Los amantes, confusos, con las frentes inclinadas á tierra, se hicieron atrás ante el avance del anciano, que llegando al centro del boscaje de mirtos, hizo alto bajo la bóveda atravesada por los rayos del sol.

-Os he escuchado -dijo el médico-. Contaba desde ayer con la entrevista de los dos. Hablando lealmente, la provoqué, al proponer á Fernando el viaje con nosotros. La entrevista era necesaria entre ustedes. Sin que Luisa me viera, recatándome tras las espesuras y vueltas del camino, he seguido sus pasos. Oculto tras los mirtos oí vuestro diálogo. Era obligación mía escuchar, y escuché.

-¡Padre mío!...

-Don Pablo...

-Escuchadme ahora á mí. Desde el primer momento -¿cómo no, siendo ella mi solo cariño en este mundo?- comprendí, Fernando, la simpatía que mi hija experimentaba por usted. No se me ocultó que en amor grande, firme, se trocaba esta simpatía. Tampoco se me ocultó la intensidad y la firmeza del amor que inspiraba á usted Luisa. Sorprendióme el retraimiento súbito de usted, que tenía aspecto de fuga. Supuse que alguna causa grave daba origen á él. Sospechas de toda índole negrearon en mi conciencia. Enfermó usted. Por casualidad escapó de la muerte. Yo velaba su fiebre; el delirio de usted me dió á conocer, trance por trance, la historia que ha referido á Luisa, la injuria de que hizo sufridor una mala mujer.

-Don Pablo...

-Sí, todo lo supe. Supe también por los desvelos, por las impaciencias, por los llantos de Luisa, mientras estuvo usted en mortal peligro, lo hondo, lo firme, lo arraigado en la su alma de la pasión que por usted sentía mi hija. También la firmeza, la lealtad del amor de usted me fué revelado por la fiebre; tanto como era de homicida y tenaz era de franca y habladora. Tomé informes precisos. Supe que era usted un hombre honrado, sin tacha, digno de todos los respetos y de todas las admiraciones. Si algo me faltaba para corroborarlo, su actitud de usted en este diálogo supremo, su noble último arranque de sinceridad y de pundonor bastarían á convencerme.

-Padre.

-Antes les tocó hablar á ustedes. Ahora hablo yo solo. ¿Recuerda usted, Fernando, que en una de nuestras discusiones, cuando usted proclamaba la acción inmediata siempre, siempre, para imponer la fórmula social, yo estaba por ir á ella evolutivamente, transigiendo, pactando, aun con prejuicios y costumbres y leyes erróneas ó perjudiciales para llegar?

-Sí, señor.

-Sólo en casos extremos; sólo cuando el atropello á la justicia y á la razón traspasen todo límite; cuando el remedio se haga de inmediata necesidad, hay que ir á la acción -exclamaba yo entonces-. Sea lo que sea y para lo que sea la acción.

-Verdad.

-Pues bien -dijo el anciano, y su busto encorvado se irguió con arrogante y apostólica majestad-. Este es uno de esos momentos decisivos. Sería crueldad, sería maldad separar vuestros corazones. Tenéis derecho á amaros; tenéis derecho á ser felices. Sed felices y amaos.

Los jóvenes cayeron de rodillas, con las manos entrelazadas, á los pies del que en pie, con sus dos manos extendidas sobre la pareja, bendecía su unión bajo la menuda lluvia de luz que el sol filtraba por los mirtos.