Sueño de amor

Sueño de amor de Jacinto de Salas y Quiroga


Nul coeur près du mien n'a battu.
VÍCTOR HUGO.
¡Oh! ¡Cómo es grato a veces entre sueños   
ver pasar la fantasma misteriosa,   
en que descubre el alma apasionada   
el rostro del objeto a quien adora;   
y recordar entonces la mirada,
llena de languidez y de dulzura,   
que dice: «Yo te adoro, ángel del Cielo»,   
y ver correr el llanto de ternura,   
y poderse decir: «Logré un suspiro,   
yo soy sólo consuelo 
de la dulce beldad por quien respiro!»   

Yo no, no soy el ser afortunado   
a quien guardó la suerte tal ventura.   
Jamás un corazón apasionado 
latió cerca del mío de ternura;  
jamás amé, jamás he sido amado;   
y bajaré al sepulcro encanecido   
sin que la voz de amor de mis angustias   
haya tal vez el curso suspendido.   
Sí, ¡feliz el que goza bajo el cielo 
ese intenso placer de ver su mano   
bañada por el llanto de una hermosa,   
que la besa mil veces y la allega   
al alma candorosa!   

¡Ah! Sentir, palpitar un pecho tierno, 
y palpitar de amor... y ver clavados   
unos hermosos ojos en los nuestros,   
no recordar ni en suelo los cuidados,   
menospreciar del orbe las grandezas,   
ser feliz aspirando el aire mismo 
que aspira la beldad encantadora,   
ángel del suelo mío, ¿hay otra dicha   
para quien en la tierra solo mora?   

Yo no, no amé jamás... y ¡cuánto temo   
que el juvenil ardor que me devora 
en amor se convierta! ¿Habrá quien pueda   
concebir el amor cual le concibo? 
No es apurar la copa del deleite,   
yo es el goce y no más de los sentidos,   
esto no, no es amor para el poeta: 
amor es para mí sólo ternura,   
una sola mirada de inocencia   
que deseche del alma la amargura;   
un suspiro tal vez, una sonrisa,   
un enternecimiento repentino, 
una sola palabra de consuelo,   
y un dulce no sé qué que no defino.   

Este es todo el amor para mi alma:   
amor sin inocencia le detesto.   
Cuando desaparezcan de la tierra 
ese dulce candor que tanto quiero,   
estatuas amaré, que me es más grato   
el mármol, que el amor prostituido   
de una mujer que apenas tiene tiempo   
para cerrar un broche, 
entre el amante crédulo del día   
y el hombre de la noche.   

Soñé una vez, pero una vez tan solo,   
que ardía yo de amor, y aun lo recuerdo;   
una mano más blanca que la nieve, 
más suave al tocar que el terciopelo,   
mis lágrimas secaba... y la belleza,   
como yo enternecida, me decía:   
«A ti no más consagro el alma mía».   
... Pero fue sólo sueno, y... ¡Desgraciado 
de aquel que sólo en sueños es amado!