Sancho Saldaña: 33

Sancho Saldaña
de José de Espronceda
Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIII

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Y en ciego desvarío,
lánzase a la virtud, lánzase al crimen.
VENTURA DE LA VEGA



Algunos días después de esta reñida batalla volvió Sancho el Bravo a descansar en Cuéllar de las fatigas de la guerra, habiendo puesto guarniciones en algunos castillos de los señores que habían tomado parte en la rebelión, demolido otros, y reducido a la obediencia aquella parte de Castilla que primero había tomado las armas. Sólo el Velludo, que en la derrota de aquel día, fatal para los conjurados, había logrado salvarse, andaba aún por aquellos contornos con su partida, burlando la vigilancia de las tropas reales, y algunas veces molestándolas y causándoles descalabros que, aunque de poca consecuencia, obligaban a tener todavía mucha gente ocupada en su persecución. Seguía prisionero Hernando aguardando la muerte con resignación, no dudando que, así como los otros señores que habían caído bajo el poder del rey, sería declarado traidor y acabaría su vida en un cadalso para escarmiento de los que en adelante intentasen seguir su ejemplo. Su conciencia, no obstante, estaba tranquila, y el nombre de traidor en aquella ocasión le parecía que iba a añadir nuevos timbres a los adquiridos honrosamente por sus abuelos. Sólo le molestaba y entristecía el pensamiento de la suerte que quizá esperaba a la desvalida Leonor, si ya no era tanta su desgracia que se hallase deshonrada y envilecida.

Pero la persona más digna de compasión entre los habitantes de la fortaleza de Cuéllar, era Elvira, que aconsejada del judío únicamente, y encerrada en su habitación, sin ver otro hombre que él, había perdido el juicio, de modo que sólo y para mayor desventura lo recobraba a intervalos, luchando entonces entre el fanático y cruel deber que se había impuesto a sí misma, y los sentimientos dulces y generosos de su corazón, creyéndolos al mismo tiempo un delito, y no saliendo de este terrible combate si no para volverse loca y delirar lastimosamente. El implacable judío, sin pensar en más que en el buen resultado que la muerte de Sancho el Bravo debía producir en favor de don Alfonso de la Cerda, había agotado todos los recursos de su elocuencia bíblica, y empleado todo su ingenio para encontrar sofismas con que persuadirla a cometer un asesinato. La cabeza volcánica de Elvira estaba asaz dispuesta a recibir las impresiones que el supuesto fraile intentaba grabar en ella; y si el aventurado golpe de matar al rey no se había verificado ya, había sido porque la tarde en que los dos judíos y ella entraron en el castillo, fue la misma en que el rey y sus tropas juntamente habían emprendido su marcha contra los rebeldes.

Su vuelta ahora al castillo iba a proporcionar nueva ocasión al judío para realizar sus proyectos. Cualquiera otro no obstante, que se hubiera hallado en su lugar, habría tratado ya de fugarse abandonando todo al ver perdida tan completamente su causa; pero el judío era harto tenaz y tenía demasiada confianza en sí mismo para ceder al primer golpe contrario de la fortuna, una vez determinado a desafiarla y vencerla; fortaleciéndose tanto más su valor cuanto mayores dificultades hallaba. Había entrado en el fuerte valido de su hábito franciscano, después de haber pedido permiso a Saldaña para permanecer en él por algún tiempo, así como el otro religioso, su compañero, de quien supuso que estaba enfermo. El supersticioso Saldaña titubeó un momento en concederle la entrada, temiendo que viniese a maldecirle y a anatematizarle por sus pasados delitos, pero luego que vio que el astuto fraile le prometía indulgencia y la gloria si hacía aquella obra de caridad que le pedía, creyendo que por aquel camino quizá podría sosegar su sobresaltada conciencia, les dio permiso para permanecer el tiempo que les pareciese bien en su fortaleza, muy ajeno de sospechar el áspid que había abrigado.

El carácter de sacerdote que había tomado inspiraba demasiado respeto para que nadie intentase oír sus diálogos con Elvira, y mucho más no teniendo motivo alguno para desconfiar de él, y proporcionádole su hábito entrada en todas partes, menos en la habitación de Leonor, donde, sin duda de miedo de alguna represión religiosa, había mandado Saldaña que se la negasen.

Celebraban ya en el castillo la vuelta del rey y las victorias que había alcanzado, y todo era algazara, gustos y regocijo en sus habitantes. Veíanse coronados los cerros e inundados los llanos de labradores, soldados y mujeres, juntos en diferentes corrillos. Bailaban allí, allí comían y bebían, acullá jugaban a las bochas, tiraban la barra, luchaban o ejecutaban peligrosos equilibrios que ofrecían materia de abundante risa a los espectadores, con las caídas de los poco diestros que se aventuraban a desnucarse. Iban, venían de un lado a otro incesantemente, la diversión seguía, y todos habían olvidado ya las fatigas de la guerra, las muertes de sus amigos y los riesgos a que tal vez el día antes habían estado ellos mismos expuestos. La mañana estaba templada, el aire puro y el cielo alegre, todo lo cual realzaba y animaba el júbilo natural en los vencedores.

En un mirador de piedra de forma de ojiva que daba a la espaciosa explanada, brillaba la reina adornada y engalanada soberbiamente con ricas joyas y pedrería, acompañada de sus damas, poco menos magníficamente vestidas, atrayendo a la luz de su hermosura las miradas de los caballeros que en la explanada torneaban gallardamente. Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo que consistían, nos contentaremos con decir únicamente que el torneo duró hasta las dos de la tarde desde las ocho de la mañana, en cuyo tiempo hubo muchos encuentros que merecieron los aplausos de los circunstantes, y en que algunos caballeros ganaron honra y otros perdieron la silla y fueron declarados vencidos. Mostrábanse empero todos alegres, y aun el mismo Saldaña pareció más animado que ningún día.

Luego que la reina, también reina del torneo aquel día, más por adulación que por verdadero mérito, puesto que otras había más hermosas, repartió premios a los vencedores y se hubo concluido el torneo, el rey y los caballeros acompañaron las damas al principal salón del castillo, donde les aguardaba un brillante festín, en diferentes mesas cubiertas de ricos manjares y servidas por un sin número de criados y pajes aderezados galanamente. Faltaba allí no obstante el pulido Jimeno, a quien negocios que averiguaremos después traían sin duda muy ocupado. Varios juglares y trovadores, a cuyas canciones y música era muy aficionado el rey, entonaron algunos himnos en alabanza suya y de los hermosos ojos que estaban adornando el banquete.

Sancho el Bravo, para quien no había belleza comparable a la de su esposa, celebró asimismo en muy delicadas trovas su virtud y sus gracias, dando a conocer que si esgrimía la espada como el más diestro, no pulsaba el laúd con menos habilidad. Varios caballeros propusieron diferentes brindis a la gloria de los valientes y en honra cada uno de la dama de sus pensamientos. Sólo Saldaña parecía algo taciturno y melancólico en medio de tantos alegres, pero como su humor era ya conocido de todos, el rey le dirigió la palabra varias veces, y aunque él le contestó secamente nadie hizo alto ni por eso se interrumpió la alegría.

Pero otro acaecimiento de mucha más consecuencia iba aquel día a turbar el general regocijo, y acaso a convertir los placeres de la tarde en llantos y las ricas galas en luto. Tiempo hacía ya que el atrevido judío hablaba a puerta cerrada con la infeliz Elvira, disponiéndola en aquel instante a cometer un crimen, abusando de su fanática credulidad. Hallábase Elvira en uno de aquellos accesos de locura en que el mentido religioso había logrado ponerla. Su rostro, generalmente pálido, parecía un hierro encendido, corría el sudor por su frente en gruesas gotas frías que le inundaban el rostro, tenía el cabello erizado, y en sus movimientos y contorsiones la habría comparado un griego de la antigüedad a la famosa pitonisa de Delfos, hiriendo la trípode con su planta. Brillaba un puñal en su mano derecha, en que a veces fijaba con estúpido horror la vista, y otras con alegre ferocidad. Enfrente de ella, a cierta distancia, fríamente inmóvil y observándola con cuidadosa tranquilidad, estaba el sagaz hebreo cubierto de su hábito franciscano, los brazos cruzados sobre el pecho y echada la capucha al rostro que, flaco y consumido, apenas se veía de él más que la acaballada nariz que distingue los de su raza, y sus apagados ojos, que a veces no obstante parecían despedir relámpagos.

Hablaba Elvira interrumpiéndose al mismo tiempo con cantos y oraciones que ya entonaba en voz alta, ya rezaba entre dientes de rodillas delante de un crucifijo, cuyos pies tal vez besaba con religioso ardor.

-Señor, señor -decía-. ¿Y eres tú quien me pides sangre? ¿Por qué la mía no puede expiar mis pecados?

Y levantándose de repente continuaba arrebatada de su locura

Tú inflamaste el pecho impávido
de la animosa Judith,
que derribó
la soberbia y los ejércitos
de aquel potente adalid
que te irritó.
Álcente cánticos
hombres y ángeles.
Temblad, oh príncipes,
la ira de Dios.
¡Señor! ¡Señor!
esfuerza tú mi débil corazón.


En cantado así calló, y el judío dijo:

-Baltasar está en el festín, y Dios ha decretado su ruina: las fatídicas palabras están ya trazadas sobre el muro. Sal de aquí y les oirás blasfemar y mofarse del que puede hacerlos ceniza. Allí están, y su voz ronca con el vino entona canciones impías. Anatema, anatema sobre el malvado hijo que no sólo no respetó a su padre, sino que insulta su memoria después de muerto. Hiere, oh virgen del Señor, hiere, y sea tu brazo fuerte como el de Sansón, y no tiemble tu corazón en tu pecho. Cien coronas de flores resplandecientes tejen para ti las vírgenes del paraíso. El ángel de la victoria te guía, y yo en nombre de Dios te absuelvo de todos tus pecados, aunque entre ellos contases haber asesinado a tu padre.

Diciendo así alzó el brazo derecho, y haciéndola poner de rodillas, le echó la bendición, arrojó algunas gotas de agua, que él dijo bendita, sobre el puñal, y ayudándola a levantarse, en seguida la obligó a beber el cordial que siempre llevaba consigo, comunicándole de este modo nuevo espíritu y ardimiento.

-¡Dios mío! -exclamó Elvira-, benigno acepta mi sacrificio y ten piedad de mi hermano.

Y enajenada, de repente prosiguió diciendo en voz baja:

-¡Siento un peso en mi corazón! Yo quisiera llorar y no puedo. Allí centellea la espada del querubín. Hermano mío, ¿me oyes? ¿Es verdad que tú estás ya arrepentido? No, no es debilidad, padre; si yo mostrara en este momento flaqueza, el Señor me castigaría. La ira de Dios va a aniquilar al impío.

Y luego, alzando la voz, exclamó:

-Ya me siento mayor; fuego del cielo ha inflamado mi alma. Llevadme en presencia del rey. ¿Nadie me verá, es verdad? ¿Mi mano será invisible al herirle? Ya palpo la nube que me rodea. ¿Oís? Es un canto de guerra.

Levanta el brazo fuerte,
¡oh Virgen de Sión!,
que acecha ya la muerte
al que las iras provocó de Dios.

Cayó el impío, el mundo cantará;
gloria al Señor que su poder mostró;
hiere sin miedo, que en tu diestra va
la ira celeste que en Sodoma ardió.

Levanta el brazo fuerte,
¡oh Virgen de Sión!,
vuela, que a eterna muerte
le condenó de Dios la maldición.


-Son los ángeles que cantan: ¿oís? ¡Oh! es el canto de muerte. Vamos.

-Sí, vamos, hija mía -dijo Abraham, que no creyó oportuno dejar pasar su delirio sin aprovecharse de él-. Vamos.

Diciendo así tomó el brazo de Elvira, y echaron a andar precipitadamente hacia la estancia donde el rey y sus caballeros festejaban, muy ajenos de ningún peligro, llenando mil veces las copas y entonando alegres cantares. Iba Elvira fuera de sí hablando consigo misma, tirada atrás la capucha de su almalafa, erizado el cabello, y el puñal en la mano como una furiosa bacante. Persuadíala el judío, ya encargándole el disimulo, ya manteniéndola en su locura, con sus infames discursos.

-Aquí -le dijo tomando el cuchillo-, lo has de esconder entre los pliegues del pecho. Llegas a él, te arrojas a sus pies, y al levantarte, no temas, clávaselo en el corazón. ¿Oyes, oyes los gritos de los malvados, el murmullo de sus conversaciones? Allí están descuidados del riesgo que les amenaza. Dios te lo entrega. Pero no; ya dejan las mesas y salen sin duda al jardín, que está todo iluminado, y donde va a empezarse la danza. Ve y colócate a la salida que está al otro lado de la habitación.

Oíale Elvira sin replicar palabra, y como una máquina se dejaba llevar del judío. Empezaba ya a oscurecer, y todo iba sucediendo a medida del deseo de Abraham, que no desperdiciaba nada de cuanto pudiera enajenar el espíritu de su víctima. Luego que llegaron al sitio señalado para el sacrificio:

-Espérate aquí -le dijo-; el Señor queda contigo, no temas; ya le conoces, derríbale muerto a tus pies. Adiós.

Diciendo así se retiró pensativo y lleno el corazón de zozobra, dudoso del éxito de tamaña empresa como trataba de llevar a término, y muy desconfiado de la resolución de Elvira si su delirio se calmaba, o si en su arrebato se precipitaba fuera de tiempo. Pero satisfecho por que no estaba de su parte hacer más, y pensando ya en su seguridad, se determinó a salir del castillo en aquel momento, abandonando lo demás a la suerte, a quien correspondía decidir el resultado de su temerario proyecto.

Quedó, pues, Elvira sola y oculta en una vuelta del corredor, temblando a veces al menor ruido, esperando otras con ansia y arrojo, rodeada de la oscuridad de la noche, el cerebro ardiendo, tiritando con frío sudor, o latiendo tal vez todo su cuerpo con la repetida pulsación de la fiebre que la abrasaba.

El son de las arpas, que hería de cuando en cuando su oído, las voces que en rumor discorde se confundían, el melodioso canto del trovador, todo se acordaba y convenía en su delirante cabeza, representando en extrañas formas delante de ella objetos ya sombríos, ya radiantes, a que daba cuerpo y movimiento su imaginación. Parecíale a veces que sentía pasos, y amedrantada se estremecía; otras imaginaba que no era ella misma la que estaba allí, y se palpaba atónita dudando de su existencia.

En fin, todo era lóbrego y sublime en torno de ella, y embozada en su negra túnica, en un rincón del oscuro corredor, sin movimiento y sin sentirse su respiración, cualquiera que a la distante luz que reflejaba allí, alguna vez la hubiese visto de lejos, la habría tomado por una sombra o un sueño de su fantasía. Daba una puerta de la habitación del festín a la magnífica explanada que, iluminada de hachas de viento puestas en las torres y ventanas del castillo a par que en los árboles y muros de alrededor, brillaba con tanta luz como si fuese de día. A un lado de aquella puerta doblaba el corredor interior, estrecho y enteramente a oscuras entonces, donde la muerte quizá aguardaba sin remedio al rey; y en calle horizontal enfrente se extendía a un lado y a otro la magnífica galería que caía a la explanada, alumbrada asimismo soberbiamente. Las músicas sonaban allí, y en los jardines que la rodean, varias tocatas alegres, que regocijaban y despertaban con su bullicioso sonido el pecho más melancólico. Alegres turbas de jóvenes y mancebos del pueblo bailaban el antiguo baile en círculo de los asturianos, saltando, cantando y animándose con dichos al mismo tiempo.

En el salón del banquete continuaban aún los brindis, los agudos chistes y las entretenidas canciones; en fin, todo era júbilo, y todo lo había dispuesto el lindo Jimeno por orden de su amo para que, cuando no realmente lo hubiese, se fingiera y aparentara del mejor modo. Sin duda, en aquel mismo instante, tal vez entre los más alegres, vagaban muchos que más debieran maldecir y llorar aquellas fiestas que aplaudirlas y festejarlas. Muchas madres no habían vuelto a ver a los hijos que vieron arrancar de sus brazos para conducirlos a sostener lo que ellos mismos quizá ignoraban, muchos labradores habían perdido sus cosechas y visto quemar su casa, huérfanos desvalidos había que lamentaban la pérdida de sus padres sin tener adónde volver la cara a pedir sustento. Pero era preciso divertirse y estar alegre, porque tal era la voluntad del señor feudal, que quería agasajar al rey, a quien no se debía fastidiar con lágrimas y quejas de cuatro malaventurados villanos. Por último, el tiempo, que para Elvira andaba apenas con pies de plomo, llegó ya de dejar el banquete y salir a tomar el aire en la galería.

Púsose en pie el rey, y todos sus caballeros imitaron su movimiento, dirigió algunas chanzas a Saldaña sobre su humor melancólico y la vida retirada que hacía, al mismo tiempo que presentó una fineza a la reina y otra al de Lara, que seco y adusto no parecía estar muy contento, tal vez receloso de la influencia del señor de Cuéllar.

Salieron primero las damas, y en seguida iba el rey a salir. Iba a su derecha el señor de Lara y a su izquierda el de Cuéllar. Salcedo y los demás caballeros le seguían a corta distancia. Volvía el rey la cabeza en aquel momento dirigiéndoles la palabra, cuando la fanática Elvira se aparece delante de él como por encanto, tira del puñal que llevaba escondido en el pecho, y antes que pudiese ninguno estorbarlo hiere al rey, que apenas tiene tiempo para poner el brazo.

-Cúmplase la justicia de Dios -exclamó Elvira.

Pero su brazo desfallecido, sin dar impulso al golpe, bajó el puñal sin acierto alguno y con tan poca fuerza, que no hizo sino rasgarle el cutis, hiriéndole levemente en el hombro.

-¡Traición! -gritaron todos, y se arrojaron a sujetarla.

-No es nada -dijo el rey con serenidad, empujando al mismo tiempo con brío a la infeliz fanática, que a gran trecho de él la derribó en el suelo dando un gran golpe.

-¿Qué quiere decir esto, señor de Cuéllar? -dijo el de Lara fijando los ojos con intención en Saldaña-; ¿estamos seguros en vuestro castillo?

-Quiere decir -replicó Saldaña con altivez- que no sé responder a esas preguntas sino con la espada.

-¿A qué viene alborotaros así? Veamos quién es ese miserable -dijo el rey-, y sepamos qué le indujo a cometer tal crimen.

A pesar de esto cien espadas brillaron en un momento; la voz de ¡han muerto al rey, han asesinado al rey!, voló de corredor en corredor y de torre en torre por el castillo, esparciendo la alarma por todas partes.

La reina volvió al punto a informarse toda sobresaltada, sus damas gritaban, los nobles pedían justicia, las danzas, las músicas, todo paró donde cogió a cada cual la noticia. Preguntó doña María a su esposo dónde tenía la herida, y viéndola se tranquilizó y la vendó ella misma. La alarma seguía no obstante, y Saldaña parecía pensativo.

Yacía Elvira en tierra sin movimiento. Cuando la descubrieron y trataron de levantarla estaba muerta.

Fue general el asombro al hallar, bajo ropón negro, una mujer joven aún, delicada, y que sin duda había sido hermosa, en vez de un asesino como habían pensado encontrar. Acercóse Saldaña a mirarla, y estremeciéndose exclamó:

-¡Es mi hermana! ¡También Dios me pedirá cuenta de ella!...

Dicho esto quedó inmóvil como una estatua, mirándola sin ver ni oír nada de cuanto le rodeaba, hasta que de orden del rey retiraron de allí el cadáver, que el tétrico Saldaña acompañó lleno de congoja, pero sin derramar una lágrima.

Las funciones, no obstante, no quiso el rey que se suspendieran.