Sueños y discursos: 009

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Preliminares Francisco de Quevedo



Al doctor Juan Coll, canónigo de la Ilustre Catedral de la Seo de Urgel
No dedico a v. m. este libro para obligarle a que le ampare y defienda, porque además de que eso sería ponerle a v. m. en un inmenso trabajo y muy ajeno de su edad y estado, es cosa que siempre en toda dedicatoria de libros me ha crucificado el entendimiento, teniéndola por tan superflua como lo es el pedir un imposible, porque el día que el libro sale de la tienda y llega a manos del que le lee, está sujeto a que lo murmure quien quisiere y, lo que es más cierto, quien menos sabe y menos le entiende; y es mal tan viejo, común e irremediable éste de deslucir y tener en poco los ignorantes tordos a las doctas filomenas, que por esto dijo bien un discreto que era la murmuración, en estas y otras ocasiones, sarna antigua, pegajosa e incurable, de los malos entendimientos y perniciosas voluntades. Y así es disparate y pusilanimidad grande hacer caso de esto los que reparan en imprimir y sacar a luz obras buenas y alabadas y calificadas por tales de los doctos y sabios. Además de esto, rogar a los varones ilustres a quien se dedican los libros a que los defiendan y amparen, puesto que no lo han de hacer con la acicalada lengua de la espada, ni es posible, que eso sería obligarles a que como el querubín del Paraíso estuviesen siempre jugándola y volviéndola a una y otra parte sin cesar, es en buen romance pedirles que sean tapabocas o frenos de maldicientes, que eso es pedir no sólo cosa indecente e imposible sino (y lo que más es) despertar a los tales a que lo murmuren más. Razón que convenció al rey Filipo, padre de Alejandro, a que no desterrase de sus reinos (como le aconsejaban algunos) a ciertos murmuradores suyos, diciendo que eso era querer añadir leña al fuego y que le murmurasen y aun disfamasen más hasta entre gentes extrañas.


Sueños y discursos de Quevedo

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