Sueños y discursos: 030

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El Sueño del Juicio Final Francisco de Quevedo



Preguntáronle qué pretendía, y respondió:
-Ser salvado.
Y fue remitido a los diablos para que le moliesen, y él sólo reparó en que le ajarían el cuello.
Entró tras él un hombre dando voces, diciendo:
-Aunque las doy no tengo mal pleito, que a cuantos santos hay en el cielo, o a los más, he sacudido el polvo.
Todos esperaban ver un Diocleciano o Nerón, por lo de sacudir el polvo, y vino a ser un sacristán que azotaba los retablos. Y se había ya con esto puesto en salvo, sino que dijo un diablo que se bebía el aceite de las lámparas y echaba la culpa a una lechuza, por lo cual habían muerto sin ella; que pellizcaba de los ornamentos para vestirse; que heredaba en vida las vinajeras y que tomaba alforjas a los oficios. No sé qué descargo se dio, que le enseñaron el camino de la mano izquierda, dando lugar unas damas alcorzadas que comenzaron a hacer melindres de las malas figuras de los demonios. Dijo un ángel a Nuestra Señora que habían sido devotas de su nombre aquellas, que las amparase, y replicó un diablo que también fueron enemigas de su castidad.
-Sí por cierto-, dijo una que había sido adúltera.
Y el demonio la acusó que había tenido un marido en ocho cuerpos, que se había casado de por junto en uno para mil. Condenose esta sola, y iba diciendo:
-¡Ojalá supiera que me había de condenar, que no hubiera oído misa los días de fiesta!


Sueños y discursos de Quevedo

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