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Llevo en un relicario colgado al cuello
tu retrato y un rizo de tu cabello,
y, sobre esas reliquias de mis amores,
la imagen de la Virgen de los Dolores.
Cuando en mis amarguras su auxilio imploro,
al pronunciar su nombre suspiro y lloro;
porque es esa palabra, de encanto llena,
el nombre de mi esposa y el de mi pena.
¡De penas y de nombres harto sabía
quien te dio el que llevabas, Dolores mía!
De dolor traspasada cruzaste el mundo,
y en mi pecho dejaste dolor profundo:
dolor que, aquí en el fondo del alma herida,
durará lo que dure mi triste vida;
dolor que, lento y sordo, pero tremendo,
corazón y memoria me va royendo,
desde la triste noche que, enajenado,
a la luz de unos cirios pasé a tu lado.

Seis meses han corrido desde aquel día:
¿Quién ya de ti se acuerda, Dolores mía!
Tu imagen se ha borrado como una sombra:
nadie por ti pregunta, ¡nadie te nombra!
¿Qué resta de tu vida, pobre Dolores?
¿Qué de la dulce historia de mis amores?
¡Una pena que oculto como un misterio,
y un nombre en una losa de un cementerio!
Ya entre tu amor y el mío se eleva un muro.
Todo en mi vida es triste, todo es oscuro.
Tu voz, tu voz amada, de dulce acento,
ya en mis tristes congojas no me da aliento;
tus ojos amorosos ya no me miran
ni tus labios de rosa por mí suspiran;
y aquellos brazos bellos que me estrechaban,
y aquellas pobres manos que me halagaban,
del nicho en el oscuro recinto estrecho
ya inmóviles se cruzan sobre tu pecho.
De mis dichas, ¿qué resta para memoria?
¡Tu despojo en la tumba; tu alma en la gloria!
¿En la gloria!-¿Quién sabe lo que está escrito!
¿Quién penetra el secreto del Infinito!

Dios, que escuchas mi llanto, que ves mi duelo,
¡Llévame con mi esposa, llévame al cielo!
¡Junta nuestras dos almas, y redimidas,
en éxtasis eterno vivan unidas!
Perdona si te ofenden mis pensamientos;
perdona si te irrito con mis lamentos;
perdona si, en la fuerza de mi amargura,
la exaltación del alma raya en locura.
Yo no sé lo que pienso ni lo que digo;
pero yo te venero, yo te bendigo.
Yo escucharé obediente tu voz airada;
yo besaré la mano que me anonada;
pero, si es que ignorantes tal vez caímos,
si es ésta ¡oh Dios! la pena que merecimos,
recuerda que mis pasos ella seguía
y que, si hay culpa en algo, la culpa es mía.
Ella quizá fue débil; pero fue buena:
¡yo, que soy el culpado, sufra la pena!
Este ruego ferviente mi amor te envía:
si ha de perderse un alma, ¡toma la mía!
pero déjame al menos, Dios soberano,
que, al recibir el golpe, bese tu mano.
Conozco tu clemencia, y a ella me acojo.
No temo tu castigo: temo tu enojo;
y si en perpetuo luto y en llanto eterno
puedo amarte y amarla, ¿qué es el infierno?
¡Oh! perdona, perdona si, allá en tu altura,
te ofenden los lamentos de mi amargura;
y pues eres elemente, pues eres justo,
no se cumpla mi anhelo, sino tu gusto.
Oye tan sólo un ruego de mi agonía:
si ha de perderse un alma, ¡toma la mía!