Sueños y discursos: 063

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Sueño del infierno Francisco de Quevedo



Trabose una pendencia adentro y el diablo acudió a ver lo que era. Yo, que me vi suelto, entreme por un corral adelante, y hedía a chinches que no se podía sufrir.
-¿A chinches hiede? -dije yo-. Apostaré que alojan por aquí los zapateros.
Y fue así, porque luego sentí el ruido de los bojes y vi los trinchetes. Tapeme las narices y asomeme a la zahúrda donde estaban, y había infinitos. Díjome el guardián:
-Estos son los que vinieron consigo mismos, digo, en cueros, y como otros se van al infierno por su pie, estos se van por los ajenos y por los suyos, y así vienen tan ligeros.
Y doy fe de que en todo el infierno no hay árbol ninguno chico ni grande y que mintió Virgilio en decir que había mirtos en el lugar de los amantes, porque yo no vi selva ninguna sino en el cuartel que dije de los zapateros, que estaba todo lleno de bojes, que no se gasta otra madera en los edificios. Estaban casi todos los zapateros vomitando de asco de unos pasteleros que se les arrimaban a las puertas, que no cabían en un silo donde estaban tantos que andaban mil diablos con pisones atestando almas de pasteleros, y aún no bastaban.
-¡Ay de nosotros! -dijo uno-, que nos condenamos por el pecado de la carne sin conocer mujer, tratando más en huesos.
Lamentábase bravamente, cuando dijo un diablo:


Sueños y discursos de Quevedo

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Sueño del infierno - El mundo por de dentro - Sueño de la muerte