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Guardo en un sencillo armario,
que con tu nombre sellé,
tus vestidos, tu rosario
y el viejo devocionario
que al casarnos te entregué.
Marchitos ya los colores
que a tu ventana lucieron
en otros tiempos mejores,
guardo allí también las flores
que a la par de ti murieron;
y entre objetos tan amados,
¡Dolores, del alma mía!
revueltos y enmarañados
tus cabellos, impregnados
del sudor de tu agonía.
Llorando a solas conmigo,
por dar alivio a mi afán
yo los beso y los bendigo;
cuando me entierren contigo,
con ellos me enterrarán.
De tan largo padecer
estoy macilento y cano:
cuando me vuelvas a ver,
si no los llevo en la mano,
no me vas a conocer.