

-Bien a su servicio -respondió Sancho- Pero la mula castaña de su merced ¿está buena? Que me dijeron personas de mucho crédito en Zaragoza que había estado malísima de ciática y pasacólica, de una gran cólera que había tomado con el macho del médico, y que a causa deso no podía atravesar bocado de pan.

Mosén Valentín se reyó mucho y le respondió:

-Ya le pasó esa indisposición y enojo, y está ahora bonísima y a vuestro servicio, besándoos las manos por el cuidado.

Y, tras esto, dijo a los huéspedes:

-Entren todos vuesas mercedes en mi aposento, y aderezarse ha, mientras reposan en él, de cenar. Entraron todos, y el buen mosén Valentín hizo aderezar una muy buena cena, regalando a don Quijote y a los huéspedes con mucho amor y voluntad. Servía Sancho a la mesa, sin desembarazar jamás el pajar, porque siempre traía la boca llena. Al cual dijo mosén Valentín:

-¿Qué es de aquella joya, hermano Sancho, que me prometistes traer de las justas de Zaragoza? ¿Así cumplen su palabra los hombres de bien?

-Sólo prometo a vuesa merced -dijo Sancho- que si hubiéramos muerto aquel gigantazo del rey de Chipre, Bramidán, que yo se la hubiera traído tal y tan buena como la hayan tenido gigantes en este mundo; pero yo creo que antes de muchos días llegaremos a Chipre, que ya no puede estar muy lejos, y, en matándole, déjeme a mí el cargo.

-¿Qué gigante es ése -preguntó mosén Valentín-, o qué Chipre? ¿Es por desgracia como la aventura del morisco melonero que los días pasados llamábades Bellido de Olfos?

Y, tomando la mano don Quijote para responderle, contó punto por punto todo lo que en Zaragoza les había sucedido con el gigante en casa de don Carlos, juez de la sortija, en que él ganó en pública plaza unas agujetas del cuero de la ave fénix; y lo que después, a la madrugada, le había sucedido con el mismo gigante Bramidán en la posada de su amigo don Álvaro Tarfe, la cual había escalado por encantamiento para matarlos a todos dentro della a traición y escusar así el haber de salir al desafío que con él tenía aplazado para la tarde del mismo día en la plaza del Pilar, de donde temía había de salir vencido.

-Pero saliólo, si no de la plaza dicha, a lo menos de la posada de don Álvaro, en la cual le di mil lanzadas y palos.

-¡A mis costillas las dio, cuerpo non de mis zaragüelles -dijo Sancho-; y muy buenos!

-Ése fue, Sancho, el gigante -replicó don Quijote-, que, no pudiéndose volver al asno, se volvió a la albarda.

-Es verdad que al asno no pudo llegar, porque estaba en la caballeriza -añadió Sancho-, pero pluguiera a Dios hubiera yo tenido encima la albarda cuando me dio los palos el gigante, vuesa merced o la puta que los parió a ambos, como la tuve cuando venimos desde el melonar, bien aporreados, hasta esta misma casa santa y sacerdotal, huérfanos, yo de mi rucio y vuesa merced de Rocinante.

Celebraron todos las verdaderas simplicidades de Sancho, y mosén Valentín, como ya conocía el humor de don Quijote, cayó en cuanto podía ser, y dijo al ermitaño y soldado:

-Que me maten si algunos caballeros de buen gusto no han hecho alguna invención de gigante para reír con don Quijote.

Oyólo Sancho, que estaba tras su silla, y dijo:

-No, señor, no crea tal, que yo mesmo le vi, por estos ojos que saqué del vientre de mi madre, entrar por la sala de don Carlos. Y más, que le traen las armas cinco o seis docenas de bueyes en carros y la adarga es una grandísima rueda de molino, según él mismo dijo. Y es imposible mienta un tan gran personaje, de quien se lee en las mapamundis se come cada día seis o siete hanegas de cebada.

Acabaron de conocer en esto el soldado y ermitaño que don Quijote era falto de juicio y Sancho simple de su naturaleza; y, viéndolos mosén Valentín mirar con mucha atención a don Quijote, dijo al soldado le hiciese merced de decirle su patria y nombre, todo a fin de divertir las locuras y quimeras que tenía don Quijote si continuaban en darte pie. El soldado, que tenía tanto de discreto y noble cuanto de plática militar, conoció luego el blanco a que tiraba con la pregunta su cortés huésped y así dijo:

-Yo soy, señor mío, de la ciudad de Ávila, conocida y famosa en España por los graves sujetos con que la ha honrado y honra en letras, virtud, nobleza y armas, pues en todo ha tenido ilustres hijos. Vengo ahora de Flandes, adonde me llevaron los honrados deseos que de mis padres heredé, con fin de no degenerar dellos, sino aumentar por mí lo que de valor y inclinación a la guerra me comunicaron con la primera leche. Y, aunque vuesa merced me ve desta manera roto, soy de los Bracamontes, linaje tan conocido en Ávila, que no hay alguno en ella que ignore haber emparentado con los mejores que la ilustran.

-¿Hallóse -dijo mosén Valentín- vuesa merced acaso en Flandes cuando el sitio de Ostende? -Desde el día en que se comenzó -dijo el soldado- hasta el en que se entregó el fuerte, me hallé, señor, allí; y aún tengo más de dos balazos, que podría mostrar, en los muslos y este hombro medio tostado de una bomba de fuego que arrojó el enemigo sobre cuatro o seis animosos soldados españoles que intentábamos dar el primer asalto al muro, y no fue poca ventura no acabarnos.

Mandó, acabada la cena, mosén Valentín alzar la mesa; y, tras esto, él y don Quijote, que comenzó a gustar de la miel de la batalla y asalto, cosas todas muy conformes a su humor, rogaron al soldado les contase algo de aquel tan porfiado sitio; el cual lo hizo así con mucha gracia, porque la tenía en el hablar, así latín como romance. Mandó antes de empezar tender sobre la mesa un ferreruelo negro y que le trajesen un pedacito de yeso; y traído, les dibujó con él sobre la capa el sitio del fuerte de Ostende, distinguiendo con harta propriedad los puestos de sus torreones, plataformas, estradas encubiertas, diques y todo lo demás que le fortificaba, de suerte que fue el verlo de mucho gusto para mosén Valentín, que era curioso. Díjoles tras esto de memoria los nombres de los generales, maestros de campo y capitanes que sobre el sitio se hallaron, y el número y calidad de las personas que, así de parte del enemigo como de la nuestra, allí murieron, que, por no hacer a nuestro propósito, no se dicen aquí. Sólo referiremos lo que de Sancho Panza cuenta la historia en esta parte, y es que, como hubiese escuchado con mucha atención lo que el soldado decía de Ostende, y como era tan fuerte, y que nos había muerto tantos maestres de campo y un número infinito de soldados, y que costó el ganarle tanto derramamiento de sangre, salió tan a despropósito como solía, diciendo:

-¡Cuerpo de quien me hizo! ¿Y es imposible que no hubiese en todo Flandes algún caballero andante que a ese bellaconazo de Ostende le diera una lanzada por los ijares y le pasara de parte a parte, para que otra vez no se atreviera a hacer tan grande carnicería de los nuestros? Dieron todos una gran risada, y don Quijote le dijo:

-Pues no ves, animalazo, que Ostende es una gran ciudad de Flandes puesta a la marina?

-Hablara yo para mañana -dijo Sancho-. Pardiez que pensé que era otro gigantazo como el rey de Chipre que vamos a buscar a la Corte, donde le toparemos, si ya no es que de miedo nos huya por arte de encantamiento; que ya todas nuestras cosas ha días que van tan encantadas, que temo que no se nos encante alguna vez el pan en las manos, la bebida en los labios y todas las bascosidades cada una en el baúl en que la depositó Naturaleza.

Mosén Valentín, interrumpiendo la plática, se levantó de la mesa por parecerle se hacía tarde, y que si se daba lugar a las preguntas y respuestas de amo y escudero, habría para mil noches, y así les dijo:

-Señores, vuesas mercedes vienen cansados, y paréceme será hora de reposar. El señor don Quijote ya de la otra vez sabe el aposento en que lo ha de hacer. Este señor y el reverendo, pues son compañeros de camino, no se les hará de mal serlo esta noche de cama, pues la falta dellas me obliga a suplicárselo. Sancho, con esta candela, vaya y desarme a su amo y después súbase a su camaranchón; y, finalmente, vámonos todos a dormir.

Fuese Sancho alumbrando a su amo, y el soldado y ermitaño siguieron a mosén Valentín, que, asiéndoles por la mano, les paseó un breve rato por la sala, contándoles todo lo que la otra vez le había pasado con don Quijote, de que quedaron maravillados; pero no tanto cuanto lo quedaran a no haberle visto hacer de Zaragoza hasta allí, por los caminos y en todas las posadas, cosas que un insensato no las hiciera, poniéndoles con ellas y con sus desaforadas palabras en mil contingencias a cada paso. Con todo, quedaron de común acuerdo de procurar probar con todas sus fuerzas, por la mañana, si le podrían reducir a que dejase aquella vanidad y locura en que andaba, persuadiéndole con razones eficaces y cristianas lo que le convenía y dejarse de caminos y aventuras y volverse a su tierra y casa, sin querer morir como bestia en algún barranco, valle o campo, descalabrado o aporreado.

Reposaron la noche con harta comodidad todos; y, venida la mañana, apretaron el negocio de la reducción de don Quijote. Pero todo fue trabajar en vano; antes le dieron motivo sus amonestaciones a que se levantase más temprano (que en la cama le cogieron para con más quietud poderle hablar) y mandase, como mandó con mucho ahínco a Sancho, ensillase a Rocinante, queriéndose partir sin desayunarse. Y, viendo mosén Valentín que era perder tiempo el darle consejo, hubo de callar; y, dándoles de almorzar a todos, dio a don Quijote ocasión de hacer lo que deseaba, que era salir de su casa, como lo hizo, con los demás.

Despedidos todos primero con mucho comedimiento del honrado clérigo y de su ama, pusiéronse camino de Madrid; pero, apenas hubieron andado tres leguas, cuando comenzó a herir el sol, que entonces estaba en toda su fuerza, de manera que les dijo el ermitaño, como más cansado y más anciano:

-Señores, pues el calor, como vuesas mercedes ven, es excesivo y no nos faltan para hacer la concertada jornada más de dos pequeñas leguas, paréceme que lo que podríamos, y aun debríamos hacer, es irnos a sestear hasta las tres o cuatro de la tarde allí donde se ven apartados del camino aquellos frescos sauces, que hay una hermosa fuente al pie dellos, si bien me acuerdo; que después, caído el sol, proseguiremos nuestro camino.

A todos agradó el consejo, y así, guiaron hacia allá los pasos, y, cuando llegaron cerca de dichos árboles, vieron sentados a su sombra dos canónigos del Sepulcro de Calatayud y un jurado de la misma ciudad, los cuales, por esperar como ellos a que pasase el calor del sol, se acababan de asentar allí. Llegaron todos, y el ermitaño, saludándoles muy cortésmente, les dijo:

-Con licencia de vuesas mercedes, mis señores, yo y estos caballeros nos asentaremos en esta frescura a pasar en ella un rato la siesta, mientras la inclemencia del calor se modera.

A lo cual respondieron ellos, con muestras de gusto, que le tendrían grandísimo en gozar de tan buena compañía las cuatro o cinco horas que allí pensaban estar. Y uno dellos, maravillado de ver aquel hombre armado de todas piezas, preguntó al ermitaño al oído qué cosa fuese, a lo cual respondió que no sabía otra cosa mas que, cerca de Zaragoza, había topado con él y aquel labrador, su criado, hombre simplicísimo, y que, a lo que imaginaba, se había vuelto loco leyendo libros de caballerías; y con aquella locura, según estaba informado, había un año que andaba de aquella suerte por el mundo, teniéndose por uno de los caballeros andantes antiguos que en tales libros se leen; y que si quería gustar un poco dél, que le diese materia en asentándose allí y oiría maravillas.

En esto, llegaron a ellos don Quijote y Sancho, que habían estado quitando el freno a Rocinante y la albarda al rucio; y, después de haberse saludado todos, le dijo uno de aquellos canónigos que se quitase las armas, porque venía muy caluroso y allí estaba en parte segura, donde todos eran amigos. A lo cual respondió don Quijote le perdonase, que no se las podía quitar jamás si no era para acostarse, que a eso le obligaban las leyes de su profesión. En esto, se asentó con gravedad, y ellos, que vieron su resolución, no quisieron porfiarle más; y así, después de haber tratado de lo que más le agradaba un rato, dijo don Quijote:

-Paréceme, señores, ya que habemos de estar aquí cuatro o seis horas, que pasemos el tiempo de la siesta con el entretenimiento de algún buen cuento sobre la materia que mejor les pareciere a vuesas mercedes.

Sentóse en esto Sancho, diciendo:

-Si no es más desto, yo les contaré riquísimos cuentos, que a fe que los sé lindos a pedir de boca. Escuchen, pues, que ya comienzo: «Érase que sera, en hora buena sea, el mal que se vaya, el bien que se venga, a pesar de Menga. Érase un hongo y una honga que iban a buscar mar abajo reyes...»

-Quítate allá, bestia -dijo don Quijote-; que aquí el señor Bracamonte nos hará merced de dar principio a los cuentos con alguno digno de su ingenio, de Flandes o de la parte que mejor le pareciere.

El soldado respondió que no quería replicar ni escusarse, porque deseaba servirles y dar juntamente materia para que alguno de aquellos señores contase algo curioso, supliendo la falta que de serlo ternía el siguiente trágico suceso.


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 Capítulo XV
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


En que el soldado Antonio de Bracamonte da principio a su cuento del rico desesperado


-«En el ducado de Brabante, en Flandes, en una ciudad llamada Lovaina, principal universidad de aquellas provincias, había un caballero mancebo llamado monsiur de Japelín, de edad de veinte y cinco años, buen estudiante en ambos derechos, civil y canónico, y dotado tan copiosamente de los bienes que llaman de Fortuna, que pocos había en la ciudad que se le pudiesen igualar en riqueza. Quedó el mancebo, por muerte de padre y madre, señor absoluto de toda ella, y así, con la libertad y regalo (a las que sacan a volar y precipitarse mocedades pródigas, con peligrosos pronósticos de infelices fines), comenzó a aflojar en el estudio y a andar envuelto en mil géneros de vicios con otros de su edad y partes, sin perder ocasión de convites y borracheras, que en aquella tierra se usan mucho.

»Sucedió, pues, andando en estos pasos, que un domingo de Cuaresma dirigió acaso los suyos a oír un sermón en un templo de padres de Santo Domingo, por predicarle un religioso eminente en dotrina y espíritu, donde, tocándole Dios al libre y descuidado oyente en el corazón con la fuerza y virtud de las palabras del predicador, salió de la iglesia trocado, de suerte que comenzó a tratar consigo proprio de dejar el mundo con toda su vanidad y pompa y entrarse en la insigne y grave religión de los Predicadores. Encargó en este presupuesto toda su casa y hacienda a un pariente suyo para que se la administrase algunos días, en que pensaba hacer una precisa ausencia, con cargo de que le diese fiel cuenta della cuando se la pidiese. Tras esto, se fue a Santo Domingo y, hablando con el religioso predicador, le descubrió su pecho. En resolución, como era hombre de prendas singulares y conocido por ellas de todos, fue fácil darle luego el hábito, como, en resolución, se le dio en dicho convento.

»Vivió en él con mucho gusto y muestras de ejemplar religioso por espacio de diez meses. Pero nuestro general adversario (que anda dando vueltas como león rabioso buscando a quién tragarse, como dice en no sé qué parte la Escritura), para daño de su conciencia, trajo a aquella universidad dos amigos suyos que habían estado ausentes de Lovaina algunos meses, no poco viciosos y aun sospechosos de la fe, plaga que ha cundido no poco, por nuestros pecados, en aquellos estados y en los circunvecinos suyos.

»Sabido por ellos como Japelín, su amigo, se había entrado religioso dominicano, lo sintieron en el alma, y propusieron de ir al convento y persuadirle con las mayores veras que les fuese posible dejase el camino que había comenzado a seguir y volviese a sus estudios. Efectuáronlo de suerte que lo determinaron, y la mesma tarde del concierto fueron a verle; y, obtenida licencia para ello del prior (que por allá no se observa el rigor que en nuestra España en hacer guardar el debido recogimiento a los novicios el año de su noviciado), le abrazaron con mucho amor y, después de haber hablado mil cosas diferentes y de gusto, el que debía de ser más libre comenzó a decirle las siguientes razones:

»-Maravillado estoy, monsiur de Japelín, de ver que, siendo vos tan prudente y discreto, y un caballero en quien toda esta ciudad tiene puestos los ojos, hayáis dejado vuestros estudios, contra la esperanza que todos teníamos de veros antes de muchos años catedrático de prima y celebrado por vuestra rara habilidad, no sólo en Lovaina, sino en todas las universidades de Flandes, y aun en las de todo el mundo; porque vuestro divino entendimiento y feliz memoria, claros presagios daban de que habíades de alcanzar esto y todo lo demás a que espirásedes. Y lo que aumenta el espanto es ver hayáis querido, contra el gusto de toda esta ciudad y aun contra vuestra reputación y la de vuestros deudos, tomar el hábito de religioso, como si fuérades hombre a quien faltasen bienes de fortuna o fuérades persona simple y desemparentada, y por eso obligado a tomar semejante profesión de pobreza. ¿No sabéis, señor, que la cosa más preciosa que el hombre posee es la libertad, y que vale más, como dice el poeta, que todo el oro que la Arabia cría? ¿Pues por qué la queréis perder tan fácilmente y quedar sujeto y hecho esclavo de quien, siendo menos docto y principal que vos, os mandará mañana, como dicen, a zapatazos, y por cuyas manos habrán de llegar a las vuestras hasta las cartas y papeles que, para consuelo vuestro, os escribiremos los amigos? Miradlo, señor, bien y acordaos que vuestro padre, que buen siglo haya, no podía ver pintados los religiosos. Y así, amigo del alma, os suplico, por la ley del amistad que os debo, que volváis sobre vos y desistáis desta necedad o, por mejor decir, ceguera y volváis a vuestra hacienda, que anda toda como Dios sabe por faltarle vos. Volved a vuestros estudios, pues si os pareciere, siendo vos, como sois, tan principal y rico, os podéis casar con una de las damas hermosas y de hacienda desta tierra, en el cual estado os podéis muy bien salvar alegrar a vuestros parientes, los cuales están muy tristes por lo que habéis hecho, teniéndoos ya por muerto en vida. No os quiero, señor, decir más de que metáis la mano en vuestro pecho, que sé que con esto echaréis de ver que os digo la verdad, y como amigo que desea en todo vuestro bien. Y, pues agora tenéis tiempo, que no ha más de diez meses que entrastes aquí, para enmendar el hierro empezado y dar contento a los que os amamos, dádnosle cumplido con vuestra salida, que os prometo, a fe de quien soy, que no os arrepintáis de haber tomado mi consejo, como dirá el tiempo.

»Estuvo el religioso mancebo callando a todo lo que el ministro del demonio le decía y mirando al suelo con suma turbación y melancolía; y, en fin, como era flaco y estaba poco fundado en las cosas tocantes a la perfectión y mortificación de sus apetitos, convenciéronle las razones frívolas y pestilenciales avisos que aquel falso amigo y verdadero enemigo de su bien le había dado; y así, le respondió diciendo:

»-Bien echo de ver, señor mío, que todo lo que me habéis dicho es mucha verdad, y estoy yo ya tan arrepentido de lo hecho más ha de ocho días, que, si no fuera por el qué dirán y por mi propria reputación, me hubiera ya salido deste convento. Pero, con todo eso, estoy determinado de seguir el consejo y parecer de quien tan sin pasión y con tan buenas entrañas me dice lo que me está bien. Yo, en suma, me resuelvo de pedir hoy por todo el día mis vestidos y volver a mi casa y hacienda, que ya tengo echado de ver lo que me importa; y con esto, no hay sino que os vais y me aguardéis a cenar esta noche en vuestra posada, seguros de que no faltaré a la cena. Pero tenedme secreta, os suplico, esta mi resolución.

»Con notable alegría, abrazándole, se despidieron todos dél, por la buena nueva, y el engañado mancebo se fue derecho a la celda del prior y le dijo le mandase volver luego sus vestidos de secular, porque le importaba a su reputación volver a su casa y hacienda, tras que no podía llevar los trabajos de la orden de vestir lana, no comer carne, levantarse todas las noches a maitines y los demás que en ella se profesaban. Demás desto, le dijo, mintiendo, como había dado palabra de casamiento a una dama, y que forzosamente se la había de cumplir, casándose con ella, a que le obligaba la conciencia y las recebidas prendas de su honra. Maravillóse no poco el prior de oír lo que el novicio le decía, y, lleno de suspensión, le respondió diciendo:

»-Espántome, monsiur de Japelín, de vuestra indiscreción y que tan poco os hayan aprovechado los ejercicios espirituales en que en diez meses de religioso habéis tratado, y los buenos consejos míos que, como padre, os he siempre dado. ¿No os acordáis, hijo, haberme oído decir muchas veces que mirásedes por vos, principalmente este año de noviciado, porque el demonio os había de hacer crudelísima guerra en él, procurando con todas sus astucias y fuerzas persuadiros, como ahora lo ha hecho, a que dejéis la religión, volviendo a las ollas de Egipto, que eso es volver a la confusión del siglo, en que él sabe que con mejor facilidad os podrá engañar y hacer caer en graves pecados, a manos de los cuales perdáis no sólo la vida del cuerpo, sino lo que peor es, la del alma? Acordaos también, hijo, que me habéis oído decir como hasta hoy ninguno dejó el hábito que una vez tomó de religioso que haya tenido buen fin; que justo juicio es de Dios que, quien siendo llamado por su divina vocación a su servicio, si después le deja de su voluntad en vida, que el mismo Dios le deje a él en muerte, siendo esto lo que Él dijo a los tales por su Profeta: Vocaví, et renuistis; ego quoque in interitu vestro ridebo. Verdad es que he visto por mis ojos mil esperiencias, y plegue a Dios, como se lo ruego, no la haga su divina justicia en vuestra ingratitud y precipitada determinación, que lo temo por veros tan engañado del demonio; que las razones que vos me decís claramente descubren no ser forjadas en otra fragua sino en la infernal que él habita. Advertid que si al principio halláis la dificultad que decís en la religión, no hay que maravillarse dello, pues, como dice el Filósofo, todos los principios son dificultosos, y más los que lo son de cosas arduas. Los hijos de Israel, después de haber pasado a pie enjuto el mar Bermejo, enviaron ciertas espías a reconocer la tierra de promisión para la cual caminaban; y, volviendo ellas con un grandísimo racimo de uvas, tan grande que menos que en un palo traído en hombros de dos valerosos soldados no le podían traer, dijeron: "Amigos, esta fruta lleva la tierra que vamos a conquistar; pero sabed que los hombres que la defienden son tan grandes como unos pinos". Con que dijeron que el principio de la conquista de aquella fertilísima tierra era dificultoso, siendo sus habitadores gigantes. Desa manera, hijo mío, os ha acontecido a vos, me parece, al principio de vuestra conversión, en la cual ha permitido Dios sintáis las presentes dificultades con que pretende probar vuestra perseverancia, a fin de obligaros a que acudáis a él solo a pedirle favor para salir con vitoria, si bien veo os habéis dado por vencido de vuestros enemigos a los primeros encuentros, dejándoos atar por ellos las manos, sin haber acudido a quien las tiene liberalísimas y promptas para remediaros, de lo cual nace el venirme a pedir con tan ciega resolución vuestros vestidos. Por la pasión que Cristo padeció por vos, os ruego, amado Japelín, que hagáis una cosa por mí, y es que os reportéis por tres o cuatro días y en ellos hagáis oración a Dios; que yo, de mi parte, os prometo de hacer lo mesmo con todos los religiosos desta casa, y veréis cómo usa Su Majestad con vos de misericordia, haciéndoos salir vitorioso desta infernal tentación.

»Todas estas razones que el santo prior dijo al inquieto novicio no fueron bastantes para apartarle de su propósito; antes, al cabo dellas, le dijo:

»-No hay, padre mío, que dar ni tomar más sobre este negocio, que estoy resuelto en lo que tengo dicho y lo tengo muy bien mirado y tanteado todo.

»Él, en efeto, se salió aquella noche del convento y se fue derecho, como lo tenía concertado, a la posada de sus dos amigos, donde le esperaban a cenar. Diéronle un bravo convite y brindáronse en él con mucho contento y abundancia los unos a los otros.

»Volvió tras esto Japelín a tomar posesión de su hacienda, y comenzó a seguir de nuevo el humor de sus compañeros, andando de día y de noche con ellos, sin hacerse convite o fiesta en toda la ciudad donde los tres disolutos mancebos no se hallasen. Sucedió, pues, que un día se fue a hablar muy de pensado con un caballero algo pariente suyo, el cual tenía una sobrina en estremo hermosa, discreta y rica, y pidiósela por mujer, atento que ya antes que entrase a ser religioso le había hecho muchos días del galán, con demostraciones de afición, en un monasterio de religiosas, donde había estado encomendada. Viendo el caballero cuán bien le venía el casamiento a su sobrina, por ser Japelín en todo su igual, se la prometió con gusto suyo y della, a la cual su mismo tío aún no había un mes entero que también la había sacado del convento de religiosas en que, como queda dicho, había estado encomendada a una prima suya perlada, sin haberle consentido que fuese monja en él, como sus padres habían deseado y procurado en vida, fin para el cual, desde niña, la habían hecho criar bajo de su clausura.

»Casáronse, en efeto, los dos recién salidos de sendos conventos con grandes fiestas y universales regocijos, y estuvieron casados tres años, al cabo de los cuales concibió la dama. Y, viéndola su marido preñada, perdía el juicio de contento, sin haber regalo en el mundo que no fuese para su mujer, acariciándola y poniéndola sobre su cabeza con increíble desvelo y mil amorosas ternuras. Pero sucedió que, a los seis meses de su preñez, un tío deste caballero, que era gobernador de un lugar en los confines de Flandes que se llama Cambray, murió, y sabido por el sobrino, partió para Brucellas, donde está la Corte, y negoció sin mucha dificultad (representadas sus prendas y los buenos servicios de su tío) le diesen aquel gobierno, del cual fue luego a tomar posesión, con intento de volver después por toda su casa y hacienda. Antes de la partida, se despidió de su mujer con harto sentimiento de entrambas partes, diciendo:

»-Señora mía, yo voy a dar asiento a las cosas de mi difunto tío, el gobernador, y a poner en cobro la hacienda que por su muerte heredo, cosa que, como sabéis, no la puedo escusar. De allí pienso llegarme a Brucellas a pretender sucederle en el cargo y a que me hagan sus altezas merced dél por los buenos servicios de mi tío, cosa que creo me será fácil de alcanzar. Lo que os suplico es miréis por vos en esta ausencia y que, al punto que pariéredes, me aviséis para que me halle en el bautismo, que lo haré sin falta; y creo será de igual regocijo para mí vuestra vista que la del hijo o hija que pariéredes.

»Prometióselo ella, de quien, despidiéndose con mil abrazos y amorosas lágrimas, se partió para Cambray, donde y en Brucellas negoció muy a su gusto lo que pretendía, como queda dicho, tardando en los negocios y en volver a su casa casi tres meses. Antes que lo hiciese, le dieron a la señora los dolores del parto, la cual, luego que se le sintió, despachó un correo a su marido rogándole partiese vista la presente, pues ya lo estaba el día de su parto. No tardó Japelín a ponerse a caballo y dar la vuelta para su casa más de lo que tardó en leer la deseada carta.

»A la que llegaba cerca de la ciudad de Lovaina, encontró por el camino un soldado español, a quien preguntó, en emparejando con él, adónde caminaba; y, respondiéndole el soldado que iba a Amberes a holgarse con ciertos amigos que le habían enviado a llamar y que estaba de guarnición en el castillo de Cambray, le fue preguntando por el camino muchas cosas acerca de cómo lo pasaban los soldados en el castillo; a todo lo cual respondía el español con mucha discreción, porque era no poco prático, aunque mozo. Ya que llegaban a las puertas de la ciudad, le dijo Japelín:

»-Señor soldado, si vuesa merced esta noche no ha de pasar adelante, podrá, si gustare, venirse conmigo a mi casa, adonde se le dará alojamiento; y, aunque no será conforme su valor merece, recibirá a lo menos el buen deseo deste su servidor, dueño de una razonable casa y del caudal que para sustentarla con el aderezo y fausto que vuesa merced verá en ella, es necesario. Porque sepa soy muy aficionado a la nación española, y el ser della vuesa merced y sus prendas me obligan a usar desta llaneza. Reposará y, por la mañana, podrá emprender la jornada con más comodidad, habiendo precedido el descanso de una acomodada noche.

»El soldado le respondió que le agradecía la merced que le ofrecía no poco y que, por ella y la voluntad con que iba envuelta, le besaba las manos mil veces, y que le parecería pasar los límites de la cortesía que su nación profesaba el dejar de aceptar el ofrecimiento; con que se resolvió quedar esa noche en Lovaina, aunque por ello perdiera la comodidad de su jornada.

»Llegaron ambos, yendo en estas pláticas, a la deseada puerta de la casa de Japelín, de la cual salía acaso una criada que, viéndole, volvió corriendo, sin hablarle palabra, la escalera arriba dando una mano con otra, con muestras de regocijo, y diciendo turbada:

»-¡Monsiur de Japelín, monsiur de Japelín!

»Y tras esto, volvió a bajar a su amo con as mismas muestras de contento, diciéndole:

»-¡Albricias, señor, albricias; que mi señora ha parido esta noche un niño como mil flores!

»Apeóse del caballo con la nueva, él como un viento, y subió en dos saltos la escalera, sin que el gozo le diese lugar de hacer comedimientos con el soldado; y, puesto en la sala, vio a su mujer que estaba en la cama y, saludándola y abrazándola, llegado a ella, muchas veces, le dijo:

»-Dad, mi bien, un millón de gracias al cielo por la merced que nos ha hecho agora en darnos hijo que, siendo heredero de nuestra hacienda, pueda ser báculo de nuestra senectud, consuelo de nuestros trabajos y alegría de todas nuestras aflicciones.

»Sentóse en esto en una silla que estaba en la cabecera de la cama, teniéndola siempre asida de la mano, platicando los dos, ya del camino y buen suceso de sus negocios, ya del venturoso parto y cosas de su casa.

»A la que se hizo de noche, mandó que le pusiesen allí, junto a la cama, la mesa, porque gustaba de cenar con su mujer. Hizo llamar al soldado luego para que se asentase a cenar también con ambos, lo cual él hizo con mucha cortesía y no con el recato que debiera tener en los ojos en orden a mirar a la dama, porque le pareció, desde el punto que la vio, la más bella criatura que hubiese visto en todo Flandes. Y éralo, sin duda, según me refirieron los que me dieron noticia del cuento, que eran personas que la conocieron. Trajeron abundantísimamente de cenar, pero el español que había hecho pasto de sus ojos a la hermosura de la partera, y la gracia con que estaba asentada sobre la cama, algo descubiertos los pechos (que usan más llaneza las flamencas en este particular que nuestras españolas), comió poquísimo, y eso con notable suspensión.

»Acabada la cena y quitados los manteles, mandó Japelín a un paje que le trajese un clavicordio, que él tocaba por estremo (que en aquellos países se usa entre caballeros y damas el tocar este instrumento, como en España la arpa o vihuela). Traído y templado, comenzó a tañer y a cantar en él con estremada melodía las siguientes letras, de las cuales él mismo era autor, porque, como queda dicho, tenía gallardo ingenio y era universal en todo género de sciencias:

»-Celebrad, instrumento,

el ver que no podrá el tiempo variable

alterar mi contento

ni hacerme con sus fuerzas miserable,

pues hoy con regocijo

me ha dado un ángel bello, un bello hijo.

Alzóme la Fortuna

sobre lo más costante de su rueda;

y, aunque ella es como luna,

le manda mi ventura que esté queda

y que la tenga firme,

y su poder en mi favor confirme.

Y así, señora mía,

no temáis que ella nuestro bien altere

jamás, porque este día

el mismo Cielo nuestro aumento quiere;

que eso dice el juntarnos

en uno a ambos para más amarnos.

Sin duda fui dichoso

cuando me aconsejaron dos amigos

no fuese religioso,

pues los gustos que gozo son testigos

de que su triste suerte

en vida les iguala con la muerte.

Razón es, pues soy rico,

que viva alegre, coma y me regale,

y que el avaro inicuo

me tema siempre, y nunca ése me iguale,

pues puedo en paz y en guerra

honrar a los más nobles desta tierra.

Que viva sin zozobras

también mil años, libre de cuidados,

es justo, pues mis sobras

invidian muchos de los más honrados,

viendo como de renta

más de diez mil el año, a buena cuenta.

Y sobre todo aquesto,

mi brazo, mi fortuna y buena estrella

echaron hoy su resto

en darme un hijo de una diosa bella,

por quien es, noble y mozo,

mil parabienes y contentos gozo.

»Acabóse la música con la letra y comenzó la suspensión del español a subir de punto por haber oído los suavísimos de garganta del rico flamenco, dichoso dueño del serafín por quien ya se abrasaba. Llegó un paje por mandado de su amo, en dando fin al canto, a quitarle de delante el clavicordio, que ya era tarde y tiempo de dar lugar al soldado a que descansase. Y, para que lo hiciese, mandó luego tras esto a otro criado tomase uno de los candeleros de la mesa y le fuese alumbrando con él al aposento primero del cuarto en que solía dormir su paje de cámara, que era vecino de la cuadra en que la dama estaba acostada, con orden de que le diese al mayordomo o dispensero para que tuviesen, en amaneciendo, aderezado un buen almuerzo para aquel señor soldado, con deseo de que pudiese salir de madrugada de Lovaina y hacer de un tirón la jornada, llevando hecha la alforja y saliendo desayunado.

»Despidióse, agradecidísimo deste cuidado y de la merced y regalo recibido del caballero y de su esposa, el soldado, con mil corteses ofrecimientos; y, puesto en su aposento y acostado en él, fue tal la batería que le dieron las memorias del bello ángel que adoraba, que totalmente estaba fuera de sí. Reprehendía su temeridad, representándosele la imposibilidad del negocio a que aspiraba, y procuraba desechar de su ánimo una imaginación tal cual lo que daba garrote a su sosiego.

»El caballero, al cabo de breve rato que se hubo ido a reposar el soldado, hizo lo proprio, despidiéndose de su esposa con las muestras de amor que del suyo, tras tan larga ausencia, se puede creer, guardando el debido decoro al parto recién sucedido, que, para no ponerse en ocasión de lo contrario, se entró en otro aposento más adentro del en que la partera estaba. Tuvo el paje que llevó a acostar al soldado consideración a que venía cansado y, por no haberse de obligar a darle mala noche, le dijo se iría a dormir en otro aposento con otros criados; y así, que sin cuidado de su vuelta reposase, pues lo haría mejor estando solo, que para el mismo efecto su señor también había apartado cama y se había acostado en una que había en otra pieza más adentro.

»Fuese con esto, dejando sus últimas razones con más confusión al amartelado español, porque del entender dormía la dama sola y tan vecina dél y del verse, contra el orden de Japelín, sin compañía en el aposento, nació la resolución diabólica que tomó en ofensa de Dios, infidelidad de su nación y en agravio del honrado hospedaje que le había hecho su noble huésped, que a todo le precipitó el vehemente fuego y rabiosa concupiscencia en que se abrasaba. Resolvióse, pues, en levantarse de su cama, de ir a la de la dama sin ser sentido, persuadido de que ella, por su honra y por no dar pesadumbre a su marido ni alborotar la casa, callaría, y aun podría ser que se le aficionase de manera que, yéndose su marido, le diese libre entrada y le regalase. Y si bien consideraba el peligro de la vida que corría si acaso ella (como era justo) daba voces, pues a ellas era fuerza saliese el marido y se matasen el uno al otro, de lo cual sucederían notables escándalos y graves inconvenientes, todavía su gran ceguera rompió con todas estas dificultades.

»Levantóse, pues, a medianoche, en camisa, y entró en la sala de la dama, y, llegándose a ella sin zapatos, por no ser sentido, estuvo un rato en pie, sin acabarse de resolver; pero hízolo de volver a su aposento y de tomar la espada que tenía en él, y, sacándola desenvainada, volvió muy pasito a la cama de la flamenca; y, poniendo la espada en tierra, alargó la mano, y metiéndola debajo de las sábanas muy quedito, la puso sobre los pechos de la señora, que despertó al punto alborotada, y asiéndosela, pensando que fuese su marido (que no imaginaba ella que otro que él en el mundo pudiese atreverse a tal), le dijo:

»-¿Es posible, señor mío, que un hombre tan prudente como vos haya salido a estas horas de su aposento y cama para venirse a la mía, sabiendo estoy parida de ayer noche y por ello imposibilitada de poder, por ahora, acudir a lo que podéis pretender? Tened, por mi vida, señor, un poco de sufrimiento, y, pues soy tan vuestra, y vos mi marido y señor, lugar habrá, en estando como es razón, para acudir a todo aquello que fuere de vuestro gusto, como lo debo por las leyes de esposa.

»No había acabado ella de decir estas honestas razones, cuando el soldado la besó en el rostro sin hablar palabra, y, pensando ella siempre fuese su marido, le replicó:

»-Bien sé, señor, que de lo que intentáis hacer tenéis harta vergüenza, pues por tenerla no me osáis responder palabra; y echo de ver también que el intentar tal proceda del grandísimo amor que me tenéis y de la represa de tan larga ausencia, pues, a no ser eso, no saliérades de vuestra cama para venir a la mía, sabiendo me habíais de hallar en ella de la suerte que me halláis.

»Oyendo el soldado estas razones y coligiendo dellas el engaño en que la dama estaba, alzó la ropa callando y metióse en la cama, do puso en ejecución su desordenado apetito; porque, viendo ella su resolución, no quiso contradecirle por no enojarle, como le tenía por su marido, si bien quedó maravillada no poco de ver que no le hubiese hablado palabra. Porque, sin decirle cosa, se levantó, hecha su obra, y, tomando con todo el silencio que pudo su desnuda espada, se volvió a su aposento y cama, harto apesarado de lo que había hecho, que, en fin, como se consigue a la culpa el arrepentimiento y al pecado la vergüenza y pesar, túvole tan grande luego de su maldad, que maldecía por ello su poco discurso y sufrimiento y su maldita determinación, imaginando el delito que había cometido y el peligro en que estaba si acaso el ofendido marido se levantase antes que él.

»También a la dama asaltaron sus pensamientos, poniéndola en cuidado el no haberle hablado palabra quien con ella había estado, si sería su marido o no. Pero resolvióse en que sería él y que la vergüenza de haber hecho cosa tan indecente en tiempo que no estaba ella para semejantes burlas, le habría cerrado la boca. Con todo, propuso (que no debiera) en su corazón darle por lo hecho, a la mañana, una reprehensión amorosa, afeándole su poca continencia.

»Llegada la madrugada y apenas vistas sus primeras luces, se levantó el soldado, que no había podido pegar las de sus ojos con la rabia que tenía de lo hecho. Y, estando aún la dama durmiendo, pidió a los primeros criados que topó le abriesen la puerta y le escusasen con su señor de no aceptar el preparado almuerzo y provisión, pues la prisa de la jornada no le daba lugar para detenerse, ni sus obligaciones permitían aumentase las muchas con que quedaba a toda aquella casa. Y, aunque los criados porfiaron con él, queriendo ponerle en la alforja lo que para almorzar le tenían aparejado, no hubo remedio consintiese lo hiciesen, diciendo no era de su humor el ir cargado, y que, así, le tuviesen por escusado, a más de que una legua de allí, en el camino, había una famosa hostería y en ella pensaba detenerse a almorzar, con lo cual se despidió dellos y salió del lugar.»


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 Capítulo XII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


En que Bracamonte da fin al cuento del rico desesperado


Estuvieron con atención los canónigos y jurados al cuento, y don Quijote, aunque lo estuvo, daba de cuando en cuando asomos de querer salir con algo en contrapusición de los malos consejos que los estudiantes dieron a Japelín cuando era novicio, ya en abono de su buena elección en haberse casado con mujer hermosa y particularmente en loa de su valor por haber pretendido seguir la milicia en prosecución de la gobernación de su tío; pero íbale a la mano a todo el venerable ermitaño, que le tenía al lado. Pero, como no lo estaba al suyo Sancho, no pudo obviar a que no saliese de través cuando oyó la bellaquería del soldado y particularmente su poco estómago en no querer llevar el matalotaje que le daban los criados para acudir a las necesidades venideras; y así, dijo con una cólera donosa:

-¡Juro a Dios y a esta cruz que merecía el muy grandísimo bellaco más palos que tiene pelos mi rucio, y que, si le tuviera aquí, me le comiera a bocados! ¿Dónde aprendió el muy grandísimo hideputa a no tomar lo que le daban, siendo verdad que no está eso prohibido, no digo yo a los soldados y reyes, pero ni a los mismos señores caballeros andantes, que son lo mejor del mundo? En mi ánima, que creo que ha de arder la suya en el infierno más por ese pecado que por cuantas cuchilladas ha dado a luteranos y moriscos. Pero no me espanto fuese el muy follón tan mal mirado y tan poco quillotrado, si, como vuesa merced dice, venía de Cambray; que juro a los años del gigante Golías que debe de ser ésa la más mala tierra del mundo, pues, según dicen por las calles y plazas, chicos y grandes, hombres y mujeres, no se coge en ella pan ni vino ni cosa que lo parezca, sino estopilla, de lo cual se quejan con un perpetuo «¡ay, ay!», que es señal que debe de ser malísima y que debe de causar torzón a cuantos la comen.

Rieron destas boberías los canónigos y Bracamonte, pero no don Quijote, que, con una melancolía y sentimiento digno de su honrado celo, dijo:

-Déjate, Sancho hijo, de llorar el descuido y poca prudencia del soldado y de si el «¡ay, ay, ay!» que dices se dice de la estopilla maldita que en Cambray se coge o no. Llora lágrimas de sangre por el agravio y tuerto fecho a aquella noble princesa y por la ofensa y mancha que en la honra del famoso Japelín cayó por industria o inconsideración, o por la maldad, que es lo más cierto, de aquel soldado, infamia de nuestra España y deshonra de todo el arte militar, cuyo aumento procuran tantos nobles, y yo entre ellos, a costa de la hidalga sangre de mis venas. Pero yo sacaré la alevosa de las suyas antes de muchos días, si le topo, como deseo.

-Deste cuidado queda ya libre vuesa merced -dijo Bracamonte-, como verá si me la hace de oír con paciencia lo que queda de la historia.

Rogaron todos a don Quijote reprimiese su justa cólera y a Sancho le pidieron callase, sin meterse en dibujos de averiguar lo que oiría; y, prometiéndolo ambos con mucha seguridad y algunos juramentos, prosiguió Bracamonte la tela de su cuento, diciendo:

«-Ido el soldado con la cortedad referida y cargado de miedo y vergüenza, salió de su aposento el noble y descuidado Japelín a la hora en que el bullicio de la gente de casa dio muestras de que era ya la de levantarse. Y, llegándose a la cama de su esposa a darle los buenos días y cuidadoso de saber cómo había pasado la noche, asegurándola de que con el contento de verse él en su cama y con heredero della no había podido apenas sosegar, rióse su mujer de la disimulación que mostraba en sus razones y en tomarle la blanca mano, y, mostrando un fingido enojo con su risa, le dijo, retirando hacía adentro el brazo:

»-Por cierto, señor mío, que sabéis disimular lindamente y que anda ahora bien ligera esa lengua que anoche tan muda tuvistes conmigo. Idos de ahí con Dios y no me habléis por lo menos hoy en todo el día, que bien lo habré menester todo para desenojarme del enojo que tengo con vos tan justamente; y, aun después de pasado, os será menester me pidáis perdón, y no será poco si os lo concedo.

»Rióse Japelín del descuido y, cayéndole en gracia, a pesar suyo la besó en el rostro, diciendo:

»-Por mi vida, señora, que me digáis el enojo que os he hecho; que gustaré infinito de sabello, si bien ya, poco más o menos, sospecho yo será porque habréis imaginado que he dormido dentro con compañía en ofensa vuestra. Y muera yo en la de Dios si jamás os la he hecho ni con el pensamiento; y así, quíteseos del vuestro, os suplico, ese temerario juicio, que con él me ofendéis no poco.

»-Por cierto -dijo ella de nuevo- que sabéis encubrir bien y negar mejor ahora lo que fuera justo negarais a vuestro apetito antes de ejecutalle tan sin consideración; que si la tuvierais, no efectuara un hombre tan prudente y discreto como vos lo que tan contra toda razón os pedía vuestro desordenado deseo. Corrida estoy no poco de ver no lo estéis más de lo que lo estáis de haber tenido atrevimiento de llegar a mi cama esta noche a tratar conmigo, sabiendo de la suerte que estoy; y siento muchísimo ver hayan podido tan poco con vos mis justos ruegos, que no bastasen a obligaros a que, volviéndoos a vuestra cama, dejaseis de entrar en la mía con los excesos de afición que la primer noche de nuestras bodas. Y, añadiendo agravio a agravio, habeisme dejado sin hablar palabra, si bien doy por disculpa de vuestro silencio el justo empacho que os causó el atrevimiento. No ignoro, señor, diréis nació él del sobrado amor que me tenéis; y, aunque ésa parezca bastante disculpa, no la admito por tal, pues habíais de considerar el tiempo y indisposición mía, teniendo algún respeto y sufrimiento a tan justo obstáculo; que no se perdía el mundo en ser continente siete o ocho días más, cuando mucho. Pero pase ésta, que os la perdona mi grande amor, con esperanzas de enmienda en lo por venir.

»No se puede pintar la suspensión que cayó en el ánimo de Japelín cuando oyó a su esposa tales razones, y dichas con tantas veras y circunstancias. Y, como era de agudo ingenio, sospechó luego todo lo que podía ser, imaginando (como era la verdad) que el soldado español habría dormido solo, por inconsideración del paje de guarda, el cual, pensaba él, le haría compañía en el aposento, sin dejarle a solas, y que así, con la ocasión, que es madre de graves maldades, habría cometido aquel delito con artificioso silencio. Y, disimulando cuanto pudo, le dijo a la dama:

»-No haya más, mis ojos, por vida de los vuestros, que del amor excesivo que os tengo ha nacido el desorden de que os quejáis; pero yo os prometo, a ley de quien soy, corrigirme, y aun vengaros cabalmente de todo.

»Y, volviéndose a otro lado, decía entre dientes, bramando de cólera:

»-¡Oh, vil y alevoso soldado, por el cielo santo juro de no volver a mi casa sin buscarte por todo el mundo y hacerte pedazos doquiera que te encontrare!

»Tras lo cual, disimulando con su mujer con notable artificio, se despidió della, fingiendo cierta necesidad precisa. Llamó luego aparte un mozo, diciéndole:

»-Ensíllame al punto, sin decir cosa, el alazán español, que me importa ir fuera en él con brevedad.

»Mientras el caballo se ensillaba, se acabó de vestir; y, entrando en un aposento do tenía diferentes armas, sacó dél un famoso venablo. Violo la dama y, recelosa, le preguntó qué pensaba hacer de aquel venablo.

»-Quiérole -dijo él- inviar a un vecino nuestro que ayer me lo pidió prestado.

»-¿Qué vecino puede ser nuestro -replicó ella- que no tenga armas en su casa y necesita de venir por ellas a la nuestra? En verdad, mi bien, que, si no lo recebís por enojo, que me habéis de decir para qué es.

»Él la respondió que no le importaba nada a ella el saberlo, pero que, con todo, lo sabría dentro de breves horas.

»Salióse tras esto fuera de la sala, demudado el rostro; y, despidiendo un sospiro tras otro, se bajó la escalera abajo y se puso a pasear delante la caballeriza, aguardando le sacasen el caballo. Y mientras el criado tardaba a hacello, decía con rabioso despecho entre sí:

»-¡Oh, perverso y vil español, qué mal me has pagado la buena obra que te hice en darte alojamiento, que no debiera! Aguarda, traidor adúltero a costa de la inocencia de mi engañada esposa, que te juro por las vidas della, de mi hijo y mía, que te cueste la tuya la alevosía. Vuela, infame, y mueve los pies, que yo haré que los de mi caballo igualen al pensamiento con que voy en tu busca, con determinación de no volver a mi patrio suelo hasta hallarte, aunque te escondas en las entrañas del mismo siciliano Aetna.

»No había bien dicho estas razones cuando el criado, que las había oído todas estando en la caballeriza, sacó della el caballo, en el cual subió Japelín como un viento, diciéndole a él que se quedasen todos, sin acompañarle ninguno, pues no necesitaba de compañía en la breve jornada que iba a hacer. Y, tomando el venablo, salió de casa, dando de espuelas al caballo, hecho un frenético, guiándole así a la parte y camino que entendía llevaba el soldado, dejando maravillados a los criados de su casa la furia y repentina jornada con que la dejaba, si bien de las palabras que decía haberle oído el que le ensilló el caballo, colegían iba tras el soldado por haberle hurtado algo de casa, o por haber dicho, al salir della, algunas palabras deshonestas a su esposa; y que, como tan celoso y noble, pretendía tomar venganza de quien con solo el pensamiento le agraviaba.

»El caballero, en fin, se dio tan buena maña en caminar tras el soldado, que dentro de una hora le alcanzó, y, calándose el sombrero antes de emparejar con él, porque no le conociese, en medio de un valle, sin que se recelase el soldado ni tener testigos a quienes poder remitir la disposición de su violenta muerte, con la mayor presteza que pudo, sin hablar palabra, le escondió el robusto y agraviado Japelín la ancha cuchilla o penetrante hierro del milanés venablo por las espaldas, sacándosele más de dos palmos por delante, a vista de los lacivos ojos que en su honestísima esposa puso, sin darle lugar de meter mano ni defenderse de tan repentino asalto. Cayó luego en tierra el mísero español...»

-¡Oh, buena Pascua le dé Dios y buen San Juan! -dijo don Quijote- ¡Ese sí que fue buen caballero! En verdad que puede agradecer a su buena diligencia el haberme ganado por la mano la toma de la venganza de ese delito; que si no, juro por la vitoria que espero presto alcanzar del rey de Chipre, que la tomara yo dél tan inaudita, que pusiera terror hasta a las narices de los míseros y nefandos sodomitas, a quien abrasó Dios.

-Pues a fe que si vuesa merced, mi señor, no lo hiciera, que yo acudiera a mi obligación -dijo Sancho-, y que cuando eso de Sodoma y Gorroma que vuesa merced dice, faltara, le ahogara yo con un diluvio de gargajos como aquel del tiempo de Noé.

«-Pues no para en esto, señores, la tragedia -dijo Bracamonte-, ni la venganza que Japelín tomó del soldado; porque luego, tras lo dicho, se apeó del caballo, y, sacando el venablo del cuerpo del cadáver, le volvió a herir con él cinco o seis veces, haciéndole pedazos la cabeza, y hechos con una crueldad inexplicable, pagando bien con muerte de las dos vidas, a lo que se puede presumir, y con fin tan aciago el pequeño gusto de su desenfrenado apetito, quedando allí revolcado en su propia sangre para ejemplo de temerarias deliberaciones y comida de aves y bestias.

»El caballero, algo aconsolado con la referida venganza que de su ofensor había tomado, se volvió poco a poco hacia su casa.

»En el tiempo que él tardó della, quiso la desgracia que su mujer, viendo eran más de las diez y no le veía ni sabía adónde estaba, preguntó a un paje por él; y, respondiéndole el indiscreto criado luego, le dijo:

»-Señora, mi señor ha ido fuera a caballo, con un venablo en la mano, más ha de dos horas, sin criado alguno, y no podemos imaginar adónde ni adónde no; sólo sé que iba demudadísimo de color y dando algunos pequeños suspiros, mirando al cielo.

»Llegaron, estando en estas razones, el mozo de caballos, una criada y la ama que criaba el niño, y la dijeron:

»-Vuesa merced, mi señora, ha de saber que hay algún grande mal, porque mi señor ha estado paseándose a la puerta de la caballeriza todo el rato que yo tardé -dijo el mozo- a ensillarle el caballo, suspirando y quejándose de aquel soldado español que esta noche durmió en la cama y aposento del paje de cámara, llamándole, aunque pensó que nadie le oía, perverso y vil traidor y adúltero a costa de la inocencia de su engañada esposa. Tras lo cual, juró por su vida, la de vuesa merced y de su hijo, de hacerle pedazos, siguiéndole hasta alcanzarle. Pero no le oí jamás quejar de vuesa merced; antes, me parece que en sus razones la iba disculpando. Tras lo cual, en sacándole el caballo, subió en él y salió de casa como rayo, en busca suya.

»Cuando la noble flamenca oyó los últimos acentos desta sospechosa nueva, cayó sobre la almohada, de los brazos de la criada que la había levantado y sentada en la cama, con un mortal desmayo. Y, volviendo en sí al cabo de breve rato, comenzó a llorar amargamente, sospechando -como era así- que aquel que la noche antes había llegado a su cama sin duda había sido el soldado español, con quien, como ella misma tenía confesado a su marido, había cometido adulterio, teniéndole por su esposo. Comenzó, pues, con esta imaginación a maldecir su fortuna, diciendo:

»-¡Oh, traidora, perversa y adúltera de mí! ¿Con qué ojos osaré mirar a mi noble y querido esposo, habiéndole quitado en un instante la honra que en tantos años de propio valor y natural nobleza heredado tenía? ¡Oh, ciega y desatinada hembra! ¿Cómo es posible no echases de ver que el que con tanto silencio se metía en tu honesto lecho no ser tu marido, sino algún aleve, tal cual el falso español? ¡Desdichada de mí! ¿Y con qué cara osaré parecer delante de mi querido Japelín, pues no hay duda sino que no seré creída dél, por más que con mil juramentos le asegure de mi inocencia, habiendo dado lugar a que otros pies violasen su honrado tálamo? Con razón, dulce esposo mío, podrás quejarte de mí de aquí adelante y negarme los amorosos favores que me solías hacer en correspondencia de la fe grande que siempre he profesado guardarte. Pero ya justamente, pues he desdicho de mi fidelidad, aunque tan sin culpa cuanto sabe el Cielo, seré aborrecible a tus ojos, pesada a tus oídos, desabrida a tu gusto, enojosa a tu voluntad e inútil, finalmente, a todas las cosas de tu provecho. Vuelve presto, señor mío, si acaso has ido a matar al adúltero español; con el mismo venablo, con que le castigares traspasa este desconocido y desleal pecho; que, pues fui cómplice en el adulterio, justa cosa es iguale también con él en la muerte. Ven, digo, y toma entera venganza de mi desconcierto, con la seguridad que puedes tener de quien, por mujer y culpada, no sabrá hacerte resistencia. Pero no es bien aguarde que tú vengas a vengarte ni a castigar con el hierro del venablo el mío, sino que es justo que yo te vengue de suerte que digas lo estás al igual de mi alevosía y de la ofensa hecha.

»Y, diciendo esto, la desesperada señora (que lo estaba de pasión, cólera y corrimiento) saltó de la cama, mesándose las rubias y compuestas trenzas y esmaltando sus honestas mejillas con un diluvio de menudo y espeso aljófar que de sus nublados ojos salía. Y, poniéndose un faldellín, se comenzó a pasear por la sala con tan descompuestos pasos, acompañados de sospiros, sollozos y quejas por lo hecho, que no bastaban a consolarla todos los de casa, antes su pena les tenía a todos necesitados de consuelo, por lo mucho que les enternecía.

»Estando, pues, de la suerte que digo, turbados ellos, el marido ausente, el adúltero muerto y ella fuera de sí, se salió al patio a vista de todos; y, después de haber hecha una nueva repetición de las quejas dichas, se arrojó de cabeza en un hondo pozo que en medio del patio había, sin poder ser socorrida de los que presentes estaban, haciéndosela dos mil pedazos; de suerte que, cuando llegó al suelo el cuerpo, había ya llegado su alma, libre dél, en bien diferente lugar del en que yo querría llegase la mía a la hora de mi muerte.

»Aumentáronse las voces y gritos de los de casa con el nuevo y funesto espectáculo; y, con la turbación, unos acudían a mirar el pozo, otros a dar gritos a la calle, con los cuales se alborotó toda de suerte, que en un instante se vio la casa llena de gente afligida toda y toda ocupada o en consolar a los de ella o en echar sogas y cuerdas, aunque en vano, pensando podría ser socorrida quien ya no estaba en estado de poderlo ser.

»Entre esta universal turbación, sucedió llegar a su casa el desdichado Japelín, ignorante de la desgracia que acababa de suceder en ella; y maravillado de ver tantas personas juntas en su patio, unas de pies sobre el brocal del pozo, otros alderredor dél, y todos llorando, entró con su caballo y el venablo ensangrentado en la mano; y, preguntando qué había de nuevo, llegaron los criados de casa, dando una mano con otra y arañándose la cara, diciendo:

»-¡Ay, mi señor, que acaba de suceder la mayor desgracia que los nacidos hayan visto! Pues mi señora, sin que sepamos por qué, quejándose de aquel maldito español que esta noche durmió en casa, llamándose engañada y adúltera y diciendo palabras que movieran a compasión a una peña, arrancándose a puños los cabellos, se echó, sin que la pudiésemos remediar, de cabeza en este hondo pozo, donde se hizo pedazos antes de llegar al suelo.

»El caballero, en oyendo tal, se quedó atónito, sin hablar palabra por grande rato; y, de allí a poco, vuelto en sí, se arrojó del caballo y, teniéndose en el suelo, empezó a lamentarse amargamente, suspirando y arrancándose con dolor increíble las barbas, diciendo en presencia de todos:

»-¡Ay, mujer de mi alma! ¿Qué es esto? ¿Cómo te apartaste de mí? ¿Cómo me dejaste, serafín mío, solo y sin llevarme contigo? ¡Ay, esposa mía y bien mío! ¿Qué culpa tenías, si aquel enemigo español te engañó fingiendo ser tu amado marido? Él solo tenía la culpa, pero ya pagó la pena. ¡Ay, prenda de mis ojos! ¿Cómo será posible que yo viva un día entero sin verte? ¿Adónde te fuiste, señora de mis ojos? Aguardaras siquiera a que yo volviera de vengarte, como agora vengo, y matáraste después; que yo te acompañara en la muerte, como lo he hecho en vida. ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¡Triste de mí! ¿Adónde iré o qué consejo tomaré? Pero ya le tengo tomado conmigo.

»Y, diciendo esto, se levantó muy furioso, y, metiendo mano a la espada, decía:

»-¡Juro por Dios verdadero que el que llegare a estorbarme lo que voy a ejecutar ha de probar los filos de mi cortadora espada, sea quien se fuere!

»Llegóse tras esto al brocal del pozo, haciendo una grandísima lamentación, diciendo:

»-Si tú, ¡oh mujer mía!, te desesperaste sin razón ninguna, y tu ánima está en parte adonde no puedo acompañarla si no te imito en la muerte, razón será y justicia, pues tanto te amé y quise en vida, que no procure estar eternamente sino en la parte en que estuvieres; y así, no temas, dulcísima prenda mía, que tarde en acompañarte.

»Como la gente que presente estaba, que no era poca y entre quien había muchos caballeros y nobles de la ciudad, oyeron lo que decía, por que no sucediese alguna desgracia, se llegaron a él a darle algún consuelo; el cual estuvo escuchando echado de pechos sobre el brocal del pozo. Y, volviendo la cabeza de allí a un rato, vio cerca de sí a la ama que criaba su hijo, llorando amargamente con el niño en los brazos; y, llegándose a ella con una furia diabólica, se le arrebató y, asiéndole por la faja, dio con él cuatro o seis golpes sobre la piedra del pozo, de suerte que le hizo la cabeza y brazos dos mil pedazos, causando en todos esta desesperada determinación increíble lástima y espanto; si bien, con todo, ninguno osaba llegársele, temiendo su diabólica furia. Con lo cual comenzó tras esto a darse de bofetadas, diciendo:

»-No viva hijo de un tan desventurado padre y de madre tan infeliz, ni haya tampoco memoria de un hombre cual yo en el mundo.

»Y, diciendo esto, comenzó a llamar a su mujer y a decir:

»-Señora y bien mío, si tú no estás en el cielo, ni yo quiero cielo ni paraíso, pues donde tú estuvieres estaré yo consoladísimo, siendo imposible que la pena del infierno me la dé estando contigo; porque donde tú estás no puede estar sino toda mi gloria. ¡Ya voy, señora mía, aguarda, aguarda!

»Y, con esto, sin poder ser detenido de nadie, se arrojó también de cabeza en el mismo pozo, haciéndosela mil pedazos y cayendo su desventurado cuerpo sobre el de su triste mujer.

»Aquí fue el renovar los llantos cuantos presentes estaban; aquí el levantar las voces al cielo y el hinchirse la casa y calle de gente, maravillados cuantos llegaban a ella de semejante caso. A las nuevas dél, vino luego el gobernador de la ciudad y, informado del desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del pozo, y, con parecer del obispo, los llevaron a un bosque vecino a la ciudad, do fueron quemados y echadas sus cenizas en un arroyo que cerca dél pasaba.»

-En verdad que merece -dijo Sancho- el señor Bracamonte remojar el gaznate, según se le ha enjugado en contar la vida y muerte, osequias y cabo de año de toda la familia flamenca de aquel mal logrado caballero. Yo reniego de su venganza, y mi ánima con la de san Pedro.

-No dice mal Sancho -dijo uno de los canónigos-, porque muy de temer es el fin triste de todos los interlocutores desa tragedia. Pero no podrán tenerle mejor, moralmente hablando, los principales personajes della, habiendo dejado el estado de religiosos que habían empezado a tomar, pues, como dijo bien el sabio prior al galán cuando quiso salirse de la religión, por maravilla acaban bien los que la dejan.

-En verdad -dijo don Quijote-, que si el señor Japelín acabara tan bien su vida cuanto honrosamente acabó la del adúltero soldado, que diera por ser él la mitad del reino de Chipre, que tengo de ganar; pues como muriera, no desesperado como murió, sino en alguna batalla, quedara gloriosísimo; que, en fin, un bel morir tutta la vita onora.

Quiso Sancho salir a contar otro cuento, y impidiéronselo los canónigos y su amo, diciendo que después le contaría; que ahora era bien, guardando el decoro a los hábitos religiosos de aquel venerable señor ermitaño, darle la primer tanda. Y así, le suplicaron la aceptase, contándoles algo que fuese menos melancólico que el cuento pasado, y que no pusiese como él las almas de todas sus figuras en el infierno, porque era cosa que los había dejado tristísimos; si bien todos alabaron al curioso soldado de la buena disposición de la historia y de la propriedad y honestidad con que había tratado cosas que de sí eran algo infames.

Escusóse el ermitaño cuanto pudo, y, viendo era en vano, con protesto de que nadie interrompería el hilo de su historia, empezó la siguiente, diferente en todo de la pasada, y más en el fin.


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 Capítulo XVII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


En que el ermitaño da principio a su cuento de los felices amantes


«-Cerca los muros de una ciudad de las buenas de España, hay un monasterio de religiosas de cierta orden, en el cual había una, entre otras, que lo era tanto, que no era menos conocida por su honestidad y virtudes que por su rara belleza. Llamábase doña Luisa, la cual, yendo cada día creciendo de virtud en virtud, llegó a ser tan famosa en ella, que por su oración, penitencia y recogimiento mereció que, siendo de solos veinte y cinco años, la eligiesen por su perlada las religiosas del convento de común acuerdo, en el cual cargo procedió con tanto ejemplo y discreción, que cuantos la conocían y trataban la tenían por un ángel del cielo.

»Sucedió, pues, que cierta tarde, estando en el locutorio del convento un caballero llamado don Gregorio, mozo rico, galán y discreto, hablando con una deuda suya, llegó la priora, a quien él conocía bien por haberse criado juntos cuando niño, y aun querido algo con sencillo amor, por la vecindad de las casas de sus padres; y, viéndola él, se levantó con el sombrero en la mano y, pidiéndola de su salud y suplicándola emplease la cumplida de que gozaba en cosas de su servicio, le dijo ella:

»-Esté vuesa merced, mi señor don Gregorio, muy en hora buena, y sepamos de su boca lo que hay de nuevo, ya que sabemos de su valor con la merced que nos hace.

»-Ninguna -respondió él- puede hacer quien nació para servir hasta los perros desta dichosa casa; ni sé nuevas de que avisar a vuesa merced, pues no lo serán de que de las obligaciones que tengo a mi prima nacen mis frecuentes visitas, y la que hoy hago es a cuenta de un deudo que le suplica en un papel le regale con no sé qué alcorzas, en cambio de ocho varas de un picotillo famoso o perpetuán vareteado que le envía.

»-Bien me parece -dijo la priora-, pero con todo, vuesa merced me la ha de hacer a mí de que, en acabando con doña Catalina, se sirva de llevar de mi parte este papel a mi hermana (que basta decir esto para que sepa en qué convento, pues no tengo más que la religiosa), de la cual aguardo ciertas floreras para una fiesta de la Virgen que tengo de hacer, con obligación de que ha de dar orden vuesa merced en que se me traigan esta tarde con la respuesta; que, por ser el recado de cosa tan justificada, y vuesa merced tan señor mío casi desde la cuna, me atrevo a usar esta llaneza.

»-Puede vuesa merced -respondió el caballero- mandarme, mi señora, cosas de mayor consideración; que, pues no me falta para conocer mis obligaciones, tampoco me faltará, mientras viva, el gusto de acudir a ellas; que más en la memoria tengo los pueriles juguetes y los asomos que entre ellos di de muy aficionado servidor de ese singular valor de lo que vuesa merced puede representarme.

»Rióse la priora, y medio corrióse de la preñez de dichas razones, con que se despidió luego, diciendo lo hacía por no impedir la buena conversación, y porque le quedase lugar de hacerle la merced suplicada, cuya respuesta quedaba aguardando.

»Apenas se hubo despedido ella, cuando don Gregorio hizo lo mismo de su prima, deseosísimo de mostrar su voluntad en la brevedad con que acudía a lo que se le había mandado. Fue al monasterio do estaba la hermana de la priora, cuyas memorias fueron representando de suerte a la suya su singular perfección, hermosura, cortesía de palabras, discreción y la gravedad y decoro de su persona, juntamente con la prudencia con que le había dado pie para que, sirviéndola en aquella niñería, la visitase, que con la batería deste pensamiento se le fue aficionando en tanto estremo, que propuso descubrille muy de propósito el infinito deseo que tenía de servilla luego que volviese a traelle la respuesta.

»Llegó con esta resolución al torno del convento de la hermana; llamóla, diole el papel y prisa por su respuesta, y ofreciósele cuanto pudo. Y, agradeciendo su término doña Inés (que éste era el nombre de la hermana de la priora), diole la deseada respuesta a él, y a un paje suyo las curiosas flores de seda que pedía, compuestas en un azafate grande de vistosos mimbres.

»Volvió luego, contentísimo con todo, don Gregorio a los ojos de la discreta priora; y, llegando al torno de su convento y llamándola, pasó al mismo locutorio en que la había hablado, por orden della, no poco loco del gozo que sintió su ánimo por la ocasión que se le ofrecía de explicarle su deseo en la plática, que de propósito pensaba alargar para este efecto, como quien totalmente estaba ya enamorado della.

»Apenas entró en la grada el recién amartelado mancebo, cuando acudió a ella la priora, diciéndole:

»-A fe, mí señor don Gregorio, que hace fielmente vuesa merced el oficio de recaudero, pues dentro de una hora me veo con las deseadas flores, respuesta de mi hermana y en presencia de vuesa merced, a quien vengo a agradecer como debo tan extraordinaria diligencia.

»-Señora mía -respondió él-, por eso dice el refrán: "Al mozo malo, ponelde la mesa y envialde al recaudo".

»-Está bien dicho -replicó ella-, pero ese proverbio no hace, a mi juicio, al propósito; porque ni a vuesa merced tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, ni es hora de comer; si no es que vuesa merced lo diga (que a eso obligan esas razones) porque le sirva con algunas pastillas de boca o otra niñería de dulce. Y si a ese fin se dirige el refrán, acudiré presto a mi obligación con grande gusto.

»-No ha dado vuesa merced en el blanco -respondió don Gregorio-; que, sin que hable de pastillas ni conservas, sustentaré fácilmente se halla y verifica en este locutorio cuanto el refrán dice.

»-¿Cómo -respondió doña Luisa- me probará vuesa merced que es mal mozo?

»-Lo más fácil de probar -dijo él- es eso, pues malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco; y, valiéndolo yo para cosas del servicio de vuesa merced, que es lo que más deseo y a quien tengo puesta la mira, bien claro se sigue mi poco valor. Y no teniéndole, ¿qué puedo tener de bondad, si ya no es que de la vuesa merced me la comunique, como quien está riquísima della y de perfecciones?

»-Gran retórico -dijo la priora- viene vuesa merced, y más de lo que por acá lo somos para responderle; que, en fin, somos mujeres que nos vamos por el camino carretero, hablando a lo sano de Castilla la Vieja. Aunque, con todo, no dejaré de obligarle a que me pruebe cómo se salva lo que dijo, que dejó la mesa puesta cuando fue con el papel que le supliqué llevase a mi hermana, ya que aparentemente me ha probado que es mal mozo.

»-Eso, señora mía -respondió él-, también me será cosa poco dificultosa de probar; porque donde se ve el alegría de los convidados y el contento y regocijo de los mozos perezosos, juntamente con el concurso de pobres que se llegan a la puerta, se dice que está ya la mesa puesta y que hay convite. Lo mismo colegí yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa generosa presencia de vuesa merced, que se me ofrecía con ella, pues vi en ese bello aspecto, digno de todo respecto, una esplendidísima mesa de regalados manjares para el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamás he tenido en ver la virtud que resplandece en vuesa merced, pan confortativo de mis desmayados alientos, acompañada de la sal de sus gracias y vino de su risueña afabilidad; si bien me acobarda el cuchillo del rigor con que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, si ya esa singular hermosura, despertador concertado dél, no le disculpa.

»Quedósela mirando sin pestañear, dichas estas razones, saltándosele tras ellas algunas lágrimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y mejor notadas de doña Luisa, a cuyo corazón dieron no pequeña batería; aunque disimulándola y encubriendo cuanto pudo la turbación que le causaron, le respondió con alegre rostro, diciendo:

»-Jamás pensara de la mucha prudencia y discreción de vuesa merced, señor don Gregorio, que, conociéndome tantos años ha, pudiese juzgarme por tan bozal que no llegue a conocer la doblez de sus palabras, el fingimiento de sus razones y la falsedad de los argumentos con que ha querido probar la suficiencia de mi corto caudal. Mas pase por agora el donaire (que por tal tengo cuanto vuesa merced ha dicho), y, pues tiene en esta casa prima de las prendas de doña Catalina, que le desea servir en estremo, no tiene que pretender más, pues cuando lo haga, no sacará de sus desvelos sino un alquitrán de deseos difíciles de apagar si una vez cobran fuerza; pues la mesma imposibilidad les sirve a los tales de ordinario incentivo, en quien se ceban, pues de contino el objecto presente, que mueve con más eficacia que el ausente a la potencia, muestra la suya cuando lucha con los imposibles que tenemos las religiosas. Con esto (pues vuesa merced me entenderá como discreto), pienso he bastantísimamente satisfecho a las palabras y muestras de voluntad de vuesa merced; y con ello le despide la mía, pero no de que me mande cosas de su servicio, más conformes a razón y de menos imposibilidad; que haciéndolo, podrá vuesa merced acudir una y mil veces a probar las veras de mi agradecimiento. Y cuando las ocupaciones de mi oficio me tuvieren ocupada, no faltarán religiosas de buen gusto que no lo estén para acudir en mi lugar a servir y entretener a vuesa merced.

»Había estado don Gregorio oyendo esta despedida equívoca con estraña suspensión, mirando siempre de hito en hito a quien se la daba. Y, desocupado de oír, respondió agradecía mucho la merced que se le hacía, pues cualquier, por pequeña que fuese, le sobraba; pero que entendía quedaba de suerte con la llaga que la vista de sus blancas tocas y bellísimo rostro (manteles ricos de la mesa que de sus gracias había puesto a su voluntad) le había causado, que tenía su vida por muy corta si su mano, en quien ella estaba, no le concedía algún remedio para sustentarla.

»Despidióse la priora tras esto dél, diciéndole se reportase y fiase lo demás del tiempo y de la frecuencia de las visitas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volvióse don Gregorio a su casa tan enamorado de doña Luisa, que de ninguna manera podía hallar sosiego. Acostóse sin cenar, lamentándose lo más de la noche de su fortuna y de la triste hora en que había visto el bello ángel de la priora. La cual, luego también que se apartó dél, se subió con el mismo cuidado a su celda, do comenzó a revolver en su corazón las cuerdas razones que don Gregorio le había dicho, las lágrimas que en su presencia y por su amor había derramado, la afición grande que le mostraba tener y el peligro de la vida con que a su parecer iba si no le hacía algún favor. Y el ser él tan principal y gentil hombre, y conocido suyo desde niño, ayudó a que el demonio (que lo que a las mujeres se dice una vez, se lo dice a solas él diez) tuviese bastante leña con ello para encender, como encendió, el lascivo fuego con que comenzó a abrasarse el casto corazón de la descuidada priora. Y fue tan cruel el incendio, que pasó con él la noche, con la misma inquietud que la pasó don Gregorio, imaginando siempre en la traza que ternía para declararle su amoroso intento.

»Venida la mañana, bajó luego con este cuidado al torno, y, llamando una confidente mandadera, le dijo:

»-Id luego a casa del señor don Gregorio, primo de doña Catalina, y decilde de mi parte que le beso las manos y que le suplico me haga merced de llegarse acá esta tarde, que tengo que tratar con él un negocio de importancia.

»Fue al punto la recaudera, cuyo recado recibió don Gregorio con el gusto que imaginar se puede, asentado en la cama, de la cual no pensaba levantarse tan presto, y dijo a la mujer:

»-Decid a la señora priora que beso a su merced las manos, y que me habéis hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, que, a no mandármelo su merced, no me levantara della en muchos días, porque el mal con que salí de su presencia ayer tarde me ha apretado esta noche con increíble fuerza. Pero ya con el recado cobro la necesaria para poder acudir, como acudiré, a las dos en punto a ver lo que manda su merced.

»Fuese la mandadera y quedó el amante caballero totalmente maravillado de aquella novedad, y no sabía a qué atribuirla. Por una parte, consideraba el rigor con que el día pasado le había despedido; y por otra, el enviarle a llamar tan deprisa para comunicarle, como la mandadera le había dicho, un negocio de importancia, le aseguraba o prometía algún piadoso remedio. Aguardaba con sumo deseo el fin de la visita; y, llegada la hora de hacella, fue puntualísimamente al convento. Y, avisando en el torno y cobrada respuesta en él de que pasase a la grada, fue a ella, do estuvo esperando a que la priora saliese, haciéndosele cada instante de su tardanza un siglo. Pero salió dentro de breve rato, risueña y con muestras de mucha afabilidad, diciéndole, no sin turbación interior:

»-No quiere tan mal a vuesa merced como piensa, mi señor don Gregorio, quien le ha enviado a llamar en amaneciendo con tanto cuidado; pero hámele causado tan grande las muestras de indisposición con que vuesa merced se fue anoche, que, temiendo no naciese ella del cansacio tomado en ir y venir del convento de mi hermana a éste, a mi cuenta, me ha parecido quedaba también a ella el saber lo uno de su salud y lo otro el divertille esta tarde de la pasada melancolía, causada de mi inadvertencia. Que sin duda de la que debí tener en el hablar tomó vuesa merced ocasión para decirme aquellas tan amorosas cuanto estudiadas razones con que pretendió darme a entender, a vueltas de aquellas fingidas lágrimas, le desvelaban mis memorias y enamoraban mis cortas prendas. Pero no le ha salido mal el intento, si le tuvo, de obligarme con eso a que le enviase a llamar, pues en efecto ha salido con él. Y si ese ha sido el artificio motriz de aquel fingimiento, dígame vuesa merced agora sin él, pues me tiene presente, su pretensión; que para ello le da cumplidísima licencia mi natural vergüenza, pues, como dicen, el oír no puede ofender. Y hago esto porque, como me dijo vuesa merced al despedirse había yo de ser causa de su temprana muerte, no me ha parecido debía dar lugar a que el mundo me tuviese por homicida de quien tantas partes tiene y es por ellas digno de vivir los años que mi buen deseo suplica a Dios le dé de vida, confiada en que no perderemos nada los desta casa en que la tenga larguísima quien tan bienhechor es della.

»Respondióle don Gregorio, cobrando un nuevo y cortés atrevimiento, diciendo:

»-Ha sido tan grande, señora mía, la merced que hoy se me ha hecho y va haciendo agora, y hállome tan incapaz de merecerla, que me parece que, aunque los años de mi vida llegasen a ser tantos cuantos prometen los nobles y religiosos deseos de vuesa merced, no podía pagar en ellos, por más que los emplease en servicio desta casa, la mínima parte della. Pero ya que no la puedo pagar con caudal equivalente, pagaréla, a lo menos, con el que agora corre entre discretos, que es con notable agradecimiento y confesión de perpetuo reconocimiento. Aunque quiero que vuesa merced entienda (y esto sabe el cielo cuánta verdad es) que si no acudiera con la brevedad que acudió con el recaudo y esperanzas de su vista, ya no la tuviera yo, ni vida con ella, a la hora presente, según me apretaba la pasión amorosa que las gracias de vuesa merced me causan. Pero ya de aquí adelante pretendo mirar por mi vida, para tener siquiera qué emplear en servicio de quien tan bien sabe dármela cuando menos la confío. Y porque acabe de conocer prosiguirá vuesa merced el hacérmela, quiero atrevidamente pedir otra de nuevo, confiado en lo que acaba de decir de que gusta de mi vida.

»-Veamos -dijo la priora- qué cosa es, y, conforme a la petición, se podrá fácilmente juzgar si será justo concederla o no. Diga vuesa merced.

»-Yo, señora, no pido nada -replicó él-; que no querría me sucediese lo de anoche, de dar pesadumbre a vuesa merced.

»-Sin duda -dijo ella-, que debe de ser, según se le hace de mal el decirlo, algún pie de monte de oro.

»-No es -respondió don Gregorio- sino una mano de plata, que tales son las blanquísimas de vuesa merced, para besarla por entre esta reja.

»-Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio -replicó la priora-, no dejaré de usar desa llaneza y libertad por haberlo prometido.

»Y, sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haciendo y diciendo con ella mil amorosas agudezas, y ella le dijo:

»-Agora, ¿estará vuesa merced contento?

»-Estoylo tanto -replicó el nuevo amante-, que salgo de juicio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento, nuevo gozo y, sobre todo, nuevas esperanzas de que se lograrán más de cada día las mías; y así, podré decir está todo mi ser en la mano de vuesa merced, en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis deseos y memorias.

»-Pues, señor don Gregorio -dijo doña Luisa-, ya no es tiempo de disimulación ni de que vuesa merced ignore que si me ama con las veras que finge, no hace cosa que no me la deba; y si he disimulado hasta agora, ha sido no con poca violencia de mi voluntad. Pero forzábanla el ser mujer y religiosa y cabeza de cuantos lo son en esta grave casa, y también que deseaba enterarme y ver si la perseverancia confirmaba los asomos del amor que con palabras y lágrimas me comenzó a mostrar. Pero ya que mi ceguera me obliga a que crea lo que tan difícil es de averiguar, digo que soy contentísima de que todos los días me visite, y aun le suplico lo haga, variando las horas para mayor disimulación. Y advierta vuesa merced hago más en confesarme ciega y amante que en cuanto tras eso diere lugar a vuesa merced, pues el mayor imposible que sentimos las mujeres es el haber de otorgar amamos a quien con sola esa confesión suele tomar ánimo para condenarnos a perpetuo desprecio y desesperados celos. ¡Plegue a Dios no me suceda a mí así! Libertad terná vuesa merced de hablarme sin impedimiento; que el ser priora me da aquélla y me quita éstos; y crea vuesa merced que, perseverando, pienso serle autora de mayores servicios. Y baste por agora, y vuesa merced se vaya; que quedo confusísima de mi determinación y de la poca fuerza que en mí siento para resistir a mayores baterías. Y lo demás quede para otro día.

»Despidiéronse con esto, quedando los dos tan enamorados como dirá el suceso del verdadero cuento. Luego comenzaron a andar los recados, los billetes, y a frecuentarse las visitas, enviándose regalos y presentes de una parte y otra, con tanta frecuencia que ya daban de sí no poca nota; si bien, como todos veían la autoridad de la priora, no reparaban tanto en ello como fuera razón.

»Duróles este trato por más de seis meses, hasta que, estando los dos un día hablando en el locutorio, comenzó don Gregorio a maldecir las rejas, que eran estorbo de que él gozase del mejor bien que gozar podía y deseaba; y lo mesmo decía ella; que era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el mozo y tan otra de lo que solía, y era tan frecuentadora de billetes y ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se espantaba de verla tal. Y fue de manera que ella fue quien dio principio a su misma perdición, pues le dijo esa mesma tarde:

»-¿Es posible, señor, que, mostrándome el amor que me mostráis, seáis tan pusilánimo y tan para poco, que no deis traza de entrar de noche por alguna secreta parte adonde podamos gozar ambos sin zozobras el dulce fruto de nuestros amores? ¿No advertís que soy priora y que tengo libertad para poderlo hacer con el debido secreto? Yo, a lo menos de mi parte, si vos os disponéis para ello, harto bien trazado lo tengo con mi deseo y facilitado con vuestra cobardía; y aun si no fuera ella tanta, podríais sacarme de aquí y llevarme a donde os diese gusto, pues vivo y estoy en todo dispuesta de seguir el vuestro.

»Maravillado don Gregorio desta determinación, la respondió:

»-Ya, prenda mía, os he dicho muchas veces que estoy aparejado para todo aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; y así, pues me enseñáis lo que debo hacer, será el negocio desta manera. Yo tomaré dos caballos de casa de mi padre, recogiendo juntamente della todo el más dinero que pudiere, y vendré a la medianoche por la parte del convento que mejor y más secreto os pareciere. Y saliendo dél, subiréis en el uno, yo en el otro, y así, nos iremos juntos a media posta a algún reino estraño, donde, sin ser conocidos, podremos vivir todo el tiempo que nos diere gusto. Y vos, pues tenéis las llaves del dinero, plata y depósitos deste convento, podréis también recoger la mayor suma de cosas de valor que podáis, para que vamos así seguros de no vernos jamás en necesidad.

»-Así me parece bien -replicó ella que se debe hacer.

»Quedaron desde luego de concierto de que su ida fuese a la una de la noche del siguiente domingo, después de dichos los maitines, hora en que el galán sin falta estaría aguardando a la puerta de la iglesia con los caballos; que, pues ella se quedaba las noches con las llaves de casa, fácilmente podría abrir la sacrestía y salir por ella al dicho puesto por la puerta principal de la iglesia, con presupuesto de caminar la misma noche diez o doce leguas a toda diligencia, para que, cuando los echasen menos, fuese más dificultoso el hallarlos.

»Con este concierto y con el de que don Gregorio le enviaría bien envueltos, como si fuese colgadura, unos curiosos vestidos de dama con que saliese, se despidieron. Y, en haciéndolo, comenzó la priora a dar orden en su partida, cosiendo en un honesto faldellín que había de llevar debajo, las doblas que pudo recoger, que no fueron pocas; poniendo en una bolsa otra gran cantidad de moneda de plata, para llevarla más a mano; de suerte que sacó del convento entre moneda y joyas más de mil ducados.

»La mesma prevención hizo don Gregorio, el cual, contrahaciendo las llaves de ciertos cofres de su padre, sacó dellos más de otros mil ducados, sin otra gran cantidad de dineros que pidió prestados a amigos; que, con la confianza de que era hijo único y mayorazgo de caballeros de más de tres mil de renta, fue fácil hallar algunos que se los prestasen.

»Llegado el concertado domingo, a las doce de medianoche, hora de universal silencio por la seguridad que dan los primeros sueños, que, por serlo, son más profundos, se bajó don Gregorio, con la aprestada maleta de lo que había de llevar, a la caballeriza, y, ensillando en ella dos de los mejores caballos, sin ser de nadie sentido, se salió de casa y fue al monasterio, do estuvo aguardando en la puerta de la iglesia a que su querida doña Luisa saliese. La cual, acabados los maitines, se volvió a su celda y, quitándose en ella los hábitos, se vestió las ropas de secular que don Gregorio le había enviado y tenía en un arca, como queda dicho; y, poniendo las de religiosa sobre una mesa y dejando allí una bien larga carta escrita de la causa que sus amores le dieron para irse, como se iba, con don Gregorio, dejó, ni más ni menos, allí una vela encendida, con el breviario y rosario, de quien siempre había sido devotísima, y por él lo había sido en sumo grado de la Virgen, Señora Nuestra, toda su vida. Y, tomando tras esto un gran manojo de llaves, las cuales eran de toda la casa y de la iglesia, se salió de la celda lo más pasito que le fue posible; y se fue por el claustro y bajó a la sacristía, y, abriéndola sin ser sentida, salió al cuerpo de la iglesia con las llaves en la mano. Y, habiendo de pasar al salir della por delante de un altar de la Virgen benditísima, de cuya imagen era particular devota y le celebraba todas las fiestas suyas con la mayor solenidad y devoción que podía, a la que llegó delante della, se hincó de rodillas, diciendo con particular ternura interior y notable cariño de despedirse della, privándose del verla, porque era la cosa que más quería en esta vida:

»-Madre de Dios y Virgen purísima, sabe el cielo y sabéis vos cuánto siento el ausentarme de vuestros ojos; pero están tan ciegos los míos por el mozo que me lleva, sin hallar fuerzas en mí con que resistir a la pasión amorosa que me lleva tras sí, voy tras ella sin reparar en los inconvenientes y daños que me están amenazando. Pero no quiero emprender la jornada sin encomendaros, Señora, como os encomiendo con las mayores veras que puedo, estas religiosas que hasta ahora han estado a mi cargo. Tenelde, pues, dellas, Madre de piedad, pues son vuestras hijas, a las cuales yo, como mala madrastra, dejo y desamparo. Amparaldas, digo, Virgen santísima, por vuestra angélica puridad, como verdadero manantial de todas las misericordias, siendo como sois la madre de la fuente dellas: de Cristo, digo, nuestro Dios y Señor. Volved y mirad, os suplico otra vez, en mi lugar, por estas siervas vuestras que aquí quedan, más cuidadosas de su limpieza y salvación que yo, que voy despeñándome tras lo que me ha de hacer perder lo uno y lo otro, si vos, Señora, no os apiadáis de mí. Pero, confío que lo haréis, obligada de vuestra inexplicable y natural piedad y de la devoción con que siempre he rezado vuestro santísimo rosario.

»Y, dicha esta breve oración, y hecha tras ella una profunda reverencia a la imagen, abrió el postigo de la iglesia y, abierto, se volvió a dejar las llaves delante del dicho altar de la Virgen, tras lo cual se salió a la calle, entornando tras sí la puerta. Apenas estuvo fuera della, cuando le salió al encuentro don Gregorio, que la estaba aguardando hecho ojos; y, tomándola en brazos (tras haberla tenido un breve rato entre los suyos amorosos haciendo desenvolturas que el recelo de no ser vistos le consintió), la subió en el caballo que le pareció más manso, con que comenzaron luego a caminar, de suerte que los vino a tomar el día seis o siete leguas lejos de a donde habían salido. Y en el primer lugar se proveyeron de todo lo necesario tocante a la comida, con fin de no entrar en poblado, si no fuese de noche, para hurtar así el cuerpo a la mucha gente que tenían por sin duda iría en su busca.

»En efeto, señores, que aquélla que había profesado y prometido castidad a Dios, y la había guardado hasta entonces con notables muestras de virtud (permitiéndolo así su divina Majestad por su secreto juicio y por dar muestras de su omnipotencia, la cual manifiesta, como canta la Iglesia, en perdonar a grandes pecadores gravísimos pecados, y por mostrar también lo que con Él vale la intercesión de la Virgen gloriosísima, madre suya, y con cuántas veras la interpone ella en favor de los devotos de su santísimo rosario), la perdió por un deleite sensual y momentáneo, yendo a rienda suelta por el camino fragoso de sus torpezas, olvidada de Dios, de su profesión y de todos los buenos respetos que a quien era debía. Mas no hay que maravillarse hiciese esto, dejada de la mano de Dios, pues, como dice san Agustín, más hay que espantarse de los pecados que deja de hacer el alma a quien desampara su divina misericordia que de los que comete; que eso, dice David, vocean los demonios, enemigos de nuestra salvación, al hombre que llega a tal miseria, tomando ánimo por ello de perseguirle y prometiéndose vencerle en todo género de vicios: Deus dereliquit eum; persequimini et comprehendite eum, quia non est qui eripiat.

»Continuaron su camino los ciegos amantes, con los justos miedos y sobresaltos que imaginarse pueden de quien anda en desgracia de Dios, algunos días, sin parar jamás hasta que llegaron a la gran ciudad de Lisboa, cabeza del ilustre reino de Portugal. Allí, pues, hizo don Gregorio una carta falsa de matrimonio; y, alquilando una buena casa, compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con almohadas para su dama, con el demás ajuar necesario para moblar una honrada casa, comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra. Cargó tras esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña Luisa.

»Pasaron la vida muchos días, acudiendo en aquella ciudad a todo cuanto apetecían sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento, disolución y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera (que así la llamaban los portugueses) de cuantas en Lisboa se hacían. Paseaba también sus calles don Gregorio de día, ya con una gala y caballo, y ya con otro, gozando sin escrúpulo ninguno de conciencia de aquella pobre apóstata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin rastro de temor de su divina justicia; porque, como dice el Espíritu Santo por boca de Salomón, lo que menos teme el malo, cuando llega a lo último de su maldad, es a Dios. Dos años estuvieron en Lisboa los ciegos amantes, gastándolos en la vida más libre y deleitosa que imaginarse puede, pues todo fue galas, convites, fiestas y, sobre todo, juegos, a que don Gregorio se dio sin moderación alguna.


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 Capítulo XVIII
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


En que el ermitaño cuenta la baja que dieron los felices amantes en Lisboa por la poca moderación que tuvieron en su trato


»Es infalible que se llegue al cabo de a donde se saca algo, como dice el refrán, y no se eche. Dígolo, señores, porque como dieron tanta prisa las libertades de don Gregorio y sus juegos, y las galas de su doña Luisa y sus saraos, a desembolsar los dineros que habían traído de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningún modo les viniese ganancia, comenzaron, al cabo de los dos años dichos, a echar de ver ambos se iban empobreciendo; y hiciéronlo tan por la posta, que en breve les fue forzoso vender las colgaduras y aun muchas o todas las joyas de casa, tras lo cual vendió él tres o cuatro caballos que tenía, pero remedióse poco con su venta, porque con el dinero que sacó della, codicioso de ganar o picado de lo perdido, se fue a una casa de juego, do, tras perderle todo, vino a perder hasta un famoso ferreruelo que traía, siéndole necesario detenerse hasta la noche sin volver a su casa, porque no le viesen los que le conocían ir, como de hecho fue, en cuerpo por las calles.

»Y, llegando apesarado, corrido, pobre y sin capa a los ojos de su doña Luisa, que le aguardaba con harta necesidad, no tuvo ánimo la triste dama de reprehenderle su inconsideración, temerosa de no darle materia para que la dejase o hiciese alguna bajeza; antes, consolándole, dio orden de que vendiesen los negros, como lo hicieron. Pero acabáronse presto los dineros que sacaron dellos, parte con el gasto ordinario y parte con los excesos del juego de don Gregorio, que eran grandes (quizá por permisión divina, para reducirlos a su conocimiento mediante la necesidad), y llegaron al cabo a verse tales, que ni prenda que empeñar, ni pieza que vender tuvieron; con que el dueño de la casa, conociendo el peligro que corría la cobranza de sus alquileres, dio orden de ejecutarlos por ellos si no le daban por seguro algún abonado fiador. Fueles imposible hallarle; y así, hubo el galán de rematar con los vestidos de su doña Luisa, a la cual, viendo llorosa, desnuda, corrida y medio desesperada, dijo el pródigo mozo un día:

»-Ya veis, mi bien, lo que pasa y cuán imposible nos es vivir en esta ciudad sin notable nota della y vergüenza nuestra, por ser tan conocidos de la gente principal, de quien no tengo cara para amprarme. Muy sin consideración hemos andado en gastar tan sin tino lo que de nuestras tierras sacamos y sin mirar en lo que adelante nos podía suceder. Pero, pues para lo hecho no hay remedio, paréceme que lo que agora debemos hacer, previniendo mayores daños, es que, pues nos vemos tales, nos salgamos una noche, sin ser vistos, de Lisboa y vamos a dar cabo a la primer ciudad de Castilla, que es Badajoz, do, por no conocernos ni habernos visto con la pompa y fausto que los de Lisboa, podremos pasarlo mejor y con menos gasto. Que, pues vos tenéis tan buenas manos para cosas de labor, fácil será el ganar con ellas con que moderadamente vivamos, ya enseñando a labrar a algunas niñas y ya labrando para otros.

»Respondióle con no pocas lágrimas y sentimiento la triste dama que hiciese della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya dispuesta a seguirle en todo sin contradición alguna.

»Saliéronse, cual pueden pensar vuesas mercedes, de la gran Lisboa, haciendo su viaje a pie y sin más provisión ni ropa que la que llevaban a cuestas, yendo sin espada y en cuerpo don Gregorio, por la pérdida que había hecho de su capa en el juego. Pero lo que él más sintía era verse imposibilitado de poder llevar a caballo a su doña Luisa, que, por la aspereza de los caminos y delgadeza de sus pies, los llevaba abiertos y cribillados, por ir, como iba, con pobrísimo calzado, y necesitada, en fin, de pedir limosna por las puertas de las casas de los pueblos por donde pasaba, como también lo iba haciendo él, llenas sus plantas de vejigas.

»Llegaron, al cabo de algunos días, a Badajoz despeados, do, llegando, les fue forzoso irse a alojar por su gran pobreza al hospital, que era tanta, que si algunos compasivos pobres dél no les dieran de los mendrugos que por las casas habían recogido de limosna, quedaran la noche que llegaron sin cenar. Aquí fue el llorar, hecha otro hijo pródigo, de la afligida doña Luisa, y el considerar la abundancia que tenía en el monasterio de donde era priora; aquí el arrepentirse de haber salido tan inconsideradamente dél con don Gregorio, con tan grave ofensa de Dios y tan en deshonra de los linajes de entrambos; aquí, finalmente, el sollozar por la pérdida de la irrecuperable joya de la virginidad.

»Pasó la noche, en efeto, la aburrida señora lamentando con estraño sentimiento su desventura; tanto, que el afligido don Gregorio no le osaba hablar, antes, corredísimo y melancólico, se estaba escuchándola en un rincón del mismo aposento; y si algo decía, eran también endechas y pesares por los que padecía y esperaba padecer, sin esperanzas de poder volver en toda su vida a su tierra, en la cual era rico y regalado mayorazgo. Con cuya consideración y con la que tenía del sentimiento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de rato en rato un doloroso suspiro del centro de su afligida alma, con que enterneciera las piedras, maldiciendo su desconcierto, ciega determinación, locos amores y a los infernales gustos, y, finalmente, la primer vista de quien había sido causa total de tan fatales principios y del fin peligroso que ellos las vidas de su cuerpo y alma amenazaban.

»Pasada la noche en estas ocupaciones y sentimientos y venida la mañana, entró en el hospital un caballero mancebo, a quien tocaba reconocer aquella semana qué gente había entrado y dormido en él; que, para no dar lugar a que no se poblase de vagamundos, tenía esta cuerda providencia aquella ciudad de tener administradores que por semanas visitasen los peregrinos y se informasen de sus necesidades. Y, llegándose a doña Luisa, luego que la vio moza y hermosa, aunque mal vestida, le preguntó que de dónde era; y respondiendo ella, con muestras de vergüenza, que de Toledo, replicó él si conocía a tales y tales personas bien señaladas en dicha ciudad. Respondió la dama luego que no, porque había mucho tiempo que había salido de allá. Estando en esta plática, se les juntó don Gregorio, diciendo:

»-Esta mujer, señor mío, es natural de Valladolid y es mi esposa.

»-Pues ¿para qué -dijo el caballero- es menester mentir aquí? Muéstrenme acá la carta del casamiento, porque, si no son marido y mujer, serán muy bien castigados.

»Sacó luego su carta falsa don Gregorio y enseñósela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y les preguntó que adónde caminaban, porque allí no podían estar más de sólo un día. Respondió don Gregorio que venían a aquella ciudad de asiento para vivir en ella.

»-¿Pues qué oficio tenéis? -replicó el administrador.

»Respondióle que no tenía oficio, pero que su mujer era labrandera, y quería allí, habiendo comodidad, enseñar a labrar a algunas niñas.

»-De suerte -dijo el caballero- que ella os ha de sustentar a vos. Harto trabajo tendréis ambos. Con todo, por amor de Dios, os llevaré hoy a mi casa y os daré en ella de comer hasta buscaros alguna comodidad con que vos y vuestra mujer, que parece honrada, podáis vivir en esta tierra.

»Mandó tras esto a un paje que los llevase a su casa. Agradeciéronselo mucho ellos; y por el camino, preguntando por las prendas de quien tanta merced les hacía, respondió el paje que era un mancebo rico y tan caritativo, que hacía los más de los días muchas limosnas; y así, que confiasen que él sin duda les buscaría adonde pudiesen vivir, y aun si fuese menester les pagaría el alquiler de la casa. Nueva fue ésta que les dio a ambos notable contento.

»El caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razonable posada en que vivían unas costureras, y les hizo dar alquiladas una buena cama y algunas alhajas de casa, saliendo él a pagar el alquiler de todo cuanto los huéspedes, pare quien había de servir, no le pagasen. Hecha esta diligencia, se fue a mediodía a su posada, en la cual les hizo dar bien de comer; y, en comiendo, les llevó él proprio a la que les había buscado, donde le besaron las manos por ello y por un real de a ocho que les dio de limosna, con que pasaron aquella noche razonablemente.

»A la mañana, comenzó doña Luisa a preguntar a aquellas vecinas que quién le daría que labrar, porque ella no conocía a nadie en aquella ciudad; las cuales la respondieron:

»-Nosotras, con ser naturales de aquí y hacer, como dicen, pajaritos de nuestras manos, morimos de hambre. ¡Mirad qué haréis, señora, vos, venida de ayer acá! A la fe, hermana mía, que habéis llegado a muy ruin puesto para ganar de comer, como os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos o tres días -dijo la una-, yo os daré con que ganéis siquiera para pan.

»Agradecióselo ella, y comenzó a labrar en cierta obra que le puso en las manos, quedándose don Gregorio en la cama, pensando pasar mejor la hambre en ella que paseando. Esa mesma mañana se llegó el caballero, después de haber visitado el hospital, a saber de los dos forasteros; y, hallando acostado a don Gregorio, le dijo:

»-¿Qués, gentilhombre? ¿Cómo va? ¿Adónde está vuestra mujer?

»-Bien hasta agora me va -respondió él-, y ahí con la vecina está mi mujer, por quien pregunta vuesa merced; a quien suplico no se espante de no hallarme levantado; que el no tener andrajo de zapatos me obliga a ello.

»-No será tanto ésa la causa -dijo el a ministrador- cuanto poltronería.

»Y, volviendo las espaldas, se salió a ver a doña Luisa; y, sentándose en un taburete junto a ella, se la puso a mirar de propósito a las manos y rostro; y reparando en sus faciones y en la modestia con que estaba, le pareció la más hermosa mujer y más digna de ser amada que en su vida hubiese visto. Aficionósele luego, que es imposible deje la voluntad de amar a aquello que se le representa vestido de bondad, hermosura o gusto; y, rendido ya a sus partes, le preguntó con muestras de afición, por su nombre y la causa por que había dejado su patria. Respondió ella, sin levantar el rostro, con alguna turbación, que se llamaba doña Luisa, y que, por haber sucedido cierta desgracia a su marido en Valladolid, habían salido ambos huyendo a uña de caballo (cosa que le pesaba confesar, y que, por no hacerlo, había dicho al principio que eran de Toledo), y, habiendo dado cabo en Lisboa, habían vivido allí dos años, en el cual tiempo habían gastado no poca suma de dinero que consigo habían traído.

»-Por cierto, señora doña Luisa, que siento en el alma -dijo el caballero- veros empleada en quien tan poco os merece, como este picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os veo hermosa y discreta, y considero por otra que él os ha de consumir y gastar lo poco que aquí ganáredes. Con todo, si queréis hacer por mí lo que os suplicare, os juro a fe de caballero de remediaros y favorecemos a ambos en cuanto pudiere, pues no puedo negar sino que os he mirado con buenos ojos, y de suerte están los míos enamorados de los vuestros, que ya vivo con deseo intenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere. Y así, desde luego, os suplico me mandéis todo lo que fuere de vuestro gusto; que a todo acudirá el mío, sin querer mis fieles deseos más premio que verse admitidos de vuestra memoria, pues con sólo esa gloria juzgaré verme en la mayor que puedo desear. No perdáis, bellísima forastera, la ocasión que a vuesas desdichas ofrece en mis dichosos cuidados la fortuna, y advertid no es cosa que os pueda estar mal el hacerme mercé.

»-Agradezco cuanto puedo, señor -respondió ella-, la que ese valor me ofrece, sin haberla yo servido ni merecido; pero, siendo mujer casada y estando mi marido presente, en gravísimo yerro y peligro caería si le ofendiese. Y así por esto y, lo más principal, por lo que debo a Dios y a mí misma, suplico a vuesa merced desista de tal pretensión; y, en cuanto no tocare a ella, mándeme, que en todo verá mi debido agradecimiento.

»-Miraldo, señora, bien -dijo el mancebo-; que yo me encargo en dar orden cómo vuestro marido no lo sepa ni entienda. Y veis aquí por agora ese doblón para que cenéis esta noche; que dobles os los daré las que vinieren, como gustéis emplearlas en darme gusto, y no le terné hasta que mañana me deis la respuesta que deseo; y me le puede sólo causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegura.

»Constreñida doña Luisa de la necesidad, que es poderoso tiro para derribar las flacas almenas de la mujeril vergüenza, tomó el doblón, dándole por él no pocas gracias ni pocas esperanzas con recebirle, pues siempre quien lo hace se obliga a mucho.

Levantóse tras esto el administrador, y llamó aparte a la vecina más vieja de la casa y le dijo:

»-Si acabáis con doña Luisa que corresponda a mis ruegos y acete mis ofertas, os prometo, a ley de quien soy, de datos una saya de famoso paño, sin otras cosas de consideración. Pero eso rogádselo y persuadídselo con las mayores veras que pudiéredes; y si salís con la empresa, venid volando con la nueva a mi casa, que della llevaréis al punto las ofrecidas albricias.

»Aseguróle la astuta tercera serlo con las veras que dirían las obras; y, llegándose el caballero, oída esta respuesta, a la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin que lo pudiese ella impedir, partiéndose luego. Comenzó, tras su ida, la solícita vieja a persuadir eficazmente a la perpleja señora, por saber ella más destos ensalmos que de los salmos de David. Y fue de suerte la batería que le dio, que, convencida della doña Luisa, le vino a responder que, como el negocio fuese secreto, procuraría servir cuanto pudiese a aquel caballero, con tal que él hiciese también por ella lo que le había ofrecido. Encargóse la vieja, agradecida a la respuesta, de tratar el negocio con igualdad y satisfación de ambas partes como el efeto mostraría.

»Entróse doña Luisa en su cuarto, por ser hora de comer, do contó punto por punto a don Gregorio cuanto con el caballero le había pasado; el cual le respondió que, atento que padecían estrema necesidad y que era imposible remediarla por otro camino, que condecendiese con su gusto; que para todo daba su consentimiento y daría el lugar necesario, con tal que le sacase cuanto pudiese, así en dineros como en joyas, fingiendo siempre temor y recelo y encargándole el secreto.

»Ya en esto había ido corriendo la vieja a ganar las albricias del enamorado caballero; y teniéndolas, y concertado con ella tratase con doña Luisa se viesen la siguiente noche, donde y como ella mandase, se efectuó todo así. Porque, fingiendo don Gregorio salirse de ciudad, dio ella entrada en su propria casa al caballero, el cual durmió con ella aquella y otras noches, dándole dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, con que pudieron ambos vestirse razonablemente.

»Publicóse el negocio, con escándalo del pueblo; que de ver el toldo de la dama, la bizarría de don Gregorio y la familiaridad con que trataba con el caballero, frecuentando las entradas de casa el uno del otro (que a todo lo allanó el gusto del natural y necesidad del forastero), nació el echar de ver todos tenía tienda la forastera de entretenimientos, la cual aumentó la ocasión de la murmuración con el engalanarse, ponerse a la ventana y gustar de ser vista y visitada, todo con consentimiento de don Gregorio, que ya no se le daba nada del medrar a costa de la votada honestidad, pero profanada escandalosamente, de la ciega religiosa. De quien de nuevo comenzaron a picarse otros tres mancebos ricos de la ciudad, admitiendo sus presentes, billetes y recados la dama, sin reparar en comprarlos a costa de su honra.

»Llegó el negocio a término que una noche, encontrándose todos en su calle, trabaron celosos una tan cruel pendencia, que della salió muerto un hijo de vecino principal. Prendió luego la justicia por indicio a todos los de la riña, depositando a doña Luisa en casa de un letrado. Y, al cabo de un mes que corrió la causa, no pudiéndose averiguar quién fuese el homicida, los sacaron a todos en fiado, dándoles la ciudad por cárcel. Don Gregorio fue quien peor libró, pues salió el postrero della, con sentencia de destierro perpetuo de Badajoz y su tierra; y hubiera de salir a la vergüenza por las calles, si la buena diligencia del administrador, su amigo, no lo remediara con dinero. Diole, en viéndole libre, todo lo que fue necesario para salirse de la ciudad y irse a la de Mérida, do le aconsejó se entretuviese regalando un par de meses, mientras él en ellos negociaba se le alzase el destierro, ofreciéndole se encargaba de mirar en ellos por doña Luisa como si fuera su propria hermana.

»Acetó de muy buena gana don Gregorio el partido, porque vio en él la puerta abierta para hacer lo que pretendía, que era dejar a doña Luisa, de quien ya estaba cansado, y arrepentido de la locura que había hecho de encargarse de tan impertinente carga; temiendo, si perseveraba en tal vida, no lo viniese a ser él de algún burro por las calles públicas de algún pueblo, o de alguna horca si se descubría su delito. Con todo, disimuló con ella, de quien se despidió encargándole el recato y honestidad y la diligencia en procurar se le alzase el destierro, o se fuese tras él a Mérida, do la esperaría, si no se podía negociar.

»Toda esta plática pasó delante del administrador, que gustaba ya de verle ausente, no menos que la dama, que deseaba lo mismo por tener más libertad para sus disoluciones. Todos, en efeto, deseaban una misma cosa, aunque por diferentes fines. Tomó don Gregorio de mano de su amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió de Badajoz a pie para Mérida, ciudad que dista poco ella.»

-Par Dios -dijo Sancho- que eso de badajos y esotro que por su mal olor no lo oso nombrar declaran bien cuán gran puerco y badajo era ese don Gregorio, que dejó la monja entre tantos cuervos o demonios. El tuerto de esa pobre señora, mi señor don Quijote, será bien deshacer, pues ganaríamos en ello las catorce obras de misericordia. Y más le digo, que, si quiere ir luego allá, le acompañaré de muy buena gana, aunque sepa perder o dilatar la posesión del gobierno de la gran ínsula y reino de Chipre, que me toca por línea recta en virtud de la palabra de vuesa merced y de la muerte que ha de dar al soberbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo bien guardado en esa maleta.

No se le encajaba mal a don Quijote el consejo de Sancho, y ya con él se le comenzaba a levantar la mollera, de suerte que si los circunstantes, que gustaban infinito de saber el fin del cuento, no le apaciguaran con buenas razones, echara el bodegón por la ventana y se fuera luego de allí, dejándoles en porreta. Pero, diciéndole el soldado Bracamonte que, en acabando de oír dónde y cómo quedaba aquella señora, le daba palabra de irle a acompañar en tan santa empresa (pues, no teniendo noticia más clara de sus cosas y sucesos, no le parecía acertado hacer la jornada, porque podría ser que cuando ellos llegasen a Badajoz, ya ella estuviese en otra parte), se sosegó don Quijote y ofreció grata atención a todo, obligándose a hacer la tuviese también su escudero.

Con esto, y con agradecérselo todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño prosiguiese tan suspensa historia, seguro de que, aunque larga, no les cansaba, la prosiguió diciendo:


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 Capítulo XIX
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


Del suceso que tuvieron los felices amantes hasta llegar a su amada patria


»-No se fue don Gregorio a Mérida, como había prometido al caballero y a doña Luisa, sino a Madrid, donde, por la babilonia de la Corte, fácilmente se encubre y disimula cualquier desdichado; y, como él lo era tanto, vino a parar con toda su nobleza en servir a un caballero de hábito, mudado el nombre, sin acordarse más de su dama que si jamás la hubiera visto. La cual le pagó con la mesma moneda a los primeros días de su ausencia, empleándolos todos en nuevos gustos y en tratar de estafar a cuantos podía, teniendo por blanco sólo el interés; pero, conociendo todos el suyo, comenzaron a hacer alto, divulgándose entre ellos la pena, ley y libertad de la forastera. Por lo cual, viéndose sin muñidores y, sobre todo, viendo que le hacía algunos malos tratamientos el administrador, enfadado de su ingratitud y disolución, cayó en la cuenta del peligro en que estaba su alma y cuerpo. Advirtió también luego, cómo, habiendo tantos días que don Gregorio faltaba, jamás le había escrito, siéndole fácil el hacerlo estando en Mérida, por la vecindad y forzoso el procurarlo por las obligaciones que le tenía, si, como hombre en fin, no hubiera mudado de intento y dejádola, como lo tenía por sin duda lo había hecho.

»Comenzó a cavar en la consideración de su mal estado tras esto, y Dios a obrar secretamente en su conocimiento, como aquel que la quería dejar por ejemplo de penitentes y de lo que con su divina misericordia puede la intercesión de su electísima Madre, y, finalmente, de lo que a ella la obligan los devotos de su sanctísimo rosario con la frecuentación de tan eficaz y fácil devoción, que se encendió de suerte su espíritu en amor y temor de Dios, que empezó a deshacerse en lágrimas, apesarada de las ofensas cometidas contra Su Majestad, confusa por no saber cómo ni en quién hallar remedio ni consejo; que tan cargada estaba de desatinos.

»Advirtieron su llanto algunos de sus galanes, y, deseando enjugársele, le preguntaban la causa con gran cuidado y deseo de saberla; pero era en vano, porque ya espiraba la reconocida señora a superior consuelo. Y así, despidiéndoles lo mejor que pudo (que no le fue fácil, por ser las arremetidas de los amartelados más fogosas en prosecución de lo que después de amado han procurado dejar, y más si ven desvío en el sujeto), propuso, alumbrada de Dios, volverse a su ciudad y presentarse en ella secretamente a un caballero deudo suyo, y descubrirle todo el suceso de su vida, con fin de que él la ayudase a ir, sin ser conocida, a Roma, a procurar allí, echada a los pies de Su Santidad, algún modo para volver a su monasterio o a otro cualquiera de su misma orden, con fin de tener dónde enmendar, como deseaba, la infernal vida que hasta entonces había tenido.

»Con este pensamiento, y encomendándose de corazón a María sacratísima, madre de piedad y fuente de misericordia, recogiendo cuanto dinero tenía y haciendo de sus vestidos y alhajas todo lo que pudo, se vistió de peregrina, con sombrero, esclavina, bordón y un grueso rosario al cuello y alpargatas a los pies; y, cubierta deste penitente traje, arrebozado el rostro, se salió una noche obscurísima de Badajoz, tomando la derrota hacia su tierra, acompañada sólo de suspiros, lágrimas y deseos de salvarle, desviándose cuanto le era posible de los caminos reales y procurando caminar casi siempre las noches, en las cuales entraba en las posadas de menos bullicio a tomar dellas lo más necesario para su sustento, saliéndose luego al campo.

»No le faltaron algunos trabajos y desasosiegos de gente libre en el camino; pero vencióles a todos su modestia y sacudimiento, y sobre todo la santa resolución que la eficaz gracia le había hecho hacer de no ofender más a su Dios en toda su vida, aunque la supiera perder mil veces a manos de un millón de tormentos. Padeció también hambre, sed y frío, por ser tiempo en que le hacía grande el en que caminaba, y por la misma causa la molestaron las aguas y arroyos; pero acompañábase en ellos de la gente más pobre que hallaba, hasta pasarlos, a quien después daba buenas limosnas. Hacía las jornadas cortas, por el cansancio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese tan largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar a su tierra más de cuatro meses, visitando en ellos algunos píos sanctuarios que le venían a cuento.

»Quiso ya el cielo apiadarse della y dar fin a su prolija jornada; y así, llegando a la última, antes de entrar en su ciudad, a la que descubrió y reconoció el campanario de su monasterio, fue tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, que no hay lengua, ¡oh discretos señores!, que lo acierte a pintar. Resolvióse en lágrimas, y resolvió juntamente de quedarse allí en el campo hasta el anochecer, por entrar a medianoche, para mayor seguridad.

»Hízolo así y, llegado el plazo, comenzó a enderezar los turbados pasos hacia la casa del deudo de quien pensaba valerse; pero, llegando a pasar por delante su monasterio (que no sé si la obligó tanto a ello la necesidad cuanto el cariño y deseo de ver sus paredes; pero no debió de ser lo uno ni otro, sino inspiración de Dios para que tuviese su viaje el feliz fin que se sigue), al punto que daban las once, y, emparejando con el mismo postigo de la puerta de la iglesia, la vio abierta; y, asombrada de semejante caso, comenzó a decir entre sí:

»-¡Válame Dios! ¿Qué descuido ha sido éste de las monjas o del sacristán que tiene cargo de cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hayan dejado abierto el postigo de su puerta? Mas ¿si acaso han robado algunos ladrones los frontales y manteles de los altares o la corona de la Virgen, que ha de ser de plata, si no me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pasito (aunque aventure en ello la vida, pues en dichosa parte la perderé cuando aquí la pierda) y mirar si hay alguna persona dentro y avisar, por si ha sido descuido de quien tiene cargo de cerrarle.

»Metió en esto la cabeza hacia dentro con gran tiento, y estuvo un rato escuchando; pero, no sintiendo ruido, ni viendo más que dos lámparas encendidas, una delante del Santísimo Sacramento y otra delante del altar de la Virgen benditísima, estuvo suspensa una gran pieza, sin que osase determinarse a entrar, temiendo no estuviese alguna monja rezando acaso en el coro y, viéndola allí, hiciese algún rumor por do se viese en peligro de ser conocida y, por consiguiente, rigurosamente castigada. Pero, no obstante este miedo, se resolvió a seguir la primera deliberación, aunque fuese con el riesgo de la vida.

»Entró tras esto osadamente, y, pasando por delante del altar de la Virgen, tropezó en un gran manojo de llaves que delante dél estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se abajó para verlas y levantarlas con notable turbación. Y, apenas lo hubo comenzado a poner por obra, cuando la devotísima imagen de la Virgen la nombró por su nombre con una voz como de reprehensión, de la cual quedó tan atemorizada doña Luisa, que cayó medio muerta en tierra; y, prosiguiendo la Virgen sacratísima, le dijo:

»-¡Oh perversa y una de las más malas mujeres que han nacido en este mundo! ¿Cómo has tenido atrevimiento para osar parecer delante de mi limpieza, habiendo tú perdido desenfrenadamente la tuya a vueltas de tantos y de tan sacrílegos pecados como son los que has cometido? ¿De qué suerte, di, ingrata, soldarás la irreparable quiebra de tan preciosa joya? ¿Y con qué penitencia, insolentísima profesa, satisfarás a mi amado Hijo, a quien tan ofendido tienes? ¿Qué enmienda piensas emprender, ¡oh atrevida apóstata!, para volver por medio della a recuperar algo de lo mucho que tenías merecido y has perdido tan sin consideración, volviendo las espaldas a las infinitas misericordias que habías recebido de mi divinísimo Hijo?

»Estaba en esto la afligidísima religiosa acobardada de suerte, que ni osaba ni podía levantar el rostro, ni hacía otra cosa sino llorar acerbísimamente; pero la piadosa virgen, consolándola después de la reprehensión, no ignorando la amargura y el dolor de su ánimo, incitándola a verdadera penitencia, le dijo:

»-Con todo, para que eches de ver que es infinitamente mi Hijo más misericordioso que tú mala, y que sabe más perdonar que ofenderle todo el mundo, y que no quiere la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vivan, le he yo rogado por tu reparo, obligada de las fiestas, solemnidades y rosarios que en honra mía celebraste, festejaste y me rezaste cuando eras la que debías, sin que tú lo merezcas. Y Él, como piadosísimo que es, ha puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en cuanto es hacer misericordias, deseando verificar en ti el título que de Madre de ellas me da la Iglesia, como a él se lo da de Padre de tan grande atributo, he hecho por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque vivas dos mil años y los emplees todos en hacerme los servicios que me solías hacer en los primeros años de tu profesión. Acuérdate que cuando desta casa saliste, agora hace cuatro años, pasando delante deste mi altar, me dijiste que te ibas ciega del amor de aquel don Gregorio con quien te fuiste, y que me encomendabas las religiosas de esta casa, tus hijas, para que mirase por ellas como verdadera madre, cuando tú les eras madrastra, y que las rigiese y gobernase, pues eran mías. Tras lo cual, arrojaste en mi presencia esas mismas llaves del convento que en la mano tienes. Entiende, pues, que yo, como piadosa madre, he querido hacer, para confusión tuya, lo que me encomendaste. Y así, has de saber que, desde entonces hasta ahora, he sido yo la priora deste monasterio en tu lugar, tomando tu propria figura, envejeciéndome al parecer al compás que tú lo has ido haciendo, tomando juntamente tu habla, nombre y vestido; con que he estado entre ellas todo este tiempo, así de día como de noche, en el claustro, coro, iglesia y refitorio, tratando con todas como si fuera tú propria. Por tanto, lo que ahora has de hacer es que tomes esas llaves y, cerrando la puerta de la iglesia con ellas, te vayas, por la sacristía y demás pasos por donde te saliste, a tu celda, la cual hallarás en la propria forma y manera que la dejaste, hallando hasta tus hábitos doblados sobre el bufete. Póntelos en llegando, y guarda esos de peregrina en la arca; y advierte que hallarás también sobre la propria mesa el breviario y la carta que dejaste escrita, sin que nadie la haya abierto ni leída, y la vela encendida junto a ella. En efeto, hallarás todas las cosas, por mi piadosa diligencia, en el estado en que las dejaste, sin hallar novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu falta ni la del dinero que has desperdiciado. Vete, por tanto, a recoger antes que despierten a maitines, y enmienda tu vida como debes, y lava tus culpas con las lágrimas que ellas piden; que lo mismo han hecho cuantas tras tan graves pecados han merecido el ilustre nombre de penitentes que les da la Iglesia.

»Quedó la en que estaba doña Luisa, acabando estas razones la Celestial Princesa de todas las hierarquías, llena de un olor suavísimo; y ella contrita y tan consolada en su espíritu, cuanto corrida de haber obligado a la Madre del mismo Dios a serlo de sus súbditas. Pero, obedeciendo a su celestial mandato, recelosa de que no se llegase la hora de los maitines, se levantó del suelo, cubierta de sudor y lágrimas, y, haciendo una profunda inclinación a la preciosísima imagen y otra al Santísimo Sacramento y tomando las llaves, cerró la puerta de la iglesia y se fue a su celda por los mismos pasos que había salido della; en la cual lo halló todo del modo que lo había dejado y la Virgen le había dicho.

»Púsose, en entrando dentro, sus hábitos, guardando en el arca los de peregrina, y, apenas lo había acabado de hacer, cuando tocaron a maitines; y, enjugándose el rostro, tomó el breviario y estuvo aguardando hasta que vino la monja que solía llamarla, la cual, tomando el candelero de la mesa, como cada noche tenía de costumbre, le fue delante alumbrando hasta el coro, donde estuvo aguardando de rodillas (con no pequeña turbación, por parecerle sueño cuanto vía) a que se juntasen las religiosas; y, en habiéndolo hecho, hizo la señal acostumbrada, tras que comenzaron los maitines. Y, acabados ellos y la oración que de ordinario suelen decir, se volvieron a salir todas, y se fueron a sus celdas al postrer señal de la priora, la cual también hizo lo proprio, acompañándola con luz a la suya la mesma religiosa que la había sacado della.

»Cuando se vio sola, comenzó de nuevo a derramar lágrimas, parte de dolor por sus culpas y parte de agradecimiento por la nunca oída merced que la misericordiosísima María le había hecho; y, haciéndole una breve oración, llena de fervorosos deseos y celestiales conatos, descolgó de la cabecera de su cama unas gruesas disciplinas que solía tener en ella, y, tomándolas, se dio con ellas por espacio de media hora una cruelísima diciplina sin ninguna piedad, por principio de la rigurosa penitencia que pensaba hacer todos los días de su vida de aquel sacrílego y deshonesto cuerpo, de cuya roja sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del verdadero dolor de sus pecados.

»Acabado este penitente acto, abrió una arca, de adonde sacó un áspero cilicio que solía ponerse en las cuaresmas cuando era la que debía, hecho de cerdas y esparto machado, el cual le tomaba desde el cuello a las rodillas, con sus mangas justas hasta la muñeca. Púsose juntamente debajo dél una cadenilla que en la mesma arca tenía, que le daba tres vueltas, y, apretándosela con todo rigor al delicado cuerpo, decía:

»-Agora, traidor, me pagarás los agravios que al espíritu has hecho. No esperes, lo poco que la vida me durare, otro regalo más que éste, y agradece a la Madre de afligidos y fuente de consuelos, María, y a su clementísimo Hijo que no te hayan enviado a los infiernos a hacer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forzosa y tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la esperanza del perdón y remedio que agora tienes en la mano, teniéndole tan poco merecido.

»Y, saliéndose luego de su celda, se volvió otra vez al coro, donde estuvo pasando el santísimo rosario, delante de la misma imagen que la había hablado, hasta la hora de prima; la cual acabada, hizo al instante llamar al confesor del convento, con quien hizo una general confesión con no vistas muestras de dolor y arrepentimiento, contándole todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados que contra su divina y inmensa Majestad había cometido los cuatro años que había estado fuera del convento. Refirióle juntamente el milagro y merced que, por la devoción del rosario, la Reina de los cielos, su patrona, le había hecho, supliendo su falta y acudiendo a todas sus obligaciones, movida de su virgínea piedad, salvándole la honra en que no se echase de ver su falta.

»El secreto del milagro encargó tras esto cuanto fue posible, para mientras le durase la vida, al confesor, el cual quedó sumamente maravillado de su grandeza y lleno de ternura y devoción en el espíritu, cosa que le aseguraba de la verdad del caso. Y pasmábase cuando consideraba había merecido su indignidad confesar y comulgar por su mano, no una, sino muchísimas veces, a la puridad ante quien y en cuya comparación no la tienen los más puros ángeles del cielo.

»Con todo, quiso ver el rostro de la penitente perlada y certificarse de que era ella misma, y no demonio, como temía, que en figura suya le quería engañar; y, vistas sus lágrimas y enterado de la verdad, la consoló cuanto pudo y animó para la continuación de la empezada penitencia y devoción del santísimo rosario. Y perseveró ella en todo, haciéndose mil ventajas cada día a sí misma, de suerte que las que la veían con tan repentina mudanza, en el retiro de gradas, asistencia continua a la oración y mortificación y ordinario curso de lágrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, como la sabían ella y su confesor, con que se confesaba los más de los días, recibiendo el Santísimo Sacramento muy a menudo.

»Perseveró en estos ejercicios toda la vida; y, al cabo de meses que los continuaba, quiso Dios apiadarse de su perdido galán, como lo había hecho della, tomando por medio un sermón que acaso oyó a un religioso dominico de soberano espíritu, en una parroquia de la Corte, que, moviendo el cielo la lengua en él, se engolfó a deshora en las alabanzas de la Virgen y en las misericordias que había hecho y hacía cada día con infernados pecadores, por la suave devoción de su benditísimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sabido milagro del desesperado hombre que, habiendo hecho donación de su alma al demonio con cédula escrita y firmada de su mano y sangre, por la dicha devoción, fue libre de todo, y acabó su vida perseverando en ella, santísimamente, tras una bien premeditada y llorosa confesión general de todos los cometidos desatinos. Cayó en la cuenta de los suyos el ciego de don Gregorio, luego que oyó el doto sermón; y, acordándose también de lo mucho que acerca del celestial poder del rosario le había dicho diversas veces su doña Luisa, premeditando las razones del predicador y conferiéndolas con las que de su dama en esta parte le trajo Dios a la memoria, le pareció que, arrimándose a la frecuentación de tan soberano rezo, hallaría en él brazo que le sacase del cieno de sus torpezas y otra escala, cual la de Jacob, con que pudiese llegar al cielo, por más entumecido que estuviese en la fragosa y mal cultivada tierra de sus bestiales apetitos.

»Propuso, tras esto, irse al religioso convento de la Virgen de Atocha y confesarse luego con el santo predicador, cuyo nombre ya sabía, por haberlo preguntado a su compañero al bajar del púlpito. Efectuólo eficazmente, que no es perezosa la divina gracia ni admite tardanzas. Fue al convento, entróse en la iglesia, postróse delante la imagen milagrosa de la Virgen, derritióse, puesto allí, en lágrimas. Pedía perdón a Dios, piedad a su Madre y ayuda a ambos para enmendar los hierros de la pasada vida y hacer dellos una general confesión. Alzóse luego, entróse en el claustro, pidió por el predicador y, puesto en su presencia, empezaron sus ojos a decirle lo que su lengua no acertaba; con todo, cuando las lágrimas le dieron lugar, le dijo:

»-¡Remedio, padre! ¡Socorro, varón de Dios, para esta alma, que es la más mala de cuantas la misericordia y caridad inmensa de Jesucristo ha salvado!

»Entróse al instante el predicador a su celda, y, apenas estuvo dentro, cuando, prostrado a sus pies, empezó a hacer con acerbo llanto una confesión general de sus excesos, tal, que estaba el confesor igualmente compungido, confuso y consolado de ver tal trueco en un mozo de los años y prendas de aquél. Consolóle cuanto pudo, animándole a la continuación de sus propósitos y del rezo del santo rosario, cuya era tan feliz mudanza. Y, asegurándole del perdón de sus culpas y de la largueza de las perpetuas misericordias que Dios, con celestial regocijo de todos los cielos y sus ángeles, ha usado y usa de cada día con los pecadores recién convertidos de verdadero corazón, le envió absuelto, consolado y lleno de mil santos propósitos y fervores. Y no fue el menor el con que propuso de ir a Roma a visitar los santos lugares, besar el pie a Su Santidad y obtener, para mayor bien suyo, su plenísima absolución.

»Volvió, al salirse del convento, a hacer oración a la Virgen, y hecha con las demostraciones del agradecimiento que tan gran merced como la que acababa de recebir merecía, se volvió a la villa, y en ella trocó luego sus vestidos por unos de peregrino, hechos de sayal basto. Y, sin despedirse de su amo ni de persona, empezó a caminar hacia Roma, do llegó cansado, pero no menoscabado el fervor con que emprendió tan santa peregrinación. Cumplió en aquella grandiosa ciudad con cuanto los deseos que le habían llevado a ella pedían; y, obtenido el fin dellos, dio la vuelta hacia su tierra, deseando saber, con aquel disfraz y sin ser conocido, de sus padres (que bien seguro iba de no poderlo ser, según iba de flaco, macilento, triste y desfigurado, así de los trabajos del camino como de las penitencias que iba haciendo en él). Y no fue la menor el sufrimiento con que llevó las vejaciones que ciertos salteadores le hicieron en un peligroso paso.

»Entró, al cabo de días, cubierto de confusión, lágrimas y sobresalto, en su amantísima patria, y lo primero que hizo, llegado a ella, fue irse a pedir limosna al torno del convento de do sacó la priora, queriendo fuese teatro del primer acto de su penitencia en su patrio suelo el mismo que lo había sido del que dio principio a su trágica perdición y ciego desatino. Diéronle fácilmente honrada limosna las caritativas torneras, y, en recibiéndola, se llegó a la misma mandadera que le había llevado el primer recado de doña Luisa la mañana en que se principiaron sus locos amores, y preguntóle quién era priora de aquella casa; y, diciéndole ella que doña Luisa lo era años había, porque continuaban las religiosas en reelegirla siempre, no sin gusto de sus superiores, por su gran virtud...

»-¡Doña Luisa -replicó él atónito- decís que es priora! ¿Cómo es posible?

»-Ella es, digo -añadió la mujer-, sin duda.

»-Que os burláis de mí -porfió él- he de pensar, pues queréis persuadirme es priora desta casa doña Luisa, de quien he oído decir estaba muy lejos de poderlo ser.

»-Doña Luisa -respondió ella- es, ha sido y será priora muchos años, a pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues no faltan muchos que lo hacen.

»Bajó la cabeza don Gregorio con la confusión y perplejidad que pensar se puede, sin osar replicar más con la mujer, que ya conocía se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo por una parte no le conociese en la voz, y por otra que, descuidándose, no descubriese algo de lo mucho que con la priora le había pasado. Y así, saliéndose de allí, se fue por diferentes partes de la ciudad, fuera de sí y pidiendo igualmente limosna y el nombre de la priora de tal convento; y, dándole unos y otros la misma respuesta que le había dado la mandadera, por salir del todo de la confusión en que se vía, determinó irse de rendón a casa de sus padres, para echarse allí con la carga, como dicen, y, descubriéndoseles, fiar, como era justo hacerlo, dellos el paso de tan grave suceso.

»Entró por sus puertas, y al primer criado que vio en ellas preguntó si le darían limosna los dueños de la casa; y respondiéndole que sí harían, que eran muy caritativos, marido y mujer, le replicó se sirviese decirle sus nombres y si tenían hijos; y sabido dél, por la respuesta, vivían sus padres, aunque afligidísimos por la ausencia de un solo hijo que tenían y se les había ido sin saber dónde, con quién ni por qué, por el mundo, y que lo que más les entristecía era no saber si vivía ni en qué parte había dado cabo, para poderle remediar. Saltáronsele las lágrimas de los ojos a don Gregorio con la respuesta y, volviendo el rostro a la otra parte y enjugándolas y disimulándolas cuanto pudo, dijo de nuevo al criado:

»-¿Llamábase por dicha el hijo destos señores don Gregorio? Porque si tenía ese nombre, es sin duda un soldado que he conocido en Nápoles en el cuartel de los españoles. Y sí sería, que por las señas que él me daba de sus calidades y de que era único mayorazgo en este lugar y de la disposición de las casas de sus padres (que todo me lo comunicaba, por ser muy mi camarada), éstas han de ser las dellos y el de quien habló, su hijo. Y sabráse presto si es él, si hay quien me diga si se fue deste lugar con alguna mujer de calidad.

»-No estaba yo aún en servicio desta casa cuando él faltó della, ni le conocí; pero sé que su nombre era, como decís, don Gregorio, y que no hizo otra bajeza ni se tiene dél otra queja que haberse llevado algún dinero prestado de amigos, aunque ya todo lo han pagado sus padres. Que de dos caballos a que a ellos les llevó y otra gran cantidad de moneda, nunca han hecho caso, porque en fin todo había de venir a ser suyo.

»-Pues, amigo, por las entrañas de Dios, os ruego que digáis a esos señores si gustan de hacerme limosna, siquiera por lo que pienso haber conocido a su hijo.

»-¡Y cómo si os la harán, de bonísima gana! -dijo el criado-. Yo fío que no sólo eso hagan por vos, sino que os regalarán muy mucho y tendrán a merced de que les deis nuevas de prenda que tanto quieren. Y así, aguardadme, os ruego, mientras subo volando a darles el aviso y recado.

»Subióse, dicho esto, el criado arriba, sin curarse, con el contento, de mirar en el rostro al peregrino; que si lo hiciera, fuera imposible no leyera en su turbación y lágrimas que él mismo era su señor y el mayorazgo de la casa.


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 Capítulo XX
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


En que se da fin al cuento de los felices amantes


»No había bien subido a dar el aviso el criado a sus amos, cuando se arrepintió don Gregorio dello; porque, como venía con intención de saber de sólo de la vida dellos y, sin dárselos a conocer, irse luego a meter religioso en la mesma religión en que lo era la priora, para hacer allí una condigna penitencia con que en parte satisfaciese sus graves culpas, parecióle que todo se lo impidiría lo que había empezado a intentar. Con la melancolía que esto le causó, y deseando obviar los inconvenientes que de ver a sus padres se le podían seguir, volvió las espaldas para retirarse de la puerta; pero, apenas lo había comenzado a hacer, cuando ya el criado estuvo en ella a buscarle y los padres salieron a la ventana a llamarle.

»No se pudo escusar de entrar el turbado peregrino en su casa; y haciéndolo, y subido arriba en una cuadra, le rogaron los venerables viejos se sentase en una silla, y, poniéndosele cada uno a su lado, le hicieron mil preguntas del don Gregorio que había dicho al criado había conocido y tratado en Nápoles, haciéndole tras cada una un millón de ofrecimientos. Decíanle con no pocas lágrimas:

»-¡Ay, hermano mío, y qué diéramos por haber visto como vos ese único y amantísimo hijo nuestro, absoluto señor de nuestra hacienda y total causa del llanto con que pasamos la vida! ¿Está bueno? ¿Tiene qué comer? ¿Sirve o es soldado? ¿Hase casado o qué vida tiene quien tan sin piedad es verdugo de las nuestras?

»Estaba don Gregorio, cuando oía estas razones, más muerto que vivo de ternura y sentimiento; pero, disimulando cuanto pudo, les dijo:

»-Lo que dél, ¡oh ilustres señores!, os puedo decir, es que, según me comunicó, ha padecido infinitos trabajos desde que salió de vuestra casa y obediencia; pero ¿cuándo los dejó de dar el cielo al hijo que, saliendo de la que debe a sus padres, ofende su valor, lastima sus canas, menoscabando su propria salud, fuerzas y reputación? Dígolo, porque en todo sé que ha padecido don Gregorio mucho, y creo que volviera de buena gana a vuestros ojos si lo permitiera la vergüenza que se lo impide.

»-¿De qué la ha de tener Gregorio -replicó la madre-, pues en su vida ha hecho bajeza ni hay en la ciudad quien se pueda quejar dél?

»-No significaban sus razones -añadió el peregrino-, cuando me hablaba, eso; antes, siempre colegí dellas se había ausentado por alguna afición que tenía a no sé qué religiosa, a quien él llamaba doña Luisa; y temí algunas veces no hubiese escándalo por ella en el convento o acádola dél, según andaba de recelo de cuantos le podían conocer.

»-La mejor seña que nos podíais dar -dijo el padre- de que el que habéis conocido es nuestro hijo es decirnos nombraba él a doña Luisa; porque es una religiosa gravísima deste lugar y priora ha años de tal convento, a quien él visitaba a menudo. Pero habéisle hecho agravio a ella y a su valor en pensar cosa de su persona que desdiga della y de su virtud singular que profesa.

»Cuando don Gregorio oyó el abono que sus padres daban de la priora, en confirmación de lo que toda la ciudad había dado della, y reparó por otra parte en la ternura y sentimiento con que hablaban dél, se demudó de suerte que, dándole un parasismo mortal, quedó como muerto reclinado a la silla. Acudieron de improviso los padres a darle algo confortativo, pensando era desmayo de hambre el que le había tomado; y, quitándole el sombrero que tenía calado y desabrochándole con piedad cristiana, reparando en el rostro la madre que hacía este oficio y le enjugaba el sudor dél, le conoció y levantó los gritos al cielo, diciendo:

»-¡Ay, hijo de mis ojos, y qué disfraz es el con que has querido entrar en esta tu propria casa!

»El padre que, oyendo los gritos de la madre, percibió llamaba de hijo al peregrino, se llegó, tan desmayado como él lo estaba, a mirársele, y, conociéndole, ayudó también a las endechas de la madre, diciendo:

»-¿Qué peregrina invención ha sido ésta, Gregorio mío, de querer disimulártenos, dándotenos a conocer tan por rodeos? ¿Pensarías hacer con tus padres, sin duda, lo que con los suyos hizo san Alejos? Mas no creo tal, pues tan lejos está de parecerse a aquel santo quien tan sin ocasión ni violencia de casamientos ha usado tan peregrino rigor.

»Alborotóse luego la casa, corriendo las nuevas de la vuelta de don Gregorio por el barrio; y, antes que él volviese del desmayo en sí, estaba rodeado de criados y vecinos. Y corrido, cuando volvió a cobrar sus sentidos, de ver la publicidad de su vuelta, abrazó a sus padres, prostrándoseles luego a sus pies y pidiéndoles le dejasen reposar a solas, despidiendo los circunstantes, pues bastaba hubiesen sido testigos de su corrimiento y del perdón que les pedía por los enojos causados.

»Fuéronse cuantos esto le oyeron, contentos de ver lo quedaban los padres, los cuales luego dieron también orden en que se acostase y reposase. Hízolo, y, preguntando a su madre en la cama cuánto había que no se había visto con la priora, supo della que tres días, y cómo, hablándole en la conversación dél y representándole el sentimiento con que vivían todos en su casa por su ausencia y no saber si era muerto ni vivo, había en ella vertido no pocas lágrimas y despedido del pecho algunos lastimosísimos suspiros, indicio claro del sincero amor que le tenía y de lo que sentía su perdición. Más le crecía el asombro a don Gregorio cuando estas cosas oía; porque, como no sabía el milagro y estaba cierto, por otra parte, de su maldad y de lo que con la priora le había acontecido, parecíale todo sueño y que era ilusión del demonio el pensar verse en casa de sus padres y vuelto tan a su salvo en su patria. Y así, a ratos, con la vehemencia desta imaginación se suspendía, de suerte que no acertaba a responder.

»Con todo, rogó a su madre, después de haber reposado algunos días, le hiciese merced de llegar al convento y verse con la priora, dándole aviso de su vuelta y de cómo había sido con hábito penitente de peregrino, después de haber estado en Roma a pedir absolución a Su Santidad de las mocedades que había cometido en los años que había faltado de su casa, en cuyo conocimiento había venido por sus oraciones, a lo que creía, y por haber oído un sermón de las alabanzas del santísimo rosario y de las misericordias que por su devoción hacia la Virgen benditísima en grandísimos pecadores. Rogóla juntamente instase con ella le diese licencia en todo caso para ir a besarle las manos y darle cuenta de los sucesos de su persona, sola aquella vez, pues en hacello o dejarlo de hacer estaba su consuelo y quietud.

»Fue la madre luego a hacer la visita, encargadísima de sacar la licencia que deseaba su hijo, cuyo alivio procuraban ella y todos los demás deudos, por ver cuánto necesitaba dello la melancolía con que le veían. Habló, en llegando al convento, a la priora. Y cuando le hubo dado las referidas nuevas y recado, vio en las lágrimas que de contento derramó tras él (que a eso atribuía la madre de don Gregorio las que doña Luisa derramaba de confusión y vergüenza), el gozo que mostraba de su vuelta y mudanza; y, alegre de ver que ya por su instancia permitía le hablase (enterada primero della de cuán otro venía de la fuente de las indulgencias y perdones que da Dios a los pecadores por manos de su supremo vicario; cosas todas que se las aseguraba ser así el enviarle a decir el mismo don Gregorio venía de Roma; lo cual y el entender juntamente que había alcanzado tan grande misericordia por el mismo medio que ella, del santísimo rosario, fueron bastantes causas para obligarla a concederle sin escrúpulo la licencia que le pedía para llegar a hablarla el día siguiente; porque siempre el corazón le dijo había de ser tan feliz el fin desta segunda visita, cuanto le había sido nocivo el de la primera), volvióse la madre con esta respuesta contentísima a su casa; y con razón, pues en ella llevaba, aunque sin entenderlo así, la medicina que más convenía al consuelo de su hijo y a su salvación. El cual, deseándola con las veras que lo suele hacer aquel a quien Dios abre los ojos del alma, pasó la noche toda en oración, suplicando a su divina Majestad, por la puridad de su santísima Madre, cuyo rosario nunca se le cayó de las manos, se sirviese de darle en la esperada visita el espíritu para cosas de edificación de su alma, que convenía tuviese quien en aquel puesto en que se había de ver, tan desatinado había andado. La misma oración hizo en su coro la santa priora; y preparándose, venida la mañana, ambos con recebir los divinos sacramentos de la confesión y eucaristía, se pusieron, llegando el plazo, en el locutorio do se habían de ver con iguales deseos de saber el uno el suceso del otro.

»No tiene, señores, mi ruda lengua palabras con que explicar bastantemente la turbación de las con que se saludaron al primer encuentro los dos felices amantes; porque, en viéndose el uno al otro (si es que las lágrimas les dejaron mirarse), se turbó él y encalmó ella de suerte que por muy gran rato no supieron ni de sí ni de adónde estaban. Las galas con que don Gregorio entró a verla: con un vestido de paño liso, sin gorbión alguno, el sombrero puesto en los ojos, sin espada ni más compañía que bonísimos deseos y unas planchas grandes de hoja de lata, hechas rallo, en pecho y espaldas, y una cruz entre la ropilla y jubón, con rosario y horas en la faltriquera; sacando la priora el adorno que queda dicho se puso la primera noche que llegó al convento y con que en ella dio principio a su rigurosa penitencia. Puestos, pues, de la suerte dicha, cuando la suspensión y llanto les dio lugar, empezó él a decirle:

»-Por la cruz en que remedió mi eterno Dios pecadores tales cual yo soy, y por las lágrimas, afrentas y angustias con que en ella espiró, y por las que al pie de tan salutífero árbol sintió su purísima Madre, que por serlo tanto, pudo ser sólo su hechura de su omnipotencia, os pido me digáis, ¡oh religiosa señora!, si sois vos la priora doña Luisa que cuatro años ha con vuestra vista me cegastes, perdistes y enamorastes de suerte que, loco, desatinado y sin temor de Dios, me resolví en sacaros de aquí y llevaros a Lisboa y a Badajoz, cometiendo las ofensas y sacrilegios contra el cielo, que sólo un merecido infierno puedo esperar. Y si acaso sois la que pienso, decidme también cómo yéndoos conmigo, os quedastes acá, y, quedándoos acá, os fuistes conmigo; que cierto estoy (¡y ojalá no lo estuviera tanto!) que os vi, hablé, amé y solicité y saqué deste convento, sin temor de hacer a vuestro estado y profesión la ofensa que se siguió por postre de tan infernales principios. Porque veo me aseguran cuantos de vos pregunto por otra parte (cosa que vuelve loco) que jamás habéis faltado desta casa; antes dicen que siempre la habéis regido con notables ejemplos y mil virtuosas medras. Yo soy don Gregorio el malo, el sacrílego, el aleve, el traidor y, finalmente, el peor de los hombres y el igual a Lucifer en los pensamientos, pues los puse en quien era esposa de mi mismo Dios, cielo suyo y niñas de sus ojos. A la Virgen bendita del Rosario debo el conocimiento de mis culpas, pues dejándoos (si sois la que pienso, y no fantasma) en Badajoz, y dando cabo en la Corte, descuidado de mi bien, merecí un día oír acaso un sermón de uno de los apóstoles que de la predicación de su santo rosario tiene María en el mundo; en que, pintando las misericordias que por tal devoción hace su clemencia, pintó mi ceguera y dibujó mi perversa vida, dando juntamente remedio a todos mis males; que todo lo hizo predicando un milagro y la eficacia de la dicha devoción. Sentí, tras sus palabras, la de la divina gracia, pues supe confesarme luego y dejar la Corte del rey de España, y buscar la de quien es vicario de Aquel por quien los reyes reinan y en cuyo servicio consiste sólo el verdadero reinar. Alcancé absolución de aquella santa silla; y, volviendo peregrino a saber, disfrazado, de mis padres, y a saber la nota y escándalo que de vuestra persona y de la mía había en esta ciudad, he hallado en ella que en boca de todos sois vos la santa, la recogida y ejemplar, sin habérseos notado falta ni ausencia; siendo yo solo el que os he pintado y saben los cielos y vos (si sois la que pienso) y mi misma conciencia, que es el más riguroso fiscal y quien me trae a sombras de tejado, de temor de la divina justicia, de quien sólo pienso escapar recogido, en el templo de la divina misericordia, mediante la intercesión de quien es Madre dellas.

»Acabó en esto la lengua de don Gregorio las razones, y comenzaron de nuevo sus ojos a confesar sus hierros y a mostrar el sentimiento que tenía dellos.

»Consoladísima quedó la priora cuando hubo oído del autor de sus desventuras el conocimiento que tenía dellas, y más cuando supo que le había venido tan grande bien por las manos clementísimas de quien había vuelto por su honra y suplido su falta en el gobierno los años que, dejada de Dios, había seguido desenfrenadamente sus apetitos y las sendas de su condenación. Y consolándole y dándole cuenta de sus sucesos y de lo que debía a María benditísima, y cómo pensaba pagarle en parte tan grande deuda con una verdadera y perpetua penitencia de sus culpas y un privarse de verle jamás a él, le rogó fuese el que debía, mirase por su alma y huyese del mundo cuanto le fuese posible y de vanas conversaciones y pláticas; que le daba palabra ella de hacer lo mismo, como también se la daba de callar el suceso mientras viviese. Pero no muerta, pues antes de morir le pensaba dejar escrito en manos de su confesor, con orden de que le divulgase el mesmo día para gloria de Dios y recomendación de la celestial autora de tal misericordia. Ofrecióle don Gregorio hacer las mismas diligencias y de no quedar en el mundo, sino entrarse en un retirado convento de su propria orden, do pagase su sensualidad el debido escote de los excesos pasados, a fuerza de ayunos y disciplinas. Y tras celebrar él con mil alabanzas de la Virgen y un millón de asombros y admiraciones la merced milagrosa y favor inaudito que su infinita clemencia había usado por la devoción del santo rosario con la priora y con él mesmo, se despidió del convento para nunca más llegar a él, y della para jamás verla. Y lo proprio hizo ella, pidiéndose ambos con lágrimas perdón recíproco y las oraciones el uno del otro. Continuó siempre, como queda dicho, la priora sus mortificaciones, consoladísima de la conversión de don Gregorio, dando por ella iguales gracias a la Virgen que por la suya propria, a quien le encomendó toda su vida.

»Volvióse de allí él a su casa, do estuvo algunos días asentando cosas; y, comunicada al cabo dellos a sus padres su devoción, y representándoles las obligaciones que tenían de consolarse con haberle visto vuelto vivo, les pidió su bendición y licencia para ser religioso, pues lo debía a Dios y a su Madre, rogándoles ahincadamente se la diesen y tuviesen a bien tomase tan divino estado. Tras lo cual también los rogó dejasen sus bienes después de sus días a pobres, que son los verdaderos depósitos y en quien mejor se guardan, pues en su poder jamás se menoscaban las haciendas. Alcanzáronlo todo dellos sus lágrimas y raro espíritu; con que se fue contentísimo a ser religioso en la misma ciudad, profesando en la religión que tomó, con notables demonstraciones de virtud. Y, llegando por ellas a ser perlado de su convento, quiso Dios acabase sus días, ordenando juntamente el Cielo fuese el de su muerte en el mesmo en que fue la de la priora y a la misma hora; haciendo cada uno antes de espirar una devotísima plática a su comunidad, murieron con notables señales de su salvación, recebidos todos los divinos sacramentos.

»Halláronse en poder de los confesores de ambos, luego que espiraron, las relaciones de los amores, sucesos, conversiones, milagros y de los favores que la Virgen les había hecho; y, publicándose el caso y verificándose, acudió toda la ciudad a ver sus santos cuerpos, que estaban hermosísimos en los féretros. Hízoseles sumptuosísimo entierro, invidiando todos la buena suerte de los padres de fray Gregorio, los cuales tuvieron honradísima y consolada vejez con su feliz fin. Llegado el de su vida dellos, repartieron su hacienda en los conventos de la priora y de su hijo, con ejemplo de todos; murieron cargados de años y de buenas obras. De los de la santa priora no digo nada, porque así ellos como la otra hermana que tenía religiosa, murieron mucho antes que ella.»


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 Capítulo XXI
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VI
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo los canónigos y jurados se despidieron de don Quijote y su compañía, y de lo que a él y a Sancho les pasó con ella


Apenas hubo el ermitaño dado fin a las razones del cuento, cuando dio principio a las de su alabanza y encarecimiento uno de los canónigos, diciendo:

-Maravillado y suspenso en igual grado me deja, padre, el suceso de la historia referida y el concierto guardado en su narración, pues él la hace tan apacible cuanto ella de sí es prodigiosa; si bien otra igual a ella en la sustancia tengo leída en el milagro veinte y cinco de los noventa y nueve que de la Virgen sacratísima recogió en su tomo de Sermones el grave autor y maestro que por humildad quiso llamarse el Dicípulo, libro bien conocido y aprobado, por cuyo testimonio a nadie parecerá apócrifo el referido milagro. Por el cual y por los infinitos que andan escritos, recogidos de diversos, graves y piadosos autores, en confirmación del santo uso y devoción del rosario, protesto ser toda mi vida, de aquí adelante, muy devoto de su santa cofradía; y en llegando a Calatayud, tengo, sin duda, de asentarme en ella y procurar ser admitido en el número de los ciento y cincuenta que se emplean en servirla y administrarla, trayendo visiblemente el rosario, por el interese de las muchas indulgencias que he oído predicar se ganan en ella.

No dejó Sancho con sus dislates ordinarios proseguir al canónigo los devotos encomios que iba diciendo de la santa cofradía del Rosario y de la Virgen Santísima, su singular patrona; porque, saliendo de través, dijo:

-Lindamente, señor ermitaño, ha departido y devisado la vida y muerte desa bendita monja y penitente fraile. Juro non de Dios que diera cuanto tengo en las faltriqueras, que son cinco o seis cuartos, por saberla contar de la suerte que la ha contado a las mozas del horno de mi lugar. Y desde aquí protesto que si Dios me diere algún hijo en Mari Gutiérrez, que le tengo de inviar a estudiar a Salamanca, do, como este buen padre, aprenda teología y poco a poco llegue por sus puntos contados a decorar toda la gramática y medicina del mundo; porque no quiero se quede tan grande asno como yo. Pero no piense el grandísimo bellaco gastar en el estudio la hacienda de su padre, yéndose a jugar con otros tales como él; que, por las barbas que en la cara tengo, juro que le tengo de dar, si tal hace, con este cinto más azotes que caben higos en un serón de arroba.

Decía esto él quitándose el cinto y dando con él con una cólera desatinada en el suelo, repitiendo:

-¡Ser bueno, ser bueno! ¡Estudiar, estudiar mucho! En hora mala para él y para cuantos le valieren y me le quitaren de las manos.

Rieron mucho los circunstantes de su bobería, y, no obstante su necia maldición, le tuvieron del brazo, diciendo:

-Baste ya, hermano Sancho; no más, por amor de Dios; que aún no está engendrado el rapaz que ha de llevar los azotes.

Con esto lo dejó, diciendo:

-A fe que lo puede agradecer a vuesas mercedes; pero otra vez lo pagará todo junto. Pase ésta por primilla.

Don Quijote le dijo:

-¿Qué tontería es ésa, Sancho? Aún no tienes el hijo, ni esperanzas de tenelle, ¿y ya le azotas porque no va a la escuela?

-¿No ve vuesa merced -replicó él- que estos muchachos, si desde chiquitos no se castigan y se amoldan antes de tener ser, se vuelven haraganes y respostones? Es menester, pues, para evitar semejantes inconvenientes, que sepan desde el vientre de su madre que la letra con sangre entra. Que así me crió mi padre a mí; y si algún buen entendimiento tengo, me le embebió él en el caletre a duros azotes, tanto, que el cura viejo de mi lugar (santa ánima haya su gloria), cuando me topaba por la calle, poniéndome la mano sobre la cabeza, decía a los circunstantes: «Si este niño no muere de los azotes con que le crían, ha de crecer por puntos».

-Eso, Sancho -respondió el ermitaño-, también me lo dijera yo.

-Pues sepa vuesa merced -replicó él- que aquel cura era grande hombre, porque había estudiado en el Alcaná toda la latrinería de pe a pa.

-Alcalá dirás -dijo don Quijote-; que en el Alcaná de Toledo no se aprenden letras, sino cómo se han de hacer compras y ventas de sedas y otras mercancías.

-Eso o esotro -replicó Sancho-; lo que sé es que era medio adevino, pues conocía una mujer de buena cara entre veinte feas; y era tan docto, que pasando una vez por mi lugar un estudiante, argumentaron bravamente ambos de las epístolas y evangelios del misal, y le vino nuestro cura a cohondir, porque le preguntó, tratando de no sé qué latín de la Iglesia, que ya no se me acuerda, no sé qué hunduras, y le dejó patas arriba hecho un cesto, confesando dél que era hombre preeminente.

-Por cierto -dijo un canónigo-, señor Sancho, que vuesa merced tiene bravo ingenio, y que gustaré no poco, y lo mismo creo harán todos estos señores, de oírle contar algún cuento igual a los que nos han referido el señor soldado y reverendo ermitaño, pues, siendo tanta su memoria y habilidad, no dejará de ser el que nos contare muy curioso.

-Yo les prometo a vuesas mercedes -dijo Sancho- que tocan tecla a la cual corresponderán más de dos docenas de flautas; porque sé los más lindos cuentos que se pueden imaginar. Y si gustan, les contaré uno diez veces mejor que los referidos, aunque muy más corto y verdadero.

-Quítate allá, animalazo -dijo don Quijote-. ¿Qué has de contar que sea de consideración? Saldrásnos a moler con alguna frialdad, a mí y a estos señores, como me moliste en el bosque en que encontré con aquellos seis valerosos gigantes en figura de batanes con la necia historia de Lope Ruiz, cabrerizo estremeño, y de su pastora Torralba, vagamunda perdida por sus pedazos, hasta seguirle, enamorada dellos, después de reconocida y llorosa por los melindrosos desdenes con que le trató (ordinario efecto del amor en las mujeres, que buscadas huyen y huidas buscan), desde Portugal hasta las orillas de Guadiana, en las cuales atollaron sus cabras tu cuento y mis narices con el mal olor con que atrevido las sahumaste.

-¡Malillo, pues, era el cuento! -dijo Sancho-. Y a fe que me huelgo que a vuesa merced se le acuerden tan bien sus circunstancias, para que por ellas y las del que agora referiré, si me dan grato silencio todos, conozca la diferencia que hay del uno al otro.

Rogaron todos a don Quijote le dejase contar su cuento; y dándole él licencia para ello, y entonando Panza su voz, comenzó a decir:

«-Erase que sera, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea, y el mal para la manceba del abad, frío y calentura para la amiga del cura, dolor de costado para la ama del vicario, y gota coral para el rufo sacristán, hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia.»

-¿No lo digo yo -dijo don Quijote-, que este animal es afrentabuenos, y no ha de decir sino dislates? ¡Miren la arenga de los diablos que ha tomado para su cuento, tan larga como la Cuaresma!

-¿Pues son malos los arenques para ella, cuerpo de mi sayo? -dijo Sancho-. No me vaya vuesa merced a la mano, y verá si digo bien. Yo me iba engolfando en lo mejor de la historia, y agora me la ha hecho desgarrar de la mollera. Escuchen, si quieren, con Barrabás, pues yo les he escuchado a ellos. «Érase, como digo, volviendo a mi cuento, señores de mi alma, un rey y una reina, y este rey y esta reina estaban en su reino, y todos al que era macho llamaban el rey, y a la que era hembra la reina. Este rey y esta reina tenían un aposento tan grande como aquel que en mi lugar tiene mi señor don Quijote para Rocinante, en el cual tenían el rey y la reina muchos reales amarillos y blancos, y tantos, que llegaban hasta el techo. Yendo días y viniendo días, dijo el rey a la reina: "Ya veis, reina deste rey, los muchos dineros que tenemos; ¿en qué, pues, os parece sería bueno emplearlos, para que dentro de poco tiempo ganásemos muchos más y mercásemos nuevos reinos?". Dijo luego la reina al rey: "Rey y señor, paréceme que sería bueno que los comprásemos de carneros". Dijo el rey: "No, reina, mejor sería que los comprásemos de bueyes". "No, rey -dijo la reina-; mejor será, si bien lo miráis, emplearlos en paños y llevarlos a la feria del Toboso". Anduvieron en esto haciendo varios arbitrios, diciendo la reina no a cuanto el rey decía sí; y el rey sí a cuanto la reina decía no. A la postre postre, vinieron ambos en que sería bueno ir con los dineros a Castilla la Vieja o Tierra de Campos, do, "por haber muchos gansos los podríamos emplear en ellos, mercándolos a dos reales"; y añadía la reina, que dio este consejo: "Y luego mercados, los llevaremos a vender a Toledo, do se venden a cuatro reales, y a pocos caminos multiplicaremos así infinitamente el dinero en breve tiempo". Al fin el rey y la reina llevaron todos sus dineros a Castilla en carros, coches, carrozas, literas, caballos, acémilas, machos, mulas, jumentos y otras personas deste compás.»

-Tales como la tuya serían todas -dijo don Quijote-. ¡Maldígate Dios a ti y a quien tiene paciencia para oírte!

-Ya es la segunda vez que me desbarata -replicó Sancho-, y creo que es de invidia de ver la gravedad de la historia y la elegancia con que la refiero; y si eso es, déla por acabada.

Que no permitiese tal rogaron todos a don Quijote, y a Sancho pidieron con instancia la prosiguiese. Hízolo, diciendo, porque estaba de buen humor:

«-Consideren, señores, con tanto real qué tantos gansos comprarían el rey y la reina; que yo sé de cierto que eran tantos, que tomaban más de veinte leguas. En fin, estaba España tal de gansos cual estuvo el mundo de agua en tiempo de Noé.»

-Y sí fuera cuales estuvieron de fuego Sodoma y Gomorra y las demás ciudades - dijo Bracamonte-, ¿cuáles quedaran los gansos, señor Panza?

-«Para la mía, buenos y bien asados, señor Bracamonte; pero ni eso fue, ni se me da nada, pues no me hallé en ello. Lo que sé es que el rey y la reina iban con ellos por los caminos, hasta que llegaron a un grandísimo río...»

-Que, sin duda -dijo el jurado-, sería Manzanares, pues su graciosa puente segoviana muestra que antiguamente sería caudalosísimo.

«-Sólo sé -replicó Sancho- que por no haber en él pasadizo, llegados el rey y reina a su orilla, dijo el uno al otro: "¿Cómo habemos de pasar agora estos gansos? Porque si los soltamos, se irán nadando río abajo, y no los podrá después coger el diablo de Palermo; por otra parte, si los queremos pasar en barcas, no los podremos recoger en un año". "Lo que me parece -dijo el rey- es que hagamos hacer luego en este río una puente de palo, tan angosta que sólo pueda pasar por ella un ganso; y así, yendo uno tras otro, ni se nos descarriarán, ni tendremos trabajo de pasarlos todos juntos". Alabó la reina la traza, y, efectuada, comenzaron uno a uno a pasar los gansos.»

Calló Sancho en esto, y don Quijote le dijo:

-Pasa tú con ellos, con todos los diablos, y acabemos ya con su pasaje y con el cuento. ¿Para qué te paras? ¿Hásete olvidado?

No respondió palabra Sancho a su amo, lo cual visto por el ermitaño, le dijo:

-Pase vuesa merced, señor Sancho, adelante con el cuento; que en verdad ques lindísimo.

A esto respondió él, diciendo:

-¡Aguárdense, cuerpo non de Dios! ¡Y qué súpitos que son! Dejen pasar los gansos y pasará el cuento adelante.

-Daldos por pasados -replicó uno de los canónigos.

-No, señor -dijo Sancho-; gansos que ocupan veinte leguas de tierra no pasan tan presto. Y así, resuélvanse en que no pasaré adelante con mi cuento, ni lo puedo hacer con buena conciencia, hasta que los gansos no estén de uno en uno desotra parte del río, en que no tardarán más que un par de años, cuando mucho.

Con esto, se levantaron del suelo, riendo todos como unos locos, sino don Quijote, que le quiso dar a todos los diablos; pero apaciguáronle los de la compañía, después de lo cual se despidieron dél, diciéndole:

-Sírvase vuesa merced, señor caballero andante, de darnos licencia; que, pues el sol, ya negándonos su luz por comunicarla a los antípodas, deja la tierra sin la molestia que su riguroso calor le causaba, razón será le mostremos en el caminar, por tener la jornada algo más larga que vuesa merced y su compañía, a la cual suplicamos nos mande y emplee en su servicio; que a todo acudiremos como pide la obligación en que nos ha puesto la merced recibida y la buena compañía que se nos ha hecho.

-Ese agradecimiento noble estimo yo en nombre destos señores en lo que es razón - replicó don Quijote-; y por él y en nombre dellos, rindo las debidas gracias, ofreciendo en servicio de vuesas mercedes cuanto nuestras fuerzas valieren. Y acompañáramoslos todos con la prisa, aunque voy a la Corte por un forzoso desafío, si igualaran los pies deste señor soldado y reverendo ermitaño, con cuyo cansacio me acomodo, obligado de su buen término y mi natural piedad.

Despidiéronse en esto con mucha cortesía los unos de los otros, y don Quijote puso el freno a Rocinante, en que subido, comenzó a caminar con el ermitaño y soldado por diferente parte, poco a poco, hacia un lugarejo donde tenían determinado quedarse aquella noche, yendo aguardando a Sancho, que se quedó enalbardando su rucio.

Entretanto que llegaban al pueblo, platicaron el ermitaño y el soldado sobre los referidos cuentos; y, como eran agudos y estudiantes, pudieron fácilmente meterse en puntos de teología, y uno dellos fue admirándose del siniestro fin que tuvo Japelín y el feliz don Gregorio y la priora. En esto, volvieron todos las cabezas, y más don Quijote, que con mucha atención les iba escuchando, y vieron a Sancho Panza, que venía muy repantigado sobre su asno. Y, llegándoseles cerca, dijo:

-Por la vida de Matusalén juro que, aunque murió muy buena muerte aquel don Gregorio, con todo, por el camino he venido pensando en cuán mal lo hizo en dejar a la pobre doña Luisa en Badajoz sola y en las manos de aquellos fariseos que tan enamorados andaban della, con que le dio ocasión de ser peor de lo que era ya.

-No veis, Sancho -respondió el ermitaño-, que todo fue permisión de Dios, el cual de muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no permitiera aquéllos, si no fuera por ocasionarse con ellos para mostrar su omnipotencia y misericordia en estos otros? Que, en fin, de lo mesmo que el demonio traza para perdernos, toma nuestro buen Dios ocasión de ganarnos; que son el demonio y Dios como la araña y abeja, que de una misma flor saca la una ponzoña que mata y la otra miel suave y dulce que regala y da vida.


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Alonso Fernández de Avellaneda


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