Sueños y discursos: 163

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



Muy enojado, a mí se llegó un hombre viejo, muy ponderado de testuz, de los que traen canas por vanidad, una gran haz de barbas, ojos a la sombra, muy metidos, trentaza llena de surcos, ceño descontento, vestido que juntando lo extraordinario con el desaliño, hacía misteriosa la pobreza.
-Más de espacio te he menester que Arbalias -me dijo-. Siéntate.
Sentose y senteme. Y como si le dispararan de un arcabuz en figura de trasgo se apareció entre los dos otro hombrecillo que parecía astilla de Arbalias, y no hacía sino chillar y bullir. Díjole el viejo con una voz muy honrada:
-Idos a enfadar a otra parte, que luego vendréis.
-Yo también he de hablar -decía, y no paraba.
-¿Quién es este? -pregunté.
Dijo el viejo:
-¿No has caído en quién puede ser? Este es Chisgaravís.
-Doscientos mil de estos andáis por Madrid -dije yo-, y no hay otra cosa sino Chisgaravises.
Replicó el viejo:
-Éste anda aquí cansando los muertos y a los diablos. Pero déjate de eso y vamos a lo que importa. Yo soy Pedro y no Pero Grullo, que quitándome una d en el nombre me hacéis el santo fruta.


Sueños y discursos de Quevedo

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