Prim : 32

Prim
Capítulo XXXII

de Benito Pérez Galdós



Al toque de diana hallábanse en el cuarto de estandartes los oficiales de guardia, capitanes don Juan Martorell y don Eugenio Torreblanca, y los comandantes don Joaquín Valcárcel y don José Cadaval. No dormían; jugaban tranquilamente al tresillo. Llegaron de puntillas al portal los sargentos sediciosos, creyendo a sus jefes entregados al sueño. Quedamente entreabrieron la puerta, con suavidad de fieles criados que no quieren interrumpir el sueño de su amo. Al rumor, los oficiales, con alarma súbita, tiraron las cartas... Tirar las cartas y echar mano a los revólveres, fue todo uno. Antes que los sargentos osaran pronunciar una palabra, Martorell les increpó con la dureza que la disciplina permite y aun ordena. Segundos duró la estupefacción de los sargentos, que iban con intención de encerrar tan sólo, y se vieron en la obligación de matar. En un aliento pasaron de la piedad respetuosa a las violencias que impone el instinto de conservación, y ya no hubo jefes ni oficiales, sino un duelo terrible entre dos grupos de hombres: para que uno de los grupos pudiera vivir, tenía que perecer el otro. Invadieron los sargentos el cuarto al grito de ¡viva Prim!... Martorell cayó muerto; Torreblanca tan mal herido, que por muerto le dejaron. Valcárcel y Cadaval, que salieron en la confusión del primer momento, tratando de someter a los rebeldes, murieron a los pocos pasos en los patios del cuartel.

Por la eficacia del número, que les dio brutal superioridad, vencieron los sargentos, obrando como ciegas máquinas de destrucción, y el primer choque les resultó un acto criminal, que por ningún artificio lógico podía ser considerado como acto de guerra. La moral del alzamiento sufrió rudo golpe y una desviación lastimosa del primitivo ideal de justicia que a los jefes guiaba. La fatalidad, siempre burlona y trágica, ordenó que los oficiales no tuviesen sueño y entretuvieran con las incidencias del tresillo las largas horas de la guardia. El genio protector de Prim fue el que se durmió aquella noche, mientras los oficiales velaban jugando.

Salieron del cuartel los sublevados con grande algazara y desorden. Unos arrastraban los cañones; otros iban sacando los atalajes y los troncos de mulas. Turba de paisanos, que en un instante invadieron la Plaza, querían ayudar, y en realidad estorbaban. La falta de oficiales se hizo visible desde el primer momento. Lo que en ocasión normal era obra de minutos, en aquella se estiraba en demoras eternas. El capitán Hidalgo, demudado al principio, enérgico después ante el barullo, intentó ser cabeza de aquel descabezado cuerpo: su voz no se oía en el tumulto oceánico de tantas voces. No había manera de organizar la desorganización, ni de traer a la unidad las individuales energías desmandadas. Al fin, una parte no más del Regimiento montado pudo formar, y en imperfecta línea se colocó a la parte arriba de la Plaza, ocupando Leganitos y la cuesta del Duque de Osuna. Los de a pie formaron abajo, esperando que se les uniera la infantería del Príncipe. En el laberinto de órdenes y contraórdenes, volaban los minutos, como avecillas ladronas que se llevaban el éxito.

En esto sacaron al General don Blas Pierrad. Como se incorpora una efigie a la procesión organizada ya con fieles y clerecía, lo presentaron a las tropas; montó a caballo; pasó revista como pudo frente a las filas descompuestas; fue aclamado por soldados alegres y paisanos roncos, y por la caterva de mujeres que poblaban los balcones. Aunque no se le conocía ni por retratos, su figura gallarda suplió por un instante la falta de popularidad. Las aclamaciones culminantes ¡viva la Libertad, viva Prim! habrían sido más ardientes si el pueblo viera la propia figura del héroe de Castillejos; pero la representación pálida del hombre y de la idea no encendía los corazones.

Seguía volando el tiempo, y la acción estancada de los rebeldes no daba un sólo paso. Hidalgo, ardiendo en zozobra, no cesaba de mirar hacia la Montaña, y de la Montaña, después de mucho esperar, no vinieron más que unos cuarenta hombres, azorados, conducidos por sargentos. Oficiales diligentes trataron de formar con ellos una columna de vanguardia para llevarla por Leganitos hacia Santo Domingo, que no es plazuela, sino encrucijada o atascadero peligroso... La Artillería montada, maniobrando con embarazo, se dividió en secciones. Por las calles de Leganitos, Bola y Torija subían las baterías, rodeadas de ciudadanos truculentos. De los balcones caía, como lluvia de flores de trapo, la nutrida ovación mujeril.

En esta situación tumultuosa, guiados por un entusiasmo nervioso y verbal, llegaron a Santo Domingo, donde ya el paisanaje hacía un bosquejo de barricada enfilando la calle de Preciados. Trataron los artilleros de emplazar algunas piezas. No podían revolverse, y el tiempo se les iba de entre las manos como culebra escurridiza. Ya la Puerta del Sol estaba llena de tropas leales, que atacarían por Preciados. El general Pierrad, a quien allí se unió Contreras, dispuso que los soldados ocuparan las casas vecinas con el fin de apoyar desde los balcones el fuego de la barricada. Creyó luego que podría abrirse paso por Jacometrezo hasta la Red de San Luis; entró por aquel intestino; pero de la calle del Olivo no pudo pasar. A escape retrocedió por Tudescos a Santo Domingo, donde ya Contreras y un puñado de hombres de pelo en pecho se aprestaban a la defensa de la posición. De la Puerta del Sol venían los que la Historia llama leales, los artilleros del Retiro, que comprometidos estuvieron con sus compañeros de San Gil para pronunciarse juntos. ¡Qué sarcasmo, Santo Dios! Los que se habían juramentado en la fe de la Revolución, ahora se batían fieramente contra ella. Los amigos eran enemigos. Nadie podría decir si los leales eran traidores, o los traidores leales.

¿Qué razón había para este duro sarcasmo histórico? Pues sucedió que a O'Donnell llevaron un soplo antes de amanecer, cuando Chaves daba la señal a los cuarteles; que saltó de la cama; que mandó un recado a Serrano; recados a Narváez, Córdova, Hoyos, Concha y otros generales; que su hermano don Enrique O'Donnell corrió al cuartel del Retiro, sorprendiendo a los artilleros antes que los sargentos pudieran sacarlos a la calle; sucedió, en fin, que mientras los sublevados de San Gil perdían minutos en los entorpecimientos que les originaba su azorado desconcierto, O'Donnell los ganaba utilizando con la celeridad del rayo la organización existente. Allí se vio bien claro cuán difícil es que los cuerpos acéfalos puedan hacer frente a los bien dotados de firme cabeza. Cuando aún los pronunciados no habían subido a Santo Domingo, salió don Leopoldo a caballo de la Inspección de Milicias. Recorrió la calle de Alcalá, revistó las fuerzas del Principal; en la Puerta del Sol encontró a Serrano, a pie, y díjole que estaba inquieto porque no parecían los artilleros del Retiro... Serrano montó el caballo del coronel Cortés, y diciendo: «voy a buscarlos yo», partió como exhalación hacia el Prado... No tardó en aparecer de nuevo con la noticia de que el Regimiento estaba ya en camino, y entonces O'Donnell le ordenó que fuese a Palacio, y que, si por allí había novedad, tomara las medidas que creyese necesarias. Partió Serrano a galope sin que le tocaran los disparos que en las calles afluentes a las del Arenal le hizo el paisanaje. En Palacio encontró el miedo de la Reina, no tan grande como el del Rey, y animando a todos, y haciéndose cargo de lo bien defendidas que estaban las instituciones, volvió al lado de su jefe y amigo.

En tanto el valiente Pierrad, cumpliendo en Santo Domingo con estoica entereza los deberes que su mala estrella le impuso, trataba de dominar el furioso oleaje de la muchedumbre sublevada, que no tenía ya concierto, ni jefes, ni municiones, ni suelo en que moverse. Los paisanos volvían del Parque vociferando porque no se les daban cartuchos; los soldados clamaban por que alguien les mandara; chillaban todos, y la voz del General se perdía en el espantoso tumulto. En la calle Ancha no pudo hacer nada de provecho, porque por la Universidad y calle del Pez aparecieron tropas del Gobierno. Previendo que se trataba de atacarle por las Rondas del Norte, encerrándole en un círculo de fuego del cual no podía salir, partió por la Flor Baja y Leganitos a reconocer el alto de San Bernardino. En esta marcha vio que gran parte de los artilleros sublevados le abandonaban, retirándose a San Gil con sentido estratégico, pues ya no había para ellos más solución que una resistencia brava en casa fuerte.

Iba Pierrad amargado, quizás maldiciendo la hora en que tomó la dirección del pronunciamiento, sin conocer las fuerzas que habían de seguirle ni estudiar el terreno en que habría de maniobrar. Quizás pensaba que una muerte honrosa sería para él la mejor salida de aquel confuso laberinto. Y cuando más engolfado iba en estos pensamientos, la suerte le deparó, no el honroso morir, sino un acertado resbalón violentísimo de su caballo. Cayó el hombre a tierra y recibió en la cabeza un golpe formidable que le hizo perder el conocimiento. Recogido por los hombres de su escolta, le metieron en la más próxima casa, que era la llamada del Duende en la calle del Duque de Liria, y allí se le curó de primera intención. Mientras a esto atendían los de la escolta y los caritativos habitantes de la casa, arreció fuera el peligro... La Guardia civil se hizo dueña de la calle... A toda prisa disfrazaron el cuerpo casi exánime del General, quitándole el uniforme, y endilgándole traje de paisano; sostenido por dos hombres, le sacaban para llevarle a lugar más seguro, cuando a registrar la casa entraron los civiles. El paso fue de intensa emoción teatral. O los guardias no le conocieron, o conocido, engordaron desmesuradamente su vista, a punto que llegaba un ilustre vecino, el Duque de Berwich y Alba con criados y mayordomos, el cual, haciéndose cargo del herido, se lo llevó tranquilamente a su palacio. Túvole allí bien asistido y cuidadosamente guardado de la policía hasta que se le pudo esconder en una embajada y arreglarle clandestina fuga por el ferrocarril.

Al volver de Palacio, Serrano pidió nuevas órdenes a O'Donnell, que le dijo: «Vaya usted a ver qué ocurre en el Cuartel de la Montaña». Partió Serrano en dirección de la Puerta de San Vicente, de donde pensaba subir a la Montaña; pero viendo allí cuatro cañones en fondo, tuvo que dar un amplio rodeo por el Puente de Segovia, Casa de Campo, paso del río por el puente del ferrocarril, y llegando al fin a la espalda de la estación, él y los que le seguían treparon como gatos por el empinado talud de la Montaña. En la explanada del Cuartel había tropas formadas, de cuya moral y actitud no tenía el General conocimiento exacto. ¿Eran leales o rebeldes? Fueran lo que fuesen, Serrano, con el ardimiento y ciega bravura que en tales ocasiones gastar solía, cayó sobre ellas, las electrizó con cuatro gritos, y no fue necesario más para recoger aquella fuerza vacilante, agregarla sin dilación a la que llevaba y emprender el ataque y asalto de San Gil, donde unos ochocientos artilleros se habían hecho fuertes, con la rabia pataleante de las causas perdidas: defenderse hasta morir.

Tropas de Serrano por la fachada Norte, tropas mandadas por el mismo O'Donnell por la plaza de San Marcial, acometieron el Cuartel. Tan brava como la defensa fue la embestida. Los sublevados hacían fuego incesante desde las rejas del piso bajo; los sitiadores, sin acordarse de que por un capricho de la fatalidad no eran sus aliados, los fusilaban desde fuera. Asaltada la puerta con no pocas pérdidas de una parte y otra, los sitiadores fueron dueños de los patios; los sitiados, replegándose al principal, parecían decididos a disputar el terreno piso a piso. Cruzáronse parlamentos, sin llegar a términos de avenencia. Los artilleros pedían la impunidad, que no se les podía dar. Perdido el principal, continuó la furiosa contienda en el segundo, y por fin en las buhardillas, donde quedó sojuzgado lo futuro y victorioso lo existente. Sangre y muertos en todos los pisos mostraban cuán recia fue la batalla entre el nombre de Prim y el de Isabel II. Lástima de brío militar empleado sin fruto, y perdido en el torrente político más espumoso. Creyérase que el morir hombres y más hombres era necesario, por ley fatal, para la consolidación de nuestros altares y tronos, de perfecta índole asiática. ¡Vive Dios que ningún Poder se asentó jamás sobre tan ancha y alta pila de cadáveres!



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