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Uno de los estados de la moderna civilización, el más inmediato, es el orgullo de su propio valor; de aquí la comparación de nuestro estado social y político con el lamentable atraso del de otras épocas lejanas; de aquí que, al abrir la Historia, nos fijemos con preferencia en sus páginas más oscuras y hasta nos deleitemos en el examen de los cuadros más incorrectos de las primitivas sociedades. Aquellos hombres, sumidos en las tinieblas de la ignorancia, sin otra luz por gula que el fanatismo de sus absurdas creencias, los consideramos muy lejos de ser la obra completa de la suprema creación, a lo sumo, la tosca piedra arrojada al fango para servir de cimiento al soberbio edificio cuyo coronamiento formamos nosotros. Aquellos pueblos, sin más leyes que los caprichos de un tirano, sin más derechos que los de la fuerza y sin más instintos que los de la guerra, nos inspiran una desdeñosa compasión cuando se desgarran y aniquilan entre sí; su brutal materialismo nos estremece, e involuntariamente nos hace volver la atención hacia los gigantes móviles de nuestros disturbios políticos; entonces es cuando nos hallamos cara a cara con nuestros prohombres, quienes, rebosando orgullo y altivez, publican, a la faz del mundo entero, que estamos regenerados; que ya se conquista el bienestar con la luz de la inteligencia, los derechos con la razón; que el poder de las naciones no se apoya en los cadáveres de sus hijos, y que muy próxima está ya la perfectabilidad humana, en cuyo caso serán una sola familia todos los pueblos de la Tierra.

Y tal es el acento de convicción con que lo dicen, que cualquiera, a no vivir entre ellos, lo creería una verdad inconcusa. Desgraciadamente, sobre tan bella Palabrería asoma elocuente la historia progresiva de la misma civilización, y sobre la memoria de las remotas épocas, la actitud imponente de la moderna Europa. Desengaño terrible para el que, ajeno a intrigas y rencillas políticas, descansará en la seguridad que le promete ese cúmulo de tesoros arrancados a la Naturaleza con los recursos de las ciencias últimamente perfeccionadas por el ingenio humano; tesoros destinados, sin duda, por la Providencia, para hacer la dicha de los pueblos, y que son otras tantas manzanas de discordia arrojadas por el odio y las ambiciones al seno de la sociedad para destruirla por su base. Las ambiciones, el odio, la sed del mando. He aquí tres plagas heredadas del oscurantismo, y las cuales, lejos de huir ante los reflejos de la esplendente luz, han ido creciendo a su abrigo y aclimatándose a nuestra atmósfera hasta el extremo de corromperla; tres cánceres que, con otros muchos males, lleva el siglo dentro de sí mismo, y que forman los lazos que aún nos atan, triste es decirlo, a los tiempos de la barbarie.

Estremécenos el recuerdo de Mario y de Sila; los estragos de sus legiones hielan nuestra sangre; Cartago, Corinto y Numancia nos admiran con los horrores de su resistencia; más acá, San Luis en Palestina, Carlos V en Italia y en Flandes, han merecido de nuestras más humanitarias lumbreras las calificaciones más duras, los anatemas más tremendos por su insaciable sed de sangre y de conquistas y por sus fanáticos estímulos. Pero Marengo, Zaragoza, Malakov, Magenta, etc., ¿no han sido teatros de tantos horrores? Napoleón I, Napoleón III, Nicolás I y otros monarcas contemporáneos, ¿no tienen su memoria anegada en lagos de sangre?

¿Ha habido en época alguna del Mundo escenas más horribles, cuadros más desgarradores que los representados en el centro de nuestras poblaciones? ¿Guerras más desastrosas que nuestras guerras civiles? ¿Qué tiene pues, que envidiarnos en carnicería Tiberio, ni Nerón? Sin duda, el que nosotros caminamos con la conciencia de nuestros propios estragos, en tanto que ellos obraban a impulsos de un brutal instinto; eran esclavos de sus preocupaciones, y sumían a los pueblos bajo el beso de la más cruel tiranía; nosotros, emancipados, nos asfixiamos entre el tumulto de una libertad mal entendida, y con la disculpa de una felicidad soñada corremos todos en tropel; salta el fuerte sobre el débil, oprime el poderoso al miserable, y, lejos de equilibrarse las categorías, sepáranse cada vez más.

Es cierto que esta confusión ha de ser, según dicen, fuente de grandes resultados; que para llegar a un término tan prodigioso es necesario emplear medios colosales, prevenir a la humanidad, enseñar a la ignorancia, desarraigar preocupaciones...

Por eso aquel incrédulo sacerdote de la moderna emancipación, se afana en arrancar de un corazón virgen las últimas sagradas raíces de la fe, y cuando le han sumido en la desesperación de la duda, en la oscuridad del caos, protesta, en nombre de la Humanidad, contra el fanatismo, y evoca a Dios y a la pureza del alma.

El otro, mentor novel, pugna por abrir los ojos a su querido pueblo; demuestra los derechos del hombre libre, déjale sin ellos y guarda para sí los que puede; pero le enseña los de su hermano, azuza su encono, vanse a las manos, gimen las víctimas, corre la sangre a torrentes y, en nombre de la fraternidad, maldice los rancios señoríos y apostrofa las viejas monarquías.

La astuta diplomacia quiere reemplazar a aquellos hombres de hierro que al frente de los negocios públicos defendían sus derechos brazo a brazo y, al decidirse, la ruina de uno de los dos magnates arrastraba detrás a medio pueblo. Para llenar su misión, entra con la faz conciliadora en nuestras desavenencias políticas; envuelve a las naciones en una confusión de muchos años, las conduce a la bancarrota y, por último, a una lucha sangrienta y homicida. Esto se hace en nombre de la filantropía.

Entre tanto, al ver que ese término feliz no llega nunca; que, lejos de edificar, destruimos la obra de nuestra regeneración, no hay una sola voz, un solo poder que en nombre de la caridad, se levante a protestar contra el torpe abuso que se hace de esa tan decantada civilización y, aconsejando a los pueblos la paz, enjugue la sangre que mancha y envilece la fama del siglo en que vivimos.

Pero ¿cómo hacerlo así? Empeñada la lucha, la ración que, por su importancia militar, política y social, está llamada a tremolar el pendón de la concordia, después de unir los altaneros bríos a aquella parte que más le agrada o que más le conviene, apenas le queda tiempo para crear recompensas y breves de invención en obsequio de los autores de aquellos instrumentos que en menos tiempo destruyan más soldados.

Otra, la representación genuina de la industria, la patria de los cuáqueros, de los vegetarianos y de las sociedades de la templanza, funde nuevos cañones, cada vez más mortíferos y certeros; apresta sus naves, construye fortalezas y, en acecho de una presa, se prepara a teñir con sangre los mares de la Europa, sin haberse enfriado la que inunda el dilatado suelo de la India.

Otra, coloso de fuerza y autoridad, guarda un silencio aterrador.

Las demás, débiles e impotentes, harto harán si logran no verse arrastradas por el ímpetu asolador del torbellino que tan cercano ruge.

Esto por lo que hace al primer término del cuadro, pues si llevamos la vista a más apartados continentes, la perspectiva no es menos halagüeña.

Un pueblo que logró sacudir lo que se le antojaba yugo extranjero lucha en vano por arrancar de su corazón la gangrena que le mata. Corrompida su administración, turbado el orden, viólase la propiedad, arruinanse las familias y está el derecho de gentes a merced de ladrones y asesinos.

Otro, con los sonoros himnos de sus mentidas libertades, sofoca los gemidos de la esclavitud, cubre con el tupido manto de su riqueza las asquerosas llagas de la desmoralización y, cobarde chacal, acecha el sueño de su vecino para devorarle impunemente.

Otro se arruina por ensanchar un palmo más su mezquino territorio; otro, con más voluntad que inteligencia, se ahoga sólo bajo el peso de su nombre; y otro, y otro..., y todos acá y allá luchan, todos esperan, todos temen; y en vez de derechos y de dignidad llueven lutos y desastres, y el ángel del exterminio se cierne en el espacio, señor de los destinos de la Tierra.

Derechos. Dignidad. Terrible fantasma que, con el pavor que infunde a los unos, colma las torpes ambiciones de los otros. ¿Queréis saber lo que significan hoy esas palabras? ¿Queréis saber lo que es la dignidad nacional? ¿Lo que valen los derechos de justicia? Suponed por un instante servidos gratis, desde rey hasta portero, los destinos de la Patria. Veréis esos alcázares soberbios libres de consejeros hipócritas y bajos aduladores; veréis hombres de gobierno reconcentrados y en calma los partidos; veréis morir instantáneamente la venal Prensa política; verías, pobre y desgraciado pueblo, derrocarse los púlpitos de esos tribunos de la igualdad y desvanecerse como el humo el valor real de sus discursos, que tanto te fascinan; veríamos todos extinguida esa sed de poder que nos devora, y, por último, brotar en los hogares de cada uno la paz, la riqueza, el saber, la virtud y los derechos y la dignidad que tan bárbaramente se buscan en las entrañas de nuestros hermanos.


J. Paredes


18 de junio de 1859.


Hasta aquí el periódico de que tomamos las anteriores líneas. Por nuestra parte, nos resta añadir que, como saben ya nuestros lectores de la capital, en Santander no se ha turbada el orden público el día señalado ni es probable tampoco que se turbe por ahora, porque Santander respeta como nadie al Poder constituido legalmente, comprende cuál es la principal mira de esos zurcidores de motines que, engañando al pueblo con locas y pomposas palabras, pretenden, de los escombros de un cataclismo social, extraer, para colmo de su egoísmo, el botín que ha formado el sudor de sus hermanos. Santander, lo repetimos, ni piensa en pronunciamientos ni en su recinto hay, a Dios gracias, gérmenes bastante revolucionarios para que retoñen al primer soplo de ese ambiente que sólo se respira en las plazuelas de las poblaciones sin vida propia y de donde, sin duda alguna, ha tomado la noticia el periódico a que se refiere La Correspondencia.

El honrado pueblo de Santander no quiere trocar el lema de «muy noble y muy leal» por las vanas y absurdas promesas de los que, desconociendo la grandeza y la sublimidad del trabajo, pretenden hacerse señores sorprendiendo la buena fe de los demás.



(De La Abeja Montañesa.)

22 de julio de 1859.