Sueños y discursos: 092

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Sueño del infierno Francisco de Quevedo



Ellos se agraviaron y dijeron que era verdad que la tienen; y a esto respondió un diablo:
-¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?
-Alto -dijo un demonio-, que me he enojado. Vayan al cuartel de los porquerones, que viven de lo mismo.
Fueron, aunque a su pesar. Yo bajé otra grada por ver los que Judas me dijo que eran peores que él y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas; estos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá purificaban. Cuál estaba fijando el mercurio al martillo, y habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha, o si el fuego o no fuego de Raimundo había de entenderse de la cal, o si de luz efectiva del calor y no de calor efectivo de fuego. Cuáles con el sigilo de Hermete daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto la proposición de naturaleza, «con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda», y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia y al cabo reducían su sangre a la postrera pobre, y en lugar de hacer el estiércol, cabellos, sangre humana, cuernos y escoria, oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente. ¡Oh, qué de voces oí sobre el padre muerto y resucitarlo y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos: «¡Oh, gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica!». Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado, y si la piedra filosofal se había de hacer de la cosa más vil era fuerza hacerse de corchetes, y los cocieran y destilaran si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos; y así se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban, y que era gente más enjuta. Cerraran con ellos si no dijera un diablo:


Sueños y discursos de Quevedo

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