Prim : 24

Prim
Capítulo XXIV

de Benito Pérez Galdós



Penetrando en el espíritu de Jesús Clavería y leyendo en él la verdadera intención del interés que por Teresa se tomaba, lo primero que se encuentra es la piedad, después el egoísmo, que en todo hombre existe más o menos imperante, aunque lleve el nombre de nuestro Salvador. Pensaba el amigo de Leal que muerto este, le correspondía la herencia de los únicos bienes que al morir dejaba, las gracias de Teresa. La viudez de esta no podía ser larga, si en Madrid hacía feria de sus encantos. Pues él, Jesús Clavería, la libraba del sonrojo de buscar nueva protección, y conociéndose ambos como se conocían, seguramente habían de llegar a formal inteligencia. Firme en esta idea desde el instante en que la encontró desolada en el casucho de Villarejo, determinó llevársela en el convoy hasta donde pudiese sin escándalo. Procuraba que ni sus compañeros ni el General le descubrieran el botín. De aquellos temía la envidiosa rivalidad; de Prim que prohibiese llevar en su ejército sublevado impedimenta de mujeres.

De Santa Cruz de la Zarza salieron el día 5, buscando los caminos manchegos. Por el excelente espionaje que le servía, supo Prim que el General Zabala, destinado a perseguirle con tres batallones de Infantería, seis escuadrones y ocho piezas de batalla, había llegado a Villarejo en la noche del 4. ¡Qué acertado fue inutilizar el puente! Zabala no podía seguir otro camino que el de Colmenar y Aranjuez para cortar el paso a los sublevados en algún punto de la línea de Alicante, si estos la pasaban para tomar la dirección de Portugal. Pero Prim picó espuelas, y arreando toda la noche adelantó muchas horas a Zabala. Al amanecer del 6, divisaba los molinos de viento de Tembleque. ¡Oh Mancha, oh tierra del ensueño caballeresco!... Por cierto que en aquel punto quiso Teresa quedarse; mas la disuadieron con el engaño de que la columna pasaría por la propia Herencia. Notó Ibero que la pobre mujer no se rebelaba ya tan enérgicamente contra estas fábulas, o que iba entrando en la superchería, dejándose querer, dejándose llevar. Y el bravo Teniente Coronel, acariciando sus gratos pensamientos amorosos, se decía: «¡Qué Herencia ni qué niño muerto! Aquí no hay más herencia que la mía, que yo la heredo, que Leal me ha dejado por heredero... y aquí no ha pasado nada».

Camino de Madridejos, donde pensaba pernoctar, supo Prim que además de Zabala venía contra él el General Concha, que había improvisado una columna con dos compañías sacadas de Albacete y paisanos armados. Y no era esto sólo, pues de Madrid venía Echagüe con tropas de todas armas. Hallábase, pues, entre tres fuegos, entre tres Generales aguerridos, que se disputarían la gloria de cogerle y hacerle pagar cara su insana osadía. No sería flojo triunfo burlarles a los tres y escabullirse por entre los pies y patas de tantos hombres y caballos... En Madridejos, donde pasaron la noche del 5 al 6, no expresó Teresa con tanto ardor su propósito de ir a reunirse con Felisa; más bien se notaba frialdad en lo que días antes fue deseo febril. Las impresiones trágicas se borraban quizás, o sólo persistían en la forma de turbación de conciencia. El gusto de vivir en conformidad con el destino iba ganando terreno en aquella pobre alma, y los accidentes del viaje, que ya traían incomodidad, ya novedades y distracciones, producían el efecto sedante. De nada carecía; los conductores del carro, bien gratificados, la trataban con respetuosas consideraciones, creyendo tal vez que era una condesa o archipámpana que llevaban en rehenes, y por fin, para mayor tranquilidad de ella, se iba disipando el peligro de que su presencia causase escándalo, pues desde Tembleque venían no pocas mujeres agregadas al convoy, unas arrastradas con vago magnetismo por la tropa, otras movidas de su propio impulso a la granjería de cantineras o proveedoras. La cola de un ejército, y más si este va sublevado proclamando altos ideales, la emancipación de los esclavos, el fuero de los humildes, lleva y arrastra siempre un jirón del temporal o eterno femenino.

De Madridejos siguieron a Villarta, donde el General recibió el soplo de que por el tren iban treinta vagones de tropa en dirección a Manzanares. Mientras Prim descabezaba un sueño en Villarta, Zabala dormía en Tembleque, distante cuatro leguas. En Daimiel acechaban al rebelde fuerzas superiores, y a Toledo se aproximaban ya Echagüe y Serrano del Castillo. Por cierto que al de Reus le sacó de quicio lo que de él dijeron Concha en su proclama de Alcázar de San Juan, y O'Donnell en su discurso del Senado. El primero le llamó traidor y cobarde; el segundo denigro a su rival con la especie de que al salir de Villarejo había huido cobardemente. Para acabarlo de arreglar, don Leopoldo dijo a aquella sesión tonterías angélicas, de las que él mismo para su sayo había de reírse: que nadie se había unido al General sublevado; que el ejército estaba indignadísimo, y que de toda la Península venían telegramas expresando el amor de los pueblos a su Reina, y el entusiasmo por el Orden Público. Con perdón del ilustre Duque de Tetuán, el grave historiador Confusio se permite afirmar que, desde Túbal hasta nuestros días, ningún español se ha entusiasmado por el Orden Público... Hablando en plata, ridícula era la indignación de Concha y O'Donnell, sublevados el 41 y el 54. Ninguno de los dos tenía autoridad para coger la trompa y dar con ella estridentes notas de disciplina.

Ninguna importancia tienen en la Historia estos trompetazos, vano ruido de los principios, que no ahoga la música rítmica de los hechos. Lo que sí tiene importancia histórica es que, alojada Teresita en una buena casa de Villarta, entró en ella requiriendo agua, jabón y peines, deseosa de adecentar su persona y quitarse la mugre y sombras de tristeza que la deslucían. Gran parte de la noche empleó en acicalarse y en restaurar su hermosura, que estaba como empañada; luego le sirvieron la cena, y otra vez al carro, de pajosas blanduras... A las dos de la madrugada salieron en dirección de Daimiel, atrevida marcha que dispuso Prim para mayor burla de sus perseguidores. Avanzó la columna toda la mañana por terreno blando, pantanoso, erizado de peligros para la Caballería; pasaron muy cerca de los Ojos del Guadiana, que en aquellos húmedos lugares sale a ver la luz después de soterrarse como avergonzado de sí mismo; vadearon charcas, pisaron juncales y eneas, y al amanecer, a la vista del pueblo, desfilaron de dos en dos por estrecha faja de tierra. Allí dispuso el General un rápido quiebro hacia el Norte; pasaron nuevamente por los Ojos, vadearon el río con el agua al pecho de los caballos, y sufriendo ásperos rigores de la humedad y el frío, llegaron a Villarrubia de los Ojos, lugar grande, cuyos moradores trabajan, tuercen y manipulan la enea para fondos de sillas y otros utensilios; lugar además bien abastecido de quesos, hogazas, corderos y otras materias nutritivas, y de añadidura el más liberal y expansivo de toda la Mancha.

Salieron a recibir a los sublevados alcalde y médico, señorío, pueblo y hasta los curas, con lucida vanguardia de mujeres y muchachos, cuyos clamores y chillidos alegraban el aire vago. Allí, cuanto había en el pueblo se les brindó para mantenimiento de la tropa; allí se improvisaron festejos, con música de guitarras y bulla de panderetas; allí, en fin, no quedó alabanza ni lisonja que no le dijeran al de los Castillejos por su valor y liberalismo. Pero el entusiasmo de la honrada villa fue defraudado por el propio don Juan, al decir que sólo permanecería el tiempo preciso para dar a caballos y hombres un breve descanso. Monteverde, Milans del Bosch y Clavería aprovecharon la breve parada para salir a los alrededores del pueblo a una tirada de palomas, que en espesas bandadas por el inmenso cielo discurrían, y en un par de horas mataron y cobraron algunas docenas de aquellas inocentes aves.

Corto tiempo duró el regocijo, porque el General mandó tocar a botasilla, y con desconsuelo de unos y otros salieron las tropas, tomando la dirección de los montes de Toledo. ¿A dónde iban? Siempre atrevido y gallardo, discurrió don Juan obsequiar con una cena en sus dominios, el palacio y cazadero de Urda, a los soldados y oficiales que en aquella sin igual aventura le seguían. Fue una humorada de gran señor y una temeridad de caudillo, pues iban a colocarse a pocas horas de Echagüe. ¿Pero qué importaba?

«A los que sostienen que es un disparate estratégico -dijo a sus allegados-, les contestaré que es impulso mío, iniciado al llegar a Villarrubia, y los impulsos que con violencia nacen en mi ánimo jamás los sofoco, porque sé que no han de conducirme a nada malo. Adelante y démonos prisa, que a un paso regular pienso que allá estaremos a las diez de la noche... ¡Qué gusto poder dar a estos leales muchachos el repuesto de vinos de primera que allí tengo! Todo es poco para ellos, que me siguen sin saber a dónde los llevo... Por de pronto, los llevo a mi casa... después ya se verá, porque los olores de nuestra cena podrían llegar hasta las narices de Zabala o Echagüe, y entonces... ¡sabe Dios!... ¡Ah, cómo se habían de divertir mis amigos Salamanca y Carriquiri si los tuviéramos aquí!... Y ellos estarán ahora diciendo: '¿Por dónde andará ese loco de Prim?...'. Y el loco de Prim, el traidor y cobarde Prim, camino de Urda... He aquí un sublevado que se va a su casa...».

Con estas y otras humoradas iban ganando camino. Al anochecer, el terreno se les endurecía, se les elevaba, presentándoles repechos y accidentes que con ímpetu vencían los valientes caballos. La noche se presentó obscura, fría y serena, y el cielo sin luna les mostraba la gala de sus constelaciones. Pronto se vieron rodeados de sombrías masas arbóreas, chaparros agigantados por la obscuridad. Penetraban en el monte; la Caballería, de dos en dos, culebreaba por los senderos torcidos, buscando la divisoria entre las aguas de Guadiana y Tajo; a veces su paso era lento, por obstáculos del camino o por vacilación de los guías. Después de las diez, salió por las Sierras del Conde una luna menguante, roja, con media cara comida... Dijérase una cara con dolor de muelas, entrapajada del lado izquierdo; pero aun así, la presencia de la diosa infundió gran regocijo a los caminantes, que con exclamaciones de alborozo saludaron la dulce claridad que les traía. Iba la luna perdiendo su encendido color conforme subía por los cielos adelante, bruñidos como bóveda de acero. Las pocas nubes que los enturbiaban antes de la aparición del astro, se retiraron barridas por la escoba de un nordestillo sutil. Dentro de sus dólmenes mataban los húsares el frío, que aún no era demasiado intenso, y los caballos no sentían bajo sus cascos la dureza de la helada. La claridad lunar, melancólica, que parecía traer a los oídos murmullos de consejas, alumbraba el país, dando su verdadera forma a la vegetación enana, chaparros, enebros y escaramujos, y a la más corpulenta de hayas y encinas, algunas de silueta extravagante. Conforme adelantaban, iba creciendo a la vista la flora selvática, que de improviso desaparecía, dejando ver las lomas calvas, en cuyas redondeces desleía la luna tintas aquí verdosas, allá violadas.

Reaparecían las masas de monte bajo y alto. Luego se vieron fogatas de carboneros... Hacia ellos iba el ciempiés ondulante de la Caballería, traqueteando con infinita cadencia de los herrados cascos sobre un suelo desigual, torcido, pedregoso... Pasó junto a los carboneros la tropa sublevada con su General a la cabeza, y aquellos infelices, que en faena tan ruda se pasaban la vida, el pecho al fuego y espaldas al frío glacial, miraban a los húsares como un ejercito fantástico. Atónitos y con la boca abierta permanecían viéndolos pasar, sin saber de dónde salían tales hombres, ni qué buscaban por aquellos riscosos vericuetos. No podía ser de otro modo; sus ideas políticas eran muy vagas, su conocimiento del mundo harto borroso. Conocían a Prim de nombre; algunos le vieron cazar en el coto de Urda... ¡Pobre gente! Para ellos no había más obstáculos tradicionales que la nieve y ventisca, la miseria y el bajo precio del carbón.



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