Sueños y discursos: 144

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Sueño de la muerte Francisco de Quevedo



Aquí estaban las paredes colgadas de pésames; a un lado estaban las malas nuevas ciertas y creídas y no esperadas; el llanto en las mujeres engañoso, engañado en los amantes, perdido de los necios y desacreditado en los pobres; el dolor se había desconsolado y creído, y solos los cuidados estaban solícitos y vigilantes, hechos carcomas de reyes y príncipes, alimentándose de los soberbios y ambiciosos. Estaba la Envidia con hábito de viuda, tan parecida a dueña, que la quise llamar Álvarez o González, en ayunas de todas las cosas, cebada en sí misma, magra y exprimida. Los dientes (con andar siempre mordiendo de lo mejor y de lo bueno) los tenía amarillos y gastados, y es la causa que lo bueno y santo, para morderlo lo llega a los dientes, mas nada bueno le puede entrar de los dientes adentro. La Discordia estaba debajo de ella, como que nacía de su vientre, y creo que es su hija legítima. Esta, huyendo de los casados, que siempre andan a voces, se había ido a las comunidades y colegios, y viendo que sobraba en ambas partes, se fue a los palacios y cortes, donde es lugarteniente de los diablos. La Ingratitud estaba en un gran horno, haciendo de una masa de soberbios Y odios, demonios nuevos cada momento. Holgueme de verla porque siempre había sospechado que los ingratos eran diablos, y caí entonces en que los ángeles, para ser diablos, fueron primero ingratos. Andaba toda hirviendo de maldiciones.
-¿Quién diablos -dije yo- está lloviendo maldiciones aquí?
Díjome un muerto que estaba a mi lado:


Sueños y discursos de Quevedo

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