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¡En mis brazos murió! Boca con boca,
bebí anhelante su postre aliento,
que, aumentando por grados mi tormente,
desde entonces el alma me sofoca.
Yo mismo la vestí. Mudo cual roca,
sin lanzar un gemido ni un lamento,
cumpliéndole un sagrado juramento,
negro manto le puse y blanca toca.
Hoy, cuando la amargura me enloquece,
una dulce visión de aspecto santo
con hábito monjil se me aparece.
Compasiva me mira; y cuando el llanto
mis párpados cansados humedece,
las lágrimas me enjuga con su manto.