Sueños y discursos: 047

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El alguacil endemoniado Francisco de Quevedo



-En todo eso estoy bien -le dije-; solo querría saber si hay en el infierno muchos pobres.
-¿Qué es pobres? -replicó.
-El hombre -dije yo- que no tiene nada de cuanto tiene el mundo.
-¡Hablara yo para mañana! -dijo el diablo- Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y esos no tienen nada, ¿cómo se condenan? Por acá los libros nos tienen en blanco. Y no os espantéis, porque aun diablos les faltan a los pobres; y a veces más diablos sois unos para otros que nosotros mismos. ¿Hay diablo como un adulador, como un envidioso, como un amigo falso y como una mala compañía? Pues todos estos le faltan al pobre, que no le adulan, ni le envidian, ni tiene amigo malo ni bueno, ni le acompaña nadie. Estos son los que verdaderamente viven bien y mueren mejor. ¿Cuál de vosotros sabe estimar el tiempo y poner precio al día, sabiendo que todo lo que pasó lo tiene la muerte en su poder, y gobierna lo presente y aguarda todo lo porvenir, como todos ellos?
-Cuando el diablo predica, el mundo se acaba. ¿Pues cómo, siendo tú padre de la mentira -dijo Calabrés-, dices cosas que bastan a convertir una piedra?
-¿Cómo? -respondió-; por haceros mal y que no podáis decir que faltó quien os lo dijese. Y adviértase que en vuestros ojos veo muchas lágrimas de tristeza y pocas de arrepentimiento, y de las más se deben las gracias al pecado que os harta o cansa, y no a la voluntad que por malo le aborrezca.


Sueños y discursos de Quevedo

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