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Tipos y paisajes criollos - Serie IV (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de El equipaje del Rey José.

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Autor: Godofredo DaireauxEditar

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El domador


El domadorEditar

El cisne mal sabe caminar en tierra, pero es hermoso, cuando, sin esfuerzo, hiende las aguas.

El domador, con sus piernas arqueadas, sus botas de potro y sus espuelas enormes que, a cada paso, hacen criss, criss, en el suelo, hace acordar, cuando camina, al pesado cisne; pero también al cisne nadando hace acordar el domador, cuando, pegado en el lomo del potro, resiste, sin esfuerzo aparente, las feroces defensas del animal, y lo deja vencido, sometido, doblegado, admirado de la fuerza humana.

El domador necesita tener, y tiene inconscientemente, un conjunto de cualidades que, menos especializadas, aplicadas a otros objetos y desarrolladas en formas variadas, bastan para colocar al hombre culto que las tiene, en el rango más elevado de la humanidad.

Sin saberlo, por la costumbre nata y casi atávica que de ello tiene, da prueba cotidiana del dote viril por excelencia: el valor sereno, que busca y afrenta el peligro, y lo domina con sangre fría y energía paciente, secundadas por una fuerza física, una agilidad, una flexibilidad de cuerpo sin rival.

El domador de profesión habla poco, en general, y en la alegre rueda que, alrededor del fogón, hace el personal de la estancia, es un compañero casi mudo. Demasiado afianza con hechos su indiscutible superioridad, para necesitar afirmarla con palabras, y su orgullo ligeramente protector con el gauchaje corriente, fácilmente se vuelve desdén para con el labrador que no doma más que la tierra, víctima mansa que no corcovea.

Profesor de primeras letras para bestias analfabetas, el domador tiene que ser, a la vez, indulgente para terquedades de novicios, inexorable para mañas de resabios. Trata primero de hacer comprender al discípulo lo que de él exige, pero al rebelde se le tiene que imponer por la fuerza.

¡Oh! los modales del domador no son de los más finos, y sus argumentos que, generalmente, rematan en rebencazos, no se pueden citar como modelos pedagógicos; pero es que se trata para él de dejar incólume su fama de jinete impecable, de quien ningún caballo pueda decir que su maestro le ha enseñado a voltearlo, y también, en una sola lección, tiene que enseñarle tantas cosas nuevas y diferentes, que no podría hacerlas entrar sin una elocuencia contundente.


* * *


Todo está listo; el potro, encerrado en el corral con la manada, por el peón apadrinador, apenas se acuerda, después de la vida ociosa y libre que ha llevado durante tres años, que ya lo voltearon dos veces, una para quemarle la pierna, otra para infundirle juicio. No le ha quedado más que el temor instintivo al hombre, delante del cual huye despavorido, ya que se le acerca.

De repente, en medio de una disparada, el lazo traicionero, de un pial certero, le ligó las manos y lo volteó brutalmente de cabeza. En un abrir y cerrar de ojos, tiene atadas juntas las dos manos y una pata. Con la que le queda libre, cocea desesperadamente; levanta penosamente la cabeza y la deja caer.

Pronto la tiene encerrada en el bozal; a la fuerza, le abren la boca y le atan el bocado en los asientos.

-«¿Te gusta más el pasto, verdad, goloso?» Le dice el peón, mientras el domador le pega con las riendas dos o tres tirones bárbaros: ¡pobre boca, pobres dientes! Y con las riendas y el cabestro atados en el pescuezo, prendido de la argolla del bozal un lazo, lo hacen levantar y caminar, con las patas maneadas, y salido del corral, tambaleando, tembloroso, furioso y violentamente asustado, se encuentra cara a cara con el hombre. Echa bufidos, se sienta, mira al domador con espanto:

-«¿Seré tan feo?, dice éste, ¡che!, no me pises, que tengo callos».

Para sosegarlo, el peón apadrinador le acaricia el hocico, la frente, acercándole despacio la mano a las orejas, hablándole con ese modo cariñosamente irónico que consuela a la vez que hiere. Cada vez que la mano roza la oreja, son saltos, enojos, miradas relampagueantes, como si la oreja fuera el paladio de su libertad, el rinconcito sagrado, inviolable, de su persona infamemente manoseada.

Y de repente, se la oprime resueltamente y con toda su fuerza, el peón, colgado de la argolla del bozal, y tapándole el ojo con el brazo. Se rebela el potro contra esa nueva brutalidad; pero, maneado, como está, casi ciego, casi sordo, poco le luce la resistencia. Tiene que sufrir, en su rabia impotente, las caricias del domador que, una por una, le va amontonando en el lomo, sin perdonar una, las innumerables prendas del recado pampeano.

Y empieza el suplicio de la cincha; la cincha que hace crujir las costillas y aplasta en el lomo, el peso del recado. El animal hincha la panza, como para reventar la cincha o reventar él; inútil esfuerzo. Lo han desmaneado; trotea, hinchando ahora el lomo, como gato enojado, y desesperado, se deja caer al suelo y trata de revolcarse. «¡No me ensucies las pilchas!» le dice el hombre, y lo hace levantar; y mientras el peón lo vuelve a agarrar de la oreja, en un santiamén, el domador está sentado encima, concentradas todas las fuerzas de su cuerpo y las energías de su voluntad, en las rodillas, pegadas, clavadas, atornilladas en el recado. Ese es el momento de la lucha recia, no sólo de las fuerzas físicas, sino también de los dos orgullos en pugna. -«Te voltearé. -No me voltearás». En esto se resume el diálogo entre la bestia y el hombre.

El potro, a pesar de los manoseos ya sufridos, algo sorprendido por esa suprema audacia, vacila un rato, y vuelto en sí, se encabrita, se abalanza, se para enterito, bate el aire con las manos, hasta se bolea a veces, o se deja caer pesadamente. El hombre, sereno, o queda en él, inconmovible, o lo deja levantarse, desdeñosamente parado, y vuelve a montar.

Reculó el animal, volvió adelante, galopó algunos pasos, se paró de golpe y saltó cinco veces seguidas, en las manos tiesas, haciendo un derroche inútil y desesperado de fuerzas, en ese corcoveo rabioso, última y verdadera prueba del jinete. Ya está vencido. Llueven en su cuerpo tremendos azotes; le tironean la boca a sacudidas; el apadrinador lo empuja con el caballo; hasta que busca en la disparada el supremo recurso, sin pensar que esto es justamente lo que quieren de él, el objeto verdadero de la primera lección.

Y volvieron al corral, sino muy buenos amigos, algo menos distanciados; el potro, fatigado, impotente ya para resistir; el domador, sino con la sonrisa radiante del triunfo definitivo, por lo menos con una mueca satisfecha, aunque de labios apretados y de ojos apenas abiertos, gaje de victoria incompleta aún, y penosamente lograda, pero segura, ya.

-«Tuviste que ceder, zainito; pero peleaste lindo, y vas a ser una gran cosa, si te amansan bien».

¿Y no creen Vds. que también podrán ser una gran cosa los descendientes del audaz y enérgico domador, una vez pulidos por la civilización, y agregadas a las dotes heredadas, las que se pueden adquirir por la instrucción? No lo duden; y cuando desde mucho tiempo, se habrá dejado de domar a lo pampa, se conocerán todavía claramente los hijos del lazo de los hijos del arado.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Caudillos


CaudillosEditar

-«Sírvase, don Florencio», dijo don Narciso, alcanzándole un soberbio mate de plata a su vecino Urtubey, que con pretexto de pedir rodeo para apartar unos cuantos animales extraviados, había venido a visitar en su lujosa estancia, al señor intendente municipal, senador provincial, dispensador, en el partido, de los favores fiscales bajo todas sus formas: indulgencia suma en la avaluación de los impuestos, apertura de tranqueras y compostura de caminos, exenciones del servicio militar, autorización tácita para establecer, bajo la protección de la vista gorda de la policía, casas de recreativa extorsión. De su pasiva benevolencia dependían también ciertas facilidades para escurrir, sin peligro de inoportuna revisión, en una partida de frutos, cueros comprados a precios demasiado bajos para ser de propiedad del vendedor, y su recomendación bastaba para el descuento fácil, en el banco de la localidad, de firmas algo averiadas, dulce maná, todo esto, que del ciclo político cae, sin ruido, rocío benéfico y engordador, sobre los que sin ser nada graciosos, muchas veces, -han sabido caer en gracia.

Don Florencio Urtubey, modesto hacendado, adicto al partido que, en el pueblito, acaudillaba don Narciso, porque sus inquebrantables convicciones políticas siempre lo llevaban hacia el que le parecía de base más sólida, hizo los debidos cumplimientos para aceptar el mate, y contestó, como lo manda la más elemental urbanidad:

-«Está en buenas manos.

-Sírvase, sírvase, don....», insistió don Narciso.

Y don Florencio, salvados sus escrúpulos, empezó a chupar la bombilla con una solemnidad verdaderamente linsonjera para el huésped, a quien dejaba ver en qué precio estimaba el envidiable honor al cual se encontraba llamado.

No tenía, por el momento, ningún favor que pedir, pero sabía que siempre es malo dejarse olvidar, y que más vale ser un yuyo al sol que planta fina en la sombra. Comprendía que la política de aldea, exacerbada por la misma estrechez del cuadro en cuyos rincones se golpea las alas, no admite indiferentes; que inspira desconfianza a todos, el que con nadie se mete, y que, de ambas partes, le caerán, con cualquier pretexto.

Y así, durante un tiempo, les sucedió sin cesar a los hermanos Sánchez, estancieros y comerciantes recién establecidos en el partido. Tenían por vecino al otro caudillo local, don Pedro Costas, el temible contrario de don Narciso, protector nato de cuanto gaucho malo se le presentase, confesando que necesitaba de quién lo compusiera con la justicia. A todos, los admitía en su estancia, a título de peones; los mantenía y hasta les pasaba algunos pesos, teniéndolos de haraganes, la mayor parte del tiempo, y ocupándolos o dejándolos ocuparse en expediciones misteriosas, que poblaban el campo de hacienda, y de cueros, los galpones.

A las elecciones iban, como en cuerpo de ejército, dispuestos a pelear y a matar.

¡El patrón era tan bueno! ¿y no debe el hombre débil o pobre obedecer al protector, sin preguntar demasiado al sol con qué derecho le quema los huesos, en verano, por tal de que se los siga calentando, en invierno?

Por supuesto que a los hermanos Sánchez, como linderos de la pandilla, a menudo les faltaban animales. Reclamaron a las autoridades del pueblo; pero, si Costas era contrario, los Sánchez no votaban, y tuvieron que contentarse con buenas palabras; y pronto, la manga de los amigos de don Narciso empezó también a caerles, como moscas en carne mal guardada.

Un estanciero les cerró el camino; el recaudador es avaluó la patente en el doble de la de su competidor; con o sin motivo, sus pedidos de guías siempre demoraban en las oficinas; no podían mandar a plaza un vagón de cueros, sin que se los revisaran uno por uno, buscándoles camorra por una oreja comida por los gatos o cualquier otro zoncera, pinchazos de alfiler que si no matan, exasperan.

Don Narciso, personalmente, tenía fama universal de hombre muy bueno, servicial y de honradez acrisolada, verdadera virtud de lujo, esa, con que, sin perjuicio, le permitía adornarse su gran fortuna. Claro que él no robaba, pero no impedía robar, y entregaba como presa a sus fieles hambrientos, los contrarios mal protegidos y los indiferentes sin resguardo; y aquellos les buscaban el lado flaco, con ese olfato de fiera cobarde que no yerra, y adivina dónde se puede morder, y dónde no.

¡Terrible tiranía, la de la aldea! El tirano poderoso, en sus momentos de peor crueldad, conserva, a veces, rasgos de generosidad; en la inmensa red del más tiránico de los gobiernos, siempre fallan algunas mallas, por donde puede escapar el humilde, desconocido. En la aldea, no; y no hay en ella víctima tan pequeña a la que no puedan sacar algo, por astucia o por violencia, los secuaces del caudillo.


* * *


En las inmensas soledades de la llanura, deslizándose sin ruido entre los fachinales espesos, vagaba el tigre feroz; vencía los toros bravos, y saciaba su sed de sangre, degollando baguales.

La población ha cundido, los fachinales han desaparecido y tan sólo quedan, en los pajonales diminutos, gatos monteses, matadores de perdices miedosas y de gallinas mansas.

También han desaparecido los caudillos sanguinarios y los tiranos de antaño, tigres que mataban y degollaban, y sólo quedan ahora, en los pueblos de la Pampa, como gatos monteses cobardes, entre las pajas, caudillos, encubridores de ladrones, o politiqueros imbéciles; hombres excelentes, serviciales y de acrisolada honradez, pero que con sólo dejar que sus amigos embrollen y roben impunemente, por tal de conservarles la poltrona de legislador, donde tan lindo se duerme, acobardan al trabajador, espantan al inmigrante, atajan el progreso, y detienen, por un tiempo, en su marcha adelante, al país entero, peñascos inertes y molestos, caídos en medio del torrente.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Paradas cosmopolitas


Paradas cosmopolitasEditar

-«Mire, don Anacleto; ¿por qué no se retira? Mejor que se vaya para su casa, hombre, a dormir. ¡Mañana será otro día!» decía, con tono persuasivo, don Juan Antonio a un gaucho algo entrado en años y bastante mamado, que empezaba a meter bulla.

Pero, en este mismo momento, entró en la casa el hijo mayor de don Anacleto, hombre ya, y conocido por guapo, que venía en busca del padre; y el gaucho viejo, sintiéndose con resguardo seguro, se afirmó en el mostrador y echó a compadrear más fuerte que antes.

Pidió otra copa, a pesar de la discreta exhortación del hijo, que le aseguraba que su mamá los esperaba para comer; y empezó a explicar, sin que nadie lo hubiera provocado, y a repetir con insistencia tenaz y cargosa: «Que él no tenía miedo a nadie, y que quien lo buscaba lo encontraba, y que a nadie le sabía mezquinar el cuerpo; que bien sabía que hay hombres que lo quieren embromar a uno, y ponerlo en compromisos, pero que él era pobre y honrado y no se dejaba pisar, y que todavía sabría enseñarles, a esos compadritos lampiños, que el viejo Anacleto era capaz de ponerlos a raya; y que no, por unos mocosos, aunque fueran extranjeros, iba a dejar el sitio; que él era buen criollo, y que sólo a los ingleses los respetaba, porque había tenido un patrón inglés, que si no lo hubiera echado, todavía estaría con él; y que mientras habría un gancho para pelear, ahí estaría Anacleto».

¡Parada! ¡Pura parada!, pero parada de gaucho borracho, fastidiosa como el ruido de la lluvia tormentosa en techo de fierro; enervante, porque nunca se sabe si no traerá alguna manga de piedra, o -si dura-, algún desastre.

Hay paradas más inofensivas. Miren el tordillo viejo, si supiera todo el miedo que le tiene el maturrango a quien lleva de jinete, capaz sería de erguir la cabeza, y acordándose de otros tiempos, de echar a corcovear. Y seguramente, en ese caso, el pobre Nicolás Guazzalone, venido, hace poco, de Nápoles, no demoraría ni un minuto en comprar terreno. Pero el tordillo es sumamente pacífico, y sólo extraña que su jinete lo sujete de la rienda, como si fuera redomón, y lo haga trotear corto y seco, en vez de dejarlo galopar como acostumbra.

El amigo Nicolás, con las piernas medio descuartizadas por lo ancho del recado que le han prestado, con los pies fuera de los estribos, y abiertos como hojas de guadaña, suda a mares y salta como mano de mortero pisando mazamorra.

Su pantalón está ya a la altura de las rodillas, el sombrero bambolea; la mano derecha, armada del rebenque, busca, inquieta, donde prenderse, en las pilchas del recado, y la catástrofe final le parece tan cercana al imprudente, que ya encomienda sus huesos a la Santa Madona, cuando, de repente, en movimiento involuntario, afloja la rienda, y el tordillo echa a galopar, con el ritmo suave del caballo pampeano.

El susto fue rudo, pero breve; el mismo galope restableció el equilibrio físico y moral del jinete; y Nicolás Guazzalone, cuando vuelve a pasar por delante de la puerta de la casa de negocio, donde le había parecido oír, momentos antes, un concierto de risas burlonas, aunque siempre tenga los pies abiertos, el sombrero en la nuca, y el pantalón arremangado, lleva ya inscripta en la mirada orgullosa, la conciencia de su valor como amansador de animales ariscos, y hasta se atreve a castigar el tordillo, arriesgada parada, ésta, que casi descompone las cosas.

Con todo, el napolitano, a los pocos meses, se ha vuelto tan compadre, que podría ser peligroso, a ratos, expresar dudas demasiado acentuadas sobre alguna de las inauditas proezas de que se alaba, pues lleva en la cintura tamaña cuchilla, mal afilada, es cierto, pero sospechosa de traicionera, y un tremendo «ribólbere», como lo llama él.

Dios los cría y ellos se juntan: al airoso hijo del Vesubio, de palabra redundante y de mirada torva, que a fuerza de paradas y de jeringonza gesticulante, ha logrado criar fama de malo, dándoles a los gauchos del pago las ganas de probarle las costillas, a la vez que cierto recelo para empezar, se ha pegado como garrapata, Ramón Olivares, español, acopiador de frutos, de boca más zafada que un juramento, y más guapo,-en palabras-, que el mismo Matamoros.

Es un dúo lindo, cuando cuentan sus hazañas los dos compañeros; si de peleas hablan, puras victorias han sido; y si de negocios, pichinchas resultan todas las compras, y cada venta, una fortuna.

Lo que sí, un día que subía de punto el interés, al articular enfáticamente Olivares, que «al ver el peligro, ¡había salido como un rayo!» un gaucho, medio divertido, agregó: «por la puerta del fondo»; y no rectificó el narrador.

Puede ser que haya sido porque, justamente, en ese momento, discutía, elevando la voz, un oficial albañil, francés de nacionalidad, con un peoncito que le quería ayudar a transportar una escalera pesadísima.

«¡Oh! ¡Decate de ambromar!» le dijo el francés, hombre de poca estatura, pero de anchas espaldas y de aspecto nervioso, vestido de blusa azul y de pantalón ancho de corderoy.

Y, alzando sólo la escalera, la llevó, erguido, concentrando toda su energía en no aflojar más, bajo su peso, que si hubiera sido de pluma, para él.

Esfuerzo bárbaro, reventador, inútil y gratuito, pero debidamente compensado, para el buen francés que era, y que, como tal, no sospechaba que toda admiración encierra una levadurita de envidia y por consiguiente de odio, por el aplauso, criollamente pasivo y mudo, de los concurrentes.

Entre estos estaba Mr. Goldenclaw, medio ingeniero del ferrocarril, hombre fornido y fuerte, de pelo rubio como el sol y de cara colorada, que fumando tranquilamente en su pito de madera, apoyado de espaldas en el mostrador, y vaciando y volviendo a llenar su copa de whisky, consideraba con desdeñoso interés, el instructivo espectáculo de todo este latinaje, que se desgastaba en palabras vanas y gestos improductivos.

Él, no; gracias al irresistible poder de las libras esterlinas, sus atrevidas, frías y proficuas compatriotas, paulatinas conquistadoras de la Pampa y de todo lo que en ella se vende, almas y cosas, no tenía más que dirigir, descansado, y con sueldo gordo, los trabajos rudos hechos por esos mismos latinos, pobres, flacos, harapientos y bochincheros, que siempre tiran inútilmente la plata, o la amontonan sin usarla.

Impasible, pensaba, con razón, que pueden quedar callados ciertos orgullos, de tamaño suficiente para que todos los vean, sin que necesiten gritar: «¡Aquí estoy!»

Y parecía ser de la misma opinión, un alemán, vendedor, ambulante todavía, pero con aspiraciones a establecerse pronto, «te basdelidos y te una borción de odras gozas», que con su canasta del brazo, miraba con atención al inglés, pensando ya que también esto se puede imitar.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Cementerio de aldea


Cementerio de aldeaEditar

Entre los llantos desgarradores de la señora y de sus hijos, se colocó el modesto ataúd en un carro de trabajo, ingenuamente adornado con improvisados atavíos de luto, y la fúnebre comitiva emprendió, a trote y tranco, el viaje al pueblito, distante seis leguas de la estancia. Y la ondeante faja de aquellos treinta a cuarenta jinetes, más o menos enlutados, según su grado de parentesco con el finado, y su estado de fortuna, -pues no pueden todos comprar, así no más, un chiripá de paño negro, o una pechera de merino-, entristecía, al pasar, con su larga mancha de duelo, todo el horizonte primaveral de la Pampa verde.

Por mucho que viva, siempre tiene el hombre que dejar sin concluir algunas de las tareas que, en sus sueños siempre renacientes y siempre vanos, había creído poderse asignar; y, aunque el que vive cuidando rebaños, demasiado sepa que la muerte siempre anda a la par de la vida, también se había figurado don Gerónimo, ser tan indispensable en esta tierra, que, cuando, en sus momentos de reflexión, consentía en admitir la remota posibilidad de su propio fin, se preguntaba con terror lo que sería entonces de su estancia, de su cabaña, de su mujer y de sus hijos, acabando por rechazar la importuna suposición de que la muerte se pudiera atrever a faltarle de respeto.

Así había sucedido, sin embargo. Pero, al cruzar el acompañamiento por este mismo campo que le había pertenecido, ya se podía tranquilizar para el porvenir, su alma inquieta, al ver pacer, tan indiferentes, sus propias ovejas, gozando de la vida, saboreando el pasto tierno en la pradera sin fin, y disgustadas tan sólo por la molestia que les diera la comitiva, al removerlas, para poder pasar.

Es que la muerte no borra la vida, sino que sólo la enmienda, para que pueda perfeccionar su obra.

Pocas tumbas había en el pequeño y desnudo campo santo, término del fúnebre viaje, simple retacito de Pampa inculta, cercado por un tapial, con un portón de madera, pintado de negro, sin un árbol, sin una planta que corrigiese con una verde nota de vegetación vivaz, la tristeza de la muerte, el horror de la nada.

El sol requemaba y grietaba a sus anchas la tierra amarilla, esa tierra greda, pegajosa, del suelo removido de los cementerios, que húmeda, parece querer detener al transeúnte, y, seca, corre en torbellinos, de tumba en tumba, como para mezclar en polvo impalpable y hacer definitivamente impersonales las cenizas humanas.

Si pobres son las chozas de los primeros habitantes del pueblo nuevo, más pobre tiene que ser la morada de sus muertos: pero en este cementerio pampeano, donde se iban a depositar los restos del finado, a más de los siempre banales y siempre conmovedores epitafios que enternecen al visitante sobre las jóvenes esposas arrancadas en la flor de su vida feliz, o sobre la suerte de las blancas novias sacrificadas por el destino envidioso, o sobre la tumba de inocentes criaturas, víctimas prematuras de las irreparables torpezas de la muerte, otra cosa había, capaz de distraer, por un momento, la atención, hasta de los más devotos amigos de don Gerónimo.

Muy cerca de la misma tumba que le era destinada, bajo una sencilla cruz de madera, descansaban, juntados después de muchos años, los restos de las últimas víctimas de los indios, mártires olvidados de la civilización, defensores del pueblito, cuando, apenas naciente, había sido destruido por el salvaje. Se elevarán ahí, con el tiempo, cuando la aldea se haya vuelto ciudad, sepulcros pomposos, ridículo homenaje de la riqueza engreída a la vanidad necia, pero pocos merecerán ser honrados a la par de esa humilde cruz de palo.

Al lado, otra cruz: otros precursores del adelanto del pueblo, muertos también en la brecha. Tres eran: un inglés y dos italianos; el primero, ingeniero, los otros, peones, empleados todos en la construcción de la vía férrea, que hoy empieza a traer, cada día, al pueblo creciente, su paulatino aluvión de pobladores.

Y, al volver lentamente, con aire compungido, hacia la puerta del cementerio, para despedirse de los deudos del nuevo habitante que allí dejaban, los de la comitiva podían, de reojo, leer a ambos lados de la calle principal, en modestas cruces, o en lapidas toscamente esculpidas, con fechas cada vez más recientes, entre apellidos de consonancia bien criolla, o, por lo menos, ibérica, muchos otros, como ser: Huhuequil, Garibotti, Martini, Wilson, Baurin, Ibarturuá, Zimmermann; nombres que claramente indicaban que lo mismo que de la Pampa cristianizada, ciudadanos de los países más distintos y más lejanos, habían ya venido a traer a ese rinconcito, todavía ignorado, de la patria argentina, el grano de arena de su buena voluntad.

Seguramente, cada uno de estos muertos, durante su vida, había creído trabajar para sí; los más, con la esperanza de llevar a su patria la fortuna conquistada por su trabajo, en tierra extranjera, sin acordarse, que, quiera o no quiera, el hombre, aun el más egoísta, no trabaja más, al fin, que para aumentar la herencia común de la humanidad.

Estancieros y peones, negociantes y obreros, ingenieros y albañiles, ricos y pobres, todos duermen allí, al lado uno de otro, después de haber dado a la tierra argentina, en pago de su hospitalidad,-en menor grado quizás, los pocos que han dejado capital, que los mil anónimos que, toda su vida, sólo han conseguido, a duras penas, el pan cuotidiano-, lo mejor de su vida: el sudor de su frente, la fuerza de sus brazos, la habilidad de sus manos, los esfuerzos de su ingenio, las palpitaciones de su corazón; mezclándose la cosmopolita sangre europea con la de los hijos del suelo; injertándose, moral y físicamente, las razas del Viejo Mundo en el vigoroso y silvestre tronco de este país nuevo; elaborándose, con él y para él, una nacionalidad única en el mundo, amalgama de elementos tan diversos, que -según el soplo que lo vivifique-, todo se puede temer, y todo también se puede esperar, de este formidable amasijo, de misteriosa complicación, cuya intrincada incógnita sólo despejará el porvenir.


La libreta
de Godofredo Daireaux



La pulpería de don Juan Antonio Martínez, poéticamente denominada por su dueño: «La Nueva Esperanza», quizá en homenaje a anteriores descalabros, era la más acreditada de todas las casas de negocio brotadas a veinte leguas alrededor.

Muchos eran los bolicheros, y bastantes también los comerciantes de regular capital, que se habían gastado las uñas en la infecunda tarea de hacerle competencia. Don Juan Antonio, regordetón y risueño, hijo de las costas cantábricas, se reía de esos inútiles esfuerzos, conteniendo con admirable diplomacia a los clientes buenos que hubieran podido tener veleidades de saldar definitivamente sus cuentas, y dejando irse sin un gesto, a los clientes dudosos a quienes La Verde de Espinosa, o La Blanca; de Lissagaray, o La Colorada de Fulánez ofrecían libreta...

¡Tener libreta!, es decir, cuenta abierta en la casa de negocio; poder -sin dar un peso en efectivo, durante todo el año, de esquila a esquila- sacar de la casa todo lo necesario a la manutención de la familia y a la administración del rebaño: comestibles y maderas, vacios, ropa, calzado, remedios, muebles y utensilios, y el antisárnico para curar las ovejas, y las tijeras para esquilarlas, o las herramientas para mover la tierra, y los aperos y monturas, todo, en fin; y también, de cuando en cuando, poder girar contra la casa un valecito por algunos pesos: para sueldo de algún peón conchabado en un momento de apuro, o para algún viaje al pueblito y hasta platita para satisfacer los caprichos de la patrona, loca siempre por comprar al mercachifle, napolitano o turco ambulante, despreciado y odiado más que temido competidor de la casa establecida, algún cachivache de lata niquelada, o cinco metros de género estrambótico.

¡Si lo viniera a saber don Juan Antonio!... ¡Vaya!, venirle a pedir plata prestada para gastarla con mercachifles: capaz de cerrar la libreta y de dejarlos plantados; y, entonces, ¿cómo esquilamos? Pues, en tiempo de la esquila, la pulpería es el banco que adelanta dinero para todos los gastos.

¡No tengan ese cuidado! Don Juan Antonio Martínez, puede ser que se haga el enojado; pero no es tan tonto como para cerrar una libreta segura, en medio del año, cuando ya le deben mucho y que se viene acercando justamente la esquila; pues sería lindo que, por una nimiedad, permitiese que viniera otro a quedarse con el diente y con la lana, teniendo él, después, que correr detrás de su plata. No; él sabe que hay que dejarle soga al redomón, para que no corte, y que, si el nudo es bueno, la huasca fuerte y el poste seguro, no hay peligro.

Y el palenque de don Juan Antonio es seguro, pues es el de la necesidad. La soga es la libreta.


 


En el patio interior de la pulpería se ha parado un carrito; lo maneja el hijo mayor de misia Tomasa, buen muchacho, quien, hace poco, ha dejado sus estudios en la escuela del pueblito; ha aprendido a leer y ya puede escribir -orgullo de sus padres- unas cartas que, por lo claro, parecen una conversación por gestos. Algo se ha olvidado del lazo, pero pronto lo volverá a conocer.

Don Juan Antonio se precipita; a gritos, llama a los dependientes; pide un banco, un cajón, para que se bajen del carrito misia Tomasa, una señora muy gorda, y dos de sus hijas: Ceferina, en toda la flor de sus diez y siete años, cuyos morenos encantos no sufren de la ausencia de corsé, siéndoles, sí, fatales, el corte tosco del vestido de percal muy relavado, las medias mal estiradas en los botines a la crimea, enormes y sin lustrar, y el pañuelo de algodón floreado que le tapa toda la cabeza, dejando apenas pasar el relampagueo de sus ojos; y Concepción, una niña de trece años, pintona, como dicen entre dientes, allá en un rincón, dos viejos gauchos mirones.

Trabajoso, el desembarco de doña Tomasa, mientras los perros que han venido con ella, empeñan con los de la pulpería una conversación a rezongos y ladridos roncos, precursores de cercanas luchas.

Don Juan Antonio, con amable sonrisa, remite a misia Tomasa una libreta nueva, que lleva, para no desperdiciar nada, su propio precio en el primer renglón, y al haber, una bonita cantidad de pesos: sobrante del importe de la lana que compró él y ya realizó.

Y empieza el delicado trabajo de volver a atar suavemente la soga al bozal, sin hacer corcovear al cliente.

-¿A cómo me vende el azúcar? -pregunta, antes de todo, doña Tomasa, instalada en una silla, cerca del mostrador.

-Se lo pondremos a 0,45 el kilo, este año, señora. Hacemos este nuevo sacrificio para nuestros clientes.

Y aunque parezca mentira, es un sacrificio; pero, en trampa sin cebo, no se caza pajarito.

Y después de conquistada así la buena voluntad de doña Tomasa, hace bajar de los estantes los artículos que pide, y otros muchos que no necesita; le llena los ojos con el relumbrón de las piezas de percal y de los pañuelos de seda, la abomba con incesante palabreo, y le hace rebajas, y, galante, le regala un abanico japonés de diez centavos, y otro a Ceferina, y a Concepción un paquetito de caramelos, y apunta, apunta, apunta.

Ahora, cada dos o tres días, vendrá el muchacho, con las maletas, a buscar las mil cosas que, para comer y vestirse, necesita la familia.

El marido de doña Tomasa no dejará de venir, él también, de vez en cuando, a jugar un partido y convidar a los amigos; y en la duda de cuántas copas son, siempre se apuntan algunas más, y la libreta se va llenando de garabatos, de manchas sangrientas, y de sumas cada vez más abultadas.

Cada mes, es cierto, el carro de la pulpería pasa por el rancho, a alzar los cueros o la cerda, y también se apuntan en la libreta; pero don Juan Antonio apunta entonces lo menos posible; y como el muchacho, aunque diga, no revisa nada, los cueros resultan casi todos de epidemia o pelados.

De modo que la libreta tan bien se hincha que, por poco que pinte mal el año, le empieza a entrar recelo al mismo pulpero. El cliente, él, no se asusta por tan poca cosa.

Por su parte, los competidores ofrecen al esposo de doña Tomasa precios altos por la lana; y don Juan Antonio, para no perder un parroquiano que, al fin, no está todavía fundido del todo, y para asegurar su crédito, no vacila en comprarla a cualquier precio.

Queda, asimismo, una cola que sólo se podrá liquidar con la venta hipotética de novillos o capones que, quizás, engorden; y cuando, poco a poco, la libreta se haya comido, después de lo gordo, los animales al corte; después del rédito, el capital, entonces llegará el momento oportuno del ahorcamiento final; pues, siempre se debe degollar con tiempo la oveja moribunda, para que siquiera el cuero resulte un poco mejor.

Y al cliente arruinado que le venga a decir humildemente:

-¿Podremos seguir con la libretita, patrón? -contestará don Juan Antonio Martínez:

-Amigo, vea; ¿por qué no lo ve a Fulánez?

 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Funeraria
de Godofredo Daireaux



-¡Ave María! -gritó desde el palenque el muchacho; y antes que don Agustín hubiera tenido tiempo de espantar los perros y de invitarlo a apearse-: Don Agustín -le dijo-, manda decir mi tío si usted puede venir hasta casa, para hacer un cajón.

-¿Un cajón?, ¿para qué?

-Para el finado Patricio.

-¡Cómo!, ¿murió Patricio?

-¡Sí, señor!

-¿Y de qué?

-Lo mató Suárez.

-¡Hombre!, ¿y cómo fue la cosa? Bajate pues, hombre, y mientras me visto, me cuentas.

El caso era muy sencillo. Patricio era un mestizo inglés, compadrón y chocante como él solo, cuando estaba mamado, cosa que le sucedía, en término medio, cinco días por semana. En su calidad de compositor de los dos parejeros de la pulpería, era admitido detrás del mostrador, y ahí se daba mucho tono con los clientes, doctoreando de conocedor en caballos y de carrerista, sin admitir réplica.

Más de una vez, había suscitado camorras, y sacado el revólver o hecho relucir la cuchilla; pero no había pasado de compadradas de que nadie había hecho caso.

Este día, estaba entre la concurrencia un gauchito, bajo de estatura, delgado, casi lampiño, de ojos chiquitos; con una de estas caras que nadie piensa en mirar, que, instintivamente, se disimulan detrás de espaldas más altas, y cuya vista inspira al que, por casualidad, las ve, la misma repulsión que la de una víbora, con la misma intuición de destrucción necesaria, aunque sea con asco.

Se llamaba Suárez; era hijo de una vieja puestera del pago, mala, ella también, como la hiel, y todos le tenían... recelo, por lo menos.

Se armó lo de siempre, entre él y Patricio, y después de un cambio de palabras algo fuertes, saltó el inglés enfadado por encima del mostrador, rebenque en mano; pero antes que hubiera puesto el pie en el suelo, quedó tendido de espaldas en el mostrador, pataleando en medio de las copas volcadas, con una herida bárbara en el costado.

Suárez limpió el cuchillo en el umbral, y conservándolo en la mano, con la mirada circular, torva, humildemente desafiadora de la fiera acorralada, se retiró hasta el palenque, montó a caballo, y pronto se perdió en el pajonal, sin que nadie hiciera un gesto para detenerlo.

Cuando llegó don Agustín con el muchacho, el alcalde estaba allí, conversando con el dueño de la pulpería, cerca del catre donde descansaba el cadáver de Patricio.

Lo único que quedaba hacer era preparar todo para velarlo y llevarlo, el día siguiente, al pueblo -catorce leguas de caminos deshechos y pantanosos, donde se daría cuenta a la autoridad, se haría reconocer el cuerpo y se le daría sepultura.

Primero, se necesitaba un cajón. Don Agustín se puso a disposición del pulpero: no era, a decir la verdad, carpintero de oficio, pero tenía cierta afición y era bastante baqueano para enderezar a martillazos los clavos torcidos y enmohecidos que nunca faltan en una casa de negocio, serruchar medio derecho tablas de cajones vacíos y de barricas, y pegarlas juntas, sin ofenderse por demás los dedos.

Bien se hubiera podido -y algunos viejos habían emitido la indicación- envolver al difunto en un cuero de potro y llevarlo así, a la moda antigua, de cuando una tabla era un lujo, y que había que hacer seis leguas para pedir un serrucho prestado. Pero nadie los escuchó; ¿para qué?, si había de todo en la casa, y el pulpero indicó a don Agustín un montón de cajones vacíos, autorizándolo con una liberalidad que hacía honor a sus sentimientos de caridad cristiana, a tomar todo lo que necesitase.

Una hora después, apenas, de haberle don Agustín tomado medida de su último traje, se encontraba Patricio descansando en un féretro artísticamente trabajado; dando la casualidad que en el sitio de los pies, se pudiera leer: «Bitter de los Vascos», mientras se juntaba en la cabecera, un letrero de coñac con uno de ajenjo, y derramada en los costados y en todas partes, la lista completa de las bebidas con que suele ponerse alegre la gente de campo: vermouth francés y vermouth Cinzano, ginebra, Whisky, anís de Carabanchel, aguardiente de uva y algunas otras. Ningún honor fúnebre le podía haber sido rendido con más exquisito tacto al finado Patricio.

Lo velaron muchos vecinos, atraídos por la curiosidad y por las ganas de oír los detalles del suceso; fumaron una gran cantidad de cigarros, se tomaron bastantes copas; dicen que se arreglaron dos carreras para el domingo siguiente, y no hay duda que, si el dueño de casa lo hubiera permitido, hubiera sollozado la guitarra algún canto más o menos fúnebre.

Al amanecer, se ató un carrito con tres buenos caballos, se cargó en él el pintoresco ataúd, y se marcharon, en medio del silencio de la concurrencia, más atontada por una noche sin sueño que respetuosa de la muerte, don Agustín, sentado en el carro, y el viejo don Anselmo, a caballo, para cuartear, en caso de apuro.

Y en las brumas matutinas, fue extinguiéndose, poco a poco, el rumor vago, salpicado de notas claras, producido por el sonido de las ruedas en el eje, los tumbos del carro en los huecos de las huellas, el trote de los caballos en los charcos de agua y la conversación a gritos de los dos viajeros, con la cual trataban de contrarrestar la emoción involuntaria que les infundía la presencia algo solemne del mudo compañero, a pesar de la sobreexcitación causada por la agitación del viaje y por la copiosa mañana tomada antes de salir.

Ocho horas después, llegaban frente a la policía del pueblito, y bajaban ambos del carro; pues el viejo Anselmo, en las seis paradas que habían hecho, en los boliches del camino, para dar resuello a los caballos y contar el suceso, con amplios detalles, se habían tragado tantos anises con ginebra, que don Agustín, algo bastante punteado también, le había hecho atar el mancarrón a la par de un ladero y ofrecido un asiento en el carro.

Y cuando hubieron entregado al oficial de guardia el parte del alcalde, y recibido la orden de bajar el difunto, vieron, atónitos, que la puerta del carro, desprovista de sus clavijas, colgaba, avergonzada, de las bisagras, y que el muerto había desaparecido.

-¡Ahijuna!, ¡se nos fue! -exclamó Anselmo.

Pero don Agustín, que era hombre formal, lo hizo trepar otra vez en el carro, a su lado, y sobre la marcha, sin decir nada a nadie, agarró por donde habían venido, registrando cuidadosamente el camino recorrido, hasta que, a una legua, más o menos, del pueblito, encontró al pobre Patricio, que esperaba tranquilo, con el cajón boca abajo, en un charco, que lo viniesen a buscar.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Arreo


ArreoEditar

La hacienda comprada ha sido contada y entregada: corren ya por cuenta del comprador todos los riesgos y los gastos, y el capataz encargado de la tropa, conoce demasiado la responsabilidad que pesa sobre él, para no vigilar estrechamente los intereses que le han sido confiados.

En un grupo, cortado de un rodeo de cuatro mil vacas, ahí están las mil cabezas al corte, de ganado medio arisco, que tiene que llevar a setenta leguas de distancia.

La hacienda, -toros, novillos, vacas de todas edades, vaquillonas regordetas y terneros retozones-, está rodeada por los ocho hombres que constituyen su guardia; ya se formó la tropa en son de marcha, caminando despacio, en su orden definitivo.

Por delante, dos hombres arrean al trotecito, juntas todas, las tropillas de los peones y del capataz, en medio del alegre campanilleo de los cencerros que las madrinas llevan colgados en el pescuezo. Al frente del trozo de hacienda, tres jinetes la sujetan constantemente, para oponerse, desde un principio, a las veleidades que podría tener, de emprender una de estas disparadas locas, que pronto desparraman por el campo, en todas direcciones, puntitas de vacas que se precipitan, seguidas, a todo correr, por gauchos que gritan y alzan los ponchos, cansan los caballos, y acaban, muchas veces, por no poder sujetar nada.

Todos los esfuerzos de la gente se concretan en evitar ese desastre; y hasta que la hacienda no se haya alejado bastante de la querencia, en vez de apurarla de atrás, la sujetan, al contrario, por delante y en los costados, haciéndola caminar, como encerrada, entre sus guardianes atentos.

Al salir de la querencia, las vacas miran para el campo, donde adivinan a las compañeras. Una que otra se para, estira la cabeza, y deja oír un balido quejoso, como si supiera que es un adiós eterno al campo donde nació, a los hijos que ahí deja, a las compañeras que, a media legua, pacen, indiferentes.

«¡Fuera vaca!» y el rebenque rabioso y brutal de un peón la obliga a seguir camino.

Poco a poco, van desapareciendo los amagos de fuga: las cabezas aspudas no se acuerdan ya de mirar por atrás. Resignados, caminan los animales, y para que se olviden más pronto de la querencia, de cuando en cuando, los llevan al trotecito.

Y las astas suben y bajan, golpeándose unas con otras, las grandes de los novillos con las finitas de las vaquillonas, en un movimiento continuo de olitas cortas y pequeñas, como las que produce la marejada de un río; las pezuñas se chocan con un ruido seco, y las panzas vacías suenan, como trapos mojados agitados por el viento.

Los novillos y las vacas grandes, personas serias que quieren saber adónde las llevan, trotean por delante, como divisando, siempre sujetadas por los peones, mientras que por detrás vienen los animales de menos edad, siempre dispuestos a chacotear, trepándose uno encima de otro, sembrando el desorden entre las filas.

«¡Vaaaca!»


* * *


Pero ya la querencia ha quedado lejos; los animales, agitados, algo cansados, muy hambrientos, poco se acuerdan de ella, y el capataz, eligiendo un buen retazo de campo, con buena aguada, manda parar.

Rodeados siempre por los peones, los animales comen un buen rato, pero sin que los dejen extenderse; los hombres, ellos, no descansarán hasta más tarde, y sólo comerán, a la oración.

¡Fuera bueeey!... Se vuelve a emprender la marcha. Se estrecha otra vez el círculo, y la tropa sigue su camino. Dará trabajo para pasar en la manga de una tranquera. Hacienda, como es, mal educada, que poco sabe lo que son puertas, se abalanza, se echa atrás, remolinea, atropella los postes, se enrieda en los alambres; y llueven los rebencazos, y los gritos ensordecen, y los balidos les contestan; y las risas dominan, al ver una vaca enojada darse vuelta y perseguir al capataz, con las astas bajas. «¡Él es! ¡Él es!», gritan todos; y enceguecida, agachada, la vaca sigue, rápida, la media vuelta que de repente, dio el jinete, encontrándose sin saber cómo, súbitamente calmaba, con el hocico entre las colas de las compañeras.

-«¡Ah! ¡Mancarrón lindo! ¡Si tiene una boca como miel!»


* * *


El sol se apagó; en la noche serena y clara, los guardianes de la tropa, medio dormidos en sus caballos, llevan por delante los animales soñolientos.

Un silencio, lleno de ruidos misteriosos que lo turban sin quebrarlo, lo mismo que alumbra la luz vacilante de las estrellas, sin disipar la obscuridad, se extiende sobre el campo sombreado, mientras pasa lentamente el arreo, agregando su nota peculiar al concierto nocturno de la Pampa.

Los cencerros de la tropilla, el continuo cliqueteo de las pezuñas, un balido, un relinche, la crepitación de un fósforo, el grito lento de los peones: «¡Vaaca!» interrumpen, por un rato, el canto de las ranas o el gruñido sordo de la vizcacha, dando lugar al clamoreo vibrante del tero, a la protesta enojada, diez veces repetida, con tono agrio, de la lechuza quisquillosa.

-«La hacienda va bien; está sosegada. Mauricio, cántanos algo», dice el capataz.

Y el interpelado, sin hacerse rogar, echa al cielo, en un grito agudo, una lastimosa queja de su corazón dolorido, diluida en seis versos.

-«¡Pobrecito!» dice un compañero, medio riéndose, medio convencido; y el cantor sigue con otra copla que, lagrimeando, cuenta, el abandono de la traidora.

-«¡Adiós mi plata!» murmura el chusco. Y todos los peones, sin dejar sus puestos de guardia en el arreo, tienden el oído para no perder una palabra del canto.

Mauricio, ahora, con voz gangosa y ronca, le reprocha a la infiel su crueldad, y deja entrever en el último verso, la ira, naciendo ya del despecho.

-«¡Esa máula!» dijo uno, y alzando el rebenque: «¡Vaaaca!» gritó fuerte, mientras el cantor, con un trino como pito, apagado paulatinamente, en voz más sorda, concluía, enjugando sus lágrimas y afilando el facón, en versos ávidos de venganza y de sangre vertida.

-«¡Mirá con el tigre!» exclamó la voz.

-«Tomá un cigarro, Mauricio», dijo el capataz.

-«¡Está lindo!» aprobó otro.

Y el silencio se hizo más profundo.


* * *


Los peligros no faltarán, ni las fatigas, en la larga jornada de diez a doce días que tienen que hacer. Habrá días de sol ardiente y noches de lluvia fría, horas de tormenta, durante las cuales la ronda se hace a ciegas; horas que parecen años al capataz, hombre de vergüenza, que tiene el sentido de su responsabilidad.

Pero, también, al entregar la tropa sin que falte un animal, ¡qué satisfacción del amor propio, y que pronto se olvidarán las malas noches al raso, las privaciones y los sustos!



Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El tirador


El tiradorEditar

-«¡A ver, mozo! un tirador».

El mozo era un galleguito recién llegado, cuyo espíritu crítico no había tenido todavía tiempo de desarrollarse bastante para que pudiera hacer la diferencia entre un cliente y otro cliente, y ya que le pedían un tirador, y que los tiradores colgaban de las vigas del techo, agarró una caña larga, armada de un gancho en la punta, y empezó a descolgar y a depositar en el mostrador todos los tiradores de la casa.

Si hubiera echado primero una ojeada en el parroquiano, se habría dado cuenta de que éste no era más que un gaucho cualquiera, un peón, y que era inútil deslumbrar con semejante profusión de muestras a quien sólo era capaz de comprar un pobre tirador de carpincho, de los más baratos.

Tentador era, por cierto, el surtido: tiradores de toda laya, y de todos precios, anchos y angostos, con bolsillo para el revólver o sin él; con hebilla de acero o con ojales para botones de plata; de carpincho y de vaqueta, de imitación de cuero de cocodrilo, de tafilete y de gamuza; alguno; bordados con flores de todos colores, otros, con magnífico escudo patrio en perlas, que por poco lo hubiera hecho parecer al que lo llevara, todo un presidente de la República, y más, teniendo el mismo emblema en las botas acartonadas, con arrugas artificiales, último grito de la moda de entonces, en la Pampa: ¡y qué grito!

Claro es que, en este mundo, cada hombre necesita un tirador; para el gaucho andariego, es la caja de seguridad, donde conserva todo lo que posee de mayor precio: es el cinturón que detiene las puntas del chiripá y sirve de asiento al cuchillo; en sus tres o cuatro bolsillos, se resguarda el boleto de la marca, para evitar tropiezos en el camino, cuando se va de viaje, arreando la tropilla; y el boleto de la señal de las ovejas, con la papeleta de guardia nacional, el papel de pitar y los pesitos que, por casualidad, y por poco tiempo, hay que encerrar. La cartera los acompaña, con sus hojas grasientas y su lápiz, para pintar marcas de animales perdidos o apuntar algún dato.

Otras cosas habrá todavía, pues cada uno es dueño de sus bolsillos, ¿no es cierto?, y mientras algo quepa, le puede echar, no más, cualquiera cosa.

Hay tiradores especiales para los trabajos de a pie, con lazo; pues no es todo pialar un animal a enlazarlo; es preciso detenerlo hasta que lo volteen; para esto es el culero, delantal de cuero que cuelga de la parte posterior del tirador y permite hacer fuerza con todo el cuerpo, y apoyar en las piernas así garantidas, el lazo, antes que resbale en las manos, quemándolas, cruelmente, a veces. El que usa culero es gaucho guapo siempre, y fortacho; ¿de qué le serviría a un flojo? De parada, no más; pues, con culero o sin él, lo mismo se dejará arrastrar por el animal enlazado, hasta que lo suelte, esputándole ajos, porque se lleva el lazo.

Es el antípodo del tirador angosto, de gamuza, de hebillas de acero relucientes, cuyos bolsillos sólo pueden servir para guardar plata en billetes grandes, y que lleva el joven estanciero, cuando viene a pasar una temporada en el campo y trata de dar a su persona el aspecto pintoresco que requiere la situación: bombachas anchas y botas cortas, el sombrero gauchito lindamente puesto, y en la cintura, el revólver, discretamente amenazador y cuya boca sugestiva infunde respeto.

El ancho y sólido tirador de carpincho ciñe la musculosa cintura de los trabajadores, de los vascos ovejeros, de los que necesitan bolsillos grandes para amontonar los pesos, ganados de a uno, con el sudor de su frente. No es elegante, y se vuelve con el tiempo y el uso, mugriento y ajado, dejando bostezar los bolsillos cansados.

Es cierto que este mismo tirador sencillo, modesto y sin pretensión, suele, a veces, ensancharse en la opulenta panza de algún resero cargado de pesos, o en el talle elegante de algún gaucho compadre, en vena de prosperidad, con un lujo de adornos y de monedas de plata, capaz de tentar a algún pobre.

La hebilla, toda de plata, es la misma marca del envidiado dueño de tanta maravilla, y alrededor, resplandece todo un mosaico de monedas de todo tamaño y de toda procedencia: patacones españoles, de columnas, gastados, pero de buena ley, y piezas de cinco trancos, con la cara olvidada de Luis Felipe; dolares americanos, de águila y estrellas; piezas chilenas, con el cóndor, rapiñador hambriento, y bolivianos humildes, con la palmera achatada, mal acuñadas y de valor mermado; soles peruanos, algo borrados y águilas mejicanas, tragándose víboras.

El tirador de flores bordadas sienta a la juventud amorosa, y sucede que la bordadora, en un arrebato de imaginación, -quizás era joven también, y soñaba de besos dados y devueltos-, ha pintado dos corazones unidos, atravesados por una flecha.

¡Bendito sea Dios! ¡Y también le hizo bolsillos! ¿Para qué, si su dueño todavía no posee más que su bigote naciente y su buena figura? ¿O sólo será para alojar, lo que en todas partes cabe, alguna risueña esperanza?

El viejo Zuviría, él, ya no tiene esperanza que alojar, ni tirador para ello; hace años que nunca se ha juntado con bastante plata para no poder chupársela toda, y nunca le ha quedado para comprar tirador. Se contenta con una faja; no la faja ancha y larga, de lana azul o colorada, en la cual algunos extranjeros suelen envolverse tres o cuatro veces el cuerpo, sino una pobre, miserable fajita, angosta, de algodón, descolorida y sucia, torcida por el uso como el hilo de acarreto, y que cuelga desatada, cuando está mamado, haciendo acordar, a pesar de la gran flacura de su dueño: que al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Feudalismo


FeudalismoEditar

Por calzadas anchas, de declive suave, baja del castillo feudal, cuya masa sombría de torres altas y macizas se diseña en la cima del cerro, la brillante comitiva del señor y dueño de las diez cuadradas de campos cultivados, bosques y llanuras, que rodean la soberbia mansión.

En caballos magníficos, suntuosamente enjaezados, desfilan, caracoleando, los caballos y gentilhombres, cubiertos de ricas armaduras o de túnicas de seda, con su numeroso séquito de palafreneros, escuderos y pajes, en el derroche chillón de los mil colores de sus trajes llamativos.

Las trompas suenan, los galgos, heráldicos, ladran impacientes; gallardetes y banderas flamean al viento matutino, con chasquidos alegres. El pueblo aclama a su señor, y desde las gradas de piedra de la escalera monumental, saludan, en gestos elegantes, las nobles damas, regiamente ataviadas, con sus vestidos de brocatela y sus birretes altos, envueltos en una nube de gasa. Los ojos están de fiesta.

Vasallo de algún rey, pero tan rey, en su tierra, como el rey en su reino, el señor, ocupado sólo en cazar o guerrear, aprovecha, de padre en hijo, la riqueza creada en sus dominios, por el trabajo de generaciones de paisanos, atados al suelo también, de padre en hijo; y seguirán haciendo lo mismo los hijos del señor como los hijos del paisano.

Así lo permite el régimen feudal de la Edad Media, y diez leguas cuadradas de campos cultivados, de bosques y llanuras, inagotable fuente de recursos, bastan para costear la guerra o embellecer la paz, al señor feudal europeo de hace dos mil años...

Diez leguas cuadradas de campo pelado, sin población, cultivo, ni bosques, simple tajada de desierto crudo, rodean el rancho de barro y paja, castillo del señor moderno, en el dominio pampeano.

Montado en un mancarrón overo, modestamente aperado, sale del palenque de la estancia, para el campo, a parar rodeo o a repuntar la hacienda, el señor, con su séquito. Con el lazo en el anca, lo acompañan los peones, capataces y puesteros, luciendo sus sombreros sucios y sus boinas descoloridas; los corceles llevan recados más o menos descompaginados, y el único objeto de lujo que, en el desfile, pueda llamar la atención, es la tricota nueva, de lana, que, por primera vez, endosó hoy el patrón; y este anda al tranquito, prendiendo el cigarrillo, rodeado de una perrada que parece bandada de lobos. Pasa cerca de una hilera de calzoncillos y camisas, recién lavados, que flamean al viento matutino, hinchándose y deshinchándose, en medio de chasquidos húmedos y sin alegría: y la dama, su esposa, ocupada en aumentar el número de banderas y gallardetes, un pañuelo atado en la cabeza, el vestido de percal arremangado, lo saluda a la pasada:

-«¡Ché! José; no te olvides que el almuerzo es a las doce».

Y don José López y González, señor y dueño de las diez leguas cuadradas de campo pelado, sin población, cultivo ni bosques, que rodean su rancho de barro y paja, azota al caballo para irse ajuntar con su gente, y apurar el trabajo, deseoso de hacerle el gusto a la señora, con quien comparte el odio que, cocinera puntual, le tiene al puchero recocido y al asado reseco...

En los vastos dominios de don José, pacen, a millares, ovejas y vacas; humildes y sumisos vasallos que trabajan y producen, de generación en generación, para enriquecer al amo y permitirle cambiar su rancho por una casa decente y su tricota por traje de saco.

Y don José López y González, campesino español inmigrado, enriquecido en la cría de ovejas, sin haber visto jamás en los libros, como trataban en el año mil, al rebaño de sus siervos, los señores feudales, perfectamente sabe exprimir, con su mano de plebeyo, corta, vigorosa y repleta, el jugo del trabajo ajeno, sin proporcionar a sus inferiores estrujados, arrendatarios, peones y puesteros, la protección que, siquiera, los de antaño daban a sus vasallos.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El cuchillo y la guitarra


El cuchillo y la guitarraEditar

Serio como una lechuza, muy tieso en su camisita, y descalzo, Román caminaba en el patio lentamente, y con un aire de importancia que contrastaba con su alegre modo de ser habitual y con su talla de criatura de tres años escasos. Es que en cada una de sus manos, cruzadas por detrás, tenía, bien agarrada, una cuchilla de veinte a veinte y cinco centímetros de largo, aguda y cortante. Las había encontrado encima del banco de la cocina, y parecía concentrar el pensamiento de su cabecita rubia en lo que iba a hacer con ellas.

Cuando la madre lo vio, echó un grito de terror. Extranjera, no se había acostumbrado todavía a ver cuchillos en manos de criaturas, ignorando que si bien en Europa, los niños se contentan con armas de fuego que sólo hacen ruido, ningún criollito consentiría en manejar un cuchillo de lata.

Boleadoras de carne, pasa; lazo de hilo de acarreto, todavía está bueno, por un tiempo; pero el cuchillo no admite ser juguete, y llevar un cuchillo que ni pincha, ni corta, ¿para qué?, más bien no llevar ninguno, lo que, de veras, por otra parte, a nadie se le puede ocurrir.

¿No evoca la sola palabra «gaucho» la idea de cuchillo? ¿Y cuando puede haber gaucho sin cuchillo? Este es el amigo fiel, el útil y valiente compañero, siempre listo para el trabajo, siempre listo para la pelea.

Modesto, sencillo, con su cabo de madera y su hoja tosca, de buena gana se presta a las humildes tareas domésticas y ayuda en todos los trabajos de campo. Con él, el gaucho, lo mismo cortará una huasca, emparejará los vasos de su caballo, partirá la carne, se escarbará las uñas y también los dientes, como degollará un animal y lo desollará, o podará una planta, hará las tarjas del recuento, sangrará su caballo y lo tuzará; de un tajo, partirá la jugosa sandía, y la punta del cuchillo será el tenedor; con el cuchillo, se señala los animales y se pica el tabaco, y también se corta los mazos de paja para techar la choza. Es el gran obrero, cuando, como moscas, mueren los animales y que hay que cuerear; y el salvador, a veces, en los trabajos del rodeo, cuando un lazo enredado y tirante pone en peligro alguna vida.

Y también sabe relumbrar, punzante como lengua de víbora, cuando sale, rabiosamente amenazador, de su pacífica y grasienta vaina de cuero.

¡Cuidado con él, entonces!

Cuando la mano estremecida pasa, rápida, por detrás, y lo busca en la cintura, ¡cuidado!, que los tajos vuelan y son ligeros; y tardíos para sanar, pues el cuchillo del gaucho es vaqueano y no yerra.

Y no son tajos pequeños; no se contenta con pinchar: corta, desgarra, se hunde. El cuchillo del gaucho, cuando se vuelve arma, mata sin piedad, grosero como herramienta enfurecida que es, ignorante de los aristocráticos escrúpulos de la esgrima.

El gaucho que lleva en la cintura el facón, ridícula espada demasiado corta, falsificación ruin del cuchillo convertido en odioso puñal, parece llevar consigo patente de matador y de guapo: nunca pasa, en realidad, de un cobarde, que sólo se atrevería a desafiar a los que tuvieran hojas más pequeñas, tratando por su oportuna actitud de parada, de asustar peligros que no sería capaz de afrontar.

Por lo largo del cuchillo no se mide el coraje.

Así mismo, para trabajar a gusto, tampoco tiene que ser el cuchillo de los más chicos, y el gaucho desprecia el cuchillo de bolsillo; no le parece valer la piedra que se gasta en afilarlo; y también se ríe del cuchillo que, por moda, el extranjero lleva en la cintura, sin haberlo nunca afilado bien, y cuyas hazañas nunca requerirán, para ser celebradas, que se temple la guitarra.

¡La guitarra!, símbolo del arte en la Pampa; síntesis de su música y de su poesía: música triste como el viento que gime, de noche, en la paja de los techos, y a la cual no consigue alegrar, aun cuando lo quiera, el canto del gaucho. Las mismas notas altas del instrumento lloran más de lo que cantan, y cuando el payador, cansado de conmover a sus oyentes por la lúgubre narración de proezas sanguinarias o por quejas gangosamente agudas, sobre la desgracia de su infeliz madre y la infidelidad de su amante, se quiere empeñar en ponerse risueño, y que, sordamente, entona: «Soy el gaucho alegre...» casi se hacen invencibles las ganas que dio de llorar.

Así mismo, la guitarra es de todas las fiestas, como el cuchillo de todos los trabajos. No se concibe una reunión de gauchos sin que, en algún rincón, bordonee una guitarra; y el canto, y el baile, al compás de ese zumbido, a la vez brincoteador y melancólico, personifican a las mil maravillas la alegría tan poco expansiva y tan poco sonriente, peculiar del hijo de la Pampa.

No solamente en las reuniones, desempeña el papel principal la guitarra, sino que bien miserable sería el rancho que no la tuviera, colgada en la pared, para, en los días de ocio, apurar con ella el vuelo de las horas, o, de noche, confiar a las estrellas, quebrando el silencio majestuoso de la llanura, las alegrías y las penas que puede contener un corazón de solitario.


* * *


Ese día, se encontraron ambos en la pulpería, y maliciosamente, los presentes, acordándose que un viejo rencor los distanciaba, les pidieron, -pues cantaban con primor-, que echaran unas coplas.

Poco se hicieron rogar, templaron las guitarras, sin rechazar las copas ofrecidas, y empezó el canto. Llenos, primero, los versos, de saludos amables y de alabanzas excesivas, pronto resbalaron en alusiones irritantes, contestadas con enojo contenido, en ese lenguaje pintoresco que para el que lo entiende, hace más hirientes las agudezas; hasta que subiendo de tono, se cruzaron desafíos insultantes...

En medio del tumulto, de repente hubo un grito ronco, ahogado por la sangre, como el «cruach» del carnero, cuando lo degüellan; y mientras que en un chiripá se enjugaba el cuchillo homicida, el cantor, con un anatema supremo a la madre que lo crió, cayó derrumbado, en la guitarra destrozada.

«Ceci a tué cela».


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Carne ajena


Carne ajenaEditar

-«Señor, venía a ver si Vd. me podría dar licencia para hacer un ranchito en el fondo de su campo, allá, en la orilla del cañadón. No lo estorbaría en nada, señor, pues, fuera de unas lecheritas, no tengo hacienda ninguna.

-Mire, amigo Montoya; no puedo, porque como Vd. tiene mucha familia y poca hacienda, siempre estaría yo con la pesadilla de que carnea de la mía, y viviría intranquilo. Es mejor que busque su comodidad en otra parte».

Y Montoya se fue, medio pasmado de tamaña verdad, expresada con tanta frescura.


* * *


«¡Oh! ¡Señor!, denos hoy nuestra carne cotidiana».

El pan es todavía un artículo de lujo en muchas partes de la Pampa; la misma galleta tiene que ser excluida de muchos hogares; y pedir a Dios el pan cotidiano sería, de parte del gaucho, casi tan osado, como para los pobres de las ciudades, pedirle manteca. Pero algo tiene que comer; lo que gana en changuitas se va en vicios: yerba, tabaco y otras cositas, y aunque tuviera pesos de sobra, no le vendría seguramente la idea de ir a comprar carne. ¿Ir a pedirla en la vecindad?, esto está bueno una vez por casualidad; y por lo que es de carnear de los cincuenta guachos que forman su majada, o de las diez lecheras que componen su rodeo, ni pensarlo.

Pero estos pocos animalitos son la pantalla bendita que tapa los misterios de la milagrosa multiplicación de la carne gorda, siempre colgada de la cumbrera del rancho. Quien tiene ovejas, bien puede carnear un capón para su consumo; y no puede extrañar nadie que, teniendo vacas, mate una, de vez en cuando, para comer a su gusto y mandar a los amigos un cuarto o un costillar. El hombre tiene su marca bien registrada, y el boleto de señal de sus ovejas; ¿por qué no tendría, como cualquier otro hacendado, cueros para vender... y para cortar?

Lo único, quizás, que podría parecer extraño, es que, con tan poco capital, no sólo viva bien una familia tan numerosa, sino que también aumente el rebaño, a pesar de la gran cantidad de cueros vendidos al pulpero y acreditados en la libreta.

¿Será que como la familia es numerosa, y que todos sus miembros, grandes y chicos, no se ocupan más que en cuidar sus haberes, la hacienda tiene que prosperar a la fuerza, mucho más que la del estanciero vecino, que hace cuidar la suya por peones a sueldo? No hay duda que así sea; y ¡qué diferencia en todo! El estanciero, por economía, come puras ovejas y vacas viejas, muchas veces no muy gordas; mientras que el que le dije siempre carnea gordo. ¡Lo que es, amigo, el trabajo personal!


* * *


La carne va tomando valor, con el incremento de la exportación; pero todavía es, y por algún tiempo, será, para el paisano, a la vez que el alimento primordial, un objeto de liberal desperdicio: ¿y no se dejaba antes podrir en el campo, las osamentas a millares, cuando se trataba sólo de recoger cueros?

Lo que abunda no vale, y el gaucho hambriento muy bien volteará una res por el solo placer de llevar para su casa un matambre, echando a perder un valor -ajeno es cierto- de treinta o cuarenta pesos, para conseguir un bocado que no vale ni cuarenta centavos, y que le hubieran regalado, si lo hubiera querido pedir.

¡Ah!, pero es que el atractivo de la carne ajena es atávico en la Pampa. El pobre que carnea ajeno para evitar el hambre, merece, por cierto, indulgencia, cuando no se vuelve por demás dañino y no mata por matar, como el puma; pero, ¿qué diremos del hacendado rico que no puede ver un animal ajeno en su rodeo o en su majada, sin que le venga el agua a la boca; para quien es amarga la carne de las vacas de su marca y sabrosa la del vecino?

Y no es una excepción; la excepción está del otro lado; es cosa corriente, en los campos de afuera, por lo menos; y, entre vecinos, hasta objeto de espirituales chanzas:

-«¡Qué rica, amigo, la carne de la marca del candelero!

-No tan rica como la de la llave; ¡jugosa la vaquillona colorada que carneamos, el otro día!

-¿De veras? ¡Caramba!, me hubieran convidado.

-¡Qué esperanza!, no ve que esa carne no le hubiera sentado, por la poca costumbre que tiene de comer de ella!»

Y como lo ajeno poco cuesta, se tira la carne, se malgasta el cuero, se desperdician bienes materiales, y se perpetúa la desmoralización.

Si Dios hubiera ubicado en la Pampa el paraíso terrestre, el Espíritu del mal, no encontrando manzana para tentar al hombre, se hubiera contentado con deslizar en la majada de Adán, una borrega gorda de la señal del Señor, o en su rodeo, una vaquillona apetitosa de la hacienda celeste. El éxito hubiera sido seguro, aun sin necesitar a Eva para nada.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Noches pampeanas


Noches pampeanasEditar

Estar acurrucado en la blandura espesa de las pilchas del recado, cuidadosamente colocadas unas encima de otras, en un rincón abrigado de la cocina caliente, bien tapado con toda la ropa de abrigo que uno pueda tener, ponchos, mantas y chiripás de paño, y, antes de cerrar los ojos y de dejarse resbalar al sueño completo, fumar un cigarro, oyendo llover, esto es sencillamente la suma de la felicidad.

Así, por lo menos, pensaba Mauricio, cierta noche de temporal, que asentado en su caballo, con paciencia, hacía frente al agua fría que le azotaba la cara, entrándole, a pesar de lo que podía hacer para evitarlo, un poco por todas partes. Y tenía que hacerle frente no más, al agua fría, pues, de otro modo, ella hubiera arreado quién sabe hasta dónde, la hacienda que se iba conduciendo para los corrales de abasto de la ciudad.

Poder fumar un cigarro, siquiera, hubiera sido un consuelo en ese fastidioso trance, pero prender un fósforo, con hacienda tan arisca, era dar la señal de una disparada que nadie hubiera sido capaz de atajar. No, por cierto, no se puede, que de sólo pensarlo, quién sabes si no se asusta la hacienda.

Realmente, estar acurrucado en las blandas pilchas del recado, en un rincón abrigado de la cocina caliente, bien tapado, fumando, y oyendo llover, es la suma de la felicidad en este mundo.


* * *


Las ovejas encerradas en el corral, mojadas hasta los huesos, paradas en el barro, con el vellón empapado, no aspiran, ellas, a dormir a galpón, como los carneros finos y sus esposas elegidas, pero no dejan de pensar que también en la vida de los animales, hay ciertas desigualdades por demás abusivas. Y mientras así cavilan, su amo también duerme mal, aunque él esté muy si señor en su cama, pues calcula que si dura esta lluvia, se le va a llenar de agua el campo, y no deja de ser una broma que nunca pueda llover con moderación, y sólo cuando se necesita. Y así son las cosas, en este mundo; lo que a uno, un día, lo llena de gozo, otra vez, lo perjudica.¡Paciencia! Y dejar llover.

Y también dejar que hiele. ¡Son largas, las noches de invierno! Caído el viento, a la oración, prendidas las estrellas en el firmamento, todavía no se siente mucho el frío, pero desde ya, lo envuelve a uno la sensación penetrante de que va a caer una helada recia; y todo el que puede busca el rinconcito donde encontrará calor y reparo. No todos lo pueden, y el mancarrón atado al palenque, sin abrigo de ninguna clase, tiene que ser dotado de buena fuerza de resistencia para soportar, inmóvil, sin morir, el frío siempre creciente de la inacabable noche. Eriza el pelo, encoge el pescuezo y sufre.

En las noches de helada, a pesar de la gloriosa claridad de las estrellas que refulgen intensamente, en la transparencia del aire límpido, pocas ganas tienen de moverse, y quedan en sus cuevas o entre las pajas, todos los bichos y las aves de la Pampa.

El hambre los obligará, a veces, a salir del escondite, pero sólo por un momento, pues lo que más quieren es calor. Puede ser que salga a merodear algún cuatrero o algún bicho dañino, pero seguramente no se arriesgará ningún enamorado.

Y a medida que se aproxima la hora de los primeros rayos del sol, el frío se hace más cruel. Apenas aclara, se pone de pie el hombre, entumecido; pues ni la pobre cama del gaucho, ni su pobre vivienda alcanzan a mitigar la temperatura terrible de la mañana, y tapado lo mejor que puede, a veces bien poco y miserablemente, la cabeza envuelta en pañuelos, tiene que zapatear fuerte y tomar mucho mate para restablecer la circulación de su sangre helada. Poco mérito tiene en madrugar.

Todo blanquea afuera. Los techos parecen de plata pulida; la tierra, el pasto, el lomo de los animales, todo está cubierto de una capa blanca que hace centellear el sol. Los rebaños quedan encerrados hasta que se derrita la escarcha; pues, con su pisoteo, echarían a perder el pasto, hecho quebradizo por la helada.

Por fin, resplandece el astro del día; renace el calor, y el pasto reverdece; alivio de pocas horas; ¡Son tan cortos los días del invierno!

Y pasarán todavía muchos días cortos y muchas noches largas y glaciales, antes que vuelva la primavera a lustrar el pelo de los animales, a forrar con carnes nuevas sus cuerpos enflaquecidos, a darles las ganas y la fuerza de vivir, a hacer hervir en su sangre los deseos de la generación.

Pero entonces, en la serenidad calurosa de las noches cortas del verano, se llenará la Pampa de mil ruidos, discretos hasta el misterio, murmullo de la llanura desierta, ávida de ver nacer, de su prolíficoseno, seres innumerables; sin elegir, en su ansiedad, dejando, lo mismo, pulular las alimañas nocivas, como la hacienda fecunda; el yuyo venenoso, como el grano de trigo; contenta con sólo oír el divino concierto de voces que tan hermosamente cantan,-en medio de la luz plateada de las estrellas y del calor de la tierra arrancada de su letargo-, el espléndido poema del amor victorioso y de la vida renaciente.


Cosas de antaño
de Godofredo Daireaux



¿De antaño?... no tan viejas: apenas treinta años. ¡Pero Chivilcoy -y todo, en la República Argentina- ha cambiado y crecido tan rápidamente! A más, en la vida de un hombre -y aunque le parezca poco, cuando mira por atrás-, treinta años es un tirón; y de antaño, pues, bien le podemos decir al Chivilcoy de entonces, pobre pueblito de cuatro calles mal pobladas.

Pueblo glorioso ya, sin embargo, no por haber visto, como tantos otros, su suelo regado por la sangre derramada en alguna batalla célebre, sino por haber inspirado palabras entusiastas y proféticas a Sarmiento, quien, en los campos de oro del trigo colonizador, acariciados por el pampero asombrado, veía, con razón, la más poderosa barrera contra las incursiones del salvaje.

En aquellos días fue, nos contaba el viejo Simeón Montes, cuando conoció él a Carpio Caro. Era todo un tipo lindo: hombre alto y fuerte, hábil en todas las faenas del campo, luciendo siempre ricas prendas de plata; un gaucho elegante, hermoso y simpático. Cuando en Chivilcoy se empezó a sembrar trigo, se empleó en la trilla, con su hijo mayor, y las yeguas que tenía: eran pocas, una manada o dos, que cuidaba en un puesto donde vivía con la familia. De año en año, aumentando la producción, Carpio Caro aumentó también el número de sus animales y llegó a tener dos mil yeguas, y a ganarse ampliamente la vida.

Pero tanta yeguada ya necesitaba mucha extensión, y no la podía tener en el puesto, pues se tupía mucho la población, allí; por suerte, el campo era lo que menos faltaba, y pastoreaba su inmensa manada en plena Pampa desierta, llevándola, con toda osadía, hasta donde merodeaban continuamente los indios. A éstos no les tenía miedo; era amigo de ellos, casi compañero; hablaba su idioma, les prestaba servicios; más de una vez, les habla servido de lenguaraz, y por sus buenos oficios, había desviado malones a punto de largarse, haciendo dar oportunamente a los indios dos o tres centenares de vacas por los hacendados más expuestos. Nunca tampoco les negaba algunas yeguas, cuando los apuraba el hambre, y todos lo respetaban, llamándolo con sinceridad: «cristiano amigo».

Terminada la trilla, se llevaba despacio las yeguas, cansadas y enflaquecidas, hasta cien leguas y más, en pequeñas jornadas, haciéndoles desflorar los pastos otoñales de la Pampa. Se internaba, hasta llegar donde, hoy, se juntan, en un punto común, rebosando de vida, las tres provincias de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, en la llanura más llana con que se pueda soñar. ¡Qué triste, entonces, y qué solitaria debía de ser!, únicamente animada, a veces, por la disparada rápida de los pocos avestruces, venados y baguales que en ella se buscaban la vida, asustados por algún movimiento inusitado. Allí pasaba el invierno, en una cueva cavada en cualquier parte, esperando que la primavera volviese a hacer engordar las yeguas y a devolverles las fuerzas necesarias para emprender de nuevo el trabajo anual de la trilla del trigo.

Nunca faltaba; y los agricultores de Chivilcoy, una vez sus trigos emparvados, lo esperaban con la misma confianza con que habían esperado el verano y la siega.

Un año, pasaron los días, pasaron los meses, sin que apareciera en el horizonte, creciendo con rapidez, al acercarse galopando, el gran arreo de las yeguas de Carpio Caro. Los colonos tuvieron que ocupar a otros trilladores, y, mal que mal, se hizo el trabajo; pero muchos se perjudicaron por la demora, y, el año siguiente, empezaron a traer algunas trilladoras a vapor.

De Carpio Caro, de su ausencia, de su desaparición, durante algún tiempo, se habló, por supuesto. La familia trató de conseguir noticias, pero todo fue en vano, y ni de él, ni de su hijo, ni de sus dos mil yeguas se volvió a saber nada; hasta que todo cayó en el silencio, en el olvido.

Ocho años después, se empezaron a poblar los campos extensos y desiertos, desalojados ya definitivamente por los indios, y el dueño de un gran retazo de Pampa, al recorrerlo, encontró, por casualidad, cerca de una laguna grande, dos esqueletos humanos, cubiertos todavía de ciertas prendas de plata, que hicieron conocer estos restos por los de Carpio Caro y de su hijo.

¿Cómo habían muerto? Nunca se supo. Crimen, no fue: no los habían despojado; algún descuido, quizá; los caballos que disparan y desaparecen; ¿o alguna fiera?, puede ser; ¿la viruela?, ¿un rayo? No se sabe, ni se ha sabido nunca, ni se sabrá jamás. ¡Hay tantos medios de morir!


 


Y Simeón Monte, con la vista fija, como si mirase en el pasado todo lo que había visto desaparecer, agregó:

-Habría quizá comprendido que ya era tiempo que cediesen el paso las yeguas a las trilladoras, lo mismo que había hecho la hoz a la segadora.

¿Y no tuvimos que hacer lo mismo, nosotros, dijo, cuando se extendió el ferrocarril, con nuestras inacabables tropas de treinta y cuarenta carretas tucumanas, que iban en fila, tiradas, cada una, por ocho, diez, veinte bueyes, haciendo rechinar sobre sus ejes las toscas ruedas de madera maciza, formando el cuadro, en las paradas, para rechazar los ataques de los indios?

¿Y con nuestras arrias de centenares de mulas, que bajaban de San Juan y Mendoza, cargadas de lanas y de semilla de alfalfa, para volver, meses después, con mercaderías de todas clases?

Nos contó también, el viejo Simeón, los sustos que, cuando tropero, había pasado, y las pérdidas sufridas, cuando, para salvarse de los indios, no había más remedio que de arrear, disparando, las mulas desnudas, dejando tirada toda la carga.

Entre sus historias, hubo una, bastante enredada, de cierta sorpresa y del consiguiente pánico, que tuvo por teatro la travesía de La Carlota a San Luis, en la cual, una tropa, según él, abandonó, para huir, su carga de artículos de almacén y de botica, llegando después otra, que cargó con los restos del saqueo. Nunca pudimos aclarar muy bien qué tropa conducía don Simeón; si la que fue pillada o la que recogió el botín; prefería, al parecer, esquivar las preguntas al respecto; ignoraba los detalles; no sabía si los indios habían sido de la gente de tal o cual cacique, o si sólo, gauchos malos; pero sus ojitos de zorro viejo brillaban tanto que quedaba uno pensando, al oírlo, que el desierto debió de conocer y guardar para sí, curiosas y tremendas historias, a veces.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El arado


El aradoEditar

Antes de que el sol ardiente de Enero asome en el horizonte su faz de fuego, a las cuatro de la mañana, cuando todavía puede uno creer que dura la primavera, al sentirse rozar la cara por el fresco hálito del alba, los arados de don Giuseppe ya rajan la tierra virgen de la Pampa. A cierta distancia del rancho, en medio de los confusos rumores del despertar de la naturaleza, retumban gritos enérgicos, llamadas imperativas, nombres raros, como apodos de esclavos, incesantemente atropellados por un amo gritón y exigente.

Pero la voz es juvenil, los nombres son de benévola sonoridad, y los gritos, no parece que sean de enojo:

«¡Machete! ¡Zarco! ¡Pepito!» Detrás del arado, caminan, apurados, los hijos de don Giuseppe, la picana en la mano, tropezando entre los terrones, manejando como hombres vigorosos, muchachos que son, de doce y trece años, ocho bueyes, cada uno, y trazando, cada uno, su doble surco de cinco cuadras de largo, obligando a la tierra ignorante a pasar del pasto puna al trigo.

-«¡Remolón! ¡Azucena!» y mientras que, entre risas, por el nombre tan florido que ha dado el muchacho a un buey, vuela una bandada de mixtos locos, la picana tanto cae en Azucena como en Remolón. Es que hay que andar ligero: hay que aprovechar la madrugada, pues apenas salido el sol, se pone insufrible, y lo que por la mañana no se haga, menos se hará por la tarde.

-«¡Indio! ¡Palomo!», y en el pelaje blanco del Palomo, asoma una manchita colorada; mientras el Indio se encoje y pega un tirón, como si quisiera llevarse todo por delante, para remediar quizás, en lo que pueda, la torpeza secular de los gobiernos tacaños, que con mezquinar, en su criminal avaricia, la tierra al agricultor, han demorado tanto la conquista del desierto y el progreso del país; ¡necios! ¡como si valiese algo la tierra sin el arado, la herramienta sin el obrero!

- «¡Casero!» grita el muchacho, y cimbra la pica.

Casero, sí, será el labrador, dueño del retacito de suelo patrio que cultiva con sus manos y que con su sudor riega. El pastor vive solo, errante, con su rebaño; recorre la llanura; dispara del peligro; no le puede hacer frente; el labrador, lo mismo que el árbol que plantó, echa raíces y queda firme; el cultivo de la tierra agrupa a los hombres, y resisten, formando, para defender lo que es suyo, la muralla de pechos humanos, ¡que sólo hace invencible a la patria!

-«¡Chingolo! ¡Porteño!» y llueven los puntazos. La tierra es dura; opone al arado vencedor la resistencia de las mil raíces enmarañadas en su seno, desde las edades remotas en que ha podido germinar en ella la semilla llevada por el viento o traída por el pájaro. Resiste -y los mismos chingolos, santafecinos, cordobeses o porteños, si no fuera más que por ella, nunca habrían sabido lo que es un granó de trigo. Pero tiene que ceder al arado.

-«¡Ginebra! ¡Gaucho! ¡Haragán!» gritan los muchachos, picaneando; y da la casualidad que justamente, en este momento, pasan frente a la casa, en cuyo umbral, sentado descansadamente, un gaucho andariego, sin trabajo y sin ganas de hallarlo, está por echarse un trago al buche; y, medio sorprendido, endereza el porrón y mira, frunciendo las cejas, a don Giuseppe, su huésped, que sonriente, y sin dejar la herramienta que está afilando, le dice.

-«¿Qué le parece, amigo, esos bueyes?»

-¡Lindos!, contesta el gaucho, y empina largamente el frasco, murmurando no se sabe bien que fórmula de... agradecimiento.

Ya pasaron los dos arados, con su larga fila de diez y seis bueyes, dejando abierto al calor del sol naciente el ancho surco que humea; y se va achicando, a lo lejos, el grupo compacto, donde relampaguea, a ratos, el acero gastado de las rejas.

Apenas ya se oyen los gritos a los bueyes:

«¡Mestizo! ¡Guapo! ¡Bandera!» Claro: no podían faltar esos nombres en la boyada de don Giuseppe, casado con una criolla, cuyos hijos, labradores guapos, sienten para la bandera de su tierra nativa todo un orgulloso amor de prosélito.

Y la misma tierra se admira de verse tan fecunda, cubierta, en pocos meses, de alfalfares que siempre retoñan, y de trigales dorados que caen, tupidos, bajo la cuchilla, mientras que las hermosas plantas de los maizales extienden hasta el horizonte, sus verdes líneas.

Giuseppe, don José -el pobre Giuseppe de antaño-, no tiene las manos ni la cara mucho más lavadas que en otros tiempos; fuma siempre en el mismo pito hediondo, pero el hombre está muy forrado: tiene campos y hacienda, y casas, y plata; y sigue trabajando, produciendo, ganando, porque es su placer, y su vida. Manda y paga a un ejército de peones, y, lo mismo que a sus hijos, ha enseñado a muchos de ellos como se trabaja: su ejemplo los instruye, y cuando, durante la trilla, bajo los ardores de un sol sin piedad, echan incansablemente a las ruidosas fauces de la máquina las gavillas, su presencia los alienta.

A otros también abre su obra, a veces, nuevos horizontes: y un corredor con quien acababa de recorrer sus innumerables parvas de trigo, después de quedar pensativo un rato, le dijo:

-«Mire, señor; si hubiera en la campaña tantos don Giuseppe como hay de corredores en la Bolsa de Buenos Aires, el oro pronto estaría a la par».



Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Rodados pampeanos


Rodados pampeanosEditar

Don Ambrosio ya se iba haciendo medio pesado para el caballo. Para dar una vuelta a la majada, revisar el rodeo, ir hasta la esquina o a lo de su compadre don Anacleto, a pasar un rato, no se cansaba, por supuesto; pero cuando tenía que dar un galope algo serio, para alguna diligencia en el pueblo, más de una vez, había pensado en lo lindo que sería poder hacer el viaje, cómodamente sentado y suavemente hamacado en una volantita, como su vecino don Julián, que ya casi nunca ensillaba, se puede decir.

La volanta de don Julián era efectivamente una gran cosa; liviana, aunque de cuatro ruedas y de seis asientos, pudiendo usarse con o sin capota, con dos caballos o con uno solo; de ruedas altas, para desafiar las grandes crecientes en los cañadones, y de elásticos reforzados, «de patente», para resistir, en tiempo de sequía, los más rudos socotrocos y los tumbos más traicioneros, en los caminos endurecidos. ¡Qué volanta linda!

Sí, pero debía costar un platal, y don Ambrosio no era capitalista. Vivía, a gatas, con la libreta siempre a medio saldar, y realmente, soñar con tener una americana como la de don Julián, hubiera sido, en su situación, descabellado.

¿Por qué no hubiera pensado, también, en tener un breque, como el Sr. don Nicolás Rivas, el estanciero más rico del partido, que cuando iba a su otra estancia, la de afuera, desdeñaba de tomar el tren, y se iba, solo o con la familia, haciendo arrear por delante veinte caballos gordos, para mudar por el camino, atándolos de a cinco por turno: uno en las varas, dos a los lados, con balancines, y dos por delante? ¿Para qué pensar en lo que no se puede?

Empeñándose, quizás hubiera podido don Ambrosio, comprar uno de esos sulkies que empezaban a entrar en moda; pero son medio peligrosos, para cortar campo; sólo son buenos para muchachos que tienen pocos pesos y se quieren dar corte en las calles del pueblo, o para acopiadores que tienen que andar siempre apurados, que son gente liviana, y a quienes el afán perpetuo en que viven de ganar plata, hace olvidar que los huesos son quebradizos. Para un viejo, no sirven; a más que con ellos, si se les antoja a la patrona o a los niños dar un paseíto, no se puede.

Le llamaba también la atención a don Ambrosio un vagón, con que cruzaban a veces unos ingleses, cerca de su casa; un día, los veía llevar en él carga para la estación; otro día, venían con un cargamento de visitas, hombres y mujeres, como en la mejor volanta. Pero cuando supo que se llamaba el vagón ese, quinientos pesos, ni se quiso acordar más.

Sin hablar de las carretas de bueyes, ya desaparecidas, y de los carros de caballos, cada vez más monumentales, que sólo tienen por humilde misión de acarrear cargas pesadas, ruedan por la Pampa, muchos vehículos, destinados a transportar gente, que bien merecerían un lugarcito en los museos de antigüedades.

¡Qué lástima! ¡Que no se dispute con más ahínco a la destrucción final, a la dilución paulatina producida por las lluvias y el sol, la humedad y la sequía, los golpes y las composturas, la putrefacción que los desmenuza y las rajaduras que de ellos hacen saltar pedazos enteros, ciertos rodados, de construcción ingeniosa: galeras irremediablemente volcadoras, majestuosas berlinas y venerables carretelas, tílburies y birlochos, de todas formas y alturas, recuerdos de las generaciones pasadas, que los han ostentado con orgullo, cuando nuevos, en las calles mal empedradas,-o sin empedrar-, de la capital!

Fue entre esas reliquias del pasado, todavía militantes, no se sabe por qué milagro, que acabó don Ambrosio por encontrar el carricoche ideal, con el cual, sin mayor sacrificio, pudo, por fin, materializar su sueño dorado.

Pudo comprarlo,-condición para él especialmente favorable-, sin sacar del bolsillo un solo peso. El que se lo cedió,-un vecino nuevo que, después de haber andado mucho, rodando por la Pampa, haciendo mil pequeños comercios de buscavida, se había fijado por ahí con una majada-, se lo cambió por ciento cincuenta ovejas al corte.

El no lo había comprado nuevo; ¡oh! ¡no!, y no le había perdonado, durante muchos años, ni una de las penalidades a que puede someterse y someter a los demás, el que, pobre, tenazmente persigue a la fortuna. Su cuerpo era lleno de cicatrices; la caja, la capota, las ruedas, la lanza, los ejes, todo había sufrido mucho y acusaba las mil peripecias de los largos y penosos viajes por la Pampa; pero a don Ambrosio no le importaba el lujo; el rodado era bueno, y tenía la huella, es decir, la distancia de rueda a rueda que permite seguir, en el campo, por cualquier parte, el camino que serpea, caprichosamente trazado por las tropas de carros; y esto le bastaba.

Como al carricoche, el nombre de volanta mal le hubiera sentado, pues no era tílbury, americana, breque, ni nada parecido, don Ambrosio, en la duda, lo llamó modestamente una jardinera, a pesar de sus cuatro ruedas.

Por detrás, tenía una especie de plataforma, sumamente cómoda para colocar un baúl... y perderlo también, por el camino, si no está muy bien asegurado. Las ruedas, de llanta ancha, se hundían poco en el suelo; los elásticos, fuertes y macizos, estaban todavía reforzados por un enrollamiento de tiras de cuero crudo, de tal resistencia que, en alguna sacudida imprevista, saltarían primero, despedidos del asiento, los pasajeros, antes que se rompiesen aquellos.

Desde que la tiene en su poder, don Ambrosio le ha pegado fuerte a la jardinera, y cada año, cuando no cada mes, tiene que cambiarle alguna pieza rota o gastada, por una nueva; de tal modo que casi ha desaparecido la volanta primitiva. Pero, para él, siempre es la misma, y por todos lados, anda con ella, cruzando campo, sin reparar en vizcacheras, blandiendo en galopes y trotes atrevidos, su blanca capota, hecha, hoy, de lona, lo que le da, cuando voga en la inmensidad de la llanura, el aspecto de una vela en el mar; y los muchachos, por esto, le han dado al vehículo el poético nombre de «la paloma», que si bien de lejos es adecuado, desdice con el sonajeo terrible de herrajes destornillados, con que, de cerca, anuncia su presencia.


Lo criollo
de Godofredo Daireaux



Don Victoriano Ortiz, al tranco sosegado de su crédito, penetró con don José, el resero, en el rodeo de sus vacas -unas mil cabezas-, parado en una lona medanosa, y caminaron ambos, despacio, entre el oleaje de grupas y de astas, tratando el resero de no pisarse en sus cálculos y de darse buena cuenta del estado de los animales y de su valor, y Ortiz, de remover delante él los novillos más grandes y gordos.

-¿Qué le parece, don José, la novillada?, van tres años que no vende; se puede cortar de a puntas.

-Sí, cierto -contestó el resero-. Hay bastante novillada grande; pero es muy criolla.

-¿Le parece?

Y quedó Ortiz todo desconsolado, como quien pierde la ilusión de un gran esfuerzo inútil, al acordarse que había podido conservar, hacía tres años, en su rodeo, durante unos meses, un torito mestizo, de la estancia vecina, creyendo asegurado así el refinamiento rápido de su hacienda.

Barrosas y chorreadas, hoscas y bayas, overas y yaguanés, con astas largas y amenazadoras, en sus cabezas grandes; las ancas estrechas y salientes; puro pecho, poco cuarto, y con unas patas largas que más les hubieran hecho ganar un premio en las carreras que en una exposición rural, las vacas del amigo Ortiz eran, como él, de pura sangre criolla.

Pero lo que puede, para el hombre, ser un mérito relativo, no lo es para los animales, y los reseros de hoy ya no tienen más ojos que para las mestizas. Si Ortiz no vendía novillos desde tres años, y si de los que llevó don José, no sacó más que un precio irrisorio, es que lo criollo ya no tiene aceptación. ¿Qué le vamos a hacer?

Pero él difícilmente podía entender esa moda, como decía, y seguía resistiéndose a invertir plata en esos toritos ingleses que todos ponderaban, y que, por fin, no le parecían tan buenos.

Lo mismo con las ovejas. Tenía una gran majada de criollas, altas, delgadas, con una lana más fiera que la peluca de Mandinga, y esto sólo en el lomo; y a los que le indicaban la necesidad de mejorar su rebaño, contestaba que las ovejas criollas eran las únicas en que tenía fe; que ellas no sabían lo que era sarna, ni lombriz, ni mancura, ni nada; que eran sanas y fuertes, que criaban lindamente sus corderos, y que no quería saber nada de linca ni de rambullé.

-Demasiado se me van mestizando con las mixturas -decía; aunque más miedo todavía tenían los vecinos a la majada de él, siempre llena de carneros, en toda estación; y ¡qué carneros!, tan emprendedores, e indómitos como fieras.

-Criollos lindos -decía don Victoriano.

El animal criollo es el que, de un estado doméstico anterior, va retrocediendo al estado silvestre; el criollo, por otro lado, es el hombre que se va acercando al refinamiento: se encuentran ambos por el camino, y mientras no sean mayores las necesidades del último, quedan juntos y se acompañan, en ese estado de transición. El criollo se contenta con conservar la propiedad de sus animales; observa sus mañas, sus costumbres y les opone su vigilante astucia, salvando su dominio por medios primitivos de coerción. Todavía no piensa en mejorar su propia condición; ¿cómo pensaría en mejorar la de su hacienda?, ella vive y se multiplica; ¿qué más quiere?, también está apropiada a lo poco que le pide y se contenta con vivir de ella.

La ambición de enriquecerse no ha nacido todavía en él; ni trata de producir más de lo que necesita, ni menos, de conservar lo que le podría sobrar.

Fácilmente se comprende que con semejante ideal, nunca se hubiera acordado Ortiz de comprar campo. Primero había andado vagando por tierras sin dueño conocido, o en campos del estado, y sólo cuando aumentaron sus intereses y se empezó a poblar la campaña, pensó en arrendar. Bien veía que, por todas partes, se formaban estancias, grandes y pequeñas, y la mayor parte, de propiedad de extranjeros; poco acostumbrado a ver que el pesebre y la rasqueta sólo servían para el caballo importado, y que la intemperie y el campo pelado no bastaban para el criollo, no se le ocurría que pudiera, él, nacido acá, aspirar algún día a ser también dueño de algún retazo del suelo patrio y a radicarse en él.

Se dejó estar, pues, durante mucho tiempo, hasta que bien aconsejado por su amigo don José, el resero, logró un campito a precio regular.

Con la inesperada posesión de la tierra, cambiaron sus ideas.

No tener ya que pensar en el pago del arrendamiento, esa terrible pesadilla anual, ni en la próxima mudanza, ese trastorno periódico que, muchas veces, es la ruina, que siempre es un atraso, esto basta para que se borren de la mente del criollo los vestigios del instinto nómada, heredado de sus antepasados.

Y pronto, aunque ya viejo, dejó Ortiz de ser el criollo empedernido que siempre había sido. Fue vendiendo poco a poco las barrosas y yaguanés; y los toros mestizos de buena cría anduvieron haciendo la ley en el rodeo, mientras que las ovejas criollas, cruzadas con buenos carneros, daban crías que quizás hubieran renegado de sus madres, por ordinarias, si hubieran sido gente.

Hubo, por cierto, desconsuelos pasajeros; la tierra había quedado pampa, y los mestizos son delicados. El pasto puna, que basta para mantener ovejas y vacas criollas, enferma a aquéllas; pero después de maldecir, en más de una ocasión, las mestizaciones, y de insistir, a veces, en que «no hay como los animales criollos», Ortiz tuvo por fin que aplaudir a sus hijos haciendo el oficio de gringos y siguiendo a pie el arado que hace mestizala tierra, y arraiga en ella al hombre.

Fue por aquel entonces, cuando el resero don José vino, un día, muy paquete, a visitar a la familia de Ortiz, con el solemne objeto de pedir, para su hijo, la mano de la joven Zulema. Y como el viejo Ortiz, muy halagado por el pedido, por previsto que fuese, le preguntaba al resero, con aire socarrón, si no tenía recelo de que le saliera muy criolla la hacienda, don José, galante, contestó que, tratándose de flores, cambiaba de especie la cosa, y que hay violetas del país y rosas criollas que pueden competir con las mejores flores importadas.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

El alcalde
de Godofredo Daireaux



Una de las preocupaciones mayores del juez de paz del partido «Sargento Cabral» era de encontrar y de conservar alcaldes para los nueve cuarteles de su jurisdicción. Ser alcalde, es un honor, no hay duda; pero también es un hueso pelado que no da para puchero; y pocos eran los vecinos bastante valientes, tontos, vanidosos o abnegados para aceptar el puesto, o para no tirarlo como ascua, cuando en un descuido se lo habían dejado colar.

El juez de paz tiene mil modos de sacar provecho de su posición oficial; el comandante militar consigue con facilidad, peones, de ojito, para su estancia; al comisario, siempre se le queda pegado en el fondo del cajón, una que otra multa olvidada en los apuntes oficiales; el secretario de la Municipalidad no deja de percibir su comisioncita para apurar el despacho de alguna guía; para el médico amigo del juez de paz, hay visitas obligatorias y bien remuneradas; y el recaudador de rentas, si es vivo, sabe crear pretextos para cobrar multas de las cuales le toca la mitad.

Pero el alcalde, ¿de dónde sacaría sebo? Vive en el campo, lejos del foco luminoso que irradia sus favores sobre los felices mortales acurrucados en rededor de él; tiene que atender sus propios intereses o los que le han sido confiados. De poquísima instrucción, apenas le alcanzan los medios para verificar una señal o una marca, y descifrar los hieroglíficos certificados de venta de hacienda, en los cuales tiene que poner su visto bueno; y si, a veces, podría ser muy capaz de apropiarse una vaca ajena, no tiene ni la más remota noción de cómo se puede, por medio del papel y de la pluma, trampear al prójimo.

Sí, sí; es un puesto honorífico el de alcalde; pero a más de las pocas utilidades que proporciona al titular, lo hace candidato a sufrir eventualidades que, por honoríficas que sean, suelen ser poco sabrosas.

De repente llega del pueblo una comisión que le entrega un imponente oficio, mandándole se constituya inmediatamente en el domicilio de Fulano de Tal (un bandido de siete suelas que vive entre los juncales y capaz de matar al propio padre), para intimarle orden de prisión; tiene el alcalde, si quiere cumplir con su deber, que dejar sin acabar el pacífico trabajo que estaba haciendo, para ir a correr el riesgo de que le sacuda el otro algún balazo o un buen pinchazo.

Hay alcaldes que, sin vacilar, ensillan y van; y los que, también sin vacilar, se quedan en su casa, y ya que el juez no se sirvió acompañarla, mandan a la comisión a arrostrar sola a la fiera.

De los primeros era don Dionisio Sayago, hombre reposado, de edad algo más que madura, hacendado, de buena raza criolla, quien fue una vez, así, con tres milicos y un sargento, a prender a un cuatrero famoso que se había refugiado en su cuartel. Al llegar al rancho, lo vieron muy sí señor, parado en la puerta, y tomando mate, con el parejero ensillado en el palenque, listo para la disparada.

Don Dionisio, sin bajarse, y dejando a retaguardia a sus acompañantes, le dio la voz de preso. La contestación fue breve y expresiva: el gaucho alzó un trabuco, que tenía a mano, cargado hasta la boca, y como manga de piedra con trueno, silbaron las balas y los recortes, en una detonación formidable. Cuando se disipó el humo, se veían desde el rancho, cinco grupas de caballos huyendo a todo correr, y el bandido, con una sonrisa sarcástica, se golpeaba la boca.

Uno de los jinetes, entonces, sujetó de golpe, y dándose vuelta, se acercó otra vez al palenque.

Don Dionisio había sentido, al oír la risa del criminal, una nube de vergüenza invadirle el rostro, y se volvía, solo, resuelto, sereno, a cumplir con su deber.

Se apeó con toda tranquilidad, ató su caballo, se aproximó al rancho, sin decir palabra, y cuando estuvo a cinco pasos del gaucho, que, atónito de tanta audacia, había dejado caer el trabuco descargado, para empuñar el facón, don Dionisio sacó ligero del cinto el revólver, y apuntándolo, le dijo con calma:

-Tire las armas, amigo, y dése preso.

El cuatrero cedió, abochornado, al instinto de la propia conservación, y quedó temblando de rabia, pero paralizado. Quiso, no hay duda, atropellar al atrevido; tuvo, por cierto, la idea de abalanzársele; de darle vuelta rápida por un lado y de herirlo; calculó también la distancia que lo separaba del parejero salvador; se acordó con sentimiento del trabuco yacente, inútil, en el suelo; casi dio un paso adelante, al comparar su ligereza y su fuerza con la pesadez y la relativa debilidad de ese hombre ya casi viejo; pero se quedó inmóvil, como clavado en el suelo, pálido, febriciento, avergonzado de verse tan cobarde que ni se atrevía a mover la mano, siquiera para secarse el sudor de la frente; casi rugió, casi lloró. Vio cerrarse las puertas de la cárcel; oyó las risas... quiso moverse, erizado.

-¡Una! -dijo don Dionisio.

Y se sobresaltó el gaucho, como si hubiera oído hablar la misma boquita del revólver, redonda, negra, reluciente, que guiada por un ojo agrandado de todo el esfuerzo de mantener cerrado el otro, y con agudeza de visión duplicada por la ceguera del compañero, espiaba cualquier gesto, cualquier movimiento que hubiese tentado hacer.

No hizo ninguno.

-¡Dos! -dijo la voz: y todo lo que le permitió la parálisis de que era presa, fue de abrir la mano para dejar caer el facón: ¡Malvado, cobarde, flojo!

Seguido siempre por la enervante amenaza de la boquita redonda, muda elocuente, tuvo que marchar, reculando, hasta el palenque, montar en el caballo de don Dionisio, mientras éste saltaba en el parejero, y llegar, así conducido, al puesto del alcalde, donde encontraron a los milicos rodeando el fogón y floreándose con contar, entre dos mates, con todos los detalles, por supuesto, la pelea tremenda, en la cual, a pesar de la bravura por ellos desplegada para salvarlo, don Dionisio había seguramente encontrado su fin.

-¡Pobre don Dionisio! -empezaba uno, cuando el alcalde lo interrumpió:

-¡Sargento! -dijo-, asegure a este preso; y mande uno de sus hombres a alzar el facón y el trabuco que el señor ha dejado olvidados en el patio.

Luego, corrigió:

-Pueden ir dos, si uno les parece poco.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Juegos de azar
de Godofredo Daireaux



El muchacho remitió a Fulánez un papelito todo arrugado y borroneado con lápiz, que decía: «Don Manuel, sírvase usted remitirme un kilo yerba, un kilo azúcar, una docena fósforos, cuarto kilo tabaco alemán, del bueno, si hay, un atado papel Duc, un litro vino francés y veinte pesos en efectivo».

-Me gusta esta gente -rezongó don Manuel-; mandan pedir fiado por tres pesos de mercadería, y lo pechan a uno por veinte pesos. ¿Para qué necesitará veinte pesos don Agustín?

Y discretamente lo iba a indagar del muchacho, cuando se acordó que, al día siguiente, que era domingo, había reunión en su casa, y comprendió que los veinte pesos, siendo destinados a ser pedidos por su dueño, y gastados ahí mismo por el que los ganara, ningún interés podía tener en negárselos.

Hizo, pues, despachar lo que pedía don Agustín, y le entregó los veinte pesos al niño, prendidos de la libreta, con un alfiler.

Apenas se había dado vuelta que entró don Benjamín, cuya libreta, ya muy pesada, le daba pocas ganas de seguir sirviéndolo, y cuando, después de haberlo saludado y pedido la copa, para darse una postura, el hombre lo llamó aparte con la frase consagrada: «Me permite una palabra, don Manuel», no pudo éste hacer menos que murmurar: «Pechada, a la fija».

Efectivamente era: el paisano le venía a pedir, por favor, que le prestara diez pesos, porque tenía a la suegra muy enferma, y que la iba a tener que llevar al pueblo para hacerla ver, pues doña Simona la desahuciaba. Se resistió Fulánez y sólo fue después de un largo debate que le aflojó cinco pesos, haciéndole sentir toda la magnitud del sacrificio, la magnificencia de su munificencia, y lo profundo que tenía que ser, desde ya, su agradecimiento.

-Si estos diablos, para pedir plata, son tremendos -decía entre sí Fulánez-; siempre tienen alguna suegra enferma, o la mujer por morirse, o una criatura que enterrar, cuando le toman el olor a la taba.

Don Benjamín se iba, mientras tanto, con los cinco pesos en el tirador, calculando que si le favorecía la suerte, lo primero que haría sería de saldarle la libreta a Fulánez, para no pisar más en la casa de ese sinvergüenza que, desde tantos años, lo venía explotando.

Y todos los vecinos de por allá, cercanos y lejanos, pequeños hacendados y pobres peones, gauchos jornaleros y nómadas, o puesteros de estancias y mensuales, todos se iban preparando para la fiesta del día siguiente. Carreras debía de haber, como siempre, y no faltarían parejeros improvisados para hacer correr. Pero las carreras no eran más que el pretexto, siendo más bien el objeto verdadero de los preparativos el buen partido de taba, durante el día, y de choclón, a la noche, en que todos se prometían tomar parte.

En lo de Fulánez, no había peligro de sorpresa, como en otras partes: se sabía que él era muy amigo con el comisario. Algunos decían -en todas partes hay malas lenguas- que a éste se le daba parte de la coima.

Lo cierto es que, aunque estuviese presente la comisión, y por tal que no hubiese bochinche, ahí se jugaba con la misma libertad que en cualquier ruleta de pueblo veraniego.

Y los preparativos, por consiguiente, consistían, para todos, en juntar pesos.

Los peones y los puesteros pedían a sus patrones, algún valecito para la esquina, y con los patrones, encontraban pichinchas fáciles los acopiadores de frutos que consentían en dar alguna seña buena por cueros a recibir.

Pobres pesos, ganados sin mucho trabajo, quizá, pero tan escasos, tan necesarios que da lástima verlos condenados al matadero, cuando tan bien se podrían emplear en mejorar la precaria vida de la familia.

Bastante gente se juntó en la rueda, cuando el coimero, de su alcancía de lata, sacó las fichas, y las empezó a repartir, en cambio de buenos pesos.

Mozo serio, el coimero; muy ponderado entre el gauchaje, como formal y recto. Con él, nunca había discusiones; no se solía equivocar en las cuentas, y siempre, a cada uno, daba lo que le correspondía. Por lo menos, así lo decían todos, y tan bien lo creían, que su mirada fría y su palabra algo cortante convencían pronto al que dudaba, que él era que no sabía contar.

Tampoco jugaba nunca; ¿por qué habría jugado, si, con la coima, ganaba sin riesgo?, sin contar que, entre los jugadores, estaban unos hermanos de él que siempre se retiraban con el tirador forrado.

Entre la concurrencia estaba don Benjamín, y cuando Fulánez le preguntó por la suegra, no extrañó que le contestase que andaba muy mejorada.

Parados, sentados en el suelo, en cuclillas, todos seguían con ojos ansiosos los movimientos de la taba. Poco a poco, se iban retirando los a quienes la suerte adversa había dejado pelados. Eran los pobres imprudentes que, teniendo poca galleta, se la habían tragado de un bocado: en la rueda quedaban los más ricos, a quienes no podían voltear, así no más, algunas paradas desgraciadas, y los pobres prudentes o suertudos, que sabían manejar sus pesitos para, siquiera, hacerlo durar más tiempo.

Don Benjamín no era de éstos; no era hombre vivo, ni suertudo, y pronto se tuvo que ir al mostrador, donde se le vino a juntar don Agustín, y pronto se empezaron a consolar con algunas copas.

Y cuando don Agustín se hubo retirado, don Benjamín trató en vano de conseguir de Fulánez otros cinco pesos, para volver a jugar, con la esperanza, siempre, de ganar la cantidad bastante crecida que necesitaba para saldarle de una vez la libreta y no pisar más la casa de ese sinvergüenza que, desde tantos años, lo explotaba.

Fulánez se los negó y don Benjamín entonces, con la tranca, le dijo, con franqueza, por qué los quería, y se lo dijo en los mismos términos que tenía grabados en la cabeza. Pero Fulánez, por tan poca cosa, no se formalizaba, y riéndose, se fue a preparar el billar para el choclón nocturno, el gran recurso para hacer salir los últimos pesos de los tiradores recalcitrantes.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:



Mal muchacho no era el amigo Baldomero; bastante buen trabajador; esquilador asiduo, conchabándose por día para trabajos de corral, cada vez que lo podía; experto en el manejo del lazo y jinete cual el mejor.

Hubiera podido, por cierto, tener muchos amigos, pues era de figura simpática, liberal y generoso; pero tenía la maldita costumbre de nunca dar a nadie el nombre o apellido que, por ley o casualidad, le hubiera caído en suerte, y hasta a los animales los designaba por apodos. Esto, por supuesto, lo hacía mirar de rabo de ojo por todos los compañeros: uno, porque ya sabía qué apodo le había metido, otro, porque, sospechando que no podría escapar, le tenía miedo. Con razón; pues, no tratándose de reyes, poco suelen los apodos alabar las cualidades, y más bien, al contrario, tratan de poner de relieve los defectos físicos o morales de la víctima.

Menos trabajo cuesta conocer de qué pierna cojea un hombre, que penetrar en su pensamiento, y fácilmente cree uno que, con señalar la tara que rebaja al prójimo, aumenta el peso de su propio valor; algo se consuela el pobre, el inferior, el ignorante, de su pobreza, de su inferioridad, de su ignorancia, con llamar al rico «Galgo bayo» si es un inglés flaco, o al patrón «el Zapallo» si es gordo, o «el Pelado» al que se ha vuelto calvo.

Pero para Baldomero, cualquiera servía de blanco, pobres y ricos; no perdía ocasión de pegarle a cada cual el mote que, según él, le podía convenir, y cuando, sentado en medio de los demás peones, exclamaba: «¡Ché! ¡Susto!, ¡mirá quién viene!»; y que, sin enojarse, conviniendo así, tácitamente, que su fealdad nativa merecía ser castigada con las bromas de Baldomero, Pedro, dándose vuelta para ver, contestaba con sencillez: «Nariz de porongo», todos sabían que en el palenque se apeaba el viejo Cipriano, dotado por la naturaleza, ayudada por el sol y copiosas libaciones, de voluminoso apéndice nasal.

A otro, que en vez de tener una nariz abultada, la tenía delgada y larga, Baldomero lo llamaba: «Picana», y por «Tres pelos» era conocido Epifanio, a quien nunca le había salido barba. Ireneo, que cuando se reía, abría un horno que daba miedo, se llamaba «Pichón de golondrina» y su hermano Lucio, que era bizco, no pudo evitar de ser bautizado «Lechuza».

«Toronja» sirvió para designar un desgraciado a quien la viruela había dejado completamente desfigurado, poniéndole la cara tan abotagada y plagada de costurones, que ni los ojos casi se le veían; varios «chuecos», como fácilmente se comprende, había en este surtido de jinetes natos; ni faltaban, entre tantos hombres de lazo, los «rengos», y sobraban los «mancos». Ya se sabía que «Una vela» era el tuerto Gregorio; que «Guaycurú» era Martín, con su tipo de indio mal desbastado; que «Pelo de invierno» designaba a José, por su costumbre de siempre llevar el poncho puesto.

«Rotoso» merecidamente se le había pegado a Hilario, por el desaseo en que se mantenía, y «el Delicado», al contrario, lo pintaba a Gervasio que siempre andaba bien empilchado, con ribetes de paquetería.

«Maíz frito» lo había llamado Baldomero a un compañero que siempre, por lo listo, parecía andar chisporroteando, y «Palomo» a un muchacho que se enamoraba de cuanta china lo rozaba: «Charabón» le decía a otro, por lo descuajaringado; y «Flauta», «Petizo», «Pata larga», «Bacaray» y mil otros, a todos, a cualquiera, a los del pago y a los forasteros; en voz baja, muchas veces, o por detrás del interesado, para que no supiera que ya le había cambiado el nombre, o en voz alta y en medio de las risas, por tal que del recién bautizado no se pudiera temer alguna peligrosa explosión de mal humor, muy natural, por lo demás, pues hieren los apodos.

En varias ocasiones lo pudo comprobar Baldomero. Había estado, una vez, a punto de casarse con una buena moza, hija de un hacendado regularmente acomodado, lo que, para él, hubiera sido, además de lo escogida que era la prenda, un fin feliz a su vida algo nómada de peón por día, y de acarreador de hacienda. Todo estaba arreglado; consentían los padres; la niña no pedía otra cosa; y quién sabe si ya no habrían cambiado, en la propicia penumbra tan paternalmente proporcionada al patio de la casa por el hermoso sauce que ahí estaba, uno que otro beso furtivo, para afianzar mejor las palabras dadas.

Pero Baldomero no había podido resistir el intenso placer de dar a la misma novia un apodo; ya que lo atormentaba esa manía, la hubiera podido dar siquiera el nombre de una flor, de lo que seguramente la niña no se hubiera resentido; no pudo. El apodo, para ser apodo, tiene que ser burlón, un poquito siquiera; y como la joven era de un morocho algo subido, y tenía ciertos airecitos amodorrados, hizo alusión a ella con los compañeros, llamándola «Gata negra». No le faltaban envidiosos al amigo Baldomero, y pronto supo la niña qué apodo le habían dado, y quién se lo había dado; y como no era de genio paciente, le hizo cerrar la puerta paterna.

Baldomero, no por esto se corrigió: necesitó otra lección. Un día que, en la pulpería, había mucha gente, vio a un gaucho forastero muy barbudo, que, a cada rato, escupía; y de modo que éste lo pudiera oír, dijo él a otro, a pesar de no poder tener porra el guanaco, por no tener cola:

-Mira el guanaco porrudo.

El gaucho lo miró bien y le dijo:

-Y usted, ¿cómo se llama?

-A mí -contestó Baldomero-, no me han dado todavía nombre; estoy orejano.

-Por bagual, será -dijo el otro.

Y como Baldomero hacía el gesto de sacar el cuchillo, el otro, rápido como relámpago, hizo relucir el suyo, y cortándolo en la oreja, le dijo:

-Pues ahora, quedaste patria.

Y le quedó desde entonces, al pobre Baldomero, a pesar de no usar señales los baguales, el doble apodo de «Bagual patria».


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Pueblo amodorrado


Pueblo amodorradoEditar

Cien años han pasado, desde la toma de posesión definitiva del suelo por Garay.

En los inmensos dominios pampeanos del poderoso propietario colonial, quedan agrupados en un solo punto, atados al yugo y laboriosos a la fuerza, los indios sometidos y los negros esclavos; y diseminados en la llanura, viven los criollos, despreciados y temidos a la vez por el amo español, que sólo los ocupa en la salvaje faena de la cuereada, medio nómadas, pobres, haraposos, manteniéndose de los animales que roban, si robar se puede llamar el tomar su parte de bienes proporcionados al hombre por la naturaleza, en demasía tal que no sabe que hacer con ellos.

Independientes y altaneros, se ven, con impaciencia creciente, excluídos de la posesión de la tierra en la cual han nacido y donde no les es permitido tener más que una miserable choza, tan inestable como el toldo del indio.

Y pasan los tiempos; y setenta años más han transcurrido, desde aquellos brumosos albores de la conquista, cuando los descendientes del rudo aventurero de ultramar sienten la imperiosa necesidad de afirmar organizándolo, su dominio sobre el suelo, cuya propiedad legitiman, más y más, los años que pasan, agregando el peso de la duración al derecho del primer ocupante; y también sobre sus habitantes, indios sometidos, negros esclavos y gauchos independientes.

Es menester, antes que todo, formar un centro de población, en el cual se junten y se arraiguen las familias diseminadas en el campo, vasallos errantes e inseguros; y por esto fue que se fundó, allá por los 1750, el pueblo que todavía hoy existe, edificándose primero una capilla y algunas casas, trazándose calles, nombrándose autoridades, sometidas estas a la voluntad suprema del amo poderoso y rapaz.

Y sobre la pequeña población, así formada en medio de la Pampa, ha pasado siglo y medio, lleno de revoluciones inauditas, en las ideas y en los hechos. El edificio vetusto del coloniaje se derrumbó, dejando sólo vestigios que, poco a poco, van deshaciéndose, cayendo en polvo y desapareciendo bajo la vegetación hermosa de la civilización invasora.

La tierra pampeana, explotada por los españoles como mera conquista que, para ellos, era, vino a ser saludada, un día, por los criollos, del nombre de patria; retumbó en ella el fragor de las batallas, hubo luchas intestinas y guerras civiles, crueldades y tiranías, hundimientos de potentados efímeros, sacudimientos terribles, gritos hermosos de entusiasmo y lágrimas de desolación, y, se sucedieron las generaciones, y con ellas, los progresos.

El pueblito ha dejado pasar todo esto en medio de la mayor calma, casi con indiferencia; perdido en la llanura, se ha hecho el dormido, protegido por su ancha faja de grandes propiedades que, a pesar de algunas particiones, han quedado todavía tan extensas y tan despobladas.

La misma llegada del ferrocarril no lo ha despertado. Como respetuoso de su sueño, la vía lo ha dejado a tres kilómetros, y sus habitantes, que apenas perciben el lejano silbido de la locomotora, todavía no piensan en aprovechar las facilidades de transporte que les viene a ofrecer, para empuñar el arado y cambiar en trigales y alfalfares sus campos incultos. No dejan de ser orgullosos de la feracidad natural de su suelo, pero no ha nacido en ellos la ambición de hacerlo más fecundo por el trabajo.

Las calles, en ciento cincuenta años, apenas se han alargado; la capilla se ha vuelto iglesia, pero de modestísima arquitectura; los árboles de la plaza han crecido; pero las veredas denotan una dejadez enteramente colonial; las calles son apenas transitables, y ningún jardinero cuida de embellecer la plaza. En 1875, recién se acordó una municipalidad patriota, de que, en 1810, había habido un cambio de gobierno digno de ser conmemorado, y mandó edificar una pirámide adornada con una estatua de la Libertad.

No habiendo agricultura, sino sólo ganadería, en los establecimientos que rodean al pueblo, el comercio carece de alimento; no hay casi tráfico en las calles silenciosas. El mate en la mano, parados en el umbral de la puerta, los vecinos miran a la calle, esperando que pase gente, para curiosear, pero nadie pasa. ¿Quién va a pasar? ¿para ir a dónde? Se habían abierto dos humildes fondas; una tuvo que cerrar pronto sus puertas, pues, con la otra, sobra.

No hay movimiento alguno de edificación; casas viejas, destruidas y musgosas, y tapiales medio derrumbados bajan de la loma en que se levanta el pueblo, como majada de ovejas sarnosas. Donde no hay fortunas, no puede haber casas lujosas; y ¿quién haría fortuna en medio de semejante inacción? Los propietarios ricos de los alrededores, sucesores aristocráticos, aunque criollos, de los desdeñosos españoles de la conquista, viven en la capital, y se acuerdan lo menos posible del triste pueblito, adormecido en medio de sus latifundia inertes, dejándolo envuelto en su fastidiosa quietud, apenas turbada por las politiquerías de caudillos imbéciles, y los cantos alegres de los gorriones, en los árboles de la plaza...

Se acabó la siesta larga; de la casa parroquial sale un presbítero; es el señor el cura. Con gestos amplios y majestuosos de su fina y elegante mano manca, de ocioso profesional, indica a los obreros ocupados en blanquear las paredes de la iglesia, lo que deben hacer.

Es español; y su actitud imperativa, llena de orgullo sacerdotal, en este ambiente de aspecto tan anticuado, por un momento, evoca el recuerdo de aquellos tiempos en que los clérigos de ultramar eran omnipotentes, en esas buenas tierras indianas, creadas por Dios, al parecer, para ser estrujadas eternamente por los parásitos de la metrópoli.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Huascas


HuascasEditar

Entró en la casa de negocio un joven de dieciocho a veinte años, de cara más rosada que tostada, de bigote naciente, retorcido para arriba, y que no dejaba de tener buena figura, con su boina azul, su chiripá y sus alpargatas, su tirador bordado y el fular floreado de seda, medio suelto en el pescuezo.

-«¡Gauchito lindo!» murmuró, al verlo, un criollo viejo, recostado en el mostrador, acordándose de los tiempos en que también él solía lucir su elegancia; y se quedó mirándolo con interés.

El muchacho, carrero de oficio, compró algunas chucherías, chacoteando alegremente con el mozo; y divisando, colgado de un estante, un cabestro que por lo muy flamante, y lo demasiado pulido, olía, a pesar de ser de cuero crudo, a talabartería de poblado, pidió al mozo que se lo alcanzara.

-«Te lo vendo, dijo éste; cuatro pesos». El joven había desatado y desarrollado el cabestro; lo estiraba, lo miraba, tentado, y acabó por ofrecer tres pesos. La discusión fue corta, y se lo dejó el mozo por el precio ofrecido, asegurandole que era pichincha.

-«Te lo tomo porque es bueno, contestó el criollito, en tono de conocedor; siempre tengo que atar animales ariscos y necesito buenas huascas».

Esa palabra quichúa: huasca, -cadena-, evocadora de Huáscar, último poseedor de la legendaria cadena de oro, emblema de la omnipotencia de los Incas, antes de la conquista española, sólo designa,-ahora que de sus montañas fértiles en oro, ha bajado a la llanura-, todas las sogas de cuero crudo usadas por el hijo de la Pampa en sus faenas. Fácilmente se comprende que prolijidad exige la fabricación de estas sogas, de cuya solidez pueden depender, a menudo, el éxito de un trabajo, la seguridad de un animal, y hasta la vida, de un hombre; y por esto, se volvió extrañeza, y casi desprecio, el interés con que el gaucho viejo miraba al carrerito, al ver que compraba cabestros cortos y delgados, hechos, quién sabe por quién, y con qué cuero.

-«Pues amigo, pensaba: ¡cómo serán de ariscos los redomones para semejantes maneadores!» Y casi se quedó atónito, al ver que, a más del cabestro, compraba el otro diez metros de cabo de manila, para completar el surtido.

¡Miren! ¡Cabos de manila para atar caballos!, y el viejo, atorrante y matrero mal domado, volvía a los años de su juventud, cuando para hacerse de una buena cincha, ancha y sin defectos, se elegía una res de poca marca, y se mataba, nada más que para esto.

No faltaban entonces huascas, en las estancias; pues en campos abiertos, como lo eran todos, nunca faltan en los rodeos animales ajenos; y de los cueros ajenos salen las huascas más fuertes... porque se cortan más anchas. Pero, como el rico siempre es algo mezquino, porque sabe que es el mejor medio de conservarse rico, mientras que para el pobre, todo animal es ajeno, tenía cualquier gaucho, en algún rincón del rancho, a más del apero corriente, un surtido completo de maneas y cabestros, lazos y boleadoras, cinchones y bozales, maneadores y cinchas, riendas y rebenques, y de todo.

¡Qué ocurrencia hubiera parecido entonces atar un caballo con cabo de manila! ¡ni los napolitanos!

Tampoco se necesitaba talabartero para trabajar huascas. Cualquier gaucho lo era: con el cuchillo para cortar, la lesna para coser, la maceta para ablandar, y la horqueta para sobar; grasa de potro, en invierno, de vaca, en verano, un rollito de lonja de potrillo para tientos, saliva para remojarlos y larga paciencia, el taller estaba armado. Esa sí que era industria nacional; y sin pedir protección a nadie. Por tal que la policía hiciera la vista gorda, no había peligro que se importasen huascas trabajadas en Europa; sobraban las de acá; y como los milicos también necesitaban riendas, cabestros y cinchas, se surtían en cualquier parte. ¿Cuándo va a faltar un bozal para asegurar a un amigo?

Este arte tan criollo de trabajar lindamente las huascas de uso corriente, que era cosa común en la campaña, hace veinte años, se va perdiendo bastante. El gaucho tiene pocos cueros a su disposición, y menos ocios, y ya pasó el tiempo de voracear con las huascas. Un lazo trenzado es, hoy, objeto de lujo que se conserva con cuidado; y un maneador de tres dedos de ancho y de algunos metros de largo en manos de un peón, hace sospechar que lo ha de haber comprado en noche obscura y sin pedir certificado.

La bota de potro se ha vuelto prenda de museo, y los hijos de Martín Fierro van a la escuela, de alpargatas, conversando, algunos de ellos, de los caballos... vapor de la trilladora, montados en sillas, con cinchas de algodón trensado y sobrecinchas de género.

Y cuando se fue el mocito, llevándose su cabestro tan pueblero y su cabo de manila, el gaucho viejo, acabando de un trago su copa de ginebra, rezongó: «Los criollos de hoy, amigo, son lonjas de otro cuero que los de ayer».


* * *


Mucho antes que los criollos, hubo quien supo de un cuero sacar lonjas bien cortadas, pues cuentan que la reina de Tiro, Dido, al llegar, fugitiva, en las costas africanas, después de conseguir de los habitantes la concesión -según su pedido- de la tierra que podría encerrar en un cuero de vaca, cortó el cuero en lonjitas largas y delgadas, abarcando así una extensión de terreno tal que pudo, en ella, fundar la ciudad de Cartago, y tarde vieron los incautos africanos que se habían pisado la huasca. Fue el estreno de la fe púnica. Los cartagineses modernos reemplazan, en América, el cuero de vaca y las lonjas, con rieles de ferrocarril.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Lomas y cañadones


Lomas y cañadonesEditar

Muchos años hacía que el viejo ya no andaba más a caballo y que, postrado en su silla, pesaroso, fumando y tomando mate, se lo pasaba contemplando el dilatado horizonte; percibía apenas, en el entorpecimiento del ocaso, el vuelo silencioso, el misterioso roce de las fugitivas horas postreras de su vida; vida forzosamente ociosa, pero no inútil, ya que era ella el centro de atracción que conservaba compacta a toda la numerosa familia.

De la pequeña loma en la cual estaba la casa, se perdía la vista, por todos lados, en inacabables cañadones, apenas cortados, de trecho en trecho, por ondulaciones amplias y de poca elevación. En los albardones así formados, abundaban los pastos tiernos, el trébol y el cardo, contrastando con la pobreza relativa de los bajos anegadizos; y al mirar esas lomas fértiles, pero tan poco extensas, se acordaba el viejo de los pagos del norte, de las espléndidas costas del Paraná, de donde había emigrado, en 1832, cuando, joven aún, había arreado su hacienda, hacia el sur ignoto, en busca de pasto, «por esa gran seca que hubo».

Y «esa gran seca que hubo», era el eterno refrán, el inevitable punto de comparación, el recuerdo imborrable; el hito que separaba, en dos partes su vida; la indicación fatal que, a medio camino, le había hecho el dedo del destino.

Había tenido que dejar, huyendo, las comarcas fértiles donde se había criado, llevándose por delante sus animales envueltos en espesa polvareda; pues esta tierra negra, tan rica y siempre fecunda, va despojada de toda vegetación, parecía negarse a mantener por más tiempo las haciendas.

En el sur, no había encontrado más que pastos duros y pajonales, pero pasto por fin, y agua en abundancia.

Había salvado sus vacas, y con los años, aprovechando la inmensa extensión, casi desierta, de estos campos todavía despreciados, había prosperado bastante. El espectro de la sequía no era más que un recuerdo de pesadilla; en el sud, más bien sobraba el agua, pero ¡había tanto campo!

Casi todos los hacendados del norte, emigrados con él, poco a poco, se habían vuelto para sus pagos, encontrando, con todo, que más fácil era la vida en aquellos campos de pura loma, de tierra negra profunda, de pastos tiernos y tupidos, y que el riesgo de la sequía era compensado por la asombrosa riqueza del suelo y también por no haber allá, como en el sur, el peligro continuo de las crecientes.

Él se había quedado; con el tiempo, compró el campo que ocupaba, formó ahí su familia y se dejó estar, cuidando su hacienda en los cañadones, con el agua, a veces, hasta el encuentro, entre los juncos y las pajas.

No dejó de tener, de vez en cuando, noticias de la querencia vieja, y no le faltaron ganas de volver allá; pues sabía que sus compañeros de otros tiempos, sus vecinos, se habían enriquecido casi todos, dejando poco a poco la hacienda vacuna para criar ovejas que daban, en esas regiones privilegiadas, resultados magníficos.

Pero ya estaba arraigado, en campo propio, aunque bastante fiero, y con familia; y se quedó, acordándose, no sin amargura, cuando veía la campaña toda cubierta de agua, de la «gran seca que hubo».

Sus hijos quisieron, como la gente del norte, tener también ovejas, y mientras quedaba la Pampa poco poblada, pudieron criar majadas con bastante éxito. Alcanzaban las lomas para salvarlas, en el invierno, y los cañadones, durante el rigor del verano, conservaban pastos que resistían a cualquier sequía. Pero, a medida que se fue tupiendo la población en la llanura, cada vecino mezquinó más su retazo de loma, y se sintió entonces toda la diferencia que hay entre los campos anegadizos del sur Y los campos altos, hermosos y feraces del norte. En los primeros, el más hábil criollo, por mucho que haga, quedará siempre pobre, con sus tres o cuatro mil ovejas por legua, mientras que cualquier irlandés recién venido criará fortuna y fama de buen pastor, en aquellas lomas, capaces de mantener treinta mil.

Y todo esto, más que nadie, lo sentía el viejo, al ver a sus hijos empeñados en el ingrato trabajo de cuidar, en estrechos retazos de campo alto rodeados de agua, sus ovejas enfermizas, sin poder casi reservar nada para sembrar un poco de maíz o de alfalfa. La inutilidad desalentadora de tantos esfuerzos vanos, con razón, le hacía acordar ahora como de una maldición de «esa gran seca» que lo había arrebatado para siempre de los campos ricos donde había nacido, y donde su descendencia de trabajadores empeñosos, siempre arruinada, hoy, por las crecientes, hubiera conseguido con menos esfuerzo la suerte merecida, en vez de luchar sin esperanza contra la naturaleza rebelde, chapaleando, toda la vida, en la sonoridad triste del agua tendida por los cañadones anegados de la Pampa del sur, en vez de pisar, en alegre galope, la tierra firme y fecunda, tapizada de opulentos pastos, de los campos del norte.

-«Sí, sí, es cierto, tata, contestaba el hijo; pero, ¿qué quiere?, estos cañadones son tan aquerenciadores, que por mi parte, seguiré lidiando con ellos. También, -agregó-, los están por canalizar, dicen...

-Sí, dicen; suspiró el viejo: desde veinte años».


Buen peón
de Godofredo Daireaux



Una noche, pidió licencia el hombre para desensillar, y el día siguiente, pronto ya para la marcha, preguntó al patrón si no tendría algún trabajito para él, explicándole que era nativo de la provincia de Córdoba, que se había venido disgustado con la familia, y que buscaba colocación.

-¿Qué es lo que sabe hacer? -le preguntó el patrón.

-Un poco de todo, señor; entiendo bastante de campo y algo también de agricultura.

-¿Cuánto quiere ganar?

-Lo que usted disponga, señor. Usted verá mi trabajo.

Y Ciriaco se había quedado en la estancia, sin mayor compromiso, sin sueldo fijo, sin saber si lo guardarían o no.

El primer día, lo ocuparon en desgranar maíz con una máquina de mano, ayudado por un muchacho, y a la tarde pudo ver el patrón que jamás ningún peón le había llenado tantas bolsas en el día. Y sin embargo, el hombre no parecía muy fuerte; era más bien bajo, delgado, menudito; no metía ruido ni con la lengua, ni con los pies, y si caminaba ligero, era sin demostrar apuro y como resbalando.

Al poco tiempo, no había necesidad de decirle lo que tenía que hacer. El establecimiento era modesto, de pequeña área, pero bien montado en animales de precio y en rebaños finos. La hacienda vacuna no formaba rodeo muy numeroso, pero, entre las vacas, había muchas lecheras, y se aprovechaba la leche en fabricar quesos.

De modo que no faltaba que hacer para el hombre empeñoso. No había capataz, y el mismo patrón manejaba todo de por sí, dando sus órdenes a cada peón.

Ciriaco vio que en la manada había unos potros en edad de ser amansados y, con asentimiento del patrón, domó él mismo algunos para andar; amansó uno para la silla de la señora, y una yunta para la volanta: todo sin bulla, como en momentos perdidos, y bien, sin tropiezo, sin accidente, sin cortar una huasca, se puede decir, y saliendo todos los animales sin una lastimadura, sin mañas, y tan mansos que parecían agradecidos de que los hubieran tratado con buen modo.

Ciriaco no dejaba tiempo a la sarna de invadir las ovejas, ni ocasión a los malvados de dar sus golpes en la estancia.

Sin ser del pago, no sólo ya conocía del campo cada mata de pasto y cada charco de agua, sino el nombre, apellido y filiación de cuanto bicho dañino había en la vecindad, sus mañas, sus costumbres, el número y el pelo de sus caballos; y, cosa rara, cada vez que alguno había querido pegar malón, había topado, en el momento de desatar el alambrado, o de hacerlo franquear por el caballo, con perros de la estancia, que, amenazándole de cerca las pantorrillas y esquivando los tajos, le habían ladrado hasta que, de entre la obscuridad de la noche, los llamase una voz tranquila, algo irónica, con un despreciativo: «¡Dejalo, hijo!»

Pronto la conocieron todos, esta voz, por ser la de Ciriaco, aunque nunca se dejase ver, y empezó a criar fama de brujo. Aseguraban algunos que los postes del alambrado para él se volvían gente y lo tenían al corriente de todo lo que pasaba en el campo.

Tampoco faltaba, por supuesto, quien, en la misma estancia, lo llamara espía, hipócrita, y otras cosas. Es verdad que el patrón le tenía mucha fe y no dejaba de consultarlo, en muchos casos. Pero, ¿cómo hubiera sido de otro modo, si ese hombre todo lo sabía o lo adivinaba?

En un aparte, ningún animal, por peludo que fuera, escapaba a su ojo certero, y conocía la madre de cada ternero y el ternero de cada vaca. Apenas aparecía un bulto en el horizonte que ya lo tenía filiado: vaca, yegua, caballo solo o montado, y el color del animal y quién era el jinete, y de dónde venía, y a dónde iba.

No necesitaba mirar los dientes del animal para decir su edad, ni manosear un capón para saber si era gordo. Le bastaba una ojeada para saber de cuántas ovejas se componía una majada; y esto, que la viese extendida en el campo, muy suelta en pastos ralos, o muy tupida en un trebolar, o bien encerrada en el corral, echada o parada.

También sabía decir, en un momento y a ciencia cierta, cuántos animales se podían sacar de ella para tropa, y de cuántos kilos saldría ésta, por cabeza, en término medio.

Lo mismo, en un rodeo, las vacas parecían haberle divulgado de antemano, sus secretos: cuántas eran, cuántas vacas viejas y cuántas vaquillonas, y cuántos novillos, y cuántas había de preñadas, entre aquéllas, y qué peso darían éstos; y si faltaba algún animal, era como si hubiera encargado a los demás de avisarle a Ciriaco, tanta era la prontitud con que notaba su ausencia.

Cuando dos o tres gauchos no atinaban en cortar del rodeo algún animal porfiado y lo estropeaban a golpes, sin poderlo sacar, se acercaba él despacio, con su caballo mansito, despachaba a dos de los peones a otra tarea, y con el que quedaba, sin mayores gritos ni rebencazos, sin más aparato que una voluntad enérgica, dominaba al bruto, y como por persuasión, lo llevaba hasta el señuelo. Sabía que la pericia del hombre de campo consiste en vencer sin violencia resistencias violentas, y que, más que su fuerza, debe lucir su astucia y su paciencia.

Aunque, ni con viento pampero, supiera errar el tiro, no era de aquellos que, porque porfía un poco un animal, al momento desprenden la presilla y con grandes gestos, para llamar la atención sobre su destreza, arrollan el lazo o revolean las tres hermanas.

Era como manía, en ese hombre, hacerlo todo sin cascabel. No era mayordomo, no, ni siquiera capataz; y, sin embargo, todos le obedecían y el mismo patrón seguía sus indicaciones, hechas humildemente, pero siempre tan justas. Mandarlo a él era inútil.

-Ciriaco, el toro quebró un palo, ayer tarde, en el potrero uno; sería bueno componerlo o cambiarlo.

-Ya está, patrón.

-¡Ya!, y ¿cuándo lo hizo?

-Esta madrugada, señor; fuimos con José.

-¡Ah!, bien. ¡Diga!, murió la ternera esa, entecada, ¿sabe? Mándela cuerear.

-Ya lo mandé a Maximito, patrón. Pronto traerá el cuero.

Y así todo; y no sólo esto: el honor y la fama de su patrón eran para él tan sagrados como los propios, tan bien que no vaciló, una vez que había oído cuentos que no le gustaban, en salir de su reserva, y sin decir nada a nadie, en cantarle la cartilla a un vecino, de tal modo que éste, para siempre, se acordó que en boca cerrada no entran moscas.

Aunque fuera hombre de pocos amigos, muchos de afuera lo venían a consultar, pues entendía como nadie de remedios caseros para curar los animales enfermos.

Entre los que así venían, don Fermín era el más asiduo. No le faltaba pretexto para largarse a conversar con Ciriaco, recibir sus consejos y también darle los de él, que tampoco eran malos.

-Eres muy bueno -le decía-, amigo Ciriaco; y pocos hombres he conocido tan buenos como tú. Pero de bueno ya vas rayano a zonzo. Aquí, te estás dejando explotar; y, sin embargo, tu patrón también será bueno; pero, como no le pides nada, nada te da, y sigues trabajando sin saber ni cuánto ganas, ni si sólo ganas algo.

»Así nunca vas a adelantar; y toda la vida quedarás un pobre gaucho, lo mismo que si fueras un haragán; es preciso hacerse valer, amigo; trabajar no es todo, y también se necesita en este mundo: SABER TRABAJAR.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Saber trabajar
de Godofredo Daireaux



Y don Fermín, él, había sabido trabajar. Peón de confianza en un establecimiento de regular extensión, había llegado a desempeñar las funciones de capataz, sin tener el título de tal. Pero si el sueldo no era más que el de cualquier otro peón, había sabido conseguir de su patrón ciertas ventajas que le podían facilitar la tarea de ir levantándose, poco a poco, hacia el ideal soñado: dejar de ser, toda la vida, el gaucho pobre y despreciado, cuyas condiciones tristes cantan en sus versos los poetas, sin poderlas mejorar; cuyos vicios -hijos de la ignorancia en la cual lo han tenido sumido, a pesar de su viveza natural, los que han manejado los destinos del pueblo- sirven de pretexto para mantenerlo en humilde sujeción; cuyas reconocidas cualidades de voluntaria fidelidad al amo, de resistencia sufrida, de noble arrojo, de vigor, de destreza, de amor al suelo patrio, son el inagotable tema de mil obras literarias, sin haber sugerido jamás a los gobernantes la idea práctica de hacer con él el verdadero núcleo de una nación valiosa y valiente; cuya suerte, en fin, corre pareja con la del caballo criollo, su compañero, siempre alabado y maltratado, siempre ponderado y mal comido.

Don Fermín había nacido con la idea, poco común entre los gauchos, de mejorar su suerte por el buen manejo de sus fuerzas y de la platita que podría producir su trabajo. Por cierto, en sus aspiraciones, no podía ser muy ambicioso; pero siquiera soñaba con poseer en propiedad, algo más que un sombrero grasiento, un poncho roto y un chiripá descolorido; quería llegar a tener algunos animales que llevasen su marca; algunas ovejas que le diesen su lana, y también algunas lecheras.

Su prolijidad en cuidar los animales finos, le había valido la simpatía de su patrón, y una vez parado el crédito, no se le había echado a dormir. Pero no quería que el patrón fuese solo en aprovechar su trabajo.

Sabía que, por bueno que sea un hombre, raras veces se adelanta a hacer prosperar a un inferior, a pesar de su mérito, y que si el mérito debe ser modesto, no debe serlo tanto que pueda creer, el que lo aprovecha, que ignora su propio valor.

Sin levantar nunca pretensiones que le hubieran podido resultar contraproducentes, Fermín no perdía ocasión de hacerse valer discretamente.

Sabiendo que «el que no llora no mama», algo siempre pedía al patrón, y como lo que pedía, nunca era gran cosa, siempre lo conseguía. Pero siempre pedía cosas de provecho futuro, que si valen poco de por sí, valdrán con el tiempo, por lo que puedan atraer o producir.

El establecimiento necesitaba huascas y había que cortar un cuero. Fermín pedía permiso para sacar un maneador. «Tome, tome», decía el patrón, y el maneador salía tan ancho y tan largo que de él, Fermín podía, con el tiempo, sacar un surtido completo de huascas de todas clases.

En la hierra, nunca dejaba de hacerse regalar un potrillo; un potrillo, ¿qué es para un estanciero?, y le chantaba la marca con la idea que, algún día, sería un lindo caballo, de valor, cuidándolo bien. Y cuando, habiendo formado tropilla, pidió al patrón una yegua para madrina, la consiguió preñada del padrillo fino que él tan amorosamente cuidaba.

El patrón necesitó un puestero para una majada, y de tal modo se manejó Fermín, que se la hizo dar a un interés moderado, estableciendo en el puesto a su madre y a sus hermanitos, en edad ya de cuidar la majada, bajo su vigilancia.

La majada no era muy grande, ni de muy buena calidad, ni muy fuerte el interés; pero el puesto estaba en la orilla del campo, y con el pretexto de que los muchachos no sabían, siempre estaban pastoreando las ovejas en el campo del vecino, dándoles así mucha extensión.

Siendo Fermín el encargado de cuidar los carneros y de repartirlos entre los puesteros, elegía de antemano los mejores y los mandaba para su majada. Su parición, así, siempre superaba a la de los demás puestos, y su rebaño mejoraba rápidamente.

Animales gordos para vender, tenía siempre también, porque de la estancia mandaba carne al puesto y no necesitaban carnear.

Las lecheritas de su mamá no tenían toro; pero eran tan pocas que el patrón cerró los ojos, y los mestizitos que nacieron de ellas eran lindos animales.

Si los caballos de la estancia siempre estaban gordos, es que Fermín los cuidaba mucho, y con dejar comer maíz a dos o tres de los de él, en el pesebre, a la par de ellos, no les causaba gran perjuicio.

No era él hombre de reuniones y carreras, pero lo solicitaba don Juan Antonio, cada vez que en su pulpería se organizaba una partida algo seria y se necesitaba coimero; y no podía despreciar los buenos pesitos que siempre dejaba el oficio.

Tampoco impedían sus ocupaciones en la estancia, que, durante la esquila, pudiera atar la lana del establecimiento, trabajo que también le valía bastante dinero.

Y poco a poco, aprovechando las migas que él mismo hacía así caer de la mesa de otros más ricos que él, y haciéndolas fructificar, llegó a poder realizar su sueño: dejar de ser un gaucho pobre, para trabajar por cuenta propia.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Latifundia


LatifundiaEditar

-«¿Y esos pobres guachos, de quien serán?» exclamó, riéndose, uno de los estancieros ahí reunidos, al ver entrar en la feria un lotecito de vacas tan éticas y raquíticas, criollas, flacas y deshechas, que más parecían perros con aspas que animales vacunos.

-«Cállate, le dijo un amigo; si son de...» Se perdió el nombre en el tumulto de la reunión, y agregó el hombre: «¡Pobre! No le alcanzará para comprar un torito. Dice el rematador que les ha puesto base, para que no se las vayan a sacrificar.

-¡Qué vergüenza!, mandar semejantes animales; yo, que él, los cuereo, más bien. ¡Mire la gente progresista, con sus millones!»

Estos hombres hablaban, de envidiosos, y por hablar, no más. Ellos que tenían apenas, en algunas leguas de campo, unos cuantos centenares de vacas, que las tuvieran muy refinadas, de muy buena raza, de gran cuerpo, de poca asta, de fácil engorde, se comprende, pues así lo necesitaban; pero a la persona de quien se ocupaban, ¿qué le podía importar que sus animales fuesen, -como eran, en realidad-, los últimos en clase, que se pudieran encontrar en la República Argentina?

Al cruzar la provincia en la cual estaba radicada la familia cuyo nombre había sido pronunciado, el viajero se cansaba de preguntar a su vaqueano: «¿De quién es este campo que atravesamos?» pues la contestación era casi siempre la misma, y el mismo apellido caía de la boca del interpelado.

Y todos estos campos, -extensos todos-, presentaban el mismo aspecto de abandono que si no hubieran sido de nadie. Uno que otro ranchito de mala muerte, perdido entre fachinales, abrigaba algún miserable puestero, encargado de cuidar a la de Dios es grande, rebaños bastante grandes de ovejas sarnosas, entre las cuales a ningún Tesco se le hubiera ocurrido buscar la del vellón de oro. Entre los pajonales, que era bien prohibido quemar, andaban vagando inmensos rodeos de vacas ariscas, fiambrera de los gauchos que vivían en el establecimiento, de los vecinos y de las fieras que todavía se guarecían en el pajonal, y que el patrón había prohibido también de perseguir.

Nunca, por supuesto, había tenido la curiosidad de dar una recorrida general a sus campos ¿para qué? Hubiera sido un viaje muy penoso, largo y aburrido. Pero quería que supiesen bien, los que en ellos pasaban la vida, que él era el dueño, y que sólo él tenía derecho de mandar, aunque fueran disparates. Por supuesto que no tenía afición particular a los tigres y a los pumas, pero bastó que un mayordomo le escribiese que hacían mucho daño en la hacienda y que lo mejor sería de ir quemando los fachinales, para que pasase a todos sus mayordomos una orden general, prohibiéndoles terminantemente de quemar campo y de matar fieras.

A otro mayordomo que se permitía indicarle la conveniencia de mudar de campo una hacienda para evitar que se siguiera muriendo, con la seca, le contestó que sacase los cueros no más, y se dejase de consejos: que las osamentas mejoraban el campo. Y a otro que le pedía semilla para sembrar un poco de alfalfa, lo echó, por trompeta.

Tenía razón, el hombre. ¿De qué serviría la riqueza, si fuera para dar trabajo? Que se molesten los pobres; que codeen fuerte los del populacho, para llegar a ser los primeros en la senda del progreso; santo y bueno; pero, en la procesión, ¿no camina siempre por detrás, el obispo?

¡Miren!, si fuera preciso que el dueño de centenares de leguas, las convirtiese en buenas estancias, divididas, alambradas, pobladas, cultivadas, con mayordomos instruídos, personal numeroso, animales refinados, ¡la mar! Ya no valdría la pena ser dueño de una extensión de tierra tal que, de por sí, sin trabajo, le da a uno más pesos de renta por minuto, que los que gasta en un mes un hombre regularmente acomodado.

No; nada de administración. Los mayordomos: que sólo sepan escribir lo suficiente para saludar al patrón y remitirle guía de cueros y lana; los puesteros: que ahí estén, sin sueldo, por la tumba, no más, y como con licencia. Que el Pueblito que, en un descuido, ha dejado que se formase, quede encerrado entre las estancias y no tenga chacras, ni siquiera quintas, pues el arado trae consigo mucha gente; y, menos bulto, más claridad.

En caso de decidirse el patrón a alambrar alguna gran extensión, dejaba sólo un camino todo alrededor, y una que otra tranquera, siempre cerrada con candado, como para hacer comprender bien al viajero que, por estas puertas, hubiera podido pasar, si tal hubiera sido la voluntad de él, -dueño-, pero que él,-dueño-, no quería que se cruzase su campo, ni que le pisoteasen la paja de embarrar, ni el pasto puna.

Y con todo, aumentaba su fortuna; a pesar de esta resistencia pasiva, se volvía colosal; por debajo, por encima de la muralla china de su orgullo inerte, por infiltración continua, invadía sus campos la marejada de la población, del trabajo y del progreso, dándoles un valor cada día creciente, obligándole, a veces, por la exageración de las ofertas, a arrendar algunos retazos. Pero era rezongando; de lo que había arrendado, le parecía ser un poco menos dueño, y su orgullo sufría.

Como no ostentaba más lujo que el de chupar yerba paraguaya y de fumar tabaco negro de la «Hija del Toro», que su vida era modesta, su casa sencilla, sus muebles vulgares, y su mesa, de una sólida abundancia y nada más, no necesitaba aumentar sus entradas; pero, sí, tenía la vanidad de poseer tierra, mucha tierra, demasiada; quizás para que nadie se atreviera a decir que no tenía en que caerse muerto.

Y esto de caerse muerto, le sucedió como a cualquier hijo de vecino, bastando para su sepulcro, diez metros cuadrados de las inmensas áreas, cuya posesión efímera había hecho famoso su nombre, durante el corto período de una vida humana.

¿Fue sentida su muerte? No. No era malo el hombre, pero estorbaba. El progreso, impaciente, esperaba que se quitase del camino, pues no le gustan los campos extensos, flotantes mantos de reyes haraganes, en los cuales anhela cortar vestidos de menor amplitud, pero más fáciles de engalanar con todas las maravillosas prendas de la naturaleza generosa.

Se abalanzó en su ayuda, para corregir la injusta suerte del trabajador que pena y ahorra, la misma locura de los hijos del potentado. El había sacado su gozo de la sola e inútil posesión de tierras inmensas; sus hijos buscaron su gloria en la vanidosa ostentación de sus riquezas, lumbre fatal que resplandece menos de lo que, sin vuelta, consume. Quebradas sus tierras en pedacitos por el martillo del rematador, volvieron a ser parte de la herencia de la humanidad productora. El pueblito se ciñó de un opulento y verde cinturón de chacras, y en los modestos hogares allí surgidos, hubo una suma de felicidad incomparablemente mayor que en la desdeñosa morada del primer poseedor.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El maestro de escuela


El maestro de escuelaEditar

Gallarda, elegante, de corte airoso, blanco el velamen, nítida la pintura, brillantes los cobres, por la primera vez sale la nave del puerto, y más saluda las olas, en su balanceo, como condescendiente vencedora, que como luchadora inexperta.

Así sale de su tierra, por la primera vez, lleno de las ilusiones de los veinte años, el joven inmigrante, de buena familia, a campear, por la América lejana, la fortuna fugitiva.

Y después de muchas campañas, de travesías penosas y sin número, después de haber sufrido mil tempestades, la nave, muchas veces, desgarrado el velamen, el casco hecho una ruina, con el timón roto, viene -errando el puerto- a encallar y zozobrar en los escollos de la costa.

Y también, a menudo, sucede al joven inmigrante, de buena familia, demasiado confiado en la superioridad relativa de su instrucción, de venir, después de muchas tempestades, a encallar y zozobrar en los escollos de la vida americana, con las ilusiones hechas añicos y el timón roto.

Hacía muchos años ya que había perdido el timón, don Anselmo, cuando apareció en la estancia de don Tomás, una tarde, miedosamente colocado en un mancarrón mal aperado, prestado en la pulpería, donde había llegado a pie, desde el pueblito, distante de tres leguas, objeto de la burlona curiosidad de los paisanos, con sus harapos de pueblero, mestizados de prendas campestres, sus alpargatas nuevas y su galerita aboyada, su levita remendada, recuerdo de grandezas pasadas, sus pantalones arremangados en las medias sucias, y sus manos sin ampollas.

Don Tomás había pedido a un amigo que le mandara un buen maestro de escuela, y habiendo caído don Anselmo, astro errante, en la órbita del comisionado, éste se lo había dirigido.

¿Errante? ¡Oh! Sí; pues no había hecho otra cosa en la vida, que de cambiar de oficio, de sitio, creyendo siempre mejorar su condición, neciamente desdeñoso, en una sociedad puramente ocupada todavía en llenar imperiosas necesidades materiales, de todo trabajo que no fuese, a su parecer, intelectual; persiguiendo sin cesar la imposible realización de los irrealizables sueños de su ambición mal ponderada y mal adecuada al ambiente. Hasta que viejo, y cansado de verse siempre más pequeño que tantos otros que juzgaba serle inferiores, se resignó a ir a esconder en la campaña la humillación de su orgullo vencido, listo ya, en el abandono de su desaliento final, para hundirse en el remanso sin fondo de la derrota moral y física, dispuesto a todas las concesiones, presa de todos los vicios.

Y don Anselmo empezó, sin ganas, a desasnar a los tres hijos de don Tomás, paisanitos de fecunda e ingeniosa travesura, y a tratar de hacerles comprender, a razón de tres horas por día y de veinte pesos al mes, y la tumba, las complicadas reglas de la aritmética y las arduas bellezas de la cartilla primera.

Así mismo, y a pesar de lo que puedan pensar los grandes escritores de la antigüedad, en cuyo noble comercio no se olvida que ha sido criado, las horas de clase son, para él, las mejores del día; pues entonces, siquiera, y aunque bien se dé cuenta de que si el terreno en que siembra no está muy preparado, tampoco la semilla está muy fresca, se siente útil, mientras que fuera de ellas, se ahoga en desesperante fastidio, incapaz, como lo es, de ayudar en ningún trabajo, pasando el tiempo en fumar y tomar mate... y caña, cuando hay.

El domingo, a la noche, don Anselmo, a veces, prende una vela en la pieza que le sirve de escuela y de dormitorio, y, al rato, suenan, en el silencio crepuscular, en medio de inhábil zangarreada de guitarra, los acentos de su trémula voz de viejo aguardentoso.

Después de comer, cualquier ruido es música, y todo el personal de la estancia, abandonando la cocina, se viene a juntar en la puerta; poco a poco, de a uno, entran todos de puntillas y le hacen rueda al cantor.

Don Anselmo, agachando la corona sin honor de sus canas desgreñadas, sentado en un pupitre, con las piernas cruzadas, a nadie mira. Ha pasado parte del día en la pulpería, tomando solo, sin hablar con nadie, tampoco; pues el gaucho le parece poco digno de su conversación, y éste, cuya miseria siquiera tiene el consuelo de poder fraternizar con la del prójimo, le devuelve con usura su desprecio.

Y por esto mismo es que, cediendo a la invencible necesidad de desahogo que siempre acaba por apoderarse del que sufre, acostumbra don Anselmo, confiar a la guitarra sus penas.

Sus décimas son bien pobres, su música bien destemplada, y su voz bien ronca, pero su canto improvisado, aunque no alcance, por cierto, a expresar como lo quisiera, su desconsuelo, deja traslucir tan resignado pesar por las decepciones y los desengaños sufridos, en su larga vida mal aprovechada; y tanto rebosa la amargura de su vejez miserable y sin hogar, que su auditorio lo escucha con cierta compasión, y que los mismos niños, sus discípulos, siempre dispuestos a hacerlo víctima de alguna travesura, por un momento perdonan, indulgentes, al hombre que, cantando, casi llora, su tiranía inofensiva de maestro atorrante.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Pueblo nuevo


Pueblo nuevoEditar

Los conquistadores, al remontar las grandes arterias fluviales, han ido formando pueblos, de trecho en trecho, jalones de sus etapas atrevidas en esta tierra desconocida, puntos de auxilio contra las sorpresas de todo género, siempre posibles, entre hombres salvajes, en naturaleza chúcara. En la Pampa, las corrientes de agua escasean, y los pueblos se fundan un poco al azar, como caen los dados en un tapete. Muchos han sido edificados por malhechores inconscientes, en terrenos bajos, malsanos, rodeados de cañadones y de ciénagos, cundiendo en ellos, apenas existen, y renaciendo siempre, la viruela, la fiebre tifoidea, la difteria y mil otras plagas, sin contar a los curanderos, que diezman su población.

Otros, a falta de ríos o arroyos, se han fundado cerca de alguna laguna; hoy, la mayor parte nacen alrededor de una estación de ferrocarril; y lo mismo que los libros, tienen sus destinos los pueblos que así surgen del suelo pampeano, hijos del capricho, de la especulación o de sentida necesidad. Basta que la casa de negocio, primer núcleo, protoplasma de todo pueblo, se vaya rodeando de algunos establecimientos no menos útiles, como la inevitable fonda vascongada, la zapatería de los tres hermanos, la herrería, la peluquería y algunos más, para que se desarrolle el embrión y crezca, con ínfulas de ciudad. La panadería y la carnicería no tardan en establecerse, y en poco tiempo, frente a la manzana reservada, con el nombre de plaza, para muestra, al parecer, y recuerdo de la puna destronada, queda formada una calle que, por la intermitencia de sus construcciones y de sus terrenos baldíos, parece la dentadura mellada de una criatura de seis años; criatura a veces capaz de gran desarrollo, otras veces, raquítica y de vida endeble.

Y a los pocos años de edificada la primera casa, donde pacían las haciendas con toda tranquilidad, se ven chiquilinas barriendo veredas, y tirando a la calzada como para empedrarla, los papeles sucios y las cajas de lata vacías del almacén.

Crecerán las chiquilinas, y pronto se necesitarán escuelas, y mucho antes que haya iglesia y campana, el amor al campanario dará su primer fruto, fruto amargo: el odio y la envidia al pueblito vecino, competidor temido.

La necesidad de tener, juntos y a mano, los oficios más indispensables, ha fomentado la creación del pueblo; y en éste, se va creando a sí misma necesidades nuevas la misma población. Es poca, todavía, para tener en propiedad un cura, pero una vez por mes, el del pueblo grande más cercano vendrá a celebrar misa en la capilla improvisada en un galpón, catedral provisoría de la futura ciudad.

Y sucederá que, por una risueña ocurrencia de la casualidad, de vez en cuando, se encontrarán en la galera, el cura y el sacristán, con toda una comparsa de personas alegres, chillonamente vestidas y de conversación a gritos, de loras guarangas, que también van al pueblo nuevo, a prestar al vecindario los servicios de su oficio.

También las aves negras han abierto sus oficinas, pues no sólo necesidades, sino también parásitos nacen de toda agrupación humana, por humilde que sea, precursores infalibles de su naciente prosperidad, como lo es el gusano, de la madurez de una fruta.

El comercio tiende sus redes; la primera casa no ha quedado mucho tiempo sola, y, de todas partes, han acudido bolicheros, rezagados o quebrados de otros lugares, para tentar nuevamente la fortuna, a la luz de esta alba.

Tratarán de comerse vivos unos a otros; venderán perdiendo, por tal que el de enfrente se arruine.

Y seguirá la especulación sobre los terrenos; éstos irán tomando ficticiamente un valor que no podrán tener de veras antes de muchos años, viviendo de esperanzas, por lo pronto, sus felices poseedores.

La municipalidad se forma, y reparte, con mano liberal, impuestos a troche y moche; la policía se organiza y trata de efectuar arrestos, por cualquier delito, para facilitar a la primera los trabajos de embellecimiento del pueblo, haciendo abovedar por los presos, las calles ahondadas sin cesar por el rápido y constante traqueo de las activas jardineras de lecheros y panaderos, de los carros pesados y lentos, y de las descuajaringadas volantas de alquiler; y tanto se multiplican las autoridades, que pronto parecen una nube de escarabajos atareados en hacer desaparecer algún residuo festilizador.

¿Progresará, con todo esto, el pueblo nuevo? Sí, porque a pesar de todo, todo progresa en este país; pero el progreso será lento, difícil, a saltos, y no casi milagroso como en los Estados Unidos, donde se explota la agricultura y no al agricultor.

De cualquier modo, será, en medio de la tranquila soledad pampeana, un nuevo hervidero de pasiones humanas, mezquinas y turbulentas. Los odios nacerán en él, como los mosquitos en un charco: la política, las competiciones comerciales, la vanidad, el interés los crearán, de todos calibre y de todas formas.

En sus mil trampas, abiertas siempre: tentaciones sin gracia o groseros embustes, espoliaciones violentas o cautelosas estafas, dejará el campesino productor, algo de lo suyo, cada vez que en él penetre; y se tendrá una prueba más de que no hay infierno mayor que un pueblo pequeño.


¡4032!
de Godofredo Daireaux



Don Evaristo López, español, madrileño, después de haber gozado, en su tierra, de respetable fortuna, malograda en los pasatiempos que, por todas partes, proporcionan a la gente, en diversas formas, los juegos de azar, había venido a caer, arrollado por la mala suerte, como hoja seca por el viento, en el pueblo de General Álvarez, recién fundado sobre una estación de la línea de Buenos Aires al Pacífico, estableciendo allí una modesta agencia de venta de billetes de lotería, en combinación con una casa de la capital.

Soltero, hombre ya de pocas necesidades y de menos ambiciones, incapaz de comprender que la lotería más segura es el trabajo asiduo y prudente, invertía en billetes casi todo el importe de su comisión sobre las tres decenas que alcanzaba a vender, reservándose siempre, entre otros, un quinto del mismo número, el 4032, al cual guardaba, desde cierto sueño que había tenido, una fe ciega.

Ese día, estaba don Evaristo esperando, después de un día de calor tórrido, durante el cual, a fuerza de andar, había logrado colocar el saldo de sus billetes, que la sirvienta pusiera en la mesa la modesta cena.

Cómodamente sentado en un sillón de hamaca, en mangas de camisa, fumando su eterno cigarrillo, descansaba de las fatigas del día, y, por supuesto, pensaba. Pensaba en su precaria situación, en su vida derrumbada y triste de desterrado; en lo lindo que sería poder volver, algún día, a España, si no rico, con algo, siquiera, que le asegurase la vida; y pensaba también en la imposibilidad probable de poder jamás realizar este sueño.

-Sólo ganando la grande; pero, ¿cuándo? nunca sería para él semejante ganga.

Y con todo, en un rinconcito de su cabeza, no dejaba de revolver el montón relumbroso de los sueños dorados y de las risueñas ilusiones, que todo hombre cultiva, con razón, ya que hacen la vida más llevadera.

¡Ganar un quinto, no más, de la de cien mil! ¡veinte mil pesos! ¡la resurrección! Y brotaban primero, en su mente de viejo jugador, ideas de munificencia: daría mil pesos para el hospital español; quinientos a la sirvienta que, desde que estaba en este pueblo, cuidaba de él; a otros cien, haría regalos; y hasta se daría el orgulloso lujo de pagar cierta deuda vieja que, aunque nadie la reclamase, le hacía en la conciencia cosquillas. Al pensar así, bosquejó el ademán -siempre tan noble- de pagar.

Inconscientemente, hacía de esa generosidad, algo exagerada, como una ofrenda propiciatoria a la suerte titubeante, para que se decidiese, de una vez, a favorecerle.

Y sólo entonces empezó a pensar en sí, y en lo que haría para su propia satisfacción; y compraba tantas cosas y gastaba tanto dinero que, aunque no apuntase las sumas, pronto vio que se pasaba, y tuvo que restringir algo sus liberalidades.

Se enredó en sus cálculos; unas veces, mermaban hasta la parsimonia, creciendo, en otras, hasta la prodigalidad; pero afirmándose cada vez más en su cerebro, la ilusión -¡qué! ilusión-, la certidumbre de que era el dichoso poseedor de bienes reales que necesitaban administración prolija, y no de castillos en el aire.

Y había acabado por dar, lápiz en mano, con una combinación definitiva, en la cual, por haberse acordado con tiempo del descuento de cinco por ciento que sufre el premio mayor, lo que le pareció una mera injusticia, quedaban reducidos a cien, los mil del hospital español, a cinquenta, los quinientos de la sirvienta y borrados, por intempestivos, los demás rasgos de generosidad impetuosa, dádivas a futuros ingratos y pagos a gente más rica que él.

En este momento, la sirvienta trajo la sopera e introdujo al mensajero de la estación, portador de un telegrama.

Digan lo que digan, hay presentimientos en esta vida: don Evaristo se sintió temblar de emoción al romper el sello, y si se supo dominar, al leerlo, fue porque su estado mental inmediatamente anterior, en algún modo, lo había preparado a pasar, sin sacudida demasiado fuerte, de la ilusión a la realidad. Leyó:

«Salió con la grande el número 4032. Lo felicito.»

Firmaba el dueño de la agencia de Buenos Aires.

Don Evaristo sintió detenerse, durante un momento, la circulación en sus arterias; lo invadió una oleada tal de felicidad aguda que fue casi un dolor; palideció, se ruborizó; estuvo a punto de cantar y de reírse, y de decírselo todo a la sirvienta que, de curiosa, lo estaba mirando, para saber; pero se contuvo, cobrando en el acto, con la fortuna, el suspicaz instinto de recelosa defensa que, casi siempre, trae ésta consigo.

Asimismo, no pudo reprimir un movimiento revelador de su contento, y alargó al mensajero un billete de un peso, en vez de los diez centavos acostumbrados, lo que hizo que la sirvienta cambiase con el muchacho una ojeada llena de suposiciones.

Don Evaristo trató de comer, pero no pudo. La alegría le llenaba el cuerpo y el alma, y poniéndose otra vez el saco, se largó a la calle, después de comprobar que había vendido los otros cuatro quintos a Gregorio Lucena, el carnicero.

Tomó una volanta, hecho extraordinario que pareció llamar la atención de los cinco o seis personajes más copetudos de la localidad: el intendente, el comisario, el médico y otros, reunidos, como siempre, antes de irse a comer, en la casa de negocio de Irrazueta y compañía. Y como todos lo miraban con algo de burlón en la sonrisa, hizo parar el coche, se bajó, y entrando en la casa, le dijo a uno de ellos:

-¿Qué le parece, amigo, el 4032? No me lo quiso tomar el otro día; pues, ¡embromarse! -y le enseñó triunfante el telegrama.

El interpelado manifestó ruidosamente su pesar, otros se mostraron asombrados, y hubo muecas de duda, felicitaciones unánimes y bulliciosas, por fin, al oír que don Evaristo tenía un quinto y Lucena los otros cuatro. Don Evaristo no estaba en situación de percibir lo que podía haber de ironía disimulada en las sonrisas, y, glorioso, se fue.

El carnicero, que por las necesidades de su oficio, se tenía que levantar siempre a las tres de la mañana, ya estaba en cama, lo mismo que toda la familia. Al oír la noticia, al ver el telegrama, casi echó a bailar, pero pronto tuvo sus dudas, Irrazueta sabía que tenía él ese número, y ¿quién sabe si no era algún cuento, lo del telegrama? Se le hizo frío el sudor a don Evaristo; y para salir de duda, se fueron juntos a la estación; pero allí el jefe galoneado les enseñó, con su flema británica, madre de la confianza, el original del despacho, les confirmó su autenticidad, y los dejó convencidos de que su suerte era cierta.

Lucena sacudió a gritos a su gente toda dormida, hizo levantar a la familia entera, mandó a la mujer que hiciera pasteles, y se fue a la casa de negocio a buscar golosinas. Allí se encontró con la pandilla de los copetudos y, en cambio de sus felicitaciones, los convidó a tomar una copa de champagne. Una vez empezada la farra, duró toda la noche; fueron todos a comer los pasteles a casa del carnicero, llevándose más botellas de lo que de convidados había. Lucena, por cierto, insistió para pagarlo todo, y gastó doscientos pesos, en la noche, lo que para él era cantidad importante; pero, ¿qué le importaba, ya que iba a tener una punta de miles de pesos?

Aprovechó la ocasión para aproximársele despacio, un estanciero que, hasta entonces, nunca le había querido fiar un novillo, y le propuso todos los que tenía, a precio alto, por supuesto; pero, ¡bah! cuando hay plata, ¿qué importa? y Lucena, para florearse, los compró. Hubiera comprado todo, aquella noche...

A la madrugada, llegó el tren, y, con él, el extracto y el desengaño. Lo del telegrama había sido mentira, no más; un amable chasco, una liviana chanza de campesinos aburridos, ingeniosos bastante para forjar en alma ajena, sobre la efímera ilusión, una realidad casi palpable de dicha, para poder, en seguida, darse el sabroso placer de pisotearla a sus anchas, y de exprimir brutalmente de ella, con el pesado zapateo de sus risas sin piedad, algunas lágrimas de rabiosa decepción.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
¡Al sur!


¡Al sur!Editar

Alberto Dupont, poseído, desde su ya remota llegada a Buenos Aires, del deseo de conquistar, él también, siquiera en parte, la América, soñaba sin cesar, detrás del mostrador de su pulpería, con las lejanas y desiertas tierras de la Patagonia, y con la posibilidad de cortarse en ellas un amplio dominio, de cualquier modo que fuera. Joven y fuerte, con algún capital y bastante audacia, espiaba la ocasión propicia para lanzarse en alguna operación de tierras en el Sur, desde que en el mercado central de frutos, había visto pilas enormes de lana venida de aquellas tierras ignotas, oyendo de boca del consignatario que las vendía, datos alucinadores sobre el aumento extraordinario de las majadas y su maravillosa producción, en esas comarcas todavía despreciadas.

Y en un remate de la oficina de tierras públicas, como quien se tira en aguas hondas para aprender a nadar, arrendó por ocho años, en el territorio nacional de Santa Cruz, y por seiscientos pesos anuales, diez mil hectáreas.

Salió del remate, algo ensoberbecido de tanto coraje y, a la vez, temeroso de haberse metido en camisa de once varas, al pensar que su reino quedaba a trescientas leguas del punto bastante central y poblado de la provincia de Buenos Aires, donde estaba establecido; que las comunicaciones por tierra eran poco menos que imposibles y que sólo salía, cada mes, un pequeño transporte nacional, en fechas inseguras, sin itinerario fijo, sin comodidades dignas de este nombre, para pasajeros, y cargado, las más de las veces, por el mismo gobierno, con materiales y víveres destinados a las prefecturas marítimas de la costa.

Pagó, con más resignación que entusiasmo, la primera cuota del arrendamiento; firmó, en papeles sellados de elevado valor, las letras correspondientes a los pagos anuales siguientes, y de llapa, el compromiso leonino, absurdo, de hacer mensurar por su propia cuenta, él, arriesgado poblador, esta tierra arrendada al Estado, y que más tarde tendría que devolver, mejorada. Y como el plano de los millares de leguas cuadradas que constituyen la parte patagónica del enorme patrimonio territorial de la República Argentina, ha sido dibujado al tanteo, haciendo en el papel una multitud de cuadritos calculados, cada uno, en cuatro leguas cuadradas, era lo más fácil que su lote quedase, como tantos otros, bajo las aguas del Atlántico, cuyas olas bravas castigan sin descanso estas costas llanas, tan poco hospitalarias, o fuera parte de algún árido pedregal.

Empezó a buscar datos, para orientar sus resoluciones; pues no era cosa de dejar improductivo el negocio; y pronto conoció que ya se formaba una corriente de fuerza insospechada todavía, pero irresistible, hacia esas comarcas desdeñadas hasta por los mismos indios y recorridas solamente por los pumas y los huanacos. No le faltaron fuentes de información, y, más bien, le sobraron, pues muchos datos se contradecían; lo que fácilmente se explica por la diversidad de las condiciones locales, en semejante extensión de tierras, desde la orilla del mar y la llanura desnuda, pedregosa, sin montes, y casi sin pasto ni agua, batida siempre por un viento feroz y por fin de escasa fertilidad, y los admirables y feraces valles andinos, entre las múltiples cadenas de las cordilleras majestuosas, con sus grandes lagos, sus misteriosas selvas y sus nieves eternas.

También varían forzosamente los datos que, sobre tierras despobladas, pueden suministrar hombres de diferentes profesiones y temperamentos. El marino, el criador, el turista, el agricultor, el especulador, el comerciante, las miran desde puntos de vista tan variados, que, difícilmente pueden concordar entre sí.

El aventurero superficial contará de ellas maravillosas exageraciones que no se acordará haber notado el poblador reposado; y el que, una sola vez, haya desembarcado en ellas, por tiempo casualmente sereno, tasará de ponderativo al marino experto que sostenga que son esos mares comúnmente ásperos y sus puertos poco accesibles.

Y después de mucho indagar, se le ocurrió, un día, a nuestro hombre ir a ver salir de la dársena el vapor «Primero de Mayo» que zarpaba justamente para las costas del Sur.

¡Qué pequeño el vapor! ¡y qué cargado! La cubierta toda rebosaba de instalaciones improvisadas, para caballos y mulas; de carros y rodados de todas clases, de cajones, de barricas, de baúles y de catres; muchos pasajeros apiñados en la proa: soldados que acompañaban hasta la isla de los Estados, a los presidiarios, encerrados ya en la sentina; peones de un agrimensor que iba a descifrar, por primera vez, los misterios de algún retazo del desierto; y, mezclados con hombres rubios y fornidos del Norte de Europa y con criollos puros, unos pocos inmigrantes napolitanos, en busca quizás de clima clemente, y que se habían conchabado para ir a la Tierra del Fuego, inducidos en error, sin duda, por la denominación engañosa; con ellos, iban algunas mujeres, esposas y parientas, torpes y atascadas, en sus vestidos domingueros, desorientadas, azoradas por tantas cosas nuevas vistas desde su salida de Italia; llamadas, así mismo, por su escasez, más que por sus lastimosas prendas naturales, a ser, allá, codiciadas y disputadas, como objeto, a la vez, de altísimo lujo y de primera necesidad, por los varones atrevidos que van a esas soledades, para poblar.

En la popa, en el muelle, suben, bajan, vuelven a subir, atareados, vigilando el embarque de los elementos de toda especie que llevan consigo, y cuyo extravío, aun parcial, podría serles, allá, en esas comarcas desiertas y faltas todavía de todo recurso, tan intensamente perjudicial, los pasajeros de primera clase, jefes de empresas, propietarios o mayordomos de grandiosas estancias ya establecidas, o fundadores de colonias, comerciantes y agentes de toda catadura. Algunos no dejan de darse cierto aire de conquistadores que no quieren la cosa, tomando actitudes de benévola superioridad, que, en otros tiempos, hubieran sentado bien al mismo Colón, cuando oyen susurrar: «Este es Fulano de Nahuel-Huapí, de Santa Cruz, o Mengano, de Puerto Deseado». Y se prestan, amables, a dar a todos los que se los pidan, los mismos datos, siempre confidenciales y siempre vagos, exagerados o deficientes, sobre las tierras de tal o cual región, agregando siempre: «pero lo mejor es, como hice yo, ir uno mismo», afirmando así, sobre todos estos novicios, ávidos de oír algo de lo desconocido, su incontrastable superioridad de pioneers efectivos.

Y Alberto Dupont completó, en una hora de conversaciones con gentes de allá, los datos que ya tenía sobre la calidad y ubicación probables de su lote, bastante para sentir nacer y crecer en su pecho de neófito audaz, el irresistible arranque que cambia los destinos del hombre resoluto, y le abre los arduos caminos de la fortuna; y juró, al ver perderse en el horizonte, el penacho negro del vapor, que el primero que saliese lo contaría, costase lo que costase, entre sus pasajeros.

¡Y cuántos como él, no saldrían así, para forrar la frontera lejana de hombres enérgicos y vigorosos, si los gobiernos, dejándose de mezquindades absurdas, les facilitasen de una vez la posesión de la tierra! ¿Cuándo comprenderán que es preciso formar allá un cerco vivo, y que, para ello, hay que sembrar propietarios? Crecerían estos y se multiplicarían, y pronto, una nueva raza, la raza del Sud, blanca y rubia, de espíritu ponderado, fuerte, musculosa, emprendedora, libre de la indolencia nativa de los arribeños y de su nerviosidad enfermiza, formaría en la Nación Argentina, un núcleo de enérgicos porta espadas que, después de haber domado y poblado las áridas planicies y los valles fértiles de la Patagonia, ayudarían eficazmente a sus compatriotas del norte a hacer respetar, en mar y en tierra, su independencia, y a fomentar el progreso patrio, en todas sus formas, desde la aplicación amplia y sin mentiras de la liberal constitución argentina, hasta el desarrollo sin límite de las colosales fuerzas productoras del país.


Advertencia: la clave de ordenamiento predeterminada «Al sur» anula la clave de ordenamiento anterior «Cuatro».

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Pelechar


PelecharEditar

A medida que el pasto ralea y se acorta, el pelo de los animales crece, se abulta y se tupe. Imprevisor, el gaucho no ha sabido juntar provisiones, para proteger a sus animales contra la penuria invernal; y tampoco se acordó que las noches de helada son largas, para pasarlas a campo raso, con la barriga vacía.

«Son sufridos», dice. ¡Oh! Sí, son; y tienen que serlo de veras, para llegar a la primavera sin haberse resbalado en alguno de los hoyos que tan bien les han preparado el hambre, el frío y la dejadez.

La naturaleza no lo puede hacer todo, y no le alcanzan los galpones para tanta familia, pero cuando llega el mal tiempo, les proporciona a todos una cobija, que va aumentando de espesor, con los rigores de la estación. No es traje de lujo, por cierto, pero tapa algo los huesos a los pobres animales hambrientos y flacos, y les ataja un poco el frío. No los mantiene, pero siquiera los calienta y sirve de forro a su miseria.

De lejos, casi puede dar la ilusión de la gordura el caballo que eriza, esponja el pelo, para resistir mejor a la intemperie; pero pronto se conoce que sólo es apariencia, y que el cuero es ancho para lo que queda en él.

Poco a poco, las heladas aflojan y se vuelven menos seguidas; los días, más largos, dejan crecer el pastito verde; ya pueden pellizcar mejor los dientes alargados por el hambre; y el hueco de las panzas se va rellenando a vista de ojo.

Los animales, por su aspecto, todavía no podrían inspirar sino el cincel de algún escultor de estética singular, que fuera entusiasta de seres cabezones y barrigudos; pero, siquiera, ya dan señal de vida. No hablemos de corcovear, que ya es mucho el conservarse parado, pero está cercana la hora del renacimiento.

Una mañana, el sol radiante ha sacudido sobre la Pampa rejuvenecida como una gloria de luz y de calor; y el jinete, al llegar a su casa, ha tenido que cepillar el poncho, todo lleno de peluza.

Está pelechando el tordillo, y cuando empezó uno, pronto seguirán los demás. Ahuyentada la muerte, se va para otros pagos; aquí ya no tiene nada que hacer; y la rasqueta y el cepillo voltean a jirones los andrajos de poncho usado.

Ahora sí, relumbran los lomos y redondean las grupas, reflejando la luz alegre, lisas y brillantes, intranquilas y briosas, ávidas de lejanos horizontes y de galopes sin fin.

¡Fuera buey! ¡a correr! A menear esos huesos, ese cuerpo escuálido, para criar pronto carne y gordura. ¡A sudar! Haragán, para soltar de una vez ese pelo largo, sucio y descolorido, tapaflacura repugnante, ropa vieja de invierno.

El peleche no es privilegio exclusivo de los animales; también se produce en la humanidad, aunque no del mismo modo y por los mismos medios. Basta, para producirlo en el hombre, el calor artificial de alguna herencia, o de una suerte en la lotería, o sólo, algunas veces, el resultado feliz del trabajo.

En el hombre, el peleche no consiste en perder el pelo; no faltaría más. No; sus signos exteriores son, entre otros, la redondez y el color rosado de mejillas anteriormente chupadas, un aire general de prosperidad en el traje y en el modo de llevarlo; la amplitud naciente de la barriga, en sujetos que, hasta entonces, habían parecido tener apenas los medios de impedir su completo achatamiento. Algunos, al pelechar, sienten la necesidad de caminar erguidos, de inflar la voz para hablar, de mirar a la humanidad ambiente con aire protector, como si pensaran que fuera preciso hacer saber a todos que, no siempre, han sido tan vistosos.

Según la clase de animales, es el peleche.

La serpiente, por ejemplo, como no tiene pelo, no lo puede perder; pero, en la primavera, se deshace de su ropa de invierno, y aparece como joya esmaltada, entre las plantas floridas de la pradera. ¡Qué linda está! ¡qué brillantes colores! ¡el topacio, el rubí y la esmeralda, con ribetes de azabache, embellecen su cuerpo gentil!...

¡Puf! Serpiente era antes, y serpiente quedó.

...«¡Pero, miren, quien baja del tren! ¡Policarpio!

-¿Él es? -¡Él es! ¡Qué buen mozo nos ha venido!

¡Tan pelechado, amigo! Salió de aquí cuidando un vagón de hacienda, con una mantita de mala muerte, toda rota; un sombrero que daba lástima y un chiripá que daba miedo; ¡quién lo ve ahora!, de pantalón a cuadros, como un inglés, de fular de seda, de saco de casimir, de sombrero iguelife. ¡Qué Policarpio este! ¿Habrá comprado estancia?»

Y Policarpio se erguía...

-«También los burros suelen pelechar», dijo un envidioso.


Acriollado
de Godofredo Daireaux



Bajo los sauces, el asador estaba plantado, frente a la puerta de la cocina de los peones, y éstos -cinco o seis gauchos- en cuclillas, unos, otros parados, con el cuchillo en una mano y un pedazo de carne en la otra, acababan su frugal almuerzo, antes de ir a dormir la siesta.

De repente, los perros, fieles cumplidores de su deber, heroicos, dejaron, sin vacilar, los huesos que estaban royendo y se abalanzaron, ladrando, hacia la tranquera. Un jinete se acercaba despacio, al tranco, después de haber arrollado su tropilla de overos, a corta distancia.

-¿Quién será? -dijo uno de los peones.

-Algún resero -contestó otro.

-O algún campero que viene a pedir rodeo.

-No debe de ser; anda demasiado paquete.

-Ese es un forastero que pasa, no más.

Y todos los ojos, ávidos, escudriñadores, se apoderaban de su persona, calando, curiosos, con sus miradas agudas, al que llegaba, como para penetrar en el secreto de quién podía ser, de dónde podía venir, de su edad, de su profesión, pero no de su nacionalidad, que no parecía dudosa. Por poco, hubieran tratado de adivinar cuánto dinero traía en el bolsillo y qué ideas encerraba su cabeza, y qué sentimientos su corazón.

El jinete se aproximaba y ya se le podían detallar las facciones. Hombre de treinta años, al parecer, de alta estatura, de anchas espaldas y cintura delgada, airoso, gallardamente sentado en el recado, el cutis bastante tostado, pero no tanto que no relucieran en él, en parte, unos reflejos rojizos, y, en la barba, algunos pelos dorados, que lo hicieron, al momento, notar por rubio.

No contradecía la filiación el color de los ojos azules como los hay pocos en la Pampa, y si, por su lado, sondeaban éstos las fisonomías, era sin deslizar la mirada, sino fijándola bien, como un foco de luz radiante y clara, a la vez que benévola.

El ala ancha del sombrero se levantaba -un tanto compadrita-, sobre la frente alta y blanca, descubriendo una nariz aguileña que daba a toda la cara aspecto de muy resuelta decisión.

-Buen gaucho lindo -dijo uno-; ¿de dónde será?

Y realmente que era lindo gaucho el que venía. Todo, en él, anunciaba el hombre de campo formal, que toma a lo serio su oficio, y lo lleva escrito en todos y cada uno de los detalles de su atavío. Garboso era en el vestir, y no desprovisto de cierto lujo, pero sin la menor nota chillona. Usaba chiripá de paño negro y llevaba poncho de color, pero las anchas rayas eran de matices apagados, sin nada que llamase la vista o turbase el ojo.

Las botas de vaqueta eran botas de trabajo, fuertes, y sólidas, que no debían su elegancia más que a la sola forma del pie, sin que ningún bordado estrafalario indicara, como suele suceder, dolorosas pretensiones artísticas. El mismo pañuelo, flotante en el pescuezo, si bien era de género rico, no cantaba su precio con colores a gritos, y el cuchillo de cabo de plata pasado en el tirador, era sencillo y cortador.

Y cuando, después de haber pedido licencia, se apeó, los gauchos que lo seguían estudiando, mientras ataba con cuidado su caballo al palenque, pudieron comprobar que el hombre venía tan bien armado y montado como bien vestido, y que no sólo era gaucho correcto, sino también completo.

El overo, gordo, sin ser pesado, ni tampoco con formas de parejero, demostraba bien ser el caballo ideal de trabajo que sueña tener, para lucirse en el rodeo, todo gaucho, y que pocos, en realidad, saben, si no adiestrar, por lo menos conservar en sus buenas condiciones: bien tuzada la crin, en la forma que presentan a menudo los caballos de las antiguas esculturas romanas, lo que hacía más salientes las orejas; la cola larga, sin exageración, y primorosamente peinada; sanito de manos y patas, llevaba en el lomo un recado bien completo, confortable y adecuado, por su composición, a la conservación del caballo y a las necesidades del amo.

El lazo trenzado, el bozal y el rebenque, las riendas y la cincha, todo bien trabajado, fino y fuerte, anunciaban que el hombre sabía como nadie lo que era bueno y lindo; y cuando, sentado en el fogón, contestando a una pregunta, dijo a los peones, ofreciéndoles un cigarro negro, que él mismo fabricaba sus huascas, corrió entre los gauchos un pequeño murmullo de admiración.

Se supo que era mayordomo de una gran estancia lejana, y que iba para dentro, llamado por su patrón, a recibir y poner en marcha una hacienda destinada al establecimiento que manejaba. Como era el hombre de conversación chistosa y entretenida, que no le corría mayor prisa y no le disgustaba dejar descansar un poco la tropilla, y como, por otra parte, el patrón de la estancia no estaba y sólo volvería tarde, el día siguiente, le hicieron fuerza para que se quedara.

Consintió; ayudó a carnear una res y a desollarla, luciendo su habilidad; y se pasaron lindamente las horas, escuchándole cantar, acompañándose con la guitarra, sentidos versos criollos, coplas de amor y de pelea, quejidos contra la suerte y alabanzas de la mujer querida.

-¡Gaucho lindo! -repitió despacio uno de los peones al capataz.

-Sí -dijo éste-, un santiagueño viejo, astuto y desconfiado.

Pero, ¿será que tiene un pelo en la lengua que no puede decir erre?

Y dirigiéndose al forastero, le dijo:

-Seré cúúrioso. ¿De qué próóvincia es usted? díígame.

-De Suiza -contestó sencillamente el gaucho.

Y para celebrar la Pampa aquerenciadora que se lo había asimilado tan bien, y -fuera de un detalle, de por sí inmutable-, sin que una sola pincelada exagerada o torpe hiciera desmerecer la obra, preludió con la guitarra y cantó, en versos criollos, unas décimas a las nevosas y verdes montañas de su tierra, que, muy joven aún, había dejado, para venir a ver si la Fortuna había emigrado a las llanuras.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Bichos y yuyos


Bichos y yuyosEditar

El celestial pintor encargado de iluminar, en el libro de la naturaleza, la gran página de la América del Sud, gastó en las comarcas más favorecidas por el sol, sus mejores colores. No dejó allá un árbol, una yerba sin pintar, y no sólo hizo inaudito derroche de verde en las hojas, sino que en todas partes colocó flores amarillas, coloradas, azules y violetas, prodigando en los bosques y en los prados, en las planicies y en las montañas, todos los esplendores de las notas más llamativas. No contento con esto, agotó casi todo lo que le quedaba de sus más brillantes pastas, en adornar regiamente las moscas, las mariposas y los pájaros; de modo que, cuando llegó a la Pampa, su paleta desasurtida no le alcanzó más que para pasar encima de todo, plantas y seres, una leve y uniforme mano de gris, verdoso o cas taño, apagado y sin barniz, pues también éste se le había acabado.

En vano, protestaron todos los bichos y pájaros que ya poblaban la Pampa; no había más remedio que sufrir y aguantar, lo que, renegando, hicieron, consiguiendo apenas, a gritos, una que otra pinceladita colorada, azul, verde o amarilla, algunos privilegiados, como el churrinche, que quedó con la cabeza y el pecho punzó, el flamenco que logró media mano de rosado, el tero que pudo teñirse las espuelas de colorado, y así algunos otros.

Pero, en compensación, ya que les faltaban los colores hermosos prodigados a las plantas y a los animales de los países tropicales, las plantas de la Pampa quedaron libres de ponzoña; las fieras fueron pocas y poco temibles, y lo mismo las serpientes. El romerillo, es cierto, bien podría matar algunos animales que no lo conocieran, pero basta zahumarlos un rato con una fogata de la misma planta, y pronto dejan de probarlo. Hay abrojos, en la Pampa, pequeños y grandes, chamico, paja brava y rosetas, cardos y cortadera, flechillas y pasto puna; pero los abrojos, sólo los trae la población; el agricultor es el que siembra, con su trigo, el chamico, y los cardos de espina más brava sirven, como cualquier otro yuyo, de mantención a la hacienda.

¿Quién no perdonaría a la cortadera los tajos que pueda dar en dedos imprudentes? Tiene que defender contra los atrevidos el delicado penacho de sus flores hermosas. La flechilla daña al cordero, si lo dejan con lana, pero también lo mantiene. Si el pasto puna poco sirve, tampoco resiste mucho al arado; y del hombre depende el tener tierra buena, siendo el pasto puna un mal merecido para el que, por pereza, lo quiera conservar. En tierras mejoradas, nacen mejores plantas: según los pastos son las haciendas, y según las haciendas, también son los hombres.

Entre los pajonales y los juncales viven los bichos dañinos y la gente perversa; todo lo malo se junta; se esconden allí los gauchos haraganes, atorrantes y ladrones; y también los tigres y los pumas, mientras no los aleje la población, al tupirse.

Pero también, entre el trébol abundante y florido, la gramilla tupida y el cardo nuevo, pastean a millares las mansas ovejas, cuidadas por gente pacífica y bien mantenida, y con el traqueo de las majadas, salen y suben al cielo, mezclados en delicioso concierto, los mil perfumes de las plantas olorosas de la cañada fértil, la altamisa, la verbena sutil, la flor morada, el trébol de olor y la rama negra embriagante.

No faltan, es verdad, algunos bichos traviesos, en esas mismas tierras privilegiadas, y no dejan, a veces, las plantas más buscadas por los rebaños, de dar hospitalidad bajo su follaje al zorro o a la comadreja. Es que también allí abundan las habitaciones, con sus despensas bien provistas, sus gallineros bien poblados, sus galpones llenos de maíz; y aunque debieran saber que poco le gusta al hombre que lo vengan a despojar de lo que es suyo, se atreven, a menudo, hasta a venir a cavar su cueva familiar en las mismas casas. La comadreja es la más osada, capaz, como lo es, de venir de noche, a chuparse la leche de un cántaro, o a robar pollos o huevos, o cualquier otra cosa, en una pieza habitada. Es que tiene que mantener a ocho o diez comadrejitas pequeñas, y le parecerá natural que el hombre la ayude a criar toda esta preciosa familia, de tan provechoso porvenir.

El zorrino también parece preferir la habitación humana para criar su prole ¡Aberración singular! Así mismo, no le gusta el progreso, pues raro es el viaje que pueda uno hacer en ferrocarril, sin respirar el perfume tan peculiar y penetrante con que se apresura a rociar a la pasada, las ruedas de los vagones.

Usa vincha en la cabeza, lo mismo que el hurón, la vizcacha, el bienteveo y varios otros cuadrúpedos y pájaros de la Pampa, que habrán querido, sin duda, imitar al indio, cuando lo conocieron.

Es también cosa de ver como todos los bichos dañinos de la Pampa se muestran ávidos de huevos: el hurón, el zorro, el lagarto, el zorrino, la comadreja, no cejan ante ningún peligro, para conquistar este su manjar preferido. Se comprende: la perdiz vuela y es difícil de cazar, pero pone, y los huevos ahí quedan; y el terú-terú pone tres, en su nido descubierto; y los patos innumerables y los cisnes de pescuezo negro, y los gansos y los chajáes gritones, y los mil pájaros de las lagunas, ponen y ponen montañas de huevos; y los flamencos se juntan en grandes bandadas rosadas para depositar en ciertas islas, de ellos conocidas, tantos huevos de su mismo color que, a lo lejos, aparece en los vapores del horizonte un espejismo rojizo.

Desde el huevito de la ratoncita que vive en el techo de paja del rancho, hasta el enorme huevo del avestruz, los hay de todos tamaños y de todos colores, sabrosos todos y nutritivos, presa fácil y predilecta de cuanto bicho ladrón anda rondando por ahí.

Es preciso que todos vivan en este mundo; pero, si la Pampa tiene que mantener a mucha gente, no le falta con qué, y cuando el zorro se para, pensativo, no es, en general, que le falte que comer, sino que anda combinando algún ecléctico menú para el almuerzo o la comida.


Vuelta al pago
de Godofredo Daireaux



En 1880, una vez asegurada la conquista de toda la Pampa, con miles de leguas libres de indios y desiertas, no había pretexto ya, para un joven sano, guapo y de atávico resabio de andariego, de quedar, toda la vida, encerrado entre sus cañadones nativos, de los derrames del Gualichú, sin ir a conocer mundo. Así lo entendió Antonio Mesquita, y con la venia paterna, se fue a buscar fortuna por aquellos campos recién abiertos a la población y al trabajo, del Azul al Río Negro. Con su tropilla por delante, armado de un recado completo y de buenas huascas, de un sombrero nuevo y de una muda de ropa, se fue, como tantos otros, a cincuenta, a cien leguas y más, conchabándose de peón de campo, trabajando por día en los rodeos, de mensual, a veces, buscando quién le diera alguna majada a interés o cualquier otra colocación ventajosa. Y se quedó así, muchos años, ganándose regularmente la vida, hasta que habiendo sabido que el viejo estaba muy enfermo, pidió licencia al patrón con quien entonces trabajaba, y se fue a hacer un viaje a la querencia vieja.

Cerca de quince años habían pasado desde que había salido de ella; ¡quince años!, todo un trozo de vida; y galopaba, tragándose las leguas, y pensando en lo que iba a encontrar por sus pagos. ¡Cuántos cambios iba a ver!, no lo iban a conocer, por cierto, lampiño que era, cuando se fue; barbudo, ahora, como cabrón. ¡Qué cosa!, y cómo pasa el tiempo, ¡quince años!, y le parecía ayer. Más sueño parece, a veces, el recuerdo de lo que realmente ha sido que la frágil esperanza de lo que quizá nunca será.

De vez en cuando, había tenido noticias de la familia; sus hermanos y hermanas se habían desparramado, casi todos, por estos mundos de Dios. Sabía que ninguno había hecho fortuna, pero si pocos eran los que tenían hacienda, todos, por lo menos, tenían hijos, y bastantes.

Los padres, ellos, habían quedado acompañados por dos o tres de esas familias, así brotadas, y no les había faltado ayuda. Por lo que era de él, venía tan pobre como se había ido, con sus caballos, su recado y su lazo por todo haber, lo mismo que al salir, sin haber juntado un peso ni formado familia, y sin haberse acordado siquiera, en quince años, de venir una vez a visitar el rancho paterno.

Iba galopando, cuando su caballo, dando un paso en falso, casi rodó en un charco, y lo salpicó todo.

-Me desconocen los cañadones -dijo, y vio que ya había dejado atrás la región arenosa de la Pampa, para entrar en la que, a cada paso, le iba a hacer acordar los risueños momentos de la niñez y de la juventud.

El invierno había sido llovedor, y el sol todavía no tenía bastante fuerza para haber secado los cañadones; así mismo, empezaba a bajar el agua, dejando marcado lo que había sido su orilla, con una orla de resaca, y asomaban, en el suelo empapado, las puntitas verdes del pasto nuevo que tan bien hace purgar las ovejas y apesta los corderos.

¡Ah! ¡Gualichú bien nombrado!, que no pierde ocasión de salir de su cauce para desparramarse en la llanura, cambiando la verde pradera en cenagoso criadero de plagas.

Iba Antonio Mesquita, acercándose a la querencia, pisando agua, chapaleando con regocijo íntimo -¡hacía tanto tiempo que sólo andaba por campos arenosos!- entre los duraznillales de triste follaje gris y ralo. De la tropilla que arreaba, sólo la yegua madrina y dos caballos eran de los que había llevado, al salir del lado de sus padres, y pocos relinchos cambiaron con las manadas del pago, por series, en su mayor parte, desconocidas; así sucede, que las vueltas, después de muy largas ausencias, despiertan siempre más curiosidad que cariño entre los que así se vuelven a ver, y que, por poco, parece intruso el que llega.

Pocos montes nuevos habían surgido; se comprende: ¿quién va a poblar en esos campos anegadizos? Una que otra zanja insignificante, perdida entre esta masa de agua, indicaba, por lo impetuoso de su corriente, las ganas que tienen de ser desagotados, y lo que podría producir el espíritu de asociación, con alguna iniciativa inteligente, en vez de la ruina, hija de la dejadez y de la mezquindad de gobiernos y particulares.

Los chajaes bulliciosos, de elegante cabecita copetuda y de cuerpo abultado; las garzas y las cigüeñas, imponentes, en su andar acompasado; los patos de mil clases, los gansos y los majestuosos cisnes, reinaban tranquilos en ese dominio que sólo les disputaban los mosquitos insoportables. No eran, pensó Antonio, los mismos reyes que cuando él se había ido, pero eran de la misma dinastía.

Algunos cambios, asimismo, pudo notar el viajero; las majadas que, cuando se fue, eran todas merinas, se habían vuelto Lincoln; en muchas partes, se ordeñaba vacas por centenares; en las lomas, había mucha tierra arada y por todas partes, parvas grandes de alfalfa. Se cruzó, en el camino, con unos gauchos que arreaban una tropilla y, junto con ellos, pasó un puente; ¡un puente, qué lujo!, y fijándose en los gauchos aquellos, notó que a pesar de llevar el lazo en el anca, no tenían ya el garbo peculiar de la raza; algo, en la facha, como de gringo tenían, y más bien que jinetes, eran hombres a caballo. ¡Y cómo no!, si ya no lidia más esa gente que con hacienda mansa.

Cuando llegó al rancho paterno, le ladraron fuerte los perros, como a cualquier forastero; muchos niños había, que tampoco sabían quién era, antes de darle la bendición de bienvenida. El viejo había muerto, y, dos días antes, lo habían llevado; la casa toda y sus habitantes estaban sumidos en profundo luto, y Antonio también se vistió de negro.

Pero a los pocos días, se sintió demás en ese hogar que le era como ajeno, y poco tardó en despedirse y en armar viaje, otra vez, para los campos de afuera, donde el horizonte le parecía más despejado y la vida menos oprimida.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Partición de herencia
de Godofredo Daireaux



No hay como el olor a carne muerta para atraer desde lejos a todas clases de aves negras; y por pequeña que sea la presa, acuden, presurosas, solitarias o en bandada, silenciosas o gritonas, a tomar posiciones, de donde puedan dejarse caer a pellizcar.

Cuando murió doña Serafina, no faltaron algunas que vinieron a olfatear la presa. La herencia era poca: un rancho, un corral de ovejas, de lienzos de madera, bastante grande y bueno, con los palos correspondientes; los veinte cachivaches del modesto ajuar; una puntita de caballos bichocos, tres lecheras, y, más o menos, mil doscientas ovejas de clase regular.

Pero, por poca que fuese, bien valía la pena de prestar a los herederos el flaco servicio de sembrar entre ellos la discordia.

Con sólo conseguir de uno de ellos un poder en forma, ya se podía armar una de esas embrollitas capaces de disolver, en trampas y gastos de justicia, algo más de la herencia. Y en esto se ocuparon sigilosamente dos o tres de los buenos amigos que, en el pueblito, tenían los hijos de la finada.

Cinco varones y dos mujeres, todos mayores de edad, de poca instrucción, pero de algún sentido común; regularmente unidos entre sí; sin quererse hasta el sacrificio dispuestos a cuartearse unos a otros para salir de un mal paso, y hacerse menos penosas las ásperas sendas de la vida.

De los hermanos, uno era hombre muy formal, trabajador e inteligente, Eufemio, en el cual, aunque no fuera el mayor, todos tenían mucha fe y cuyos consejos no hacían dificultad en seguir.

Supo, pues, que a las dos hermanas, las estaban aconsejando mal, insinuándolas que los hermanos las iba a embromar, a quitarlas de su parte todo lo que podrían, y que debían nombrar algún apoderado.

Uno de los hermanos, Juan, el más joven, quien, si, por suerte, no hubiera sido tartamudo, habría salido muy doctor, apoyaba la idea; y cuando el candidato a apoderado, procurador conocido en el pueblito con el apodo de «Gusanillo», había desarrollado sentenciosamente sus argumentos irresistibles, él, con elocuencia espontánea, decía: «¡Por, por, por... por supuesto!», y quedaban muy perplejas las mujeres. Hasta que, una tarde, convinieron en que, el día siguiente, sin falta, iría una de ellas, de un galopito, a firmar el poder; y esta tarde, se volvió Gusanillo a su casa, tarareando alegremente una cancioncita, al compás del galope de su caballo.

Pero, esta misma noche, Eufemio reunió a toda la familia, y con los argumentos poderosos que le dictaba su convicción profunda, basada en un miedo cerval a la justicia, no les dejó duda que si pasaban los pequeños bienes, dejados por la pobre vieja, por las uñas de las aves negras, no le iba a quedar absolutamente nada.

-¿Co, co, co... cómo haremos? - preguntó Juan; y Eufemio le explicó que su idea era de pedirle a don Mariano, hombre recto y bueno, dueño del campo que arrendaba la finada, que se hiciera cargo de la partición, y la hiciera a su gusto, prometiendo todos de acatar lo que mandara.

-Así -dijo- evitamos gastos, discusiones, demoras, y juez por juez, me gusta más un mal conocido que un bueno por conocer.

-Se, se, se... se puede ver -dijo Juan, y remitiendo a otro día de firmar el poder, las hermanas asintieron, sabiendo que don Mariano arreglaría todo lo mejor posible.

Dos días después, don Mariano ató su caballo al palenque de la finada, con la cual, tantas veces, había venido a conversar un rato, escuchando con benévola sonrisa, entre dos mates, los charqueos que la vieja hacía del prójimo.

Enterado ya del asunto por Eufemio, para quien tenía la estima que siempre tiene un estanciero para el que, por sus cualidades, le haría cuenta tener de puestero, había formado su plan.

-Miren, muchachos -les dijo-, ustedes son siete, la herencia no es muy grande. No se metan a pleitear; si no se reparten todo a las buenas, de lo que ha dejado la finada, no les va a quedar ni un peso; de modo que cualquier arreglo vale más que irse ante el juez.

«Hagan una cosa. Contamos la majada y como no se puede cortar en siete trozos, a campo, la volvemos a encerrar. Ponemos en un sombrero los siete nombres y tiramos a la suerte. El que sale primero saca las primeras ovejas que salgan del corral, contadas hasta completar su parte, y así, en seguida.

«Si alguno sale algo más favorecido que otro, será por poca cosa, y no se podrá echarle la culpa a nadie.

«El rancho y el corral están en mi campo; les fijamos precio y cargo con ellos. Los muchachos podrán repartirse los caballos y dejar las lecheras y los cachivaches a sus hermanas, poniendo, por supuesto, a cada cosa su valor, y, si falta un pico de algunos pesos para equilibrar el reparto, se ha de encontrar.

-¿Qué, qué, qué... qué hago yo con mi, mi, mis ovejas? -preguntó Juan.

-Te las compro -le dijo Eufemio, que tenía economías y crédito- si don Mariano me deja en el puesto.

-Te lo iba a ofrecer, muchacho -dijo don Mariano-, y te completaré el capital para darte la majada en sociedad.

Otro hermano también le vendió sus ovejas a Eufemio y el reparto se hizo como había dicho don Mariano, sin más perito, sin más abogado, ni procurador, ni juez que él, quedándose cada uno conforme con su lote.

Para festejar tan buen arreglo, Eufemio puso al asador un lindo cordero gordo...

En este momento, llegó el amigo Gusanillo, algo inquieto del silencio de su clienta; lo convidaron, y le contaron alegremente el corte dado al asunto.

Con otra presa había soñado el pícaro, que con una costilla de cordero, y la encontró algo desabrida, a pesar de la cantidad de ajos que, entre dientes, iba mascando.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Las travesuras de la llanura


Las travesuras de la llanuraEditar

Toda inmensidad impone: el mar, el desierto, la Pampa hacen al hombre pequeño; y será por esto, quizás, que siempre sueña él con franquear la siempre renaciente sucesión de horizontes con que defienden su misterio.

La Pampa es, de todos los desiertos, el más fácil de vencer; ofrece recursos; tiene pastos y aguadas; está libre de los indios, y bien pocos son los animales feroces o ponzoñosos que viven en ella: su resistencia es puramente pasiva y cede con facilidad; pero no por esto deja de tener sus resabios de redomón mal domado, para rechazar las atrevidas acometidas del hombre.

Y hasta en las partes donde ya no tiene nada que ocultar, donde los ranchos y los montes la tienen como salpicada de hitos, todavía, a veces, se vuelve burlona, y maliciosamente se entretiene en engañar al novicio.

-«La casa de Fulano, por favor, ha preguntado.

-Allá, derechito, se ve de aquí»; le han contestado, enseñándosela en el horizonte.

Y se fue, galopando. Y el viento, viejo criollo travieso, le ha volteado el sombrero, haciéndole a la Pampa una guiñada. El novicio, impaciente, paró el caballo, le hizo dar vuelta, se apeó, agarró el sombrero y volvió a montar; y siguió... derechito. Y después de largo galope, llegó a una casa, persuadido que era la de Fulano; pero le dijeron que no, que allá, a sus espaldas, derechito, era. Hay que fijarse muy bien, en la llanura, para no errar.

También tiene la Pampa brillazones y espejismos engañosos y neblinas espesas; pero más que todo, tiene su cansadora inmensidad, su uniformidad y su silencio. Infunde el peor de los terrores, el de lo desconocido, que no le permite a uno atinar como defenderse.

Únicamente el gaucho le conoce bastante las mañas a la Pampa desierta, para poder vivir en ella y de ella, con relativa seguridad. Su sobriedad, preciosa y única herencia de sus famélicos padres; su aguante, adquirido en las faenas continuas de su vida; la paciencia, virtud nata del pobre; la previsión, que fácilmente adquiere él que sólo puede contar con sí mismo; la astucia, que le enseñan las mismas alimañas del campo; la vista penetrante, aguda, intensa, que dan los vastos horizontes; la observación sagaz que le hace adivinar lo que sólo ve a medias; la sangre fría que ataja los peligros y el valor que se los hace mirar de frente, son sus armas.

El gaucho desdeña la brújula, y hace bien, pues mejor que ella, su solo instinto lo lleva al punto lejano donde tiene que ir, aun por una mañana de cerrazón o por una noche, obscura; mientras que al quererla usar, pronto enredado en las indicaciones del instrumento, tendría que volver renegando con la bruja esa, obra, por cierto, de Mandinga, para engañar a los hombres y hacerles perder el rumbo.

Tiene sus astros familiares que le sirven de guía; y con consultar el viento y las formas de las nubes, la cara ceñuda de la luna creciente o la amable sonrisa de la luna llena; el aspecto tan diverso del sol saliente y del sol poniente, sabe lo que más le interesa, si lloverá o no. Y si tiene que viajar en noche obscura, estudiará a la luz del cigarro el pasto, para distinguir una mata de otra, conociendo su camino por las singulares revelaciones de su botánica especial.

Tampoco tiene el pampeano muchas necesidades: agua, carne y fuego; pero para conseguirlos y conservar así su vida e impedir que la sed le desparrame los caballos, ¿de cuántas precauciones no se rodeará? ¿de cuántos medios no se tendrá que valer?

En la memoria conserva el recuerdo de que en tal punto, hay agua; en tal otro, buenos pastizales; que ha habido vacas allá, hace poco, y que habrá por consiguiente leña, o que en el médano tal, hay raíces combustibles; y allí irá en derechura, y acampará, desprendiendo de la cincha del caballo la pavita que pronto cantará, colgada de la cruz del facón plantado de sesgo sobre un fuego de leña de vaca, para cebar el confortante mate, con la yerba traída en los dobleces del pañuelo. La perdiz, muerta, de un rebencazo, o la mulita, se asa de cualquier modo, y basta con esto para que no se muera un cristiano.

La madrina está bien maneada, con cuidado especial; las huascas son fuertes y bien sobadas; el crédito descansará, atado a soga, cerca del amo, a mano, por si acaso. Y confiado, se estira el gaucho en su recado, envuelto en su poncho, y duerme...

Bastará, a veces, que el maneador bien engrasado baya tentado al zorro hambriento, para que el caballo suelto y espantado dispare, punteando para la querencia, dejando al jinete presa segura del hambre y de la sed.

Las leguas en la Pampa, con un buen caballo gordo y guapo, parecen siempre pocas y cortas; con caballo flaco, lerdo o cansado, se alargan y se multiplican; pero, a pie, se vuelven infranqueables; y la llanura burlona se ríe de la desesperación del hombre impotente, festejando, muda, como inocente travesura, su crueldad de madrastra.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Ratos de solaz


Ratos de solazEditar

La cristiandad está de luto; conmemora en sus templos, con cantos lagrimosos y lóbregas plegarias, el aniversario de la muerte de Jesús; y Juan Anocibar, nacido y criado en los Pirineos, todo embuido de la fe ingenua que mantiene incólume su reino en aquellas regiones montañosas, cerradas aun a la irrupción del progreso, ni un momento piensa, en ese día del viernes santo, en sustraerse al cumplimiento de los preceptos que le enseñó el cura de su aldea natal: ayunar y holgar.

Holgar no le hace ninguna cuenta, pues ha tomado por un tanto, con dos compañeros, un trabajo de alambrado; y por lo que es de ayunar, con sólo mirarle la cara, un poco antes de las doce del día, se tendrá la seguridad de que hace un verdadero sacrificio a sus infantiles convicciones.

En la Pampa, no hay iglesia sino en los pueblos, y no puede Juan, hacer veinte leguas, y perder tres días o cuatro: «para hacerles el gusto a los frailes», dice, riéndose; pues a pesar de haber conservado para ciertas prácticas un respeto supersticioso, no deja de burlarse un poco, desde que de su tierra salió, de los que, en su niñez, se lo impusieron; y, vistiéndose con su ropa dominguera, temprano se vino a la pulpería.

Allí, espera, fumando, -pues el cigarro no quiebra el ayuno-; y conversando, a ratos, que lleguen la doce para poder, en fin, comer. Y a medida que se viene acercando la hora, parece marchitarse más y más su grande y pesado cuerpo de atleta: su ruidosa alegría de hombrón algo bruto se calla, y rehuye hasta los juegos de manos que tanto le gustan siempre. Los gauchos que ahí están no participan, en general, de sus preocupaciones; comen, beben, y no dejan de hacerle algunas burlas:

-«Mire, don Juan, que mañana, le va a quedar flojo el alambre, si no come hoy.

-¿Qué quiere? Amigo; no puedo; me parece que si, en viernes santo, comiera antes de las doce, me haría mal».

Por fin, en el tosco reloj de la tienda, adelantado subrepticiamente de un cuarto de hora por el pulpero compasivo, han dado las doce; con un puñetazo formidable en el mostrador, se endereza el vasco, y dejando ver, en amplia risa, sus dientes alargados por el hambre, exclama: «¡Ahora sí mozo!»... Pero vacila en su resolución: iba a pedir un chorizo, cuando se acordó que, el viernes santo, la carne es prohibida, y sofrenando sus ganas pide una caja de sardinas, con pan y vino. Las sardinas desaparecen, y el pan y el vino; todavía no conversa don Juan, pero ya vaga sobre sus labios aceitosos y en sus ojos azules una sonrisa de satisfacción. Ha cumplido con su deber de cristiano, y puede comer ahora sin temer de cargar su conciencia con un pecado; y come, -¡mil demonios! -come con un apetito bestial. Después de dos cajas de sardinas, devoró una de ostras; no le gustan mucho, pero hay que comer algo que no sea carne, y no se puede comer siempre sardinas; y al enumerarle el pulpero las demás conservas que adornan sus estantes, oye: «pimientos morrones españoles», y pide una caja, y come a plena boca las picantes frutas coloradas que son, para él, como rayos del sol de su tierra encerrados en una lata.

Dos cajas de pimientos rojos pasan por el rojo trapiche de su boca poderosa, mascados y tragados con gran ruido de labios y mandíbulas.

Se ríe ahora el vasco, gozoso; hazaña les ha parecido el almuerzo a los gauchos que lo miran extasiados; y dele vino para apagar el fuego que dejan tras sí, inextinguible, semejantes manjares.

-«Pues, amigo, dijo uno, ¡qué atracón!»

Para cumplir en algún modo con la regla, todos los que tienen hogar se llevan para su casa un pedazo de bacalao; es una especie de comunión pascual que nada tiene de penitencia, pues al contrario, es un pretexto para variar un poco la comida. Todavía no ha muerto la religión de Cristo.

¡No ha muerto! No; apenas han dado las diez, el sábado, por la mañana, empiezan a chisporrotear las gruesas de cohetes de la India, llenando el aire de ruido alegre, de humo y de olor a pólvora, espantando los caballos atados en el palenque, haciéndolos patalear y tirar de los cabestros.

Es el Sábado de Gloria, y el sol otoñal, glorioso como una resurrección, desparrama por todas partes sus rayos de oro que calientan sin quemar y penetran las almas sencillas del intenso y suave gozo de vivir.


* * *


Muchos otros días de fiesta hay en la Pampa, pero muchos también pasan desapercibidos; no abundan siempre los pesos, y sin plata, la diversión tiene que ser poca.

Así mismo, no se perderá ocasión de correr algunas carreras, o de armar alguna partida de taba o de naipes, y la guitarra convidará al canto y al baile.

En las fiestas populares, dadas en cualquier ocasión, para el santo del patrón o para entablar en debida forma la manada chúcara de los electores, el asado con cuero será el gran atractivo; y la fiesta del Patrono del pueblito no irá sin carreras de sortija, que permitan a la juventud lucir su habilidad y su elegancia.

Por lo demás, cuando se quiere, todo puede ser fiesta; y nada como la marcación, por tal que sea de convite, para ser pretexto a mil diversiones, con acompañamiento de bailes y torta frita.

¡Y la noche de San Juan!, con sus mil fogatas de chala, que iluminan toda la campaña y parecen grandes ojos amigos cambiando guiñadas.

-«¡Mirá! Ya prendió don Pedro.

-»¡No! Es el de la Barrancosa.

-»¡Qué lindo el de doña María!

-»¡Y alla, en la loma!» Y en todas partes, surgen, efímeras y brillantes, las alegres estrellas, y con la languidez de las tibias noches del veranillo, las insulseces de los versitos de confitería parecen verdad a las niñas morochas, Salomés sin crueldad, dispuestas a entregar su corazón, sin exigir, en cambio, la cabeza de ningún Juan.

Navidad poca alegría suele traer. Hace mucho calor en la Pampa, en Diciembre; y Navidad es una fiesta de invierno europeo, fuerte y crudo, fiesta íntima de comilonas opíparas, enormes, en salas herméticamente cerradas y bien calentadas, mientras, afuera, cae y se amontona despacio, en los surcos adormecidos, la nieve silenciosa. En la campaña argentina, le falta forzosamente su principal atractivo.

-«¡Ché!, decía el hijo de un mayordomo francés al hijo del capataz de la estancia, criollito de la misma edad que él, ligeramente ataviado con una bombacha rota y una camisa sin botones, ¡ché!, esta noche pongo mis zapatos en la estufa. ¿Y vos?

-¿Yo?, contestó el chinito sorprendido; en casa no hay estufa, y yo no tengo zapatos».

El carnaval, sí, podría ser lindo y lleno de gracia, por la estación en que cae, si el gaucho supiera reír; pero no sabe. Y durante tres días, hace vanos esfuerzos para persuadirse que se divierte; harapos sucios de telas chillonas, adornos de papel y moños de cintas, caretas insulsas e uniformes de alambre tejido, con los ojos sonsamente azules y sus mejillas de color enfermizo, carritos llenos de guitarras mal templadas y de acordeones desafinados, con hombres vestidos de mujeres, y otros hombres disfrazados de payasos o de no se sabe qué, que recorren leguas, sin otra gracia que la de gritar, en cada palenque, con voz aguda, «¡Te conozco! ¿cómo te va?» y de recibir con la contestación: «Te conozco mascarita», algunos jarros de agua.

Da tristeza el carnaval.



Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Caballo de tiro


Caballo de tiroEditar

El patrón llamó a José y le dijo: «Apróntese para ir de chasque, tempranito, mañana, a las «Dos Hermanas», y como tiene que andar de prisa y traerme la contestación sobre la marcha, llevará caballo de tiro».

José era gallego; pero, desde unos seis meses que andaba trabajando de peón en el campo, se había hecho todavía algo desmañado en ciertas cosas, aunque regular jinete; y como conocía el camino de la estancia de las «Dos Hermanas», le pareció cosa fácil y de bien poco trabajo, ir y venir en seguida; en total, eran diez leguas, poca cosa para asustarlo, sobre todo llevando caballo de tiro.

Nunca, es cierto, había tenido ocasión de andar así, pues no poseía más que un mancarrón propio, y, una sola vez, había ido con un compañero, arreando tropilla, lo que también le pareció, y con razón, un lindo modo de viajar. Pero varías veces, había visto cruzar por los caminos o por el campo, o llegar a la estancia, a gauchos que andaban con caballo de tiro, lo que le había parecido lo más bonito y cómodo.

¡Tan bien que iban, y tan ligero; y tan descansados, al mismo tiempo! Daba gusto ver al jinete galopar en el ensillado, con esa regularidad rítmica de paso y esa serenidad que nada turba, mientras que, desnudo y liviano, trotea el de tiro, igualándose bien en la marcha, ambos, y caminando a la par, tan acordes como las dos manos de un pianista, aunque una toquetee ligero la sonata, mientras la otra insiste en el bajo, acompañando. Y al salir el sol, el día siguiente, estaba el amigo José ensillando, con todo esmero, un malacara medio petizón, pero guapo, teniendo atado al palenque con buen bozal y cabestro largo, un caballo rosillo alto, delgado y bastante inquieto.

El capataz, al ver que primero ensillaba al malacara petizón, caballo muy manso y bien adiestrado, estuvo a punto de aconsejarle de hacer lo contrario; pero reflexionó que con esos extranjeros, siempre se ven novedades, y se calló la boca. Hizo bien, pues cada uno, en este mundo, se las maneja como mejor le parece; y José pensaba que le convenía más salir en el más manso y dejar prudentemente que al otro se le fueran pasando los bríos con la caminata, antes de montarlo.

Ensillado el malacara, desató el rosillo y montó, teniendo bien arrollado el cabestro con la mano derecha; pero el rosillo era asustadizo, y al verlo montar, pegó para atrás un tirón que casi lo voltea, volviendo sobre sí y queriéndose encabritar.

El capataz, con un rebencazo, lo llamó a la orden, y José pudo asentarse en el recado, tratando, en seguida, de poner el rosillo a la par para emprender la marcha. Fue imposible; pero tirando fuerte del cabestro, y ayudado primero por el capataz que, de a pie, arreaba al animal, empezó a caminar, medio al tranco, medio al trote, haciéndose seguir por el mancarrón testarudo; y pudo hacer así, mal que mal, unas cuadras, lo que viendo, se retiró el capataz para la cocina.

De repente, y como movido por inquebrantable decisión, el rosillo se detuvo, se sentó y quedó plantado en sus cuatro patas, con el pescuezo estirado, sin que nada lo hiciera mover; y José al acordarse cuan fácilmente andaban los gauchos, con su caballo de tiro a la par y sin esfuerzo, se sentía abochornado.

Dichoso el tordillo de no entender el castellano de los alrededores de Vigo, pues no resiste la terrible avalancha de maldiciones que, siempre tirando del cabestro y agachado en el malacara detenido, le sacudía el hombre enojado. Así quedaron luchando un gran rato, hasta que después del desahogo, vino la resolución; y José, aflojando, corrió hasta el mancarrón, y, rabiando, le pegó un rebencazo tal, que al disparar, éste casi se corta los dedos con el cabestro.

Fue una revelación y el principio de la victoria. «Más bien arrear que tirar», pensó en seguida José, y como era medio filósofo, se acordó que mucha gente había como el rosillo, que, a las buenas, se empaca, y sólo cede a palos; y desarrollando la huasca lo más que pudo, corrió detrás del mancarrón trompeta, pegándole unos chirlos cada vez que lo podía alcanzar, haciéndolo disparar como desesperado y siguiéndolo al galope, dándole, de vez en cuando, unas sacudidas que le hacían entrar la travesaña del bozal en el hocico, hasta que el caballo ya tomó el trote y empezó a comprender que mejor era sujetarse.

Acabó por ponerse a la par del malacara dócil, reglando su trote sobre el paso del compañero, evitando de quedarse atrás, donde lo iría a buscar el rebenque irritado, o de apurar el paso, lo que le hacía lastimar a tirones el cutis del hocico; y todos anduvieron entonces mucho más a gusto: el malacara, que no tenía más que seguir con su galope regular y sereno; el jinete, que dejó de sudar y de renegar y hasta pudo, descansado, prender un cigarro, y el mismo rosillo, más que ninguno.

José, después del trabajo bárbaro que primero le había dado este loco, pudo saborear a su vez, ese lindo modo de viajar con caballo de tiro, como lo había visto hacer a tantos gauchos; y no dejó de pensar que, en la vida, los que más valen no son los que se empacan, ni tampoco los que disparan, sino los que, sin echarse atrás, ni querer atropellar, saben andar a la par.

A la vuelta, fue todavía más fácil, porque se iba para la querencia; de donde sacó en limpio José que debía estar haciendo, en aquel momento, algo parecido a lo que su patrón, hablando de política, llamaba, días antes, gobernar con la opinión.


Intrusos
de Godofredo Daireaux



Sebastián Aguirre había nacido en la Pampa, al sur, no muy lejos de Chascomús, muchos años antes de que el pueblo fuera puesto en comunicación con la capital, por el ferrocarril. El campo, en estas alturas, era entonces poco poblado, las estancias extensas y mal delimitadas; muchas tierras -la mayor parte- pertenecían al Gobierno, y éste las vendía o las arrendaba con facilidades de pago a los que las pedían; pero muchos, todavía despreciaban estos campos del sur, anegadizos que eran en muchas partes, poco seguros, expuestos siempre a las incursiones de los indios, pudiendo allí, el gaucho, entregado a sí mismo, vivir a sus anchas, errante, haragán, vicioso y peleador, en medio de una abundancia extrema de lo único que necesitase: carne, sebo y cuero.

Y en la choza paterna, edificada en campo fiscal, hirviendo, bajo su techo de paja, de la prole de sus viejos, anual y patriarcalmente aumentada, había aprendido Sebastián, desde chico, a vivir de lo ajeno, en campo ajeno.

Consideraba la pampa como bien propio y también las vacas que en ella andaban; y las aprovechaba a su modo, voraceando con ellas, como con cosas sin valor, ya que no las podía vender, pero indispensables para la vida.

Cuando cundió la población y que todos los campos de las cercanías llegaron a tener dueños, se empezó a disolver la familia, buscando cada uno de sus miembros el medio de seguir viviendo como había acostumbrado: y Sebastián se fue hasta los cañadones inmensos formados por los derrames del Azul, del Chapaleofú, de los Huesos y de tantos otros arroyos, que buscando, sin encontrarla, su salida hacia el mar, se juntan y se mezclan, y ahí quedan, remolineando como trozos de hacienda entrados a la vez, por varias tranqueras, en un mismo corral, cubriendo con sus aguas estancadas, durante varios meses, área tan fértil y tan extensa que podría vivir en ella media nación.

Pero la llegada del ferrocarril y la venida de miles y miles de inmigrantes hicieron que toda la tierra tomase valor, y que hasta los cañadones se volvieran objeto de codicia para los que, aunque viviendo en la ciudad, no ignoran que del campo viene la riqueza, y conocen al dedillo las oficinas enlaberintadas, en zaguanes y corredores, misteriosos escondrijos donde se elaboran las combinaciones enriquecedoras. Sin mayor trabajo, llenan éstos los trámites exigidos por la ley, amparados por amistades de alquiler, y, sin más gasto que algunas propinas oportunas y unos cuantos papeles sellados, borroneados de mala prosa, brotan, a veces, de las obscuras bóvedas del avenegrismo habilidoso, los aristocráticos millonarios del porvenir.

Y tuvo Sebastián que mandarse mudar del rinconcito donde, durante algunos años, había dejado deslizarse su vida de suave holgazanería, únicamente ocupado en criar a su vez, toda una nidada de gauchitos, enseñándoles lo que él mismo sabía: jinetear, enlazar, carnear, esquilar, y cuidar la hacienda paterna de tal modo que aumentase a la vez por los medios lícitos que proporciona la naturaleza y por los ilícitos que, a escondidas, facilita la Fortuna.

Y se fue. ¡Oh!, ni por un momento le entró en la mente la idea peregrina de arrendar un retazo de campo para seguir, ahí mismo, cuidando, con toda tranquilidad, su pequeño rebaño. Sus instintos de independencia, la convicción innata de que la llanura toda más pertenece al que libremente la recorre que al que tiene la pretensión de poseerla, le impidieron solicitar alguna locación fija o un puesto a interés; y armó viaje para fuera, llevándose la familia, la hacienda y los trastes, hasta que, muy lejos, y después de innumerables jornadas de indolente ganduleo pastoril por la llanura solitaria, volvió a encontrar otro campo fiscal. Cuatro leguas eran, de buena tierra, con buenas aguadas, cañadas fértiles y lomas que, aunque todavía de pastos muy duros, prometían un porvenir halagüeño. Era la reserva de toda una vasta comarca recién entregada a la ganadería, y había sido realmente previsor el Gobierno, al elegir tan bien el sitio donde, más tarde, se levantaría seguramente algún próspero centro de población, rodeado de quintas floridas y de chacras bien cultivadas.

En esa reserva -como bien se sabía que, antes de muchos años, no se formaría pueblo- se habían amontonado los pobladores, como vizcachas en la loma, y nuevos ranchos, cada día, surgían del suelo. Sebastián ahí levantó también el suyo. Las pequeñas majadas de esa gente se mixturaban a cada rato; eran tantas, que no se podían extender, ni, por consiguiente, prosperar; pero -consecuencia legítima de su situación irregular- el recurso de casi todos estos pobladores sin campo propio, ni esperanzas de tenerlo jamás, más era la hacienda de los vecinos ya establecidos en las estancias linderas que sus propios animales, y se habían vuelto plaga para los hacendados de buena ley, para aquellos que, antes de poblarla, habían sabido conquistar la tierra, en las oficinas del Gobierno.

Y como presentaran repetidas quejas vecinos expectables, el ministro de Gobierno resolvió tomar contra los intrusos que así se habían apoderado de estas tierras fiscales, tan previsoramente reservadas para ejido del futuro pueblo, medidas eficaces.

Hubiera podido, por cierto, consagrar los derechos de los ocupantes, repartir entre ellos, en equitativo prorrateo, las cuatro leguas que habían poblado, moralizando de golpe, con radicarlas en el suelo, treinta familias de vagos; pero no le pareció esto bastante radical: prefirió decretar la venta del campo y el desalojo por la fuerza, haciendo que, a las buenas o a las malas, tuvieran que volver a desparramarse a todos vientos, estos intrusos perjudiciales, con sus familias numerosas y sus pequeños rebaños; y, entre ellos, Sebastián Aguirre, fiel a su destino de gaucho nómada, se fue a meter en una lonja angosta, sobrante de un campo vecino, donde con la resignación de siempre, esperaría que lo echaran otra vez.

Pronto se supo que las cuatro leguas de buen campo, tan previsoramente reservadas, en otros tiempos, para ejido del futuro pueblo, y libres ya de todo intruso, según afirmaban los partes de la policía, habían pasado a ser propiedad personal del enérgico ministro de Gobierno.


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Patriarca
de Godofredo Daireaux



-La bendición, tata.

-Dios te haga bueno, hijo.

-Tata, aquí está un señor que dice que quiere hablar con usted.

El anciano, gaucho alto y fornido, de ancha barba blanca, erguido todavía, en su traje criollo, a pesar de sus 80 años, se levantó de la silla de paja, desde la cual, en el umbral de la puerta principal de la casa, seguía con cariñosos ojos, algo velados ya por el crepúsculo de la noche eterna, cuya hora paulatinamente se acercaba, los infantiles juegos de la cuarta generación de su sangre.

-Pase usted adelante, señor -le dijo al visitante-, y tome usted asiento. Marianito, tráete una silla. Ana, un mate.

Y el forastero, comerciante del Azul, introducido por el hijo menor del anciano, hombre ya de veintiocho años, se acercó, saludó, se sentó, y, ofreciendo al viejo un cigarro, prendió otro y empezó a fumar, callado, pensativo, y como cortado.

Es que la sola vista del patriarca, el aspecto de la modesta morada, repleta de familias, desbordando de muchachos de todas edades, hormigueando de humanidad, le hacían súbitamente parecer como peregrina la idea que había tenido de venirle a proponer al viejo don Ceferino La Cueva de comprarle el campo.

Y no se atrevió a hablarle de lo que, en realidad, lo había traído, comprendiendo que al roble secular no se le cambia de sitio. Se contentó con preguntarle por el precio que iba a pedir por la lana, cuando hubiera esquilado; si tenía cueros para vender, y otras cosas por el estilo, que el viejo le declaró que ya no eran de su incumbencia, sino de la de su hijo menor, Anselmo, ahí presente; él era quien hacía de mayordomo y corría con la administración de los bienes de la familia, por ser el que mejor entendía de cuentas, habiendo tenido la suerte de nacer cuando se empezaron a fundar escuelas.

De los otros catorce hijos que le quedaban vivos, algunos se habían desparramado, un poco en todas partes; muchos ocupaban puestos en el mismo campo, cuidando a interés haciendas de su propiedad; otros se habían ido a buscar la vida en las estancias vecinas, de capataces, unos, de mayordomos, dos o tres, y hasta de peones, los que más no habían podido. Al fin, a todos y a cada uno les había proporcionado parte de lo que Dios le había dado, según los tiempos y las circunstancias, soltándolos a todos, a medida que las alas les iban creciendo y ayudándolos siempre, según sus propias fuerzas.

Y seguían ellos haciendo lo mismo con sus propios hijos, numerosa prole que se extendía en los campos adyacentes, con diferentes condiciones de fortuna, de tal modo, que un solo pulpero de los alrededores tenía dadas a personas del mismo apellido «La Cueva», ¡treinta y ocho libretas!

-Y ¿cuántos años hace que está usted en este campo? -preguntó el comerciante.

-Cuarenta, más o menos. En el sesenta, el patrón, en casa del cual me había criado y estaba yo de capataz, y que era hombre de posición, me hizo conseguir del Gobierno esta suerte de estancia, tres cuartos de legua, que valían entonces poca plata, como pajonales que eran y siempre expuestos a algún malón de los indios.

»Tenía bastante familia, y ya que, a pesar de lo poco segura que era entonces la vida, había podido escapar a la muerte, tanto en las guerras civiles que presencié, como en las expediciones contra los indios que me tocó hacer, juré que, sosegado ya, de aquí no salía más.

»Y así fue. Tampoco tenía mayor ambición que criar la familia que Dios me mandara. Me la mandó, señor, numerosa, como usted ve. Cuando murió mi pobre finada -que en paz descanse-, en el 82, teníamos ya treinta y cinco nietos.

»Los haberes, es cierto, aunque todavía pocos, iban en aumento; las haciendas empezaban a tomar bastante valor, y el campito, refinado, podía soportar otra cosa que las cuatro mil ovejas y las mil vaquitas de antaño. Pero, señor, una familia tan larga come y gasta, y pasaron, hace mucho, los tiempos en que los terneros nacían de las pajas, y en que la carne sobraba.

»Aunque comprendo lo que es el progreso, encuentro que los campos están ya por demás tupidos de gente; y me es difícil no echar de menos el tiempo en que, para hacerse de un lazo bueno o de una cincha blanca, había que andar poco, antes de encontrar algún animal de marca desconocida que se lo proporcionara.

-Pero también, señor, insinuó el visitante, justamente por esa población, es que su campo hoy vale una fortuna. Mire que son dos mil veinticinco hectáreas, que representan, por lo menos, cincuenta pesos cada una.

-No sé, señor, lo que valdrá, ni quiero saberlo. No entiendo de hectáreas, y sólo sé que son mil doscientas cuadras bien pobladas de hacienda, y donde pueden vivir, con sus familias, todos los de mis hijos que así lo quieran. Cuando descanse yo en la tierra, los muchachos se arreglarán. Dicen que será difícil porque son muchos, y que algunos han muerto, que otros andan desparramados; pero, entre mis nietos, no dejará de haber alguno capaz de componer las cosas, y de tratar de que puedan echar raíces algunos, siquiera, de los retoños, en el sitio donde vivió tanto tiempo el árbol viejo.

¡Cuán pocos han sido, en tierra argentina, los árboles así clavados en el suelo, bastante arraigados y firmes para conservar intacta, a través de los años, la cuna familiar, salvándola de la destrucción que, para el gaucho pobre, siempre han traído consigo los vicios, la dejadez, el despilfarro y las trampas!


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Ovejas sarnosas


Ovejas sarnosasEditar

La majada está en el corral, encerrada, y, por la escarcha que cubre el campo, se soltará tarde. Cansadas de rumear recuerdos y de hacer crujir las muelas para moler ilusiones, las ovejas se empiezan a levantar; se estiran, y apartado el sueño, se acuerdan de la sarna que las está trabajando, pudiéndose pronto constatar que, realmente, para el rascar, no hay más que empezar.

En movimiento febril, se rascan en la paleta, con la pata toda sucia, haciendo de su mejor lana, jirones verdosos que se desprenden y pronto cuelgan, sueltos, arrancados. Pero, rascarse con la pata cansa, y no basta: tratan de alcanzar con los dientes, destornillándose el pescuezo, el sitio donde roe la sarna. Apenas si lo pueden rozar, y el parásito sigue, muy tranquilo, cavando, en el cutis, la cuevita donde depositará los huevos.

Excitada la sarna de la paleta, pronto se despierta la de la cruz, y empieza a hacerle cosquillas a la oveja. Esta deja la paleta y endereza la cabeza, la echa por atrás, arrugando la piel y moviendo todo el cuerpo, fijo en las cuatro patas, como si la sarna pudiera quedar estrujada entre los dobleces del cuero. Pena inútil, la sarna se ríe de estos esfuerzos, y sigue, impasible, su trabajo: barrenea, serrucha, cava, penetra en el pellejo, abre trincheras, tira y amontona afuera los residuos de la excavación, come, pone, se multiplica, se extiende, y ni la pata, ni la boca de la oveja desesperada por la comezón, pueden hacerle nada, en esa situación inaccesible, entre las puntas de las dos paletas, donde la lana tupida, la grasitud abundante, el cuero espeso, le proporcionan alimento suculento y albergue tranquilo.

La oveja se echa, y, de lomo en el suelo, se remueve, con las cuatro patas arriba. Después, se acerca a los lienzos del corral; pero, allí, no puede todavía hacer lo que desea y se contenta con refregar fuerte, contra los listones, la raíz de la cola que ya empezó también a picar. ¡Cómo se conoce que goza! ¡Con qué alma, con qué fuerza, con qué ganas se frota la cola!, a derecha, a izquierda, se tuerce y se retuerce, y estira la lengua, y se lame el hocico, y hace crujir los lienzos del corral.

¡Deleite recio!

Pero la sarna de la cruz y del lomo la vuelve a molestar, y busca; y ve, por fin, en un costado del corral, un trecho de alambrado. ¡Ah suerte!, y mete entre los alambres la cabeza, el pescuezo, y con el alambre de arriba se rasca la cruz hasta cansarse, y al verla, es de creer que si fuera alambre de púa, el gozo sería mayor.

Se abrió, por fin, la puerta del corral, y don Salustiano, parado en ella, contempla, triste, el lento desfile de la majada. Ahí está todo su haber, se puede decir, y lo mejor de ese haber, lo constituye la lana, el vellón, el rico vellón de sus ovejas merinas, que ya tiene ocho meses y debería envolverlas enteritas, espeso y crecido, como opulento manto.

Pero no es así, ni lejos, y se ven, en el montón, tantos vellones despedazados, tantos ponchos desgarrados, y capas hechas trizas, que la majada parece turba de mendigos haraposos; también hay lomos tan pelados que su desnudez hace tiritar hasta los ojos que los ven.

Los mismos corderitos tienen, en su lanita corta, manchitas redondas como piezas de moneda, -pero que no lo son-, y ya se saben rascar como la gente. Han nacido con sarna y así crecerán, hasta donde puedan; los que lleguen a borregos, raquíticos, flacos y deshechos, quedarán, hasta que los esquilen, hechos un amasijo de sarna viva, desde la punta de la nariz hasta la punta de la cola, suplicio refinado que les impone su amo, don Salustiano, sin tener, así mismo, hasta hoy, la fama de hombre cruel, al contrario.

¡Oh! Las excusas no le faltan: ha llovido mucho; es año de mucha sarna; los corrales siempre barrosos; atacó de golpe y cundió sin dar tiempo; empezaba la parición y no se pudo curar; la familia ha estado enferma, y hubo que atenderla; y, como se ve, el pobre no tiene la culpa. Son puras fatalidades.

También asegurará que, antes, no se conocía tanta sarna, y por poco que ande revuelta la política, no dejará de insinuar que, con los malos gobiernos, todo anda mal.

Por suerte, agrega, que pronto vendrán los calores, y que, haciendo corretear y sudar bien la majada, se ataja la sarna; remedio sencillo, de fácil aplicación y baratísimo.

Cuando venga la esquila, atropellarán los esquiladores a asegurar robos, eligiendo las ovejas ya de por sí peladas, y que en cuatro tijeretazos, dejan al peón su lata, y, al patrón, cuatro mechones de lana sucia que ni la lata alcanzarán a pagar.

Pero los robos fueron tantos, esta vez, y el importe de la lana tan poco, que don Salustiano ya se alzó contra la suerte y mandó hacer una bañadera, compró remedio, y tres veces en dos meses, hizo zambullir en el baño toda su majada.

Y se le llenan de gozo el corazón y los ojos, al ver, en pleno invierno, a pesar de las lluvias y del barro del corral, de la parición en su fuerza y de ser el año, de mucha sarna, -en otras partes-

desfilar, alegre y gorda, su majada bien vestida, majestuosas las madres, bajo el peso del espeso, largo y tupido vellón, intacto y limpio; alegres, gordos y retozando, los corderos.

Podrá pagar buen precio a los esquiladores, este año, don Salustiano, pues ya se les acabaron los robos, en su majada.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
La educación de Aquiles


La educación de AquilesEditar

-«Alcánzame el chiquilín, Eufemia», dijo don Antonio a su mujer, al montar a caballo, para ir a repuntar la majada. Y doña Eufemia, sin la menor emoción, entregó al centauro, su esposo, el joven Aquiles, tiernísimo fruto de sus amores, que recién empezaba a probar con las patitas la firmeza del suelo.

Y la criatura, con los ojos agrandados por una curiosidad risueña, miraba las orejas del caballo, volvía la cabeza hacia su madre, se reía, y el padre, apretando las rodillas, hacía caminar al tranquito el animal, en medio de los palmoteos maternos y de las exclamaciones de triunfo: «¡Mirá el jinetito! ¡pégale, mi hijito!»

Y del tranco, se pasó al trote sacudidor, que duró poco, sólo algunos pasos, empezando a galopar, de este galope suave, hamacador, pampeano, que sin atropellar, silencioso, se traga las leguas, sin contarlas.

Y dieron despacio la vuelta a la majada, atajándola, un rato, para modificar su dirección e impedir que fuera a entrar en el campo del vecino.

¡Qué lástima que el cerebro del niño no pueda notar, para contarlas después, las impresiones de sus primeros pasos en este mundo! ¡Lástima es que, siendo tan vivaces, como seguramente lo son, sean, al mismo tiempo, tan fugaces! ¡Qué cantidad de cosas expresan esos grandes ojos aterciopelados, apenas abiertos a la luz! Inquietud, alegría, admiración, confianza, preguntas y contestaciones, dudas, certidumbre, orgullo, todo se podía leer sucesivamente en la carita movediza de Aquiles, durante ese paseo a caballo, en los brazos del padre, alrededor de la majada.

Pero todos los trabajos no son de a caballo, y también hay que aprender a caminar. Esto lo aprenderá Aquiles, bajo la dirección de la madre, teniendo como profesor directo, por falta de hermanos mayores, un cachorro de su edad, pero mucho más vaqueano que él para correr. Y juntos irán gateando, a comer, a manos llenas, la sopa de las gallinas; se revolcarán juntos en el pasto, en la tierra o en el barro, y cuando la madre, justamente indignada, le lave la cara, rezongando, el padre le observará que no se engordan chanchos con agua limpia.

También sucederá, que cuando sepa ya caminar del todo, se lo lleve el cachorro, jugando, campo afuera, poniendo en inquietudes locas a sus padres que lo buscarán en el pozo de la quinta, antes de divisarlo, allá, a cinco cuadras, acercándose a una laguna con el compañero, entre el duraznillal: primer amago de independencia.

Cinco años: ya casi somos hombre. Un hombre sin armas es incompleto; en las armas descansan la dignidad, el honor, la independencia y no sólo hay que tener armas, sino también saberlas manejar.

El cuchillo, de la cintura ya no se le cae, y con hilo de atar lana y tres pedacitos de carne, se fabricará Aquiles boleadoras poco peligrosas, pero ya muy fastidiosas para las gallinas y los patos, cuando anden cruzando el patio.

Con el cinchón, empezará a enlazar lo que le caiga a mano, y a correr la majada en el corral, cortando las ovejas en puntas, haciéndolas disparar por todos lados, asustándolas con el revoleo del lacito, volteando a veces los corderitos o llevado él, a la rastra, por todo el corral, por algún animal grande que, por casualidad, haya enlazado. Al verlo potrear así, se excusa la prematura severidad de ese buen cordobés que, expresando el deseo de poder hacerse de algunas cabras, vio que su hijo revoleaba el lazo, como para indicar que iba a agarrar uno de los cabritos así evocados, y se le enojó, hasta pegarle un sopapo, exclamando: «¡Déjame ese cáábrito!»

Pero con todo, Aquiles aprende a manejar diestramente boleadoras y lazo, parte principal de lo que será, algún día, su oficio.

Y no crean que preste pocos servicios. En cualquier aparte de ovejas, allí está él, haciendo lo que no es capaz de hacer, según dice el refrán, el hombre zonzo: ataja portillo.

Y en la esquila, se pasea por el tendal con un tarro de bleque y un hisopo, para curar las numerosas heridas hechas por las tijeras, en el cutis de las ovejas.

Y ayuda en muchas otras cosas, siendo ya bastante de a caballo para poder prestar también al padre servicios apreciables, en el cuidado de la majada. La repunta con paciencia; sabe distinguir ya los animales conocidos, y avisar si falta alguno; cuenta las dumbas y los cencerros, y no deja de hacer juntar con la madre el corderito que se ha quedado atrás, dormido entre las pajas, y que levantándose al grito, dispara, la cola tremolante, con balidos entrecortados por el susto, hacia la majada.

Pronto empezará a tener el cargo de ir de madrugada a campear y traer la manada de caballos, y a buscar la vaca lechera, cuyo ternero atado en el palenque, muge tristemente, y sacude con el hocico la trompeta con que lo tienen loco de hambre tantálico.

En tiempo de parición, con igual empeño cuidará los corderos vivos y los corderos muertos; los primeros, por deber, y los otros, por interés, pues representan para él, los cueritos que salve de las garras del carancho, a más del aprendizaje necesario para desollar ligero y bien, deliciosos horizontes de caramelos y de galletitas; y cuando no haya en la esquina donde los esté negociando, nadie que lo pueda descubrir, preferirá un atado de cigarros; pues ya sabe fumar a escondidas.

Pero todavía es pequeño para ponerse de un salto en el lomo del caballo, o para usar el estribo; y para treparse en el paciente mancarrón, tiene que buscar vueltas y darse maña, utilizando como escalera la mano izquierda del animal, agarrándose como pueda, con los pies y las manos, y hasta con los dientes, de todo lo que, poco o mucho, resalte, desde la rodilla hasta la paleta, la crin y el cogote...

Allá, lejos, aparecen, ligeramente esfumados en opulenta orladura de vapores translúcidos, los contornos de forma dudosa de un ser apocalíptico. Se aproxima ligero, corre, vuela, se viene como si fuera parejero o mala noticia. ¿Caballo? Así parece; pero ¡qué forma rara!, lo de encima semeja un toldo negro, bajo, que apenas alcanzará a sobrepasar la cabeza del animal. Caballo es; ya no hay duda; pero ¿qué será ese bicho raro que se le ha pegado encima y lo hace andar como el viento?

Ese bulto raro, ese insecto dominador que maneja al animal y lo hace obedecer a su fantasía juvenil, es Aquilecito: Aquiles que vuelve de la esquina, a donde lo mandaron con la libreta, a buscar una porción de cosas. Como amenazaba llover, lo han tapado con un inmenso poncho de paño, que lo cubre hasta bastante más bajo que los pies desnudos, y de techo, le han metido un sombrero viejo que deja pasar una mecha, por un agujero, y le entra casi hasta el pescuezo. De cintura, lleva el clásico pañuelo azul, a cuadros, bien arrollado y rebosando de paquetes y atados, lo que casi duplica el volumen de su pequeño cuerpo, y acaba de hacerle perder toda forma humana.





Don Nicolás Santillán tenía una especialidad singular: todos los animales de su propiedad salían mañeros. El hombre no era mal gaucho, al parecer; sabía domar, enlazar, desollar un animal, como cualquier otro, pero sería perseguido sin duda por la suerte, pues no sólo nunca podía conseguir un caballo sin maña, sino que hasta las mismas ovejas se le volvían resabiadas; y de sus hijos mejor es no hablar, pues eran los peores de la marca; sin contar que, desde chicos, empezaban a ser, ellos también, maestros para formar animales mañeros.

Don Nicolás tenía, por supuesto, su buena tropilla de caballos; pero con una yegua madrina tan terrible para caminar maneada, que siempre, por la mañana, cuando iban de viaje, la tenía el amo que ir a campear lejos. Y raras veces, en estos casos, andaba todavía con ella cierto lobuno que, desde que lo habían asustado los muchachos con un cuero que arrastraban, no perdía ocasión de mandarse mudar solo, para la querencia.

De los demás, el que no era empacador, disparaba; uno había aprendido a sacarse el bozal, cuando estaba en el palenque, y a mandarse mudar, cuando estaba ensillado, lo que ya le costaba a don Nicolás dos recados completos; tropezadores algunos, espantadizos otros, cortándose de la tropilla varios, cuando iban arreados, cada uno tenía su maña.

Santillán era domador atrevido; no había potro que lo asustara y, por esto mismo, era brutal con ellos, y nunca los amansaba bien. Hay que ser un poco miedoso para amansar lindo, porque el que tiene recelo a los animales, en vez de irles en contra, les busca la vuelta. Tiene que andar con paciencia, para evitar los golpes; y el potro, tratado con suavidad, no cría mañas. Con don Nicolás, el que, aunque caballo ya hecho, no corcoveaba, al salir, o no se boleaba, coceaba al que se acercaba, o se revolcaba, para no dejarse ensillar, y más de uno, cansado en primer galope, había quedado deshecho para siempre.

Es que don Nicolás Santillán no había nacido para educador; no tenía paciencia, lo que primero se requiere.

Brutal, a veces, hasta el exceso, abusaba del rebenque; pegaba como loco y en cualquier parte, en la cabeza, lo mismo que en la grupa; y esto, sin motivo, casi siempre. Después, de repente, le entraba, por unos cuantos días, una mansedumbre tal que dejaba de castigar las peores faltas, de modo que el animal creía haber cambiado de amo, y aprovechaba la oportunidad para conservar las mañas que le habían hecho adquirir los rebencazos, y criar con esmero las que no le habían atajado.

Con el mismo sistema educaba a sus hijos y manejaba a los peones, de modo que, en la casa, eran a cual más mañero, hasta los mismos perros que nunca sabían, cuando se los llamaba, si debían venir o mandarse mudar, por no ser los chirlos, en la casa, resultado legítimo de algún delito, sino de mero capricho.

Para encerrar en los chiqueros la majada, cuando la quería repasar, le costaba siempre tanto trabajo a Santillán, que, las más de las veces, se acobardaba y dejaba que la sarna anduviera no más, haciendo de las suyas. Es que, en un corral que siempre tiene fallas, donde los listones quebrados no se cambian, sino que se tiende, para tapar el agujero, alguna huasca, pronto las ovejas dan con la tecla y cuando pasó una, pronto pasa la majada; y se vuelven a mixturar las apartadas con las otras, y se deshace solo el trabajo ya por acabar, y se manda todo al diablo, naturalmente.

Hay vacas que es un gusto llevarlas al rodeo; un grito en el campo, y paran la oreja, todas; otro grito, y se levantan las que están echadas, mirando ya para donde deben ir. Cuando se acercan los jinetes, todas empiezan a trotar; se juntan, se dirigen al sitio acostumbrado. Allí descansan y se quedan, tranquilas sin porfiar para el campo, cortándose el señuelo, al primer grito de «¡fuera buey!» y cualquier trabajo se hace con facilidad y bien.

La haciendita de Santillán, ella, parecía hija de Mandinga. No había primavera, a pesar de estar desde muchos años ya en el campo que arrendaba, que no se le fueran algunas vacas para la querencia vieja, y eso únicamente porque, al traerlas, las había cuidado mal, dejando irse algunos animales que nunca después se habían podido entablar. Para traerlas al rodeo, era todo un trabajo; parecía que si bien los gritos las hacían disparar, era para el lado opuesto; y se cansaban los caballos galopando y los perros ladrando, para sacar de las pajas a las vacas empacadas.

El señuelo, de repente, disparaba para el campo o se volvía, con todo lo apartado, al rodeo, al cual, por otra parte, era cosa difícil tenerlo parado solamente una hora; para esto hubiera necesitado cada vaca un peón.

-¡Vaya, vaya, con las mañeras! -se quejaba don Nicolás, pero no hacía nada para remediar el mal, y dejaba el trabajo sin poderlo acabar.

Tenía lecheras, Santillán, ¿cómo no?, pero para conseguir un vaso de leche, había que lidiar fuerte. Casi siempre, amanecía la madre con las ubres secas; y tranquilamente dormido en el palenque, estaba el ternero, con la trompeta sacada y la panza llena.

Y la señora de don Nicolás, que era la que ordeñaba, a pesar de su buen cuidado, muchas veces, había rodado por el suelo, con banquito, jarro y balde, renegando con la mañera que coceaba como mula; otras sabían a las mil maravillas detener la leche, quedando como si no la hubieran tenido, y los dedos más baqueanos no les podían sacar ni para llenar una taza.

Y mientras tanto, los toritos y vaquillonas amansados en el tambo, habían aprendido a colocarse en el maizal por entre los alambres y destrozaban las plantas antes que madurase el grano.

-Pero, ¿dónde habrán aprendido estas mañas? -clamaba Santillán, al ver que, por otro lado, los cerdos habían agujereado la troja y se comían el maíz, y que los peones se robaban todos los huevos, y que las gallinas destrozaban los cuatro repollos que constituían la huerta.

Y muy sosegado, sentado en la cocina, llenando el mate por la trigésima vez, repetía:

-Pero, ¿dónde habrán aprendido esas mañas?


 


Nota de WSEditar

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie IV
El palenque


El palenqueEditar

¿Por qué fue allí y no allá, en esta loma y no en aquella o en la de enfrente, del otro lado, del cañadón, que, para siempre, desató los bueyes don Pedro Agüero? Lo sabrá la semilla alada del cardo, que llevada, en loca carrera, por el huracán o suavemente arrollada por la brisa, cae en el suelo, por algún capricho del viento.

Pedro Agüero había salido del centro de la Provincia de Córdoba, con la idea de ir a la de Buenos Aires, a probar fortuna, y había juntado su carreta de bueyes con una tropa que iba para la capital, cargada de frutos. Después, había ido para el Sud, rodando despacio por la Pampa solitaria, sin más rumbo que el deseo de encontrar algún campo en el que pudiese poblar, acabando por pararse en este sitio.

Era campo del Estado, como tantos otros, entonces; y poblándolo, lo podría solicitar en arrendamiento o en compra. Tenía algunos pesos; se hizo de una majadita, y no faltó, en el vecindario, una muchacha que consintiera en ligar su suerte con la de este mozo de modales simpáticos y de buena presencia.

La carreta se volvió casa, y ya que una casa no es cosa de mover, se vendieron los bueyes, y cuando después de algunos años, con el aumento de la familia, y por los destrozos que en todo ocasiona el tiempo que pasa, la carreta se volvió inhabitable, Agüero edificó un rancho. Del pértigo sacó la cumbrera; la caja, el techo, el piso de la carreta, todo sirvió para el nuevo edificio; y las dos ruedas de madera dura, enterradas hasta el mazo, en tierra bien pisoneada, formaron el más resistente de los palenques, el más pintoresco también, y para don Pedro, el más sugestivo y el más durable de los recuerdos de toda su vida anterior.


* * *


«¡Ave María!» grita, parado cerca del palenque, un jinete. Los perros ladran, rodean al caballo, que agacha las orejas, aprontando, por si acaso, una coz para el que se atreva por demás. El jinete inmóvil, espera la contestación que le permitirá apearse; y por su actitud, por su vestimenta, por el caballo y por su apero, puede desde ya prejuzgar algo de su personalidad, el dueño de casa. Éste, despacio se aproxima, filiando al recién venido, con los ojos clavados, en atención aguda, concentrando toda su perspicacia en tratar, -antes de dejar caer de sus labios el sacramental: «sin pecado concebida», que le permitirá franquear el límite de la vida privada-, de acordarse o de adivinar, por algún detalle exterior, quién puede ser, de dónde y a qué viene, qué intención o qué noticia trae.

Si es forastero, seguirá todavía, por un buen rato, y por ambos lados, la indagación muda y discreta de los ojos, mientras, despacio y con el cuidado requerido para evitar disparadas, el recién venido esté formando, con el cabestro, algún nudo de experta combinación, de estos que parecen algo sueltos, por lo poco complicados, -hay nudos así, en la vida-, pero que con los tirones del caballo, se cierran, quedando fáciles de desatar, sólo para el amo.


* * *


Cuando, desde lejos, al volver a su casa, divisa el campesino un caballo desconocido atado en el palenque, siempre le late el corazón; y ¿cómo no? ¿Quién será? ¿Quién habrá venido, y a qué? ¿Traerá alguna esperanza o algún desengaño? ¿En qué forma vendrá a turbar la vida aletargada, monótona y pasivamente feliz del pastor? ¿O será alguna visita insulsa? A medida que se aproxima, va conociendo los detalles que le revelan la personalidad o las condiciones del que lo está esperando en su casa. Antes que todo, el color del caballo: es el rosillo de don José el resero; o el malacara de don Justo, un vecino fregador, que, cada tric y traque, viene a pedir rodeo; o el zaino bichoco del napolitano Juan -seguro que se habrán mixturado las majadas-, o el ruano de sobrepaso de don Eugenio, que viene a ver los cueros, o el caballo desconocido de algún transeúnte que viene a pedir licencia; y, según la visita, esbozan los ojos del campesino una sonrisa de contento o una mueca de fastidio.

Hay también, a veces, en los palenques, caballos que comprometen...

Al volver, a la noche, del pueblito, donde había anunciado primero que se quedaría dos días, don Crescencio Herrera divisó, en el palenque de su rancho, un caballo desensillado, y, al acercarse, conoció al tordillo de Máximo Benavidez. A pocos pasos estaba, y ya los perros, sin haber ladrado, le venían a acariciar. Se detuvo. Para contener, a la vez, el desconsuelo que deja el inesperado y súbito derrumbe del hogar, y el pesar de la felicidad perdida; el asco que da la traición; el arrebato de rabia vengativa contra el amigo que engaña y la mujer culpable, y el rubor, por la mancha sufrida, el corazón es pequeño; y sintió, en las sienes, agolparse la sangre, como si hubiera querido, oprimida, romper la frágil puerta de su cárcel.

Dejó pasar un rato largo, mirando el rancho, como si se admirara de verlo quedarse inconmovido, en su presencia, y se aproximó despacio, algo más sereno ya, dominándose poco a poco. Se apeó en el palenque, ató su caballo, soltó el tordillo y lo espantó, haciéndole ganar campo, y con el mango del rebenque, golpeó en la puerta, llamando, con voz que trataba de conservar firme: «¡Carlota! ¡Máximo!» Oyó el rumor apagado de las voces asustadas, de los movimientos torpemente precipitados en la obscuridad; las consultas, a media voz, vacilantes entre la violencia imposible y la sumisión quizás peligrosa, con rebeliones varoniles sujetadas por lágrimas femeninas.

Después de un momento, don Crescencio volvió a hablar, y nunca, hasta entonces, había notado que su voz fuera susceptible de tonada tan imperiosa, al pronunciar palabras tan sencillas: «A ver si se van, de una vez, y me dejan mi casa!»

Un sollozo le contestó; en el umbral, apareció un hombre armado, como dispuesto a vender cara su vida; pero don Crescencio, tranquilamente, le ordenó de sacar del rancho su recado y de llevarse a la compañera. Y, dominado por el sentimiento de su humillante situación y por la actitud serena de Herrera, volvió al interior de la pieza, se echó al hombro el recado, y llevándose de la mano a la mujer, cabizbaja y sacudida por el llanto, pasó, sin mirarlo, por delante de don Crescencio. Vio que en el palenque ya no estaba el tordillo, y comprendiendo que castigo les era impuesto, agarró con ella, a pie, por el campo, entre las sombras de la noche profunda.


* * *


Hay palenques lujosos, de puro palo a pique, con barrotes de fierro; algunos encierran plantas de sauce, que proporcionan a los caballos durante el verano, ese lujo: sombra; y hay otros que los compone un pobre estacón torcido. El palenque del domador tiene que ser sufrido, para resistir, sin aflojar, los golpes y los tirones locos de los potros recién agarrados; y el del pulpero, discreto, por las muchas confidencias que ha de oír, rodeado, como está siempre, de tantos caballos, venidos de todas partes, de la estancia y del puesto: flacos y gordos, parejeros ricamente aperados, o mancarrones que con sólo un cuerito en el lomo, rumian tristes monólogos, durante las largas horas de fastidiosa espera, al sol, a la lluvia, al frío.

Y después de mucho andar, el jinete atará el mancarrón al palenque de la Vejez, de donde lo sacará poco, para paseos cada vez más cortos; hasta que se apee en el hospitalario palenque de la Muerte, donde podrá desensillar, con toda confianza.



Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Gringadas y gauchadas


Gringadas y gauchadasEditar

Don Gustavo, siendo francés, todo le parecía fácil, por tal que lo miraran. Desde poco tiempo en el país, estropeaba con atrevimiento y sin compasión el español, haciendo creer y también creyendo que lo entendía, reemplazando por gestos expresivos las palabras ausentes de su vocabulario.

Aunque, en su tierra, nunca hubiera andado a caballo, pronto se había hecho medio jinete y no dejaba de empezar a querer alborotar al gauchaje con sus proezas; causándoles gracia siempre, a todos, el verlo salir de las casas a todo galope, castigando a dos lados, desde el palenque, como si la carga de duraznillo que debía traer del cañadón, en el petizo, se le hubiera podido escapar.

Una vez, los que estaban trabajando en el corral, al ver volver, a toda disparada, el petizo ensillado, con un cinchón largo a la rastra, comprendieron que don Gustavo había querido hacer una gauchada, y venir con doble carga, pero a la cincha, en vez de traerse una brazada por delante, como se lo habían mandado. El petizo, por falta de precaución, se había asustado, sembrando por todos lados la cosecha de don Gustavo, y volvía, jadeante, quizás de risa.

Tuvo don Gustavo que volver a pie, lo que para él era de poca gravedad, y cuando llegó, todos lo titearon en grande, como titean al pasajero novicio los viejos lobos marinos. No se enojó; pero quiso dar una lección al petizo,-un animal de dieciséis años, ¡figúrese!- Lo llevó al palenque, y allí, lo ató, pero no del cabestro, sino de la cincha, «para que aprendás», le decía, y le pegó un buen rebencazo. El efecto fue inmediato: tiró el animal, y como el poste no podía ceder, se cortó la costura de la argolla y quedó colgando la cincha; el petizo pataleó un rato, y se desensilló solo, quedando ahí no más, muy tranquilo, pellizcando el pasto tierno...

Hubo risas alegres, esta tarde, entre la peonada.

Un compañero le compuso la cincha, y para no dar su brazo a torcer, quiso don Gustavo ensillar otra vez el petizo: pero éste empezó a cocear y a retorcerse por todos lados, sin que pudiera don Gustavo darse cuenta del por qué; hasta que uno le gritó que por el lado del lazo no se ensillaba un caballo.

Por fin, volvió a montar, pero el petizo se puso inquieto, tanto que por poco hubiera corcoveado; ¡cómo no!, si ya tenía la cincha en la verija, lo que a don Gustavo le dio otro trabajito. -«Si hasta los mancarrones viejos se vuelven ariscos con él», decían, riéndose, los compañeros. ¡Ah gaucho!


* * *


Muy serio, conversando, después de comer, aseguró, un día, el capataz que en la estancia donde antes había trabajado, habían conseguido magníficos resultados, cruzando venados con ovejas. Y el día siguiente, vieron todos que don Gustavo durante la siesta, ora corría por todos lados a galope tendido, ora caminaba con un sigilo de rastreador, alrededor de la majada rodeada; y como había muchos venados en el campo, se dieron cuenta de que había cuajado la insinuación, pues, afanoso, trataba él también de echar a la majada algún macho, para hacer cruza.

Otra vez, lo mandaron a que fuera, de un galope, a impedir que se mixturase la majada con la de un vecino que se le iba aproximando, y que se viniese despacio, arreándola para el corral. Y se fue, señor, disparando; y cuando, a la oración, estuvo cerca con las ovejas, recién le hicieron ver que se había equivocado, trayendo la majada del vecino y dejando allá la de la estancia.

Lo mismo, de repente, salía a todo correr, creyendo ver cortada de la majada, y yéndose a lo lejos, una punta de ovejas; y las traía, triunfante, gloriándose, entre sí, de haberlas salvado de una pérdida segura: «¡qué lindas!, murmuraba; ¡las mejores de la majada!» y ¡zás!, a gritos, mixturaba, muy fresco, el plantel con la majada de consumo.

No hay que hacer, la Pampa siempre desconoce, durante un tiempo, al que no ha nacido en ella, y antes que el extranjero sea capaz de cruzar campo sin perderse, de afilar su cuchillo como es debido, de hacer un nudo que asegure de veras el caballo, de ensillar como la gente, de hacer fuego, en cualquier parte, por cualquier tiempo y con cualquier cosa, de adquirir, en una palabra, por experiencia, por reflexión y por observación, algo de los dones nativos del gaucho, tiene que pagar más de una vez la chapetonada.

Lo que en uno es instinto, en el otro, tiene que ser el fruto, a veces amargo, de muchos desengaños.

Pero no, por eso, dejó don Gustavo de hacer pronto su primera gauchada: manejando un carro, con un solo caballo atado, dejó caer una rienda; el caballo pasó del tranco al trote y del trote al galope, hasta que agarrando con la rueda un poste por el medio, se volcó el carro patas arriba; y la gauchada fue que de semejante trance que le podía costar la vida, salió ileso don Gustavo.

Escapar de un peligro, aun por mera suerte, llevar a cabo algún trabajo difícil, salir parado en una rodada, evitar cualquier perjuicio por una rápida resolución, dar prueba de tener, de día, la vista tan aguda, y de noche, el oído de tal alcance que nada le puede pasar desapercibido de lo que ocurre en el campo, estas son gauchadas.

El extranjero novel, al ver disparar un caballo lo seguirá corriendo y no lo alcanzará; el gaucho, sin apurarse tanto, pronto le corta el paso y lo agarra; si la hacienda apartada se vuelve disparando para el rodeo, el que no sabe trata de atajarla, y pronto se ve desbordado; el buen gaucho le alza el poncho y la desvía, a todo correr, campo afuera.

Toda gauchada es una resultante del conjunto de calidades nativas o adquiridas, apropiadas al ambiente; de la intuición de los peligros que hacen correr al hombre el desierto y sus secretos, los animales y sus mañas, y de los medios que se les puede oponer.

Ser buen gaucho, -y muchos extranjeros llegan a serio-, es juntar la prudencia con el valor, la agudeza de los sentidos con la viveza de la inteligencia, la paciencia en la espera y la rapidez en la acción, la resignación para sufrir las penurias y el saber aprovechar, cuando cae.

Pero si hay gauchadas nobles, también las hay perversas; como de ensillar para una visita, sin avisar un caballo coceador que se deja aproximar y, de repente, pega a traición; o para hacerse de un par de botas de potro, la de tirar un pial al potrillo que corre, para detenerlo, y aflojar de golpe, de modo que se quiebre el espinazo: y mil otras.

No hay tampoco gaucho que, de vez en cuando, no haga alguna chambonada; como el que, confiado, no manea la madrina y amanece sin tropilla; mientras que, volviendo a la querencia, por una neblina cerrada, el gringo que deja que el caballo ande como quiera, y llega así, derechito a su casa, hace una gauchada.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Navegación terrestre


Navegación terrestreEditar

Siete leguas para ir: un paseo de tres horas, por la mañana, pisando pasto verde y florido, bebiendo la brisa vivificante de la madrugada; otro igual, a la tarde, siete leguas para volver, bañándose los pulmones con el soplo perfumado del céfiro crepuscular, suavemente hamacado por el galope igual y parejo del mancarrón guapo, la cabeza llena de sueños primaverales, los ojos de luz, el corazón de alegría, era un gusto sin par, tener que ir de la estancia al pueblito, a hacer alguna diligencia.

Pero los campos del Sur se suelen inundar, y el pasto florido de los cañadones, muchas veces, queda sepultado debajo de un pie o dos de agua tendida, cruzada de corrientitas entrecortadas que, acá y acullá, en una depresión del terreno, amago de arroyo angosto y hondo, tratan de abrirse un lecho entre el duraznillal. El camino desaparece bajo el agua, cortado de atolladeros fangosos, de pozos traicioneros, cavados por los carreros empantanados, y anegados por los rebalses de cuanta laguna costea.

Y el arroyo tan cantante y bonito, tan claro y transparente, en los días de verano, y fácil de saltar a pie, hoy se hace el imponente. Ancho, amarillento, feo, arrolla de barranca a barranca, y todo atareado, una enorme masa de agua turbia, que no sabe a donde llevar, porque él mismo no va a ninguna parte; y la tendrá, después de haberla sacado, de puro comedido, de algún cañadón, que derramar en algún otro, hasta que un hombre enérgico le diga: «¡No, ché, esto, al mar!» y le abra camino.

Pasado el arroyo, vuelven a extenderse por todas partes, lagunas y cañadas, charcos y pantanos, sin interrupción, hasta las chacras del pueblo; y ahí es peor, porque, con admirable previsión -la Pampa es tan pequeña- se ha mezquinado de tal modo el terreno para caminos, que el que no es un río angosto, estrechado entre dos zanjas y dos alambrados, es un fangal, en el cual nadie se atrevería a meterse.

Cuando las siete leguas que separan la estancia del pueblo están inundadas, que los días son cortos, y que amanece escarchado el pasto, o nublado el cielo y frío el viento, una diligencia al pueblo, de gusto, se vuelve carga, de paseo, viaje, y más bien que viaje, jornada.

Ir a caballo es casi imposible, pues esto de atravesar al tranco, con las piernas encogidas, las interminables extensiones anegadas, sería cosa de morirse, y pasando de los veinte años, ya poco placer encuentra uno en azotar como loco por entre el agua, matando caballos, y mojándose de los pies a la cabeza. Mejor es atar el tílbury y lanzarse a rodar, cortando por los cañadones y las lagunas, como si estuvieran en seco, con un caballo de varas, de pie firme y sin miedo, bien mantenido y fuerte, obediente y vivo. ¡Adelante y paciencia!, que un ojo bien abierto y un buen látigo son dos cosas grandes, en la, vida.

Después de los escollos del cañadón, y de haber evitado de caer en algún trozo de arroyito en formación, dispuesto a encajar entre sus barranquitas ocultas, abiertas debajo del agua, como mandíbulas de tiburón, las ruedas del tílbury, se llega a la costa del arroyo. ¡Tremendo, el arroyo! No da paso.

Por suerte, don Pelagio, dueño de la otra ribera, benefactor de la humanidad ambulante y de su propio bolsillo, se ha tomado el tra bajo de hacer construir un puente de madera, encima de la turbulenta corriente. Pero don Pelagio duerme todavía y todos los de su casa; y como, para que ningún pícaro pase por el puente sin abonar los veinte centavos del pasaje, ha tendido en él una gruesa cadena con candados, hay que esperar un gran rato, hasta que el ladrido de los perros haya despertado y hecho salir de la casa a uno de los habitantes. Perezosamente, va a buscar la llave; lentamente, vuelve, y, despacio, arrastra la cadena a un lado; y rueda el vehículo, con ruido de trueno, sobre las tablas descuajaringadas, con gran susto del caballo que parece vacilar entre el costado izquierdo y el costado derecho, para tirarse al agua, parando y moviendo las orejas, y llega, por fin, sano y salvo, arrastrando al virloche y al amo, en tierra firme. No hay duda que, cuando el arroyo no trae mucha agua, es menos peligroso que el puente.

...¿Y ahora? ¡Un carro volcado en el mismo medio del camino inundado, en el único lugarcito libre de pozos! No hay más remedio que enderezar, al tanteo, entre el agua, sin atropellar, pero no tampoco muy despacio, dispuesto a todo, y el látigo levantado. ¡Zás!, de repente, un barquinazo terrible; el caballo hundido hasta el encuentro; la rueda derecha hasta el eje en el barro, y la izquierda levantada; cruje el elástico; salta el lodo, entra el agua en la volanta, y si las leyes del equilibrio fueran ciertas ¡qué beso hubiera ido a dar el liviano vehículo, al carro volcado!, pero una palabra enérgica, un latigazo envolvedor y picante, un esfuerzo soberbio del rosillo, imponen a las reglas físicas, antes que hayan tenido tiempo de afirmar su imperio, un terrible mentís, y sigue rodando y balanceando, con campestre elegancia, su capota embarrada, el tílbury victorioso.

¿Y este? ¡Pues señor! ¿Este también? Se acabaron los niños. Una miserable zanja que, mil veces, ha pasado uno sin pensar siquiera que existiera, se ha vuelto todo un arroyo, enojado, con una corriente bárbara de agua sucia. ¿Qué hacer?

¿Qué hacer? -Pasar no más; el pueblo ya esta cerca. El rosillo se paró, indeciso. Tuerce la cabeza a un lado, como para consultar o pedir órdenes; compartirá el peligro; pero no quiere asumir sólo la responsabilidad.

-«¡Firme! Rosillo. Tu amo tiene confianza en ti, y no duda que la tengas en él». Y resoluto, entra en la corriente; el viajero estira los pies en el guarda-lodo, con el agua hasta cerca del asiento, tratando de conservar el pulso firme y el corazón sereno. Pronto, nadó el caballo, pero cortó la corriente, y con las manos tocó la barranca, resbaladiza como jabón, que, dos veces, le rechazó las uñas; y sólo fue arañando que se trepó, al fin, el rosillo triunfante, con el tílbury a la rastra. -« ¡Bravo rosillos!- gritó entusiasmado el amo; y recién entonces, sintió que, al ponerse de pie, sin pensar, en la volanta, durante la travesía, se le habían llenado de agua las botas, y se dejó caer sentado... en el agua estancada en el asiento.

Pero siquiera, llegó al pueblo, salvado de los naufragios por su resolución y su prudencia, dos cualidades muy necesarias en toda clase de navegación, y con una vaga idea que, quizás, es algo deficiente todavía la viabilidad, en la Pampa.


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El éxodo


El éxodoEditar

Han pasado dos semanas enteras, desde que don Florencio, armando viaje para fuera, se ha ido con su hijo mayor y un peón, a recorrer campos desconocidos, internándose en la Pampa, un poco al azar, con datos algo vagos sobre tal y cual punto que le han ponderado como bueno y fácil de arrendar, en condiciones ventajosas. Otros han ido, de los cuales algunos han vuelto, y se preparan a mandarse mudar con todo, sin mirar para atrás, convencidos de que ya, adentro, no hay adelanto posible y que allá, lejos, con campo extenso y barato, a pesar del pasto duro, están el porvenir, el aumento, la fortuna.

Sólo los miedosos se quedarán, amontonados y estrechos, pagando arrendamientos aplastadores, en estos campos sin holgura, donde el dueño les limita el número de yeguas y de vacas; donde las majadas, a cada rato, se mixturan; donde todo podrá ser muy lindo, ricos los pastos, verdes las lomas, dulce el agua, pero donde falta esta hermosura que sola hace la vida feliz, aun en medio de sus tristezas, la esperanza en el porvenir.

Y cuando don Florencio, de vuelta, dejando la tropilla, se aproxima al palenque con sus compañeros de viaje, entre la alegre gritería de su numerosa prole y de los saltos locos de la perrada, todos, en la sonrisa alegre que le ilumina la cara, leen otra cosa que la banal satisfacción de encontrarse ya en su hogar y rodeado de su familia; canta en sus facciones tostadas como nunca, por el áspero y continuo roce de los vientos y del sol de la Pampa, durante los quince días pasados a la intemperie, el triunfo del éxito. No llegaría Colón a España, después de su primer viaje a las Indias, más lleno de orgullo por su descubrimiento que don Florencio, ese día.

Y sentados en la rústica mesa, devorando en grandes tajadas el jugoso costillar de vaca, cuyos sabrosos vapores llenan la cocina del apetitoso perfume de la carne gorda asada, todos escuchan con avidez los mil cuentos que hace el viajero, de su larga expedición, cautivando la atención de su auditorio con la descripción de la llanura despoblada y la enumeración de sus riquezas inexplotadas. «¡Vieran que pastizales!¡Allá no se puede comer los capones de gordos!» ¡Y las lagunas, y las flores que hay en el campo, y el trébol de olor!, y a lo lejos, se ven sierras, las de Curamalal; ¡y la cantidad de venados, de perdices, de mulitas, sin contar los bichos de todas clases, tan tranquilos todavía, en ese desierto fértil, donde nada les falta!

Encantados están todos; y no cabe vacilación; mañana, irá don Florencio a la ciudad, a cerrar trato por dos leguas cuadradas de campo, y a la vuelta, -cuatro días apenas-,se empezará a preparar todo para la marcha, para el éxodo a los campos de afuera.

Nadie está triste en la casa, aun los que en ella han nacido, pues estos son muchachos todavía, y charlan sin descanso, con sus grandes ojos relucientes, soñando ya de mil proezas contra las alimañas de que habló el padre, y Martincito, que ya tiene diez años, hace revolear sus boleadoras de carne, persiguiendo un gallo, y gritando, en un arrebato de imaginación: «mirá, ché, mirá: ¡un avestruz!»

Y mientras anda don Florencio por la ciudad, se da aparte a los vecinos en los tres puestos del establecimiento, para dejar bien limpitas de ajenas sus cuatro mil ovejas; después se marcarán estas en el anca, con un fondo de botella mojado en alquitrán, precaución que evitará por el camino muchos trastornos, en caso muy posible de mixtura con majadas de señales parecidas. Y todos estos trabajos se vuelven fiestas para los muchachos, y también para los grandes, inagotables temas de conversaciones, de bromas, de suposiciones, de proyectos, optimistas todos, por supuesto.

Volvió don Florencio: ha tratado con el dueño del campo lejano, un comerciante de Buenos Aires, algo sorprendido de que ya pudiera darle renta ese campo que tiene como olvidado, desde más de diez años, y que, por lo demás, nunca ha pensado en visitar. Logró condiciones inesperadas, inesperadas para ambos, a la verdad, pues el campo le salió barato a don Florencio, y para el dueño, fue toda plata encontrada. Algunos días para acabar los preparativos, vender algunas cosas que estorbarían, en el viaje, comprar ropa y provisiones, arreglar las cuentas con el pulpero, herrar los terneros y los potrillos orejanos, embalar los cachivaches, contratar algunos peones que ayudarán a juntar los animales dispersos en la vecindad, y a arrear la hacienda; y una buena mañana, estando ya más o menos todo listo, empezó la jornada.

Todos han madrugado de veras, ese día; hay que aprovechar las horas de la mañana para emprender la marcha y hacer la primera etapa. Corta será, dos leguas quizás apenas; del sitio, elegido de antemano, de la primera parada, todavía se alcanzará a divisar, medio perdidas en los vapores de la lontananza, como espejismo que se desvanece, las poblaciones que se acaban de entregar al dueño del campo; pero, por corta que sea, esta primera etapa es la que violentamente separa el pasado, con todas sus zozobras, del porvenir, que sólo ofrece a los ojos de la ilusión, promesas hermosas.

Las tropillas, juntas con la manada, tomaron la delantera, y no quedan más caballos, en el palenque, que los ensillados.

El carro, donde ya se instalaron las mujeres, siguió al trote largo para el lugar donde deberán ellas preparar el almuerzo; van arreando los peones el rodeíto de lecheras, pequeño plantel del rodeo grande con que, con razón, sueña don Florencio, al salir para los campos extensos de pasto duro, tan propicios para la hacienda vacuna, y cuando ya se va retirando esta vanguardia, se abre el corral de las ovejas y se suelta la majada, juntándola, a las pocas cuadras, en medio de una tormenta de balidos ensordecedores, con las otras dos, traídas de los puestos; y despacio, sin apurarlas, dejándolas comer, el patrón, con sus hijos y algunos peones, arrean, en un solo trozo, las cuatro mil ovejas, haciéndolas salir, sin que lo sientan, del campo acostumbrado, hacia sus nuevos destinos.

Don Florencio se ha hecho vaqueano del camino que tiene que recorrer. Calcula que echará de doce a quince días, haciendo, por día, dos etapas de dos a tres leguas cada una. Ha fijado en su memoria, en lo posible, los sitios más adecuados para las paradas; los lugares donde hay agua y pasto, en campos de fácil acceso, sin demasiados alambrados, ni dueños de estancia conocidos por inhospitalarios y rezongones con las tropas que cruzan el campo.

En las primeras paradas, no está todavía, que digamos, muy bien organizado el servicio de campaña: por temor de olvidar la olla, se le ocurrió a doña Mercedes, la señora de don Florencio, de ponerla antes que todo, en el carro; y al llegar, por supuesto, hubo que descargar una cantidad de cosas para poderla encontrar. La suerte que había salido el carro con mucha anticipación y que hubo tiempo para preparar todo, prender el fuego y preparar el puchero, antes que llegara la majada.

A la noche, fue más fácil, porque se pudo llegar a lo de don Teódulo Fuentes, un amigo viejo de don Florencio, quien lo estaba esperando con buen corral para la manada y las vacas, cena lista para toda la comitiva, amos y peones, y hasta buenas camas para las mujeres. ¡Qué charla! Esa noche. ¡Qué de cuentos! ¡qué excitación! ¡qué alegría!, a pesar del cansancio causado por ese repentino cambio de vida.

¡Mire!, que le pidió datos y más datos don Teódulo a don Florencio, sobre los campos de afuera, y lo que costaba la legua, y si eran buenos los pastos, y si había buenas aguadas, y si el agua no era muy amarga; y quiénes estaban ya por allá, si a don Fulano le iba bien, y qué tal andaba de aumento; y sino era mejor vender las ovejas y comprar vacas, y esto, y el otro; y las contestaciones algo entusiastas, por supuesto, de Florencio lo dejaron tan pensativo que su despedida, por la mañana, fue casi una promesa de ir, el año siguiente, a visitarlo por allá.

Seguía el viaje, con todas las pequeñas peripecias previstas e imprevistas que se pueden presentar, en tan larga jornada.

Cada día traía consigo algún pequeño acontecimiento que le imprimía su sello peculiar, de satisfacción o de inquietud, de malestar o de relativo descanso. Las paradas no siempre salían como era de desear; en unas, se encontró romerillo, y quien sabe si no hubiera habido mortandad, a no ser la previsión que tuvo don Florencio de hacer zahumar en seguida las ovejas con una fogata de la misma planta; así se evitó un desastre seguro, pues en el campo de donde venían, no se conocía semejante peligro y las ovejas incautas y hambrientas, apenas en libertad, habían empezado a pellizcar las ramas florecidas.

Hubo días de lluvia, tristes y largos, durante los cuales, iban todos envueltos en humedad y en barro, con el ánimo desalentado, sepultada la cabeza en espesos pañuelos y la mente en pensamientos lóbregos, la vista ahogada por la espesa neblina que no permite siquiera ver a los compañeros, y apenas deja distinguir el trozo más inmediato del rebaño en marcha; ¡y qué vista aquella! Las ovejas cabizbajas, lentas y pesadas, por el agua que llevan en la lana, chapaleando en el barro de la huella, echando, de vez en cuando, un balido triste, triste como el día.

Penosa es la vida, en semejante ambiente cargado de agua, con el cielo que se desploma en lágrimas sobre el suelo esponjoso y empapado: difícil es prender fuego y conservarlo prendido; apenas alcanzan para ello los cardos secos y las ramas de cicuta que, por el camino, se han podido juntar y se han guardado al reparo, con toda clase de cuidados. ¡Y los cueros que no se secan! Allí están, tendidos en todas partes, sobre las barras del carro y sobre los cachivaches, los de los capones de consumo y los de los animales muertos por el camino, por una causa o por otra; y no dejan de ser numerosos ya, pues el que, acurrucado en el nido, mal que mal se conserva en vida, muchas veces, si lo mueven, aprovecha cualquier pretexto para dejarse morir.

Lo peor es, cuando llueve, no tener a mano, siquiera para las mujeres, algún rancho para que puedan pasar la noche bien abrigadas y en seco. Pero, no hay más remedio, a veces, que arreglarse como uno puede, y tender los colchones a bajo del carro, formando una especie de carpa con lienzos y lonas... y sufrir; una mala noche pronto se pasa.

Sí, pronto pasa; pero como quiera, no pasan tantos días, fecundos en pequeños trances de todas clases, sin dejar recuerdos a veces imborrables en los que, juntos, se han encontrado en

ellos. Se forma, durante ese tiempo, tal cúmulo de ayuda recíproca, de atenciones continuas, de

familiar cambio de ideas; reina una comunidad tan estrecha de penurias pasajeras, alegremente

sufridas, y de relativos goces compartidos, que se anuda toda clase de vínculos; y apenas ocho días después de haberse emprendido la marcha, no podía ya recibir Celestino, buen muchacho, puestero de don Florencio, un mate, de manos de Filomena, hija de este mismo, sin que se le viniera a los ojos un rayo luminoso, tan intenso que a la muchacha le hacía derretir el corazón y temblequear la mano.

-«Pero Filomena, ¿qué estás haciendo? ¿no ves que vuelcas el mate?, gritaba doña Mercedes; y ¿cómo no lo iba a ver Filomena, si el agua le quemaba las manos?; pero hay dolores que para que sean gustos, basta que los presencie... Celestino.

No siempre llueve; también hay días lindos, para hacer nuevas etapas y adelantar el viaje, más cuando se va al Sud, y que después de la lluvia, sopla casi de frente y con todas sus ganas, el viento sudoeste, el Pampero que todo lo rejuvenece y lo reanima.

En esos días, al poco andar, dos de los muchachos cortaban de la punta delantera, cien o doscientos animales guapos y livianos, capones, los más, y echándolos por delante, los arreaban ligero, haciéndolos correr un poco. Las ovejas que quedaban por detrás no querían, por supuesto, ser menos, y balando, empezaban a correr también, para juntarse con las de adelante, y seguían las demás, y al cabo de un rato, se iba deshilando la chorrera, apurando el paso, cada una según sus fuerzas, para alcanzar a las de adelante, ocupando el arreo, con su inacabable rosario de cuatro mil ovejas que caminaban de a una o de a dos en fila, una extensión de una legua. Hasta que la culata haciéndose más pesada, con la corrida, y más renga, y más lerda, y más mañera, exigiendo de los que la arreaban, cada vez más gritos y más esfuerzos, había que mandar parar la punta delantera; y a esta le entraba entonces tal apuro para comer, que a vista de ojo se hinchaban las panzas y se pelaba el campo.

Al pasar por delante de un rancho, don Florencio se paró y pidió un vaso de agua. Iba él detrás de todo, cuidando de que no quedase rezagada alguna punta de ovejas, olvidada entre las pajas, o algún animal caído, al cual hubiera que sacar el cusro; y ya no podía más el pobre, con la tierra que le llenaba la garganta y los ojos, cubriéndole el rostro de una capa espesa; y aunque fuera para él un desconocido, el dueño de casa lo vino a saludar y lo convido a bajarse un rato, a tomar un mate, siquiera. Un resero, que compre y arree animales para dentro, o que vaya para fuera con hacienda de cría, merece siempre ser bien recibido; pues de él no se puede esperar sino cosa buena: dinero, si compra, datos, si se muda. Don Florencio se tragó primero un gran jarro de agua, y apeándose, entró en el rancho; no podía quedarse allí mucho rato, pues seguía caminando la majada, aunque más despacio, y apenas demoró un cuarto de hora. Pero fue tal la avalancha de preguntas y de indagaciones que le hizo el huésped, que comprendió que también ese era otro candidato para los mismos rumbos; y cuando se le preguntó como le iba a don Casimiro Arancibia, que era un conocido de ambos, y también se había mudado para aquellos pagos, y que contestó: «¿Don Casimiro?, si somos vecinos, allá; ocho leguas escasas hay de su casa al campo a donde voy. Le va espléndidamente», ya se le afirmó la resolución al hospitalario criollo, de mandarse mudar también pronto, con hacienda y todo, para fuera.

Ese mismo día, se llegó a la orilla del Azul, arroyo barrancoso, de regular anchura, pero poco hondo, y se buscó n un buen sitio para poderlo vadear sin mayor dificultad, en la mañana siguiente. Noche apacible fue aquella, tibia, sin viento, de silencio profundo, sólo turbado por el soñoliento balido de algún borrego separado de la madre, por el cantito del agua sobre la tosca, y por el monótono ruido del rumeo de las ovejas que, hasta tarde, se habían podido llenar a su gusto, con el pasto tierno, abundante de la costa del arroyo. Y cuando dejaron las estrellas, encandiladas por la luz del alba, de mirarse en el espejo quebradizo de la corriente rizada, don Florencio se recordó y despertó a los compañeros, para que después de churrasquear y tomar un mate, se empezara el penoso trabajo de pasar el arroyo.

Puede ser que si hubieran sido extranjeros, hubieran dejado los caballos a un lado; pero siendo criollos, todos, lo primero que hicieron fue de arrear, montados, la inmensa majada, amontonándola en la ribera, encerrándola cada vez más, haciéndola remolinear, revolcando los rebenques y desgañitándose a gritos. Una hora, por lo menos, duró el esfuerzo; pero al sentir el agua, las ovejas les mezquinaban las patitas, como si hubiera sido fuego, y hacían tanta fuerza para atrás como si hubieran sido, ellas mismas, infranqueable corral; de tal modo que las de la orilla, pisoteadas por los caballos y golpeadas, sin poder avanzar, pronto no tuvieron otro deseo que el de volverse por atrás y de ganar campo: y diez veces, lo consiguieron, cortándose en puntas, disparando por todos lados, entre la patas de los caballos, burlando la rabiosa impotencia de los peones desanimados.

-«Cortaremos una punta, dijo don Florencio»; y manteniendo aproximada al arroyo la majada, atajada por dos o tres muchachos, los otros cortaron, entre todos, las doscientas de siempre, las delanteras de las caminatas aceleradas; y echándolas a todo correr hacia el arroyo, a gritos y golpes, trataron de hacerlas enderezar para la otra orilla; mientras los muchachos empujaban el grueso de la majada, para que no se interrumpiese la corriente.

Si los hombres hubieran andado a pié, quizás pasan las delanteras; pero estaban a caballo, y fue en vano; apenas hubieran tocado el agua, que nada las pudo contener y se volvieron como tromba. Desanimados estaban todos, cuando un puestero irlandés que vivía ahí cerca, notó el percance y vino en su auxilio.

-«¡Porfiadas las rabonas!, como cangrejos para volverse atrás, le dijo don Florencio, cuando se acercó; vamos a quedar aquí toda la mañana.

-No crea, contestó el irlandés; pruebe de otro modo. A pie, corten una puntita que puedan, entre todos, encerrar de tal modo que ni una oveja se vuelva; acérquenla despacio, sin gritar, sin chistar, siquiera, sin golpear, y mientras por detrás se va arreando la majada, cruzan el arroyo, a pie entre el agua, empujando despacio las ovejas con las manos».

Don Florencio, renegando, pero dócil como quien conoce que ha agotado todos sus recursos y acepta cualquier auxilio como caído del cielo, obedeció, y la maniobra empezó, bajo la dirección del irlandés. ¡Oh!, la primera vez, no salió bien; pues, aunque las ovejas, como abombadas por la tuerza silenciosa que las envolvía, entraran al agua, sin hacer mucha resistencia, vacilaron los peones, al ver que había que mojarse casi hasta la cintura, y empezaron a aflojar.

Dos capones grandes se dieron vuelta, forcejearon hacia la orilla que ya iban dejando; un peón gritó, otro levantó un brazo para pegar a los revoltosos, y bastó esto para que toda la puntita se volviera atrás, rompiendo el cerco y pasando los animales entre las piernas abiertas y los brazos levantados, de tal modo que los peones quedaron con la cara compungida de quien ha cerrado fuerte la mano para agarrar agua.

El irlandés se reía: «¡Oh!, decía, le tienen miedo al agua; hay que entrar, no más, con las ovejas, y seguirlas hasta la otra orilla; sino no hacen nada».

Y se volvió a hacer la misma maniobra; pero esta vez, en toda forma, y cuando llegaron a la otra orilla, todos mojados, pero satisfechos, y dejaron allá, sueltas, las veinte o treinta ovejas que habían así llevado, oyeron en seguida detrás de sí, los balidos apurados de toda la majada que, en columna espesa, cortaba la corriente y salvaba el paso.

Ya empezaban los pastos a cambiar de naturaleza. La población era todavía escasa, por aquellas alturas, pero era llanura fértil y de tierra buena, voluntaria para cubrirse de pasto, algo duro quizás, pero tupido y florido; tan florido que, dos horas después de haber pasado el arroyo, vio con sorpresa don Florencio que muchas de sus ovejas caían y se revolcaban, como atacadas de alguna enfermedad nerviosa.

Hizo juntar pronto la majada, acordándose-de lo que le habían contado del chucho, pasto muy pernicioso, le habían afirmado, que mataba en un momento millares de ovejas.

No pudo conocer esta vez el dichoso yuyo ese, fruto, por lo demás, de la imaginación campestre; y sin sospechar siquiera que la súbita enfermedad pudiera ser un simple acceso de ebriedad, causado por las flores con que se habían llenado vorazmente las ovejas, emprendió otra vez la marcha, después de señalar con cinco esqueletos rojizos la etapa.

Pocos son los sitios donde se haya hecho parada, que no luzcan mayor o menor cantidad de estos tétricos mojones. Pero, aunque merme un poco la majada, durante el viaje, no hay por eso que perder la fe en el porvenir: ¿no hablan todos los que han ido a establecerse en aquellos campos, de aumentos inauditos? Y entonces, ¿qué importan cien o doscientas ovejas sembradas por el camino?

Don Florencio, por su parte, tiene el corazón rebosando de esperanza; nunca por cierto, ha oído hablar de los patriarcas bíblicos; pero lo mismo que ellos, siente que su misión de pastor, en estas inmensas llanuras, es de poblar: poblar con sus rebaños la Pampa extensa; desparramar por ella, en enjambres, los animales domésticos, providenciales proveedores de la humanidad, que, con prodigalidad sin igual, le ha confiado la naturaleza, y también esparcir por estos campos tan injustamente desiertos, los hijos de su sangre, para que, según la orden divina: «crezcan y se multipliquen».

...Y lo mismo piensan Celestino y Filomena.


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Vascadas


VascadasEditar

Los peones de don Juan Arambeheré estaban, cargando en un vagón fardos de pasto, y trabajaban con cierta flojedad, por el gran calor que hacía, cuando llegó el patrón. Él había sido peón también, unos cuantos años antes, y peón de almacén por mayor, de estos que, por apuesta, suelen llevar al hombro una bordalesa de vino, de trescientos kilos, caminando, con ella cargada, veinte pasos; y no le desagradaba, ahora que estaba en el camino de la fortuna, enseñar, de vez en cuando, a sus subordinados que no había perdido del todo sus pequeños talentos de sociedad.

Se apeó, lo que, por el soplido que este dejó oír, pareció gustar sobremanera a su caballo, pues era corpulento el vasco, musculoso y de poderosa humanidad; a pesar de lo cual, se trepó al vagón, retó por la forma a sus hombres, y, agarrando con las dos manos el alambre de un fardo que trataban los otros, inútilmente, de cambiar de sitio, tiró con todas sus fuerzas. El fardo no se movió; ni se podía mover, pues estaba atrancado por otros, pero a don Juan no le importaba; del momento que él tiraba, tenía que ceder el fardo, ¡...! y siguió tirando, no más, hasta que reventó el alambre, tan de golpe que, de lo alto del vagón y de la pila de pasto, fue a dar de espaldas en la vía el pobre don Juan, lo que le valió un mes de cama.

El que tiene mucha fuerza la debe usar con tino, y sino, se perjudica.

Pero don Juan Arambeheré, de músculos hercúleos y testarudo como él solo, hacía poco caso del tino y aplicaba, con inquebrantable resolución, el sistema de la fuerza bruta a todos los problemas de la vida. Y cuando, con brio ciego, enderezaba a algún pantano... y se quedaba en él, sacudía el mancarrón con toda clase de nombres y apellidos, sin reservarse para sí ninguno, como hombre modesto que era, lo mismo que hubiera hecho con el alambre, sino se hubiera desmayado, al caer.

La prudencia más elemental parecía serle extraña; y un día que andaba muy apurado para alcanzar el tren, pensaría que la línea recta es la más corta, aun cuando está sembrada de vizcacheras, pues entre estas, azotó al caballo como si tal cosa y pegó una rodada feroz, naturalmente. Se levantó, cubiertas de tierra su ropa dominguera y la boina nueva, pero, muy fresco, se sacudió, y se consoló pronto, al ver que, por suerte, no se le había roto el pito.

Cuidaba sus ovejas con mucha prolijidad, y los vecinos podían tomar por modelo las majadas de don Juan Arambeheré. La sarna no tenía peor enemigo que él y no mezquinaba remedio ni trabajo para extirparla. Pero sucedió que, un año, fue tan porfiada que ya no sabía don Juan que hacer, y se le ocurrió que sólo recargando el baño con una dosis bárbara de remedio, la iba a vencer. Y le metió el doble, ¡...! de lo que rezaba el prospecto. El resultado fue inmediato, y doscientas ovejas se le murieron en el día.

Quedó un poco ajada su convicción de que nunca daña la abundancia; pero no por esto dejó de seguir comiendo hasta reventar, y bebiendo vino como pipa, cada vez que se le ofrecía la ocasión, pues ¡...! él no era oveja, y el vino no es veneno.

Firme en estos principios, y como le gustaba mucho el pavo gordo, quiso hacer como su vecino don Urbano, un bearnés vivo, que cebaba los suyos a la fuerza, con pelotillas de harina y con maíz; pero quiso engordar los de él más ligero y mejor, y para esto ¡...! le metió al pavo tanto maíz en el buche que lo ahogó.

Difícilmente pudo entender que con maíz se pudiera ahogar un pavo, pero ahí estaba, no más, la prueba.

Con todo, le parecía ser esto como si, cuando iba uno a pagar cien pesos, hubiera tenido que sacar del tirador justito los cien, en vez de sacar, como siempre hacía él, un puñado siquiera de cinco mil, por lo menos; no para lucirse, no crean, sino porque siempre es mejor que sobre y no que falte.

Oyendo contar don Juan que unos troperos, sus compatriotas, habían querido, en otros tiempos, hacer caer la piedra Movediza del Tandil, y no lo habían podido conseguir:

-«¡Vascada linda hubiera sido!» exclamó, pero pensó que no debían haber sido vascos de veras, ya que no habían atado bastantes yuntas de bueyes.

Don Juan Arambeheré sentía no haber estado allí; no hubiera cejado él, no, para conquistar semejante gloria, pues cuando se metía algo en la cabeza, ¡..!

Y, a veces, le habían aprovechado la maña; como aquel que habiéndole, en una feria, ofrecido en vano, por quinientos pesos, un carnero premiado, se lo hizo pagar mil en el remate, ayudado por dos gurupíes: uno que hacía posturas, y otro que le decía al vasco: «Déjelo, hombre; no ve que son muchos los que lo quieren», lo que aguijoneaba de tal modo a don Juan que, por ningún precio, lo hubiera dejado ir.

Pero, ingenuo como era, al punto de ceder por un momento, durante un almuerzo, a la maligna insinuación que los caracoles se comían con cáscara y todo, le parecía conveniente, para dar a sus pesos todo su valor, imponer bien al médico de lo que, por su plata, exigía; y un día que había venido a ver al doctor, con su sobrino, pobre joven, víctima de una de esas enfermedades que, celosas, velan en las puertas del paraíso, le dijo:

-«Mirá, sabes; está medio... embromado, sabes; fícate bien. Y es preciso darle unos arremedios que arrempujen, sabes, para que no gaste plata al ñudo».


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La tropilla


La tropillaEditar

Recibida la hacienda y puesta en marcha, don José cortó de las demás su tropilla y se volvió para la estancia, donde era capataz, arreando solo y en tren ligero, los quince caballos rosillos y la yegua mora que, con su recado, su poncho y sus huascas, constituían lo mejor, sino el total de su fortuna, al mismo tiempo que eran su orgullo y su gloria.

Unas veinte leguas, más o menos, tenía que hacer: de estas leguas pampas, medidas al tanteo, y que, según la estación y la hora, el estado del caballo, la dirección del viento y el rumbo, parecen dos cada una, o se vuelven un soplo. Todo, en esa ocasión, le favorecía: la tropilla, compuesta de puros animales lindamente baqueteados y bien reposados, volvía para la querencia, por una mañana deliciosa de otoño y con el viento de cara, que refresca y barre el polvo: era como quien dice el cielo.

Una cosa es andar en esas condiciones y otra muy diferente galopar, envuelto en una nube de tierra, con el viento de espaldas, y por una tarde de verano, en mancarrones flacos, cansados o demasiado gordos, o mal arreados y que porfían para volverse; así, ¿quién no llega marchito?, pero, como iba don José, es fácil guapear y, sin sentir, andaba, suavemente arrullado por el galope rítmico del caballo, mecido por el campanilleo alegre del cencerro de la yegua que marchaba por delante, acelerando el trote, rodeada por los catorce rosillos, en grupo compacto.

Ninguno se atrevía a pasar delante de la madrina, dejando todos que puntease su cabeza, y que, a su lado, marchase sin estorbo el bonito potrillo de pocas semanas que la acompañaba.

Don José iba pensando, cantando, silbando o conversando solo, y de vez en cuando, apostrofando a sus dóciles compañeros de viaje, no con palabras muy elegidas, que digamos, pero siempre en tono de indulgente cariño, como amo altanero a viejos servidores queridos.

Se acordaba cuántos años y cuánto trabajo le había costado la formación de su tropilla.

Quince caballos, de un mismo pelo, siguen una yegua; obedecen al silbido, al gesto del amo; andan en un solo montón, sin que ninguno se corte; no se separan de la madrina, ni de día, ni de noche; paran a mano, en medio del campo, y se dejan ensillar sin moverse, todo esto con tanta facilidad y tanta limpieza, que cualquiera se figuraría que así han nacido: al que no sabe las cosas, todo le parece sencillo. Pero don José sabía, él; y en cada pieza de su tropilla, podía leer un capítulo de su historia.

Cuando hizo sus quince años, su padrino le regaló la primera yegua mora, con un potrillo rosillo, y su padre le sacó un boleto de marca a su nombre. ¡Ah!, como todavía se acordaba el gusto, el orgullo con que había, él mismo, aplicado el fierro candente en el cuarto del primer potrillo de su propiedad! ¡Qué rico olor el del pelo quemado! Desde entonces, cada vez que había podido tener juntos unos pesos, y encontrar, a la vez, algún potro rosillo que pudiese comprar, aumentaba la tropilla. Y habían pasado ya muchos años; la yegua fundadora había muerto, siendo reemplazada por una hija que le salió igualita, y los potros se habían vuelto caballos, domados todos por el mismo amo con el cuidado que siempre se le da al trabajo que uno hace para sí, amansados con mano prolija y paciente.

Por cierto que muchos se habían renovado; de los primeros entablados sólo unos cuantos quedaban, y viejos ya, medio bichocos, pero a medida que se hacía inservible alguno, lo reemplazaba un potro, siempre del mismo pelo.

A pesar de ser todos tan parecidos, primera vista, don José bien los sabe distinguir: uno es más claro, otro, más oscuro; éste tiene un lunar blanco en el lomo, aquél, una estrella en la frente. La cola, la crin, el tamaño, el modo de orejear, todo le sirve de indicación para conocerlos y saber cuál debe ensillar en tal o cual parte del viaje, o para tal o cual trabajo.

Aquél que anda allá, a mano derecha, contrita la yegua, es el más viejo de todos; guapo y sufrido como ningún otro, tiene un galope tendido y suave, exquisito, y se ensilla siempre el último, en las jornadas largas, cuando vienen llegando las ganas de descansar. El postre, lo llama, por esto, don José. Este es tropezador, porque se duerme caminando; y es necesario pegarle, de vez en cuando, un buen chirlo. Otro tiene el galope duro y seco, cansador y desagradable, pero, amigo, para carnear, no hay otro, porque solo, sin jinete, sujeta, sin aflojar, cualquier novillo enlazado. Si se trata de apartar, aquel, allá, es el mejor; pues, busca el animal con el pecho y se le pega hasta que salga corriendo. Para ir de chasque, ese alto, y, de tiro, el que lo sigue, y no hay tren que lo gane.

También hay el de las carreras, y el del juego de sortija; para bolear avestruces, hay uno lindo, y si viera, en el rodeo, aquél otro, pegando una pechada, quedaría admirado. Cualquier mujer puede ensillar este que va en la orilla; es un carnero, de manso, y anda de sobrepaso.

Algunos tienen sus defectos o sus mañas; uno se lastima en el lomo, otro es duro de boca, aquél es espantadizo, pero esto es poca cosa y no hay que hacerle caso, pues casi es tan imposible encontrar un caballo sin tacha, como un hombre perfecto.

Y don José, galopando, repasaba en su memoria muchas cosas del pasado: no puede uno estar solo, durante tantas horas, sin que trabaje la mente y, por ella, se remuevan recuerdos y pensamientos. Se acordaba cómo había tenido cada uno de sus animales; y cómo los había domado; lo que, con cada cual, había hecho, y en qué circunstancias alegres o tristes, buenas o malas, lo habían acompañado. Uno le había dado un porrazo; con el otro, se había llevado en ancas, a su rancho, por una noche oscura, y, para asegurar el consentimiento paterno, a la mujer con la cual iba pasando la vida y rodeándose de muchachos; con aquellos dos, se había presentado, en el 80, a la comisión reclutadora, cuando la revolución. Tres de ellos habían quedado perdidos más de seis meses, llevados quien sabe por quién, -aunque sospechaba-, y devueltos por la suerte; y aunque ya no fueran de los mejores, porque se los habían cansado y echado a perder, les tenía ese cariño especial, tan fuertemente arraigado en el áspero suelo de la injusticia, que siempre otorga el padre cariñoso al hijo pródigo.

Así de todos, y de cada uno; y a cada recuerdo, esboza don José una discreta sonrisa o una mueca triste; y cuando le toca ensillar uno de los que menos le agradan se resigna, pensando que, en la vida, siempre hay que sufrir, y que el hombre feliz es el hombre de aguante, y que cada cual tiene que cruzar la travesía con el caballo que le haya caído en suerte, pingo guapo, bagual indómito mancarrón bichoco.


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Viudas casaderas


Viudas casaderasEditar

-«¿De quién es esa población, don Julián?

-De una viuda. Es puesto del campo vecino. Ahí vive una pobre mujer, que ha quedado con una punta de hijos; pero no está mal; tiene su buena majada y un rodeíto de lecheras.

-No ha de faltar entonces quien la festeje.

-Claro. ¿Y qué más puede hacer que volverse a casar? ¿Quién le atendería los intereses? ¡Pobre de ella, si no tuviera ya quien la ayudase!»

-¡Ah! ¿ya tiene...?

-¡Y como no! Vd. cree que las viudas, en el campo, se quedan mucho tiempo viudas. Pues no faltaría más. ¿A donde iríamos a parar, con tanta tierra que poblar y tan poca gente, si quedasen mucho tiempo las ovejas sin carnero?»

Y pegó don Julián un chirlo al cadenero, enderezándolo a otro puesto, cerca del cual nos aseguró que ibamos a encontrar martinetas.

-«¿Y será también de alguna viuda?, le preguntamos.

-¡Hombre!, justamente; pero no por muerte del marido, esta. Tiene también una caterva de muchachos, pero todos de apellidos diferentes; forman una especie de índice de los diversos esposos que la han sucesivamente dejado viuda. Dicen que es de mal genio. La verdad es que no faltan gauchos vividores que tratan de aprovechar; y sea que ella se canse de mantener haraganes, cuando ha cumplido, con lo que considera probablemente como mi deber anual, sea que piensen aquellos que ya no tienen allí nada que hacer, ella queda... viuda. Jura, por supuesto, que se acabó y que ya no quiere saber nada; pero, amigo, cuando la primavera hace que los padrillos repuntan, es difícil que las yeguas viejas no contesten el relincho».

Tuvimos, en otros paseos largos que con don Julián hicimos, varias ocasiones de preguntarle de quién era tal o cual población, puesto humilde, modesta chacra o estancia grande, y nos admiramos de la proporción considerable de viudas, o llamada tales, que existen en la campaña.

Es cierto que, como lo decía nuestro huésped, pocas eran las que quedaban viudas mucho tiempo; pero, viudas de veras o viudas sin haberse casado, todas, pronto, sentían alrededor suyo el suave revoloteo de los candidatos, más o menos disimulados, a la sucesión del finado. Por otro lado, rica o pobre, joven o vieja, con o sin familia, ¿qué haría sola, una mujer en el campo? ¿Cómo atendería sus intereses, que siempre requieren el brazo del varón? Por cierto, se han visto excepciones, pero son escasas las mujeres capaces de tomar realmente a su cargo y con éxito, el manejo de un establecimiento de campo, después de la muerte del marido o del compañero, y todo, pronto, se junta, el anhelo interesado de uno con la necesidad de ayuda de la otra, y el renuevo pícaro, para que no quede sin cumplirse la gran ley, por la cual, demostrando la naturaleza su horror al vacío, se empeña en que cunda en la Pampa, lo que más precisa: la población.

Cuando doña Martina enviudó, perdiendo, a los pocos meses de casada, a su esposo querido, trágicamente muerto de una coz, aunque no tuviera más que una majadita, pronto se vio rodeada de comedidos que, con algún pretexto, la venían a visitar y a ofrecerle sus servicios.

Su hermano Benjamín había venido a acompañarla y a atenderle la majada; y por cierto, en los primeros tiempos, impertinentes le hubieran parecido hasta las visitas de condolencia; pero el hermano era muchacho; no estaba, ni podía estar siempre llorando con ella; perder a un cuñado no es lo mismo que perder a un marido, y pronto la tristeza que habían momentáneamente infundido a Benjamín el acontecimiento, el duelo y la soledad en que quedaba la casa, había tomado su vuelo dejándolo listo para las risas y las alegrías de su edad. No podía ella impedir que el muchacho recibiese a sus relaciones, y sin darse él mismo cuenta del por qué, de repente se encontró con una cantidad de amigos a quienes apenas conocía. Mientras uno cuidaban con él la majada en el campo, charlando de todo y de mil otras cosas, no alcanzaba el palenque para los caballos de los hermanos mayores o compañeros de ellos; y no estando Benjamín en casa, tenía a la fuerza que atenderlos la viuda.

Y a pesar de la honda herida de su corazón, realmente destrozado por la súbita desaparición del esposo amado, mal se podía defender de cierta gratitud enternecida, al oír los benévolos ofrecimientos de toda esa gente, tan desinteresada, al parecer.

Entre mate y mate, los tres o cuatro gauchos que siempre por allí andaban, hacían alguna alusión a lo poco que da una majada mal cuidada; a lo fácil que es de perder las lecheras o los caballos, cuando falta de casa el amo; a lo perniciosas que suelen ser, para la salud, la tristeza y la soledad; y con astucia más o menos ingenua o torpe, cada uno le hacía a la viudita desconsolada, desamparada, joven y buena moza, la delicada alusión que le pareciera más adecuada a su tema preferido.

Primero, todo y todos le parecieron a doña Martina fastidiosos y cargosos; sobre todo que en los primeros tiempos, ahí estaban ellos, como postes, incapaces de decir una cosa que valiera la pena, porque la gente campestre, para expresar sentimientos, es poco ladina. Después, los que se atrevieron a hablarle del finado y de la pérdida que había hecho, aunque no fuera más que con algunas palabras mal ensartadas, se le hicieron más soportables.

Otros le supieron hacer comprender que sola, iba a andar mal con sus intereses, e iba pronto a quedar pobre. A estos contestaba la viuda, diciendo que tenía al hermano; pero ni ella misma, ni menos los pretendientes se hacían sobre el punto mayores ilusiones.

Uno se quiso hacer el vivo, y sólo la trató como a mujer deseable, por lo bonita; quizás en otro tiempo, hubiera salido bien, pero en aquella ocasión, era esto varear en cancha sin orear; y resbaló el parejero.

Un día, Benjamín manifestó a la hermana el deseo de volver a casa de los padres, por una semana, dejándole, para cuidar la majada, a uno de sus amigos. Y con menor trabajo de lo que él mismo pensaba, consiguió lo que pedía, poniendo ella como única condición que no propusiera el cargo a otro que a Victoriano, y que él lo aceptara.

Victoriano aceptó...

Había sabido, este, templar la guitarra en la tonada requerida, modulando la voz según el verso, y pudo apretar las llaves, calladito, para el próximo canto de la victoria.

Cuando volvió Benjamín, aunque fuera desierto el palenque, la casa le pareció más alegre; y, de vez en cuando, Martina dejaba, entre dos lágrimas, asomar una sonrisa.

De la punta de las hojas, más lustrosas que nunca, cuelgan todavía, después de la tormenta, gotas de lluvia; pero en ellas, se ríe el sol.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Miserias merecidas


Miserias merecidasEditar

Junio, recién; y ya se cortan en puntas las ovejas. Mala seña, piensa don Martín, al recorrer el campo de pasto duro que recién ha poblado, y al encontrarse, por todas partes, con pequeños grupos de diez, de cinco, de dos ovejas, flacas y sin fuerza.

¿Y qué será, en Agosto, cuando hayan pasado tres meses más, de heladas o de aguaceros, sobre los pobres animales?

No le digan mala madre a la oveja que abandona el cordero; pues cuando deja de mandar el instinto materno, es que obedece el animal, aun a su pesar y mirando para atrás, con balidos de lamento, a otra ley de la naturaleza; la propia conservación es más imperiosa, para la oveja, cuando se siente débil, que la de su prole. Lo mismo, cuando olvidándose de su amor a la majada, las ovejas se cortan en puntas y dejan de seguirse unas a otras; o cuando, al cruzar cerca de ellas el jinete, no disparan, mala seña; y no sin razón, don Martín considera con tristeza el campo amarillento y de pasto ralo, donde, en verano, sólo llega a florecer la puna, por ser la única planta que desdeñan los animales.

¿Qué será, ¡sí! En Agosto, cuando el invierno, al terminar su carrera, acabe de limpiar, de una vez, lo que no puede más, antes de hacer la suma total de todo lo sufrido durante el año, de cerrar las cuentas de la muerte, y de proclamar el resultado? Resultado funesto, a veces; y si no fuera que asoma la primavera, calentando el lomo de los animales flacos que han sobrevivido, y haciendo brotar un poco el pasto nuevo, sería cosa de desesperar. No es todo color de rosa, en la vida del hacendado.

Pero ¿no tendrá él, en algo, la culpa?

¡Clima benigno, el de la Pampa, que permite al hombre criar los animales domésticos a la intemperie; tierra generosa, la que le permite mantenerlos con lo que ella produce, sin que en nada, la ayuden! Y ya que el clima es tan benigno y la tierra tan generosa, ¿por qué trabajaría el hombre?

Pero el clima más benigno tiene sus caprichos; pasan meses sin llover: las lagunas se secan, el pasto ralea, desaparece, y las haciendas mueren de hambre y de sed. ¡Suerte ingrata!, clama el pastor. O bien, lluvias demasiado frecuentes y abundantes llenan las cañadas, achican el campo, lo reducen a algunas lomas exiguas; y perecen las majadas, aniquiladas por la constante humedad, pisoteando, amontonadas, el poco campo que les queda; y vuelve el pastor a maldecir su suerte.

La sarna hace estragos en las pocas sobrevivientes; renguea lastimosamente la mitad de la majada, arrastrándose las ovejas, como pueden, a algunos metros apenas del corral, paciendo de rodillas, muchas de ellas, por no poder tenerse de pie; y las osamentas colorean por todo el campo, salpicando la llanura de tétricos reflejos, mientras en los alambrados y en los corrales, secan, al viento, los arrugados cueros de epidemia, fúnebres colgaduras de escaso valor, cenefas haraposas de funerales sin cuento, herencia ruinosa para el pastor, que, ni siquiera, por ellas, podrá, con exactitud, tarjar sus pérdidas.

Aun en clima benigno, tirita, a veces, el hombre, en su rancho mal construido, ni le faltan goteras al techo. Pero no por esto se acuerda de lo que sufren las ovejas, en el fango de su corral sin reparo, mojadas hasta los huesos, ni qué con plantar algunas estacas de álamo o de sauce, pronto podría hacerles un abrigo salvador; y ¡para qué se va a acordar! ¿valdrán realmente la pena de cuidarlos, animales, que sin esto, le dan todo lo que necesita?

La tierra más generosa también tiene sus horas de desgana. Falta el pasto; las heladas lo han quemado, o el sol de verano; y, raquíticas, endebles, bamboleándose en las patas que se les cruzan, vagan, despuntando las pajas duras y la puna, sin jugo, las vacas hambrientas.

¿Sembrar para mantenerlas? ¿acaso el amo siembra para sí? ¡qué hagan come él! Cuando la carne es flaca, come menos. ¿Y si se mueren? ¿qué le haremos?, se sacarán los cueros, que siempre valen algo.

Aguantar lo que Dios manda; la lucha es estéril contra los furores de la naturaleza. ¿De qué sirve al hombre tratar de conocer y de atajar las enfermedades de todo género que diezman los rebaños en la Pampa, ya que siempre vuelven?

Y en lugar de la riqueza exuberante de que, con ayudar en algo a la benignidad del clima y a la generosidad de la tierra, podría gozar, el pastor pampeano parece preferir el acostumbrado cuadro de miserias siempre renovadas, que sólo debe a su incurable indolencia, a su fatalismo innato.

El campo, cubierto de los ásperos fachinales primitivos, empobrecido por el recargo de hacienda, parece teatro preparado para todas las catástrofes de que amenazan a todas las haciendas las mil plagas del desierto. Y así fue, y así será, mientras no entienda el pastor que al hambre invernal de las haciendas lo debe combatir con el arado, y que sus animales, objeto ya de la envidia del orbe entero, merecen, cada día más, el esfuerzo varonil, que los libre de los peligros que los rodean, y permita recoger la cosecha de inmediata prosperidad que tienen ellos en reserva.


Tipos y paisajes criollos - Serie IV
La quemazón


La quemazónEditar

En el mismo momento en que la cocinera ponía en la mesa la sopera, el capataz se paró en la puerta y dijo:

-«Patrón, hay fuego en el campo.

-¿Dónde? Preguntó el mayordomo, frunciendo la ceja.

-«En el reservado», contestó sencillamente el capataz, con el tono más natural del mundo, sabiendo que no necesitaba grandes gestos, ni frases dramáticas, para producir efecto.

-«¡En el reservado!» exclamó el mayordomo, y retirando el asiento, sin dar siquiera una mirada de sentimiento a la sopera humeante, que, como matrona hospitalaria, parecía convidar a los presentes a reponerse de las fatigas de la mañana, se levantó, gritando:

-«¡Aten el carro, muchachos!, mojen cueros; llenen un barril de agua y echénlo al carro, ¡Pronto, ligero! ¡y se van todos al fuego!»

Saltó a caballo, y, acompañado de un peón que llevaba algunos cueros pelados ya mojados, voló en dirección al humo. El «reservado» era un retazo de campo muy pastoso, reservado efectivamente para recibir e invernar una hacienda que se esperaba, el día siguiente. Un desastre, si se quemaba ese campo.

Distaba de las casas como legua y media; al cruzar una loma, se dio cuenta el mayordomo de la extensión del mal. Un sol que rajaba; las doce del día, un viento algo suave, pero suficiente para avivar la llamarada y ayudarla a correr ligero, por el pasto hecho yesca y por el calor de la atmósfera.

Pronto vio que con la poca gente de que podía disponer, iba a ser tarea difícil atajar el elemento destructor. Quiso tratar de detenerlo, prendiendo fuego, él mismo, en contra de la ráfaga de llamas que se venía; se bajó, y dando el cabestro a su ayudante, prendió un fósforo; apenas tuvo tiempo de volver a subir a caballo. Como pólvora, venía corriendo la línea de fuego, devorando en las lomas el pasto puna y la paja voladora, llevándoselo todo por delante.

Las yeguas, curiosas, venían acercándose a la llama, estirando el pescuezo, parando las orejas, olfateando el humo y, de repente, echando a correr como locas, haciendo temblar el suelo con el estrépito de su carrera sin rumbo.

El fuego, ligero en las lomas arenosas, donde encontraba poco alimento, se detenía en los bajos, de pasto tupido y de pajas altas, comiéndose despacio, como saboreando, los pajonales, avivándose repentinamente, al devorar una mata de cortadera, envolviendo con sus roscas coloradas los magníficos penachos plateados, tumbándolos y no dejando el sitio, sino cuando no quedaba más que un tronquito calcinado, resto informe de la soberbia planta.

Venía llegando gente, y, a cuerazos, iban apagando poco a poco, achicando, en lo posible, la línea de incendio, tratando de impedir que se deslizase más adelante, cortándole el paso en las senditas de la hacienda, trabajando con rabia, para evitar que ganase el alambrado y que quemase los postes, parecidos, desde lejos, a condenados de la Inquisición, retorciéndose en las ligaduras.

La mancha negra se iba extendiendo, rodeada de humo, tapando como de un manto enlutado, dobladillado de rojo, las lomas y los bajos, reemplazando con cenizas la vegetación exuberante que, horas antes, los cubría con su esplendor. Y el olor acre del pasto quemado apestaba la atmósfera, llevando a leguas de distancia su penetrante sahumerio de tristeza y de desolación.

Las aves carnívoras, los caranchos, chimangos y gaviotas, revoloteaban en bandadas, llenando el aire con sus gritos de melancólica alegría, espiando la presa sabrosa, achicharrada por el fuego, tan variada como variada es la fauna pampeana: bichitos e insectos de todas clases y tamaños, envueltos en el mismo cataclismo.

Atajado por un lado, el fuego se volvía a levantar por otro, consumiendo, en una hora, pasto suficiente para mantener, una semana entera, mil animales vacunos, y fue necesario apelar al medio heroico de bolear una yegua, degollarla y cortarla largo a largo, del hocico a la cola, en dos horribles trozos, que yuntas de jinetes, enlazando cada uno un miembro del animal descuartizado, arrastran al galope, haciéndolos saltar, deshechos y sanguinolentos, en la línea del fuego, dominándolo ya bastante para que, con algunos esfuerzos más de los de a pie, se vaya, al fin, venciendo del todo.

Y si no se consigue acabar con la quemazón, dura, algunas veces, días y días, sobre todo en campos poco poblados; devasta muchas leguas, alumbrando de noche el horizonte lejano con líneas de luces que sugieren, un momento, la visión de ciudades iluminadas, edificadas, en un día, en las llanuras desiertas.

El olor a quemado destruye pronto la ilusión, y sólo queda una rasgadura negra en el traje gris de la Pampa, hasta que pase por allí un aguacero remendón y le pegue un retazo de paño nuevo, demasiado verde, que, por el contraste, chilla.



Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Era nueva


Era nuevaEditar

¿Qué ocurre? ¿Se me turba la vista? O ¿se me ha descompuesto el aparato?... No, por cierto; ni una, ni otra cosa; pero van cambiando tan rápidamente los tipos criollos que me complacía en retratar, y modificándose tan hondamente el paisaje pampeano que hacía mis delicias, recuerdos queridos de cuando mi vigor me permitía hacer lo que hoy sólo puedo contar, que sí no renuncio en presentarlos como los ven todavía los ojos de mi memoria, pronto me van a tachar de embustero.

Y por esto es que me paro. Pero juro que así los he conocido y que no han nacido de mi sola fantasía las siluetas y los horizontes que he pintado; así lo podrán atestiguar muchos hombres, no muy ancianos todavía, que, como yo, los han visto.

¿Existe todavía el gaucho? -Sí, todavía existe; pero tan diferente del gaucho que he conocido en 1880, como lo era ese mismo, de su antecesor de veinte años antes, el imperecedero Martín Fierro.

Es preciso internarse cada vez más en los territorios todavía despoblados, para encontrar el tipo genuino del gaucho irreducible, refractario a toda disciplina, heredero empedernido del nomadismo original. Siempre ha ido retirándose hacia el desierto, arrollado sin cesar por la ola de la población, y sólo desaparecerá del todo, en su tipo primitivo, cuando ya no sepa, a donde ir, sin chocarse con la civilización que avanza.

En cada etapa, merma el número de los que así resisten, quedando muchos de ellos envueltos en las volteadas del progreso, conquistados al trabajo por la necesidad y el ejemplo.

El roce continuo del gaucho con el extranjero va modificando sus costumbres de dejadez y de imprevisión: se burlaba, antes, del trabajador y de su economía; ya no se burla; imita.

Siente, comprende, que hay que elegir: o quedarse y trabajar, o huir y seguir entregándose a los azares de la vida errante, que lo lleva cada vez más lejos, sin esperanza, de mejorar su suerte.

Lo aconsejan bien, y, muchas veces, lo convencen, la tierra que se cultiva, las haciendas, que se refinan. No cede siempre al primer tirón; se enfurruña y se va; pero siempre lo alcanza el progreso y le toca la espalda. Se da vuelta, mira: el desierto en que vagaba se ha vuelto chacras; lo que, más allá, había creído otro desierto más inaccesible, está invadido; los años vienen, trayendo consigo el sosiego y los deseos de vivir tranquilo; y se entrega. ¿Qué más iría a hacer? Los alambrados cubren, con las mallas de su red inextricable, toda la llanura; la inmensidad ha quedado destrozada por los caminos y las tranqueras; las haciendas, casi mansas, no necesitan lazo; se cuidan solas, en pequeños potreros, y las vacas son todas tamberas.

Los montes se multiplican, y hasta el mismo Pampero se siente domado, vencido. En canales hondos y numerosos, ora corre apurada el agua que, antes, se estancaba, durante meses, en los cañadones anegados, ora se desparrama obediente, detenida por la mano, del hombre que, por fin, corrigió la Naturaleza, en los campos amenazados por la sequía.

Los pajonales y los juncales, guarida del matrero y de las fieras, han desaparecido, dejando que, en su sitio, la alfalfa, esa maravilla, extienda su preciosa alfombra verde, salpicada de novillos, inagotable reserva de las carnicerías europeas. El jinete que, en su largo viaje, en vez de ir cruzando campo, tiene que dar vuelta, con su tropilla, para no pisar trigales, ha dejado, a la fuerza, de ser gaucho errante.

Seducido por el arado, atará en él su pingo, tirando el poncho que estorba, el mate que hace perder tiempo; sin, por esto, dejar de ser buen domador y de lidiar con astucia, fuerza y paciencia, con los animales mañeros.

Sus huascas, cortadas en cuero comprados con cuchillo de cerrar, que ya no quiere ser arma, no, por esto, serán trabajadas con menos primor. El alcohol y el juego tendrán poco atractivo para este gaucho de nueva laya, capaz de leer con fruición el libro civilizador que enseña a cultivar bien la tierra y a cuidar con esmero las haciendas, o el que recrea y alumbra el espíritu, mientras descansa el cuerpo.

Perderá, con la cultura, algo de esta resignación burlona que siempre le permitió, a pesar de su coraje natural, sobrellevar sin rebelión violenta, casi sin quejarse, los peores males y las mayores penurias; pero conservará, de su genio nativo, la espiritual ironía que, aguzada por la instrucción y ayudada por el buen sentido, podrá, más que la fuerza, contribuir a reformar las leyes opresoras y a derribar a los que de ellas abusan.

Cuando haya, para él, tantas escuelas como de pulperías ha habido para sus antepasados, pronto se verá que el gauchaje sólo ha sido turba, mientras no se ha tratado de hacerlo gente, y saltará a la vista que la ignorancia en la cual lo han mantenido, era como el agua que se echa en las orejas del bagual, para poderlo jinetear.

¡Qué inmensa fuerza moral y física ha desperdiciado el país, al dejar sacrificado, tanto tiempo, ese elemento fundamental y valioso de la raza! Y sino, que lo digan los que, salidos de esta multitud, por alguna circunstancia feliz, han sabido ocupar su sitio en la sociedad.

Ahí, es cierto, sale, a veces, a relucir el voraceo, hijo casi legítimo de las privaciones pasadas, con su tendencia a abusar de toda ventaja lograda, haciendo del poder, el gaucho mal pulido que a él llega, y según el escalón a que ha podido treparse, una tiranía grande o pequeña que, para castigar al contrario o favorecer al amigo, no vacila en prostituir a la justicia, en pisotear las leyes económicas, en comprometer el interés público, en conculcar las libertades más sagradas.

Pero siempre han sido, son y serán pasajeros estos males, pues no faltan, ni jamás dejará de haber hombres de buena voluntad que, por sus nobles esfuerzos, traten de hacer de la Pampa el emporio de producción y de vida fácil y dichosa, que la destinó a ser la Naturaleza.