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Rodríguez Galván

El Tiempo (de México) (1883)
Edición Literaria, pp. 198-201
Rodríguez Galván
 de Victoriano Agüeros
I.

Nació D. Ignacio Rodríguez Galván en el pueblo de Tizayuca, situado al norte del Valle de México, el 22 de Marzo de 1816. Sus padres, que eran indígenas del lugar, gozaban de las modestas comodidades que en las poblaciones cortas proporcionan un honrado trabajo y una módica fortuna, si bien esta última desapareció casi por completo durante la guerra de independencia. En Julio de 1827, cuando Ignacio contaba apenas once años y había aprendido lo poco que se enseñaba en las escuelas de aldea, su padre le envió a México para que en el establecimiento de librería del Sr. D. Mariano Galván Rivera, tío materno de nuestro poeta, comenzara a proporcionarse con su trabajo propio la necesaria subsistencia. El pobre niño, en medio de tantos volúmenes misteriosos para él, triste acaso por su separación del pueblo natal y de sus padres, en vez de sentir la repugnancia ó la indiferencia con que generalmente a esa edad se ven el estudio y la lectura, se aficionó a ellos con pasión tal, que en poco tiempo logró adquirir útiles y variados conocimientos. Uniendo a sus quehaceres de humilde dependiente el vivo deseo de instruirse, leía durante sus cortas horas de descanso, los libros que más le llamaban la atención y a cuyos asuntos se sentía particularmente inclinado: de modo que sin maestro ni director alguno, y solo debido a su constancia y aplicación, aprendió la historia, conoció los buenos autores españoles y aprendió con bastante regularidad los idiomas francés é italiano, y más tarde el latín, guiado por su deseo de leer en el original a los clásicos de la antigüedad. Estudió con fruto los poetas italianos y franceses, de quienes tradujo después algunas composiciones y fragmentos escogidos; y habiendo sentido a poco el deseo de ensayarse en el hermoso arte, de escribir, dio a luz en 1835 sus primeras composiciones poéticas. Animado por la buena acogida que éstas obtuvieron, continuó escribiendo con mayor empeño y dedicación durante las pocas horas que le quedaban libres y algunas que por las noches robaba al descanso. D. José María Heredia, el magnífico poeta cubano que pasó en México los más bellos años de su vida, visitaba a nuestro Rodríguez en su librería, pues a ambos unía íntima amistad. El cantor del Niágara escuchaba con atento interés los versos de su amigo, y a veces le daba sanos consejos é ilustrada enseñanza que le hacían adelantar eficazmente. La Academia de Letrán, haciéndose eco de la opinión pública, y deseando premiar la laboriosidad de nuestro poeta, le nombró miembro suyo; y Rodríguez Galván, el humilde y oscuro dependiente de librería, fue a sentarse al lado de D. Joaquín Pesado, de Carpió y de D. Fernando Calderón. Emprendió después la publicación del Teatro Escogido y del Recreo de las Familias y fundó, en compañía de otros escritores, El año nuevo, colección abundante y de buen gusto de diversas composiciones literarias, que aparecía anualmente.—

El ideal de Rodríguez Galván era crear un teatro esencialmente mexicano, inspirado en las tradiciones de nuestra historia y en nuestras costumbres; pero no hallando quien le secundase y ayudase en tan difícil y generosa empresa, todos sus esfuerzos fueron infructuosos. Por entonces, como ya he dicho otra vez, las pocas personas dedicadas al cultivo de las letras tenían singular predilección por la poesía lírica; y si bien es cierto que Gorostiza y Calderón escribieron para el teatro, también lo es que las obras del primero fueron representadas en España, sin que aquí pudieran servir de eficaz estímulo; el segundo explotó en las suyas asuntos extranjeros y caballerescos, y solo en A ninguna de las tres, imitación de la Marcela de Bretón de los Herreros, copió con alguna felicidad las costumbres nacionales. Nuestro poeta, se vio, pues, obligado a prestar el contingente de su talento al desarrollo de la idea que acariciaba; y así, en 1838 compuso su drama Muñoz, Visitador de México, que fue representado y aplaudido frenéticamente en el Teatro Principal la noche del 27 de Setiembre del mismo año: y en seguida dio también a la escena El Privado del Virrey , que apareció impreso en 1842, dedicado al general D. José María Tornel y Mendívil, ministro de Guerra a la sazón; habiendo dejado sin concluir a causa de su temprana muerte, otros dos dramas, uno titulado El Ángel de la Guarda , y otro cuyo argumento era la célebre conspiración del Marqués del Valle.

II.

El 1 de Noviembre de 1840 se separó el joven Ignacio Rodríguez de la librería de su tío, con el fin de dedicarse a otras tareas y en especial con el de aprender perfectamente el latín. Ya retirado en su pobre hogar, en donde podía disponer de más tiempo para sus estudios favoritos, continuó cultivando las bellas letras con el entusiasmo de siempre. El año anterior había escrito sus hermosas composiciones El Ángel Caído, la Profecía de Guautimoc y su romance El Anciano y el Mancebo; así como otras que revelaban claramente no solo un positivo adelanto en el arte de la versificación, sino también conocimiento profundo de los más autorizados escritores españoles. Su vida que jamás había sido descansada ni feliz, aumentó su amargura desde que se separó del humilde empleo que había servido: pobre, olvidado, sin ese prestigio que dan las grandes relaciones, viviendo modestamente, con un corazón noble y sensible, el desgraciado autor de Muñoz jamás dejó de experimentar los dolores que traen consigo los desdenes injustos de la sociedad, los desengaños y la pobreza. Años atrás se había enamorado perdidamente de una actriz mexicana, hermosa pero no de blando corazón, que desdeñó el amor del poeta haciéndole probar el amargo cáliz de las decepciones. En una composición sin título que se registra en sus obras, y en otra, Amor , dedicada a una niña de seis años, habla del que se apoderó de su alma, con una pasión y una elocuencia verdaderamente conmovedoras; hay en los lamentos de Rodríguez todo aquel desencanto, aquella amargura, aquella tristeza imponderable del que ama sin esperanza, del que sufre recordándolos desdenes de la mujer querida, y aparecen, en efecto, lanzadas por el que, siendo aún joven, perdió su vigor. Nuestros ojos apenas pueden ya leer, al través de las lágrimas, el desgarrador final de la última composición citada. En la dedicatoria del Privado del Virrey , Rodríguez Galván compendió en pocas líneas la historia de sus desventuras. "Este drama—dice—obra de duros afanes y de largas meditaciones, y acaso el menos insulso fruto de mi estéril imaginación es como la historia de mi miseria: en cada frase, en cada palabra, hay un gemido que el dolor y la desesperación ha arrancado de lo íntimo de mi alma. Como escrito en diversos tiempos, diverso es el estilo y colorido de cada cuadro, bien así como las imágenes fieles de mis afectos, por más que en todos ellos hiera primero la vista el rugado ceño la fortuna.

III.

A mediados del año en que se publicó este drama, 1842, recibió Rodríguez Galván un nombramiento diplomático, el de oficial de la Legación Extraordinaria cerca de las Repúblicas de Sud América. Partió: y al alejarse ¡ay! para siempre de las costas del golfo y divisar los últimos indecisos contornos de las montañas natales, escribió su célebre despedida ¡Adiós, oh patria mía! ese canto tiernísimo y sin igual en que al amor del hijo se mezcla la melancolía del proscrito, a la piedad del creyente la esperanza del que tiene fe; en que el poeta, convertido súbitamente en egregio pintor al fuego de la inspiración, dibuja con espléndidos colores los espectáculos del mar y las encontradas emociones del que con tristeza se aleja de donde no quisiera.

Leyendo sus estrofas se comprende con pena todo lo que el poeta sentía al dejar a la patria: ¡qué dulzura, qué piedad, qué dolor y qué tristeza hay en ellas! Toda la composición está llena de apacible melancolía, de poesía verdadera, de profunda angustia, y rebosa en la amargura de que está henchido el pecho del infeliz Rodríguez. Un contratiempo desgraciado en el buque que le conducía obligó a nuestro poeta a detenerse en la Habana, en donde escribió su sentida lamentación La Gota de hiel, que es desgarradora y dolorosa, y que conmueve el alma profundamente. Un mes después, el 25 de Julio de 1842, y a la temprana edad de veintiséis años, falleció en la misma ciudad víctima del vómito, sin que en sus postreros momentos hubiese tenido a su lado un pecho amigo, un compatriota que recogiera sus últimos suspiros. ¡Y en el cementerio de la capital de Cuba no hay una lápida, una cruz que señale la sepultura del humilde poeta mexicano!...

—Sus obras fueron cuidadosamente coleccionadas por su hermano D. Antonio y publicadas bajo su dirección el año de 1851: ¡merecido tributo a la memoria del que luchó y trabajó impulsado por su amor a la gloria, del que tuvo por sueño constante no ser olvidado por sus compatriotas, según expresión de uno de sus versos!

IV.

Rodríguez Galván es sin disputa el poeta más simpático y más apreciable de cuantos ha tenido nuestra patria: su humilde origen, su juventud, su modestia y su pobreza; la singular constancia con que cultivó su talento hasta llamar merecidamente la atención en una edad en que otros viven entregados a los placeres y al abandono; sus esfuerzos por crear un teatro nacional, y por último, la injusta oscuridad en que vivió, sufriendo siempre sin quejarse las amarguras de su suerte, son otros tantos títulos para que su memoria sea estimada y bendecida por todos los que amen la virtud y las glorias de México. Rodríguez Galván es igualmente acreedor a la gratitud de sus compatriotas, porque en una época en que el cultivo de la literatura era limitadísimo, y en que el poeta, lo mismo que hoy, lejos de tener algún estímulo en la atención y benevolencia de la sociedad, era desdeñado y mal comprendido; él, con el solo ánimo de ser útil a su patria y de dar provechoso ejemplo, luchó con la suerte y las preocupaciones, condenándose a sufrir mil desdenes, para impulsar eficazmente el progreso de las letras mexicanas. El Sr. Tornel, en su contestación a la dedicatoria de El Privado del Virrey, lamentaba que desgraciadas circunstancias impidiesen a nuestro Rodríguez emprender trabajos más extensos ó importantes. Deseo contribuir con este pequeño estímulo—decía aquel ilustre mexicano refiriéndose a la impresión del drama—a que se desarrolle ese genio privilegiado con que lo dotó la naturaleza para la poesía, y de que ha dado ya distinguidas pruebas en medio de sus escasos recursos, que tanto lo han aproximado a la última miseria." En efecto, las obras de nuestro poeta, atendidas las especiales circunstancias de la época en que escribió y la limitada manera que tuvo para desarrollar sus facultades, son excelentes y dignas de entusiastas elogios: en su poesía hay originalidad, gracia y sencillez; los géneros son diversos y variados; el lenguaje casi siempre castizo y puro; las imágenes propias y limpias: bien se echa de ver que en su composición tuvo presentes los preceptos y los modelos de los clásicos españoles, aunque se debe lamentar que su inexperiencia, su juventud y la falta de dirección, le hubiesen inclinado a emplear con mucha frecuencia voces y giros anticuados. En las pocas fábulas que escribió, dio muestras de peculiar y rara disposición para este género de composición literaria: gracia, novedad, facilidad clarísima en el modo de exponer la lección que se proponía dar: tales son las cualidades que tiene. En cuanto a sus dramas, en mi humilde juicio, sin ser precisamente notables, abundan en bellezas y dan testimonio de las excelentes dotes de Rodríguez para cultivar el drama, y acaso habría producido más tarde muy buenas obras para el teatro, si la muerte no nos le hubiese arrebatado prematuramente. Sin que las tramas de Muñoz y de El Privado sean complicadas, se mantiene vivo el interés hasta el fin, merced a las situaciones terribles que presentan, al tino con que el autor hace simpáticos ó repugnantes a sus personajes, y acaso a su versificación, siempre fluida y variada: en ambas obras, sin embargo, nos parece hallar, sobre todo en la primera, cierta monotonía, cierta falta de valor en el poeta para trasladar al papel enteras sus inspiraciones: a veces abusa de lo patético de la escena y recarga los colores; otras, por el contrario, desaprovecha ó pasa rápidamente sobre aquellas en que podía detenerse y sacar partido, no solo de la situación en que ha colocado a sus personajes, sino también del ánimo de los espectadores. Pero, en fin, estos defectos, en vez de ser señales de falta de talento y disposiciones, apoyan lo que antes he dicho, a saber: que nuestro Rodríguez, con el tiempo, habría escrito muy buenas obras dramáticas: la experiencia, un estudio constante y profundo de los dramaturgos, frecuentes meditaciones y sabios consejos de eruditos literatos, habrían ido formando su buen gusto, y acaso entonces, animados muchos por su ejemplo, le habrían ayudado en la obra verdaderamente patriótica de la formación de un teatro nacional. Rodríguez Galván es notable como poeta lírico, y si atendemos a su corta edad, que es lo que debe hacer todo el que quiera juzgarlo, pues muerto a los veintiséis años, dejó una abundante colección de obras poéticas, muchas de ellas inmejorables; si atendemos a esto, repito, acaso no sea aventurado decir que él sería hoy una de nuestras primeras figuras literarias y uno de los más intachables modelos que podría ponerse en manos de la juventud.

Desgraciadamente el romanticismo, por aquellos años en boga en Alemania, Francia y España, y del cual fue ardiente partidario nuestro poeta, introdujo en la escasa literatura mexicana ciertos vicios y tendencias que corrompieron el gusto, deteniendo así el mejoramiento que en ella se operaba, merced al influjo de las obras del correcto Pesado y del sentido y piadoso Carpió. A mi entender, esta es la principal causa de los defectos que hallamos en Rodríguez, aunque es cierto que en sus composiciones líricas se nota menos la influencia de la escuela romántica. Podría citar aquí algunas de ellas, notables por el delicado sentimiento con que están escritas, y por su dulzura, corrección y sonoridad; pero no lo hago temeroso de prolongar más esta reseña biográfica. No concluiré, sin embargo, Antes de recomendar muy eficazmente que se lean con cuidado las composiciones de nuestro infortunado compatriota, pues en su mayor parte son dignas de admiración y de estudio, y conmueven por la melancolía que producen en el alma. En la actualidad Rodríguez Galván está casi olvidado y sus obras apenas se buscan para ser leídas. ¿Por qué esa injusticia con el que merece nuestro cariño, nuestra gratitud y nuestros recuerdos? ¡Quiera el cielo que al reconocer todos los amantes de las letras el mérito y las virtudes de nuestro querido poeta, ensalcen su memoria y perpetúen su nombre al lado de los de Gorostiza, Pesado y Carpió!

Victoriano Agüeros.