Sueños y discursos: 186

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



Yo les dije que hacían bien, porque estaba tal, con la variedad de cosas que había visto, que no me acordaba de nada.
-Solo queremos -dijo Pateta- que veas el retablo que tenemos de los muertos a puro refrán. Alcé los ojos y estaban a un lado el Santo Macarro, jugando al abejón, y a su lado la de Santo Leprisco; luego, en medio, estaba San Ciruelo y muchas mandas y promesas de señores y príncipes aguardando su día, porque entonces las harían buenas, que sería el día de San Ciruelo. Por encima de él estaba el Santo de Pajares y Fray Jarro, hecho una bota, por sacristán junto a San Porro, que se quejaba de los carreteros. Dijo Fray Jarro, con una vendimia por ojos, escupiendo racimos y oliendo a lagares, hechas las manos dos piezgos y la nariz espita, la habla remostada, con un tomillo del carro:
-Estos son santos que ha canonizado la picardía con poco temor de Dios.
Yo me quería ir, y oigo que decía el santo de Pajares:
-¡Ah, compañero!, decidles a los del siglo que muchos picarones que allá tenéis por santos, tienen acá guardados los pajares, y lo demás que tenemos que decir se dirá otro día.
Volví las espaldas y topé cosido conmigo don Diego de Noche, rascándose en una esquina. Conocile y díjele:


Sueños y discursos de Quevedo

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