Sueños y discursos: 172

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



-Soy -dijo- Calaínos.
-¿Calaínos eres? -dije-. No sé cómo estás desasnado, porque eternamente dicen: «Cabalgaba Calaínos».
-¿Saben ellos mis cuentos? Mis cuentos fueron muy buenos y muy verdaderos, y no se metan en cuentos conmigo.
-Mucha razón tiene el señor Calaínos -dijo otro que se allegó-, y él y yo estamos muy agraviados. Yo soy Cantipalos, y no hacen sino decir: «El ánsar de Cantipalos, que salía al lobo al camino», y es menester que les digáis que me han hecho del asno ánsar, y que era asno el que yo tenía y no ánsar, y los ánsares no tienen que ver con los lobos, y que me restituyan a mi asno en el refrán y que me le restituyan luego y tomen su ánsar, justicia con costas y para ello, etc.
Con su báculo venía una vieja o espantajo, diciendo:
-¿Quién está allá a las sepulturas? -con una cara hecha de un orejón; los ojos en dos cuévanos de vendimiar; la frente con tantas rayas y de tal color y hechura, que parecía planta de pie; la nariz en conversación con la barbilla, que casi juntándose hacían garra, y una cara de la impresión del grifo; la boca a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea, sin diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo jimio, y apuntándole ya el bozo de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza con temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el monjil negro, esmaltando de mortaja la tumba; con un rosario muy largo colgando, y ella corva, que parecía con las muertecillas que colgaban de él que venía pescando calaverillas chicas. Yo, que vi semejante abreviación del otro mundo, dije a grandes voces, pensando que sería sorda:


Sueños y discursos de Quevedo

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